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domingo, 22 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 37,12-14. Salmo 130(129),1-8 Carta de San Pablo a los Romanos 8,8-11.        

Evangelio según San Juan 11,1-45.

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta.
María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".
Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".
Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?".
Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él".
Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo".
Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará".
Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,
y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo".
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros.
Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.
Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".
Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".
Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".
Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?".
Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama".
Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro.
Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado,
preguntó: "¿Dónde lo pusieron?". Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!".
Pero algunos decían: "Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?".
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,
y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto".
Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?".
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!".
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Homilía por Pbro. Diego Olivera

En este quinto domingo de cuaresma se presenta como tema central la Resurrección, la vida nueva, en el Evangelio Jesús nos anticipa cual será el gran regalo de la Pascua.

A medida que nos acercamos a la Pascua, la Palabra de Dios nos pone frente a una realidad muy humana: la experiencia de la muerte, no solo la muerte física, sino también esas “muertes” que vivimos cada día; por ejemplo: el despertador suena bien temprano a la mañana y algunos pueden pensar: “qué lindo seria seguir durmiendo en este día nublado” pero renuncian a ese deseo de seguir durmiendo para levantarse y salir a trabajar para traer el pan a la mesa, o cuando se nos presentan dos cosas buenas y tenemos que elegir una, renunciamos y morimos a aquello que no elegimos

En la primera lectura nos encontramos con una fuerte profecía de Ezequiel: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos…” Es una imagen impactante porque el sepulcro representa lo que ya no tiene solución, la tumba nos dice ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, Dios dice: “Yo los haré salir de sus tumbas”. Esto significa que Dios no se resigna a vernos caídos. Él siempre quiere levantarnos, siempre cree que es posible volver a empezar. El Espíritu de Dios es un espíritu de vida que nos renueva, nos levanta de las caídas e ilumina nuestras oscuridades.

San Pablo en la carta a los Romanos, reafirma la idea de que si se puede volver a empezar renovados por el Espíritu de Dios: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes”.  

Jesús con su resurrección, que celebramos el domingo de Pascua, nos regala a todos la resurrección y la vida eterna pero nos pide que creamos, tenemos que tener fe en esta promesa. La Resurrección no es un slogan católico es una realidad concreta, la resurrección es real y es para todos. Tenemos que creer en esta verdad de fe.

Un dicho popular afirma: “Todo tiene solución en esta vida menos la muerte”, pero como cristianos no podemos afirmar esto porque Cristo nos regaló la solución, con su pasión, muerte y resurrección nos regaló la vida eterna para todos.

En la expresión de Marta se refleja la voz de todos nosotros con: “¡Si hubieras estado aquí!...”. Y la respuesta de Dios no es un discurso, no, la respuesta de Dios al problema de la muerte es Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida... ¡Tened fe! En medio del llanto seguid teniendo fe, aunque la muerte parezca haber vencido. ¡Quitad la piedra de vuestro corazón! Que la Palabra de Dios devuelva la vida allí donde hay muerte”.

Pero Jesús no solo nos regala la vida eterna para después de nuestra muerte terrenal, hoy quiere correr la piedra de nuestros sepulcros y sacarnos de toda situación de muerte. A cada uno de nosotros nos dice lo que le grito con voz potente a Lázaro: “Sal de allí”

Pidamos al Espíritu Santo ser liberados de toda situación de muerte para gozar plenamente la vida y vida en abundancia que brota de Dios.


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viernes, 20 de marzo de 2026

Catequistas: Tiempo de Cuaresma


Hola queridos/as Catequistas, es un placer poder continuar con estas publicaciones en el Blog, para seguir creciendo y aprendiendo juntos.

Hoy quiero que nos sumerjamos juntos en el Tiempo cuaresmal, es decir, en pensar y reflexionar juntos como podemos hacer de este tiempo que muchas veces esta cargado de una mirada apagada, sombría; solo pensada y reflexionada desde el sacrificio, mortificación, etc.

Nos puede pasar a nosotros mismos, en nuestra catequesis, lo digo desde la propia experiencia de cuando yo empecé la catequesis, muchas veces priorizaba en los temas u objetivos de los encuentros en la penitencia y demas, pensando que estaba hablando con adultos cuya mente ya estaba moralmente formada, y asi no podemos formar a nuestros niños y jovenes, necesitamos poder ampliar la mirada.

No digo que eso no debe estar, claramente matizada por el publico que tengamos al frente de nuestros ojos, pero vivida desde el gozo de que nos estamos preparando para vivir le hecho mas importante del Año litúrgico, si lo decimos desde la vida de la Iglesia, o el hecho más importante y trascendental de nuestra vida, de la vida de cada fiel cristiano. Nos preparamos para acompañar a Jesús al camino de la Cruz, y ese camino lo va a hacer por Ti y por mí.

