domingo, 1 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Diácono Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Génesis 12,1-4a. Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22. Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,8b-10.

Evangelio según San Mateo 17,1-9.

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

Homilía por Diac. Jose Torres, LC

"¡Qué bien se está aquí!"

¿Alguna vez has vivido un momento que quisieras congelar para siempre?

Esos momentos existen. Una tarde con alguien que quieres mucho. Una conversación que empieza tarde y termina con el sol saliendo. Un silencio que, por alguna razón, se siente lleno. Algo por dentro que dice: aquí. Aquí me quiero quedar.

Pedro vivió algo así en el monte Tabor. Pero multiplicado por mil.

Primero hay que subir

Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva aparte. A un monte alto, dice el evangelio. Solo eso ya dice algo importante: los momentos profundos con Dios no suelen llegar solos mientras uno mira el celular en el sofá. Requieren subir. Y subir cansa. Requieren decidir que hay algo que vale más que quedarse cómodo donde estás.

La Cuaresma es exactamente esa invitación: sube un momento. Apártate del ruido. Hay algo que quiero mostrarte.

Y entonces ocurre la Transfiguración.

El rostro de Jesús resplandece como el sol. Sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Aparecen Moisés y Elías. Una nube los envuelve. Y una voz, que viene de más adentro que cualquier sonido humano, dice:

"Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo."

Las palabras más honestas del evangelio

En ese momento, Pedro abre la boca y dice algo que nos puede parecer un poco fuera de lugar: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas..."

El propio evangelista nos aclara con cierta ternura que Pedro no sabía muy bien lo que decía.

Pero hay en esas palabras una verdad enorme, casi sin querer.

"¡Qué bien se está aquí!"

No es teología elaborada. No es un discurso preparado. Es el grito del corazón de alguien que acaba de tocar algo verdadero y no sabe cómo manejarlo. Es el lenguaje del alma cuando se queda sin palabras.

Y aquí está, creo yo, el corazón de este domingo: Dios no es solo el que nos pide cosas. Es el que nos deslumbra.

La fe cristiana no es una lista de obligaciones ni un código de conducta con premio al final. Es, antes que nada, un encuentro. Con alguien tan bueno, tan bello, tan real, que cuando lo tocas de verdad, lo único que puedes hacer es lo que hizo Pedro: quedarte sin argumentos y decir, "Señor, qué bien se está aquí."

¿Tú lo has sentido alguna vez?

Quizás en una adoración eucarística que te dejó en silencio. En una misa que, sin saber por qué, te movió por dentro. En un momento de oración en el que algo se aclaró de golpe. En el servicio a alguien que sufre, cuando sentiste que estabas en el lugar exacto donde debías estar.

Esa sensación tiene nombre. Es la presencia del Señor. Y es el tesoro más grande que existe.

Pero no nos podemos quedar en el monte

Jesús no les deja quedarse. Les dice que bajen. Que todavía no es el momento de contarlo.

Porque la experiencia del Tabor no es el destino: es el combustible para el camino.

Y aquí llega la pregunta que más nos interpela hoy, a cada uno de nosotros.

¿Cómo vivimos entre semana lo que decimos creer los domingos?

Abrahán, en la primera lectura, recibe una llamada de Dios y hace algo que parece sencillo pero no lo es para nada: "Marchó, como le había dicho el Señor." Sin más. Sin negociaciones largas. Sin "voy a pensarlo". Escuchó y caminó. Su fe no quedó guardada en sus convicciones íntimas. Se encarnó en decisiones reales, en renuncias concretas, en movimiento.

Pablo le escribe a Timoteo y le dice algo que puede sonar duro, pero que es profundamente liberador: "Toma parte en los padecimientos por el Evangelio." No te conformes con una fe cómoda, que no te cuesta nada y, por lo tanto, no te transforma en nada.

Porque hay un riesgo real, y lo digo sin ánimo de juzgar a nadie, porque yo también lo siento: el de tener una fe de escaparate. Creer en Dios el domingo y vivir el resto de la semana con la misma lógica que cualquiera que no cree en nada. Pedir misericordia y no darla. Pedir perdón y no perdonar. Hablar de amor y tratar mal a los que tenemos cerca. Subir al monte… y bajar siendo exactamente los mismos de siempre.

