Lecturas del día Libro de Isaías 50,4-7. Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24. Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.
Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66.
Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los
sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle
treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús:
"¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".
El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El
Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis
discípulos'". Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me
entregará". Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré
yo, Señor?".
El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me
va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien
el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!". Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?".
"Tú lo has dicho", le respondió Jesús. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio
a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos
de ella,
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos
para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día
en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre". Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar
a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las
ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea". Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu
causa, yo no me escandalizaré jamás". Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el
gallo, me habrás negado tres veces". Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y
todos los discípulos dijeron lo mismo. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les
dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar". Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse
y a angustiarse. Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí,
velando conmigo". Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre
mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi
voluntad, sino la tuya". Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a
Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni
siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está
dispuesto, pero la carne es débil". Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este
cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad". Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de
sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas
palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y
descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en
manos de los pecadores.¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar". Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado
de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los
ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar.
Deténganlo". Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo
besó. Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron
sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo
Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro
muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi
disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe
suceder así?". Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que
salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en
el Templo, y ustedes no me detuvieron". Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas.
Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote
Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó
con los servidores, para ver cómo terminaba todo. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra
Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos
falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y
reconstruirlo en tres días'". El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada?
¿Qué es lo que estos declaran contra ti?". Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios
vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en
adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y
venir sobre las nubes del cielo". Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado,
¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte". Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te
golpeó". Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se
acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo". Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres
decir". Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban
allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno". Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre". Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron:
"Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te
traiciona". Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En
seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: "Antes que cante el
gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró amargamente. Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron
sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo
entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a
los ancianos, diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos
respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo". Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No está permitido
ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre". Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado "del
alfarero", para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de sangre". Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las
treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron
precio los israelitas. Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo
había ordenado. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: "¿Tú eres el rey
de los judíos?". El respondió: "Tú lo dices". Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra ti?". Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al
gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a
elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién quieren que ponga
en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?". El sabía bien que lo habían entregado por envidia.
Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: "No te
mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que
me hizo sufrir mucho".
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud
que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: "¿A cuál de los
dos quieren que ponga en libertad?". Ellos respondieron: "A
Barrabás". Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?". Todos
respondieron: "¡Que sea crucificado!". Él insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más
fuerte: "¡Que sea crucificado!". Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo
traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy
inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes". Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre
nuestros hijos". Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo
hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la
guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron
una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban,
diciendo: "Salud, rey de los judíos". Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo
sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron
a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del
Cráneo", le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las
repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena:
"Este es Jesús, el rey de los judíos". Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el
otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar,
¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los
ancianos, se burlaban, diciendo: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que
baje ahora de la cruz y creeremos en él.
Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo
soy Hijo de Dios".
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la
región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá
sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?". Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando
a Elías". En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y,
poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo".
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra
tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto
resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad
santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo
lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era
el Hijo de Dios!". Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían
seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y
la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se
había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo
entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después
hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos
sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor,
cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'.
Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus
discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha resucitado!'. Este
último engaño sería peor que el primero". Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la
vigilancia como lo crean conveniente". Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y
dejando allí la guardia.
Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.
Domingo de ramos: un Rey que desconcierta.
El domingo de Ramos abre la
Semana Santa, en cuyo interior se encuentra el Triduo Pascual, el corazón del
año cristiano. En estos días contemplamos los acontecimientos en los que se
juega todo: la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que nos muestra el
sentido de la vida, el misterio del dolor y la esperanza de la salvación. Dios
responde así a los anhelos más profundos del ser humano —felicidad, plenitud,
amor— pero lo hace de un modo inesperado, incluso desconcertante, que muchas
veces no coincide con nuestras expectativas.
El Evangelio nos presenta a Jesús
entrando en Jerusalén. Es un momento de alegría: el pueblo lo aclama, lo
reconoce como el Mesías, extiende mantos y agita ramos a su paso. Sin embargo,
hay un detalle que lo cambia todo: Jesús no entra como un rey poderoso (algo
habitual en los reyes y conquistadores de antaño), sino montado en un asno. No
hay ejército, no hay fuerza, no hay imposición. Su modo de presentarse revela
qué tipo de Rey es: un Rey humilde, que viene a servir y no a dominar.
Pero ese entusiasmo inicial dura
poco. La misma ciudad que lo recibe con alegría pronto lo rechazará. La
ausencia de los poderosos en su entrada no era casual: anticipa el rechazo de
quienes no aceptan un reino basado en la humildad y la misericordia. Así se
cumple la figura del “varón de dolores” del profeta Isaías: un Mesías que no se
impone, sino que es despreciado y entregado, que soporta y sobrelleva el
rechazo por amor.
Aquí aparece el núcleo del
misterio cristiano. Jesús no salva desde el poder, sino desde el amor llevado
hasta el extremo. Se abaja, se hace uno de nosotros, y acepta incluso la muerte
cruenta y deshonrosa de la cruz. No es derrota: es el camino elegido por Dios
para alcanzarnos a todos. Porque al ponerse en el lugar del más débil, del que
sufre, del que es rechazado, Jesús se vuelve cercano a cada persona. Nadie
queda fuera de su amor.
Este modo de actuar de Dios pone
en crisis nuestra manera de pensar. También nosotros podemos aplaudir a Jesús…
pero rechazar su estilo de vida. Nos atrae un Dios fuerte, que resuelva rápido
los problemas, pero nos cuesta aceptar un Dios humilde, que pide conversión del
corazón, paciencia, entrega y misericordia.
Por eso la Semana Santa es una
invitación concreta: revisar qué tipo de Rey queremos seguir. ¿El de nuestros
esquemas, o el que se nos revela en el Evangelio? El camino de Cristo —el de la
cruz— no es fácil, pero es el único que conduce a la vida verdadera.
Hoy se nos abre una oportunidad.
Dios no deja de pasar por nuestra vida. Podemos quedarnos en un entusiasmo
superficial, o podemos dar un paso más: dejarnos transformar por su modo de
amar. Hoy es el día para hacer nuestra entrada junto al Señor en el camino de
la vida plena.


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