domingo, 13 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera, OP


Libro de Eclesiástico 27,30.28,1-7. Salmo 103(102),1-2.3-4.9-10.11-12. Carta de San Pablo a los Romanos 14,7-9.

Evangelio según San Mateo 18,21-35.

Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagará todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".

Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?

En estos tiempos, cuando con frecuencia se levanta la voz para exigir justicia frente a tantas realidades que arrebatan la paz y amenazan la vida, una de las consignas que más me ha llamado la atención en las protestas de distintos grupos sociales es aquella que dice: “Ni perdón ni olvido”. En ella se expresa claramente el dolor provocado por las vidas arrebatadas, las personas desaparecidas y las injusticias padecidas. Sin embargo, esta consigna me ha llevado a preguntarme en diversas ocasiones cómo debemos situarnos ante ella desde la fe cristiana. Ciertamente, podemos solidarizarnos con muchas de estas luchas y reconocer la legitimidad de sus exigencias; pero también estamos llamados a iluminar esa expresión desde el Evangelio. Desde la perspectiva cristiana, la consigna podría reformularse así: «Justicia y perdón». El perdón es una consecuencia de nuestra vida de fe, pero no debe entenderse como algo contrario a la justicia.

El cristiano perdona porque, a su vez, ha sido perdonado por Dios. El perdón no es solamente un sentimiento espontáneo ni una recomendación para evitar conflictos; es la respuesta de quien ha experimentado la misericordia divina. Precisamente por eso, las lecturas de este domingo contienen también una seria advertencia para nosotros. Ya en el Antiguo Testamento, dentro de la reflexión madura que encontramos en los libros sapienciales, se nos advierte acerca de una profunda contradicción: ¿cómo podemos pedir perdón a Dios mientras conservamos el rencor contra el prójimo? El rencor puede surgir como una reacción natural. Aquello que nos hizo daño suele quedar grabado con mayor fuerza en nuestra memoria debido a nuestro instinto de supervivencia: nadie olvida que el fuego quema o que algún alimento puede ser tóxico.

También en la vida social nos relacionamos y, algunas veces, nos lastimamos. En esas circunstancias, el rencor parece defendernos del daño sufrido, pero puede convertirse en una trampa que termina atándonos a quien nos ofendió o a lo que nos sucedió. Por eso, la Palabra de Dios nos invita a recordar nuestra propia fragilidad y nuestra alianza con él. Quien reconoce su propia debilidad puede mirar de otra manera la fragilidad de los demás.

Cuando Pedro parece mostrarse generoso al proponer perdonar hasta siete veces, Jesús le responde con un número mucho mayor. No lo hace para que nos fijemos en la cifra exacta; por el contrario, busca eliminar toda contabilidad. El perdón cristiano no puede administrarse como una cuenta o un libro en el que registramos cada falta hasta alcanzar un límite.

La parábola explica la razón. El servidor es perdonado de una deuda imposible de pagar; sin embargo, se niega a perdonar al compañero que le debe una cantidad mucho menor. ¿Qué vemos aquí? El servidor recibió el perdón, pero no permitió que la misericordia transformara su corazón. El cristiano no debería pedir a Dios comprensión para sus propias debilidades y, al mismo tiempo, exigir a los demás una perfección absoluta. Con frecuencia pensamos: «Quiero misericordia para mí y justicia rigurosa para los demás». La lógica que nos propone el Evangelio es completamente distinta.

Perdonar no es olvidar, justificar el mal ni afirmar que nada sucedió. El perdón es una decisión y un proceso interior mediante el cual la persona herida comienza a transformar sus respuestas ante el hecho vivido y ante quien la ofendió. Podemos recordar aquello que nos lastimó, pero hacerlo cada vez con menos resentimiento, odio y deseo de venganza, pues estas reacciones pueden conducirnos a nuevas formas de violencia y esclavitud. Cuando damos pasos hacia el perdón, recuperamos parte de la libertad que habíamos perdido.

Jesús no ordena experimentar inmediatamente sentimientos agradables hacia el agresor. Los sentimientos no cambian por un mandato o decreto. Lo que nos propone es no permitir que el dolor y el resentimiento se conviertan en realidades permanentes que gobiernen nuestra vida. La decisión de perdonar también tiene que renovarse muchas veces. En este sentido, perdonar «setenta veces siete» puede significar que, cada vez que vuelva a dolernos un daño vivido en el pasado, pidamos a Dios que nos ayude nuevamente a perdonar.

