domingo, 12 de julio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué (Jordán) González Rivera, OP



Lecturas del día: Libro de Isaías 55,10-11. Salmo 65(64),10abcd.10e-11.12-13.14. Carta de San Pablo a los Romanos 8,18-23.

Evangelio según San Mateo 13,1-23.

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".
Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?".
El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán,
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron."
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría,
pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".

 Homilía por Fr. Josué (Jordán) González Rivera, OP

La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo; el que lo encuentra permanece para siempre.

Hermanas y hermanos: Nos encontramos con un Evangelio donde Jesús asume el rol de Maestro para enseñar la actitud de aquellos que escuchan la Palabra de Dios y que abren sus vidas a la experiencia del Evangelio. 

Es muy importante el tema de las parábolas, porque Jesús no habla de forma directa, con la precisión “científica” e irrefutable de un lenguaje directo, sino que nos da su mensaje por medio del lenguaje simbólico, a partir de la experiencia que seguramente era común en Nazaret, en los pueblos y aldeas de la periferia de Judea. Sabemos que esa región no se comparaba con los grandes centros urbanos del Imperio romano, ni siquiera con la capital religiosa y política de Jerusalén. A esa gente, a sus vecinos, Él les habla con los símbolos de lo cotidiano, de lo que tienen día a día para su sustento y su vida. Hoy en día, muchos de nosotros, desde nuestros ambientes urbanos, nos desconectamos justamente de ese entorno natural que nos rodea. Y la salvación, como lo recordará san Pablo, claro que tiene que ver también con aquella creación que sufrió el mal del pecado y que, de una forma misteriosa, el cosmos entero también experimentará la salvación.

Jesús sube a la barca y la multitud permanece en la costa. Los Padres de la Iglesia ya piensan en esa barca como la Iglesia misma, a la cual todos estamos llamados a subir con Jesús. Nos encontramos en las costas, pero somos llamados a subir con Él.

Cuando Jesús habla de la semilla, que es un elemento natural efectivo, que tiene dentro de sí la potencia de germinar y actualizarse para convertirse en aquella planta con sus frutos, nos enseña que, de igual manera, la Palabra de Dios es eficaz. Los frutos que ella da no dependen de la semilla misma, sino de la tierra en la cual se pone. San Agustín dice que la semilla es perfecta siempre, porque es Dios mismo quien la siembra a través de sus ministros y de los medios que nos ha dejado para encontrarnos con Él.

El mensaje, cuando se interpreta para los discípulos, es claro: ¿qué tipo de suelo o terreno somos para esa semilla? ¿Cómo disponemos nuestra vida para que los frutos se den en nuestras vidas?

Pero no nos quedemos solamente con aquello que recibimos como discípulos; también seamos conscientes de que nosotros somos misioneros, como lo subrayaron nuestros obispos latinoamericanos en Aparecida. Imagino que la mayoría de los que leen esta reflexión son cristianos conscientes de su vocación cristiana y con un compromiso en algún apostolado específico. Así que, por supuesto, debemos disponer nuestra vida para recibir la semilla, para escuchar al Maestro desde las costas en las que nos encontramos. Pero, ya que también somos misioneros, nosotros también nos dirigimos hacia la multitud. Nosotros también debemos ser sembradores que dan la semilla de la Palabra, aunque no veamos los frutos inmediatamente, aunque no los podamos verificar nuestra eficacia con los criterios de mundo.

La Palabra es perfecta. Nuestro trabajo no es hacer que la semilla germine; eso lo hará cada quien desde su propia relación con Dios. Pero sí nos toca ser sembradores en nombre del Sembrador que es Cristo, y así ser promotores de la Buena Noticia, dispersándola en nuestros trabajos, con nuestras familias, con nuestros conocidos y aún también con los desconocidos. Desde nuestra barca, la Iglesia, acompañados de Jesús, seamos los discípulos-misioneros que este mundo necesita.

Que Dios nos conceda ser tierra fértil y ser colaboradores generosos del Sembrador, para ir construyendo la Iglesia, ir subiendo a más gente a esta barca donde Él nos anima, para dar frutos de justicia, amor y paz, sin dejarnos ahogar por las espinas y las seducciones que nos alejan de Él. 

