sábado, 27 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.



Lecturas del día: Segundo Libro de los Reyes 4,8-11.14-16a. Salmo 89(88),2-3.16-17.18-19. Carta de San Pablo a los Romanos 6,3-4.8-11.

Evangelio según San Mateo 10,37-42.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.

Seguir a Cristo y encontrar la vida.

Nuestra cultura suele presentar la vida presente como el bien supremo que debemos conservar a toda costa. La realización personal, la seguridad, el bienestar y el reconocimiento aparecen muchas veces como los criterios decisivos para orientar nuestras elecciones. En este contexto, las palabras de Jesús en el Evangelio de este domingo resultan algo desconcertantes: «El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». ¿Qué significa esto? El Señor nos está invitando a descubrir que existe un bien más grande que la simple conservación de la propia vida: la comunión con Él, que es fuente de vida eterna.

El Evangelio forma parte del discurso misionero de Jesús. Después de haber llamado a los Doce y enviado a anunciar el Reino, el Señor les muestra que seguirlo implica una decisión que alcanza el centro mismo de la existencia. Por eso afirma: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Estas palabras no expresan un desprecio por los vínculos familiares, sino que revelan que ninguna realidad creada puede ocupar el lugar que corresponde a Dios. Sólo cuando Cristo es amado por encima de todo, también los demás amores encuentran su verdadero orden y plenitud.

Esta enseñanza se comprende mejor a la luz de la segunda lectura. San Pablo recuerda a los cristianos de Roma que, por el bautismo, han sido incorporados a la muerte y resurrección de Cristo. No pertenecemos ya únicamente a nosotros mismos. Hemos muerto con Cristo para vivir una vida nueva en Él. Por eso el Evangelio no propone simplemente un esfuerzo moral más intenso, sino una existencia nueva que brota del don recibido en el bautismo. La renuncia cristiana no es una pérdida estéril, sino la consecuencia de haber encontrado un tesoro mayor.

La primera lectura nos ofrece una imagen concreta de esta verdad. La mujer de Sunám acoge al profeta Eliseo en su casa y le abre espacio en su vida. Su generosidad parece una pérdida: tiempo, recursos, preocupaciones. Sin embargo, precisamente a través de esa hospitalidad recibe un don inesperado de Dios. El Evangelio retoma esta misma lógica cuando afirma que quien recibe a un discípulo recibe al mismo Cristo. Allí donde el hombre se abre a Dios y a sus enviados, descubre que nunca queda empobrecido.

En el fondo, la cuestión que plantea este domingo es la misma de siempre: ¿qué significa salvar la propia vida? Espontáneamente pensamos que consiste en conservarla, protegerla y asegurarnos un lugar estable en el mundo. Pero Jesús enseña algo distinto. La vida se pierde cuando se encierra sobre sí misma; se encuentra cuando se entrega. El amor verdadero siempre comporta una cierta pérdida de sí, y precisamente por eso es fecundo. Lo vemos de manera perfecta en Cristo, que entregó su vida por nosotros y la recibió glorificada de manos del Padre.

Pidamos entonces la gracia de renovar la conciencia de nuestro bautismo y de poner a Cristo en el centro de nuestra existencia. Sólo quien está dispuesto a perder algo por Él descubre que, en realidad, no pierde nada. Porque fuera de Cristo todo termina antes o después; en cambio, quien entrega su vida al Señor encuentra la vida que no tiene fin.


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domingo, 21 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera

 


Lecturas del día: Libro de Jeremías 20,10-13. Salmo 69(68),8-10.14.17.33-35. Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-15.

Evangelio según San Mateo 10,26-33.

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.
Ustedes tienen contados todos sus cabellos.
No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.
Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres."

Homilía por el Pbro. Diego Olivera.

Las lecturas de este domingo nos presentan una realidad muy cercana a nuestra vida cotidiana con diversos matices: fragilidad, persecución y miedo ante la confianza en la gracia y fidelidad de Dios

La 1° Lectura forma parte de los textos conocidos como "confesiones de Jeremías"; textos de experiencia en los que se muestra la lucha interna del hombre de Dios, es decir, aquel que está seducido por Él y enviado a proclamar  lo que los demás  quizás no quieren oír, ni aceptar.

El profeta Jeremías abre su corazón sin filtros. No habla como un héroe invencible, sino como un hombre herido. Siente el peso del rechazo, de la soledad, del ser incomprendido. Y, sin embargo, en medio de esa oscuridad, brota una certeza: “El Señor está conmigo”  La confianza en Dios no elimina las dificultades, pero les quita la última palabra y nos ayuda a superar el miedo.

