domingo, 1 de noviembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Apocalipsis 7,2-4.9-14. Salmo 24(23),1-2.3-4ab.5-6. Epístola I de San Juan 3,1-3.

Evangelio según San Mateo 5,1-12a.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron."

Homilía Rev. P. Jose Torres, LC

Homilia de la Solemnidad de Todos los Santos

Hay un lugar con tu nombre: la santidad es para ti

Santo sin filtros: Dios no te llama a ser perfecto, te llama a ser suyo

Te voy a decir algo que quizá no te han dicho con suficiente claridad: ¡¡¡tú estás llamado a ser santo!!! ¡¡¡Sí, tú!!! El que lee esto en el transporte, en su descanso del trabajo, en ratito libre o a escondidas en la oficina. El que tiene deudas, un pasado complicado, una agenda imposible y una oración que a veces se le queda en el “Señor, ayúdame” de camino al auto.

Hoy la Iglesia no celebra a unos cuantos superhéroes espirituales con aureola. Celebra una muchedumbre inmensa que nadie podría contar. Así lo ve Juan en el Apocalipsis, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas. No es un club selecto, es una multitud. Y lo más importante: ¡hay lugar para más!

·         Lo primero no es lo que haces, es lo que eres

San Juan, en la segunda lectura, nos suelta una frase que debería cambiarnos la semana: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!»

Fíjate en el orden… No dice “esfuérzate hasta que Dios te acepte”. Dice: ¡ya lo eres! La santidad no empieza como una meta que conquistas a base de rendimiento. Empieza como un regalo que recibes: eres amado, eres hijo, eres hija.

Vivimos en una cultura que nos pregunta todo el tiempo: ¿qué logras?, ¿cuánto produces?, ¿cuánto vales? Y uno acaba creyendo que también con Dios hay que “hacer currículum”. Pues no, Dios no te ama porque seas bueno, te pide que seas santo porque ya te ama. La santidad no es el precio para ser querido. Es la respuesta de quien se sabe querido.

Y mira lo que añade Juan: «aún no se ha manifestado lo que seremos». Todavía estás en proceso. Tu historia no está cerrada. Lo que ves hoy en el espejo, con tus fallos, tus cansancios y tus recaídas, no es la última palabra sobre ti. Dios no se rinde con su obra.

·         Los santos no son los que nunca cayeron

El anciano del Apocalipsis le pregunta a Juan: «Estos que están vestidos de blanco, ¿quiénes son y de dónde han venido?» Y la respuesta es de las que se quedan grabadas: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero».

Lee eso despacio. No dice “estos son los que nunca se mancharon”. Dice que lavaron sus vestiduras. Para lavar algo, primero tiene que estar sucio.

Los santos no son personas que pasaron por la vida sin ensuciarse. Son gente que vino de la tribulación: de la enfermedad, del duelo, del fracaso, de la traición, de la duda. Y que, en vez de quedarse tirada en el barro, se dejó lavar. Volvieron una y otra vez al Cordero. Esa es la diferencia: no la ausencia de caídas, sino no haberse quedado en el suelo.

Pedro negó a Cristo tres veces. Pablo persiguió cristianos. Agustín vivió años de desorden. María Magdalena cargaba una historia que muchos no le perdonaban. Y hoy están en esa multitud. Si ellos pudieron, no hay excusa que no se te caiga: ni “es que mi pasado”, ni “es que mi carácter”, ni “es que ya es tarde”.

·         Las 8 claves de una vida que sí vale la pena

En el evangelio, Jesús sube al monte, se sienta y enseña. Es como si dijera: “Siéntense, que les voy a explicar en qué consiste ser feliz de verdad”. Porque bienaventurado significa eso: feliz, dichoso, realizado. Las Bienaventuranzas no son un reglamento de tristeza. Son la receta de una vida plena, pero con una lógica que choca con la nuestra.

