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domingo, 19 de julio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Pbro. Diego Olivera


Lecturas del día: Libro de la Sabiduría 12,13.16-19. Salmo 86(85),5-6.9-10.15-16a. Carta de San Pablo a los Romanos 8,26-27.

Evangelio según San Mateo 13,24-43.

Jesús propuso a la gente otra parábola:

"El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo;
pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.
Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.
Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: 'Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?'.
Él les respondió: 'Esto lo ha hecho algún enemigo'. Los peones replicaron: '¿Quieres que vayamos a arrancarla?'.
'No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo.
Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero'".
También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo.
En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas".
Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa".
Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas,
para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.
Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo".
Él les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre;
el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno,
y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo.
El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes.
Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"

Homilía por el Pbro. Diego Olivera

Las lecturas de este domingo nos invitan a mirar la realidad desde la mirada de Dios. Muchas veces nos preguntamos por qué Dios permite tantas injusticias o por qué no actúa de inmediato frente al mal. Pero tenemos que aceptar que vivimos en un mundo donde conviven el bien y el mal, la generosidad y el egoísmo, la verdad y la mentira.  La Palabra de Dios no responde con teorías, sino mostrándonos el corazón paciente y misericordioso del Padre.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos revela que el verdadero poder de Dios no se manifiesta en la fuerza que aplasta, sino en la misericordia que espera. Dios es justo, pero también paciente. Da oportunidades para la conversión y nunca deja de creer en la posibilidad de que una persona cambie. ¡Qué distinto es este modo de actuar del nuestro! Nosotros muchas veces etiquetamos rápidamente a los demás, emitimos juicios apresurados y esto nos lleva a perder la esperanza cuando alguien nos decepciona. Dios, en cambio, es paciente y nos invita a vivir con esperanza todas las realidades de nuestra vida. Justamente el salmo de este domingo destaca estas actitudes de Dios: paciencia y misericordia.

San Pablo, en la carta a los Romanos, añade un motivo de esperanza. Reconoce que somos débiles y que muchas veces ni siquiera sabemos cómo orar. Sin embargo, el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda e intercede por nosotros con gemidos inefables. Cuando sentimos que la fe se debilita, cuando las palabras no alcanzan o cuando el sufrimiento parece apagar la esperanza, Dios no nos abandona. Su Espíritu sigue actuando en lo profundo del corazón, sosteniéndonos aun cuando nosotros no percibimos su presencia.

En el Evangelio, Jesús presenta la parábola del trigo y la cizaña. Un enemigo siembra mala hierba en medio del trigo, y los servidores quieren arrancarla enseguida. Sin embargo, el dueño responde con una sabiduría sorprendente: «Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha». No se trata de resignarse al mal ni de justificarlo. Jesús nos enseña que el juicio definitivo le pertenece a Dios y que muchas veces nuestras miradas son demasiado limitadas para distinguir con claridad dónde termina el trigo y dónde comienza la cizaña.

       Cabe destacar que el trigo y la cizaña son muy similares en su primera etapa de crecimiento: tienen el mismo color verde, hojas y forma, lo que hace casi imposible distinguirlos a simple vista. El trigo Se vuelve de un tono amarillento y, debido al peso de su grano, en algunos casos la espiga se dobla hacia el suelo. La cizaña permanece de color verde, sus semillas son más pequeñas y se mantiene completamente erguida.

Por lo tanto, Jesús nos dice: “cuidado con querer cortar la cizaña y terminar cortando el trigo, no vaya a ser que lo que creemos que es cizaña, luego madure y se convierta en trigo”

Vivimos en una cultura donde se juzga con rapidez. Las redes sociales, los comentarios anónimos y las condenas inmediatas parecen haber reemplazado al diálogo y a la comprensión. Jesús propone un camino diferente: la paciencia, la misericordia y la confianza en la acción silenciosa de Dios. Esto no significa callar frente al mal o renunciar a buscar la justicia, sino recordar que ninguna persona puede reducirse a un solo error y que siempre existe la posibilidad de un nuevo comienzo.

Esta parábola también nos invita a mirar nuestro propio corazón, ya que a veces es fácil descubrir la cizaña en los demás: sus defectos, errores o incoherencias. El campo del Evangelio también somos nosotros, nuestros corazones. En cada persona conviven fortalezas y debilidades, fidelidades e infidelidades, momentos de generosidad y momentos de egoísmo. El Señor no deja de trabajar en nuestra vida para que el trigo crezca y dé fruto abundante.

Si Dios es paciente, tenemos que aprender a ser pacientes con nosotros mismos y con los demás, respetando los procesos personales y confiando en la Gracia de Dios sin querer aplicar nuestras fuerzas para cambiar una realidad o las actitudes de una persona.