Perdonar tampoco significa retirar la responsabilidad moral o legal. Se puede renunciar a la venganza y, al mismo tiempo, exigir justicia, protección para las víctimas y reparación del daño. Del mismo modo, debemos distinguir entre perdón y reconciliación. Como hemos señalado, perdonar es, en primer lugar, un proceso interior y personal. La reconciliación, en cambio, requiere la participación tanto del ofensor como del ofendido en un proceso de reconocimiento del daño y reconstrucción de la relación. Esta distinción resulta especialmente importante en las situaciones de violencia o abuso. Puede y debe existir un proceso de perdón que ayude a sanar la herida, pero esto no implica necesariamente restablecer la convivencia, sobre todo cuando hacerlo podría exponer nuevamente a la víctima al peligro. El perdón no exige negar la prudencia, la justicia ni la necesidad de establecer límites.

Perdonar no cambia el pasado ni elimina inmediatamente el dolor, pero impide que la injusticia sufrida determine toda nuestra vida. Desde una perspectiva humana, el perdón ayuda a que la ofensa deje de gobernar nuestros pensamientos, emociones y decisiones. Sin embargo, el Evangelio va más allá del bienestar psicológico: el cristiano no perdona solamente para sentirse mejor, sino porque se reconoce como un pecador perdonado por Dios.

San Pablo nos ofrece la clave definitiva: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo». Pertenecemos a Cristo. Solo Dios puede ser el juez absoluto; nosotros no. Quien ha cometido una ofensa, por muy difícil que resulte comprenderlo desde nuestra lógica humana, no queda reducido por completo a su peor acción. Continúa siendo una persona necesitada de conversión y misericordia, como cada uno de nosotros.

Finalmente, si queremos reflexionar profundamente sobre este tema, pongámonos delante de Dios y preguntémonos: ¿a quién debo perdonar? Quizá debamos perdonar a otra persona o incluso perdonarnos a nosotros mismos. Pero no basta con preguntarnos: «¿Ya no siento enojo?». Debemos avanzar hacia preguntas más profundas: ¿estoy dispuesto a dejar de alimentar el odio?, ¿puedo entregar a Dios mi deseo de venganza para que lo transforme?, ¿quiero comenzar un camino de sanación y libertad?

Perdonar no es siempre un momento exacto y definitivo. Como muchas realidades importantes de la vida, es un camino. Perdonar de corazón no significa necesariamente haber concluido ese camino; muchas veces significa, sencillamente, haber decidido comenzarlo en nuestras vidas y sociedades.

Bendiciones.

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domingo, 6 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 33,7-9. Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9. Carta de San Pablo a los Romanos 13,8-10.

Evangelio según San Mateo 18,15-20.

Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio

Homilía por Rev. P. Jose Torres, LC

El que calla, también peca

Hay una frase que hemos convertido en virtud sin darnos cuenta: "yo no me meto". La decimos con cierto orgullo, como si fuera prudencia, como si fuera respeto. Cada quien con su vida. Yo no juzgo. Y detrás de esa frase, que suena tan madura, tan "políticamente correcta", muchas veces se esconde otra cosa: miedo. Miedo a incomodar. Miedo a que dejen de querernos. Miedo, sobre todo, a que nos digan lo mismo a nosotros.

Y justamente Dios, en la primera lectura no nos deja escondernos ahí.

Centinelas, no espectadores

A Ezequiel se le encarga una tarea que asusta: ser centinela. El centinela no es el que opina desde la comodidad de su casa cuando ya pasó la tormenta. El centinela es el que está despierto cuando todos duermen, el que ve venir el peligro antes que nadie y tiene que decidir si grita o se calla. Y Dios es durísimo con la segunda opción: si el centinela ve el peligro y no avisa, la sangre de quien cae le será reclamada a él.

Esto no es solamente un texto para sacerdotes o para "los que tienen autoridad". Es un texto para cualquiera que quiera al menos a una persona en este mundo. Porque amar de verdad a alguien —no la versión decorativa del amor, la de los buenos deseos y los corazones en redes sociales— sino amar de verdad, incluye a veces la incomodidad de decir: "esto que estás haciendo te está destruyendo".

