sábado, 8 de junio de 2024

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera OP



Génesis 39-15 / Sal 129, 1-8 / 2° Corintios 4, 13 - 5, 1

Evangelio según San Marcos 3,20-35.

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: "Es un exaltado". Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: "Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios". Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: "¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa. Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre". Jesús dijo esto porque ellos decían: "Está poseído por un espíritu impuro". Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: "Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera". El les respondió: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?". Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre".

Homilía de Fr. Josué González Rivera

EL QUE HAGA LA VOLUNTAD DE DIOS, ESE ES MI HERMANO Y MI HERMANA Y MI MADRE

Retomamos los domingos del Tiempo Ordinario y continuamos con la lectura del Evangelio de San Marcos, correspondiente al ciclo litúrgico B en el cual nos encontramos. Este domingo, la liturgia nos invita a reflexionar sobre dos temas principales: el pecado y la gracia. Estos conceptos pueden considerarse una única temática, pues abarcan nuestra vida entera en relación con Dios. La gracia representa la presencia de Dios y nuestra cercanía con Él, mientras que el pecado simboliza la separación y el rechazo de esa compañía gratuita.

Para profundizar en estas ideas, me gustaría que consideráramos tres personajes en el Evangelio de este domingo: 1) los familiares de Jesús, 2) los escribas judíos y 3) la gente que estaba junto a Jesús. Aunque se trate de grupos compuestos por varias personas, ya que hablan y actúan en conjunto sin que destaque un individuo concreto, podemos considerarlos como un solo personaje en este relato. Entonces, ¿podríamos identificar la relación de estos personajes con Jesús? Para ello, comparto algunas ideas sobre cada uno.

Primero, contemplemos a los familiares de Jesús. Una vez que el Señor ha comenzado su vida pública, predica el Reinado de Dios y realiza signos que confirman esta Buena Noticia. Se da a conocer y atrae a mucha gente. Sus parientes piensan que algo puede estar mal, que "ha perdido la cabeza" porque ha comenzado algo nuevo que llama poderosamente la atención. La familia de Jesús tiene un temor legítimo, ya que es probable que supieran que ese tipo de movimientos eran reprimidos por el Imperio romano o por las autoridades judías. Había que proteger a Jesús. Este temor lo podríamos ver confirmado por la presencia del segundo personaje.

La narración de esta “intervención familiar” tiene en el centro una confrontación con los escribas, representantes de las autoridades judías, quienes lanzan una seria acusación: este Nazareno usa el poder del demonio, de un espíritu impuro. Ante tales palabras, Jesús explica por qué esto es un sinsentido. Además de eso, la primera lectura nos ha recordado el protoevangelio que se puede identificar en el Génesis, es decir, un anticipo claro de la Buena Noticia. En la condena de Dios a la serpiente, reconocemos que Jesús es el hijo de aquella que aplastará la cabeza de quien siembra el pecado. Jesús es aquel más fuerte, capaz de liberar y conseguir el perdón de todo pecado que nos separa de Dios. A diferencia del temor que siente Adán, quien se esconde y después trata de justificar su mal; en Jesús podemos reconocer lo que se repite en el salmo: “En el Señor se encuentra la misericordia” y por ello se dice que “todo será perdonado”.

Descubrimos que Dios quiere perdonar. Él está constantemente ofreciendo su Gracia, nos invita a estar en relación con Él. Podemos fallar, vamos a fallar, pero podemos reconocer nuestros errores y reconciliarnos nuevamente. Solo hay un pecado que no se perdona: blasfemar contra el Espíritu Santo. ¿Cómo se comete ese pecado? Tradicionalmente se ha entendido que este pecado es justamente el rechazo y la negación de una relación con Él. Esta blasfemia es no reconocerlo, manteniéndose en una cerrazón de corazón y de entendimiento que no da lugar a su presencia reconciliadora y gratuita. Si Jesús ha sido concebido por el Espíritu y este también se ha manifestado en su bautismo, rechazar a Jesús es rechazar al Espíritu Santo. Aquí el pecado está en rechazar esa misma gracia que es Dios mismo, su Espíritu en el Hijo, lo cual significa cerrarse a la vida y al amor. Podríamos presuponer que esa era la situación del segundo personaje del evangelio, es decir, de quienes sospechaban de la actividad de Jesús pues no conseguían ver a Dios en Jesús.

