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domingo, 7 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio del domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC



Lecturas del día: Deuteronomio 8,2-3.14b-16a. Salmo 147,12-13.14-15.19-20. Carta I de San Pablo a los Corintios 10,16-17.

Evangelio según San Juan 6,51-58.

Jesús dijo a los judíos:
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".
Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente".

Homilía por el Rev. P. Jose Torres, LC

No vino a darte algo. Vino a darse.

·         Una pregunta que no esperabas

Hay una frase que Jesús pronuncia en el Evangelio de hoy que, si la escuchamos de verdad —no como un texto litúrgico que ya conocemos de memoria, sino como si la oyéramos por primera vez—, debería dejarnos sin palabras. No por su belleza. Por su audacia.

"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo."

No dice: "yo tengo pan". No dice: "yo sé dónde encontrar pan". No dice: "yo soy el camino que lleva al pan". Dice: yo soy el pan. La fuente de sustento no es algo que Él da. Es Él mismo!!!. Y eso lo cambia todo.

En toda la historia de las religiones, los dioses dan cosas: victorias, cosechas, hijos, prosperidad. El Dios de Israel va un paso más lejos: da maná en el desierto, agua de la roca, un pueblo de esclavos convertido en nación libre. Pero en Jesús algo da un salto sin precedentes. Ya no da cosas. Se da a sí mismo. Eso es lo que celebramos hoy en la solemnidad del Corpus Christi: no un regalo, sino una entrega total. No un gesto, sino una presencia que quiere ser alimento.

"El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo."

Los judíos que lo escucharon reaccionaron como cualquiera de nosotros reaccionaría si alguien nos dijera algo así: con confusión, con disputa, con la pregunta que brota inmediata del sentido común: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?". Es una pregunta legítima. Es, en realidad, la pregunta más importante que uno puede hacerse frente al Evangelio. Y Jesús no la esquiva, no la suaviza, la confirma. Con mayor fuerza.

·         El desierto que Dios eligió

Para entender lo que Jesús ofrece hoy, hay que pararse un momento en la Primera Lectura. Moisés habla al pueblo y les pide que recuerden el desierto. No como trauma. No como vergüenza. Como escuela.

"Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón."

Esto es desconcertante si lo leemos con honestidad. Dios no llevó al pueblo al desierto a pesar de amarle. Lo llevó al desierto porque lo amaba. La aflicción no es un fallo del plan. ES EL PLAN. El desierto es el lugar donde se descubre lo que hay en el corazón. Y lo que hay en el corazón, cuando se cae todo lo superfluo, es siempre lo mismo: una necesidad radical de Dios que ninguna otra cosa puede satisfacer.

La pedagogía divina es implacable y tierna al mismo tiempo. Primero el hambre, luego el maná. Primero el límite, luego el don. No al revés. Porque si el maná llega antes del hambre, uno puede atribuirlo a la casualidad, a la suerte, al mérito propio. El hambre honesta prepara un corazón que sabe recibir. Un corazón que reconoce que lo que viene es gracia, no conquista y que no solo somos simples merecedores.

"No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios." Esto no es un consejo dietético. Es el diagnóstico más preciso sobre la condición humana que jamás se haya pronunciado.

Y nosotros, que vivimos en el siglo XXI con heladeras llenas y pantallas encendidas las veinticuatro horas, también conocemos el desierto. Solo que el nuestro no tiene arena. Tiene otro nombre. Se llama esa sensación de que algo falta, aunque técnicamente tienes todo. Se llama la soledad que no desaparece, aunque estés rodeado de gente. Se llama el agotamiento de perseguir cosas que, cuando por fin llegan, no llenan lo que prometían llenar.

El desierto moderno es silencioso y está lleno de ruido al mismo tiempo. Es el scroll infinito buscando algo que no aparece. Es el éxito profesional que deja un sabor extraño. Es la relación que funciona pero que no basta. Dios no elimina ese desierto. Lo habita. Y en él, como hizo con Israel, aparece con el maná en el momento exacto: cuando ya no puedes fingir que te basta con lo que tienes.

          Lo que los padres comieron y lo que Jesús ofrece

Hay un contraste en el Evangelio que merece toda nuestra atención. Jesús lo dice con una claridad casi brutal: "Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron." No es un juicio. Es una constatación. El maná era real. Era un milagro. Era el sustento de un pueblo entero durante cuarenta años. Pero tenía una limitación: no era para siempre. Alimentaba el cuerpo. No podía hacer nada con la muerte.

Y luego Jesús dice: "este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre." La diferencia no es de calidad, como si el pan de Jesús fuera simplemente un maná mejorado. La diferencia es de naturaleza. El maná del desierto alimenta para seguir viviendo la misma vida. El pan que Jesús ofrece transforma la vida misma. Introduce en ella una dimensión que no tiene fecha de caducidad: la eternidad.

Esto plantea una pregunta que vale la pena hacerse en serio: ¿de qué estamos viviendo? No en sentido material. En sentido existencial. ¿De qué nos estamos alimentando para enfrentar la vida, para amar, para sostener el sufrimiento, para seguir adelante cuando todo se complica? Si la respuesta es solo maná —solo los recursos que el mundo ofrece, por buenos que sean— entonces algo esencial sigue faltando. Y en algún momento esa falta se hace sentir.

"Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida."