Lo curioso es que hoy tenemos más facilidad que nunca para hablar de todo. Opinamos de política, de fútbol, de la vida de un desconocido en redes, sin que nadie nos lo pida. Pero cuando se trata de decirle a un amigo, a un hermano, a nuestros papás, a nuestra pareja, algo que de verdad les importa a ellos y nos cuesta a nosotros... ahí, de repente, se nos acaba la valentía.

La cordada que no se suelta

Hay una imagen que me gusta para explicar esto: la de dos personas que escalan atadas por la misma cuerda. En la montaña le llaman "ir en cordada". Cuando uno resbala, el otro no puede simplemente mirar. Está atado. Si el de abajo cae, el peso tira del de arriba y ambos lo saben desde antes de empezar a subir. Por eso, cuando uno ve que el otro está pisando mal, no espera a que caiga para reaccionar, sino que grita antes. Le avisa, lo sostiene. Y eso no es entrometerse, es lo mínimo que exige estar realmente atado a alguien.

Y algo así pienso que es la imagen del Evangelio de hoy. Jesús no nos manda corregir al hermano como quien señala con el dedo desde la banca, sin mancharse. Nos manda ir a solas primero, en lo íntimo, sin exponerlo, sin humillarlo. Porque no se trata de tener razón. Se trata de no soltar la cuerda.

Fíjate en la delicadeza del método que propone Jesús: primero a solas, después con uno o dos testigos y después con la comunidad. No hay linchamiento público en el corazón de Cristo. Hay un proceso lento, paciente que busca una sola cosa, y es recuperar al hermano, no vencerlo. "Si te hace caso, has ganado a tu hermano", dice el texto. No dice "has ganado la discusión". Dice que lo has ganado a él!!!.

Lo que en realidad nos falta no es honestidad, es amor

Y aquí es donde muchos se equivocan, y donde san Pablo nos corrige el método en la segunda lectura. Porque hay gente que confunde "corregir" con "descargar", con desahogarse, con tener finalmente la excusa perfecta para decirle a alguien todo lo que pensamos de él. Eso no es corrección fraterna. Eso es venganza con lenguaje espiritual.

Pablo es contundente: "no le debáis nada a nadie, más que el amor mutuo". Toda la ley dice se resume ahí. No es que el amor sea una parte de la ley junto a otras reglas. Es que el amor es la ley, cumplida hasta el fondo. Por eso, la corrección que no nace del amor no cumple ningún mandamiento, aunque tenga toda la razón del mundo. Se puede tener razón y hacer daño. Se puede decir la verdad y destruir a alguien con ella. Lo que hace que una corrección sea cristiana no es que sea verdadera —eso es apenas el mínimo—, sino que nazca del mismo amor con que Dios nos corrige a nosotros: sin humillar, sin cansarse, sin dar por perdido a nadie.

Y por otro lado, hay algo que se nos suele escapar del Evangelio de hoy. Jesús no termina hablando de la corrección. Termina hablando de la oración: "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos". ¿Por qué Mateo pone estas dos cosas juntas, la corrección fraterna y la oración comunitaria? Porque en el fondo son la misma cosa: no estamos solos en esto. Ni cuando fallamos, ni cuando tenemos que ayudar a otro a levantarse. La comunidad no es un grupo de personas que coinciden en el mismo horario de misa. Es gente atada por la misma cuerda, que reza junta precisamente porque sabe que sola no llega.

Para esta semana

El salmo de hoy repite una frase que parece hecha a la medida de estos días: "ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón". Un corazón endurecido no es necesariamente un corazón malo. A veces es simplemente un corazón cansado de que le digan las cosas, o un corazón que dejó de decirlas por miedo a incomodar. Los dos extremos rompen la cordada.

Esta semana, atrévete a dos cosas incómodas. Primero: si hay alguien a quien amas de verdad y ves que se está haciendo daño, pídele a Dios el valor —y sobre todo la delicadeza— para decírselo a solas, sin humillarlo, buscando ganarlo y no vencerlo. Segundo, y esta es la que más nos cuesta: si alguien se acerca a decirte algo que no quieres escuchar, antes de defenderte o justificarte pregúntate si no será precisamente la voz de Dios que hoy te está hablando a través de esa persona que tuvo el valor de no soltar la cuerda.

Porque al final, la santidad no consiste en no caer nunca. Consiste en dejarse sostener, y en aprender a sostener.

