miércoles, 15 de mayo de 2024

Somos del Espíritu





Estamos transitando la novena al Espíritu Santo y te propongo rezar con todo el Capítulo 16 del Evangelio de San Juan, en el cual el mismo Jesús anticipa la venida del consolador, del paraclito


En Jn. 16, 15 leemos: "Todo lo que es del Padre es mío" y  desde esa Palabra podemos establecer relaciones como estas: somos de Jesús porque somos del Padre; pero también porque somos de Jesús y del Padre somos del Espíritu Santo. Cada uno es templo y pertenencia del Espíritu Santo. Somos del Espíritu. Soy del Espíritu. Sos del Espíritu.


El Padre Reginaldo, fraile dominico y obispo de Córdoba y de La Rioja (entre 1888 y 1904), fundador de nuestra familia religiosa, nos dejó entre tantas palabras llenas del Espíritu esta frase: "Soy de Dios soy siempre de Dios". Imaginemos que si en nuestra oración desde un sincero diálogo a solas con el Señor empezamos a decir con conciencia:  soy del Padre, soy de Jesús y soy del Espíritu, esto va a ir calando hondo en nuestras vidas... Sobre todo está conciencia de ser del Espíritu (Soy del Espíritu, siempre de Él).

      



                                          

Tal vez nos impulse mirar a algunos santos y su relación con los tres (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Una de ellas es Sor Isabel de la Trinidad, canonizada el mismo día que el Cura Brochero en el año 2016, quien habla de la inhabitación trinitaria refiriéndose a la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en el alma de las personas que están en la gracia de Dios. Es un concepto que implica permanencia, permanecer… Permanecer de la Trinidad en las personas y de las personas en la conciencia de la gracia. Sin duda nos hace recordar al permanecer en el Evangelio de San Juan y podemos decir que este permanecer nos da pertenencia como cuando crecemos en un lugar y decimos soy de ahí (o de los otros: “este es de ahí”).  ¡Tenemos entonces una relación de pertenencia también con el Espíritu y esto es hermoso para nuestro caminar cotidiano!.  


Qué no sea el pariente lejano el Espíritu Santo, al que casi no visitamos o recordamos. La conciencia de su presencia en nosotros nos pueden llevar a un cambio radical de vida.


         

¿Rezamos juntos?:


Ven Espíritu Divino,

manda tu luz desde el cielo,

Padre amoroso del pobre;

don en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.


Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.


Entra hasta el fondo del alma,

divina luz y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre

si Tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado

cuando no envías tu aliento.


Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.


Reparte tus Siete Dones

según la fe de tus siervos.

Por tu bondad y tu gracia

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno.


Hna. Fernanda de María OP



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domingo, 12 de mayo de 2024

Meditamos el Evangelio de la Ascensión del Señor con el diácono Diego Olivera

En el día de hoy celebramos la Ascensión del Señor,  Jesús vuelve al seno del Padre, a lo largo de este tiempo pascual hemos profundizado en el misterio de Jesús resucitado que se le apareció a  algunas mujeres y a sus amigos los discípulos pero llega el momento de la despedida: “Dentro de poco ya no me verán” (como escuchamos en el evangelio del jueves 9 de mayo)

En el evangelio de hoy Jesús se dirige a los discípulos y les encomienda una misión: "Vayan por todo el mundo,  anuncien la Buena Noticia a toda la creación." Este pasaje bíblico es conocido como la misión universal de los apóstoles, es decir, una misión recibida por los primeros apóstoles y que se extiende para toda la iglesia, para cada uno de nosotros que somos apóstoles de Jesús.

Somos enviados, “vayan por todo el mundo”, Jesús nos llama y nos envía, vamos en su nombre a realizar esta misión, somos portadores y transmisores de mensaje de Jesús. Vayan implica un salir, y esa es la misión de todos los bautizados, salir al encuentro de los demás y anunciar la alegría de encontrarse con Jesús. Francisco constantemente nos recuerda esta misión: “Quiero una Iglesia en Salida”, nos invita a levantarnos del banco del templo para vivir como verdaderos discípulos misioneros todos los días para que al Buena Noticia llegue a todo el mundo.