La Transfiguración de Jesús es preciosa. Pero la gran pregunta que nos deja este evangelio es:

¿Y tú, te estás transfigurando?

No de golpe ni de forma dramática. Sino de a poco, en lo pequeño, con constancia: en la manera en que hablas de los demás, en cómo manejas tu tiempo y tu dinero, en si tu vida refleja lo que dices creer, en si el que te conoce de verdad puede ver en ti algo diferente, algo que apunta hacia arriba.

Para terminar

Esta Cuaresma es una oportunidad real. No para machacarnos con la culpa, sino para subir al monte. Para dejar que Jesús nos muestre quién es de verdad. Para volver a escuchar esa voz que dice: "Este es mi Hijo amado. Escuchadlo."

Y después de ese encuentro, bajar. Pero bajar distintos. Con la vida un poco más coherente. Con la capacidad de decir, en lo ordinario y en lo difícil, lo que Pedro dijo sin pensarlo:

"Señor, ¡qué bien se está aquí!"

No solo en el éxtasis del Tabor. Sino en el trabajo de cada día. En la familia. En el servicio. En la fidelidad silenciosa a lo que creemos.

Porque el Señor no nos llama a ser perfectos de una vez. Nos llama a caminar con Él. Y en ese camino prometió algo que Abrahán comprobó, que Pedro comprobó, y que tú y yo podemos comprobar también: que, en Él, la vida se llena de sentido, de belleza y de bien.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


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jueves, 26 de febrero de 2026

Vivir la Cuaresma


El tiempo de cuaresma llegó muy pronto este año. No tuvimos oportunidad de prepararnos con anticipación, o de recuperarnos del descanso de verano. El miércoles de ceniza cayó después del carnaval, como todos los años.

Sin embargo, puede parecernos que es lo mismo cada año. Y, de algún modo es lo mismo, pero yo no. Yo no debería ser el mismo del año pasado. Lo cierto es que la cuaresma es una oportunidad privilegiada para vivir la vida cristiana a plenitud. Se abre con la cruz de ceniza en la frente y termina con la cruz del Señor en el corazón.

¿En qué otro tiempo litúrgico nos proponemos seriamente, quizás ambiciosamente, pequeñas o grandes mortificaciones, una disciplina de oración y lectura, extendemos la mano hacia el hermano con diligencia, procuramos la confesión y la comunión con frecuencia?

La pascua es más luminosa y feliz, pero, a veces, bajamos la guardia porque no hay más mortificaciones y ayunos, y nos damos permisos que en cuaresma no estaban en el panorama, y terminamos haciendo del tiempo de gracia y resurrección, el menos fiel a nuestra fe. El adviento se nos hace pesado por el fin de año calendario y la navidad se esfuma junto con las vacaciones de verano. Pero la cuaresma, entre el Via crucis de los viernes, los rosarios y procesiones, ramos y visitas a las iglesias, es el tiempo litúrgico de mayor profundidad y serenidad, de mayor interés y expectación. Es una suerte de vida cristiana fiel, que dura cuarenta días y se repite cada año.

Y es por esto por lo que no debemos bajar la guardia. Proponernos prácticas devocionales posibles y moderadas. La ambición espiritual lleva primero al orgullo y luego a la decepción y el abandono. Por eso parece ser igual todos los años… y no obtenemos resultados diferentes si hacemos siempre lo mismo.

Es mejor rezar poco, pero con atención y regularmente, que lanzarse a maratones de plegarias, ocasionalmente, sin orden ni disciplina, llevados por la ilusión de la devoción emocional. Es más provechoso para la vida espiritual proponerse las obras de misericordia materiales y espirituales (vayan al catecismo…) realizables y moderadas, pero sinceras y regulares, que ir atolondradamente a Caritas parroquial, a entregar ropa vieja y/o tomarse la selfie para el Instagram…

No debemos olvidar buscar en un devocionario, o una página decente, un buen examen de conciencia (sea siguiendo los mandamientos del decálogo, o los pecados capitales, ¡o las mismas obras de misericordia!), y confesarse tan devotamente como sea posible.

