sábado, 16 de junio de 2018

"FELIZ DÍA DEL PADRE" - MONSEÑOR ANGELELLI






   El obispo diocesano, monseñor Enrique Angelelli – que inmediatamente después de concluida la misa radial de ayer en la Iglesia Catedral se trasladó al distrito San Antonio (Arauco) para participar en sus fiestas patronales – dedicó la homilía a formular diversas consideraciones sobre la celebración del Día del Padre. Comenzó señalando que “a todos nos toca muy de cerca esta celebración. Quienes sentimos y tenemos esta responsabilidad y misión de ser ‘padres’ en el espíritu y en la carne, sentimos la necesidad de abrirle el corazón a nuestros hijos para decirles algo de lo que vivimos como padres. Sentimos la necesidad de comenzar la celebración de este día con alguna reflexión sobre todo lo que encierra este nombre – Padre – porque no queremos que pase como uno de los tantos días inventados por la sociedad de consumo para comercializar sentimientos tan grandes y sagrados como este Día del Padre o como lo es, también, el Día de la Madre”. La Misión de ser Padre “Esta reflexión – prosiguió – nos ayudará, también para hacer un examen de conciencia porque no es fácil realizar en la vida la misión de ser ‘padres’ como lo quiere Dios. Amigos que, en nuestra comunidad riojana, tenemos esta responsabilidad, a unos Dios los llamó para ser padres en la carne y a otros padres en el espíritu o en la fe si hablamos en cristiano. La fuente de la Paternidad es la misma: Dios que es Padre. Esta misión que tenemos es profunda, estupenda y difícil. Para entenderla debemos meternos en el corazón de Dios para descubrir allí a un Padre que es la misma Vida y el mismo Amor. Necesitamos tener la misma actitud que le inculcamos a nuestros hijos cuando les enseñamos cómo deben dirigirse a Dios descubriéndolo Padre; la misma actitud con que acompañamos al hijo cuando le enseñamos la oración que Cristo nos dejó: Padre Nuestro que estás en los Cielos”.

Monseñor Angelelli continuó diciendo: “Amigo y hermano, Ud. que es padre: no es suficiente para vivir plenamente esta paternidad poner un acto y un gesto biológico para que nazca una nueva vida a la que llamamos hijo. Si así fuere, le quitaríamos lo más grande, estupendo, responsable y casi misterioso que tiene la paternidad. Pensemos, cada uno de nosotros, que somos padres en el espíritu o en la carne. Es Dios quien nos ha llamado y nos ha convocado para esta misión. El es el Padre. Así se reveló en el Antiguo Testamento y así nos lo reveló Jesús en el Nuevo Testamento. Aprendamos de Jesús esa permanente relación cariñosa y filial que tuvo para con el Padre de los Cielos. Por eso nos dijo: ‘Cuando se dirijan a Dios díganle así: Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, que ven tu reino, que se haga tu voluntad, que no nos falte el pan de cada día, que perdones nuestros pecados como nosotros perdonamos, que no caigamos en el mal y en la tentación”.

La paternidad humana y divina Más adelante puntualizó: “Hoy, a nuestra condición de padre la tenemos que iluminar desde esta oración que nos enseñó Jesús: Padre Nuestro. Necesitamos, nosotros padres, considerarnos hijos. El es el Padre Nuestro también. Recuperemos esta dimensión religiosa y filial por si la tenemos olvidada, perdida o la consideramos sin mayor importancia para la vida. Nuestra paternidad adquiere todo su sentido en la paternidad de Dios. ¡Se dan cuenta! Dios, que es la Fuente de la Vida. Nos ha llamado a transmitirla en la carne o en el espíritu. Nos ha prestado su nombre de padre, para que nuestros hijos nos llamen padre. ¡Qué exigencias tiene la preparación para ser padre! ¡Qué responsabilidad debe tener quien debe cumplir esta misión de padre!. El hijo que nace como fruto de esa paternidad, ya sea en la carne como en la fe, es hijo de Dios y es hijo nuestro, juntos. Tanto en la carne como en la fe hacemos florecer la vida; hacemos que la vida crezca, que madure como maduran los frutos del árbol y que esa vida sea feliz y ayude a hacer felices a los demás. ¿No les parece que en esto hay mucho para pensar?”.

La relación Padre-Hijo

Por otro lado, precisó que “existen dos extremos que empequeñecen la paternidad y causan daño: una paternidad ejercida como ‘paternalismo’ y ‘autoritarismo’ volcando una superprotección en el hijo, y el otro extremo que llamaría: ‘papi bueno’ que, para no tener problemas o no saber cómo afrontarlos, le da al hijo todo lo que se le antoja, porque así se irá haciendo ‘hombre’. Si en el primer caso es ‘superprotección’, en el segundo caso es ‘abandono’. Si lo analizamos bien, en ambos casos nos encontramos con dos respuestas que no son fruto de un Amor Verdadero. Debemos estar muy atentos a revisarnos como padres, porque debemos entregar a nuestros hijos en la carne o en la fe una imagen que refleje la imagen de Dios Padre. Si analizamos la formación que vivimos cuando niños, encontraremos la raíz para comprender las reacciones o deformaciones que tenemos de Dios y de la Fe. Si somos cristianos, estamos llamados a ser educadores de la fe de nuestros hijos. No cumplimos nuestra misión con procurar que nuestro hijos ‘tengan más’, como la gran meta de la vida, sino cuando procuramos que ‘sean más’ hombres y más cristianos, si somos creyentes. De lo contrario, no habremos logrado moldear el fruto de la paternidad que tenemos como misión. Todo esto no es nada fácil. Debemos ayudarnos a caminar juntos y clarificar bien nuestra misión de padres”.