Bendiciones.

 

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sábado, 4 de julio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC



Lecturas del día: Libro de Zacarías 9,9-10. Salmo 145(144),1-2.8-9.10-11.13cd-14. Carta de San Pablo a los Romanos 8,9.11-13.

Evangelio según San Mateo 11,25-30.

Jesús dijo:
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios ya los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, así porque lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana."
 

Homilía por el Rev. P. José Torres, LC

El Rey que no grita y el Dios que no cansa 

Vivimos en la época del rendimiento.

Todo se mide por resultados: cuánto produce, cuánto avanza, cuánto demuestras. Incluso el descanso se ha convertido en una estrategia para poder volver a producir más. Y sin darnos cuenta, terminamos trasladando esa misma lógica a Dios. Pensamos que está contento con nosotros cuando hacemos mucho, cuando no fallamos, cuando todo sale bien. Y cuando nos equivocamos, sentimos que hemos bajado puestos en un ranking espiritual que nadie declaró oficial pero que todos parecemos seguir y el Evangelio de este domingo rompe ese esquema de raíz.

Un Rey que no necesita impresionar

La profecía de Zacarías es potente y si la lees despacio, casi desconcertante:

"Mira que viene tu rey… pobre y montado en un borrico."

Ahora bien, seamos honestos: eso no suena muy épico.

Si hoy una gran empresa presentara a su nuevo director ejecutivo, llegaría rodeado de cámaras, vehículos de lujo y un despliegue de marketing cuidadosamente diseñado. Pero el rey que anuncia Zacarías hace exactamente lo contrario. Llega sobre un animal prestado, sin espectáculo, sin necesidad de impresionar.

Porque el verdadero poder no necesita demostrar que es poderoso. Solo el que es inseguro necesita exhibirse constantemente.

Y Jesús entra humilde porque sabe perfectamente quién es, no necesita el aplauso para existir.

Entonces aparece una pregunta que incomoda un poco ¿cuántas veces vivimos nosotros intentando impresionar? Publicamos lo mejor de nuestra vida, escondemos nuestras fragilidades, buscamos reconocimiento, nos preocupamos demasiado la opinión de los demás. Terminamos agotados sosteniendo una versión de nosotros mismos que ni siquiera existe del todo.

Dios no ama al personaje que hemos construido para sobrevivir. Ama a la persona real. Incluso esa que nosotros mismos intentamos esconder.

Lo que el mundo necesita ver

El salmo nos recuerda algo que necesitamos escuchar en un mundo que cancela rápido y mide el valor por el rendimiento: "El Señor es lento a la cólera y rico en piedad. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan".

No estás solo intentando llegar a Él. Él ya viene hacia ti. Montado en lo sencillo, esperándote en lo cotidiano, sin forzar ninguna puerta.

Quizás el mundo necesita menos cristianos obsesionados por demostrar que pueden con todo, y más cristianos que, desde su propia fragilidad, den testimonio de que han encontrado en Jesús el lugar donde descansar. Porque el Reino de Dios no avanza gracias a los más fuertes. Avanza gracias a los que han descubierto que la verdadera fuerza consiste en dejarse sostener.

Y solo quien aprende a descansar en Cristo puede convertirse, después, en descanso para los demás.

Lo que los pequeños saben y los sabios no ven

Jesús comienza su oración con algo que parece provocador:

"Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños".

No está diciendo que la inteligencia sea un problema. Critica algo más sutil: la ilusión de que podemos controlar incluso el misterio de Dios. Hay personas que saben muchísimo sobre Dios. Y hay personas que conocen a Dios. Pero no siempre son las mismas.

La fe comienza cuando dejamos de intentar dominar el misterio y aceptamos que es el misterio el que nos abraza a nosotros. Los pequeños de los que habla Jesús no son los ignorantes. Son los que todavía conservan un corazón disponible para dejarse sorprender. Los que no llegan a Dios con todas las respuestas ya preparadas, sino con las manos abiertas.