La cuaresma no debe ser un tiempo fuerte, solo por cómo nos proponemos vivirla, sino porque cambia mi modo de vivir mi fe y me acerca cada vez más al ideal de cristiano. Cargar con mi cruz solo cuarenta días al año, no me hace mejor cristiano. Seguir cargándola con alegría y entereza, durante la pascua, y mirando hacia el adviento y la navidad, día a día, domingo a domingo, confesión a confesión, comunión a comunión, procesión a procesión, caridad a caridad, limosna a limosna, decepción a decepción, fidelidad a fidelidad.

Y entonces, no puedo comenzar la cuaresma, siendo el mismo del año pasado. Esta vez la cruz en la frente, me dice otra cosa. Me anima a más amor, más disciplina, más sinceridad, más profundidad, más caridad… para que sea un poco más cercano al crucificado, al que después de descender de la cruz y pasando por los brazos de María, y de allí al sepulcro, sube por el cirio pascual, en la noche santa y la ascensión, a la eternidad.


Fray Ángel Benavides OP.

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sábado, 21 de febrero de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.

Lecturas del día: Libro de Génesis 2,7-9.3,1-7. Salmo 51(50),3-4.5-6a.12-13.14.17. Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-19.

Evangelio según San Mateo 4,1-11.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio.
Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.
Y el tentador, acercándose, le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes".
Jesús le respondió: "Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo,
diciéndole: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Jesús le respondió: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor,
y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme".
Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

La fuerza humilde de Dios.

Estamos comenzando el tiempo santo de la Cuaresma. La Iglesia nos regala estos cuarenta días como un camino de conversión, de regreso al corazón de Dios. No es un tiempo triste, sino un tiempo serio y lleno de esperanza. Se nos proponen las obras propias de este tiempo: la oración más intensa, el ayuno que nos libera y la limosna que ensancha el corazón. Son medios concretos para ordenar nuestra vida, para volver a lo esencial, para dejar que Dios ocupe el centro y no nuestras preocupaciones, nuestros caprichos o nuestro orgullo.

En la segunda lectura, san Pablo nos presenta una comparación fuerte y luminosa: Cristo es el nuevo Adán. Por un solo hombre, el pecado entró en el mundo, y con el pecado la muerte; y así todos quedamos alcanzados por esa herida original. Hay una solidaridad en el mal: todos heredamos esa condición frágil y caída. Pero esa misma lógica de solidaridad, que parecía jugar en contra nuestra, ahora juega a nuestro favor. Si por la desobediencia de uno muchos fueron constituidos pecadores, por la obediencia de uno solo —Cristo— muchos serán constituidos justos.

Es impresionante pensar esto: así como sin haber hecho nada heredamos una naturaleza herida, también sin haberlo merecido recibimos la posibilidad de la vida eterna. Cristo, el nuevo Adán, asume nuestra condición y, desde dentro, la redime. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. La Cuaresma nos invita a tomar conciencia de esta verdad: no estamos condenados a repetir la historia del primer Adán; estamos llamados a dejarnos incorporar a la vida nueva del segundo Adán, a vivir según Cristo.

Y precisamente el Evangelio de este domingo nos muestra el comienzo concreto de esa obra de salvación. Jesús va al desierto y allí es tentado por el demonio. Se le propone un mesianismo espectacular: convertir piedras en pan para imponerse por lo extraordinario, arrojarse desde el templo para deslumbrar, recibir poder y gloria a cambio de una adoración falsa. En el fondo, se le ofrece ser un Mesías a la medida de las expectativas humanas: éxito, poder, dominio. Pero Jesús rechaza ese camino. No viene a salvarnos con un despliegue de fuerza, sino con la obediencia humilde al plan del Padre.

También nosotros somos tentados a buscar soluciones fáciles, caminos rápidos, reconocimientos inmediatos. Podemos llegar a querer un cristianismo sin cruz, una fe sin combate, una salvación sin conversión. La Cuaresma nos devuelve al desierto, al lugar de la verdad. Allí se decide quién es nuestro Dios y qué lugar ocupa en nuestra vida. Si permanecemos unidos a Cristo, el nuevo Adán, podremos vencer las tentaciones cotidianas —pequeñas o grandes— no con nuestras solas fuerzas, sino con la gracia que Él nos ha ganado.