¿Qué vamos a anunciar? La Buena Noticia de Jesús. A veces cuando organizamos misiones surge la pregunta: “¿Qué voy a decir? Todavía no estoy preparado”. Y yo respondo: No hace falta aprender el catecismo de memoria o haber leído toda la Biblia, si vos ya tuviste un encuentro personal con Jesús, ya experimentaste el gran amor, ya estás preparado, eso tenes que anunciar: Dios me ama, me abraza e hizo maravillas en mi vida, Dios te ama y quiere abrazarte, quiere regalarte una nueva vida llena de amor y alegría. Esta Buena Noticia es la Resurrección de Jesús, que por su infinito amor nos salva y nos regala la paz como escuchamos repetidas veces en las apariciones después de su resurrección. Si ya estas viviendo el amor de Dios, compartilo con los demás, muchos están sumergidos en la tristeza porque no conocen la alegría de la Buena Nueva, allí está tu misión.

¿A quienes vamos a anunciar? A toda la creación, el mensaje de la salvación de Jesús es para todos, nadie excluido. Nuestra vida tiene que ser un constante anuncio de la Buena Nueva y no siempre con palabras, muchas veces los gestos dicen más que las palabras. Cuando Dios toca nuestro corazón no podemos quedarnos callados, tenemos que gritar a los cuatro vientos que Cristo nos ama a todos.

Seguramente en la misión de anunciar nos vamos a encontrar con personas que no quieren escuchar, nos van a rechazar, criticar y atacar pero no tengas miedo, vamos adelante con la fuerza del Espíritu Santo que nos alienta a gritar la Buena Nueva. El papa Francisco afirma: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (La Alegría del Evangelio N° 49)

No podemos callar este mensaje, nuestra misión esencial como bautizados es el anuncio de la Buena Nueva.

Vamos, caminemos juntos, anunciemos la Buena Nueva a toda la creación


Hoy celebramos la 58° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, te invitaos a leer el mensaje del papa Francisco: "Inteligencia artificial y sabiduría del corazón para una comunicación plenamente humana"


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miércoles, 8 de mayo de 2024

Vivir hoy la paz del Resucitado






En este tiempo de Pascua que estamos viviendo nos venimos encontrando en los evangelios dominicales con al menos un elemento que se mantiene a lo largo de todos ellos y sobre el que me gustaría reflexionar, es el tema de la paz. En los relatos evangélicos de las últimas tres semanas, vimos las apariciones post-pascuales de Jesús a la comunidad, donde Él explícitamente les concede el don de la Paz a los apóstoles. En el relato de este último domingo, la paz la encontramos como fruto más evidente de la experiencia de saberse amado por Dios, reconocernos como aquella ovejita rescatada por Jesús, nuestro Buen Pastor. Por lo tanto, encontramos que el tema viene resonando bastante.

                                         

Sin embargo, rezar con esto se vuelve difícil en los tiempos que corren. La realidad socio-económica que vivimos en nuestro propio país no es fácil ni pacífica. Y ni hablar si abrimos los diarios en las secciones internacionales: Ya son demasiados meses en los que se han prolongado las guerras en Medio Oriente y en Ucrania, que además han ido creciendo en una escalada de violencia inusitada. Como si la realidad no fuera difícil de por sí, los medios masivos de comunicación se encargan de presentarnos a diario un panorama oscuro y apocalíptico.

Y en estos momentos difíciles donde más nos salen al encuentro los textos evangélicos pascuales, en Jesús que nos promete dar la paz. Surge entonces la pregunta ¿cómo o dónde vivir esa paz? ¿Cómo se encarna esa paz en mi vida y en la realidad que toca vivir hoy sin caer en un escapismo o enajenamiento? Es allí donde me encuentro con la importancia y la necesidad de la oración. Desde mi experiencia, la única manera de encauzar y entender los signos de los tiempos actuales, es en primera instancia en el diálogo cercano e íntimo con el Señor.

                                   

Alguien me podrá argumentar: Pero ¿cómo afecta positivamente a los pobres niños de Gaza si yo soy capaz de frenar un momento al día a encontrarme con el Señor? ¿Es acaso la oración como otra manera de sedación como lo es el pasarse la vida scrolleando en las redes sociales desde la comodidad de mi casa? Pues por lo pronto, si el mal Espíritu está generando tantas guerras, por lo menos no triunfa en mi vida inquietándome y llenándome de angustia. Es pues esa angustia paralizante e inútil, que me empuja y adormece hacia una vida sobrevivida, scrolleada y no vivida en primera persona. Actitudes que por lo general terminan en poner el foco en mí mismo y/o en lo negativo de la realidad, convirtiendo este precioso tiempo que tenemos para amar y hacer el bien, en tiempo infructuoso e inútil. Estancándonos en un círculo vicioso cada vez más difícil de escapar.