También nosotros estamos llamados a sembrar el bien. Cada gesto de perdón, cada palabra de aliento, cada acto de servicio y cada decisión tomada desde el amor son semillas que el Señor hará crecer a su debido tiempo.

Frente a un mundo que tantas veces responde con violencia, división y descalificación, el cristiano está llamado a ser sembrador de esperanza. No podemos controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos decidir qué sembramos cada día en nuestra familia, en el trabajo, en la comunidad y en nuestras relaciones. Al final, la cosecha será obra de Dios.

Pidámosle al Señor que nos conceda un corazón paciente, capaz de confiar en sus tiempos; un corazón humilde, que reconozca su propia necesidad de conversión; y un corazón lleno del Espíritu Santo, para que podamos ser trigo bueno en medio del mundo y dar frutos de amor, paz y misericordia.

Les propongo que esta semana pensemos la siguiente pregunta: "¿Estoy ayudando a que crezca el trigo o estoy alimentando la cizaña?". Luego te invito a realizar un gesto concreto de paciencia, reconciliación o misericordia

Dejá que Dios transforme primero tu propio corazón y confiá en que Él también sigue obrando en el corazón de los demás.

Feliz y bendecido domingo.

 

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domingo, 12 de julio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué (Jordán) González Rivera, OP



Lecturas del día: Libro de Isaías 55,10-11. Salmo 65(64),10abcd.10e-11.12-13.14. Carta de San Pablo a los Romanos 8,18-23.

Evangelio según San Mateo 13,1-23.

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".
Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?".
El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán,
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron."
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,
pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".

 Homilía por Fr. Josué (Jordán) González Rivera, OP

La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo; el que lo encuentra permanece para siempre.

Hermanas y hermanos: Nos encontramos con un Evangelio donde Jesús asume el rol de Maestro para enseñar la actitud de aquellos que escuchan la Palabra de Dios y que abren sus vidas a la experiencia del Evangelio. 

Es muy importante el tema de las parábolas, porque Jesús no habla de forma directa, con la precisión “científica” e irrefutable de un lenguaje directo, sino que nos da su mensaje por medio del lenguaje simbólico, a partir de la experiencia que seguramente era común en Nazaret, en los pueblos y aldeas de la periferia de Judea. Sabemos que esa región no se comparaba con los grandes centros urbanos del Imperio romano, ni siquiera con la capital religiosa y política de Jerusalén. A esa gente, a sus vecinos, Él les habla con los símbolos de lo cotidiano, de lo que tienen día a día para su sustento y su vida. Hoy en día, muchos de nosotros, desde nuestros ambientes urbanos, nos desconectamos justamente de ese entorno natural que nos rodea. Y la salvación, como lo recordará san Pablo, claro que tiene que ver también con aquella creación que sufrió el mal del pecado y que, de una forma misteriosa, el cosmos entero también experimentará la salvación.

Jesús sube a la barca y la multitud permanece en la costa. Los Padres de la Iglesia ya piensan en esa barca como la Iglesia misma, a la cual todos estamos llamados a subir con Jesús. Nos encontramos en las costas, pero somos llamados a subir con Él.

Cuando Jesús habla de la semilla, que es un elemento natural efectivo, que tiene dentro de sí la potencia de germinar y actualizarse para convertirse en aquella planta con sus frutos, nos enseña que, de igual manera, la Palabra de Dios es eficaz. Los frutos que ella da no dependen de la semilla misma, sino de la tierra en la cual se pone. San Agustín dice que la semilla es perfecta siempre, porque es Dios mismo quien la siembra a través de sus ministros y de los medios que nos ha dejado para encontrarnos con Él.

El mensaje, cuando se interpreta para los discípulos, es claro: ¿qué tipo de suelo o terreno somos para esa semilla? ¿Cómo disponemos nuestra vida para que los frutos se den en nuestras vidas?

Pero no nos quedemos solamente con aquello que recibimos como discípulos; también seamos conscientes de que nosotros somos misioneros, como lo subrayaron nuestros obispos latinoamericanos en Aparecida. Imagino que la mayoría de los que leen esta reflexión son cristianos conscientes de su vocación cristiana y con un compromiso en algún apostolado específico. Así que, por supuesto, debemos disponer nuestra vida para recibir la semilla, para escuchar al Maestro desde las costas en las que nos encontramos. Pero, ya que también somos misioneros, nosotros también nos dirigimos hacia la multitud. Nosotros también debemos ser sembradores que dan la semilla de la Palabra, aunque no veamos los frutos inmediatamente, aunque no los podamos verificar nuestra eficacia con los criterios de mundo.