 

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domingo, 30 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.



Lecturas del día: Libro de Jeremías 20,7-9. Salmo 63(62),2.3-4.5-6.8-9.  Carta de San Pablo a los Romanos 12,1-2.

Evangelio según San Mateo 16,21-27.

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".
Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Reconocer al Mesías y aceptar su camino

El domingo pasado escuchábamos cómo Pedro reconocía a Jesús como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Era una verdadera confesión de fe: Pedro había podido reconocer quién era Jesús. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos muestra que reconocer al Mesías no significa todavía comprender su camino. Inmediatamente después de aquella confesión, Jesús comienza a anunciar a sus discípulos que debe ir a Jerusalén, sufrir, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Y Pedro no puede aceptar este camino: «Dios no lo permita, Señor; eso no te sucederá». ¿Cómo puede ser que aquel que ha reconocido correctamente la identidad de Jesús no pueda reconocer el camino que Él debe recorrer? Pedro espera un Mesías victorioso, pero no comprende que la victoria de Cristo pasará por la entrega y la cruz. Por eso Jesús debe corregirlo con dureza: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!». Pedro ha reconocido quién es Jesús, pero todavía piensa «como los hombres» y no «como Dios».

Esto nos toca también a nosotros. Podemos confesar que Jesús es nuestro Señor, creer en Él y querer seguirlo, pero al mismo tiempo pretender que sea Él quien se adapte a nuestros propios criterios. San Pablo nos exhorta en la segunda lectura: «No se amolden a este mundo, sino transfórmense interiormente para poder discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Y justamente aquí aparece una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo: el mundo nos propone constantemente que nos elijamos a nosotros mismos. Se nos invita a poner por encima de todo nuestro bienestar, nuestra realización personal, nuestra comodidad, nuestra imagen, nuestros proyectos y nuestros deseos; a evitar todo aquello que implique sacrificio o renuncia. Pero Cristo ha elegido otro camino: no se eligió a sí mismo, sino que nos eligió a nosotros. Y nos amó hasta el extremo, incluso cuando ese amor lo condujo al sufrimiento y a la cruz.

Por eso Jesús añade: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». No se trata de buscar el sufrimiento por sí mismo, sino de aceptar que el amor verdadero siempre puede exigir entrega, renuncia y sacrificio. Pedro quería un Mesías según una sabiduría humana que no comprendía la lógica del amor que se entrega. También nosotros podemos caer en la tentación de construir un cristianismo a nuestra medida: reconocer a Jesús como Salvador, pero rechazar el camino por el que Él ha querido salvarnos. Sin embargo, seguir a Cristo significa no sólo reconocer quién es, sino aprender a caminar detrás de Él.

La segunda lectura nos ofrece precisamente el camino para hacerlo: no conformarnos con los criterios de este mundo, sino dejar que Dios transforme nuestra manera de pensar para poder discernir su voluntad. Porque la lógica de Cristo no es la de conservar la propia vida a cualquier precio, sino la de entregarla por amor. Y aunque hoy experimentemos cansancio, sufrimiento o tribulación, sabemos que no tienen la última palabra. El camino de la cruz conduce a la resurrección y Cristo vendrá en su gloria. 

Pidamos, entonces, la gracia no sólo de reconocer a Jesús como el Mesías, sino de reconocer también su camino; de no querer enseñarle a Dios cómo debe salvarnos, sino de aprender nosotros a seguirlo. Sólo así podremos descubrir que la vida entregada por amor no se pierde, sino que encuentra en Cristo su verdadera plenitud.


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domingo, 23 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Pbro. Alexis Rosales


Lecturas del día: Libro de Isaías 22,19-23. Salmo 138(137),1-2a.2bc-3.6.8bc. Carta de San Pablo a los Romanos 11,33-36

Evangelio según San Mateo 16,13-20.

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?".
Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas".
"Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.
Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.
Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Homilía por el Pbro. Alexis Rosales

Queridos amigos:

En el evangelio de este domingo, Jesús hace dos preguntas a sus discípulos, primero una pregunta general, ¿Quién dice la gente que soy? Y aquí recibe diversas respuestas.

Luego la pregunta se dirige a los discípulos, Y ustedes ¿quién dicen que soy?

Las palabras de Jesús no son cosa del pasado, es por eso que la pregunta realizada a los suyos resuena hoy para nosotros que somos sus discípulos y misioneros del 2026.

