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domingo, 21 de marzo de 2021

5° Domingo de Cuaresma - Homilía del Cardenal Eduardo Pironio



Jer 31,31-34 / Sal 50 / Heb 5,-79 

Evangelio según San Juan 12,20-33

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. El les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: 'Padre, líbrame de esta hora'? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar". La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel". Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.

Homilía del Cardenal Pironio (24 de marzo de 1985)

Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Estas palabras misteriosas que Jesús dice cuando Felipe y Andrés se acercan para decir que los gentiles lo quieren ver –queremos ver a Jesús-. Estas palabras misteriosas señalan que la pasión de Jesús –su muerte y su resurrección- están ya por cumplirse. También nosotros vamos llegando a la hora de Jesús. Estamos a una semana del comienzo de la semana mayor de la iglesia, la semana santa. Habrá que vivirla con una particular intensidad de amor.

En la oración le hemos pedido al Señor que nos ayude a fin de que podamos sentir, vivir, obrar con aquella caridad que movió, empujó al Hijo a dar la vida por nosotros. Es mucho lo que le pedimos. Tener la misma caridad que empujó al Hijo a dar la vida por nosotros, y a vivir y obrar así. A vivir, es decir, a sentirnos interiormente llenos de esta caridad. Por consiguiente con las mismas exigencias de oración, de servicio, de cruz. Y a dar la vida por los demás, por consiguiente, con una entera disponibilidad a morir en bien de nuestros hermanos para que en ellos nazca más profundamente el Señor.

El domingo pasado recordábamos que la pasión de Jesús no se explica sino desde el amor del Padre: tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo. Ahora comprendemos que la pasión de Jesús, el misterio pascual, no se explica sino desde el amor que Jesús nos tiene. Le pedimos participar en este amor que lo empuja a dar la vida por nosotros.

Este amor se manifiesta en forma de alianza. La primera lectura nos habla de la alianza. Llegarán días en los cuales yo haré una alianza nueva con la casa de Israel, con la casa de Judá. La alianza. ¿En qué consiste esta alianza? Es una unidad irrompible entre Dios y su pueblo de tal manera que en adelante Dios será su Dios y el pueblo será su pueblo. Es una alianza que exige fidelidad por ambas partes. Una alianza que lleva a un conocimiento mucho más hondo de Dios. No será necesario -dice- que nadie les enseñe, reconoceréis al Señor, todos los conocerán desde el más chico al más grande.

Esa alianza se realiza de una manera particular con la sangre de Jesús. Esta es la sangre de la nueva alianza. El misterio pascual de Jesús que celebramos hoy, que celebraremos de un modo solemne en la semana santa, en el día de Pascua. El misterio pascual de Jesús es una alianza. En esa alianza hemos entrado a vivir con el Bautismo. El Bautismo que es nuestra primera alianza. Dios empezó a ser nuestro Dios y nosotros empezamos a ser su pueblo. Dios empezó a ser nuestro Padre y nosotros empezamos a ser sus hijos. Después llegó un momento en que esta alianza, por bondad misericordiosa, tiernísima del Señor, esta alianza se hizo más profunda. Se llevó a plenitud la consagración bautismal. Fue la alianza de los votos, de la profesión perpetua.

Ustedes van a renovar mañana en la fiesta de nuestra señora del sí, los votos, van a renovar la alianza. Sentirán mucho más profundamente -como lo siento yo en mi vida sacerdotal- que Dios es nuestro Dios y que nosotros somos su propiedad, que somos sus hijos, que son sus esposas. Dios es el Dios de la alianza.

Meteré la ley en sus corazones. ¿Qué significa esto? Meteré, escribiré adentro la ley; no en tablas de piedra que se puede romper, sino adentro. Cambiaré el corazón de piedra en un corazón de carne, infundiré mi espíritu para que puedan amar bien. La ley en definitiva es eso: amarás al señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo. La meteré adentro para que no se rompa. Y meteré al Espíritu Santo para que Él ame dentro de vosotros.

La segunda lectura ya nos presenta a Cristo siervo que ora en Getsemaní. Es de la Carta a los Hebreos, la carta por antonomasia del sumo sacerdote. Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento. ¡Qué hermosa es esta frase! Siendo Hijo de Dios aprendió -por las cosas que padeció- a sufrir. Aprendió la obediencia en la escuela del sufrimiento. ¡Que lección para nosotros! Pero este sufrimiento íntimamente sacerdotal que nos da la vida porque dice llegó a la perfección.

¿Cuándo ha llegado a la perfección? Cuando pasó por la gloria de la cruz. Cristo llega a la perfección a través de la muerte, la resurrección, la ascensión al cielo, el envío del Espíritu Santo. Todo eso es la perfección, la plenitud del misterio pascual. Entonces ha llegado a la perfección, se hace para nosotros causa de salvación eterna. Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento. Y antes la Carta los Hebreos nos muestra al siervo sufriente orando con gritos y lágrimas. Es la oración de Getsemaní. Ofreció plegarias y súplicas con fuertes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo.

La vida de una sierva que ha entrado en la alianza por su consagración tiene que ser necesariamente una vida de oración intensa, una vida de serena cruz. Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento.