Hemos contemplado maravillosamente la figura de la Samaritana, y este “Dame de beber” que sale de los labios de Jesús, que se nos clava como puñal en nuestro corazon. Nos invita en este tiempo a pensarnos como catequistas, y cuestionarnos ¿Que Agua doy de beber a mis catequizandos? ¿Qué Agua estoy bebiendo yo mismo? ¿Es de la fuente de Agua Viva que brota de Jesús o lo busco y hago buscar en cisternas agrietadas?

Podemos estar haciendo beber a los catequizandos solo doctrina vacía, sin emociones o sentimientos; solo practicas estériles sin alma, que se convierten en rigurosidad, etc. O somos capaces de doblar las rodillas y rezar en vez de solo pensar lo que vamos a compartir. Solo un corazon enamorado y traspasado por cristo es capaz de contagiar ese mismo amor. Solo bebiendo de la Fuente de vida es que vamos a trasmitir vida.

Este tiempo lo debemos vivir juntos, haciéndonos parte de las iniciativas parroquiales o de la capilla, y si no las hay, es tiempo de ser creativos, de buscar materiales en internet, o volver a practicas que han nutrido la vida de la Iglesia (Via crucis, Dolores de María, Visita a las 7 Iglesias, etc.) invitando a toda la familia, amigos, vecinos, etc. Debemos todos vivir la alegria de la cuaresma.

Lograr una catequesis más vivencial, es un esfuerzo grande para hacerlo solo, pero depende de ustedes catequistas, no se dejen robar el entusiasmo, las ganas y sobre todo no apaguen el fuego del amor de Jesús, sean capaces de salir de si mismos para generar una verdadera comunidad de catequistas donde el apoyo sea mutuo, fraterno y enriquecedor

Que este tiempo de Cuaresma lo vivamos desde la alegria de saber que Cristo ya murió por cada uno de nosotros, sin la necesidad de que hiciéramos nada, todo fue Gracia. Que Dios nos bendiga mucho, y que María ella que supo estar al pie de la cruz, nos enseñe a perseverar en el camino de la Fe personal y comunitariamente.

Autor: Enzo Villavencio

Aquí puedes ver más material:



domingo, 15 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB


Lecturas del día: Primer Libro de Samuel 16,1b.6-7.10-13a. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6. Carta de San Pablo a los Efesios 5,8-14.

Evangelio según San Juan 9,1-41.

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?".

"Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.

Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,

diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?".

Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". Él decía: "Soy realmente yo".

Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?".

El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi".

Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé".

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.

Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.

Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo".

Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos.

Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta".

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres

y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?".

Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,

pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta".

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.

Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él".

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".

"Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".

Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?".

Él les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?".

Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!

Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este".

El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.

Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.

Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.

Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada".

Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?".

El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?".

Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando".

Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.

Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven".

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?".

Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".

Homilía Pbro. Mauricio Calgaro SDB

Hermanos y hermanas, el Evangelio de este domingo nos cuenta algo que empieza con un gesto muy simple: “Jesús pasa y ve a un hombre ciego de nacimiento”. No lo busca el ciego, no lo llama, no le grita desde la orilla del camino. Jesús pasa y lo ve. Y cuando Jesús ve a alguien, no lo mira como quien mira un paisaje. Lo contempla con el corazón. Pero además de mirar, se detiene, se acerca, se ensucia las manos con barro y le abre un camino nuevo. A veces Dios obra así en nuestra vida: con gestos sencillos, casi pobres, pero capaces de cambiar la historia.

El hombre va a la piscina de Siloé, se lava y vuelve viendo. Pero el milagro no termina ahí. Empieza entonces otra historia, quizá más profunda. Los vecinos discuten: si es él, si no es él, si se parece. Y en medio de tantas voces el hombre dice algo muy sencillo: “Soy realmente yo”. Como diciendo: soy el mismo de siempre, pero algo cambió. Cuando uno se encuentra con Jesús no deja de ser quien es, pero empieza a mirar la vida de otra manera.

Los fariseos, en cambio, se quedan discutiendo otra cosa. Si es sábado, si se puede curar, si ese hombre viene de Dios o no. Mientras el que era ciego empieza a ver, los que estaban seguros de ver se van quedando cada vez más encerrados en sus ideas. Y ahí aparece una verdad que atraviesa todo el Evangelio: la verdadera ceguera es no ver más allá del pecado. Ellos miran a ese hombre y no pueden ver la obra de Dios. Ven solamente su pasado, su condición, su historia. Y así terminan marginándolo.

