sábado, 9 de mayo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día:
Libro de los Hechos de los Apóstoles 8,5-8.14-17. Salmo 66(65),1-3a.4-5.6-7a.16.20. Epístola I de San Pedro 3,15-18.

Evangelio según San Juan 14,15-21.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
"Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes:
el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán.
Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él".

Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

Yo estoy en mi Padre, ustedes están en mí y Yo en ustedes

Queridos hermanos, nos encaminamos hacia la culminación de la Pascua, donde el tiempo en que Jesús estuvo con sus discípulos llegará a su entrega definitiva, en cuerpo y alma gloriosos, junto al Padre. Y esta nueva ausencia de Jesús es algo distinta de la anterior. Pensemos que la primera ausencia de Jesús, después de su crucifixión, fue un tiempo de prueba, de duelo y de dolor; pero esta segunda ausencia se da de una forma distinta, confiada, según sus propias palabras, en que Él no abandonará a sus amigos.

Las primeras comunidades seguramente se preguntaban cómo podrían ellos, que no conocieron a Jesús directamente, vincularse y relacionarse con Él, al igual que los primeros cristianos que también habían seguido el mismo destino de Jesús. Para responder esta inquietud, la comunidad recurre al testimonio de Juan: es el discurso de despedida que Jesús pronunció en la Última Cena y que ahora ellos y nosotros leemos con una visión postpascual, sabiendo que Él se levanta de la muerte con el poder de Dios.

Lo primero que debemos notar es la condición del amor: “Si me aman, guardarán mis mandamientos”. No es una amenaza; es la revelación del amor verdadero, qué diferente del sentimentalismo temporal que no transforma la vida. Ya san Agustín decía que tener los mandamientos es aprenderlos de memoria, pero guardarlos es cumplirlos en la vida y en las acciones, porque no están simplemente en el recuerdo, sino que se van grabando en el mismo corazón.

El amor no es algo vacío, sino que transforma nuestros días. Esta es una de las novedades más importantes de la nueva alianza: el pacto ya no está sostenido por cargas externas, sino como consecuencia de una vida interior, de un amor vivo que brota desde dentro de los creyentes. Es el amor que impulsa a los apóstoles a predicar la Buena Nueva, a defender lo que creen, y es ese mismo amor que nosotros también hoy estamos llamados a experimentar. Y para ello descubramos también que Jesús no nos deja solos. Nos hace una promesa audaz: el Padre enviará “otro Paráclito”, es decir, abogado, consolador e intercesor. Este es quien estará con los discípulos; es quien estará en los creyentes: el Espíritu de la verdad.

Sin duda alguna, el primer Paráclito es Jesús durante su vida histórica, la cual llegó a su culmen; pero Él no abandona a quienes siguen su camino. Su presencia cambia de forma, pero no de intensidad ni de amor. Su antagonista es el mundo, es decir, aquellos que prefieren sus propias fuerzas y su propia satisfacción sin tomar en cuenta a Dios. Los creyentes están llamados, cada vez más, a dejar de pertenecer a ese mundo.

Los primeros cristianos siguieron a Jesús a pesar de las diferencias familiares, sociales y culturales que les representó creer en Él; pero su mensaje fue una riqueza y una experiencia tan valiosa, que muchos de ellos llegaron a dar su vida defendiéndolo. Hoy en día, nosotros también estamos llamados a trabajar cada vez más por descubrir esta vida en el Espíritu, porque es una tarea; pero también a pedirla, porque no olvidemos que, ante todo, es un regalo, un don, una gracia que Dios nos concede para descubrir su acción, a veces sutil, pero real para todos.

La imagen del huérfano nos muestra una de las formas más vulnerables de la vida humana, y Jesús dice: “No los dejaré huérfanos”. Esta promesa no es sólo para el fin de los tiempos; es una promesa que se actualiza hoy, para cada tarde de oscuridad y para cada pregunta sin respuesta. Cristo resucitado es el Señor del Espíritu, y Él nos da su Espíritu para que nosotros también experimentemos hoy la fuerza de Dios que nos guía y nos acompaña.