Por otro lado, y he aquí mi invitación central, es la de en la oración ofrecer aquellas pequeñas cosas de la vida para aquellos que tan mal la están pasando. Me gusta pensar que si el acto más horrible jamás pensando, como fue la incruenta muerte del Hijo de Dios, pudo ser el acto de Amor más grande jamás imaginado, pues siguiendo esa lógica histórico-salvífica, ¿no puedo yo en Cristo ofrecer eso que me cuesta enfrentar el día de hoy por aquellos que sufren? Mi experiencia vital dice que sí, y que he visto el obrar de Dios de maneras sorprendentes por medio de pequeñas cosas ofrecidas en Su Nombre.

                                      

Recurro aquí también a los testimonios de muchos cristianos que hicieron experiencia de esta misma práctica de unirse a la cruz de Cristo y fueron ofreciendo su vida en tiempos de guerras y dificultades, algunos de ellos hasta fueron capaces de dar la vida por Cristo. Cuenta Alejandro Dziuba, quien estuvo en Auschwitz en 1940 que el Padre san Maximiliano Kolbe les decía a él y sus compañeros de barracas “Yo no le temo a la muerte; temo al pecado” y persistía en alentarlos a no tener miedo a morir y en cambio ocuparse de la salvación de sus almas, señalandoles a Cristo como el único apoyo seguro y la ayuda con la que podían contar. A su vez ellos veían como el mismo Maximiliano ponía toda su vida en el campo de concentración en manos de Dios. “He conocido muchos sacerdotes, pero ninguno que tuviera una fe tan profunda y vía como la del Padre Maximiliano” concluía en su relato este valiente sobreviviente[1].

Es hermosa la reflexión de Maria Skobtsova, santa ortodoxa martirizada contemporáneamente, en el campo de concentración de Ravensbrück, cuando escribe durante la guerra: En este preciso momento sé que cientos de hombre se enfrentan a lo más grave que existe, a la gravedad misma: la muerte. Sé también que otros miles están a punto de hacerlo. […] Con todo mi ser, con toda mi fe, con toda la fuerza de mi espíritu sé que en este preciso momento Dios mismo visita su mundo. Y este mundo puede recibirle, abrirle su corazón. Si lo recibimos, nuestra vida caída, temporal, pasará en un instante a quedar sumergida en las profundidades de la eternidad y nuestra elección humana se hará semejante a la cruz del Dios hecho hombre. Entonces, en el mismo centro de nuestro sufrimiento mortal, veremos las vestiduras blancas del ángel, que nos dirá: «el que estaba muerto, ya no está en el sepulcro». Entonces la humanidad entrará en la alegría pascual de la resurrección.[2]



[1] Patricia Treece, Maximiliano Kolbe, un hombre para los demás. Testimonios de quienes lo conocieron, Ed. De la Inmaculada, p. 187

[2] Madre María Skobtsova, El sacramento del Hermano, la guerra como revelación, ed. Sigueme. p.180

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lunes, 29 de abril de 2024

El camino del Resucitado - Vía Lucis







El papa Francisco nos ha invitado a vivir el año de la oración, en este tiempo pascual te invitamos a rezar el Via Lucis.

Podemos decir que los católicos tenemos varios eventos importantes, pero ninguno de ellos tiene tanta trascendencia como la Semana Santa.Ya sea porque vemos alguna película relacionada con la vida de Jesús o porque tenemos un fin de semana largo. Sea cual sea el motivo, esa semana es especial. Te invito a sentarte junto a tus padres o abuelos preguntarle cómo vivían ellos la semana santa, nos gustaría que puedas compartir con nosotros a través de los comentarios como la vivieron ellos y como la vivís vos ahora.

Quizás algunos coincidan con aquella tradición de ir a un determinado lugar, ya sea un templo, un campo, un cerro, donde la familia acompaña simbólicamente a Cristo a través del rezo del Vía Crucis. Especialmente el Viernes Santo. Donde se recuerdan algunos de los momentos más significativos de Jesús, desde que es apresado hasta que muere en la cruz.

Una vez que termina la cuaresma, con el Domingo de Resurrección empezamos una nueva etapa, el tiempo de  la Pascua. En este tiempo estamos invitados a caminar junto a  Jesús Resucitado. Es decir, así como seguimos los pasos de Jesús hacia su martirio durante la cuaresma y la semana santa, ahora recorremos los momentos que ocurrieron luego de su resurrección hasta la venida del Espíritu Santo.