El mundo dice: dichoso el que tiene mucho, el que se impone, el que no se deja, el que se divierte sin límites, el que siempre gana.
Jesús dice: dichoso el pobre de espíritu, el manso, el que llora, el que tiene hambre de justicia, el misericordioso, el limpio de corazón, el que trabaja por la paz, el perseguido.

Y aquí no hay que hacerse el espiritual: a primera vista suena a locura. ¿Dichosos los que lloran? ¿Los mansos heredarán la tierra, cuando parece que la heredan los que más gritan? Pero llévalo a lo concreto, porque las Bienaventuranzas no se viven en una cueva, se viven en tu lunes:

-         Pobre de espíritu es el que no necesita aparentar. El que dice “no puedo solo” y deja entrar a Dios. Es el que se libera de la dictadura de la imagen perfecta.

-         Manso no es débil. Es el que tiene fuerza y la maneja. Es el que no contesta con veneno en el chat, en la reunión o en la mesa familiar, aunque podría.

-         Los que lloran son los que no anestesian el dolor con pantallas, trabajo o excesos, y dejan que Dios consuele ahí, justo en la herida.

-         Hambre y sed de justicia: no resignarse a que “así son las cosas”. Ser el que en la oficina no se calla ante la trampa, el que se mueve por el que no tiene voz.

-         Misericordiosos: los que saben perdonar, empezando por ese nombre que acabas de recordar y que preferirías no recordar.

-         Limpios de corazón: los que miran sin usar. Sin convertir a las personas en objetos, en pantallas o en medios para algo.

-         Los que trabajan por la paz: no los que “evitan el conflicto”, sino los que lo atraviesan para reconstruir. La paz no se encuentra, se fabrica.

-         Los perseguidos: no necesariamente con cárcel, pero sí los que pagan un precio por no vender la conciencia. A veces ese precio es perder un ascenso, un grupo de amigos o la aprobación de los demás.

Eso es la santidad: no hacer cosas raras, sino vivir las cosas normales con un corazón distinto y de cara Dios.

·         Tu rutina también puede ser camino al cielo

Quiero que te quedes con esto: la mayoría de los santos no salió en los libros ni fueron canonizados. Hay santos que no tienen estatua ni fiesta propia, y precisamente por eso hoy la Iglesia les dedica este día. Son la mamá que se levantó mil madrugadas. El papá que trabajó callado para que sus hijos estudiaran. La abuela que rezaba el rosario mientras el mundo se caía. El joven que dijo “no” cuando todos decían “sí”. El enfermo que ofreció su dolor sin quejarse. El que sirvió sin que nadie le diera las gracias.

El Concilio Vaticano II lo dijo sin rodeos: todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Todos. No solo los sacerdotes ni las monjas. El casado, la soltera, el estudiante, el empresario, el que limpia oficinas. Tu vocación y tu trabajo no son un obstáculo para la santidad. Son el camino.

Dios no te pide ser otra persona. Te pide ser tú mismo, pero entero, con Él.

·         Y ahora, ¿qué?

Hay una frase en la segunda lectura que casi pasa desapercibida: «Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica». La esperanza no es un sentimiento bonito; es una fuerza que te empuja a cambiar. Si de verdad crees que estás hecho para esa multitud vestida de blanco, ya no puedes seguir viviendo como si lo tuyo fuera sobrevivir.

Te propongo tres pasos muy concretos para esta semana:

  1. Escoge una bienaventuranza. Solo una. La que más te incomode o la que más necesites. Y pregúntate: ¿qué gesto concreto puedo hacer esta semana para vivirla? Uno solo. Pero hazlo.
  2. Haz las paces con tu historia. Hay algo que sigues cargando como “mancha”. Llévalo a confesión. Dios no te lo reprocha, te lo quiere lavar. Dile hoy: “Lávame”.
  3. Habla con un santo. Elige uno, el que sea, y pídele que te acompañe. Los santos no son posters: son hermanos mayores que ya llegaron y que quieren que llegues tú también.