Finalmente, esta espiritualidad pascual, que nos invita a la más íntima unión con Dios, nos revela una de las realidades más importantes del Evangelio: la mutua relación que existe entre Dios Padre y Jesús Hijo, y entre los discípulos y Jesús. No es una metáfora; para quienes tenemos fe, debe ser una descripción de nuestra realidad. La palabra técnica es “inmanencia recíproca”. Su presencia no es algo físico, pero sí interior: con su Espíritu ilumina a quienes le aman y cumplen sus mandamientos. La manifestación que promete Jesús no es un espectáculo público ni viral; es un encuentro íntimo donde la luz de Dios ilumina desde dentro y da a los creyentes la certeza de no estar solos. Esto ocurre en el silencio de nuestra oración, en el servicio a los hermanos y en la fidelidad del día a día.

Los primeros cristianos, y también nosotros hoy, no podemos ver a Jesús físicamente, ni escucharlo ni tocarlo; sin embargo, creemos en Él, porque no abandona, sino que su presencia se transforma, y el Espíritu lo hace presente en los sacramentos, en la oración, en la meditación de su palabra y en las obras de misericordia. Lo que parece pérdida se convierte en ganancia: su presencia ya no está limitada a un lugar particular, sino que se abre de forma universal.

¿En qué momento has experimentado la presencia interior de Dios, de Cristo y de su Espíritu? ¿Qué forma de amar podría ser el gesto que hoy abra la puerta a una nueva manifestación de Dios en tu vida? Caminemos con la fe y la confianza de que Él permanece con nosotros.


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domingo, 3 de mayo de 2026

Meditamos el evangelio del Domingo con Pbro. Jose Torres LC.


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7. Salmo 33(32),1-2.4-5.18-19. Epístola I de San Pedro 2,4-9.

Evangelio según San Juan 14,1-12.

Jesús dijo a sus discípulos:
"No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.
En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar.
Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.
Ya conocen el camino del lugar adonde voy".
Tomás le dijo: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?".
Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí."
Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".
Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta".
Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: 'Muéstranos al Padre'?
¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre."

Homilía por Pbro. José Torres LC

Hay una diferencia que a veces no sabemos nombrar, pero que se siente. Es la diferencia entre alguien que espera algo que no sabe si llegará, y alguien que ya ha recibido una noticia que lo ha cambiado todo, y ahora vive distinto, aunque el mundo a su alrededor siga igual.

La Pascua es exactamente eso: una noticia que lo cambia todo desde adentro.

No es una fecha del calendario que recordamos con devoción. No es una historia bonita que nos hace sentir bien en primavera. Es el acontecimiento más disruptivo de la historia humana: la muerte fue atravesada desde dentro, y ya no tiene la última palabra. Y eso —si lo dejamos entrar de verdad— no puede dejarnos iguales.

Estos domingos de Pascua la Iglesia no nos invita a seguir celebrando como quien alarga una fiesta por inercia. Nos invita a algo más exigente y más hermoso: a aprender a vivir como resucitados. A descubrir qué significa existir cuando ya sabes que el amor ganó.

Hoy, en este Quinto Domingo, las lecturas nos llevan al corazón mismo de esa pregunta.

Tomás, Felipe, y todos nosotros…

El Evangelio nos sitúa en el Cenáculo, en esa conversación larga y densa que Jesús tiene con los suyos antes de su pasión. Pero nosotros la escuchamos desde el otro lado de la Resurrección. La escuchamos sabiendo lo que los discípulos aún no sabían esa noche.

Y eso la vuelve completamente diferente.

Tomás dice: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?"

