Lecturas del día: Libro de Génesis 2,7-9.3,1-7. Salmo 51(50),3-4.5-6a.12-13.14.17. Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-19.
Evangelio según San
Mateo 4,1-11.
Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser
tentado por el demonio.
Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.
Y el tentador, acercándose, le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, manda que
estas piedras se conviertan en panes".
Jesús le respondió: "Está escrito: El hombre no vive solamente de pan,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta
del Templo,
diciéndole: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito:
Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu
pie no tropiece con ninguna piedra".
Jesús le respondió: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu
Dios".
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos
los reinos del mundo con todo su esplendor,
y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme".
Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al
Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.
Homilía por Fray Emiliano
Vanoli OP
La fuerza humilde de Dios.
Estamos comenzando el tiempo
santo de la Cuaresma. La Iglesia nos regala estos cuarenta días como un camino
de conversión, de regreso al corazón de Dios. No es un tiempo triste, sino un
tiempo serio y lleno de esperanza. Se nos proponen las obras propias de este
tiempo: la oración más intensa, el ayuno que nos libera y la limosna que
ensancha el corazón. Son medios concretos para ordenar nuestra vida, para
volver a lo esencial, para dejar que Dios ocupe el centro y no nuestras
preocupaciones, nuestros caprichos o nuestro orgullo.
En la segunda lectura, san Pablo
nos presenta una comparación fuerte y luminosa: Cristo es el nuevo Adán. Por un
solo hombre, el pecado entró en el mundo, y con el pecado la muerte; y así
todos quedamos alcanzados por esa herida original. Hay una solidaridad en el
mal: todos heredamos esa condición frágil y caída. Pero esa misma lógica de
solidaridad, que parecía jugar en contra nuestra, ahora juega a nuestro favor.
Si por la desobediencia de uno muchos fueron constituidos pecadores, por la
obediencia de uno solo —Cristo— muchos serán constituidos justos.
Es impresionante pensar esto: así
como sin haber hecho nada heredamos una naturaleza herida, también sin haberlo
merecido recibimos la posibilidad de la vida eterna. Cristo, el nuevo Adán,
asume nuestra condición y, desde dentro, la redime. Donde abundó el pecado,
sobreabundó la gracia. La Cuaresma nos invita a tomar conciencia de esta
verdad: no estamos condenados a repetir la historia del primer Adán; estamos
llamados a dejarnos incorporar a la vida nueva del segundo Adán, a vivir según
Cristo.
Y precisamente el Evangelio de
este domingo nos muestra el comienzo concreto de esa obra de salvación. Jesús
va al desierto y allí es tentado por el demonio. Se le propone un mesianismo
espectacular: convertir piedras en pan para imponerse por lo extraordinario,
arrojarse desde el templo para deslumbrar, recibir poder y gloria a cambio de
una adoración falsa. En el fondo, se le ofrece ser un Mesías a la medida de las
expectativas humanas: éxito, poder, dominio. Pero Jesús rechaza ese camino. No
viene a salvarnos con un despliegue de fuerza, sino con la obediencia humilde
al plan del Padre.
También nosotros somos tentados a
buscar soluciones fáciles, caminos rápidos, reconocimientos inmediatos. Podemos
llegar a querer un cristianismo sin cruz, una fe sin combate, una salvación sin
conversión. La Cuaresma nos devuelve al desierto, al lugar de la verdad. Allí
se decide quién es nuestro Dios y qué lugar ocupa en nuestra vida. Si
permanecemos unidos a Cristo, el nuevo Adán, podremos vencer las tentaciones
cotidianas —pequeñas o grandes— no con nuestras solas fuerzas, sino con la
gracia que Él nos ha ganado.
Pidámosle al Señor, en este
comienzo de la Cuaresma, que nos conceda la humildad de reconocer nuestra
fragilidad, y la confianza de apoyarnos en su victoria. Que la oración, el
ayuno y la caridad nos unan más a Cristo, para que en Él pasemos del desierto a
la vida nueva que no tiene fin.
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