¿Quién es Jesús para mí?  La respuesta que da Pedro la tenemos bien clara, pero es la respuesta de Pedro, no podemos vivir copiando las respuestas de otro, nuestra respuesta tendrá que ser lo más original y sencilla. Nuestra respuesta nace del encuentro con Jesús, sin ese profundo tinkunaco con Jesús, es imposible balbucear una respuesta. Pedro es capaz de dar una respuesta, que fue madurando en el corazón en base a su propia experiencia “Tu eres el mesías, el hijo de Dios vivo"

¿Dónde podemos tener una experiencia fuerte de encuentro con Jesús? Los lugares son muy diversos, la eucaristía, la reconciliación, una misión, un retiro espiritual, otro hermano que nos habló de Jesús, un enfermo que visitamos, un niño que nos regaló una sonrisa, en estos lugares Jesús está vivo y actuante, tenemos que afinar el oído y el corazón para escucharlo.

Cuando tengo un encuentro con Jesús en la Eucaristía, hecho pan, adquiero la experiencia de Jesús que se queda para alimentar al cansado, cuando me encuentro con Jesús en la reconciliación, tengo la experiencia del abrazo misericordioso del padre, me encuentro con la dulzura del perdón,  cuando me encuentro con Jesús en un retiro, tengo la experiencia de estar con Jesús a solas, en el silencio, estando con quién verdaderamente nos ama, cuando me encuentro con Jesús en el hermano, tengo la experiencia de un Jesús que elige el corazón del hombre para poner allí su carpa, un Dios que quiere habitar en el alma, cuando me encuentro con Jesús en un enfermo, hago experiencia del Jesús que sufre, Jesús acompaña el dolor y lo redime, cuando me encuentro con Jesús en un niño, experimento el Dios que se hace pequeño, pobre y necesitado, un Dios que elige como lenguaje la ternura, la bondad y la paz, un Dios que prefiere la humildad y la fragilidad, hasta aquí algunas de las experiencias, ustedes cómo lectores pondrán las suyas y descubrirán quién es Jesús para ustedes.

Deseo de corazón que este gran tinkunaco se dé en lo profundo del alma  de cada hombre, y que después de vivir intensamente este domingo, podamos dar una respuesta a Jesús.

Que tengas una excelente jornada.

Tinkunaco: palabra que proviene de quechua, que significa encuentro.


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domingo, 16 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo XX con P. Diego Olivera



Lecturas del día: Isaías 56,1.6-7 / Salmo 67(66),2-3.5.6.8. / Romanos 11,13-15.29-32.

Evangelio según San Mateo 15,21-28.

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos". Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.


"Una mujer de las periferias nos ayuda a fortalecer nuestra Fe" P. Diego Olivera

Las lecturas de este domingo nos presentan una pregunta muy concreta: ¿quiénes tienen lugar en el corazón de Dios? 

El profeta Isaías nos brinda una respuesta: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Esta respuesta se presenta como contraposición a la mentalidad de muchos judíos de la época de Jesús, que esperaban al Mesías principalmente como aquel que restauraría a Israel, liberaría a su pueblo y cumpliría las promesas hechas a David. Pero Isaías plantea la misión universal de Jesús como el abrazo misericordioso de Dios para restaurar toda la humanidad, enviado no solamente para los que pertenecen al pueblo de Israel, no solamente para los que cumplen determinadas condiciones, sino para todos, todos, todos.

El salmista invita a todos los pueblos a dar gracias al Señor por su gran misericordia, en consonancia con las palabras de Isaías. ¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!

San Pablo, en el capítulo 11 de la carta a los Romanos, siendo judío explica que la misericordia se extiende también a los que estaban fuera del pueblo de Israel, afirma que Dios ha abierto el camino de la Salvación para otros pueblos, la misericordia de Dios es para todos, sin exclusión alguna, incluidos los pueblos paganos o los gentiles a quienes algunos judíos llamaban “perros” como insulto o desprecio ya que los perros eran considerados animales salvajes que merodeaban por la basura, por lo tanto eran considerados impuros por no seguir la ley de Moisés ni practicar la circuncisión. La misericordia de Dios supera leyes y fronteras