Tomás no está siendo rebelde. Está siendo honesto. Y la honestidad, incluso cuando es incómoda, siempre es el primer gesto de una fe real. No la fe que asiente para quedar bien, sino la fe que se atreve a preguntar porque en el fondo quiere creer de verdad.

Felipe, en cambio, tiene un deseo que suena razonable pero que esconde algo más profundo: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta." Felipe quiere una prueba definitiva. Algo desde afuera que resuelva la duda de una vez. Y la respuesta de Jesús no es un reproche, sino algo que golpea mucho más hondo: "¿Hace tanto tiempo que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?"

Detente aquí un segundo.

Jesús no le dice: "Te falta esfuerzo", ni "necesitas estudiar más teología". Le dice: "Llevas todo este tiempo conmigo y no has terminado de verme." El problema de Felipe no era que le faltara el Padre. Era que no sabía mirar lo que ya tenía frente a los ojos.

¿Cuántas veces somos Felipe? ¿Cuántas veces pedimos una señal, una certeza, una respuesta venida del cielo, sin darnos cuenta de que Alguien lleva años caminando a nuestro lado, esperando que lo miremos?

La Pascua no es la promesa de que Dios aparecerá algún día. Es el anuncio de que ya está. Ya vino. Ya se quedó.

"Yo soy el Camino": la respuesta que nadie esperaba

Cuando Jesús responde a Tomás, hace algo que ningún maestro de sabiduría habría hecho. No le da una enseñanza. No le traza una ruta. Le señala su propio pecho y dice: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida."

Es una de las frases más densas de todo el Evangelio. Y vale la pena no pasarla de largo.

El Camino no es una dirección. Es una persona. En la tradición del pueblo de Israel, el camino era el modo de vivir, la manera de moverse por la vida con Dios. Jesús no dice que te indicará cómo hacerlo. Dice que Él mismo es ese modo de existir. Lo que significa que seguirle no es ejecutar un protocolo, no es cumplir una lista de requisitos. Es entrar en una relación. Es dejarse llevar por Alguien que conoce el terreno porque lo ha recorrido entero, incluida la oscuridad más oscura.

La Verdad no es un sistema de ideas correctas. Es una persona que no te engaña, que no te vende lo que no puede darte, que te mira como eres y no se va. En un mundo donde las mentiras más dañinas son las que nos decimos a nosotros mismos sobre nuestra propia valía, tener a Alguien que es la Verdad en persona no es un lujo espiritual. Es una necesidad de supervivencia.

La Vida no es simplemente existencia biológica. Es plenitud. Es ese estado en que uno siente que vale la pena estar vivo, que lo que hace tiene peso, que el amor que da no se pierde en el vacío. Y Jesús, que atravesó la muerte y salió al otro lado, dice que Él es eso. Que en Él la vida no se agota, no se gasta, no se pudre.

La Pascua es la demostración de que esta afirmación no es poesía. Es historia.

Una pregunta para llevar esta semana

Al salir de aquí hoy, te propongo que te quedes con una sola pregunta. No es para responder en cinco minutos. Es para dejarla trabajar a fuego lento durante la semana:

¿Estoy viviendo como alguien que sabe que la Pascua es real, o sigo viviendo como si el sepulcro siguiera cerrado?

Porque hay una forma de ser cristiano que es básicamente defensiva: no hacer demasiadas cosas malas, cumplir los mínimos, esperar que todo pase sin demasiado daño. Esa no es la vida de un resucitado. Esa es la vida de alguien que todavía no ha abierto la carta que llegó el Domingo de Resurrección.

Pero hay otra forma. La de quien sabe que el Camino tiene nombre, que la Verdad tiene rostro, que la Vida ya no tiene contrario definitivo. La de quien se pone al servicio no porque tenga que ganarse algo, sino porque ya lo recibió todo. La de quien ama con las manos abiertas, porque sus manos no necesitan aferrarse a nada para sobrevivir.