La Palabra es perfecta. Nuestro trabajo no es hacer que la semilla germine; eso lo hará cada quien desde su propia relación con Dios. Pero sí nos toca ser sembradores en nombre del Sembrador que es Cristo, y así ser promotores de la Buena Noticia, dispersándola en nuestros trabajos, con nuestras familias, con nuestros conocidos y aún también con los desconocidos. Desde nuestra barca, la Iglesia, acompañados de Jesús, seamos los discípulos-misioneros que este mundo necesita.

Que Dios nos conceda ser tierra fértil y ser colaboradores generosos del Sembrador, para ir construyendo la Iglesia, ir subiendo a más gente a esta barca donde Él nos anima, para dar frutos de justicia, amor y paz, sin dejarnos ahogar por las espinas y las seducciones que nos alejan de Él. 

Bendiciones.

 

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sábado, 4 de julio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC



Lecturas del día: Libro de Zacarías 9,9-10. Salmo 145(144),1-2.8-9.10-11.13cd-14. Carta de San Pablo a los Romanos 8,9.11-13.

Evangelio según San Mateo 11,25-30.

Jesús dijo:
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios ya los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, así porque lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana."
 

Homilía por el Rev. P. José Torres, LC

El Rey que no grita y el Dios que no cansa 

Vivimos en la época del rendimiento.

Todo se mide por resultados: cuánto produce, cuánto avanza, cuánto demuestras. Incluso el descanso se ha convertido en una estrategia para poder volver a producir más. Y sin darnos cuenta, terminamos trasladando esa misma lógica a Dios. Pensamos que está contento con nosotros cuando hacemos mucho, cuando no fallamos, cuando todo sale bien. Y cuando nos equivocamos, sentimos que hemos bajado puestos en un ranking espiritual que nadie declaró oficial pero que todos parecemos seguir y el Evangelio de este domingo rompe ese esquema de raíz.

Un Rey que no necesita impresionar

La profecía de Zacarías es potente y si la lees despacio, casi desconcertante:

"Mira que viene tu rey… pobre y montado en un borrico."

Ahora bien, seamos honestos: eso no suena muy épico.

Si hoy una gran empresa presentara a su nuevo director ejecutivo, llegaría rodeado de cámaras, vehículos de lujo y un despliegue de marketing cuidadosamente diseñado. Pero el rey que anuncia Zacarías hace exactamente lo contrario. Llega sobre un animal prestado, sin espectáculo, sin necesidad de impresionar.

Porque el verdadero poder no necesita demostrar que es poderoso. Solo el que es inseguro necesita exhibirse constantemente.

Y Jesús entra humilde porque sabe perfectamente quién es, no necesita el aplauso para existir.

Entonces aparece una pregunta que incomoda un poco ¿cuántas veces vivimos nosotros intentando impresionar? Publicamos lo mejor de nuestra vida, escondemos nuestras fragilidades, buscamos reconocimiento, nos preocupamos demasiado la opinión de los demás. Terminamos agotados sosteniendo una versión de nosotros mismos que ni siquiera existe del todo.

Dios no ama al personaje que hemos construido para sobrevivir. Ama a la persona real. Incluso esa que nosotros mismos intentamos esconder.

Lo que el mundo necesita ver

El salmo nos recuerda algo que necesitamos escuchar en un mundo que cancela rápido y mide el valor por el rendimiento: "El Señor es lento a la cólera y rico en piedad. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan".

No estás solo intentando llegar a Él. Él ya viene hacia ti. Montado en lo sencillo, esperándote en lo cotidiano, sin forzar ninguna puerta.

Quizás el mundo necesita menos cristianos obsesionados por demostrar que pueden con todo, y más cristianos que, desde su propia fragilidad, den testimonio de que han encontrado en Jesús el lugar donde descansar. Porque el Reino de Dios no avanza gracias a los más fuertes. Avanza gracias a los que han descubierto que la verdadera fuerza consiste en dejarse sostener.

Y solo quien aprende a descansar en Cristo puede convertirse, después, en descanso para los demás.

Lo que los pequeños saben y los sabios no ven

Jesús comienza su oración con algo que parece provocador:

"Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños".

No está diciendo que la inteligencia sea un problema. Critica algo más sutil: la ilusión de que podemos controlar incluso el misterio de Dios. Hay personas que saben muchísimo sobre Dios. Y hay personas que conocen a Dios. Pero no siempre son las mismas.

La fe comienza cuando dejamos de intentar dominar el misterio y aceptamos que es el misterio el que nos abraza a nosotros. Los pequeños de los que habla Jesús no son los ignorantes. Son los que todavía conservan un corazón disponible para dejarse sorprender. Los que no llegan a Dios con todas las respuestas ya preparadas, sino con las manos abiertas.