Jesús, en cambio, hace lo que siempre hace: sale a buscar al que quedó afuera. Se entera de que lo echaron y va a su encuentro. No le da un discurso largo ni una explicación complicada. Le hace una pregunta sencilla, de esas que llegan al corazón: “¿Crees en el Hijo del hombre?”. El hombre responde con humildad: “¿Quién es, Señor, ¿para que crea en él?”. Y Jesús le dice: “Es el que está hablando contigo”. Entonces el hombre dice: “Creo, Señor”, y se postra.

Así se completa el milagro. Primero se le abrieron los ojos del cuerpo; ahora se le abre la mirada del corazón. Y quizá eso es lo que el Evangelio quiere regalarnos hoy. Porque también nosotros podemos caminar por la vida con muchas cegueras: cegueras que nos hacen mirar a los demás desde el juicio rápido, desde la etiqueta, desde el error. En cambio, Jesús nos enseña otra manera de mirar. Él mira la herida, sí, pero también ve la posibilidad de cambió. Ve el pecado, pero no deja de ver la persona y su dignidad.

Por eso este Evangelio nos invita a pedir una gracia muy simple: que el Señor nos toque los ojos. Que nos cure de esas cegueras del corazón que nos impiden reconocer la obra de Dios en los demás. Y que aprendamos a mirar como mira Jesús: más allá del pecado, más allá de las apariencias.


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lunes, 9 de marzo de 2026

Reconciliarnos en Cuaresma


Como cada año, la cuaresma, nos recuerda la necesidad de la reconciliación con Dios, de la reconciliación con el prójimo y de la reconciliación con el propio corazón, en la propia realidad, en la propia vida. Normalmente nos referimos al sacramento de la Reconciliación, también conocido como Confesión. Pero, entonces ¿qué es “reconciliar”?

Asociamos la “reconciliación”, al encuentro con alguien después perdonarle una ofensa. Así: conciliar, que nos recuerda otras ideas como concilio, que es una reunión de un cuerpo colegiado; comunión, que es la capacidad de compartir la opinión o la mesa; asamblea, que es una reunión de iguales. Entonces, ¿conciliar es simplemente equiparar, o igualar, encontrarse? En contabilidad se dice esto de un balance… ¿La conciliación se reduce a unir lo separado, igualar lo diferente, compartir la opinión y la mesa?

El prefijo “re”, quiere decir, que antes hubo “comunión”. Efectivamente, después de haberse cortado el vínculo por una ofensa, de haber caído o muerto la relación… el vínculo, la comunión, se ha recuperado, el puente se ha vuelto a construir, el que había muerto, ¡lo encontramos resucitado!

Entonces, la reconciliación, como nombre del sacramento, refiere a revivir la gracia que ha muerto por la ofensa a Dios, al prójimo y a la propia dignidad. Esa ofensa se llama pecado. Y cuando se habla de pecado hay que ser claro en las condiciones para que sea tal: ser consciente del daño que se hace, hacerlo voluntariamente, conocer la materia grave del mandamiento contra el cual se obra, tener en cuenta la circunstancias que afectan a la responsabilidad y, la pena y culpa asociadas al pecado.

¿Cómo debemos acercarnos a la reconciliación? Es necesario haber examinado nuestra conciencia. No tanto para encontrar en la rendija más perdida el recuerdo del pecado más sucio y feo del año pasado, sino para presentarse humildemente ante el trono de la misericordia, con el corazón bien dispuesto.

Proponerse un sincero arrepentimiento por haber ofendido a Dios. Es decir, por considerar poca cosa su amistad, al punto de alejarme y avergonzarme de su amor; por haber destruido con el pecado, en aquel momento de debilidad, el puente de su gracia que me alcanza la salvación; por no haber seguido su llamado queriendo tapar con el dedo el sol de su gracia.

Lo siguiente puede ser lo más difícil. Reconocer los propios pecados delante del sacerdote, confiando en su ministerio de juez, de padre, de médico, en fin, de “alter Christus”. Lo mejor es pronunciarlos uno a uno, con claridad, detallando el mandamiento contra el que se ha pecado y el número de veces que se hizo, brindando algún detalle que sirva para comprender su magnitud, y no hacer explicaciones para justificar el comportamiento. A veces, el sacerdote hará una pregunta para aclarar y luego una breve reflexión para corregir.

Finalmente corresponde manifestar el arrepentimiento en la oración que llamamos “pésame”.  Esta oración recoge los elementos más importantes de la contrición como son haber ofendido a Dios, el propósito de no pecar más y de evitar las ocasiones próximas de pecado. No lo decimos en voz alta, pero se sobreentiende que hay también propósito de enmienda de la propia vida, corregir la conducta, y también el propósito de reparar el daño hecho al prójimo con nuestro pecado. El sacerdote impone una penitencia, que satisface, en alguna medida el pecado cometido, pero que Jesús ya lo cargó por nosotros en la Cruz, y luego pronuncia la absolución.