Para terminar

Mañana, cuando recemos el Credo y digamos “creo en la comunión de los santos”, no estaremos recitando una fórmula. Estaremos diciendo que no caminas solo. Que hay una multitud que te mira desde la meta y te grita lo mismo que el salmo: «Este es el grupo que busca tu rostro, Señor».

Y ese grupo tiene un lugar vacío con tu nombre.

No lo desperdicies. No lo dejes para “cuando tenga tiempo”, para “cuando esté mejor”, para “cuando todo se calme”. La santidad no es un proyecto para cuando seas mayor ni un lujo para gente especial. Es la aventura más grande que existe, y empieza hoy, en tu trabajo, en tu casa, en tu cansancio.

Atrévete a ser santo. El mundo no necesita más gente perfecta. Necesita gente que se deje amar por Dios hasta el final.

¡Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros!

Podes seguir este blog a través de facebook:   AÑO DE LA FE.   (Grupo)   Vivamos juntos la Fe   (FanPage),   Instagram   en X:   @VivamoslaFe y en nuestro canal de   Telegram  

 


sábado, 24 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP


Libro del Éxodo 22,20-26. Salmo 18(17),2-3a.3bc-4.47.51a-51b. Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10.

Evangelio según San Mateo 22,34-40.

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él,
y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
"Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?".
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
Este es el más grande y el primer mandamiento.
El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Dios nos da más de lo que sabemos pedir

En el Evangelio de este domingo, los fariseos se reúnen después de que Jesús ha dejado sin respuesta a los saduceos. Uno de ellos, doctor de la Ley, le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». La pregunta podría parecer una búsqueda sincera, pero el evangelista aclara que se la hacen para ponerlo a prueba. No se acercan a Jesús para aprender, sino para examinarlo; no buscan la verdad, sino que pretenden encontrar un motivo para cuestionarlo. También nosotros podemos acercarnos a Dios con el corazón cerrado, buscando que confirme nuestras ideas en lugar de dejarnos iluminar por su Palabra.

Sin embargo, Jesús no responde a la mala disposición de sus interlocutores con desprecio ni con una discusión estéril. Les ofrece una respuesta clara y profunda: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Este es el mandamiento primero y principal. Pero Jesús no se detiene ahí. Añade algo que no le habían preguntado: «El segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Su respuesta no solo resuelve la cuestión planteada, sino que la lleva a su plenitud.

Aquí descubrimos algo hermoso de Jesús: cuando nos acercamos a Él con una petición sincera, no solo nos da una respuesta, sino que puede mostrarnos aquello que todavía no sabemos pedir. Nosotros vemos una parte; Él ve el conjunto. Nosotros preguntamos por lo que consideramos importante; Él nos conduce hacia lo que verdaderamente necesitamos. Los fariseos preguntan por el mandamiento principal, pero Jesús les hace descubrir que el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo. No basta con querer honrar a Dios: hay que aprender a reconocerlo y servirlo también en los demás.

Quizás nosotros también necesitamos que Jesús complete nuestras preguntas y ensanche nuestros horizontes. Le pedimos que nos ayude a rezar, que fortalezca nuestra fe, que nos conceda paz o que nos acompañe en nuestras dificultades. Y Él nos invita también a mirar a quien tenemos al lado: a escuchar a quien necesita ser escuchado, a perdonar a quien nos ha herido, a compartir con quien tiene menos, a acercarnos a quien preferiríamos evitar. No porque nuestras necesidades no le importen, sino porque el amor de Dios quiere transformar toda nuestra vida.

Pidámosle, entonces, que nos conceda un corazón dispuesto a escuchar, no para poner a prueba su Palabra, sino para dejarnos transformar por ella. Que no busquemos solamente las respuestas que nos tranquilizan, sino también aquellas que nos convierten. Porque amar a Dios con todo el corazón significa dejar que su amor llegue a todas las dimensiones de nuestra existencia. Y ese amor se vuelve concreto cuando aprendemos a amar al prójimo.