El cambio más profundo de tu vida probablemente no va a empezar con un gran golpe de suerte ni con un reconocimiento público. Va a comenzar con algo que desde fuera parecerá insignificante: una decisión interior tomada en silencio, un gesto fiel que nadie vio, un volver a empezar sin fanfarria.

Así es como Dios trabaja. En lo pequeño. En lo sencillo. En lo que el mundo descartaría en dos segundos.

El cansancio que todos conocemos

Y entonces llega la frase que parece escrita para esta generación:

"Venid a mí todos los que estánis cansados ​​y agobiados, y yo os aliviaré."

¿Quién no se siente así hoy?

Es un cansancio más profundo que el físico. Es el cansancio de tener que demostrar constantemente que vales. El agobio de sostener expectativas que nunca terminan, propias y ajenas. El peso de vivir acelerado, pero sin dirección clara. El desgaste de cargar historias que no terminan de sanar. La fatiga de un corazón que sigue, sigue y sigue, pero ya no sabe muy bien hacia dónde.

Lo impresionante es lo que Jesús no dice.

No dice: esfuércense más. No dice: organícense mejor. No dices: haz un curso de productividad espiritual. No dice: vengan cuando hayan solucionado su vida.

Dice: venid a mí.

No es un método. Es una relación. No empieza con tu esfuerzo por alcanzar a Dios. Empieza con Dios saliendo a tu encuentro.

Y Jesús no convoca a los perfectos, convoca a los cansados. Porque el cansancio muchas veces es el lugar donde finalmente dejamos de fingir. Donde la máscara se cae no porque queramos, sino porque ya no tenemos energía para sostenerla. Y justo ahí, en ese momento de vulnerabilidad sin decorar, es donde Dios puede entrar de verdad.

Pero en esta misma invitación hay una paradoja que Jesús no esconde:

"Tomad mi yugo sobre vosotros... y encontraréis descanso."

Un momento… ¿Yugo? ¿El alivio viene con yugo?

Hay yugos que esclavizan: la exigencia de ser perfecto, la necesidad de controlarlo todo, el miedo permanente a no ser suficiente, el vivir pendiente de la mirada de los demás. Esos yugos los conocemos bien. Los cargamos solos y nos van doblando por dentro.

El yugo de Cristo es distinto. En la tradición agraria de la época, el yugo doble unía a dos animales para que tiraran juntos. Jesús no te ofrece una vida sin carga. Te ofrece cargar con Él al lado.

No siempre elimina la cruz. Se pone debajo de ella contigo.

Y entonces la paz no consiste en una vida sin problemas. La paz consiste en saber que nunca caminas solo. Hay mochilas que pesan veinte kilos. Pero cuando alguien las toma contigo entre dos, el peso sigue siendo el mismo y, sin embargo, la experiencia cambia completamente.

Eso hace Cristo.

Y añade algo que lo dice todo sobre su carácter: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". No es debilidad disfrazada de virtud. Es la forma más radical de fortaleza: la que no necesita aplastar a nadie para afirmarse.

El Espíritu que ya habita en ti

San Pablo aporta la clave más profunda de todo esto:

"El Espíritu de Dios habita en vosotros".

No es solo que Dios te ayuda desde fuera cuando se lo pides. Es que Dios vive en ti. Eso significa que no estás condenado a repetir siempre los mismos patrones, no estás obligado a vivir a merced de tus impulsos, no estás definido por tu cansancio ni por tus caídas.

Pero hay que elegir desde dónde vivir. La carne, en el lenguaje de Pablo, no es el cuerpo: es esa manera de vivir encerrado en el propio ego, creyendo que todo depende exclusivamente de ti. Y qué pesada resulta esa vida. Es como intentar remar un barco durante horas creyendo que todo depende de la fuerza de tus brazos, sin desplegar jamás la vela.

El Espíritu Santo es esa vela. No eliminas tu esfuerzo. Pero permite que el viento de Dios haga posible lo que tus fuerzas solas nunca alcanzarían.

Muchos cristianos viven agotados porque intentan llevar solos una vida que solo puede vivirse con el Espíritu. Rezan poco, confiando poco, descansan poco. Y cargan mucho.

Hoy Jesús sigue pasando sin hacer ruido, sin imponerse, sin espectáculo. Sigue prefiriendo conquistar corazones antes que territorios. Y sigue pronunciando la misma invitación, tan sencilla como revolucionaria:

"Ven a mí."  No cuando estés bien. No cuando lo tengas resuelto. No cuando merezcas más. Ahora, como estás.

 

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