Pero nuestra historia no está predeterminada, ni hay un destino fatal ya escrito. Mientras transcurre nuestra vida en este mundo, siempre está abierta la posibilidad de abrir el corazón, arrepentirnos de ese mal y convertirnos a una vida nueva, superando toda condición de pecado para acercarnos a Dios por medio de Jesús y recibir su Espíritu en nosotros.

El tercer personaje del evangelio es la gente que estaba junto a Jesús, los seguidores que mantienen una relación cercana con Él. Podríamos decir, con el esquema simple que he planteado en esta reflexión, que estos son los que están en gracia, los que mantienen una relación cercana con el Señor, llegando a considerarse sus familiares. Es Jesús mismo quien reconoce un vínculo “espiritual” incluso superior al determinado por la “genética”. Así, estar en gracia, según la reflexión que aquí propongo, es haber encontrado esa riqueza de la que nos habla San Pablo en la segunda lectura: una gracia encaminada hacia la vida eterna que alcanzaremos en el cielo, pero que debemos trabajar por anticipar en nuestra actualidad haciendo la voluntad de Dios.

Esa es parte de la Buena Noticia que debemos anunciar y compartir, no como una serie de reglas a seguir para “pertenecer a nuestro club”, sino como una constante invitación para que los otros también se relacionen con Dios. Y la principal invitación se hace con el ejemplo que tenemos que dar como parientes de Jesús, esforzándonos por andar como Él anduvo, actualizando sus palabras y sus gestos, los valores del Reinado de Dios en medio de nuestras vidas.

Que podamos vivir esa relación con Dios, alejando de nosotros todo pecado que nos impida gozar más hondamente de esa gracia, y que sepamos comunicar esa Buena Noticia. Pidamos el don de ser ese tercer personaje, seguidores que puedan ser llamados auténticamente hermanos y hermanas de Jesús. Amén.




Información sobre el año de la oración (2024):





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martes, 4 de junio de 2024

Ecce homo (he aquí el hombre)


La Sagrada Escritura, aunque no es un tratado de antropología, contiene respuestas a las preguntas más profundas de la humanidad. Una de estas preguntas, recurrente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se refiere a la identidad, naturaleza, capacidades y, sobre todo, a la relación del hombre con su Creador.
La primera referencia a esta cuestión aparece en el libro del Génesis, donde el hombre es presentado como la culminación de la obra creadora de la Trinidad, dándole vida “desde la nada” en el sexto día. Este acto destaca porque el hombre no es creado como el resto de las criaturas, sino con una característica distintiva: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” (Génesis 1:26). Dios, como un artesano, modela del barro la vasija que contendrá el inmenso tesoro de participar en la vida eterna. Ser creados a imagen y semejanza de Dios significa no solo racionalidad y libertad como propiedades constitutivas de la naturaleza humana, sino también, desde el principio, la capacidad de una relación personal con Dios, como un “yo” y un “tú”, y, por ende, la capacidad de alianza reflejada en la comunicación salvífica de Dios al hombre (Dominum et Vivificantem, 34).
Esta pregunta sobre el hombre también se expresa en otros pasajes de la Escritura, que manifiestan admiración por su valor y dignidad y buscan comprender el amor y la distinción que Dios hizo para con él. En el Salmo 8:5-6 leemos: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de él te cuides? Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor.” De manera similar, el Salmo 144:3 dice: “¿Qué es el hombre para que le conozcas, el hijo de hombre para que en él pienses?” Y en Job 7:17-18: “¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu corazón, para que le escrutes todas las mañanas y a cada instante le escudriñes?” El Nuevo Testamento también recoge esta pregunta en Hebreos 2:6: “¿Qué es el hombre, para que lo recuerdes?”
La respuesta más profunda parece estar en el Evangelio de Juan, donde, después de la flagelación de Jesús, Pilato lo presenta a la multitud diciendo: “Ecce homo” (Juan 19:5). “He aquí al hombre”. Esta escena plantea una crucial paradoja sobre la condición humana. ¿Qué sucedió con esa criatura hecha a imagen divina, coronada de gloria y majestad? ¿Qué tiene de paradójico contemplar la imagen de un hombre cuya humanidad se presenta sangrando y en carne viva?