Jesús usa el adjetivo "verdadera" —alethes en griego— con mucho cuidado. No dice "comida especial" ni "comida sagrada". Dice verdadera. Como si todo lo demás fuera, en cierto modo, una aproximación. Un “algo parecido”, una comida que alimenta pero que no toca el fondo, no sacia. La Eucaristía es comida verdadera porque llega donde ningún otro alimento puede llegar: al núcleo de la persona, al lugar donde se decide si uno vive o muere de verdad.

·         El escándalo de la cercanía

Existe en la historia de la espiritualidad cristiana una tentación recurrente: espiritualizar tanto la fe que Dios quede a una distancia segura. Un Dios grande, trascendente, luminoso, que inspira y consuela desde las alturas pero que no se mete demasiado en el barro de lo cotidiano. Es una tentación comprensible. Un Dios demasiado cercano es un Dios que incomoda. Un Dios que habita donde yo habito me obliga a preguntarme cómo vivo.

El Corpus Christi destruye esa tentación de raíz. Porque lo que Jesús propone en el Evangelio de hoy no es una presencia suave y difusa, una especie de aura espiritual que flota a tu alrededor. Lo que propone es algo escandalosamente concreto: "el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él."

Habitar. La palabra griega es menein, que Juan usa en todo su Evangelio para describir la relación más íntima posible: permanecer, quedarse, hacer morada. No una visita de cortesía. No un contacto ocasional. Una presencia que se instala. Que conoce los rincones. Que está cuando la casa está desordenada y cuando estás en tu peor versión y cuando no tienes palabras para orar y cuando el cansancio es más grande que la devoción.

Jesús no dice: "el que me come me tendrá cerca". Dice: "habitará en mí y yo en él." Es recíproco. Es una comunión de vida. No una transacción religiosa.

Esta es la lógica trinitaria que el propio Jesús señala al final del texto: "Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí." La comunión eucarística no es un gesto piadoso añadido a la vida cristiana. Es la participación en la misma dinámica de amor que existe en el seno de la Trinidad. Cuando comulgas, eres introducido —inmerecidamente, gratuitamente, de manera real— en esa circulación de vida que es la vida de Dios.

·         Un solo cuerpo: lo que Pablo se atreve a decir

La Segunda Lectura es brevísima. Dos versículos. Pero Pablo concentra en ellos una teología que podría ocupar volúmenes enteros. "El pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan."

La Eucaristía no es solo un acto de unión personal entre mi alma y Jesús. Es el acto constitutivo de la Iglesia. Cada vez que la comunidad se reúne alrededor del altar y come del mismo pan, se está diciendo algo sobre su identidad: somos un solo cuerpo. No una asociación de personas que comparten ideas. No un club espiritual de afinidades. Un cuerpo. Con la misma vida circulando por todos.

En un tiempo como el nuestro, marcado por el individualismo más radical —donde incluso la espiritualidad se vive frecuentemente como experiencia privada, a la carta, sin pertenencia ni compromiso— esta afirmación de Pablo es subversiva. Dice: no puedes comulgar y quedarte solo. No puedes recibir el Cuerpo de Cristo y vivir como si los demás no existieran. El pan que te une a Jesús te une, en el mismo gesto, a todos los que comen de ese mismo pan.

Eso tiene consecuencias muy concretas. Significa que la forma en que tratas a tu hermano, a tu vecino, al que está al margen, al que sufre, es parte de tu relación eucarística con Jesús. No puedes separar "comulgar bien" de "vivir bien". No en el sentido moralista del término, sino en el sentido más profundo: si el mismo cuerpo de Cristo te habita y habita al otro, hacerle daño al otro es, de alguna manera, hacerle daño a Él.

          La trampa de la costumbre

Hay algo que es necesario nombrar con honestidad, especialmente para quienes llevamos tiempo en la fe. El mayor peligro no es la incredulidad. Es la familiaridad que adormece.

Comulgar en automático. Llegar al altar como quien cumple un trámite conocido. Recibir el Cuerpo de Cristo con el corazón pensando en lo que sigue, en el tráfico, en los planes del domingo. Estar físicamente presente en la misa y mentalmente ausente del Misterio que se celebra. Eso no es hipocresía. Es algo más insidioso: es el desgaste que produce la repetición sin presencia.

El desierto que Dios usó con Israel tenía una función: interrumpir la rutina de la esclavitud para que el pueblo pudiera encontrarse con algo que no conocía. A veces necesitamos que algo nos interrumpa también a nosotros. No necesariamente una crisis. Puede ser una homilía. Puede ser un momento de silencio real. Puede ser la pregunta que nos hacemos de camino al altar: ¿qué estoy haciendo aquí, en realidad?

La Eucaristía no funciona de manera automática como un mecanismo. Es un encuentro. Y los encuentros requieren presencia, no solo presencia física sino la del corazón.

·         El don que viene antes del mérito

Uno de los malentendidos más frecuentes sobre la vida espiritual es pensar que hay que estar en un cierto estado interior para recibir a Jesús en la comunión. No de pecado grave, claro —eso es doctrina—, pero más allá de eso, a veces nos autoexcluimos interiormente porque sentimos que no estamos lo suficientemente preparados, lo suficientemente fervorosos, lo suficientemente limpios.

El Evangelio de hoy no habla de méritos. Habla de hambre. "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros." La condición no es la perfección. Es el hambre reconocida. Es la necesidad admitida. El maná del desierto no cayó sobre los israelitas que mejor se habían comportado esa semana. Cayó sobre un pueblo errante, quejumbroso, con la fe a trompicones, que sin embargo estaba ahí, en el desierto, con el hambre de quien no tiene otra salida.