Eso es lo que los apóstoles descubrieron. Eso es lo que Pedro proclama. Eso es lo que la Iglesia primitiva vivió tan radicalmente que hasta las viudas olvidadas encontraron su lugar.

Eso es la Pascua. Y es para hoy.


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sábado, 25 de abril de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14.36-41. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6.  Epístola I de San Pedro 2,20-25.

Evangelio según San Juan 10,1-10.

Jesús dijo a los fariseos: "Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante.
El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir.
Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz.
Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz".
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas.
Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento.
El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia."

Homilía por Fray Emiliano Vanoli, OP

“Escuchar la voz del Buen Pastor en medio del ruido del mundo”

El Evangelio de este domingo, en la Jornada del Buen Pastor (Jn 10,1-10), nos presenta una imagen sencilla, cercana a la experiencia de sus oyentes, pero muy profunda. Jesús habla del pastor que entra por la puerta y es reconocido por sus ovejas, porque ellas conocen su voz. No es un extraño, ni un ladrón que salta por otro lado para aprovecharse del rebaño. El pastor verdadero llama a cada oveja por su nombre, las conduce y camina delante de ellas. Y en medio de esta enseñanza, Jesús da un paso decisivo: no solo dice que es el pastor, sino también que es la puerta. Es decir, Él mismo es el acceso a la vida, el lugar seguro por donde entrar y salir, donde encontrar alimento y libertad.

Esto ¿qué significa?, cuando decimos que Jesús es el Buen Pastor —y, como nos recuerda la segunda lectura, el guardián de nuestras vidas— afirmamos algo muy concreto: nuestra vida no está librada al azar. No estamos solos frente a las dificultades ni abandonados en medio de un mundo incierto. Jesús nos conoce personalmente, sabe quiénes somos, cuáles son nuestras heridas, nuestras búsquedas y nuestras caídas. Y no solo nos conoce: nos cuida. No lo hace desde la distancia, sino desde una cercanía que llega hasta dar la vida por nosotros. Ser “guardados” por Él no significa perder libertad, sino encontrar una guía verdadera. No es un control que oprime, sino una presencia que orienta protege y hace crecer. Él no nos quita nada esencial; al contrario, nos conduce hacia una vida más plena.

¿Cómo lo aplicamos?, ahora bien, ¿dónde escuchamos hoy la voz de este Pastor? La escuchamos, ante todo, en la Sagrada Escritura, donde su Palabra sigue viva y eficaz. Pero también la escuchamos en la enseñanza de los pastores que Él mismo ha querido para su Iglesia, llamados a guiar y cuidar al pueblo de Dios en su nombre. Por eso es tan importante cultivar un corazón dócil, capaz de escuchar, de dejarse orientar, de no cerrarse en la propia opinión o en las propias seguridades. Reconocer la voz del Pastor implica también aprender a confiar en los caminos concretos por los que Él nos habla hoy.

Hoy, para nosotros. Esta palabra se vuelve especialmente significativa en el contexto que vivimos. Un mundo marcado por guerras, conflictos, violencia cotidiana, tensiones sociales y dificultades económicas genera incertidumbre y, muchas veces, miedo. En medio de tantas voces —opiniones, ideologías, promesas de soluciones rápidas— no siempre es fácil discernir a quién seguir. Por eso, reconocer a Jesús como puerta y guardián de la propia vida es una decisión fundamental. Significa elegir conscientemente que sea su voz la que oriente nuestros pasos. Significa no dejar que el miedo, la angustia o la desesperanza ocupen el centro de nuestro corazón.

Aceptar a Jesús como Pastor no elimina las dificultades, pero cambia profundamente la manera de vivirlas. Nos permite atravesar los problemas sin perder el rumbo, sin caer en el aislamiento o la dureza del corazón. Nos invita a confiar, incluso cuando no entendemos todo, sabiendo que Él va delante y abre caminos. También nos compromete: escuchar su voz implica aprender a vivir como Él, cuidando a los demás, siendo instrumentos de paz en medio de la violencia, de solidaridad en medio de la necesidad, de esperanza en medio de la incertidumbre.

