Lecturas del día: Libro de Isaías 55,10-11. Salmo 65(64),10abcd.10e-11.12-13.14.
Carta de San Pablo a los Romanos 8,18-23.
Evangelio según San Mateo 13,1-23.
Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del
mar.
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y
sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El
sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las
comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en
seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras
treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".
Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio
de parábolas?".
El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del
Reino de los Cielos, pero a ellos no.
Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al
que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no
escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no
comprenderán, por más que vean, no conocerán,
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y
han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su
corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque
oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no
lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron."
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y
arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la
semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra,
la acepta en seguida con alegría,
pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una
tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra,
pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y
no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la
comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por
uno".
Homilía por Fr.
Josué (Jordán) González Rivera, OP
La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo;
el que lo encuentra permanece para siempre.
Hermanas y hermanos: Nos encontramos con un Evangelio donde
Jesús asume el rol de Maestro para enseñar la actitud de aquellos que escuchan
la Palabra de Dios y que abren sus vidas a la experiencia del Evangelio.
Es muy importante el tema de las parábolas, porque Jesús no
habla de forma directa, con la precisión “científica” e irrefutable de un
lenguaje directo, sino que nos da su mensaje por medio del lenguaje simbólico,
a partir de la experiencia que seguramente era común en Nazaret, en los pueblos
y aldeas de la periferia de Judea. Sabemos que esa región no se comparaba con
los grandes centros urbanos del Imperio romano, ni siquiera con la capital
religiosa y política de Jerusalén. A esa gente, a sus vecinos, Él les habla con
los símbolos de lo cotidiano, de lo que tienen día a día para su sustento y su
vida. Hoy en día, muchos de nosotros, desde nuestros ambientes urbanos, nos
desconectamos justamente de ese entorno natural que nos rodea. Y la salvación,
como lo recordará san Pablo, claro que tiene que ver también con aquella
creación que sufrió el mal del pecado y que, de una forma misteriosa, el cosmos
entero también experimentará la salvación.
Jesús sube a la barca y la multitud permanece en la costa.
Los Padres de la Iglesia ya piensan en esa barca como la Iglesia misma, a la
cual todos estamos llamados a subir con Jesús. Nos encontramos en las costas,
pero somos llamados a subir con Él.
Cuando Jesús habla de la semilla, que es un elemento natural
efectivo, que tiene dentro de sí la potencia de germinar y actualizarse para
convertirse en aquella planta con sus frutos, nos enseña que, de igual manera,
la Palabra de Dios es eficaz. Los frutos que ella da no dependen de la semilla
misma, sino de la tierra en la cual se pone. San Agustín dice que la semilla es
perfecta siempre, porque es Dios mismo quien la siembra a través de sus
ministros y de los medios que nos ha dejado para encontrarnos con Él.
El mensaje, cuando se interpreta para los discípulos, es
claro: ¿qué tipo de suelo o terreno somos para esa semilla? ¿Cómo disponemos
nuestra vida para que los frutos se den en nuestras vidas?
Pero no nos quedemos solamente con aquello que recibimos
como discípulos; también seamos conscientes de que nosotros somos misioneros,
como lo subrayaron nuestros obispos latinoamericanos en Aparecida. Imagino que
la mayoría de los que leen esta reflexión son cristianos conscientes de su
vocación cristiana y con un compromiso en algún apostolado específico. Así que,
por supuesto, debemos disponer nuestra vida para recibir la semilla, para
escuchar al Maestro desde las costas en las que nos encontramos. Pero, ya que
también somos misioneros, nosotros también nos dirigimos hacia la multitud.
Nosotros también debemos ser sembradores que dan la semilla de la Palabra,
aunque no veamos los frutos inmediatamente, aunque no los podamos verificar
nuestra eficacia con los criterios de mundo.
La Palabra es perfecta. Nuestro trabajo no es hacer que la
semilla germine; eso lo hará cada quien desde su propia relación con Dios. Pero
sí nos toca ser sembradores en nombre del Sembrador que es Cristo, y así ser
promotores de la Buena Noticia, dispersándola en nuestros trabajos, con
nuestras familias, con nuestros conocidos y aún también con los desconocidos.
Desde nuestra barca, la Iglesia, acompañados de Jesús, seamos los
discípulos-misioneros que este mundo necesita.
Que Dios nos conceda ser tierra fértil y ser colaboradores
generosos del Sembrador, para ir construyendo la Iglesia, ir subiendo a más
gente a esta barca donde Él nos anima, para dar frutos de justicia, amor y paz,
sin dejarnos ahogar por las espinas y las seducciones que nos alejan de
Él.
Bendiciones.
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