Luego el evangelio. Si alguno quiere servirme que me siga y donde yo estoy estará también mi siervo, mi servidor. Ustedes se llaman particularmente siervas, tienen que vivir el misterio de su nombre. Siervas como María, es decir, disponibles. Siervas, como María, es decir, acogiendo constantemente la palabra y engendrándola en la Iglesia. Siervas como María, serenas y fuertes al pie de la cruz. Por eso el Evangelio es todo sobre la cruz. La glorificación por la cruz. Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere queda solo pero si muere entonces es cuando produce fruto. No tengan miedo a la cruz, no la pidan, pero cuando el Señor adorablemente la pone en la vida -y la tiene que poner porque sino nuestra vida no sería de configuración plena con el Cristo pascual, no seria fecunda-, cuando el Señor la ponga no tengan miedo porque es el momento de la gloria. Sentirán una gran serenidad, una gran fuerza. Sobre todo experimentarán la alegría de la fecundidad. La fecundidad maternal como en el sacerdote es la fecundidad paternal de su consagración. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo pero si muere da mucho fruto.

Si alguno quiere ser mi siervo que me siga y donde estoy yo este también mi siervo. ¿Dónde está el siervo que es Jesús? ¿Dónde está? Está en el seno del Padre por la interioridad y la unidad de la oración. Está en el seno de María cuando se hace carne y se anonada por nosotros. Está en el seno de la cruz cuando nos reconcilia para siempre con el Padre. Si queremos de veras ser siervos con Jesús, como María, vivamos allí donde vivió Jesús, donde vivió María: en el seno del Padre por la oración, en el seno de María por el anonadamiento y la disponibilidad total, en el seno de la cruz por nuestra entrega fiel, gozosa, serena a una cruz que nos hace grandes y fecundos en la iglesia. Que así sea.

Palabras después de la bendición final.

Les hablaba de intensidad, que nos prepare para la celebración del misterio pascual. Ha llegado la hora, dice Jesús. Y para esta hora nos hizo el Padre. Y qué vamos a pedir: Padre, líbranos de esta hora. Si para esta hora el Padre nos hizo venir al mundo, vivir hondamente el misterio pascual de Jesús. Y -en Él- nuestra propia Pascua hecha de cruz y de esperanza, de muerte y resurrección. Particularmente ustedes van a hacer este día de oración preparándose a la gran fiesta de nuestra señora del sí –mañana- y renovar sus votos. Yo les aconsejo simplemente que vuelvan a repasar los hermosísimos textos de la liturgia del hoy. El Señor ha hecho una alianza especial con ustedes en el día de la profesión. Esa alianza supone fidelidad pero seguridad ante todo en la fidelidad de Dios. Yo meteré mi ley en su corazón. Esa ley es el don del Espíritu con el cual ustedes cumplirán con fidelidad las exigencias de sus constituciones y -más abajo, más hondamente todavía- el llamado particular del Señor a la santidad. Yo seré su Dios, ellas serán mi pueblo; Yo seré su Esposo, ellas serán mis esposas, dice Cristo. Y luego esa asimilación profunda con el Cristo anonadado; el Cristo que ora en el huerto con lágrimas y clamores, con gritos; el Cristo que en los sufrimientos aprende lo que es obedecer. Y se hace así -siendo perfecto- causa de salvación para los demás. Sentir la maravillosa vocación de servidoras: junto con el sacerdote ser causa de salvación en Cristo y por Cristo sacerdote para todos los demás. Y luego el Evangelio tan hermoso del grano de trigo que muere para poder dar su fruto. Las palabras tan hermosas de Jesús: el que quiera ser mi servidor que me siga y donde yo estoy que esté también él. Para aprender cómo tiene que ser una sierva que mire. ¿Dónde está el Señor? El Señor está en el desierto orando, está entre la muchedumbre curando y está en la cruz ofreciéndose. Que María les prepare y nos prepare a todos para la gran fiesta de mañana.


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domingo, 14 de marzo de 2021

4° Domingo de Cuaresma - Homilía del Cardenal Eduardo Pironio




2 Cro 36,14-16.19-23 / Sal 136 / Ef 2,4-10


Evangelio según San Juan 3,14-21.

Dijo Jesús: De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.» El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

Homilía del Cardenal Eduardo Pironio (17 de Marzo, 1985)

Nos estamos acercando hacia la Pascua. Misterio central en nuestra vida cristiana, en nuestra vida de consagrados, porque nuestra vida, en definitiva, es una alegre y serena proclamación de que Cristo murió y resucitó. En la oración que acabamos de recitar hemos pedido al Señor que nos ayude a fin de que con fe viva y entrega generosa podamos disponernos a celebrar la Pascua ya muy cercana. Con fe viva y entrega generosa. O sea, viviendo en la luz, realizando la verdad, como dice Jesús en el Evangelio de hoy. Aceptando a Jesús, el enviado del Padre, el que vino para reconciliar al mundo con el Padre. Entrega generosa sobre todo en la caridad. Todo el camino de la Cuaresma está marcado por la caridad, la oración, la conversión.

Este domingo es un domingo particularmente lleno del gozo, de la confianza de la redención; antiguamente se llamaba el domingo de la alegría, domingo laetare. La antífona de entrada comienza así: festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría. Porque llega la Pascua, llega la redención. Todo el camino de Cuaresma debió ser un camino de alegría muy serena, muy honda, mucho más honda, mucho más fuerte, mucho más solemne que la alegría de la navidad. Estamos caminando hacia la plenitud de la navidad que es la Pascua. La encarnación de Jesús es encarnación redentora y tiene su punto final en el misterio de la muerte y la resurrección de Jesús, en el misterio de su exaltación.