Podes seguir este blog a través de facebook:   AÑO DE LA FE.   (Grupo)   Vivamos juntos la Fe   (FanPage),   Instagram   en X:   @VivamoslaFe y en nuestro canal de   Telegram  

domingo, 18 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo XXIX con P. Diego Olivera




Lecturas del día:
Isaías 45,1.4-6..
Salmo 96(95),1.3.4-5.7-8.9-10a.10c. Tesalonicenses 1,1-5b.

Evangelio según Mateo 22,15-21.

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?". Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".

Homilía del P. Diego Olivera – “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”

En la primera lectura podemos descubrir que Dios no se desentiende de su pueblo, a través de Ciro, un rey persa, el pueblo de Israel que estaba cautivo puede retornar a su tierra. El profeta Isaías reconoce en este hombre un enviado de Dios. Esto nos sorprende, llama la atención, Dios se sirve de alguien que no pertenece al pueblo de Israel para llevar adelante su plan de salvación. Se nos presenta un mensaje muy claro: Dios actúa de maneras que nosotros no esperamos y a través de personas que no imaginamos. Por lo tanto, no tenemos que encerrar a Dios en nuestros esquemas y tampoco buscar seguridades en el poder, en el dinero o en ciertas estructuras, estamos invitados a dejarnos sorprender por Dios confiando en que él nos liberara de nuestras opresiones y nosotros también podemos ser instrumentos de liberación para los demás poniendo en juego los dones recibidos de Dios para ser constructores de paz, justicia y libertad.

San Pablo en la segunda lectura destaca que los tesalonicenses se mantuvieron firmes en la Esperanza antes las persecuciones que sufrieron, ellos hicieron una elección definitiva, inigualable por el evangelio que Pablo les predicó y que les trajo la fuerza del Espíritu. Es una elección por la salvación que se les anunció, una salvación que no se puede tocar ni percibir por los sentidos sino una Esperanza infundida por Dios en el corazón de todos los hombres.

El evangelio de Mateo, hoy, nos sitúa en el corazón de las polémicas que Jesús mantiene con los dirigentes en Jerusalén y que los evangelistas sitúan al final de su vida, precediendo a la pasión (cf. Mc 12,13-17; Lc 20,20-26). Esta vez querían comprometerlo a fondo con las autoridades romanas, que vigilaban ferozmente cualquier movimiento social o político para castigar cualquier rebeldía. Oponerse al César, incluso en nombre de Dios, era ir contra la «pax romana», uno de los mitos de la época. Los “espías” comienzan halagándolo a Jesús (Mateo sigue a Marcos y nos habla de los fariseos y los herodianos; Lucas, más coherente, nos habla de espías para entregarlo al gobernador) hasta tenderle la trampa con la pregunta: ¿Está permitido pagar el impuesto al César?

Si responde que está de acuerdo, los fariseos dirán que está a favor de Roma y en contra del pueblo y, si responde que está en contra, los herodianos contarán a Roma que él se está revelando contra el Imperio.

Buscan deshacerse de este profeta galileo que anuncia el Reino de Dios, pero que no coincide con el reino de Roma, ni con el concepto que tienen del mismo algunos partidarios de la revolución contra Roma, ni específicamente con el reino que ellos quieren manipular en nombre de Dios.

Parece  que Jesús se encuentra en un callejón sin salida: frente a Poncio Pilato, frente a las autoridades, frente a los revolucionarios nacionalistas, frente a todos. No obstante, él la encontró; la encontró recurriendo a la dignidad humana que Dios ha puesto en el corazón de toda persona como imagen suya. Los espías, con su trampa, van a caer en su propia ignominia, porque llevan en sus manos el “denario” con la figura del César pero Jesús no lleva nada, no está atado a nada. Solamente tiene su palabra y la fuerza de la sabiduría del reinado de Dios.