San Pablo, en la carta a los romanos, nos ayuda a entender el trasfondo más profundo: el mal existe, el pecado ha marcado la historia humana, pero la gracia es mucho más fuerte. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. En Jesucristo no solo se repara lo dañado: se abre una vida nueva, más grande, más plena.

Esto nos ayuda a mirar la realidad de una manera diferente. No podemos quedarnos encerrados en el pesimismo ni en el temor, sino que tenemos que dejarnos invadir por  la Esperanza que brota de Jesús resucitado. No porque todo sea fácil, sino porque sabemos que Dios ya ha actuado y sigue actuando.

El pasaje del Evangelio de hoy forma parte del discurso misionero con el que el Maestro prepara a los Apóstoles para la primera experiencia de proclamar el Reino de Dios. Jesús les exhorta con insistencia a “no tener miedo”.

Podríamos decir que Jesús retoma la  experiencia de Jeremías  y la lleva al corazón de la vida cristiana: “No tengan miedo”. Lo repite varias veces, como quien sabe que el miedo puede paralizarnos por dentro. Miedo a lo que dirán, miedo a perder, miedo a sufrir, miedo incluso a ser fieles.

Jesús no promete una vida sin conflictos. Al contrario, habla de persecuciones, de incomprensiones, de momentos donde dar testimonio tendrá un costo. Pero frente a eso, ofrece una mirada nueva: nada escapa a la mirada amorosa del Padre. “Hasta los cabellos de su cabeza están contados”. Es una imagen fuerte: Dios no es indiferente, no está lejos, no mira desde afuera. Conoce, cuida, acompaña.

El verdadero peligro no es el sufrimiento externo, sino perder la confianza, dejar que el miedo nos haga callar, ocultar lo que creemos, renunciar a vivir según el Evangelio. Por eso Jesús invita a hablar “a plena luz”, a no esconder la fe como algo vergonzoso o privado, sino a vivirla con sencillez y coherencia en lo cotidiano.

Hoy el Señor nos invita a dar un paso más: pasar del miedo a la confianza, del encierro al testimonio, de la inseguridad a la certeza de sabernos amados y nos envía a anunciar la Buena Nueva en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana animándonos a no bajar los brazos ante las dificultades con la confianza de que él nos acompaña siempre.

 

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domingo, 14 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP



Lecturas del día Libro del Éxodo 19,2-6. Salmo 100(99),2.3.5. Carta de San Pablo a los Romanos 5,6-11.

Evangelio según San Mateo 9,36-38.10,1-8.

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo;
Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: "No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos.
"Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente."

Homilía por Fray Josué Jordán González Rivera, OP

Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha

En el Tiempo Ordinario estamos siguiendo la lectura del Evangelio de san Mateo, donde Jesús es presentado como el nuevo Moisés. No obstante, está claro que Jesús va a ser más que un simple profeta: es el Hijo de Dios mismo, como confesará aquel centurión romano al final del Evangelio después de atravesar su costado.

Nos encontramos, igual que el domingo anterior, en estos “evangelios del llamado y la misión”, donde Jesús va configurando su grupo de doce elegidos, que son los nuevos patriarcas del nuevo Israel, del nuevo Reinado de Dios. Hoy leemos una misión intermedia. Antes de mandarlos a todo el mundo después de resucitar, Jesús los envía primero a su país, dentro de las fronteras de Judea, para que quienes forman parte de la alianza de Moisés sean los primeros en experimentar la salud que viene de Dios. Así como Yahvé se compadeció de su pueblo sacándolo de Egipto, ahora Jesús se compadece de su pueblo al verle como “ovejas sin pastor”. Él va a ser el nuevo Pastor y, cuando ya no lo veamos físicamente, sus apóstoles ejercerán ese pastoreo, no por sus propias fuerzas, sino por la fuerza que les viene de lo alto, por la fuerza que brota de la nueva alianza realizada por Jesús, como nos lo recordaba san Pablo.