Entonces, salimos del confesionario reconciliados con Dios, en camino de reconciliarnos con el prójimo, y con el propósito de reconciliarnos con el propio corazón, en la propia realidad y en la propia vida. Somos nuevamente amigos de Dios, su gracia recorre nuestra alma, caminamos resucitados en una nueva oportunidad de vida.

Y vos, ¿Qué puente sentís que necesitas reconstruir hoy para volver a caminar resucitado?

Fray Ángel Benavides OP.


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domingo, 8 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro del Exodo 17,3-7. Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9. Carta de San Pablo a los Romanos 5,1-2.5-8.

Evangelio según San Juan 4,5-42.

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.
Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".
"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".
Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".
"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".
Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí".
La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido,
porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad".
La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar".
Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.
Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".
La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".
Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?".
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
"Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?".
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro".
Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen".
Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?".
Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.
Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.
Porque en esto se cumple el proverbio: 'Uno siembra y otro cosecha'
Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice".
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.
Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".

Homilía por Fray Josué González Rivera, OP

“El que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed”

¿Qué cosas buscamos para sentirnos bien y felices? Sin lugar a duda, todos tenemos deseos y anhelos: aprobación, éxito, entretenimiento, compañía. No son cosas malas en sí mismas; sin embargo, muchas veces no logran saciarnos. Después de alcanzarlas, aparecen nuevos deseos, nuevas búsquedas. El punto central de este domingo, que el evangelio resalta de forma importante, es que existe una sed humana que nada material puede llenar. Siempre queda una cierta sensación de insatisfacción, una sed que no se resuelve simplemente con cosas materiales o con logros externos.

Ya el pueblo de Dios en el desierto experimenta esta realidad. Allí la sed no es una metáfora, sino una amenaza real: no hay agua. Esa situación los lleva a preguntarse: “¿El Señor está realmente con nosotros?”. La sed revela la fragilidad humana. Cuando falta lo necesario, surge la desconfianza: el pueblo murmura, acusa y duda. El desierto muestra lo que hay en el corazón.

Siglos más tarde, en otra escena. Es Jesús quien tiene sed, pero también una mujer que, en su diálogo con Él, descubre que lo que sucede va más allá del agua del pozo. Su historia, con alegrías y tristezas, con anhelos y fracasos, revela también una sed más profunda. Así, el pozo y el desierto se convierten en símbolos: lugares donde el ser humano puede reconocer su propia necesidad, encontrarse con la verdad y abrirse a la conversión. El llamado, ante nuestra sed, es buscar el agua verdadera y no cerrar el corazón, no endurecerlo, que sería la respuesta equivocada.

En el desierto, Dios hace brotar agua de la roca y así manifiesta su presencia. Algo semejante anuncia Pablo en la carta a los Romanos, cuando afirma que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”. La respuesta a la sed humana no viene solamente del exterior; es también un don que transforma el interior. Dios no solo da agua: comunica su propio amor. Por eso, en el pozo de Samaría, Jesús no ofrece simplemente consuelo. Ofrece agua viva, el agua del Espíritu que brota desde dentro del corazón.

Jesús, además, rompe las barreras de su tiempo. Siendo judío, habla con una samaritana; siendo hombre, se acerca a una mujer; siendo maestro religioso, no teme dialogar con alguien que vive en una situación marginal. Jesús supera estas divisiones e inicia el diálogo. Conoce la historia personal de la mujer, pero no la humilla: la ilumina. La sed no se sacia ignorando la realidad, sino atravesándola con verdad. Muchas veces nuestra inquietud no proviene de la falta de cosas, sino de la ausencia de una relación viva con Dios. Cuando el corazón se abre, el amor de Dios, derramado por el Espíritu, se convierte en un manantial permanente.

 Al final del relato hay un detalle que ya los Padres de la Iglesia destacaban: la mujer deja su cántaro. No porque el agua material ya no sea necesaria, sino porque ha descubierto algo más decisivo. Su prioridad ha cambiado. En el desierto, los israelitas debían aprender a confiar. En el pozo de Samaría, la mujer aprende a creer. La respuesta adecuada no es la murmuración, sino el paso de la fe.

En nuestro camino de Cuaresma también estamos llamados a dar ese paso. No necesariamente mediante gestos espectaculares, sino mediante movimientos interiores concretos: reconocer con honestidad de qué tenemos sed, preguntarnos qué ha endurecido nuestro corazón, dejar que Cristo ilumine nuestra historia y permitir que el amor de Dios, derramado por el Espíritu, transforme nuestra vida.