Llegamos al corazón del Evangelio. Jesús pide una moneda y pregunta: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le responden: «Del César». Entonces dice: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Los que acuñan moneda tienen poder y por el dinero dominan a los hombres.

Nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, nuestro corazón lleva la imagen de Dios. El tributo de hacienda es socialmente necesario; el corazón, no obstante, lleva la imagen de Dios donde el hombre recobra toda su dignidad y es liberado de toda opresión

Darle al César lo que es del César significa cumplir nuestras responsabilidades como ciudadanos: respetar las leyes justas, trabajar honestamente, cuidar el bien común, participar responsablemente en la sociedad y exigir que quienes gobiernan lo hagan con justicia y honestidad. Pero darle a Dios lo que es de Dios significa entregarle nuestra vida, nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestros proyectos.

Podemos usar los bienes de este mundo con eficacia, pero lo que no podemos hacer es vender nuestra vida al mejor postor. Al "césar" de turno podemos darle el dinero, o los impuestos, pero nuestra libertad nadie nos la podrá arrebatar.

Queridos hermanos, los invito a reflexionar la siguiente pregunta durante toda la semana: si nuestra vida lleva la imagen de Dios, ¿se nota esa imagen en nuestra manera de vivir? No basta con llevar una cruz al cuello si no estamos dispuestos a cargar con las cruces de nuestros hermanos. No basta con pronunciar el nombre de Dios si después vivimos como si Él no tuviera nada que ver con nuestras decisiones y acciones.



Podes seguir este blog a través de facebook:   AÑO DE LA FE.   (Grupo)   Vivamos juntos la Fe   (FanPage),   Instagram   en X:   @VivamoslaFe y en nuestro canal de   Telegram  

domingo, 11 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera, OP



Lecturas del día: Libro de Isaías 25,6-10a. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6. Carta de San Pablo a los Filipenses 4,12-14.19-20.

Evangelio según San Mateo 22,1-14.

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: 'Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas'.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;
y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Luego dijo a sus servidores: 'El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren'.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
'Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?'. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: 'Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes'.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren

¿Cómo te preparas para acudir a una invitación o un llamado? ¿Basta el simple hecho de estar presente físicamente o es necesario otro tipo de preparación o disposición material?

En el Evangelio de este día, Jesús acaba de entrar en Jerusalén y le ha presentado a los sumos sacerdotes y a los acianos estas imágenes sobre lo errado de su actitud; con la parábola de este domingo, termina una especie de trilogía que ha transcurrido desde la parábola de los dos hijos y la de los viñadores homicidas, presentando ahora la parábola del banquete de bodas. Ya no se trata solamente de la obediencia ni de la maldad de quienes son capaces de no escuchar y matar a su hijo. Para los Padres de la Iglesia, es decisivo que este rey, que invita al banquete y es ignorado, llegue incluso a destruir la ciudad, siendo esto un símbolo de la destrucción de Jerusalén, la ciudad de aquellos que no han querido escuchar a Dios.

En este domingo nos vemos interpelados nuevamente por la llamada de Dios, a la cual somos invitados, y podemos plantearnos otra vez esta pregunta: ¿le hacemos caso o lo ignoramos?

¿Por qué podríamos ignorarlo? Porque queremos seguir con nuestras vidas, porque queremos continuar con aquellas cosas cotidianas que nos ofrecen una falsa alegría o una alegría limitada. Quienes escuchan el llamado y responden serán capaces de entrar a ese banquete, una magnífica convivencia descrita por Isaías, donde se gozará de todo aquello que tanto anhelábamos. Es el Padre y el viñador de las semanas pasadas, el pastor que nos recuerda el salmo y el rey que, como dice el Evangelio, prepara ese banquete; pero, al ser rechazado por sus principales invitados, extiende la invitación a todos. Ya no hay límites: no importa la situación ni la condición, todos están llamados a formar parte de este banquete.