Pidámosle al Señor, en este comienzo de la Cuaresma, que nos conceda la humildad de reconocer nuestra fragilidad, y la confianza de apoyarnos en su victoria. Que la oración, el ayuno y la caridad nos unan más a Cristo, para que en Él pasemos del desierto a la vida nueva que no tiene fin.


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martes, 17 de febrero de 2026

Escuchar y ayunar: una Cuaresma para volver a lo esencial

Comenzamos este tiempo con un signo sencillo y fuerte a la vez: la ceniza en la frente. Un gesto que nos sacude y nos recuerda algo fundamental que muchas veces olvidamos en medio del ritmo diario: no somos eternos, no lo controlamos todo y necesitamos volver a Dios. No para huir del mundo, sino para habitarlo mejor.

La Cuaresma es un tiempo de 40 días de camino hacia la Pascua, inspirado en los 40 días que Jesús pasó en el desierto. No es un paréntesis triste ni una pausa incómoda en el año. Es una invitación clara y actual: frenar un poco, ordenar la vida y volver a lo esencial.

La Iglesia nos propone para este camino tres pilares que siguen siendo actuales y necesarios:

  • Oración, para profundizar nuestra relación con Dios y darle espacio real en la vida.
  • Ayuno, para aprender a desprendernos, ordenar deseos y ser más libres.
  • Caridad, para amar de manera concreta, saliendo de nosotros mismos.

No se trata solo de “dejar cosas”, sino de dejar espacio. Espacio para Dios, para los demás y para lo que realmente importa.

En este contexto, el Papa León XIV nos invita a vivir la Cuaresma desde dos actitudes clave: escuchar y ayunar.

Primero, escuchar. En un mundo lleno de notificaciones, audios, reels, mensajes y opiniones cruzadas, escuchar de verdad se volvió casi revolucionario. Escuchar a Dios en su Palabra, darle tiempo, dejar que nos hable sin apurarlo. Pero también escuchar la realidad: el dolor que nos rodea, las injusticias que muchas veces naturalizamos, las personas que sufren cerca nuestro.
La fe no se vive con auriculares puestos ignorando el mundo, sino con el corazón abierto.

Escuchar es el primer paso para cambiar. Porque cuando escuchamos de verdad, algo se acomoda por dentro y empezamos a mirar la vida con otros ojos.

Después, ayunar. Y no solo de comida. El ayuno nos ayuda a descubrir de qué tenemos hambre de verdad: hambre de sentido, de vínculos sanos, de justicia, de paz. Por eso el Papa nos propone un ayuno muy concreto y necesario hoy: ayunar de palabras que lastiman.
Menos juicio rápido.
Menos hablar mal del otro.
Menos violencia y agresión en redes.

Y más palabras que construyan, acompañen y den esperanza. Porque nuestras palabras también pueden sanar o herir, acercar o alejar, levantar o destruir.

La Cuaresma tampoco es un camino solitario. Se vive en comunidad. En la familia, con amigos, en la parroquia, en los grupos. Escuchar juntos, ayunar juntos y ayudarnos a volver a lo esencial. Porque cuando caminamos acompañados, la conversión se vuelve más real, más concreta y más posible.

Este tiempo de Cuaresma no es solo “empezar de nuevo”. Es una invitación concreta y actual: bajar un cambio, escuchar más, hablar mejor y vivir con más verdad, caminando con esperanza hacia la Pascua.

Con Cariño Maru.

Mensaje del Papa León XIV para la Cuaresma


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domingo, 15 de febrero de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB



Lecturas del día: Libro de Eclesiástico 15,15-20. Salmo 119(118),1-2.4-5.17-18.33-34. Carta I de San Pablo a los Corintios 2,6-10.

Evangelio según San Mateo 5,17-37.