En definitiva, la invitación de este domingo es clara: volver a centrar la vida en Cristo. Escuchar su voz, entrar por Él, dejarnos guiar. Porque solo en Él encontramos una vida que no se agota, una seguridad que no depende de las circunstancias, y una esperanza que permanece incluso en medio de las pruebas.


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domingo, 12 de abril de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,42-47. Salmo 118(117),2-4.13-15.22-24. Epístola I de San Pedro 1,3-9.

Evangelio según San Juan 20,19-31.

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes".
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.
Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús.
Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". El les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré".
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!".
Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe".
Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!".
Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!".
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

 Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

“En adelante no seas incrédulo, sino persona de fe”

El evangelio de este domingo de la Misericordia nos sitúa en una escena profundamente humana. Los discípulos están reunidos, pero aún tienen miedo porque han visto morir a Jesús, sus expectativas se han derrumbado y ahora viven en la incertidumbre. En ese contexto aparece el Resucitado y pronuncia las primeras palabras que escuchan de su boca: “La paz esté con ustedes”. Sin reproches, sin recriminaciones. El Señor vuelve a ellos ofreciendo paz. Ese es el primer signo de la misericordia divina: Dios no regresa para condenar, sino para reconciliar.

En seguida se introduce inmediatamente la figura del Apóstol Tomás, quien no estaba presente en esa primera aparición. Cuando los demás discípulos le anuncian que han visto al Señor, él responde con una frase que refleja la dificultad de creer: si no ve, si no toca las llagas, no creerá. Tomás no es simplemente el incrédulo del grupo; en cierto modo representa la experiencia de muchos creyentes. También nosotros, en determinados momentos, experimentamos la duda, la dificultad para reconocer la presencia de Dios en la historia, especialmente cuando la vida está marcada por el sufrimiento o la incertidumbre.

Jesús vuelve a presentarse y las puertas siguen cerradas, pero el Señor entra nuevamente en medio de ellos y repite el mismo saludo: “La paz esté con ustedes”. Entonces se dirige directamente a Tomás. No lo rechaza, no lo humilla, no lo expulsa por su incredulidad. Al contrario, le ofrece precisamente aquello que él había pedido: “Trae aquí tu dedo… mira mis manos… acerca tu mano y métela en mi costado”. Y añade una frase que constituye el centro de este evangelio que ahora más me llamó la atención de este relato: “En adelante no seas incrédulo, sino persona de fe”. Esta frase no es un reproche duro; es una invitación. Jesús no condena a Tomás por su debilidad, sino que lo llama a dar un paso más profundo. Le pide que pase de la duda a la confianza, de la exigencia de pruebas a la adhesión del corazón.

La fe cristiana no consiste en tener todas las respuestas ni en poseer certezas absolutas, sobre todo. La fe es, ante todo, confiar en Cristo, reconocer en Él al Señor que ha vencido la muerte. Y el resultado de ese encuentro es extraordinario. Tomás, el que había dudado, pronuncia una de las confesiones más profundas de todo el evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. El que había pedido tocar las heridas termina reconociendo la divinidad de Cristo.

Este pasaje tiene un significado especial en el contexto del domingo de la Misericordia. La escena muestra que la misericordia de Dios no consiste solamente en perdonar los pecados; también se manifiesta en la paciencia con la que Dios acompaña nuestra fe frágil. Cristo no abandona a quien duda. Se acerca, se deja encontrar, muestra sus heridas. Las heridas en manos y costado, que no desaparecen en la resurrección, pues permanecen como signo del amor con el que Cristo ha entregado su vida. Por eso la misericordia tiene un rostro concreto: las llagas del Resucitado. En ellas descubrimos que el amor de Dios es más fuerte que el pecado, más fuerte que la debilidad humana y más fuerte incluso que la muerte.