Si esa es la actitud de Dios, aquella queja que aún hoy se repite sigue siendo válida: si Dios está dispuesto a llamarlos a todos, ¿quiénes somos nosotros para limitar esa invitación o para condicionarla por nosotros mismos? La Iglesia es la comunidad de aquellos que van al banquete, donde varios tienen el papel de ser servidores. Su trabajo es invitar, llamar en nombre del rey para que, como decía en aquella frase célebre el papa Francisco, haya un lugar para “todos, todos, todos”.

La inclusión debería ser una realidad en la Iglesia, pero no en el sentido en que la ha entendido el mundo contemporáneo. Para no caer en ese relativismo moderno, es necesario comprender la segunda parte de esta misma parábola: Dios llama e invita a todos de forma incondicionada, pero no para que sigamos siendo los mismos, sino para revestirnos de un traje de gala, de otro modo de vida. Ese vestido nupcial, según san Agustín, es la caridad: el amor a Dios, que busca cumplir su voluntad, y el amor al prójimo. En Apocalipsis 19, 8 se hace referencia a la corte de los santos, cuyo vestido fino son las acciones justas.

El Reino de Dios es inclusivo en su llamado (llama a buenos y malos), pero implacable en su juicio, ya que requiere una conducta moral renovada para poder permanecer en él. El juicio a este hombre del final del Evangelio podría parecer injustificado: ¿cómo se le puede exigir un traje de gala si fue llamado de improviso en el camino? Sin embargo, los estudios sobre la cultura antigua nos arrojan una luz que también ilumina este aspecto, pues parece que los anfitriones solían proporcionar túnicas limpias y festivas a sus asistentes. Por lo tanto, el pecado de este hombre no es la pobreza de su traje, sino la arrogancia de rechazar aquella túnica que el rey le ofrecía, prefiriendo quedarse con su propia ropa, que no era digna.

Reconozcamos cómo Dios nos ofrece muchas veces su gracia. Participamos en la misa y en las devociones, pero limitamos la eficacia de todos estos medios de santificación, no porque Dios no sea efectivo, sino porque nosotros preferimos nuevamente nuestras propias obras y nos cerramos a recibir esa gracia por completo.

Ese es el compromiso de los discípulos misioneros que han escuchado el llamado del rey: quieren estar en el banquete, pero también se convierten en los servidores que invitan a otros a formar parte de este mismo banquete, he allí un aspecto de este Domingo Mundial de las Misiones. Es en esta doble lógica en la que podríamos entender también las palabras de san Pablo, quien pone en Cristo su riqueza y es capaz de dejar atrás todas sus ocupaciones en el mundo, sus campos o sus negocios, que no son cosas malas en sí mismas, pero que no se comparan con la inmensa dicha que supone formar parte del Reino de Dios. Nuestra oración especialmente por aquellos hombres y mujeres que, abandonando sus seguridades, inclusive su país, están dispuestos a ponerse en los caminos de otras partes del mundo para seguir anunciando la alegría del Evangelio e invitar a todos a este banquete.

Pidamos al Señor que nos conceda esa doble dicha: hacernos sus servidores y vestirnos con el traje de fiesta; que nos disponga a escuchar su llamado y a responderle allí donde nos necesite, y que también nos abramos a recibir por completo aquello que nos quiere ofrecer.

San Francisco Javier y Santa Teresita del Niño Jesús, patronos de las misiones de la Iglesia, rueguen por nosotros.

Bendiciones.

 Podes seguir este blog a través de facebook:   AÑO DE LA FE.   (Grupo)   Vivamos juntos la Fe   (FanPage),   Instagram   en X:   @VivamoslaFe y en nuestro canal de   Telegram  

domingo, 4 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Isaías 5,1-7. Salmo 80(79),9.12.13-14.15-16.19-20. Carta de San Pablo a los Filipenses 4,6-9.

Evangelio según San Mateo 21,33-43.

