Lecturas del día: Libro de Génesis 12,1-4a. Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22. Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,8b-10.
Evangelio según
San Mateo 17,1-9.
Jesús tomó a Pedro, a Santiago
y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y
sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré
aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se
oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en
quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan
miedo".
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta
visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".
Homilía por Diac.
Jose Torres, LC
"¡Qué bien se está aquí!"
¿Alguna vez has vivido un momento que quisieras
congelar para siempre?
Esos momentos existen. Una tarde con alguien que
quieres mucho. Una conversación que empieza tarde y termina con el sol
saliendo. Un silencio que, por alguna razón, se siente lleno. Algo por dentro
que dice: aquí. Aquí me quiero quedar.
Pedro vivió algo así en el monte Tabor. Pero
multiplicado por mil.
Primero hay que subir
Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva
aparte. A un monte alto, dice el evangelio. Solo eso ya dice algo importante:
los momentos profundos con Dios no suelen llegar solos mientras uno mira el
celular en el sofá. Requieren subir. Y subir cansa. Requieren decidir que hay
algo que vale más que quedarse cómodo donde estás.
La Cuaresma es exactamente esa invitación: sube un
momento. Apártate del ruido. Hay algo que quiero mostrarte.
Y entonces ocurre la Transfiguración.
El rostro de Jesús resplandece como el sol. Sus
vestidos se vuelven blancos como la luz. Aparecen Moisés y Elías. Una nube los
envuelve. Y una voz, que viene de más adentro que cualquier sonido humano,
dice:
"Este es mi Hijo, el amado, en quien me
complazco. Escuchadlo."
Las palabras más honestas del evangelio
En ese momento, Pedro abre la boca y dice algo que nos
puede parecer un poco fuera de lugar: "Señor, ¡qué bueno es que estemos
aquí! Si quieres, haré tres tiendas..."
El propio evangelista nos aclara con cierta ternura
que Pedro no sabía muy bien lo que decía.
Pero hay en esas palabras una verdad enorme, casi sin
querer.
"¡Qué bien se está aquí!"
No es teología elaborada. No es un discurso preparado.
Es el grito del corazón de alguien que acaba de tocar algo verdadero y no sabe
cómo manejarlo. Es el lenguaje del alma cuando se queda sin palabras.
Y aquí está, creo yo, el corazón de este domingo: Dios
no es solo el que nos pide cosas. Es el que nos deslumbra.
La fe cristiana no es una lista de obligaciones ni un
código de conducta con premio al final. Es, antes que nada, un encuentro. Con
alguien tan bueno, tan bello, tan real, que cuando lo tocas de verdad, lo único
que puedes hacer es lo que hizo Pedro: quedarte sin argumentos y decir, "Señor,
qué bien se está aquí."
¿Tú lo has sentido alguna vez?
Quizás en una adoración eucarística que te dejó en
silencio. En una misa que, sin saber por qué, te movió por dentro. En un
momento de oración en el que algo se aclaró de golpe. En el servicio a alguien
que sufre, cuando sentiste que estabas en el lugar exacto donde debías estar.
Esa sensación tiene nombre. Es la presencia del Señor.
Y es el tesoro más grande que existe.
Pero no nos podemos quedar en el monte
Jesús no les deja quedarse. Les dice que bajen. Que
todavía no es el momento de contarlo.
Porque la experiencia del Tabor no es el destino: es
el combustible para el camino.
Y aquí llega la pregunta que más nos interpela hoy, a
cada uno de nosotros.
¿Cómo vivimos entre semana lo que decimos creer los
domingos?
Abrahán, en la primera lectura, recibe una llamada de
Dios y hace algo que parece sencillo pero no lo es para nada: "Marchó,
como le había dicho el Señor." Sin más. Sin negociaciones largas. Sin
"voy a pensarlo". Escuchó y caminó. Su fe no quedó guardada en sus
convicciones íntimas. Se encarnó en decisiones reales, en renuncias concretas,
en movimiento.
Pablo le escribe a Timoteo y le dice algo que puede
sonar duro, pero que es profundamente liberador: "Toma parte en los
padecimientos por el Evangelio." No te conformes con una fe cómoda,
que no te cuesta nada y, por lo tanto, no te transforma en nada.
Porque hay un riesgo real, y lo digo sin ánimo de
juzgar a nadie, porque yo también lo siento: el de tener una fe de escaparate.
Creer en Dios el domingo y vivir el resto de la semana con la misma lógica que
cualquiera que no cree en nada. Pedir misericordia y no darla. Pedir perdón y
no perdonar. Hablar de amor y tratar mal a los que tenemos cerca. Subir al
monte… y bajar siendo exactamente los mismos de siempre.
La Transfiguración de Jesús es preciosa. Pero la gran
pregunta que nos deja este evangelio es:
¿Y tú, te estás transfigurando?
No de golpe ni de forma dramática. Sino de a poco, en
lo pequeño, con constancia: en la manera en que hablas de los demás, en cómo
manejas tu tiempo y tu dinero, en si tu vida refleja lo que dices creer, en si
el que te conoce de verdad puede ver en ti algo diferente, algo que apunta
hacia arriba.
Para terminar
Esta Cuaresma es una oportunidad real. No para
machacarnos con la culpa, sino para subir al monte. Para dejar que Jesús nos
muestre quién es de verdad. Para volver a escuchar esa voz que dice: "Este
es mi Hijo amado. Escuchadlo."
Y después de ese encuentro, bajar. Pero bajar
distintos. Con la vida un poco más coherente. Con la capacidad de decir, en lo
ordinario y en lo difícil, lo que Pedro dijo sin pensarlo:
"Señor, ¡qué bien se está aquí!"
No solo en el éxtasis del Tabor. Sino en el trabajo de
cada día. En la familia. En el servicio. En la fidelidad silenciosa a lo que
creemos.
Porque el Señor no nos llama a ser perfectos de una
vez. Nos llama a caminar con Él. Y en ese camino prometió algo que Abrahán
comprobó, que Pedro comprobó, y que tú y yo podemos comprobar también: que, en
Él, la vida se llena de sentido, de belleza y de bien.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como
lo esperamos de ti.
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