Eso somos nosotros la mayoría de los domingos: personas con la fe a trompicones, con el corazón dividido, con más preguntas que certezas. Y aun así —o precisamente por eso— somos el destinatario perfecto de este pan. Porque el Eucaristía no es el premio de los que llegaron. Es el alimento de los que todavía están en camino.

·         Para terminar: una sola cosa

El Corpus Christi no es simplemente una fecha en el calendario litúrgico. No es la fiesta de un dogma abstracto. Es la celebración de que Dios eligió no quedarse a distancia. De que el Verbo que se hizo carne en Belén sigue haciéndose carne hoy, aquí, en cada misa, en cada comunión, en cada momento en que alguien se acerca al altar con hambre verdadera.

Es la afirmación más radical que existe sobre la dignidad del ser humano: que Dios quiere habitarte. No dirigirte desde fuera. No vigilarte desde lejos. Habitarte!!!. Hacer de tu vida su morada. Eso exige, por nuestra parte, una sola cosa: la disposición de abrir la puerta.

Hoy, en esta solemnidad, la Iglesia entera se pone en pie para decir que ese pan no es símbolo. Que esa presencia es real. Que la Eucaristía no es el recuerdo de algo que pasó hace dos mil años, sino el mismo acontecimiento haciéndose presente ahora. Y que en ese hacerse presente está la única respuesta que no defrauda al hambre más profunda del corazón humano.

Eso o es la locura más grande de la historia. O es la verdad más importante de tu vida.

No hay término medio.

 

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domingo, 3 de mayo de 2026

Meditamos el evangelio del Domingo con Pbro. Jose Torres LC.


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7. Salmo 33(32),1-2.4-5.18-19. Epístola I de San Pedro 2,4-9.

Evangelio según San Juan 14,1-12.

Jesús dijo a sus discípulos:
"No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.
En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar.
Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.
Ya conocen el camino del lugar adonde voy".
Tomás le dijo: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?".
Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí."
Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".
Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta".
Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: 'Muéstranos al Padre'?
¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre."

Homilía por Pbro. José Torres LC

Hay una diferencia que a veces no sabemos nombrar, pero que se siente. Es la diferencia entre alguien que espera algo que no sabe si llegará, y alguien que ya ha recibido una noticia que lo ha cambiado todo, y ahora vive distinto, aunque el mundo a su alrededor siga igual.

La Pascua es exactamente eso: una noticia que lo cambia todo desde adentro.

No es una fecha del calendario que recordamos con devoción. No es una historia bonita que nos hace sentir bien en primavera. Es el acontecimiento más disruptivo de la historia humana: la muerte fue atravesada desde dentro, y ya no tiene la última palabra. Y eso —si lo dejamos entrar de verdad— no puede dejarnos iguales.

Estos domingos de Pascua la Iglesia no nos invita a seguir celebrando como quien alarga una fiesta por inercia. Nos invita a algo más exigente y más hermoso: a aprender a vivir como resucitados. A descubrir qué significa existir cuando ya sabes que el amor ganó.

Hoy, en este Quinto Domingo, las lecturas nos llevan al corazón mismo de esa pregunta.

Tomás, Felipe, y todos nosotros…

El Evangelio nos sitúa en el Cenáculo, en esa conversación larga y densa que Jesús tiene con los suyos antes de su pasión. Pero nosotros la escuchamos desde el otro lado de la Resurrección. La escuchamos sabiendo lo que los discípulos aún no sabían esa noche.

Y eso la vuelve completamente diferente.

Tomás dice: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?"

Tomás no está siendo rebelde. Está siendo honesto. Y la honestidad, incluso cuando es incómoda, siempre es el primer gesto de una fe real. No la fe que asiente para quedar bien, sino la fe que se atreve a preguntar porque en el fondo quiere creer de verdad.

Felipe, en cambio, tiene un deseo que suena razonable pero que esconde algo más profundo: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta." Felipe quiere una prueba definitiva. Algo desde afuera que resuelva la duda de una vez. Y la respuesta de Jesús no es un reproche, sino algo que golpea mucho más hondo: "¿Hace tanto tiempo que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?"

Detente aquí un segundo.

Jesús no le dice: "Te falta esfuerzo", ni "necesitas estudiar más teología". Le dice: "Llevas todo este tiempo conmigo y no has terminado de verme." El problema de Felipe no era que le faltara el Padre. Era que no sabía mirar lo que ya tenía frente a los ojos.

¿Cuántas veces somos Felipe? ¿Cuántas veces pedimos una señal, una certeza, una respuesta venida del cielo, sin darnos cuenta de que Alguien lleva años caminando a nuestro lado, esperando que lo miremos?

La Pascua no es la promesa de que Dios aparecerá algún día. Es el anuncio de que ya está. Ya vino. Ya se quedó.

"Yo soy el Camino": la respuesta que nadie esperaba

Cuando Jesús responde a Tomás, hace algo que ningún maestro de sabiduría habría hecho. No le da una enseñanza. No le traza una ruta. Le señala su propio pecho y dice: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida."

Es una de las frases más densas de todo el Evangelio. Y vale la pena no pasarla de largo.