El cambio más profundo de tu vida probablemente no va a empezar con un gran golpe de suerte ni con un reconocimiento público. Va a comenzar con algo que desde fuera parecerá insignificante: una decisión interior tomada en silencio, un gesto fiel que nadie vio, un volver a empezar sin fanfarria.

Así es como Dios trabaja. En lo pequeño. En lo sencillo. En lo que el mundo descartaría en dos segundos.

El cansancio que todos conocemos

Y entonces llega la frase que parece escrita para esta generación:

"Venid a mí todos los que estánis cansados ​​y agobiados, y yo os aliviaré."

¿Quién no se siente así hoy?

Es un cansancio más profundo que el físico. Es el cansancio de tener que demostrar constantemente que vales. El agobio de sostener expectativas que nunca terminan, propias y ajenas. El peso de vivir acelerado, pero sin dirección clara. El desgaste de cargar historias que no terminan de sanar. La fatiga de un corazón que sigue, sigue y sigue, pero ya no sabe muy bien hacia dónde.

Lo impresionante es lo que Jesús no dice.

No dice: esfuércense más. No dice: organícense mejor. No dices: haz un curso de productividad espiritual. No dice: vengan cuando hayan solucionado su vida.

Dice: venid a mí.

No es un método. Es una relación. No empieza con tu esfuerzo por alcanzar a Dios. Empieza con Dios saliendo a tu encuentro.

Y Jesús no convoca a los perfectos, convoca a los cansados. Porque el cansancio muchas veces es el lugar donde finalmente dejamos de fingir. Donde la máscara se cae no porque queramos, sino porque ya no tenemos energía para sostenerla. Y justo ahí, en ese momento de vulnerabilidad sin decorar, es donde Dios puede entrar de verdad.

Pero en esta misma invitación hay una paradoja que Jesús no esconde:

"Tomad mi yugo sobre vosotros... y encontraréis descanso."

Un momento… ¿Yugo? ¿El alivio viene con yugo?

Hay yugos que esclavizan: la exigencia de ser perfecto, la necesidad de controlarlo todo, el miedo permanente a no ser suficiente, el vivir pendiente de la mirada de los demás. Esos yugos los conocemos bien. Los cargamos solos y nos van doblando por dentro.

El yugo de Cristo es distinto. En la tradición agraria de la época, el yugo doble unía a dos animales para que tiraran juntos. Jesús no te ofrece una vida sin carga. Te ofrece cargar con Él al lado.

No siempre elimina la cruz. Se pone debajo de ella contigo.

Y entonces la paz no consiste en una vida sin problemas. La paz consiste en saber que nunca caminas solo. Hay mochilas que pesan veinte kilos. Pero cuando alguien las toma contigo entre dos, el peso sigue siendo el mismo y, sin embargo, la experiencia cambia completamente.

Eso hace Cristo.

Y añade algo que lo dice todo sobre su carácter: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". No es debilidad disfrazada de virtud. Es la forma más radical de fortaleza: la que no necesita aplastar a nadie para afirmarse.

El Espíritu que ya habita en ti

San Pablo aporta la clave más profunda de todo esto:

"El Espíritu de Dios habita en vosotros".

No es solo que Dios te ayuda desde fuera cuando se lo pides. Es que Dios vive en ti. Eso significa que no estás condenado a repetir siempre los mismos patrones, no estás obligado a vivir a merced de tus impulsos, no estás definido por tu cansancio ni por tus caídas.

Pero hay que elegir desde dónde vivir. La carne, en el lenguaje de Pablo, no es el cuerpo: es esa manera de vivir encerrado en el propio ego, creyendo que todo depende exclusivamente de ti. Y qué pesada resulta esa vida. Es como intentar remar un barco durante horas creyendo que todo depende de la fuerza de tus brazos, sin desplegar jamás la vela.

El Espíritu Santo es esa vela. No eliminas tu esfuerzo. Pero permite que el viento de Dios haga posible lo que tus fuerzas solas nunca alcanzarían.