El evangelio de hoy precisamente empieza con esa exaltación de Jesús. Jesús habla con Nicodemo y le dice: lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre para que todo el que cree en Él tenga vida. Es el misterio de la exaltación de Jesús hecho siervo, hecho hombre, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Y por eso el Padre lo glorificó, lo exaltó, dándole un nombre superior a todo nombre, como nos dice Pablo en la carta a los Filipenses. Ilumina este domingo de la alegría la imagen pascual de Jesús levantado en la cruz para nuestra redención, para nuestra vida.

Entre tanto, de las lecturas que acabaos de hacer ¿cuáles son las ideas principales? Primera y fundamentalísima el amor gratuito, inmenso, exagerado de Dios. Amor exagerado de Dios. Lo dice Jesús en el evangelio: tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo, dio a su Hijo. El Hijo es el don del Padre así como el Espíritu Santo es el don del Hijo. Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo no para condenar sino para salvar, lo dio para que no perezca ninguno sino que todos tengan la vida eterna.

Todo el misterio de la semana santa, el misterio sobre todo de los días santos, del triduo santo, todo el misterio pascual tiene que estar iluminado con esta expresión tan simple. Hay almas que pasan años y años meditando esta expresión y de ahí no pueden salir. Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo no para condenar sino para salvar. Es el amor gratuito de Dios que aparece también en la segunda lectura, la carta a los Efesios: Dios rico en misericordia. La misericordia supone la miseria. Mirando nuestra miseria, por el gran amor con que nos amó -es decir por el excesivo amor con que nos amó- estando todavía nosotros muertos en el pecado nos ha hecho revivir con Cristo. Por pura gracia habéis sido salvados, es un amor gratuito. Y nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con Él.

Es interesante ver que el misterio realizado por Jesús ya está realizado por el Bautismo en nosotros. Por el Bautismo también nosotros vivimos, hemos sido resucitados y estamos sentados en el cielo ya. Así muestra Dios en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Damos gracias hoy al Padre por su amor gratuito y por esta vida que ya está plantada en nosotros, por este cielo que ya está sembrado en nosotros. Vivimos resucitados, sentados a la derecha del Padre.

Y sigue todavía -por si nos queda duda- San Pablo a explicarnos que el amor de Dios es gratuito: estáis salvados por la gracia, mediante la fe. No se debe a vosotros sino que es un don de Dios. Es para saltar de alegría al pensar este amor misericordioso del Padre que en Cristo Jesús nos recrea, nos hace nuevos. Tampoco se debe a las obras para que nadie pueda presumir. Somos pues obra suya.

Entonces nos viene ciertamente a la memoria aquella imagen del profeta Jeremías que Dios nos hace como una arcilla que la modela a su gusto, nada mas que ahora nos ha modelado en Cristo Jesús. Somos obra suya. ¿Por qué? Porque Dios nos ha creado en Cristo Jesús. Esa es la primera idea fundamentalísima: Sentirnos amados profundamente por el Padre en Cristo y dejarnos amar por Él.

La segunda idea es la idea de la vida, de la vida nueva que hay en nosotros, de que somos creación nueva. En las invocaciones penitenciales recordábamos que hemos sido hechos nueva creatura por el agua y por el Espíritu Santo. El Bautismo nos hace creación nueva. Aquí Pablo dice que Dios nos ha creado en Cristo Jesús. Es una expresión que aparece mucho en Pablo: que somos creación suya. En 2 Co 5 nos dice que el que está en Cristo es una creación nueva, todo lo viejo pasó, quedó hecho el hombre nuevo. Somos creación nueva.

Y esta creación nueva, ¿cómo se da? Hemos vivido en Cristo, resucitado con Cristo y ya sentados con Él en el cielo, es decir, ya estamos glorificados. Por eso san Pablo nos dirá en la Carta a los Romanos que Dios a aquellos que amó los predestinó, a los que predestinó los llamó, a los que llamó los justificó, y a los que justificó los glorificó. O sea, sin esperar la llegada al cielo, ya estamos glorificados en la tierra porque en definitiva el cielo es Dios y Dios ya está en nosotros. Porque la vida eterna ya ha sido plantada en nosotros por el Bautismo. Vivimos la vida eterna.

Es Jesús el que nos está diciendo en el evangelio de hoy: tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que no perezca ninguno de los que crean, sino que tengan la vida eterna, ya ahora. Es una constante: el que cree en Él no será condenado, el que no cree en Él ya está condenado porque no tiene la vida. El que cree tiene la vida. Es una constante en el evangelio de Juan esta expresión: el que cree tiene la vida. El que come mi carne tiene la vida. Somos una nueva creación.

Hoy al mismo tiempo que damos gracias al Padre por su amor gratuito damos gracias por esta alegría inmensa de la vida nueva, de la creación nueva en nosotros por el Bautismo.

Pero ¿qué exige de nosotros esta creación nueva? Es la tercera idea. Vivir obrando la verdad. Es decir, vivir como hijos de la luz. Es Jesús el que nos habla hoy de la luz en el evangelio. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz. El que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz. En cambio el que realiza la verdad se acerca a la luz. O sea, se trata de acoger por la fe a Jesús que es nuestra luz. Si hay todavía tanta sombra, tanta tiniebla, tanta angustia en nuestro interior es porque no ha entrado profundamente Cristo que es la luz. Dejemos que Él entre. El Padre es el que ha encendido esta luz en nuestros corazones. Dejemos que nos ilumine. Pero aceptemos a Cristo por la fe. Dejemos que entre por la fe. Pablo dirá en la Carta a los Efesios que Cristo habita por la fe en nuestros corazones. Aceptemos, acojamos a Cristo por la fe y obremos conforme a esta luz.