La mujer, después de su encuentro con Jesús, da testimonio de lo que ha experimentado. La experiencia de la gracia no se encierra en uno mismo; nos envía a compartirla. Si miramos nuevamente todo el recorrido, vemos un camino claro: la sed revela nuestra fragilidad; Dios manifiesta su amor porque es fiel; el encuentro con Cristo transforma el corazón; y después de ese encuentro la vida se convierte en anuncio. Así, el evangelio responde a la pregunta del Éxodo: “¿El Señor está en medio de nosotros?”. Sí. Está allí, junto al pozo, esperando, dispuesto a ofrecer el agua viva.


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viernes, 6 de marzo de 2026

Intención del Papa de Marzo: Por la paz y el desarme.



Querida comunidad, ¿Sabían que el santo padre León XIV encomienda una intención de oración por mes?

Estas intenciones son una convocatoria mundial a la acción y oración. El Papa las confía a su Red Mundial de Oración, que las difunde a través del “Video del Papa”. 

Hoy te invitamos a leer esta reflexión inspirada en el vídeo del mes de marzo:

Por la paz y el desarme

En este mes, el Papa León nos invita a la humanidad entera a fortalecer nuestro compromiso con un mundo nuevo, desarmado y capaz de vivir en paz. Su voz incansable nos pide una y otra vez que seamos constructores de la fraternidad que nos invita a ser hermanos y hermanas, a poner en el centro la vida de los más vulnerables y a desarmar las violencias que hay en nuestro corazón.

Actualmente, pareciera que somos solamente espectadores de las situaciones de conflicto que se viven en el mundo. Es la trampa de tener al alcance los medios de comunicación y usarlos solamente como ventanas que nos permiten “chusmear” lo que pasa sin comprometernos. Estamos llamados a dar un paso más, a vivir con compasión y a abrazar con nuestra oración el sufrimiento de quienes padecen las injusticias de la guerra.

Podría ser momento oportuno para preguntarnos:

 ¿Qué aporte a la paz de cada día en nuestras familias, en nuestro grupo de amigos, en nuestros trabajos, comunidades, en fin, en la sociedad estamos haciendo?

La guerra tiene una semilla casi invisible, que muchas veces sembramos con actitudes de egoísmo e indiferencia y que terminan perjudicándonos a nosotros y a quienes nos rodean. De allí la importancia de poner nuestro corazón cada día en las manos de Jesús para que lo moldee y lime las asperezas que nos alejan de un estilo de vida a su imagen y semejanza. Jesús siempre es paz, y es la paz que quiere quedarse con nosotros.

La paz la aprendemos de Jesús, quien entregó su vida por amor. Desarmar nuestra vida implica alejarnos y renuncia a todo aquello que nos separe del amor que nos enseño Jesús con su propia vida. Pidamos al Espíritu Santo que nos fortalezca en el llamado a ser constructores de la paz, semillas de esperanza, aunque como Juan el Bautista algunas veces sintamos gritar en el desierto.

Como dice el Papa en su oración “ayúdanos a comprender que la verdadera seguridad no nace del control que alimenta el miedo, sino de la confianza, la justicia y la solidaridad entre los pueblos.”

Amén

María Claudia Enríquez

@clauchitaaaa





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domingo, 1 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Diácono Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Génesis 12,1-4a. Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22. Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,8b-10.

Evangelio según San Mateo 17,1-9.

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

Homilía por Diac. Jose Torres, LC

"¡Qué bien se está aquí!"

¿Alguna vez has vivido un momento que quisieras congelar para siempre?

Esos momentos existen. Una tarde con alguien que quieres mucho. Una conversación que empieza tarde y termina con el sol saliendo. Un silencio que, por alguna razón, se siente lleno. Algo por dentro que dice: aquí. Aquí me quiero quedar.

Pedro vivió algo así en el monte Tabor. Pero multiplicado por mil.

Primero hay que subir

Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva aparte. A un monte alto, dice el evangelio. Solo eso ya dice algo importante: los momentos profundos con Dios no suelen llegar solos mientras uno mira el celular en el sofá. Requieren subir. Y subir cansa. Requieren decidir que hay algo que vale más que quedarse cómodo donde estás.

La Cuaresma es exactamente esa invitación: sube un momento. Apártate del ruido. Hay algo que quiero mostrarte.

Y entonces ocurre la Transfiguración.

El rostro de Jesús resplandece como el sol. Sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Aparecen Moisés y Elías. Una nube los envuelve. Y una voz, que viene de más adentro que cualquier sonido humano, dice:

"Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo."

Las palabras más honestas del evangelio

En ese momento, Pedro abre la boca y dice algo que nos puede parecer un poco fuera de lugar: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas..."

El propio evangelista nos aclara con cierta ternura que Pedro no sabía muy bien lo que decía.

Pero hay en esas palabras una verdad enorme, casi sin querer.

"¡Qué bien se está aquí!"

No es teología elaborada. No es un discurso preparado. Es el grito del corazón de alguien que acaba de tocar algo verdadero y no sabe cómo manejarlo. Es el lenguaje del alma cuando se queda sin palabras.