Jesús dijo a sus discípulos: «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.
El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»
Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal.
Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio.
Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio.
Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.
Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor.
Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios,
ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey.
No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos.
Cuando ustedes digan 'sí', que sea sí, y cuando digan 'no', que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

 Homilía por el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB 

Querida familia, estamos a las puertas de la Cuaresma, ese tiempo de desierto donde las máscaras se caen y nos quedamos a solas con la verdad que habita en nuestro corazón. Cuaresma es una oportunidad para volver con el corazón en la mano y presentarnos ante Dios que es puro amor.

Hoy, la Palabra de Jesús nos sale al encuentro con una frase que, si la escuchamos bien, debería darnos escalofríos: “Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”.

En nuestra Argentina de hoy, donde el miedo y el dolor a veces nos nublan la vista, estamos discutiendo leyes, números y rejas. Discutimos la baja de la edad de punibilidad. Pero Jesús hoy no nos habla de códigos penales; nos habla de una justicia que va más allá.

Jesús, nuestro maestro, que hunde sus enseñanzas en la tradición. Él nos dice: "Ustedes oyeron que se dijo: “No matarás”. Es fácil estar de acuerdo con eso, ¿verdad? Pero Él da un paso más y nos toca la llaga: “Pero yo les digo: el que se irrita contra su hermano...”.

Jesús corre el foco del hecho externo al corazón herido. Nos está diciendo que antes de que aparezca un cuchillo en una esquina de nuestros barrios, hubo una palabra que humilló. Antes de que corra sangre, hubo desprecio. Antes de que alguien mate, alguien fue descartado. Antes de un “drogadicto”, hubo alguien que lo fabricó y vendió.

Cuando discutimos qué hacer con el delito de un adolescente, la pregunta evangélica no es solo qué castigo le toca. La pregunta que nos tiene que quemar es: ¿Qué hicimos antes con ese chico? ¿Quién lo abrazó cuando el frío de la soledad era más fuerte que el de la calle? ¿Quién lo escuchó cuando la droga empezó a rondarle como un lobo? Una justicia que solo llega para poner esposas es una justicia que llegó tarde. La justicia del Reino, la justicia “superior”, es la que previene, la que acompaña y la que rescata antes del abismo.

A veces confundimos firmeza con dureza. Los fariseos eran expertos en la norma, eran prolijos y correctos. Pero Jesús nos pide algo superior. Y en el Evangelio, lo superior no es lo más rígido: es lo más humano.

En nuestra patria herida, a veces creemos que la seguridad se construye endureciendo el papel de las leyes. Y ojo, no negamos la libertad personal porque el mal existe y duele. Pero el Evangelio nos lanza una pregunta incómoda: ¿Queremos una sociedad más segura o una sociedad más fraterna? Porque sin fraternidad, la seguridad es un espejismo que terminamos pagando con más miedo y más rejas.

La justicia de Jesús es la que mira al joven y no lo reduce a su error. Es la que no le quita la etiqueta de “hijo de Dios” ni siquiera cuando se equivoca. Si empezamos a decir que nuestros “changos” son irrecuperables, estamos sembrando la misma violencia que decimos querer combatir. Jesús no viene a borrar los tribunales, pero nos recuerda que el Reino empieza mucho antes del juicio. Empieza cuando decidimos no descartar al otro.

Bajar una edad puede sonar a solución rápida, a alivio instantáneo para nuestro enojo. Pero el Evangelio nos pide profundidad. Nos pide mirar la desigualdad que empuja a tantos chicos a la periferia. La Iglesia no es ingenua; sabemos que el delito desgarra familias y que las víctimas merecen justicia. Pero la justicia de Dios nunca se confunde con la venganza. La justicia de Dios es siempre un camino de restauración para todo, todas, todxs.

Hermanos, al final del día, la pregunta no es qué edad vamos a poner en una ley escrita en un papel. La pregunta es: ¿Qué edad tiene nuestro corazón? Si nuestro corazón ha envejecido en el resentimiento y el "ojo por ojo", solo buscaremos castigo. Pero si nuestro corazón se deja renovar por el Espíritu, buscaremos caminos de inclusión y de esperanza.

Pidamos hoy al Señor esa justicia “superior”. La que nace de la misericordia, la que no mata con palabras y la que es capaz de dejar la ofrenda para ir a buscar al hermano que se perdió. Amén.


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