Tanto el Vía Crucis como el Vía Lucís son modos de oración. El Vaticano a través de sus documentos los reconoce  como “ejercicios de piedad”[1].Al recorrer las estaciones del Via Lucis nos hacemos testigos de la resurrección y herederos de la misión que Jesús encomendó a sus discípulos: llevar la buena noticia por todo el mundo.

El Vía Lucís es una manera de recordar que desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés hay cincuenta días llenos de acontecimientos inolvidables y trascendentales que fueron vividos muy intensamente por los discípulos de Jesús, e incluso por María. Y nosotros no debemos dejarlo pasar así nomás.La historia de Jesús no termina con la muerte en cruz.

Jesús expresó mediante la cruz cuanto amor siente por nosotros, ahora, a través de la resurrección quiere compartir con nosotros su alegría de habernos reconciliado con el Padre. Podríamos decir que allí se realiza efectivamente nuestra historia de salvación. Al vencer el pecado y la muerte, Jesús abre para nosotros las puertas de la eternidad.

De esta manera complementamos el Vía Crucis con el Vía Lucís para recordar que nuestra fe no termina con Cristo crucificado y muerto en la cruz, sino que nuestra fe se fundamenta en un Cristo que pasó por la cruz y resucitó.

Después de aquel gesto de amor infinito, al morir en la cruz, nos deja su presencia eterna a través del Espíritu Santo. El Espíritu nos permitirá encontrar el sentido profundo de todo lo que hizo Jesús.

Te invito a rezar el Vía Lucís con tu familia, con tu comunidad, o quien quieras compartirlo. Descargaraquí el Via Lucis

  

Cristo ha resucitado, Aleluya!

 

 



[1]Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. (s. f.). https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccdds/documents/rc_con_ccdds_doc_20020513_vers-direttorio_sp.html

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sábado, 27 de abril de 2024

Meditamos el Evangelio del 5° Domingo de Pascua con Fray Paul OP



Hechos de los Apóstoles 9,26-31. Salmo 22(21),26b-27.28.30.31-32. Epístola I de San Juan 3,18-24.


Evangelio según San Juan 15,1-8.


Jesús dijo a sus discípulos:

Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.

El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía.

Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»


Homilía por Fray Paul OP 


La imagen de la viña es una parábola que Jesús usa en los evangelios sinópticos para enseñar cómo es el Reino de los Cielos, el fruto de la vid es la Eucaristía. Sin embargo, en el evangelio de Juan vemos que Jesús mismo es la Vid Verdadera, es uno de los tantos "Yo soy" que emplea para desvelar el misterio de su nombre divino y de su persona. Jesús es la Vid de verdad y el Padre el viñador. El Padre es el encargado de purificar los sarmientos, es decir, a Él le compete la tarea de cortar, podar y limpiarnos para poder dar más fruto. Si creemos que ya somos fructíferos por nuestras buenas obras, Dios nos invita a ser más fecundos todavía. 


La Palabra de Dios es la que ayuda a purificarnos. Esta palabra "purificar" en griego es "katarsis". Se trata de una poda, de cortar y extirpar todo aquello que nos hace daño y contamina el alma. Hay que dejar que la fuerza de la Palabra divina haga éste efecto sanador en nosotros. 


El Evangelio debe cumplir la tarea de una podadora para embellecer nuestro corazón. De este modo permaneceremos en Él, así como Él permanece en nosotros. La permanencia, el estar arraigados y firmes en la fe cristiana, es la garantía para dar cada vez más frutos, porque sin Él nada podremos hacer. Si alguno se aleja de su presencia, Él mismo se encargará de podarnos  y avivarnos con su fuego purificador. Lo fascinante de todo esto es que nosotros podemos colaborar con el Viñador en ésta tarea. Estamos llamados a consolar a los que se han alejado de la Viña del Señor para restablecerlos a la fe. Esto podemos pedirlo al Señor. Ser sus instrumentos, así como el Viñador necesita de herramientas para recoger los frutos, así mismo Dios quiere necesitar de obreros y operarios para deleitarse de lo dulce de la Vid. 


San Ireneo decía que "la gloria de Dios es que el hombre viva". Pienso que lo decía inspirado en éstas palabras de Juan "la gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto". Porque ciertamente una vida estéril e infecunda no es vida. La vida nos ha sido dada para fructificarla, para multiplicar los dones que el Señor nos ha regalado, en el estilo de vida que vivamos, en la vocación particular que fuera, estamos llamado a dar frutos en abundancia, porque al final de todo, "por sus frutos los reconoceréis" (Mt 7,20).



Homilías de Pascua:






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