La escena de “Ecce homo” muestra la imagen más radical de la humanidad, marcada por el dolor, el sufrimiento y el flagelo del pecado. Al mismo tiempo, nos revela al Verbo, recordándonos el momento de la creación del hombre. “Ecce homo” podría significar “he aquí la carne, que, como barro deforme, es preparada para ser elevada al torno de la cruz, para una nueva creación”. Es una nueva acción de Dios para regalarnos “desde la nada”, gratuitamente, la salvación y la vida eterna.
La obra de redención realizada por el Verbo, que asumió nuestra herida naturaleza, se hace realidad también en nosotros mediante la gracia que recibimos a través de la oración. La oración actúa como un bálsamo que cura y un aceite que nos fortalece en la lucha espiritual. Así, la oración se convierte en un medio crucial para restaurar la relación con Dios y la semejanza divina en nosotros.
La caída de Adán y Eva no destruyó la imagen de Dios en el hombre, pero sí distorsionó la semejanza, introduciendo la corrupción y la muerte en la experiencia humana. La redención a través de Jesucristo, el nuevo Adán, es un proceso de restauración y perfeccionamiento de esta semejanza. En este contexto, la oración juega un papel fundamental, ya que es a través de la oración que el ser humano se abre a la acción transformadora de la gracia divina.
La oración no es simplemente una práctica piadosa, sino un medio de transformación ontológica. A través de ella, el creyente se une a Cristo y participa en su vida divina. La encarnación del Verbo es el punto culminante del plan de Dios para la humanidad, donde el Hijo de Dios se hizo hombre para que los hombres pudieran convertirse en hijos de Dios. Este proceso de divinización implica una transformación completa del ser humano, algo que se realiza principalmente a través de la oración y los sacramentos.
Al orar, el cristiano entra en comunión con el Padre a través del Hijo en el Espíritu Santo. Esta comunión no es una mera relación externa, sino una incorporación real a la vida divina, lo que permite al creyente ser transformado a imagen de Cristo. Así, la oración es tanto un medio de comunicación con Dios como un proceso de conformación del ser humano a la imagen de Cristo, para recuperar esa semejanza herida.
El “Ecce homo” es una invitación a dejarnos curar para restaurar nuestras heridas, para recuperar en nosotros la semejanza con que nuestra carne fue moldeada. A eso nos invita San Ireneo de Lyon que nos recuerda: “Pon en sus manos un corazón blando y moldeable, y conserva la imagen según la cual el Artista te plasmó; guarda en ti la humedad, no vaya a ser que, si te endureces, pierdas las huellas de sus dedos.”

Autor: José Antonio Carrascosa, Dr. en Educación



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domingo, 2 de junio de 2024

"EL SACRAMENTO DE LO COTIDIANO" - Homilia de Corpus Christi Mons. Angelelli




Exodo 24,3-8. Salmo 116(115),12-13.15-16.17-18. Hebreos 9,11-15

Evangelio según San Marcos 14,12-16.22-26. 

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?". El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: '¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?'. El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario". Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen, esto es mi Cuerpo". Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. 
Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios". Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. 


EL SACRAMENTO DE LO COTIDIANO

Toda celebración con la Eucaristía, toda comunidad que la celebra, lleva consigo sus circunstancias de vida cotidiana y los signos de los momentos históricos en que vive. Es decir, que no celebramos esta Eucaristía, desconectada de la vida que a diario vivimos en las múltiples preocupaciones de cada día, ni desconectada como expresión de unidad y caridad, que como comunidad o pueblo debemos dar en las circunstancias históricas en que nos toca vivir.