El Camino no es una dirección. Es una persona. En la tradición del pueblo de Israel, el camino era el modo de vivir, la manera de moverse por la vida con Dios. Jesús no dice que te indicará cómo hacerlo. Dice que Él mismo es ese modo de existir. Lo que significa que seguirle no es ejecutar un protocolo, no es cumplir una lista de requisitos. Es entrar en una relación. Es dejarse llevar por Alguien que conoce el terreno porque lo ha recorrido entero, incluida la oscuridad más oscura.

La Verdad no es un sistema de ideas correctas. Es una persona que no te engaña, que no te vende lo que no puede darte, que te mira como eres y no se va. En un mundo donde las mentiras más dañinas son las que nos decimos a nosotros mismos sobre nuestra propia valía, tener a Alguien que es la Verdad en persona no es un lujo espiritual. Es una necesidad de supervivencia.

La Vida no es simplemente existencia biológica. Es plenitud. Es ese estado en que uno siente que vale la pena estar vivo, que lo que hace tiene peso, que el amor que da no se pierde en el vacío. Y Jesús, que atravesó la muerte y salió al otro lado, dice que Él es eso. Que en Él la vida no se agota, no se gasta, no se pudre.

La Pascua es la demostración de que esta afirmación no es poesía. Es historia.

Una pregunta para llevar esta semana

Al salir de aquí hoy, te propongo que te quedes con una sola pregunta. No es para responder en cinco minutos. Es para dejarla trabajar a fuego lento durante la semana:

¿Estoy viviendo como alguien que sabe que la Pascua es real, o sigo viviendo como si el sepulcro siguiera cerrado?

Porque hay una forma de ser cristiano que es básicamente defensiva: no hacer demasiadas cosas malas, cumplir los mínimos, esperar que todo pase sin demasiado daño. Esa no es la vida de un resucitado. Esa es la vida de alguien que todavía no ha abierto la carta que llegó el Domingo de Resurrección.

Pero hay otra forma. La de quien sabe que el Camino tiene nombre, que la Verdad tiene rostro, que la Vida ya no tiene contrario definitivo. La de quien se pone al servicio no porque tenga que ganarse algo, sino porque ya lo recibió todo. La de quien ama con las manos abiertas, porque sus manos no necesitan aferrarse a nada para sobrevivir.

Eso es lo que los apóstoles descubrieron. Eso es lo que Pedro proclama. Eso es lo que la Iglesia primitiva vivió tan radicalmente que hasta las viudas olvidadas encontraron su lugar.

Eso es la Pascua. Y es para hoy.


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sábado, 25 de abril de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14.36-41. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6.  Epístola I de San Pedro 2,20-25.

Evangelio según San Juan 10,1-10.

Jesús dijo a los fariseos: "Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante.
El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir.
Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz.
Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz".
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas.
Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento.
El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia."

Homilía por Fray Emiliano Vanoli, OP

“Escuchar la voz del Buen Pastor en medio del ruido del mundo”

El Evangelio de este domingo, en la Jornada del Buen Pastor (Jn 10,1-10), nos presenta una imagen sencilla, cercana a la experiencia de sus oyentes, pero muy profunda. Jesús habla del pastor que entra por la puerta y es reconocido por sus ovejas, porque ellas conocen su voz. No es un extraño, ni un ladrón que salta por otro lado para aprovecharse del rebaño. El pastor verdadero llama a cada oveja por su nombre, las conduce y camina delante de ellas. Y en medio de esta enseñanza, Jesús da un paso decisivo: no solo dice que es el pastor, sino también que es la puerta. Es decir, Él mismo es el acceso a la vida, el lugar seguro por donde entrar y salir, donde encontrar alimento y libertad.

Esto ¿qué significa?, cuando decimos que Jesús es el Buen Pastor —y, como nos recuerda la segunda lectura, el guardián de nuestras vidas— afirmamos algo muy concreto: nuestra vida no está librada al azar. No estamos solos frente a las dificultades ni abandonados en medio de un mundo incierto. Jesús nos conoce personalmente, sabe quiénes somos, cuáles son nuestras heridas, nuestras búsquedas y nuestras caídas. Y no solo nos conoce: nos cuida. No lo hace desde la distancia, sino desde una cercanía que llega hasta dar la vida por nosotros. Ser “guardados” por Él no significa perder libertad, sino encontrar una guía verdadera. No es un control que oprime, sino una presencia que orienta protege y hace crecer. Él no nos quita nada esencial; al contrario, nos conduce hacia una vida más plena.

¿Cómo lo aplicamos?, ahora bien, ¿dónde escuchamos hoy la voz de este Pastor? La escuchamos, ante todo, en la Sagrada Escritura, donde su Palabra sigue viva y eficaz. Pero también la escuchamos en la enseñanza de los pastores que Él mismo ha querido para su Iglesia, llamados a guiar y cuidar al pueblo de Dios en su nombre. Por eso es tan importante cultivar un corazón dócil, capaz de escuchar, de dejarse orientar, de no cerrarse en la propia opinión o en las propias seguridades. Reconocer la voz del Pastor implica también aprender a confiar en los caminos concretos por los que Él nos habla hoy.

Hoy, para nosotros. Esta palabra se vuelve especialmente significativa en el contexto que vivimos. Un mundo marcado por guerras, conflictos, violencia cotidiana, tensiones sociales y dificultades económicas genera incertidumbre y, muchas veces, miedo. En medio de tantas voces —opiniones, ideologías, promesas de soluciones rápidas— no siempre es fácil discernir a quién seguir. Por eso, reconocer a Jesús como puerta y guardián de la propia vida es una decisión fundamental. Significa elegir conscientemente que sea su voz la que oriente nuestros pasos. Significa no dejar que el miedo, la angustia o la desesperanza ocupen el centro de nuestro corazón.