El amor del Padre gratuito que nos redime y nos hace vivir en Cristo Jesús. La vida nueva, nueva creación en Cristo, los que caminan ahora en la fe hacia la luz, desde la luz, con la luz adentro. Ya la primera lectura nos hablaba de este amor del Padre que nos hace nuevos, nos recrea, nos libera. La primera lectura es hermosísima. Dios que castiga al pueblo por su infidelidad y lo pasa a la esclavitud de Babilonia. Segunda gran esclavitud. Primero la de Egipto, segundo la de Babilonia. Jeremías el profeta anuncia el castigo y llama en la esperanza a la conversión. Aquí es llevado a Babilonia.

El Salmo responsorial nos cuenta hermosísimamente cómo los deportados, los exiliados en Babilonia no pueden cantar: que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, junto a los canales de Babilonia nos pedían que cantáramos, ¿cómo vamos a cantar un canto a Sión en tierra extranjera? Entonces Jeremías el profeta sigue ahondando esta esperanza y llega el momento en que Ciro, rey de Persia, los libera en nombre del Señor -Moisés los había liberado en el nombre del Señor en Egipto- y los lleva otra vez a la ciudad rehecha, al templo, a Jerusalén. El amor gratuito de Dios.

Demos gracias al Señor y que nos preparemos así para esta Pascua. Yo deseo de todo corazón una Pascua nueva, una Pascua muy honda, muy feliz. La Pascua en cierta manera que prepare en nosotros el encuentro definitivo, la Pascua definitiva. Nos lo conceda el Señor por medio de María, la que nos dio a Jesús, el Verbo encarnado.



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sábado, 6 de marzo de 2021

3° Domingo de Cuaresma - Homilía del Cardenal Eduardo Pironio




Exodo 20,1-17. / Salmo 19(18),8.9.10.11. / Corintios 1,22-25.

Evangelio según San Juan 2,13-25.

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio". Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá. Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar". Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?". Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.

Homilía del Cardenal Eduardo Pironio (10 de Marzo, 1985)

Tercer domingo de Cuaresma. Nos vamos acercando hacia la Pascua. El Evangelio nos habla de Jesús que estaba en Jerusalén para la Pascua. A medida que nos vamos acercando tiene que crecer en nosotros la disponibilidad para escuchar la palabra del Señor. Así nos metemos en el corazón de la Virgen de la Cuaresma para que nos haga gozar de una Pascua muy honda, muy fecunda, muy nueva. A medida que pasa la Cuaresma vamos intensificando la alegría de nuestra caridad, la profundidad de nuestra oración, la autenticidad de nuestra penitencia, de nuestra conversión.

Todo es pascual en la liturgia de hoy. Pascual es este versículo que hemos rezado antes del evangelio que es el que ilumina todo el misterio pascual de Jesús -su muerte y resurrección- y es lo que ilumina también la luz de Dios con nosotros y lo que tiene que iluminar también nuestra vuelta cada día mas honda y generosa al Señor. Dios ha amado tanto al mundo que la ha dado a su Hijo, el que cree en él tiene la vida eterna. Dios no lo ha mandado al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Estas palabras de Jesús dichas a Nicodemo en la noche iluminan el misterio pascual, la muerte y la resurrección de Jesús. ¿Por qué? Porque Dios amó tanto al mundo que le dio a su Hijo, lo dio, es decir, lo envió; lo dio, lo mandó a la muerte; lo dio, lo entregó a cada uno de nosotros para que ese misterio de muerte y resurrección de Jesús naciera en nosotros, se hiciera vida en nosotros.

Un don pascual es la ley. La primera lectura nos cuenta la ley. Dios le habla a Moisés y le da el decálogo, la ley. La ley no es una imposición, la ley es una forma de entrar en comunión con Dios. Dios habla a su pueblo y le dice: ¿estás dispuesto a hacer esto? El pueblo responde: sí, lo haremos. Y entonces se hace la alianza, la comunión.

La alianza que está hecha de palabra de Dios y de respuesta del hombre, por eso el salmo responsorial nos está diciendo: Señor, tu tienes palabras de vida eterna. La ley es una palabra de Dios que nosotros acogemos, realizamos. Supone una propuesta de Dios y una respuesta nuestra, y entonces se hace la comunión entre Dios y nosotros.

Esa alianza se hace mucho más honda y nueva con la sangre de Jesús en la cruz mediante su misterio pascual. La alianza entonces reviste otra forma en el Nuevo Testamento. La alianza se presenta así: amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu, con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo, ¿estás dispuesto a hacer esto? Sí, estoy dispuesto. Entonces Cristo sella esa alianza con su sangre, y entramos en comunión con el Cristo muerto y resucitado. Por eso la primera lectura no es una simple imposición externa; es un anuncio, un signo, un principio de esa alianza que Jesús va a sellar mediante el misterio pascual en la cruz. Señor, tú tienes palabras de vida eterna. La alianza supone una propuesta de Dios, una aceptación nuestra, una respuesta nuestra.