Profundicemos un poco nuestra meditación en este día de Corpus. La Eucaristía es el Sacramento de lo cotidiano. Lo primero que recogemos de nuestra experiencia es el PAN, lo cotidiano es el pan, lo decimos diariamente: "el pan nuestro de cada día..." El pan se ha constituido como símbolo del cuerpo, del cuerpo viviente; de la vida del hombre. El pan alimenta; da vida. Por contraposición a la vida está la muerte; no solamente porque hay pan que alimenta la vida manteniéndola en su propia debilidad, en su dimensión débil y mortal, sino porque no alimenta "para la vida eterna". El maná es un ejemplo de ello; es necesario un pan que pudiera convertirse, mientras vivimos aquí en la tierra, en el tiempo, de errante en peregrino; un pan "espiritual"; un pan que alimente para la vida definitiva; que lleve hasta el encuentro con el Padre de los cielos. La misma consideración podemos hacer con el vino; es símbolo de fortalecimiento, de alegría. Hay vino viejo y vino nuevo, vino adulterado y vino lleno de espíritu; también como en el pan, hace falta un vino que fortalezca para la vida eterna.
Pan y vino, son símbolos del cuerpo y de la sangre; unidos constituyen al hombre viviente. Pero pan y vino pueden estar separados, significa en este estado, la sangre derramada y separada del cuerpo; pan y vino separados, se constituyen como símbolo de la muerte. El pan y el vino expresan, pues que el vivir y el morir tienen carácter de lo cotidiano. LO COTIDIANO es el cruce de la vida y la muerte; en otras palabras, el PASO de la vida a la muerte, pero lo cotidiano puede significarnos el paso de lo muerte a la vida, la vida rescatada por la muerte y en la muerte.
Siguiendo con el símbolo del pan, en lo cotidiano nos puede faltar el pan; la existencia siente entonces que está expuesta y amenazada por el hambre, la enfermedad y la muerte: desfallece el hombre; usando una imagen bíblica: a la vida se la compara con un banquete, el hombre viviendo participa del festín de la vida, en lo cotidiano hay quienes no participan o participan poco; el banquete en la biblia, implica una participación plena de la existencia, que le da el pan necesario para no desfallecer y el pan que nos dá la plenitud de la vida en Dios.




PAN Y TRABAJO

PAN Y TRABAJO: Significa el pan el acto de comer cotidianamente, está en relación con la actividad mediante la cual se obtiene el pan: EL TRABAJO, la vida se da como búsqueda y lucha diaria por el pan; supone el esfuerzo humano. De este modo el trabajo es incorporado a la intención fundamental de la vida, la intención de mantenerse, conservarse y perpetuarse; así adquiere dentro de esta intención un sentido y un gozo la vida; manifiesta el aspecto penoso, por otra parte, el aspecto penoso del vivir; ésto requiere el esfuerzo del trabajo, el desgaste de la labor diaria. Carácter, aún más penoso, cuando al hombre le falta el trabajo. Cuando al hombre no le es permitido luchar por la vida. Aquí lo cotidiano, se convierte en ausencia de pan y aparece la perspectiva de la muerte a través de la "experiencia" de la desocupación, que va más allá de la simple experiencia de no comer; accede el desocupado al sentimiento de marginación (no participación en el banquete de la vida) la erradicación de no tener lugar en la existencia a la amarga sensación de un mundo y de una sociedad que parece persuadirlo de que él está de "sobra".
Lo cotidiano es también el disfrute del trabajo y de los frutos obtenidos, disfrute que se traduce en el salario obtenido, en el acto de reponerse comiendo pan, de saciarse y quedar satisfecho, cada noche trae consigo el descanso; cada día adquiere una anticipación del domingo; cada día se anticipa algo del domingo; pero el tiempo diario del reposo puede verse amenazado por formas de muerte; quien no trabaja; quien no tiene para comer; quien no tiene ocupación para interrumpir, descansando, es invadido por la pre-ocupación; en un ocio que consiste en impotencia, esterilidad; le anula el reposo interior.