Muchos cristianos viven agotados porque intentan llevar solos una vida que solo puede vivirse con el Espíritu. Rezan poco, confiando poco, descansan poco. Y cargan mucho.

Hoy Jesús sigue pasando sin hacer ruido, sin imponerse, sin espectáculo. Sigue prefiriendo conquistar corazones antes que territorios. Y sigue pronunciando la misma invitación, tan sencilla como revolucionaria:

"Ven a mí."  No cuando estés bien. No cuando lo tengas resuelto. No cuando merezcas más. Ahora, como estás.

 

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sábado, 27 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.



Lecturas del día: Segundo Libro de los Reyes 4,8-11.14-16a. Salmo 89(88),2-3.16-17.18-19. Carta de San Pablo a los Romanos 6,3-4.8-11.

Evangelio según San Mateo 10,37-42.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.

Seguir a Cristo y encontrar la vida.

Nuestra cultura suele presentar la vida presente como el bien supremo que debemos conservar a toda costa. La realización personal, la seguridad, el bienestar y el reconocimiento aparecen muchas veces como los criterios decisivos para orientar nuestras elecciones. En este contexto, las palabras de Jesús en el Evangelio de este domingo resultan algo desconcertantes: «El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». ¿Qué significa esto? El Señor nos está invitando a descubrir que existe un bien más grande que la simple conservación de la propia vida: la comunión con Él, que es fuente de vida eterna.

El Evangelio forma parte del discurso misionero de Jesús. Después de haber llamado a los Doce y enviado a anunciar el Reino, el Señor les muestra que seguirlo implica una decisión que alcanza el centro mismo de la existencia. Por eso afirma: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Estas palabras no expresan un desprecio por los vínculos familiares, sino que revelan que ninguna realidad creada puede ocupar el lugar que corresponde a Dios. Sólo cuando Cristo es amado por encima de todo, también los demás amores encuentran su verdadero orden y plenitud.

Esta enseñanza se comprende mejor a la luz de la segunda lectura. San Pablo recuerda a los cristianos de Roma que, por el bautismo, han sido incorporados a la muerte y resurrección de Cristo. No pertenecemos ya únicamente a nosotros mismos. Hemos muerto con Cristo para vivir una vida nueva en Él. Por eso el Evangelio no propone simplemente un esfuerzo moral más intenso, sino una existencia nueva que brota del don recibido en el bautismo. La renuncia cristiana no es una pérdida estéril, sino la consecuencia de haber encontrado un tesoro mayor.

La primera lectura nos ofrece una imagen concreta de esta verdad. La mujer de Sunám acoge al profeta Eliseo en su casa y le abre espacio en su vida. Su generosidad parece una pérdida: tiempo, recursos, preocupaciones. Sin embargo, precisamente a través de esa hospitalidad recibe un don inesperado de Dios. El Evangelio retoma esta misma lógica cuando afirma que quien recibe a un discípulo recibe al mismo Cristo. Allí donde el hombre se abre a Dios y a sus enviados, descubre que nunca queda empobrecido.

En el fondo, la cuestión que plantea este domingo es la misma de siempre: ¿qué significa salvar la propia vida? Espontáneamente pensamos que consiste en conservarla, protegerla y asegurarnos un lugar estable en el mundo. Pero Jesús enseña algo distinto. La vida se pierde cuando se encierra sobre sí misma; se encuentra cuando se entrega. El amor verdadero siempre comporta una cierta pérdida de sí, y precisamente por eso es fecundo. Lo vemos de manera perfecta en Cristo, que entregó su vida por nosotros y la recibió glorificada de manos del Padre.

Pidamos entonces la gracia de renovar la conciencia de nuestro bautismo y de poner a Cristo en el centro de nuestra existencia. Sólo quien está dispuesto a perder algo por Él descubre que, en realidad, no pierde nada. Porque fuera de Cristo todo termina antes o después; en cambio, quien entrega su vida al Señor encuentra la vida que no tiene fin.


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domingo, 21 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera

 


Lecturas del día: Libro de Jeremías 20,10-13. Salmo 69(68),8-10.14.17.33-35. Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-15.