Del misterio pascual nos habla la segunda lectura. El hermosísimo texto de la primera carta de Pablo a los corintios. Mientras los judíos andan buscando milagros y los griegos andan buscando sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado que es escándalo para los judíos, es locura para los paganos pero para aquellos que han sido llamados, para nosotros, es potencia de Dios y sabiduría de Dios. Toda nuestra vida está centrada en el misterio de Cristo crucificado pero no un Cristo derrotado, sino un Cristo Pascual, un Cristo muerto y resucitado. La gran sabiduría y la gran fuerza nuestra es Cristo y Cristo crucificado, no sabemos otra cosa, no predicamos otra cosa mas que el misterio pascual de Jesús, su muerte y resurrección. Por eso nuestra vida es una predicación y una celebración constante del misterio pascual. Está marcada por la cruz y la esperanza. Cristo crucificado y resucitado, sabiduría de Dios, potencia de Dios.

El Evangelio nos habla de la Pascua a través de la imagen del templo. Jesús dice: destruid este templo y yo lo voy a reedificar en tres días. Jesús había reivindicado la paz, la limpieza, con respecto al templo. Había echado del templo material a todos aquellos cambistas y negociantes. Los echó, tenían que respetar el templo. Ellos le preguntan con qué autoridad hace eso y Jesús les responde simplemente con esta alusión a su resurrección: destruid este templo y yo lo voy a resucitar, a componer en tres días; hablaba del templo de su cuerpo. Del templo material Jesús pasa al verdadero templo que es nuestro propio cuerpo, nuestro propio ser. Jesús era el templo donde habitaba la divinidad.

Nosotros, los bautizados, los ungidos, somos el templo donde habita la Trinidad. Por eso Pablo nos dirá: no destruyáis el templo de Dios que sois vosotros. Porque Dios os va a destruir a vosotros si destruís vuestro templo. ¿Cómo destruís vuestro cuerpo? Profanándolo con el pecado. Jesús dice: destruid este templo -es decir, destruidme a mí- y yo lo voy a resucitar.

Cuando fue resucitado de entre los muertos sus discípulos se acodaron de que lo había dicho. Así que esta imagen del templo se está refiriendo claramente a la resurrección, es decir, al templo de su cuerpo que fue destruido por los judíos en la pasión y fue resucitado por él en el día de la gloria.

Que el Señor nos vaya metiendo cada vez más hondamente en el misterio pascual de Jesús muerto y resucitado, que nos haga vivir la alegría de la cruz cotidiana y haga crecer en nosotros la esperanza. Que el camino de cambio, de conversión, se vaya obrando con mucha serenidad, pero con mucha profundidad y con mucha autenticidad en nosotros a fin de que el día de la Pascua podamos cantar verdaderamente “aleluya, Cristo resucitó”, porque nosotros también nos sentimos criatura nueva en Él. Nos lo conceda María, la humilde servidora del Señor, virgen de la Cuaresma y de la Pascua.



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domingo, 21 de febrero de 2021

1° Domingo de Cuaresma - Homilía del Cardenal Eduardo Pironio


Queridos lectores de este blog, los invitamos a caminar esta cuaresma con las palabras del Cardenal Eduardo Pironio, siervo de Dios:


"Señor, enséñame tus caminos. Es algo que vamos diciendo desde que se despertó en nosotros la voz del Señor que nos llamaba: Enséñame tus caminos: porque cada día son los mismos y son nuevos; son caminos idénticos, son los caminos de hacer siempre la voluntad de Dios. Pero todos los días hay una realidad nueva, una realidad distinta, tal vez de una manera muy gozosa un día y de una manera desconcertante y dolorosa, otro día. De una manera clara y de una manera también oscura.

Señor, enséñame tus caminos. Porque no sabemos qué es lo que nos puede suceder el día de mañana, o qué es lo que Dios tiene planeado adorablemente para nosotros en el día de mañana. Yo tengo una experiencia personal muy evidente. "Enséñame tus caminos". Pero no es únicamente mostrar por dónde se va y por dónde nos quiere llevar el Señor, sino también el modo como tenemos que ir realizando con serenidad, con paz interior, con alegría, ir haciendo de nuevo el camino del Señor: este camino del Señor exige en nosotros una continua conversión. Es la conversión que Jesús -el Evangelio del Padre- predica como tema central en el Evangelio de hoy: Convertíos, creed en la Buena Noticia. Y esta conversión no consiste en hacer cosas extraordinariamente grandes, sino en ser cada día más sencillamente fieles a lo que hemos ido repitiendo: Señor, enséñame tus caminos.

La conversión no es algo trágico. La conversión es un proceso sereno de vuelta a Dios, en la alegría de hacer, realizar, su voluntad: Convertíos. Como se convirtieron los primeros discípulos. En definitiva, toda nuestra vida de santidad en santidad, es una continua conversión. Cierto, hay una primera conversión: es el Bautismo; y otra conversión que es nuestra penitencia, nuestra confesión: un momento fuerte de nuestra vida en que el Señor nos muestra algo que quiere de nosotros y lo recibimos con alegría. Pero la conversión es un volver cada día serenamente al Señor y mostrarlo en la alegría y en la transparencia de nuestra vida.

¿Qué es convertirnos? Yo he pensado mucho en estos días si no es en transmitir en medio del pequeño sufrimiento o de los variados sufrimientos, mostrar la alegría: ser alegres. Mostrarla a pesar del sufrimiento y del dolor. No es hacer cosas grandes, es hacer cosas sencillas siempre con alegría nueva.