En el Evangelio Jesús se encuentra con una mujer extranjera, no pertenece al pueblo de Israel, sería una mujer de la periferia (como muchas veces escuchamos en palabras del papa Francisco). Esta mujer supera las barreras sociales y religiosas, no tiene miedo al prejuicio, se acerca a Jesús y le grita: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". En este grito la mujer reconoce a Jesús como el Mesías, aquel viene a restaurar todo con su misericordia, suplica piedad por una situación de dolor familiar. Jesús se queda en silencia, parece que no la escucha. Cuantas personas hoy gritan desde sus dolores pero para muchos esos es molesto, así lo experimentan los discípulos, ellos no están preocupados por la aflicción de la mujer sino que les incomoda que una mujer extranjera, considerada impura se acerque a ellos, quieren que Jesús la atienda para rápidamente sacársela de encima, una historia que se sigue repitiendo en nuestra cultura que nos propone el modelo de “sálvese quien pueda” cayendo en la indiferencia ante el dolor de los demás, considerando molestos o locos a quienes gritan con dolor por un pedido de justicia y paz.

Ante el pedido de los discípulos, Jesús responde con los criterios judíos de esa época, que consideraba al Mesías como enviado solo para el pueblo de Israel. La mujer se postra ante Jesús, él le dirige la palabra y ella se convierte en la protagonista de la escena, ahora es escuchada por todos la. Jesús frena y dialoga con la mujer extranjera, aquella que esta fuera de las fronteras culturales y religiosas del pueblo de Israel pero sin embargo él no la considera impura, como los demás y le plantea una metáfora inspirada en la concepción judía sobre la misión del Mesías: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". “Los hijos” representan al pueblo de Israel, quienes recibieron la ley dada por Dios, “el pan” representa la ayuda divina y las bendiciones de Dios Padre por medio de su Hijo Jesucristo y “los cachorros” representa a los gentiles o extranjeros pero Jesús no usa la palabra “perros” sino que usa una palabra representando la pequeñez y la cercanía de los animales domésticos, tomando distancia de la concepción judía que considera perros callejeros o salvajes a los extranjeros. Y la mujer no se siente ofendida, responde con humildad demostrando su gran fe en el Mesías, ella no exige el primer lugar, sabiéndose fuera de la ley judía, también se considera heredera de la misericordia de Dios.

Y Jesús la pone en primer lugar al afirmar: "Mujer, ¡qué grande es tu fe!, la exalta, la propone como modelo de fe para los demás, llega desde la periferia pero ocupa un lugar central en el Evangelio y  a la luz de este texto se nos recuerda la misión de Jesús expresada por él mismo en el capítulo 4 del evangelio de Lucas, tomando las palabras del capítulo 61 de Isaías:  "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". A lo largo de toda su vida, Jesús vivió estas palabras.

Queridos hermanos, hoy necesitamos aprender de aquella mujer cananea: Aprender a no abandonar cuando Dios parece guardar silencio. Aprender a seguir rezando cuando todavía no vemos la respuesta. Pero también aprender algo más profundo: a mirar a las personas con los ojos de Jesús. Quizás alguien que nosotros consideramos “de afuera” tenga una fe que nosotros necesitamos renovar. Quizás aquel que llega por primera vez a nuestra comunidad tenga algo que enseñarnos. Quizás ese joven que está lejos de la Iglesia esté buscando a Dios con más sinceridad que quienes llevamos años dentro.

Que nuestras comunidades puedan ser verdaderamente aquello que anuncia Isaías: una casa de oración para todos los pueblos. Una Iglesia con las puertas abiertas, una Iglesia que sale al encuentro, una Iglesia que no mira desde arriba a las periferias, sino que camina hacia ellas. Porque la Iglesia no existe para unos pocos. Existe para anunciar la misericordia de Dios a todos. Muchas veces pensamos que nosotros tenemos que llevar a Dios a las periferias. Y el Evangelio de hoy nos recuerda algo todavía más profundo: Dios ya está allí. Y quizás tenemos que dejarnos evangelizar por quienes encontramos en las periferias.

Por eso hoy podríamos pedirle al Señor tres cosas:

Señor, danos una fe como la de aquella mujer.

Una fe que no se rinde.

Señor, danos un corazón como el tuyo.

Un corazón que no levante fronteras.

Y Señor, enséñanos a salir hacia las periferias.

Porque allí también estás vos.



Feliz y bendecido domingo para todos

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