Evangelio según San Mateo 10,26-33.

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.
Ustedes tienen contados todos sus cabellos.
No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.
Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres."

Homilía por el Pbro. Diego Olivera.

Las lecturas de este domingo nos presentan una realidad muy cercana a nuestra vida cotidiana con diversos matices: fragilidad, persecución y miedo ante la confianza en la gracia y fidelidad de Dios

La 1° Lectura forma parte de los textos conocidos como "confesiones de Jeremías"; textos de experiencia en los que se muestra la lucha interna del hombre de Dios, es decir, aquel que está seducido por Él y enviado a proclamar  lo que los demás  quizás no quieren oír, ni aceptar.

El profeta Jeremías abre su corazón sin filtros. No habla como un héroe invencible, sino como un hombre herido. Siente el peso del rechazo, de la soledad, del ser incomprendido. Y, sin embargo, en medio de esa oscuridad, brota una certeza: “El Señor está conmigo”  La confianza en Dios no elimina las dificultades, pero les quita la última palabra y nos ayuda a superar el miedo.

San Pablo, en la carta a los romanos, nos ayuda a entender el trasfondo más profundo: el mal existe, el pecado ha marcado la historia humana, pero la gracia es mucho más fuerte. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. En Jesucristo no solo se repara lo dañado: se abre una vida nueva, más grande, más plena.

Esto nos ayuda a mirar la realidad de una manera diferente. No podemos quedarnos encerrados en el pesimismo ni en el temor, sino que tenemos que dejarnos invadir por  la Esperanza que brota de Jesús resucitado. No porque todo sea fácil, sino porque sabemos que Dios ya ha actuado y sigue actuando.

El pasaje del Evangelio de hoy forma parte del discurso misionero con el que el Maestro prepara a los Apóstoles para la primera experiencia de proclamar el Reino de Dios. Jesús les exhorta con insistencia a “no tener miedo”.

Podríamos decir que Jesús retoma la  experiencia de Jeremías  y la lleva al corazón de la vida cristiana: “No tengan miedo”. Lo repite varias veces, como quien sabe que el miedo puede paralizarnos por dentro. Miedo a lo que dirán, miedo a perder, miedo a sufrir, miedo incluso a ser fieles.

Jesús no promete una vida sin conflictos. Al contrario, habla de persecuciones, de incomprensiones, de momentos donde dar testimonio tendrá un costo. Pero frente a eso, ofrece una mirada nueva: nada escapa a la mirada amorosa del Padre. “Hasta los cabellos de su cabeza están contados”. Es una imagen fuerte: Dios no es indiferente, no está lejos, no mira desde afuera. Conoce, cuida, acompaña.

El verdadero peligro no es el sufrimiento externo, sino perder la confianza, dejar que el miedo nos haga callar, ocultar lo que creemos, renunciar a vivir según el Evangelio. Por eso Jesús invita a hablar “a plena luz”, a no esconder la fe como algo vergonzoso o privado, sino a vivirla con sencillez y coherencia en lo cotidiano.

Hoy el Señor nos invita a dar un paso más: pasar del miedo a la confianza, del encierro al testimonio, de la inseguridad a la certeza de sabernos amados y nos envía a anunciar la Buena Nueva en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana animándonos a no bajar los brazos ante las dificultades con la confianza de que él nos acompaña siempre.

 

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domingo, 14 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP



Lecturas del día Libro del Éxodo 19,2-6. Salmo 100(99),2.3.5. Carta de San Pablo a los Romanos 5,6-11.

Evangelio según San Mateo 9,36-38.10,1-8.

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo;
Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: "No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos.
"Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente."

Homilía por Fray Josué Jordán González Rivera, OP

Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha

En el Tiempo Ordinario estamos siguiendo la lectura del Evangelio de san Mateo, donde Jesús es presentado como el nuevo Moisés. No obstante, está claro que Jesús va a ser más que un simple profeta: es el Hijo de Dios mismo, como confesará aquel centurión romano al final del Evangelio después de atravesar su costado.

