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domingo, 2 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Isaías 55,1-3. Salmo 145(144),8-9.15-16.17-18. Carta de San Pablo a los Romanos 8,35.37-39.

Evangelio según San Mateo 14,13-21.

Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.
Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: "Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos".
Pero Jesús les dijo: "No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos".
Ellos respondieron: "Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados".
"Tráiganmelos aquí", les dijo.
Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas.
Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Homilia por Rev. P. Jose Torres, LC 

Cinco panes no alcanzan (y por eso Dios los usa)

Hay una frase que repetimos sin pensarla: "no me alcanza". No me alcanza el tiempo, no me alcanza el sueldo, no me alcanza la paciencia con mis hijos, no me alcanza la fe para esta etapa que estoy viviendo. Vivimos calculando déficits. Y lo curioso es que ese cálculo —tan racional, tan adulto— es exactamente lo que Jesús desmonta hoy en un descampado, con cinco panes y dos peces, frente a cinco mil hombres "sin contar mujeres y niños".

Porque ojo: los discípulos no estaban equivocados en la aritmética. Tenían razón. No alcanzaba. Y sin embargo Jesús no les corrige la cuenta, les corrige la pregunta. Ellos piensan en términos de despedir: "despide a la multitud, que vayan a comprar". Jesús piensa en términos de dar: "dadles vosotros de comer". La diferencia entre esas dos frases es, literalmente, la diferencia entre gestionar un problema y encarnar una respuesta.

Lo que Dios regala no se cotiza

Isaías ya lo había anunciado con una ironía casi provocadora: "venid, comprad sin dinero y de balde vino y leche". Un mercado sin precios es una contradicción... a menos que quien vende ya no esté vendiendo, sino regalando. Ahí está la clave de toda la liturgia de hoy: pasamos de una economía de intercambio a una economía de gratuidad. Y esto no es poesía piadosa, es una acusación directa a cómo vivimos: "¿por qué gastar dinero en lo que no alimenta?" Isaías no habla solo de comida. Habla de todo aquello en lo que invertimos energía, tiempo, ansiedad, esperando que nos llene, y que sistemáticamente nos deja con más hambre que antes.

El salmo responde con una imagen que deberíamos dejar que se nos quede pegada: "abres tú la mano, y sacias de favores a todo viviente". No cierra el puño. No raciona. Abre la mano. Ese gesto —tan simple, tan corporal— es el resumen entero del Evangelio de hoy.

La palabra que casi nadie explica del Evangelio

Cuando el texto dice que Jesús, al ver a la multitud, "se compadeció de ella", el griego original usa el verbo splagchnízomai. Viene de splágchna, que literalmente son las entrañas. No es una emoción de cabeza, es una reacción visceral, física, que se siente en el estómago antes que en la razón. Jesús no calcula si tiene ganas de ayudar, se le remueven las entrañas y desde ahí actúa.

Esto importa mucho para quienes hemos aprendido, a fuerza de vida adulta a gestionar la compasión con criterios de eficiencia: "¿vale la pena involucrarme?", "¿tengo recursos para esto?". Jesús nos enseña otro punto de partida: primero las entrañas, después la logística. Primero el amor, después la cuenta de panes.

Dar cosas no es lo mismo que darse

Aquí está, para mí, el corazón de esta escena: Jesús no multiplica el pan en lugar de los discípulos. Lo multiplica a través de ellos. Toma los cinco panes, los bendice, los parte... y se los da a los discípulos, para que ellos se los den a la gente. Dios podría haber hecho llover maná directamente sobre la multitud, como en el desierto del Éxodo. No lo hace. Elige que el milagro pase por las manos de quienes solo tenían cinco panes y no querían darlos porque "no alcanzaba".

Esa es la diferencia entre dar cosas y darse. Dar cosas es resolver una carencia desde fuera, sin comprometerse. Darse es poner lo poco que tienes —tu tiempo cansado, tu fe a medias, tu paciencia agotada de un jueves cualquiera— en las manos de Dios y dejar que Él decida qué hacer con eso. Los discípulos no dejaron de tener cinco panes. Los entregaron. Y en el entregarlos, se volvieron suficientes.

Dios nunca hace milagros a pesar de nuestra pobreza; normalmente los hace a partir de ella.

No espera personas perfectas. Al contrario, Él espera personas disponibles.

La santidad no consiste en presentarse delante de Dios diciendo: "Mira todo lo que tengo." Consiste en decir con sencillez: "Señor, esto es todo lo que soy. Esto es todo lo que puedo darte."

Y entonces Él hace lo que nosotros nunca podríamos hacer solos.

San Pablo, en la segunda lectura, hace una lista brutal: tribulación, angustia, persecución, hambre, espada. Y remata con una convicción que no es optimismo barato: "ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados... podrá separarnos del amor de Dios". Léanlo junto al Evangelio y va a cobrar otro sentido: ni siquiera nuestra propia insuficiencia —esos cinco panes que nos parecen ridículos frente a la multitud de necesidades que cargamos— puede separarnos del amor de Dios. Al contrario: es justo ahí, en lo que nos falta, donde Dios decide actuar.

Para llevarte hoy

No sé qué "cinco panes" tienes tú entre las manos hoy. Puede ser un trabajo que sientes insuficiente, una relación que no sabes cómo sanar, una fe que hace semanas no se siente viva, una vocación de padre, madre, esposo, religioso o soltero que algunos días pesa más de lo que puedes cargar. Jesús no te está pidiendo que consigas más panes. Te está pidiendo que se los entregues.

La multitud comió y se saciaron, y sobraron doce cestos. No sobró comida porque los panes fueran muchos. Sobró porque Dios, cuando algo pasa por sus manos, nunca lo devuelve igual de pequeño a como lo recibió.

Así que hoy, antes de calcular si te alcanza, prueba a abrir la mano. A ver qué hace Dios con lo poco que tienes.


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