Al final del pasaje, Jesús pronuncia una bienaventuranza que nos incluye directamente a nosotros: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros no hemos visto al Señor como lo vieron los apóstoles; sin embargo, recibimos su testimonio, escuchamos su palabra, celebramos su presencia en la comunidad y en los sacramentos. Por eso, en este domingo, la palabra dirigida a Tomás resuena también para nosotros: “No seas incrédulo, sino persona de fe”.

También hoy Cristo se hace presente en medio de su Iglesia y dirige a cada creyente la misma invitación: dejar atrás la incredulidad y abrirse a la confianza en su amor, cuya misericordia no sólo perdona, sino que sostiene, ilumina y fortalece la fe de quienes se acercan a Él con un corazón sincero. De este modo, el creyente está llamado a responder, como Tomás, con una profesión de fe que nace del encuentro con el Señor vivo: “Señor mío y Dios mío”.


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domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Pascua con Diac. Jose Torres, LC

Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43. Salmo 118(117),1-2.16ab-17.22-23.
Carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4.

Evangelio según San Juan 20,1-9.

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes.
Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo,
y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Homilía P. Diac. Jose Torres, LC

"Vio y creyó" — La fe que nace antes de entender

Quiero empezar con una escena que seguramente todos conocemos, no del evangelio, sino de la vida real.

Piensa en la última vez que recibiste una noticia que simplemente no podías procesar. Una noticia tan grande, tan inesperada, que tu cabeza decía "esto no puede ser verdad"... pero algo dentro de ti, algo más profundo que la razón, ya lo estaba aceptando. Ya lo estaba creyendo.

Ese instante extraño entre el asombro y la fe... eso es exactamente lo que Juan nos está describiendo hoy.

María llegó primero. Pero llegó llorando.

Aún estaba oscuro. No sólo afuera, en el cielo de Jerusalén de madrugada. También adentro, en el corazón de María Magdalena. Había visto morir a Jesús. Lo había visto bajar de la cruz. Lo había visto colocar en esa tumba fría. Para ella, todo había terminado.

Y cuando llega y encuentra la piedra quitada, su primera reacción no es alegría. Es pánico. "Se han llevado al Señor."

¿A cuántos de nosotros nos ha pasado algo parecido? No con una tumba vacía, claro, pero sí con esa sensación de que algo se rompió, de que lo que más amábamos desapareció, de que el capítulo que más queríamos ya no está. Y corremos. Corremos a contarle a alguien. A buscar una explicación. A encontrar al responsable.

María corrió a buscar a Pedro y a Juan.

Y entonces los dos salieron corriendo.

Y aquí el evangelio hace algo que me parece fascinante: se detiene a contarnos quién llegó primero.

Juan corrió más rápido. Era más joven, quizás. Llegó al sepulcro, se asomó, vio los lienzos. Pero no entró.

Pedro llegó después, con ese paso de hombre que ha vivido demasiado, que ha fallado demasiado —recordemos que hacía apenas tres días había negado a Jesús tres veces—. Y sin embargo, Pedro entró.

Hay algo muy humano en esto. Juan, el discípulo amado, el más cercano, el que estuvo al pie de la cruz... se detiene en la puerta. Como cuando uno tiene miedo de que la realidad confirme lo peor. Como cuando sabemos que si entramos, si miramos de frente, ya no podremos fingir que no pasó nada.

Pedro, en cambio, entró. No porque fuera más valiente. Quizás porque ya había tocado fondo esa semana y no tenía nada más que perder.

Lo que Pedro vio adentro no era un caos.

Y esto es clave. El evangelio es muy preciso: los lienzos estaban tendidos, y el sudario que cubría su cabeza estaba enrollado en un sitio aparte.

Nadie que roba un cuerpo se detiene a doblar la ropa.