Nos encontramos, igual que el domingo anterior, en estos “evangelios del llamado y la misión”, donde Jesús va configurando su grupo de doce elegidos, que son los nuevos patriarcas del nuevo Israel, del nuevo Reinado de Dios. Hoy leemos una misión intermedia. Antes de mandarlos a todo el mundo después de resucitar, Jesús los envía primero a su país, dentro de las fronteras de Judea, para que quienes forman parte de la alianza de Moisés sean los primeros en experimentar la salud que viene de Dios. Así como Yahvé se compadeció de su pueblo sacándolo de Egipto, ahora Jesús se compadece de su pueblo al verle como “ovejas sin pastor”. Él va a ser el nuevo Pastor y, cuando ya no lo veamos físicamente, sus apóstoles ejercerán ese pastoreo, no por sus propias fuerzas, sino por la fuerza que les viene de lo alto, por la fuerza que brota de la nueva alianza realizada por Jesús, como nos lo recordaba san Pablo.

Desde hace algún tiempo me hace ruido esta frase “vocacional” que todos conocemos: “La mies es mucha y los trabajadores pocos”, porque pienso que nadie puede desentenderse de ser trabajador para esta cosecha. Todos los cristianos tienen que ser esos trabajadores. Como lo he dicho en otros espacios, aunque este es un texto que relacionamos con las vocaciones específicas al sacerdocio o a la vida consagrada, también es un llamado a la vocación universal de todos los cristianos. Los padres y madres de familia son los trabajadores que tienen la misión de cosechar frutos con sus hijos y familiares. Aquellos solteros profesionistas tienen la misión de ejercer su trabajo con honradez y esfuerzo. Niños, jóvenes, adultos y mayores: todos los cristianos estamos llamados a ser esos trabajadores en medio de este mundo, donde a veces nuestros prójimos también están como ovejas sin pastor.

Si nos sentimos parte del Reino de Dios, también nosotros somos llamados a compartir la Buena Noticia con todas las encomiendas que hemos leído en el Evangelio: expulsando males, curando enfermedades y actuando por compasión. Después vienen las misiones específicas de aquellos que se vuelven esposos, sacerdotes, consagrados o permanecen solteros, pero hay una vocación fundamental tememos todos. Todos somos llamados a servir y construir este Reino.

Este tema vocacional se conecta con el Evangelio de la semana pasada, donde veíamos una vocación específica: la de Mateo. Escribiendo en esta época del año y desde México, te comparto que la semana pasada, en el catecismo de mi convento, tratando de explicar estos evangelios a los niños, sentimos claramente en el ambiente una analogía que nos ayudó mucho: la convocatoria de un equipo o de una selección. Dios nos convoca y nos llama para ser parte de su equipo, para jugar de su lado. A diferencia de los equipos del mundial, que llaman al más famoso, al más fuerte o al mejor preparado, Dios te llama, así como estás. Ya te irá mejorando en el camino, pero ahora te llama, así como estás. No necesariamente llama a los mejores, pero sí a los que están dispuestos a escucharlo y a formar parte de su equipo.

El mundo de hoy hace oídos sordos y aparta la mirada de aquello que le duele e incómoda, de aquello que no necesariamente es bello o alegre. Se oculta lo débil y se ignora lo honesto. No somos ingenuos. Junto a la fiesta y la alegría de un acontecimiento global, también vemos los dolores y las angustias que provocan las distintas realidades del mundo en cada uno de nuestros países.

Ante eso, Dios nos llama a dar gratis lo que hemos recibido gratis: gratia gratis data. El nos lo da gratis cuando nos acercamos al altar a escuchar su Palabra y comer su Cuerpo. Así, mis espíritus inmundos son expulsados, mis impurezas y enfermedades van siendo sanadas, mi vida es resucitada, y después soy enviado a dar a los demás aquello que he recibido, les conduzco a que también vivan esto.

Pidámosle al Señor que nos haga sentirnos parte de su equipo; que sintamos el llamado a estar en su pueblo y a ser de su rebaño; y que podamos descubrir que Él es bueno, que su misericordia permanece para siempre y que su fidelidad dura por todas las generaciones. Amén.

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