Desde hace algún tiempo me hace ruido esta frase “vocacional” que todos conocemos: “La mies es mucha y los trabajadores pocos”, porque pienso que nadie puede desentenderse de ser trabajador para esta cosecha. Todos los cristianos tienen que ser esos trabajadores. Como lo he dicho en otros espacios, aunque este es un texto que relacionamos con las vocaciones específicas al sacerdocio o a la vida consagrada, también es un llamado a la vocación universal de todos los cristianos. Los padres y madres de familia son los trabajadores que tienen la misión de cosechar frutos con sus hijos y familiares. Aquellos solteros profesionistas tienen la misión de ejercer su trabajo con honradez y esfuerzo. Niños, jóvenes, adultos y mayores: todos los cristianos estamos llamados a ser esos trabajadores en medio de este mundo, donde a veces nuestros prójimos también están como ovejas sin pastor.

Si nos sentimos parte del Reino de Dios, también nosotros somos llamados a compartir la Buena Noticia con todas las encomiendas que hemos leído en el Evangelio: expulsando males, curando enfermedades y actuando por compasión. Después vienen las misiones específicas de aquellos que se vuelven esposos, sacerdotes, consagrados o permanecen solteros, pero hay una vocación fundamental tememos todos. Todos somos llamados a servir y construir este Reino.

Este tema vocacional se conecta con el Evangelio de la semana pasada, donde veíamos una vocación específica: la de Mateo. Escribiendo en esta época del año y desde México, te comparto que la semana pasada, en el catecismo de mi convento, tratando de explicar estos evangelios a los niños, sentimos claramente en el ambiente una analogía que nos ayudó mucho: la convocatoria de un equipo o de una selección. Dios nos convoca y nos llama para ser parte de su equipo, para jugar de su lado. A diferencia de los equipos del mundial, que llaman al más famoso, al más fuerte o al mejor preparado, Dios te llama, así como estás. Ya te irá mejorando en el camino, pero ahora te llama, así como estás. No necesariamente llama a los mejores, pero sí a los que están dispuestos a escucharlo y a formar parte de su equipo.

El mundo de hoy hace oídos sordos y aparta la mirada de aquello que le duele e incómoda, de aquello que no necesariamente es bello o alegre. Se oculta lo débil y se ignora lo honesto. No somos ingenuos. Junto a la fiesta y la alegría de un acontecimiento global, también vemos los dolores y las angustias que provocan las distintas realidades del mundo en cada uno de nuestros países.

Ante eso, Dios nos llama a dar gratis lo que hemos recibido gratis: gratia gratis data. El nos lo da gratis cuando nos acercamos al altar a escuchar su Palabra y comer su Cuerpo. Así, mis espíritus inmundos son expulsados, mis impurezas y enfermedades van siendo sanadas, mi vida es resucitada, y después soy enviado a dar a los demás aquello que he recibido, les conduzco a que también vivan esto.

Pidámosle al Señor que nos haga sentirnos parte de su equipo; que sintamos el llamado a estar en su pueblo y a ser de su rebaño; y que podamos descubrir que Él es bueno, que su misericordia permanece para siempre y que su fidelidad dura por todas las generaciones. Amén.

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domingo, 7 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio del domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC



Lecturas del día: Deuteronomio 8,2-3.14b-16a. Salmo 147,12-13.14-15.19-20. Carta I de San Pablo a los Corintios 10,16-17.

Evangelio según San Juan 6,51-58.

Jesús dijo a los judíos:
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".
Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente".

Homilía por el Rev. P. Jose Torres, LC

No vino a darte algo. Vino a darse.

·         Una pregunta que no esperabas

Hay una frase que Jesús pronuncia en el Evangelio de hoy que, si la escuchamos de verdad —no como un texto litúrgico que ya conocemos de memoria, sino como si la oyéramos por primera vez—, debería dejarnos sin palabras. No por su belleza. Por su audacia.

"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo."

No dice: "yo tengo pan". No dice: "yo sé dónde encontrar pan". No dice: "yo soy el camino que lleva al pan". Dice: yo soy el pan. La fuente de sustento no es algo que Él da. Es Él mismo!!!. Y eso lo cambia todo.

En toda la historia de las religiones, los dioses dan cosas: victorias, cosechas, hijos, prosperidad. El Dios de Israel va un paso más lejos: da maná en el desierto, agua de la roca, un pueblo de esclavos convertido en nación libre. Pero en Jesús algo da un salto sin precedentes. Ya no da cosas. Se da a sí mismo. Eso es lo que celebramos hoy en la solemnidad del Corpus Christi: no un regalo, sino una entrega total. No un gesto, sino una presencia que quiere ser alimento.

"El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo."