Hay algunos momentos en que uno piensa que el tiempo es breve para uno, después se olvida tal vez. Pero siempre, cada día que pasa, el tiempo va siendo más breve y va siendo más cercana la Eternidad y la consumación del Reino. Entonces, la apariencia de este mundo es pasajera: es decir, la figura de este mundo es pasajera; hay que vivir con fidelidad lo que Dios nos va pidiendo cada día. Y lo que nos va pidiendo, para terminar, es lo que Jesús en el Evangelio de hoy -tan completo, tan hermoso- nos va pintando. Primero, el tema central de la Buena Noticia, el Reino de Dios: El Reino de Dios está cerca.

Mejor todavía: El Reino de Dios ya llegó, porque el Reino de Dios es Jesús y el Reino de Dios está cerca porque está cerca la segunda venida del Señor. Entonces es necesario ir cambiando, ir convirtiéndonos, creer en la Buena Noticia: creer en el Evangelio. Y la Buena Noticia es que el Padre nos ama, que Jesús se adentra cada vez más profundamente en nosotros y nos comunica el Espíritu. La Buena Noticia es que nada pasa en nuestra vida que Dios no lo haya dispuesto por amor, aunque nos duela y nos desconcierte.

Y para vivir este Reino, para convertirnos, para creer en la Buena Noticia, Dios llama, Dios nos llamó: nos llamó en el Bautismo, nos llamó en la vocación religiosa consagrada, en la vocación sacerdotal. El Señor nos llama, y nos llama con nombre: Simón, Andrés, Juan, Santiago… Nos llama: lo importante es dejar enseguida, inmediatamente, las redes y seguirlo. Pero seguirlo inmediatamente todos los días y dejar las redes todos los días; también en las redes podemos enredarnos. Y seguir al Señor. Termina el Evangelio de Marcos: Y lo siguieron. Y antes, Simón y Andrés lo siguieron. Conviene que pensemos un poco si lo seguimos: la manifestación más clara de que lo vamos siguiendo es la serenidad y la alegría con que vivimos pequeños y grandes acontecimientos, gozos y dolores en nuestra vida.

Que María, la que siguió a Jesús la primera, nos enseñe a decir que sí y a seguir al Señor con alegría."

Homilía pronunciada por Cardenal Eduardo Pironio, siervo de Dios, en la Abadía de Santa Escolástica del 26 de Enero de 1997

También les proponemos rezar con el salmo 24 interpretado por Athenas y Tobias Buteler:


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jueves, 3 de diciembre de 2020

La voz del profeta de la Esperanza - Cardenal Eduardo Pironio



Hoy celebramos el centenario del natalacio del Cardenal Eduardo Pironio, siervo de Dios; conocido también como el profeta de la Esperanza, cuanto bien nos hace recordar en este tiempo de pandemia y de incertidumbre a un hombre que predicaba la Esperanza y la Alegría como fruto de la Pascua de Cristo.

EDUARDO FRANCISCO PIRONIO (Breve biografía)

Nació el 3 de diciembre de 1920 en nueve de Julio, provincia de Buenos Aires, Argentina, fue ordenado sacerdote el 5 de diciembre de 1943; fue nombrado Obispo Auxiliar de La Plata en 1964 y Obispo de Mar del Plata en 1972. De 1968 a 1975 fue Secretario General y luego Presidente de la Conferencia Episcopal de Latino América. Fue uno de los promotores de la Teología del Pueblo, también conocida como Teología de la Cultura (Teología Argentina) y fue asesor nacional de la Acción Católica Argentina.


Fue llamado a Roma por el papa Pablo VI como Prefecto de la Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, fue creado Cardenal en 1976; en 1984 Juan Pablo II lo nombró Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, dónde entre otras cosas se dedicó a la organización de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Murió en Roma el 5 de febrero de 1998. Su cuerpo fue enterrado en el Santuario y Basílica de Nuestra Señora de Luján, Argentina.


A continuación compartimos algunos textos del Cardenal Pironio sobre la virtud teologal de la Esperanza, tan presente a lo largo de todo su ministerio y su anuncio (En los escritos espirituales del Card. Pironio, editorial BAC se menciona más de 170 veces esta virtud teologal):

“Una Iglesia pascual es esencialmente una Iglesia de la esperanza; es decir, una Iglesia en camino, que va marchando hacia el encuentro definitivo con el Señor, mientras anuncia gozosamente a los hombres que Jesús ya vino, murió y resucitó por nosotros, vive y va peregrinando con nosotros hacia el Padre. ...Es una Iglesia esencialmente abierta a la segunda venida del Señor. Una Iglesia que se apoya en la resurrección de Jesús y en la potencia del Espíritu” 

Una Iglesia en esperanza es una Iglesia comprometida, desde la fe y la caridad, en el servicio integral del hombre y de los pueblos” 


“Tenemos motivos para esperar. Pero la esperanza cristiana no se apoya en los talentos o la fuerza de los hombres. Sólo se apoya en la bondad del Padre, para quien nada es imposible (Lc 1, 37), en la muerte de Cristo que dio su vida para reconciliarnos (Col 1, 20) y en la actividad incesantemente renovadora del Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5, 5).” 

“La esperanza cristiana nace de lo inevitable y providencialmente absurdo de la cruz, pero es activa y exige paciencia y fortaleza. Sólo los pobres –los desposeídos y desnudos, los desprovistos según el mundo, pero totalmente asegurados en el Dios que no falla- pueden esperar de veras.”


“Por su entrega incondicional al Padre en la cruz (Jesús) convierte la muerte en vida, la tristeza en alegría, la servidumbre en libertad, las tinieblas en luz, la división en unidad, el pecado en gracia, la violencia en paz, la desesperación en esperanza”

"La esperanza nos pone de cara a la Luz definitiva, a la eternidad para la que fuimos convocados, al Señor en cuya inmediata visión seremos inmensamente felices: “Seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). La esperanza ilumina las sombras provisorias –a veces dolorosamente oscuras– de nuestro camino."