"PAN DE LA PALABRA" y "PAN DE LA EUCARISTIA"

Pero el pan no es solamente material que alimenta el cuerpo. En el lenguaje cristiano se habla del "PAN DE LA PALABRA" y del "PAN DE LA EUCARISTIA". Ambos están en íntima relación. La palabra, que es la sabiduría, la Fe es comida, es alimento; debe ser asimilada por el hombre; este pan implica, como el otro una búsqueda, un esfuerzo, un trabajo; una preparación esforzada: el aprendizaje. Hay que ser iniciado en la sabiduría de Dios hay que ser evangelizado y catequizado por la palabra de Dios. Y tiene un reposo; el alimento de la Fe lleva a la contemplación gozosa, reposo espiritual, convierte a la vida del hombre en una celebración dominical, una celebración de la vida que no acaba, que se realiza plenamente porque estamos unidos a la misma Vida que es Cristo. Como en el pan material, la carencia del pan de la Fe, de la palabra puede convertir lo cotidiano en formas de muerte por el, no tener acceso al saber, no captar el sentido de las cosas y de la vida, por considerar la historia como un cuento y no saber leer interiormente lo que Dios va construyendo.
El hombre no se logra con ser hijo (procreado) sino que requiere también ser discípulo.
Lo cotidiano es pan, o sea, el vivir. Pero vivir es una forma de estar con el "otro", vivir es convivir, vivir es ser solidarios. Así como el pan se lo come con otro, se lo recibe de otro, se lo come conversando con otro. Comer el pan es un acto de participación en el otro.
El trabajo, cuyo fruto es el pan, es trabajo con otros; con otros que ayudan y son ayudados; el trabajo es camaradería; es esfuerzo común; en él se complementan las fuerzas y los esfuerzos; nuestra vida moderna nos habla de la interdependencia de los hombres en el trabajo. Se trabaja para otros; para la esposa; los hijos; la nación; para el pobre; el necesitado; se trabaja para dar ; para integrar los hombres a un grupo; para lograr la comunidad entre los hombres.
También el reposo que es exigencia del trabajo, asume formas sociales; comunitarias. El domingo se dá como fiesta, como tertulia; como encuentro. Si el pan es el "otro" cuando falta el pan material o el pan espiritual sentimos la ausencia del otro, la falta de amistad, las diversas formas de las indiferencias, el odio. Aquí lo cotidiano aparece como soledad y aislamiento, la muerte cobra la forma de ruptura, desencuentro, egoísmos.

Hermanos y amigos, los hombres necesitamos darle sentido a todo eso que lo decimos con el concepto de los COTIDIANO. Cristo es el que le dá sentido a los cotidiano, que convierte la vida en una celebración, que pone en las manos del hombre el pan material y el Pan espiritual, para que los hombre sepamos convertirlo en comunión entre nosotros. El es la Palabra, el Pan descendido.
Esta conversión de lo cotidiano en celebración es lo que debe ser realizado a través de la historia a medida que avanzan los días, es realizar en lo cotidiano la experiencia de una existencia vivida en la Fe, la Esperanza y la Caridad; a través de una expresión hecha comunidad eclesial, visible y testimonial.




LA EUCARISTIA RENUEVA LA VIDA DE UNA COMUNIDAD

Es realizar la gran novedad traída por la Pascua del Señor, en esta Iglesia Local Riojana, que se reúne en torno al Pan Eucarístico; eucaristía que alimenta y construye la Iglesia Local. Así la vida de cada día es asumida festivamente, a través de la vivencia de las virtudes teologales, la vida se deberá ir dando como renovación, así creeremos que la vida vence a la muerte, así nace la esperanza, ahora se puede amar, sabiendo que el amor es más fuerte que la muerte. La Eucaristía se dá como expresión de vida cotidiana, como exigencia y dinamismo que convierte y renueva la vida de una comunidad, la gracia eucarística se ordena a mantener viva la celebración cotidiana de la existencia convertida por el Bautismo, en criatura nueva.
   