Esa escena ordenada, tranquila, casi cotidiana en medio de lo sobrenatural, es el primer lenguaje con el que la Resurrección habla. No con truenos ni rayos. Con un sudario doblado.

Dios también nos habla así a nosotros, ¿sabes? No siempre con grandes señales. A veces con algo pequeño, con un detalle que no encaja, con una paz que no tiene explicación, con una puerta que se abre justo cuando creíamos que todo estaba cerrado.

Entonces entró Juan. Y vio. Y creyó.

Tres verbos. Tres pasos. Tres latidos.

Entró. Vio. Creyó.

Y aquí viene la frase que más me impacta de todo el evangelio de hoy. Después de decirnos que Juan creyó, el evangelista añade casi como un susurro:

"Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos."

Detente ahí un momento.

Juan creyó antes de entender.

No creyó porque de repente todo le cuadrara. No creyó porque alguien le explicó el versículo correcto del profeta Isaías. Creyó porque vio una tumba vacía, un sudario doblado, y algo en su interior —eso que Pablo llama en la segunda lectura "la vida escondida con Cristo en Dios"— se despertó.

La fe no espera a que todo tenga sentido.

Y aquí te hablo a ti, que llevas semanas, meses, quizás años intentando entender por qué pasó lo que pasó. Por qué Dios permitió esa pérdida, esa enfermedad, ese fracaso. Por qué las cosas no salieron como debían.

Juan no entendía. Pedro tampoco. Ninguno de los dos ese domingo de madrugada tenía respuesta para todo. Pero Juan entró. Y vio. Y creyó.

La fe no es el premio que recibes después de resolver el rompecabezas. La fe es lo que te permite sentarte frente al rompecabezas sin necesitar que esté terminado para saber que tiene solución.

La esperanza: no es optimismo barato.

La primera lectura nos muestra a Pedro (sí, el mismo Pedro que no entendía, el mismo que negó, el mismo que llegó segundo) predicando con una convicción que mueve montañas: "Nosotros somos testigos. Hemos comido y bebido con él después de su resurrección."

Entre el Pedro que entró al sepulcro sin entender y el Pedro que predica en el libro de los Hechos hay un puente. Ese puente se llama esperanza vivida.

La esperanza no es decir "todo va a estar bien" cuando no sabes si va a estar bien. La esperanza es seguir caminando hacia el sepulcro, aunque no entiendas qué vas a encontrar. Es entrar, aunque tengas miedo. Es doblar la rodilla, aunque todavía tengas preguntas.

 ¿Y nosotros?

Nosotros no estuvimos esa mañana. No corrimos con Pedro y Juan. No vimos los lienzos ni el sudario doblado. Somos exactamente los que Jesús tenía en mente cuando le dijo a Tomás: "Dichosos los que no han visto y han creído."

Somos la generación de la fe sin testigos directos. Y eso no nos pone en desventaja. Nos pone en el centro de la promesa.

Porque Pablo nos dice hoy algo radical: "habéis resucitado con Cristo." Tiempo pasado. No "van a resucitar". Ya. Ahora. Tu vida ya está escondida en Dios. La Resurrección no es solo un evento del pasado ni una promesa del futuro lejano. Es tu realidad presente.

Para terminar, en este domingo, te propongo una sola cosa.

Entra al sepulcro.

Entra a eso que tienes pendiente con Dios. A esa herida que no has querido mirar. A esa pregunta que tienes miedo de hacerle porque no sabes si soportarías la respuesta. A esa fe que dejaste tirada en algún momento difícil y que todavía no has ido a recoger.

No tienes que entender todo antes de entrar. Juan no entendía. Pedro tampoco.

Sólo entra. Mira. Y deja que Él haga el resto.

Porque la tumba está vacía. Y el sudario está doblado. Y eso —aunque todavía no lo entiendas del todo— ya es motivo suficiente para creer.

 Feliz Domingo de Resurrección. Que este día sea nuestra alegría y nuestro gozo.

 

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