Aceptar a Jesús como Pastor no elimina las dificultades, pero cambia profundamente la manera de vivirlas. Nos permite atravesar los problemas sin perder el rumbo, sin caer en el aislamiento o la dureza del corazón. Nos invita a confiar, incluso cuando no entendemos todo, sabiendo que Él va delante y abre caminos. También nos compromete: escuchar su voz implica aprender a vivir como Él, cuidando a los demás, siendo instrumentos de paz en medio de la violencia, de solidaridad en medio de la necesidad, de esperanza en medio de la incertidumbre.

En definitiva, la invitación de este domingo es clara: volver a centrar la vida en Cristo. Escuchar su voz, entrar por Él, dejarnos guiar. Porque solo en Él encontramos una vida que no se agota, una seguridad que no depende de las circunstancias, y una esperanza que permanece incluso en medio de las pruebas.


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domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Pascua con Diac. Jose Torres, LC

Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43. Salmo 118(117),1-2.16ab-17.22-23.
Carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4.

Evangelio según San Juan 20,1-9.

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes.
Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo,
y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Homilía P. Diac. Jose Torres, LC

"Vio y creyó" — La fe que nace antes de entender

Quiero empezar con una escena que seguramente todos conocemos, no del evangelio, sino de la vida real.

Piensa en la última vez que recibiste una noticia que simplemente no podías procesar. Una noticia tan grande, tan inesperada, que tu cabeza decía "esto no puede ser verdad"... pero algo dentro de ti, algo más profundo que la razón, ya lo estaba aceptando. Ya lo estaba creyendo.

Ese instante extraño entre el asombro y la fe... eso es exactamente lo que Juan nos está describiendo hoy.

María llegó primero. Pero llegó llorando.

Aún estaba oscuro. No sólo afuera, en el cielo de Jerusalén de madrugada. También adentro, en el corazón de María Magdalena. Había visto morir a Jesús. Lo había visto bajar de la cruz. Lo había visto colocar en esa tumba fría. Para ella, todo había terminado.

Y cuando llega y encuentra la piedra quitada, su primera reacción no es alegría. Es pánico. "Se han llevado al Señor."

¿A cuántos de nosotros nos ha pasado algo parecido? No con una tumba vacía, claro, pero sí con esa sensación de que algo se rompió, de que lo que más amábamos desapareció, de que el capítulo que más queríamos ya no está. Y corremos. Corremos a contarle a alguien. A buscar una explicación. A encontrar al responsable.

María corrió a buscar a Pedro y a Juan.

Y entonces los dos salieron corriendo.

Y aquí el evangelio hace algo que me parece fascinante: se detiene a contarnos quién llegó primero.

Juan corrió más rápido. Era más joven, quizás. Llegó al sepulcro, se asomó, vio los lienzos. Pero no entró.

Pedro llegó después, con ese paso de hombre que ha vivido demasiado, que ha fallado demasiado —recordemos que hacía apenas tres días había negado a Jesús tres veces—. Y sin embargo, Pedro entró.

Hay algo muy humano en esto. Juan, el discípulo amado, el más cercano, el que estuvo al pie de la cruz... se detiene en la puerta. Como cuando uno tiene miedo de que la realidad confirme lo peor. Como cuando sabemos que si entramos, si miramos de frente, ya no podremos fingir que no pasó nada.

Pedro, en cambio, entró. No porque fuera más valiente. Quizás porque ya había tocado fondo esa semana y no tenía nada más que perder.

Lo que Pedro vio adentro no era un caos.

Y esto es clave. El evangelio es muy preciso: los lienzos estaban tendidos, y el sudario que cubría su cabeza estaba enrollado en un sitio aparte.

Nadie que roba un cuerpo se detiene a doblar la ropa.

Esa escena ordenada, tranquila, casi cotidiana en medio de lo sobrenatural, es el primer lenguaje con el que la Resurrección habla. No con truenos ni rayos. Con un sudario doblado.

Dios también nos habla así a nosotros, ¿sabes? No siempre con grandes señales. A veces con algo pequeño, con un detalle que no encaja, con una paz que no tiene explicación, con una puerta que se abre justo cuando creíamos que todo estaba cerrado.

Entonces entró Juan. Y vio. Y creyó.

Tres verbos. Tres pasos. Tres latidos.

Entró. Vio. Creyó.

Y aquí viene la frase que más me impacta de todo el evangelio de hoy. Después de decirnos que Juan creyó, el evangelista añade casi como un susurro:

"Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos."

Detente ahí un momento.

Juan creyó antes de entender.

No creyó porque de repente todo le cuadrara. No creyó porque alguien le explicó el versículo correcto del profeta Isaías. Creyó porque vio una tumba vacía, un sudario doblado, y algo en su interior —eso que Pablo llama en la segunda lectura "la vida escondida con Cristo en Dios"— se despertó.

La fe no espera a que todo tenga sentido.

Y aquí te hablo a ti, que llevas semanas, meses, quizás años intentando entender por qué pasó lo que pasó. Por qué Dios permitió esa pérdida, esa enfermedad, ese fracaso. Por qué las cosas no salieron como debían.

Juan no entendía. Pedro tampoco. Ninguno de los dos ese domingo de madrugada tenía respuesta para todo. Pero Juan entró. Y vio. Y creyó.