La Eucaristía simboliza que Cristo ya ha venido y resucitado, pero que El debe aún retornar; signo de anticipación que celebra que por la pascua se ha introducido la vida nueva en la historia, como principio de transformación real del mundo; la existencia humana está aún bajo la ley de la imperfección, del límite y de la muerte; que Cristo se ha encarnado en lo cotidiano y que los cristianos debemos asumir las formas de la vida cotidiana; que está ordenada a mantener una vida pascual puesta en riesgo por la vida de todos los días; expuesta a recaer en lo viejo; a hacer retornar al hombre a su antigua condición; sacramento de una vida que ha de ser cotidianamente rescatada de las cosas de cada día.

La Eucaristía construye la comunidad eclesial; reune las conciencias; las intercomunica y mueve a salir al encuentro de nuevas conciencias a quienes se comunique la experiencia de la Buena Nueva. La experiencia de la Palabra, de la Sabiduría; engendradora de caridad; el sentido del servicio a los demás; es la que nos empuja a la entrega a los demás, hasta el martirio, la que pone la vocación y las exigencias de seguir construyendo el Cuerpo de Cristo.

Mis hermanos, este año como el año pasado, la fiesta del Corpus está rodeada de tensiones y de acontecimientos dolorosos ante los cuales no nos es lícito ignorarlos o permanecer indiferentes.
Es la comunidad de los argentinos la que resquebraja, la fuerza, el miedo, el choque de generaciones, hechos que no dicen con una sociedad que se dice civilizada, nos debe llevar a todos a hacer una seria y profunda reflexión para analizar las causas que llevan a este estado de cosas, no seamos superficiales en nuestros juicios y opiniones, no nos quedemos en el hecho o en la anécdota, así no construiremos una comunidad de hombres libres, unida en la caridad de Cristo y expresión para nosotros los cristianos, en esta Eucaristía que celebramos, mientras un mundo se construye marginado del Evangelio, o por lo menos de la Iglesia. Revisemos nuestras actitudes cristianas como adultos y como jóvenes, si construyen un pueblo unido que sepa dar razones a las generaciones venideras de sus acciones y de su existencia. Dios nos está reclamando algo por medio de la juventud: en la juventud encontramos valores y contra-valores, la impaciencia de los jóvenes ¿no estará despertando nuestra somnolencia? La protesta de los jóvenes ¿no estará sacudiendo nuestro excesivo estatismo, es decir, nuestra resistencia a los cambios auténticos y verdaderos que hoy impone la sociedad y la misma Iglesia? La agresividad de los jóvenes ¿no estará alertando nuestro conformismo y nuestro aburguesamiento en la vida? El excesivo idealismo de los jóvenes ¿no estará llamando a un mayor realismo y testimonio de vida evangélicos?

Homilía de Mons. Angelelli 28 de mayo de 1970   (Celebración de de Corpus Christi) 


Fuente: Liturgia y Espiritualidad Dominica

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viernes, 31 de mayo de 2024

Mateando con el Espíritu Santo



El mate es un gran compañero de lo cotidiano, al menos en Argentina, tenemos la costumbre de tenerlo a nuestro lado en las actividades cotidianas. También es motivo de encuentros entre los miembros de una familia, por ejemplo, cuando se reúnen después de la jornada laboral o entre amigos que desean reunirse después de mucho tiempo.  El mate siempre es un buen compañero, lo disfrutamos mucho tomando solos o pasándolo de mano en mano 


El Espíritu Santo también es una buena compañía que disfrutamos en la intimidad, y muy especialmente en comunidad. En nuestra soledad, nos ayuda a buscar una relación personalísima con la Santísima Trinidad, ya sea a través de la contemplación o de la oración más breve y sencilla, lo importante es invocar la presencia del Espíritu Santo e intentar ser dóciles a lo que nos inspire. En compañía, es como esos mates comunitarios, donde los mates se ponen a disposición de todos los invitados con la intención que alcance para todos, pero también para que cada uno pueda tomar más de un mate mientras dure la juntada. Esto es lo lindo e interesante del Espíritu Santo. ¡Es un regalo que contiene otros regalos, y los mates son para regalarse y para regalar a otros! El Espíritu Santo es ese mate que va de mano en mano compartiéndose entre todos, acercando a los que están distantes y siendo un sorbito de fuerza para aquel que se encuentra sin energía antes de terminar el día. El Espíritu Santo trae consigo otros regalos, dones, que si bien nos ayudan individualmente, llegan a la plenitud cuando los ponemos al servicio de la comunidad.