Y aquí está, creo yo, el corazón de este domingo: Dios no es solo el que nos pide cosas. Es el que nos deslumbra.

La fe cristiana no es una lista de obligaciones ni un código de conducta con premio al final. Es, antes que nada, un encuentro. Con alguien tan bueno, tan bello, tan real, que cuando lo tocas de verdad, lo único que puedes hacer es lo que hizo Pedro: quedarte sin argumentos y decir, "Señor, qué bien se está aquí."

¿Tú lo has sentido alguna vez?

Quizás en una adoración eucarística que te dejó en silencio. En una misa que, sin saber por qué, te movió por dentro. En un momento de oración en el que algo se aclaró de golpe. En el servicio a alguien que sufre, cuando sentiste que estabas en el lugar exacto donde debías estar.

Esa sensación tiene nombre. Es la presencia del Señor. Y es el tesoro más grande que existe.

Pero no nos podemos quedar en el monte

Jesús no les deja quedarse. Les dice que bajen. Que todavía no es el momento de contarlo.

Porque la experiencia del Tabor no es el destino: es el combustible para el camino.

Y aquí llega la pregunta que más nos interpela hoy, a cada uno de nosotros.

¿Cómo vivimos entre semana lo que decimos creer los domingos?

Abrahán, en la primera lectura, recibe una llamada de Dios y hace algo que parece sencillo pero no lo es para nada: "Marchó, como le había dicho el Señor." Sin más. Sin negociaciones largas. Sin "voy a pensarlo". Escuchó y caminó. Su fe no quedó guardada en sus convicciones íntimas. Se encarnó en decisiones reales, en renuncias concretas, en movimiento.

Pablo le escribe a Timoteo y le dice algo que puede sonar duro, pero que es profundamente liberador: "Toma parte en los padecimientos por el Evangelio." No te conformes con una fe cómoda, que no te cuesta nada y, por lo tanto, no te transforma en nada.

Porque hay un riesgo real, y lo digo sin ánimo de juzgar a nadie, porque yo también lo siento: el de tener una fe de escaparate. Creer en Dios el domingo y vivir el resto de la semana con la misma lógica que cualquiera que no cree en nada. Pedir misericordia y no darla. Pedir perdón y no perdonar. Hablar de amor y tratar mal a los que tenemos cerca. Subir al monte… y bajar siendo exactamente los mismos de siempre.

La Transfiguración de Jesús es preciosa. Pero la gran pregunta que nos deja este evangelio es:

¿Y tú, te estás transfigurando?

No de golpe ni de forma dramática. Sino de a poco, en lo pequeño, con constancia: en la manera en que hablas de los demás, en cómo manejas tu tiempo y tu dinero, en si tu vida refleja lo que dices creer, en si el que te conoce de verdad puede ver en ti algo diferente, algo que apunta hacia arriba.

Para terminar

Esta Cuaresma es una oportunidad real. No para machacarnos con la culpa, sino para subir al monte. Para dejar que Jesús nos muestre quién es de verdad. Para volver a escuchar esa voz que dice: "Este es mi Hijo amado. Escuchadlo."

Y después de ese encuentro, bajar. Pero bajar distintos. Con la vida un poco más coherente. Con la capacidad de decir, en lo ordinario y en lo difícil, lo que Pedro dijo sin pensarlo:

"Señor, ¡qué bien se está aquí!"

No solo en el éxtasis del Tabor. Sino en el trabajo de cada día. En la familia. En el servicio. En la fidelidad silenciosa a lo que creemos.

Porque el Señor no nos llama a ser perfectos de una vez. Nos llama a caminar con Él. Y en ese camino prometió algo que Abrahán comprobó, que Pedro comprobó, y que tú y yo podemos comprobar también: que, en Él, la vida se llena de sentido, de belleza y de bien.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


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jueves, 26 de febrero de 2026

Vivir la Cuaresma


El tiempo de cuaresma llegó muy pronto este año. No tuvimos oportunidad de prepararnos con anticipación, o de recuperarnos del descanso de verano. El miércoles de ceniza cayó después del carnaval, como todos los años.

Sin embargo, puede parecernos que es lo mismo cada año. Y, de algún modo es lo mismo, pero yo no. Yo no debería ser el mismo del año pasado. Lo cierto es que la cuaresma es una oportunidad privilegiada para vivir la vida cristiana a plenitud. Se abre con la cruz de ceniza en la frente y termina con la cruz del Señor en el corazón.

¿En qué otro tiempo litúrgico nos proponemos seriamente, quizás ambiciosamente, pequeñas o grandes mortificaciones, una disciplina de oración y lectura, extendemos la mano hacia el hermano con diligencia, procuramos la confesión y la comunión con frecuencia?