La fe no es el premio que recibes después de resolver el rompecabezas. La fe es lo que te permite sentarte frente al rompecabezas sin necesitar que esté terminado para saber que tiene solución.

La esperanza: no es optimismo barato.

La primera lectura nos muestra a Pedro (sí, el mismo Pedro que no entendía, el mismo que negó, el mismo que llegó segundo) predicando con una convicción que mueve montañas: "Nosotros somos testigos. Hemos comido y bebido con él después de su resurrección."

Entre el Pedro que entró al sepulcro sin entender y el Pedro que predica en el libro de los Hechos hay un puente. Ese puente se llama esperanza vivida.

La esperanza no es decir "todo va a estar bien" cuando no sabes si va a estar bien. La esperanza es seguir caminando hacia el sepulcro, aunque no entiendas qué vas a encontrar. Es entrar, aunque tengas miedo. Es doblar la rodilla, aunque todavía tengas preguntas.

 ¿Y nosotros?

Nosotros no estuvimos esa mañana. No corrimos con Pedro y Juan. No vimos los lienzos ni el sudario doblado. Somos exactamente los que Jesús tenía en mente cuando le dijo a Tomás: "Dichosos los que no han visto y han creído."

Somos la generación de la fe sin testigos directos. Y eso no nos pone en desventaja. Nos pone en el centro de la promesa.

Porque Pablo nos dice hoy algo radical: "habéis resucitado con Cristo." Tiempo pasado. No "van a resucitar". Ya. Ahora. Tu vida ya está escondida en Dios. La Resurrección no es solo un evento del pasado ni una promesa del futuro lejano. Es tu realidad presente.

Para terminar, en este domingo, te propongo una sola cosa.

Entra al sepulcro.

Entra a eso que tienes pendiente con Dios. A esa herida que no has querido mirar. A esa pregunta que tienes miedo de hacerle porque no sabes si soportarías la respuesta. A esa fe que dejaste tirada en algún momento difícil y que todavía no has ido a recoger.

No tienes que entender todo antes de entrar. Juan no entendía. Pedro tampoco.

Sólo entra. Mira. Y deja que Él haga el resto.

Porque la tumba está vacía. Y el sudario está doblado. Y eso —aunque todavía no lo entiendas del todo— ya es motivo suficiente para creer.

 Feliz Domingo de Resurrección. Que este día sea nuestra alegría y nuestro gozo.

 

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domingo, 15 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB


Lecturas del día: Primer Libro de Samuel 16,1b.6-7.10-13a. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6. Carta de San Pablo a los Efesios 5,8-14.

Evangelio según San Juan 9,1-41.

Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.

Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?".

"Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.

Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,

diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?".

Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". Él decía: "Soy realmente yo".

Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?".

El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi".

Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé".

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.

Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.

Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo".

Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos.

Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta".

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres

y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?".

Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,

pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta".

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías.

Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él".

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".

"Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".

Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?".

Él les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?".

Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés!

Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este".

El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos.

Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad.

Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento.

Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada".

Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?".

El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?".

Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando".

Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.

Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven".

Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?".

Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".

Homilía Pbro. Mauricio Calgaro SDB

Hermanos y hermanas, el Evangelio de este domingo nos cuenta algo que empieza con un gesto muy simple: “Jesús pasa y ve a un hombre ciego de nacimiento”. No lo busca el ciego, no lo llama, no le grita desde la orilla del camino. Jesús pasa y lo ve. Y cuando Jesús ve a alguien, no lo mira como quien mira un paisaje. Lo contempla con el corazón. Pero además de mirar, se detiene, se acerca, se ensucia las manos con barro y le abre un camino nuevo. A veces Dios obra así en nuestra vida: con gestos sencillos, casi pobres, pero capaces de cambiar la historia.

El hombre va a la piscina de Siloé, se lava y vuelve viendo. Pero el milagro no termina ahí. Empieza entonces otra historia, quizá más profunda. Los vecinos discuten: si es él, si no es él, si se parece. Y en medio de tantas voces el hombre dice algo muy sencillo: “Soy realmente yo”. Como diciendo: soy el mismo de siempre, pero algo cambió. Cuando uno se encuentra con Jesús no deja de ser quien es, pero empieza a mirar la vida de otra manera.

Los fariseos, en cambio, se quedan discutiendo otra cosa. Si es sábado, si se puede curar, si ese hombre viene de Dios o no. Mientras el que era ciego empieza a ver, los que estaban seguros de ver se van quedando cada vez más encerrados en sus ideas. Y ahí aparece una verdad que atraviesa todo el Evangelio: la verdadera ceguera es no ver más allá del pecado. Ellos miran a ese hombre y no pueden ver la obra de Dios. Ven solamente su pasado, su condición, su historia. Y así terminan marginándolo.

Jesús, en cambio, hace lo que siempre hace: sale a buscar al que quedó afuera. Se entera de que lo echaron y va a su encuentro. No le da un discurso largo ni una explicación complicada. Le hace una pregunta sencilla, de esas que llegan al corazón: “¿Crees en el Hijo del hombre?”. El hombre responde con humildad: “¿Quién es, Señor, ¿para que crea en él?”. Y Jesús le dice: “Es el que está hablando contigo”. Entonces el hombre dice: “Creo, Señor”, y se postra.