Para un rico mate, son necesarias pocas cosas, el mate propiamente dicho, yerba y agua. Con estos elementos y nuestra creatividad podemos tener una diversidad enorme, por ejemplo, pueden hacerse mates con agua fría o caliente, con yerba compuesta, saborizada, yerba con o sin palo y existen mates de madera, plástico, metal, etc… y ni vamos a hablar acerca de la variedad de termos que existen

Así mismo cuando lo invocamos, especialmente en el silencio, Él nos ayuda y nos permite tener una experiencia de Dios de las más diversas, en la contemplación, frente al santísimo, durante los retiros, en la oración individual en el hogar.


                                               


Un caso muy curioso son las bendiciones, aun no somos conscientes que al bendecir a una persona pedimos que el Espíritu Santo actúe sobre él o ella, expresamente se menciona a la santísima trinidad, y es una práctica que todo bautizado puede hacer, pero que pocas veces realizamos.


En todo caso la esencia propia del mate es el agua, de la misma forma ocurre con el Espíritu Santo. Así como podemos cambiar la yerba, mate o termo, si o si necesitamos del vital elemento para disfrutarlo: el agua. El Espíritu Santo es la esencia misma del amor entre Dios Padre y Jesús. A través de su presencia podemos sabernos cercanos a Dios y disfrutar de todos los dones que nos ofrece para alcanzar la felicidad, el gozo pleno.


Cuando uno afirma, humilde y conscientemente, “estar en pecado” en realidad estamos confirmando que nos hemos distanciado de la presencia de Dios, como así también de los hermanos. Esa distancia es como tomarse un mate con agua fría en pleno invierno. No tener presente al Espíritu Santo en nuestras vidas rompe con la experiencia del amor de Dios, aunque por el bautismo siempre, pero siempre, seremos sus hijos, su ausencia provoca una especie de frío en nuestro espíritu, un escalofrío en el cuerpo. Para acercarnos nuevamente a Él,  el Espíritu Santo nos ayuda a ir acortando esa distancia a través de diferentes modos, especialmente a través de una preparación sincera para el sacramento de la Reconciliación. 


El Espíritu Santo puede ser representado con una paloma, fuego, viento, etc. Todas estas imágenes son propias del día a día, son parte del paisaje natural, ya sea que estés en la ciudad, el campo o cualquier otro lugar, al verlas nos hace recordar la promesa de Jesús de acompañarnos en la vida cotidiana, como amigo y compañero de camino

Para terminar, te invito a cultivar una relación más consciente y receptiva con el Espíritu Santo, reconociendo su presencia constante y su papel en nuestra búsqueda de la felicidad y la plenitud espiritual. 


Compartí unos mates con el Espíritu Santo en un lugar tranquilo y conversa con él, hacelo parte de tu vida diaria. Invita a tus amigos, disfruta de su presencia y aprendamos juntos a convivir con Él.



Autor: Victor Ramírez



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sábado, 25 de mayo de 2024

Meditamos el Evangelio de la Santisima Trinidad por Mons. Angelelli




Deuteronomio 4,32-34.39-40./ Salmo 33(32),4-5.6.9.18-19.20.22./ Romanos 8,14-17.

Evangelio del día según San Mateo 28,16-20.

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de el; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo".


 Homilía de Monseñor Enrique Angelelli

 ¡Qué hermosas son las lecturas de esta fiesta de la Santísima Trinidad! Ellas nos deben ayudar a reflexionar con mucha sinceridad de corazón. 

Comienza por introducirnos así: “bendito sea Dios Padre y su Hijo Unigénito Jesucristo y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros los hombres. Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos y prolongues tus días en el suelo que el Señor tu Dios te da para siempre. (Deuteronomio 4, 39-40). Dichosa la Nación cuyo Dios es el Señor. Hermanos, alégrense y trabajen por perfeccionarse; anímense mutuamente; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes. Salúdense mutuamente con un beso santo. Así la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre Dios y la comunión del Espíritu Santo estará siempre con ustedes.