La pascua es más luminosa y feliz, pero, a veces, bajamos la guardia porque no hay más mortificaciones y ayunos, y nos damos permisos que en cuaresma no estaban en el panorama, y terminamos haciendo del tiempo de gracia y resurrección, el menos fiel a nuestra fe. El adviento se nos hace pesado por el fin de año calendario y la navidad se esfuma junto con las vacaciones de verano. Pero la cuaresma, entre el Via crucis de los viernes, los rosarios y procesiones, ramos y visitas a las iglesias, es el tiempo litúrgico de mayor profundidad y serenidad, de mayor interés y expectación. Es una suerte de vida cristiana fiel, que dura cuarenta días y se repite cada año.

Y es por esto por lo que no debemos bajar la guardia. Proponernos prácticas devocionales posibles y moderadas. La ambición espiritual lleva primero al orgullo y luego a la decepción y el abandono. Por eso parece ser igual todos los años… y no obtenemos resultados diferentes si hacemos siempre lo mismo.

Es mejor rezar poco, pero con atención y regularmente, que lanzarse a maratones de plegarias, ocasionalmente, sin orden ni disciplina, llevados por la ilusión de la devoción emocional. Es más provechoso para la vida espiritual proponerse las obras de misericordia materiales y espirituales (vayan al catecismo…) realizables y moderadas, pero sinceras y regulares, que ir atolondradamente a Caritas parroquial, a entregar ropa vieja y/o tomarse la selfie para el Instagram…

No debemos olvidar buscar en un devocionario, o una página decente, un buen examen de conciencia (sea siguiendo los mandamientos del decálogo, o los pecados capitales, ¡o las mismas obras de misericordia!), y confesarse tan devotamente como sea posible.

La cuaresma no debe ser un tiempo fuerte, solo por cómo nos proponemos vivirla, sino porque cambia mi modo de vivir mi fe y me acerca cada vez más al ideal de cristiano. Cargar con mi cruz solo cuarenta días al año, no me hace mejor cristiano. Seguir cargándola con alegría y entereza, durante la pascua, y mirando hacia el adviento y la navidad, día a día, domingo a domingo, confesión a confesión, comunión a comunión, procesión a procesión, caridad a caridad, limosna a limosna, decepción a decepción, fidelidad a fidelidad.

Y entonces, no puedo comenzar la cuaresma, siendo el mismo del año pasado. Esta vez la cruz en la frente, me dice otra cosa. Me anima a más amor, más disciplina, más sinceridad, más profundidad, más caridad… para que sea un poco más cercano al crucificado, al que después de descender de la cruz y pasando por los brazos de María, y de allí al sepulcro, sube por el cirio pascual, en la noche santa y la ascensión, a la eternidad.


Fray Ángel Benavides OP.

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sábado, 21 de febrero de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.

Lecturas del día: Libro de Génesis 2,7-9.3,1-7. Salmo 51(50),3-4.5-6a.12-13.14.17. Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-19.

Evangelio según San Mateo 4,1-11.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio.
Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.
Y el tentador, acercándose, le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes".
Jesús le respondió: "Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo,
diciéndole: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Jesús le respondió: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor,
y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme".
Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

La fuerza humilde de Dios.

Estamos comenzando el tiempo santo de la Cuaresma. La Iglesia nos regala estos cuarenta días como un camino de conversión, de regreso al corazón de Dios. No es un tiempo triste, sino un tiempo serio y lleno de esperanza. Se nos proponen las obras propias de este tiempo: la oración más intensa, el ayuno que nos libera y la limosna que ensancha el corazón. Son medios concretos para ordenar nuestra vida, para volver a lo esencial, para dejar que Dios ocupe el centro y no nuestras preocupaciones, nuestros caprichos o nuestro orgullo.

En la segunda lectura, san Pablo nos presenta una comparación fuerte y luminosa: Cristo es el nuevo Adán. Por un solo hombre, el pecado entró en el mundo, y con el pecado la muerte; y así todos quedamos alcanzados por esa herida original. Hay una solidaridad en el mal: todos heredamos esa condición frágil y caída. Pero esa misma lógica de solidaridad, que parecía jugar en contra nuestra, ahora juega a nuestro favor. Si por la desobediencia de uno muchos fueron constituidos pecadores, por la obediencia de uno solo —Cristo— muchos serán constituidos justos.

Es impresionante pensar esto: así como sin haber hecho nada heredamos una naturaleza herida, también sin haberlo merecido recibimos la posibilidad de la vida eterna. Cristo, el nuevo Adán, asume nuestra condición y, desde dentro, la redime. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. La Cuaresma nos invita a tomar conciencia de esta verdad: no estamos condenados a repetir la historia del primer Adán; estamos llamados a dejarnos incorporar a la vida nueva del segundo Adán, a vivir según Cristo.