Los judíos que lo escucharon reaccionaron como cualquiera de nosotros reaccionaría si alguien nos dijera algo así: con confusión, con disputa, con la pregunta que brota inmediata del sentido común: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?". Es una pregunta legítima. Es, en realidad, la pregunta más importante que uno puede hacerse frente al Evangelio. Y Jesús no la esquiva, no la suaviza, la confirma. Con mayor fuerza.

·         El desierto que Dios eligió

Para entender lo que Jesús ofrece hoy, hay que pararse un momento en la Primera Lectura. Moisés habla al pueblo y les pide que recuerden el desierto. No como trauma. No como vergüenza. Como escuela.

"Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón."

Esto es desconcertante si lo leemos con honestidad. Dios no llevó al pueblo al desierto a pesar de amarle. Lo llevó al desierto porque lo amaba. La aflicción no es un fallo del plan. ES EL PLAN. El desierto es el lugar donde se descubre lo que hay en el corazón. Y lo que hay en el corazón, cuando se cae todo lo superfluo, es siempre lo mismo: una necesidad radical de Dios que ninguna otra cosa puede satisfacer.

La pedagogía divina es implacable y tierna al mismo tiempo. Primero el hambre, luego el maná. Primero el límite, luego el don. No al revés. Porque si el maná llega antes del hambre, uno puede atribuirlo a la casualidad, a la suerte, al mérito propio. El hambre honesta prepara un corazón que sabe recibir. Un corazón que reconoce que lo que viene es gracia, no conquista y que no solo somos simples merecedores.

"No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios." Esto no es un consejo dietético. Es el diagnóstico más preciso sobre la condición humana que jamás se haya pronunciado.

Y nosotros, que vivimos en el siglo XXI con heladeras llenas y pantallas encendidas las veinticuatro horas, también conocemos el desierto. Solo que el nuestro no tiene arena. Tiene otro nombre. Se llama esa sensación de que algo falta, aunque técnicamente tienes todo. Se llama la soledad que no desaparece, aunque estés rodeado de gente. Se llama el agotamiento de perseguir cosas que, cuando por fin llegan, no llenan lo que prometían llenar.

El desierto moderno es silencioso y está lleno de ruido al mismo tiempo. Es el scroll infinito buscando algo que no aparece. Es el éxito profesional que deja un sabor extraño. Es la relación que funciona pero que no basta. Dios no elimina ese desierto. Lo habita. Y en él, como hizo con Israel, aparece con el maná en el momento exacto: cuando ya no puedes fingir que te basta con lo que tienes.

          Lo que los padres comieron y lo que Jesús ofrece

Hay un contraste en el Evangelio que merece toda nuestra atención. Jesús lo dice con una claridad casi brutal: "Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron." No es un juicio. Es una constatación. El maná era real. Era un milagro. Era el sustento de un pueblo entero durante cuarenta años. Pero tenía una limitación: no era para siempre. Alimentaba el cuerpo. No podía hacer nada con la muerte.

Y luego Jesús dice: "este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre." La diferencia no es de calidad, como si el pan de Jesús fuera simplemente un maná mejorado. La diferencia es de naturaleza. El maná del desierto alimenta para seguir viviendo la misma vida. El pan que Jesús ofrece transforma la vida misma. Introduce en ella una dimensión que no tiene fecha de caducidad: la eternidad.

Esto plantea una pregunta que vale la pena hacerse en serio: ¿de qué estamos viviendo? No en sentido material. En sentido existencial. ¿De qué nos estamos alimentando para enfrentar la vida, para amar, para sostener el sufrimiento, para seguir adelante cuando todo se complica? Si la respuesta es solo maná —solo los recursos que el mundo ofrece, por buenos que sean— entonces algo esencial sigue faltando. Y en algún momento esa falta se hace sentir.

"Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida."

Jesús usa el adjetivo "verdadera" —alethes en griego— con mucho cuidado. No dice "comida especial" ni "comida sagrada". Dice verdadera. Como si todo lo demás fuera, en cierto modo, una aproximación. Un “algo parecido”, una comida que alimenta pero que no toca el fondo, no sacia. La Eucaristía es comida verdadera porque llega donde ningún otro alimento puede llegar: al núcleo de la persona, al lugar donde se decide si uno vive o muere de verdad.