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos.
Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon.
El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.
Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo".
Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia".
Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?».
Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.»
Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

Homilía por el Rev. P. Jose Torres, LC

 Dios no te pide lo que no te dio: te pide fruto

Imagina que cuidas algo con toda el alma: un proyecto, una amistad, a tus hijos, una planta que rescataste cuando ya parecía muerta. Le dedicas tiempo, dinero, desvelos. Llega el momento de ver resultados y lo que sale es amargo, duro, incomible. Uvas verdes, de esas que ni para vino sirven.

Eso es exactamente lo que escuchamos hoy. Isaías no empieza con un regaño, empieza con una canción: "Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña". Es la queja de un enamorado, y al final suelta una pregunta que parte el corazón: "¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?"

Quiero que te quedes con eso, porque muchos crecimos con otra idea de Dios: un auditor que llega con la libreta a ver cuánto rendimos. Pero fíjate en el orden… Primero Dios quita las piedras, planta las mejores cepas, construye la torre, cava el lagar. Primero da todo!!!. Después espera. Dios nunca te pide fruto sin antes haberte regalado todo lo necesario para darlo. No te está poniendo un examen sorpresa. Es la invitación de alguien que ya puso todo de su parte y que, increíblemente, sigue esperando algo de ti.

El problema no era la viña: eran los inquilinos

En el evangelio, Jesús cambia el ángulo. Ahora el problema son los labradores, que son arrendatarios, no dueños. Y su pecado no empieza cuando matan al hijo. Empieza mucho antes, cuando se les olvida que la viña no es suya.

Es lo más actual que tiene este evangelio. Vivimos como inquilinos que se sienten dueños: mi tiempo, mi cuerpo, mi carrera, mi familia, mi vida. Y todo lo tuyo es prestado. Hasta eso que te cuesta tanto y llamas "mi logro" tiene detrás a alguien que te enseñó, te abrió una puerta o creyó en ti antes de que tú lo hicieras. Nadie se hace solo, aunque el Instagram diga lo contrario… Mientras lo recuerdas, vives agradecido. Cuando lo olvidas, vives a la defensiva.

Fíjate en lo que pasa después. Llega el dueño a pedir cuentas y los labradores golpean a sus mensajeros. Cuando uno se cree dueño de todo, le estorba cualquier voz que le recuerde que hay Otro. Y esos mensajeros siguen llegando hoy: el amigo que te dice la verdad aunque duela, esa incomodidad interior que no te deja dormir tranquilo, el pobre que se cruza en tu camino, la persona que necesita que la perdones. Qué fácil es "apalearlos" sin tocarlos: con indiferencia, con un "no tengo tiempo", con dejarlos en visto.

Y luego viene lo más absurdo de la parábola. Ven al hijo y dicen: "Este es el heredero, matémoslo y nos quedamos con su herencia". Piénsalo: ellos eran trabajadores de la viña, y el hijo les estaba ofreciendo compartirla. Pero para ellos, lo que se recibe como regalo no cuenta; solo vale lo que se agarra con las manos. Esa es la raíz de todo pecado, y viene desde el principio, desde Adán y Eva estirando la mano hacia el fruto: querer tomar por la fuerza lo que Dios nos quiere dar gratis. Y lo triste es que ese camino nunca nos llena. Lo que se arrebata deja un hueco; lo que se recibe, aunque llegue con las manos vacías, se queda y nos llena.

El que lo entendió: Francisco

Hoy, 4 de octubre, la Iglesia recuerda a san Francisco de Asís, y creo que es justo el santo que entendió esta parábola.

Francisco era hijo de un comerciante rico, con la vida resuelta: ropa fina, fiestas, futuro asegurado. Y un día, frente a todo el pueblo de Asís, se quitó hasta la ropa y se la devolvió a su papá. Se quedó sin nada. No fue un berrinche ni una rebeldía, fue una declaración: lo que tenía lo había recibido, y quedarse con ello como si fuera suyo era justo lo que lo alejaba de Dios.