“Los tiempos muy difíciles son muy evangélicos, porque es cuando el cristiano está llamado a dar razón de su esperanza, a penetra por la fe y el Espíritu Santo en el escándalo de la cruz y sacar de allí la certeza inconmovible de la Pascua para comunicarla a otros”. Los tiempos difíciles pertenecen al designio del Padre y son esencialmente tiempos de gracia y salvación. Jesús nos abre el camino para vivir con amor y gratitud los tiempos difíciles, y convertirlos en providenciales tiempos de esperanza.

Los invitamos a escuchar la voz de este profeta de la Esperanza:





Otras publicaciones del Cardenal Pironio en este blog:


TESTAMENTO ESPIRITUAL (Cardenal Pironio)




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domingo, 18 de octubre de 2020

"ORACIÓN A LA VIRGEN MADRE" - CARDENAL PIRONIO


En este día de la madre, compartimos con todos ustedes una oración del cardenal Eduardo Pironio, siervo de Dios, pide a la Virgen María que proteja a su madre.


Madrecita del cielo:

Madre de Dios y Madre mía.

¡Cómo me gusta llamarte así!

Como llamo a mi mamá todos los días. 

Con la misma sencillez, con la misma seguridad,

Con el mismo cariño.

 

¡Qué lindas las palabras de Jesús

cuando te dijo: ¡"Aquí tienes a tu hijo"!

Ese hijo era Juan, el amigo predilecto,

y era también yo. Y mi compañero de escuela,

y los chicos de mi barrio,

y todos los hombres del mundo.

¡Qué lástima que muchos no lo saben!

Y qué pena que a veces olvidamos

lo que Jesús nos dijo:

¡"Aquí tienes a tu Madre"!

 

Hoy te rezo con más confianza que nunca.

Es el día de tu fiesta y también la fiesta de la madre. 

Quiero agradecerte que seas mi Madre,

que me acompañes y cuides,

que me sostengas y formes.

 

¡Ya sabes cómo te necesito! 

Me siento a veces tan pobre

que sólo la seguridad de tu cariño

me tranquiliza.

¡No me dejes Madre mía!

Yo quiero tener siempre la sencillez

y la alegría de los niños.


 Te pido por mamá, hoy que es su día. 

Dios la hizo tan buena

que juntó en su corazón

la ternura de todas las cosas.

Cuando quiero pensar que Dios me ama,

yo me fijo en el amor que ella me tiene.

 

Yo sé que ella sufre por nosotros.

Lo adivino en su mirada un poco triste,

pero siempre tan profunda y tan serena. 

No sé cómo pedirte por mamá. 

Pero tú lo sabes, porque entiendes 

mi silencio y su problema.

 

Dale un poco de tu fuerza

cuando esté cansada.

Un poco de tu alegría cuando sufre. 

Un poco de tu serenidad

cuando esté preocupada por nosotros.

 

Cuídala mucho.

Yo no tengo cosas lindas para darle

porque lo más lindo que tengo

es ella misma.

Pero le doy mi corazón sencillo y pobre,

sincero y generoso, dispuesto a seguir 

siempre sus consejos.

 

Y te pido por la mamá de todos los chicos. 

Y por los chicos que ya no tienen mamá. 

Que todos sintamos

que tú eres nuestra Madre.

Que nos guardas en tu corazón,

que nos tomas de la mano y nos conduces

a la Casa del Padre que nos espera.

 

Madrecita del cielo:

caminaremos juntos en la vida,

Dame un corazón de hijo, límpio y bueno. 

Y cuando sea grande

que tenga siempre un corazón de niño:

sencillo y transparente,

alegre y generoso.

 

Para mí y para mí mamá,

para todos los chicos,

y todas las mamás del mundo,

te pido en este día

la ternura de tu protección,

la alegría de tu presencia entre nosotros,

la seguridad de tu bendición,

y la delicadeza de tu cariño.

 

Amén.  Que así sea.

(Cardenal Eduardo Pironio)


Te invitamos a participar de esta conferencia para conocer más de la vida del Cardenal Pironio:

Se transmitirá en el siguiente link: 
https://www.youtube.com/channel/UCsL5LktSDDhy75XriO4baEw/live


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martes, 30 de abril de 2019

Mons. Angelelli y el Cardenal Pironio (Cartas)



Queridos amigos en el marco de la beatificación de Monseñor Enrique Angelelli y compañeros mártires, comparto a continuación dos cartas: una del beato y mártir Monseñor Angelelli y otra del Siervo de Dios Cardenal Eduardo Pironio.


La Rioja, 30 de abril de 1976


Al Flamante Cardenal
Emmo. Eduardo Pironio
ROMA

Querido Eduardo:

Quedó flotando un abrazo de amigo en la Basílica de Luján cuando te marchabas para estar junto a PABLO. Hoy la noticia de tu cardenalato me llena de alegría y desde estos austeros cerros riojanos vuela el mismo abrazo para entregárselo al hermano y amigo a quien el Señor lo llama a servir desde el centro de la unidad y del amor.