·         El escándalo de la cercanía

Existe en la historia de la espiritualidad cristiana una tentación recurrente: espiritualizar tanto la fe que Dios quede a una distancia segura. Un Dios grande, trascendente, luminoso, que inspira y consuela desde las alturas pero que no se mete demasiado en el barro de lo cotidiano. Es una tentación comprensible. Un Dios demasiado cercano es un Dios que incomoda. Un Dios que habita donde yo habito me obliga a preguntarme cómo vivo.

El Corpus Christi destruye esa tentación de raíz. Porque lo que Jesús propone en el Evangelio de hoy no es una presencia suave y difusa, una especie de aura espiritual que flota a tu alrededor. Lo que propone es algo escandalosamente concreto: "el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él."

Habitar. La palabra griega es menein, que Juan usa en todo su Evangelio para describir la relación más íntima posible: permanecer, quedarse, hacer morada. No una visita de cortesía. No un contacto ocasional. Una presencia que se instala. Que conoce los rincones. Que está cuando la casa está desordenada y cuando estás en tu peor versión y cuando no tienes palabras para orar y cuando el cansancio es más grande que la devoción.

Jesús no dice: "el que me come me tendrá cerca". Dice: "habitará en mí y yo en él." Es recíproco. Es una comunión de vida. No una transacción religiosa.

Esta es la lógica trinitaria que el propio Jesús señala al final del texto: "Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí." La comunión eucarística no es un gesto piadoso añadido a la vida cristiana. Es la participación en la misma dinámica de amor que existe en el seno de la Trinidad. Cuando comulgas, eres introducido —inmerecidamente, gratuitamente, de manera real— en esa circulación de vida que es la vida de Dios.

·         Un solo cuerpo: lo que Pablo se atreve a decir

La Segunda Lectura es brevísima. Dos versículos. Pero Pablo concentra en ellos una teología que podría ocupar volúmenes enteros. "El pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan."

La Eucaristía no es solo un acto de unión personal entre mi alma y Jesús. Es el acto constitutivo de la Iglesia. Cada vez que la comunidad se reúne alrededor del altar y come del mismo pan, se está diciendo algo sobre su identidad: somos un solo cuerpo. No una asociación de personas que comparten ideas. No un club espiritual de afinidades. Un cuerpo. Con la misma vida circulando por todos.

En un tiempo como el nuestro, marcado por el individualismo más radical —donde incluso la espiritualidad se vive frecuentemente como experiencia privada, a la carta, sin pertenencia ni compromiso— esta afirmación de Pablo es subversiva. Dice: no puedes comulgar y quedarte solo. No puedes recibir el Cuerpo de Cristo y vivir como si los demás no existieran. El pan que te une a Jesús te une, en el mismo gesto, a todos los que comen de ese mismo pan.

Eso tiene consecuencias muy concretas. Significa que la forma en que tratas a tu hermano, a tu vecino, al que está al margen, al que sufre, es parte de tu relación eucarística con Jesús. No puedes separar "comulgar bien" de "vivir bien". No en el sentido moralista del término, sino en el sentido más profundo: si el mismo cuerpo de Cristo te habita y habita al otro, hacerle daño al otro es, de alguna manera, hacerle daño a Él.

          La trampa de la costumbre

Hay algo que es necesario nombrar con honestidad, especialmente para quienes llevamos tiempo en la fe. El mayor peligro no es la incredulidad. Es la familiaridad que adormece.

Comulgar en automático. Llegar al altar como quien cumple un trámite conocido. Recibir el Cuerpo de Cristo con el corazón pensando en lo que sigue, en el tráfico, en los planes del domingo. Estar físicamente presente en la misa y mentalmente ausente del Misterio que se celebra. Eso no es hipocresía. Es algo más insidioso: es el desgaste que produce la repetición sin presencia.

El desierto que Dios usó con Israel tenía una función: interrumpir la rutina de la esclavitud para que el pueblo pudiera encontrarse con algo que no conocía. A veces necesitamos que algo nos interrumpa también a nosotros. No necesariamente una crisis. Puede ser una homilía. Puede ser un momento de silencio real. Puede ser la pregunta que nos hacemos de camino al altar: ¿qué estoy haciendo aquí, en realidad?

La Eucaristía no funciona de manera automática como un mecanismo. Es un encuentro. Y los encuentros requieren presencia, no solo presencia física sino la del corazón.

·         El don que viene antes del mérito

Uno de los malentendidos más frecuentes sobre la vida espiritual es pensar que hay que estar en un cierto estado interior para recibir a Jesús en la comunión. No de pecado grave, claro —eso es doctrina—, pero más allá de eso, a veces nos autoexcluimos interiormente porque sentimos que no estamos lo suficientemente preparados, lo suficientemente fervorosos, lo suficientemente limpios.