Y precisamente el Evangelio de este domingo nos muestra el comienzo concreto de esa obra de salvación. Jesús va al desierto y allí es tentado por el demonio. Se le propone un mesianismo espectacular: convertir piedras en pan para imponerse por lo extraordinario, arrojarse desde el templo para deslumbrar, recibir poder y gloria a cambio de una adoración falsa. En el fondo, se le ofrece ser un Mesías a la medida de las expectativas humanas: éxito, poder, dominio. Pero Jesús rechaza ese camino. No viene a salvarnos con un despliegue de fuerza, sino con la obediencia humilde al plan del Padre.

También nosotros somos tentados a buscar soluciones fáciles, caminos rápidos, reconocimientos inmediatos. Podemos llegar a querer un cristianismo sin cruz, una fe sin combate, una salvación sin conversión. La Cuaresma nos devuelve al desierto, al lugar de la verdad. Allí se decide quién es nuestro Dios y qué lugar ocupa en nuestra vida. Si permanecemos unidos a Cristo, el nuevo Adán, podremos vencer las tentaciones cotidianas —pequeñas o grandes— no con nuestras solas fuerzas, sino con la gracia que Él nos ha ganado.

Pidámosle al Señor, en este comienzo de la Cuaresma, que nos conceda la humildad de reconocer nuestra fragilidad, y la confianza de apoyarnos en su victoria. Que la oración, el ayuno y la caridad nos unan más a Cristo, para que en Él pasemos del desierto a la vida nueva que no tiene fin.


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martes, 17 de febrero de 2026

Escuchar y ayunar: una Cuaresma para volver a lo esencial

Comenzamos este tiempo con un signo sencillo y fuerte a la vez: la ceniza en la frente. Un gesto que nos sacude y nos recuerda algo fundamental que muchas veces olvidamos en medio del ritmo diario: no somos eternos, no lo controlamos todo y necesitamos volver a Dios. No para huir del mundo, sino para habitarlo mejor.

La Cuaresma es un tiempo de 40 días de camino hacia la Pascua, inspirado en los 40 días que Jesús pasó en el desierto. No es un paréntesis triste ni una pausa incómoda en el año. Es una invitación clara y actual: frenar un poco, ordenar la vida y volver a lo esencial.

La Iglesia nos propone para este camino tres pilares que siguen siendo actuales y necesarios:

  • Oración, para profundizar nuestra relación con Dios y darle espacio real en la vida.
  • Ayuno, para aprender a desprendernos, ordenar deseos y ser más libres.
  • Caridad, para amar de manera concreta, saliendo de nosotros mismos.

No se trata solo de “dejar cosas”, sino de dejar espacio. Espacio para Dios, para los demás y para lo que realmente importa.

En este contexto, el Papa León XIV nos invita a vivir la Cuaresma desde dos actitudes clave: escuchar y ayunar.

Primero, escuchar. En un mundo lleno de notificaciones, audios, reels, mensajes y opiniones cruzadas, escuchar de verdad se volvió casi revolucionario. Escuchar a Dios en su Palabra, darle tiempo, dejar que nos hable sin apurarlo. Pero también escuchar la realidad: el dolor que nos rodea, las injusticias que muchas veces naturalizamos, las personas que sufren cerca nuestro.
La fe no se vive con auriculares puestos ignorando el mundo, sino con el corazón abierto.

Escuchar es el primer paso para cambiar. Porque cuando escuchamos de verdad, algo se acomoda por dentro y empezamos a mirar la vida con otros ojos.

Después, ayunar. Y no solo de comida. El ayuno nos ayuda a descubrir de qué tenemos hambre de verdad: hambre de sentido, de vínculos sanos, de justicia, de paz. Por eso el Papa nos propone un ayuno muy concreto y necesario hoy: ayunar de palabras que lastiman.
Menos juicio rápido.
Menos hablar mal del otro.
Menos violencia y agresión en redes.

Y más palabras que construyan, acompañen y den esperanza. Porque nuestras palabras también pueden sanar o herir, acercar o alejar, levantar o destruir.

La Cuaresma tampoco es un camino solitario. Se vive en comunidad. En la familia, con amigos, en la parroquia, en los grupos. Escuchar juntos, ayunar juntos y ayudarnos a volver a lo esencial. Porque cuando caminamos acompañados, la conversión se vuelve más real, más concreta y más posible.

Este tiempo de Cuaresma no es solo “empezar de nuevo”. Es una invitación concreta y actual: bajar un cambio, escuchar más, hablar mejor y vivir con más verdad, caminando con esperanza hacia la Pascua.

Con Cariño Maru.

Mensaje del Papa León XIV para la Cuaresma


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