Así se completa el milagro. Primero se le abrieron los ojos del cuerpo; ahora se le abre la mirada del corazón. Y quizá eso es lo que el Evangelio quiere regalarnos hoy. Porque también nosotros podemos caminar por la vida con muchas cegueras: cegueras que nos hacen mirar a los demás desde el juicio rápido, desde la etiqueta, desde el error. En cambio, Jesús nos enseña otra manera de mirar. Él mira la herida, sí, pero también ve la posibilidad de cambió. Ve el pecado, pero no deja de ver la persona y su dignidad.

Por eso este Evangelio nos invita a pedir una gracia muy simple: que el Señor nos toque los ojos. Que nos cure de esas cegueras del corazón que nos impiden reconocer la obra de Dios en los demás. Y que aprendamos a mirar como mira Jesús: más allá del pecado, más allá de las apariencias.


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domingo, 8 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro del Exodo 17,3-7. Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9. Carta de San Pablo a los Romanos 5,1-2.5-8.

Evangelio según San Juan 4,5-42.

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.
Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".
"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".
Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".
"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".
Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí".
La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido,
porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad".
La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar".
Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.
Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".
La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".
Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?".
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
"Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?".
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro".
Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen".
Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?".
Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.
Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.
Porque en esto se cumple el proverbio: 'Uno siembra y otro cosecha'
Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice".
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.
Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".

Homilía por Fray Josué González Rivera, OP

“El que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed”

¿Qué cosas buscamos para sentirnos bien y felices? Sin lugar a duda, todos tenemos deseos y anhelos: aprobación, éxito, entretenimiento, compañía. No son cosas malas en sí mismas; sin embargo, muchas veces no logran saciarnos. Después de alcanzarlas, aparecen nuevos deseos, nuevas búsquedas. El punto central de este domingo, que el evangelio resalta de forma importante, es que existe una sed humana que nada material puede llenar. Siempre queda una cierta sensación de insatisfacción, una sed que no se resuelve simplemente con cosas materiales o con logros externos.

Ya el pueblo de Dios en el desierto experimenta esta realidad. Allí la sed no es una metáfora, sino una amenaza real: no hay agua. Esa situación los lleva a preguntarse: “¿El Señor está realmente con nosotros?”. La sed revela la fragilidad humana. Cuando falta lo necesario, surge la desconfianza: el pueblo murmura, acusa y duda. El desierto muestra lo que hay en el corazón.

Siglos más tarde, en otra escena. Es Jesús quien tiene sed, pero también una mujer que, en su diálogo con Él, descubre que lo que sucede va más allá del agua del pozo. Su historia, con alegrías y tristezas, con anhelos y fracasos, revela también una sed más profunda. Así, el pozo y el desierto se convierten en símbolos: lugares donde el ser humano puede reconocer su propia necesidad, encontrarse con la verdad y abrirse a la conversión. El llamado, ante nuestra sed, es buscar el agua verdadera y no cerrar el corazón, no endurecerlo, que sería la respuesta equivocada.

En el desierto, Dios hace brotar agua de la roca y así manifiesta su presencia. Algo semejante anuncia Pablo en la carta a los Romanos, cuando afirma que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”. La respuesta a la sed humana no viene solamente del exterior; es también un don que transforma el interior. Dios no solo da agua: comunica su propio amor. Por eso, en el pozo de Samaría, Jesús no ofrece simplemente consuelo. Ofrece agua viva, el agua del Espíritu que brota desde dentro del corazón.

Jesús, además, rompe las barreras de su tiempo. Siendo judío, habla con una samaritana; siendo hombre, se acerca a una mujer; siendo maestro religioso, no teme dialogar con alguien que vive en una situación marginal. Jesús supera estas divisiones e inicia el diálogo. Conoce la historia personal de la mujer, pero no la humilla: la ilumina. La sed no se sacia ignorando la realidad, sino atravesándola con verdad. Muchas veces nuestra inquietud no proviene de la falta de cosas, sino de la ausencia de una relación viva con Dios. Cuando el corazón se abre, el amor de Dios, derramado por el Espíritu, se convierte en un manantial permanente.

 Al final del relato hay un detalle que ya los Padres de la Iglesia destacaban: la mujer deja su cántaro. No porque el agua material ya no sea necesaria, sino porque ha descubierto algo más decisivo. Su prioridad ha cambiado. En el desierto, los israelitas debían aprender a confiar. En el pozo de Samaría, la mujer aprende a creer. La respuesta adecuada no es la murmuración, sino el paso de la fe.

En nuestro camino de Cuaresma también estamos llamados a dar ese paso. No necesariamente mediante gestos espectaculares, sino mediante movimientos interiores concretos: reconocer con honestidad de qué tenemos sed, preguntarnos qué ha endurecido nuestro corazón, dejar que Cristo ilumine nuestra historia y permitir que el amor de Dios, derramado por el Espíritu, transforme nuestra vida.

La mujer, después de su encuentro con Jesús, da testimonio de lo que ha experimentado. La experiencia de la gracia no se encierra en uno mismo; nos envía a compartirla. Si miramos nuevamente todo el recorrido, vemos un camino claro: la sed revela nuestra fragilidad; Dios manifiesta su amor porque es fiel; el encuentro con Cristo transforma el corazón; y después de ese encuentro la vida se convierte en anuncio. Así, el evangelio responde a la pregunta del Éxodo: “¿El Señor está en medio de nosotros?”. Sí. Está allí, junto al pozo, esperando, dispuesto a ofrecer el agua viva.


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domingo, 1 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Diácono Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Génesis 12,1-4a. Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22. Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,8b-10.

Evangelio según San Mateo 17,1-9.

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

Homilía por Diac. Jose Torres, LC

"¡Qué bien se está aquí!"