Te decía que trataras de que tus pies no se pegaran con el asfalto de la plaza de San Pedro, sino que se mantuvieran ágiles para estar prontos a rumbear por los cuatro vientos del mundo y seguir siendo un testigo de la ESPERANZA y de la unidad eclesial. Estoy seguro que esa púrpura no impedirá que tus pies de evangelizador se enrieden en ella; todo lo contrario, el Señor y María (la de Luján) – la misma Madre de Jesús – te sigan enseñando por dentro que nuestro llamado es SERVIR y ayudar a los hombres a ser FELICES como Jesús quiere. Me hubiera gustado contarte “cosas” de la paisanada de estos lares para distraerte un poco de tus grandes responsabilidades. Pero lo dejaré para otra oportunidad. Hoy quiero unirme a la alegría de la Madre Iglesia al haberte señalado para que cargues ese símbolo de “martirio” y de “fidelidad”. Lo felicito al Santo Padre por esta elección. Si no te es difícil hacerlo me gustaría que se lo digas.

Sí quiero ofrecerte lo que en este momento tengo. Mi diócesis es duramente probada. Sacerdotes y religiosas encarcelados – personalmente estoy sometido a un control humillante. Sigue esta Iglesia con los dolores de la Cruz. Sigue, más allá de los límites de esta Rioja, el “silencio”. El Señor me sigue dando paz, aunque dolorida, como costándole florecer en pascua. Sigue demorándose la aurora y mi gente arracimándose para no caer en la tentación de “cansarse”.

Por eso florece más mi alegría al saber que eres elegido para ayudarle a Pedro a continuar siendo testigo de la Pascua. Esto te ofrezco: la pobreza de nuestros dolores esperanzados. Por la Iglesia; por el Papa; por Ti; por esta Patria nuestra; por nuestro Episcopado; por tantos hermanos que dudan de la Iglesia y sin embargo esperan. Acabo de enviarle a Zazpe los últimos informes de lo que acaece aquí. Le digo que disponga de mi persona; que quizás ha llegado la hora de Dios para que haga esta opción. Por cierto que no es mi intención empañar tu acontecimiento salvífico que está hablando muy claro de lo que el Señor quiere de tu episcopado.

A la carta del Santo Padre se la silenció intencionalmente; respeto y guardo silencio ante este hecho; pero estamos aquí recogiendo las consecuencias. Sí me dolió profundamente cuando se me dijo que era infiel al Papa. Comprenderás por qué te digo que te ofrezco lo único que tengo. Es duro tener que seguir clarificando que soy “católico” y que no soy “comunista” ni “subversivo”.

Querido Eduardo: los arenales de mi Rioja se están adormeciendo y los cerros del Velazco se envuelven en un silencio contemplativo. Todo esto me ayuda mucho a rumiar su mensaje que no es otro que lo del salmo ocho. De tanto perderse en los cerros uno acaba por ser vaqueano y las cicatrices que vamos juntando se convierten en capítulos de ese libro de la sabiduría que no acabamos de aprenderlo. Cuando vayas a San Pedro, después de esta carta, te pido que recites el Credo ante la tumba de Pedro; si sigues rezando el rosario por la Plaza, acordate que te acompaña un hermano y amigo desgranando el mismo rosario.

Si haces un recordatorio, mándame uno. A cambio de un abrazo, bendíceme.

N.B. Te saluda toda la diócesis, curas, monjas y laicos.

Enrique Angelelli

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ROMA 4 DE AGOSTO DE 1976

EXMO. Y RVMO. MONSEÑOR ENRIQUE ANGELELLI
OBISPO DE LA RIOJA

 Mi Querido Angelelli:
                                    El misterio de la Pascua –con todo lo que tiene de cruz y de esperanza- se ha clavado en tu iglesia particular y en el corazón sensible de su pastor por eso van estas líneas quiero estar a tu lado, en silencio como maría, tratando de compartir tu pasión, asegurarte mi amistad y ofrecerte mi oración.

Es inútil que te diga cosas, tú las sabes y las hemos conversado juntos tantas veces. La muerte en tu diócesis, de dos sacerdotes, tuyos y míos, me hace pensar en la Pascua: en la pacificación por la sangre de la cruz, como diría San Pablo a los Colosenses, o en la comunión en Cristo de los dos pueblos separados, mediante la muerte que derriba el muro de enemistad para hacer de él el verdadero hombre nuevo. (Ef, 2).

La Pascua es siempre fecunda, con la fecundidad del grano de trigo que muere para que fructifiquen las espigas y con la seguridad de que cada día es pascua entre nosotros: porque cada día Cristo prolonga su pasión en la historia y el gozo de su resurrección. Cristo vive, mi querido Angelelli. Es inútil que los hombres pretendan ignorarlo. Lo importante es que nosotros lo anunciemos con la palabra, lo testifiquemos con la vida y lo confirmemos con el gozo de la sangre derramada.

Ayer precisamente leíamos en el evangelio de la misa: “ánimo, soy yo, no tengan miedo”. Con la sencillez de un hermano y de un amigo te aseguro la presencia del señor resucitado. No tengas miedo. Vive la serenidad y el gozo de la esperanza.

Roma –que tú conoces piedra a piedra y que amas tan hondamente con tu corazón de obispo- nos enseña que la iglesia se plantó en la fe y el amor de los apóstoles y fue amasada con su sangre.

Desde aquí te envío un abrazo fraterno, extensivo a tus sacerdotes y religiosas, y mi bendición en Cristo y maría santísima.

CARDENAL E. PIRONIO

 (Cabe mencionar que esta carta tiene fecha del mismo día del asesinato de Mons. Angelelli)





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