Desde niños, hemos aprendido a confesar, invocar, adorar y bendecir a Dios, desde la mañana cuando despertamos hasta la noche antes de entregarnos al sueño y al descanso. Lo hacemos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y en el Nombre de la Santísima Trinidad bendecimos nuestros trabajos; nuestras obras al iniciarlas; nuestro pan de cada día; nuestros enfermos; nuestros niños; nuestros ancianos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo bautizamos a nuestros hijos; hacemos los testigos de la Fe cristiana en la Confirmación; perdona la Iglesia los pecados, por el poder recibido de Jesucristo y con la fuerza del Espíritu Santo; consagramos el amor de los nuevos hogares; celebramos la Eucaristía; ungimos a nuestros enfermos; despedimos a nuestros muertos. En el Nombre de la Santísima Trinidad tenemos modelos de vida santa e intercesores en el cielo, los santos; colocamos la cruz en cada cuna y en cada tumba; en el nombre de la Santísima Trinidad se fundó nuestra ciudad de todos los Santos de la Nueva Rioja; consagramos nuevos sacerdotes y consagran sus vidas nuestras hermanas religiosas; nuestros laicos asumen la responsabilidad de hacer una sociedad nueva según el Evangelio de Cristo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, al señalar el rostro de cada hombre con las aguas bautismales y la unción del óleo santo reconocemos la dignidad de cada hombre, hecho a imagen de la Trinidad y templo vivo de Dios. En el nombre de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo trabajamos para hacer de nuestra tierra una tierra de justicia y de paz; una tierra de hermanos y de esperanza; una tierra que haga felices a todos sus hijos. El sello de Dios está en cada hombre; no importa su raza, su manera de pensar y de vivir. En el nombre de Dios Padre fuimos creados para ser hermanos, hijos de un mismo Padre e iguales entre nosotros; así salimos de las manos de Dios, aun cuando no le reconozcamos ni alcancemos a distinguir su rostro en el rostro de los demás.

Es bueno que recordemos estas verdades fundamentales en el día de la Patria. Nos hace mucha falta. Porque podemos estar buscando con las palabras la ansiada paz, la justicia y la fraternidad y con las obras concretas de cada día no ser consecuentes. Es hora de profunda reflexión y de gran sinceridad ante Dios y ante nosotros mismos. Porque cuando a diario constatamos nuestra realidad, encontramos también que el Templo vivo de la Santísima Trinidad que es el hombre argentino, está profanado de muchas maneras y situaciones. Y recibimos el mandato de Cristo, que nos trajo la vida de Dios a los hombres: “vayan por todo el mundo; hagan discípulos en toda la tierra; bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enséñenles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que estoy con ustedes hasta el fin del mundo”. Esto nos hace exclamar: “Señor, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra” (Sal. 8). Todo esto que estamos reflexionando nos hace comprender mejor nuestra fe cristiana, nuestras celebraciones sacramentales; nuestros santos patronos; nuestro hambre y necesidad de paz, justicia, fraternidad, esperanza y alegría de vivir; la Iglesia; su misión y la pascua de Cristo que entrega a los hombres y la misma vida de los hombres, tiene como fundamento y como fuente de VIDA en plenitud, a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. San Pablo nos dice: “en Dios, existimos, nos movemos y somos”.

Monseñor Enrique Angelelli
Celebración de la Santísima Trinidad, 25 de mayo de 1975



Compartimos un fragmento de un poema de Monseñor Angelelli, que nos ayuda a rezar en este día:

¿Saben? lo aprendí junto al silencio...
Dios es Trino y es uno,
es vida de Tres y un encuentro...
aquí la historia es camino
y el hombre siempre un proyecto.

Y compartimos también una canción del grupo Filocalia, aquí escucharán el poema completo:



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Más información de Monseñor Angelelli y compañeros mártires (Click Aquí)




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