Esa idea lo acompañó toda la vida. En sus escritos insiste en que el pecado empieza cuando uno se "apropia" de lo que es de Dios, sea el talento, el éxito o el bien que hace, y que lo sano es devolvérselo a Él. Y lo curioso es lo que pasó después: el que se quedó sin nada empezó a llamar hermanos al sol, a la luna, al fuego y hasta a la muerte. Cuando uno suelta la viña, descubre que el mundo entero es regalo. Em cambio los labradores del evangelio agarraron todo y se quedaron solos; Francisco soltó todo y se llenó de hermanos.

La piedra que dejaste en visto

Jesús termina con una imagen: "La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular".

Todos tenemos una piedra desechada. Algo que sacamos de la construcción de nuestra vida porque "no encaja", "no tengo tiempo", "no es productivo": el silencio, la oración, la confesión que llevas años posponiendo, esa persona con la que no te hablas, el que sufre y nos incomoda. Y resulta que esa piedra, la que descartamos, es justo la que sostiene todo lo demás.

Jesús mismo es esa piedra. Dios nos mandó el mensaje más importante de la historia, enviado en persona, y lo hemos dejado en visto más veces de las que quisiéramos admitir. Sin embargo, no se cansa de escribir. Eso es lo que hace tan escandaloso el Evangelio: lo que nosotros rechazamos, Dios lo convierte en fundamento. Incluso nuestro rechazo, cuando se lo entregamos, puede volverse cimiento.

Fruto no es lo mismo que rendimiento

Aquí entra san Pablo, con una frase que parece escrita para nuestra generación ansiosa: "Nada os preocupe". Ojo: no dice que no haya problemas, dice que no nos consuman. Porque cuando oímos "dar fruto", nuestro cerebro de la era del rendimiento lo traduce en más metas, más cosas por tachar, más cansancio con cara de piedad.

Pero una vid no hace esfuerzos heroicos para producir uvas. Permanece, recibe, y el fruto llega. El fruto que Dios espera es lo que Pablo enumera: lo verdadero, lo justo, lo puro, lo amable. Es una vida que huele bien, que deja a los demás un poco mejor de como los encontró. Un fruto que nace de la paz, no de la angustia.

Y el fruto se da en lo ordinario

Estamos en Tiempo Ordinario, ese tiempo sin grandes fiestas ni grandes ayunos, donde el calendario litúrgico se pinta de verde. Y no es casualidad que el verde sea el color de lo que crece. Muchos pensamos que Dios nos espera en los momentos extraordinarios: un retiro, una crisis, una conversión de película. Pero la viña no madura en un día especial. Madura en lunes de oficina, en las clases de la universidad, en el tráfico, en la cena con la familia, en la conversación que no tenías ganas de tener. Tu santidad se está cocinando en lo ordinario, y es ahí donde Dios viene a buscar fruto.

Para esta semana

Te dejo tres preguntas, no para sentirte culpable sino para dejar que Dios te hable:

  1. ¿Dónde me he portado como dueño y no como inquilino agradecido? Escoge una cosa (tu tiempo, tu dinero, tu agenda) y ofrécesela de nuevo a Dios.
  2. ¿Cuál es la piedra que he desechado? Una oración, una conversación, un perdón. Recógela esta semana.
  3. ¿Qué fruto concreto puedo dar hoy? Uno solo, pequeño y real: un mensaje, una visita, una deuda de cariño saldada.

Dios no se cansa de cuidar la viña. Sigue podando, sigue esperando, sigue enviando. Y todavía hay tiempo de la cosecha.

Que esta semana, en medio de lo ordinario de tu vida, Dios encuentre en ti uvas dulces, de esas que dan ganas de compartir.

Amén

Podes seguir este blog a través de facebook:   AÑO DE LA FE.   (Grupo)   Vivamos juntos la Fe   (FanPage),   Instagram   en X:   @VivamoslaFe y en nuestro canal de   Telegram