El Evangelio de hoy no habla de méritos. Habla de hambre. "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros." La condición no es la perfección. Es el hambre reconocida. Es la necesidad admitida. El maná del desierto no cayó sobre los israelitas que mejor se habían comportado esa semana. Cayó sobre un pueblo errante, quejumbroso, con la fe a trompicones, que sin embargo estaba ahí, en el desierto, con el hambre de quien no tiene otra salida.

Eso somos nosotros la mayoría de los domingos: personas con la fe a trompicones, con el corazón dividido, con más preguntas que certezas. Y aun así —o precisamente por eso— somos el destinatario perfecto de este pan. Porque el Eucaristía no es el premio de los que llegaron. Es el alimento de los que todavía están en camino.

·         Para terminar: una sola cosa

El Corpus Christi no es simplemente una fecha en el calendario litúrgico. No es la fiesta de un dogma abstracto. Es la celebración de que Dios eligió no quedarse a distancia. De que el Verbo que se hizo carne en Belén sigue haciéndose carne hoy, aquí, en cada misa, en cada comunión, en cada momento en que alguien se acerca al altar con hambre verdadera.

Es la afirmación más radical que existe sobre la dignidad del ser humano: que Dios quiere habitarte. No dirigirte desde fuera. No vigilarte desde lejos. Habitarte!!!. Hacer de tu vida su morada. Eso exige, por nuestra parte, una sola cosa: la disposición de abrir la puerta.

Hoy, en esta solemnidad, la Iglesia entera se pone en pie para decir que ese pan no es símbolo. Que esa presencia es real. Que la Eucaristía no es el recuerdo de algo que pasó hace dos mil años, sino el mismo acontecimiento haciéndose presente ahora. Y que en ese hacerse presente está la única respuesta que no defrauda al hambre más profunda del corazón humano.

Eso o es la locura más grande de la historia. O es la verdad más importante de tu vida.

No hay término medio.

 

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miércoles, 3 de junio de 2026

4° Encuentro Nacional de Evangelizadores Digitales de Argentina




Del 24 al 26 de julio, se realizará el cuarto Encuentro Nacional de Evangelizadores Digitales (ENED) de Argentina en Santa Fe, un espacio dedicado al fortalecimiento de la misión en los ámbitos digitales.

Este encuentro tiene como propósito no solo brindar herramientas técnicas y estratégicas, sino también profundizar en la identidad espiritual del evangelizador digital, es decir, de aquel que se hace presente en el mundo digital con una presencia misionera, anunciando la Buena Nueva.

A partir de la iniciativa “La Iglesia te escucha”, llevada adelante por el Dicasterio para la Comunicación, con la colaboración de más de 250 misioneros digitales de todo el mundo, que logró llegar a 20 millones de personas, surgió una comunidad de evangelizadores que llevan adelante la misión de la pastoral digital y que ya se reunieron en varias oportunidades de forma virtual, convocados por este dicasterio.
En resonancia con esta propuesta surgió en Argentina un encuentro presencial de evangelizadores digitales, la primera edición se realizó en el año 2023 en Buenos Aires, la segunda se realizó en Córdoba (2024) y el año pasado en Buenos Aires. En cada ENED se comparten experiencias, desafíos, búsquedas, y anhelos para seguir creciendo juntos en la misión de la Evangelización Digital, también se crean vínculos fraternos de amistad. 

El Papa León XIV nos pide que no tengamos miedo de llevar la esperanza a los nuevos escenarios culturales visibilizando los rostros humanos y sus historias, nos invita a que se escuchen nuestras voces en el mundo digital, colocando en el centro la dignidad humana.

La Evangelización Digital es una vocación única y particular en la que Dios te llama a difundir su Buena Noticia con creatividad en el continente digital. Consideramos importante ser y hacer comunidad entre nosotros para compartir nuestras experiencias y formarnos. Se trata, no solo de reparar las redes, sino también de tejerlas entre nosotros.

Por eso:
Si creas contenido de evangelización en redes de manera periódica.
Si tu mensaje transmite un mensaje de fe alentador.
Si tu contenido tiene como fuente el Magisterio y la Tradición de la Iglesia Católica, promoviendo la unidad y la misericordia que Jesús proclamó.

¡Te animamos a postularte a este evento! 


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