Lecturas del día: Libro de Isaías 55,1-3. Salmo 145(144),8-9.15-16.17-18.
Carta de San Pablo a los Romanos 8,35.37-39.
Evangelio según San Mateo 14,13-21.
Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar
desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo
siguió a pie.
Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella,
curó a los enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: "Este es un lugar
desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades
a comprarse alimentos".
Pero Jesús les dijo: "No es necesario que se vayan, denles de comer
ustedes mismos".
Ellos respondieron: "Aquí no tenemos más que cinco panes y dos
pescados".
"Tráiganmelos aquí", les dijo.
Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los
cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la
bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los
distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce
canastas.
Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los
niños.
Homilia por Rev. P. Jose Torres, LC
Cinco panes no alcanzan (y por eso Dios los usa)
Hay una frase que repetimos sin pensarla: "no me
alcanza". No me alcanza el tiempo, no me alcanza el sueldo, no me
alcanza la paciencia con mis hijos, no me alcanza la fe para esta etapa que
estoy viviendo. Vivimos calculando déficits. Y lo curioso es que ese cálculo
—tan racional, tan adulto— es exactamente lo que Jesús desmonta hoy en un
descampado, con cinco panes y dos peces, frente a cinco mil hombres "sin
contar mujeres y niños".
Porque ojo: los discípulos no estaban equivocados en la
aritmética. Tenían razón. No alcanzaba. Y sin embargo Jesús no les corrige la
cuenta, les corrige la pregunta. Ellos piensan en términos de despedir:
"despide a la multitud, que vayan a comprar". Jesús piensa en
términos de dar: "dadles vosotros de comer". La diferencia
entre esas dos frases es, literalmente, la diferencia entre gestionar un
problema y encarnar una respuesta.
Lo que Dios regala no se cotiza
Isaías ya lo había anunciado con una ironía casi
provocadora: "venid, comprad sin dinero y de balde vino y leche".
Un mercado sin precios es una contradicción... a menos que quien vende ya no
esté vendiendo, sino regalando. Ahí está la clave de toda la liturgia de hoy:
pasamos de una economía de intercambio a una economía de gratuidad. Y esto no
es poesía piadosa, es una acusación directa a cómo vivimos: "¿por qué
gastar dinero en lo que no alimenta?" Isaías no habla solo de comida.
Habla de todo aquello en lo que invertimos energía, tiempo, ansiedad, esperando
que nos llene, y que sistemáticamente nos deja con más hambre que antes.
El salmo responde con una imagen que deberíamos dejar que se
nos quede pegada: "abres tú la mano, y sacias de favores a todo
viviente". No cierra el puño. No raciona. Abre la mano. Ese gesto —tan
simple, tan corporal— es el resumen entero del Evangelio de hoy.
La palabra que casi nadie explica del Evangelio
Cuando el texto dice que Jesús, al ver a la multitud, "se
compadeció de ella", el griego original usa el verbo splagchnízomai.
Viene de splágchna, que literalmente son las entrañas. No es una emoción
de cabeza, es una reacción visceral, física, que se siente en el estómago antes
que en la razón. Jesús no calcula si tiene ganas de ayudar, se le remueven las
entrañas y desde ahí actúa.
Esto importa mucho para quienes hemos aprendido, a fuerza de
vida adulta a gestionar la compasión con criterios de eficiencia: "¿vale
la pena involucrarme?", "¿tengo recursos para esto?".
Jesús nos enseña otro punto de partida: primero las entrañas, después la
logística. Primero el amor, después la cuenta de panes.
Dar cosas no es lo mismo que darse
Aquí está, para mí, el corazón de esta escena: Jesús no
multiplica el pan en lugar de los discípulos. Lo multiplica a través
de ellos. Toma los cinco panes, los bendice, los parte... y se los da a los
discípulos, para que ellos se los den a la gente. Dios podría haber hecho
llover maná directamente sobre la multitud, como en el desierto del Éxodo. No
lo hace. Elige que el milagro pase por las manos de quienes solo tenían cinco
panes y no querían darlos porque "no alcanzaba".
Esa es la diferencia entre dar cosas y darse.
Dar cosas es resolver una carencia desde fuera, sin comprometerse. Darse es
poner lo poco que tienes —tu tiempo cansado, tu fe a medias, tu paciencia
agotada de un jueves cualquiera— en las manos de Dios y dejar que Él decida qué
hacer con eso. Los discípulos no dejaron de tener cinco panes. Los entregaron.
Y en el entregarlos, se volvieron suficientes.
Dios nunca hace milagros a pesar de nuestra pobreza;
normalmente los hace a partir de ella.
No espera personas perfectas. Al contrario, Él espera
personas disponibles.
La santidad no consiste en presentarse delante de Dios
diciendo: "Mira todo lo que tengo." Consiste en decir con sencillez: "Señor,
esto es todo lo que soy. Esto es todo lo que puedo darte."
Y entonces Él hace lo que nosotros nunca podríamos hacer
solos.
San Pablo, en la segunda lectura, hace una lista brutal:
tribulación, angustia, persecución, hambre, espada. Y remata con una convicción
que no es optimismo barato: "ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni
principados... podrá separarnos del amor de Dios". Léanlo junto al
Evangelio y va a cobrar otro sentido: ni siquiera nuestra propia insuficiencia
—esos cinco panes que nos parecen ridículos frente a la multitud de necesidades
que cargamos— puede separarnos del amor de Dios. Al contrario: es justo ahí, en
lo que nos falta, donde Dios decide actuar.
Para llevarte hoy
No sé qué "cinco panes" tienes tú entre las manos
hoy. Puede ser un trabajo que sientes insuficiente, una relación que no sabes
cómo sanar, una fe que hace semanas no se siente viva, una vocación de padre,
madre, esposo, religioso o soltero que algunos días pesa más de lo que puedes
cargar. Jesús no te está pidiendo que consigas más panes. Te está pidiendo que
se los entregues.
La multitud comió y se saciaron, y sobraron doce cestos. No
sobró comida porque los panes fueran muchos. Sobró porque Dios, cuando algo
pasa por sus manos, nunca lo devuelve igual de pequeño a como lo recibió.
Así que hoy, antes de calcular si te alcanza, prueba a abrir
la mano. A ver qué hace Dios con lo poco que tienes.
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