¿Alguna vez has vivido un momento que quisieras congelar para siempre?

Esos momentos existen. Una tarde con alguien que quieres mucho. Una conversación que empieza tarde y termina con el sol saliendo. Un silencio que, por alguna razón, se siente lleno. Algo por dentro que dice: aquí. Aquí me quiero quedar.

Pedro vivió algo así en el monte Tabor. Pero multiplicado por mil.

Primero hay que subir

Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva aparte. A un monte alto, dice el evangelio. Solo eso ya dice algo importante: los momentos profundos con Dios no suelen llegar solos mientras uno mira el celular en el sofá. Requieren subir. Y subir cansa. Requieren decidir que hay algo que vale más que quedarse cómodo donde estás.

La Cuaresma es exactamente esa invitación: sube un momento. Apártate del ruido. Hay algo que quiero mostrarte.

Y entonces ocurre la Transfiguración.

El rostro de Jesús resplandece como el sol. Sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Aparecen Moisés y Elías. Una nube los envuelve. Y una voz, que viene de más adentro que cualquier sonido humano, dice:

"Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo."

Las palabras más honestas del evangelio

En ese momento, Pedro abre la boca y dice algo que nos puede parecer un poco fuera de lugar: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas..."

El propio evangelista nos aclara con cierta ternura que Pedro no sabía muy bien lo que decía.

Pero hay en esas palabras una verdad enorme, casi sin querer.

"¡Qué bien se está aquí!"

No es teología elaborada. No es un discurso preparado. Es el grito del corazón de alguien que acaba de tocar algo verdadero y no sabe cómo manejarlo. Es el lenguaje del alma cuando se queda sin palabras.

Y aquí está, creo yo, el corazón de este domingo: Dios no es solo el que nos pide cosas. Es el que nos deslumbra.

La fe cristiana no es una lista de obligaciones ni un código de conducta con premio al final. Es, antes que nada, un encuentro. Con alguien tan bueno, tan bello, tan real, que cuando lo tocas de verdad, lo único que puedes hacer es lo que hizo Pedro: quedarte sin argumentos y decir, "Señor, qué bien se está aquí."

¿Tú lo has sentido alguna vez?

Quizás en una adoración eucarística que te dejó en silencio. En una misa que, sin saber por qué, te movió por dentro. En un momento de oración en el que algo se aclaró de golpe. En el servicio a alguien que sufre, cuando sentiste que estabas en el lugar exacto donde debías estar.

Esa sensación tiene nombre. Es la presencia del Señor. Y es el tesoro más grande que existe.

Pero no nos podemos quedar en el monte

Jesús no les deja quedarse. Les dice que bajen. Que todavía no es el momento de contarlo.

Porque la experiencia del Tabor no es el destino: es el combustible para el camino.

Y aquí llega la pregunta que más nos interpela hoy, a cada uno de nosotros.

¿Cómo vivimos entre semana lo que decimos creer los domingos?

Abrahán, en la primera lectura, recibe una llamada de Dios y hace algo que parece sencillo pero no lo es para nada: "Marchó, como le había dicho el Señor." Sin más. Sin negociaciones largas. Sin "voy a pensarlo". Escuchó y caminó. Su fe no quedó guardada en sus convicciones íntimas. Se encarnó en decisiones reales, en renuncias concretas, en movimiento.

Pablo le escribe a Timoteo y le dice algo que puede sonar duro, pero que es profundamente liberador: "Toma parte en los padecimientos por el Evangelio." No te conformes con una fe cómoda, que no te cuesta nada y, por lo tanto, no te transforma en nada.

Porque hay un riesgo real, y lo digo sin ánimo de juzgar a nadie, porque yo también lo siento: el de tener una fe de escaparate. Creer en Dios el domingo y vivir el resto de la semana con la misma lógica que cualquiera que no cree en nada. Pedir misericordia y no darla. Pedir perdón y no perdonar. Hablar de amor y tratar mal a los que tenemos cerca. Subir al monte… y bajar siendo exactamente los mismos de siempre.

La Transfiguración de Jesús es preciosa. Pero la gran pregunta que nos deja este evangelio es:

¿Y tú, te estás transfigurando?

No de golpe ni de forma dramática. Sino de a poco, en lo pequeño, con constancia: en la manera en que hablas de los demás, en cómo manejas tu tiempo y tu dinero, en si tu vida refleja lo que dices creer, en si el que te conoce de verdad puede ver en ti algo diferente, algo que apunta hacia arriba.

Para terminar

Esta Cuaresma es una oportunidad real. No para machacarnos con la culpa, sino para subir al monte. Para dejar que Jesús nos muestre quién es de verdad. Para volver a escuchar esa voz que dice: "Este es mi Hijo amado. Escuchadlo."

Y después de ese encuentro, bajar. Pero bajar distintos. Con la vida un poco más coherente. Con la capacidad de decir, en lo ordinario y en lo difícil, lo que Pedro dijo sin pensarlo:

"Señor, ¡qué bien se está aquí!"

No solo en el éxtasis del Tabor. Sino en el trabajo de cada día. En la familia. En el servicio. En la fidelidad silenciosa a lo que creemos.

Porque el Señor no nos llama a ser perfectos de una vez. Nos llama a caminar con Él. Y en ese camino prometió algo que Abrahán comprobó, que Pedro comprobó, y que tú y yo podemos comprobar también: que, en Él, la vida se llena de sentido, de belleza y de bien.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


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