La misión del hijo

“Y siguiendo con nuestra reflexión – expresó posteriormente el obispo -, les quiero decir lo siguiente: Nadie pone en duda que el padre consciente de su misión, quiere lo mejor para sus hijos. Más aún, si en el hogar existen hijos que sufren más que otros, les prodigará los mejores cuidados con el mayor de los sacrificios. ¡Cuántas lágrimas y cuántos dolores escondidos están guardados en el corazón de cada padre por amor a sus hijos! Ustedes, hijos, sepan comprender y descubrir todo esto en esto que se llama ‘padre’. Ayúdenle a que pueda cumplir mejor su misión de ‘papá’. Usted amigo papá, déjese ayudar por sus hijos. Ellos lo quieren. Necesitan que usted realice su misión paterna con toda la riqueza que tiene de ser padre, que es entregar a los hijos todo eso que le ha dado Dios. Si todo eso es exigencia en la paternidad según la carne, lo es de la misma manera según la fe. Quienes fuimos llamados para cumplir esta misión sagrada y estupenda de ser padres en la fe, también queremos para nuestros hijos lo mejor. Y cuando existen hijos en nuestro gran hogar, que es la comunidad diocesana, que sufren y son rechazados por otros hermanos que son hijos nuestros también, no podemos quedarnos indiferentes y callar. Pablo VI, cuando dijo que la Iglesia es la ‘voz de los sin voz’, nos indicó que debemos ser el padre de los ‘hijos’ que en la sociedad y en la comunidad, no son tratados fraternalmente por el resto de sus hermanos”.


Afirmó que “esta celebración del Día del Padre debe iluminar a nuestra comunidad para comprender bien la misión de la Iglesia de La Rioja, nacida Ella de la paternidad de Dios Padre. Cuando llamamos a la ‘reconciliación’ en este Año Santo, es para ejercer y cumplir esta misión de padre en la fe. Cuando llamamos a nuestros hijos para que se renueven en sus mentes y en sus corazones, es para que nuestro gran hogar diocesano sea más feliz. Cuando llamamos a que se viva más la justicia y el amor, es para que nuestro pueblo sea más feliz. Nada puede sernos indiferente en la vida de nuestra comunidad. Nada es ajeno a la misión de la Iglesia, que es cumplir la misión dada por nuestro Padre Dios por Jesucristo, el Señor”.

“En este Día del Padre – dijo Monseñor Angelelli – queremos dejarle a toda la comunidad nuestro mejor saludo y cariño, pero especialmente a quienes están más necesitados, no tienen lo suficiente para la vida, sufren por el egoísmo de sus hermanos, son tratados por sus mismos hermanos con la calumnia y la injuria. Queremos estar muy cerca de quienes tienen el papá en el Cielo. Queremos sentir muy cerca esta paternidad en la fe y en el afecto de quienes, por esos caminos inescrutables de Dios, no conocen al papá para darle hoy un beso, o ese papá que, por razones que no debemos analizarlas, no están ahora junto a sus hijos. Les pediría a ustedes, hijos que viven este día en esas condiciones, que abran el corazón grande y no guarden ningún sentimiento que pueda hacernos perder la paz y lo lindo de la vida. Si no pueden descubrir en el rostro de papá, el rostro de Dios Padre, descubran que ese Dios Padre está muy cerca de ustedes y que tienen hoy el cariño y el afecto de quienes Dios ha puesto junto a ustedes para ser padre en la fe.”

Y concluyó señalando: “Amigos padres, hermanos. Muchas cosas podríamos señalar que les impiden ser, muchas veces, buenos padres. Permítanme que les diga esto: Que nada de lo que digan y sean, pueda, mañana, entristecer a sus hijos. Miren a esa mujer que tienen a su lado; ella es esposa y madre. Con ella caminen muy juntos en la vida. Ambos son llamados por Dios para hacer feliz a ese hogar. Pensemos todo lo que nos pide Dios Padre hoy para hacer de nuestra Rioja un Gran Hogar, donde todos nos sintamos hermanos e hijos de un mismo Padre que está en los cielos. No reaccionemos cuando volcamos nuestros esfuerzos para hacer de esta tierra, una tierra feliz; no una tierra resignada, porque existen hermanos que no tienen voz en su propio hogar, no pueden comer el mismo pan en la mesa común y no reciben el mismo afecto y trato que otros hermanos. Que San Nicolás bendiga a nuestros hogares riojanos.” (El texto de esta homilía fue publicado en el diario “El Independiente”, lunes 17 de junio de 1974, págs. 6 y 8. No se cuenta con el original mecanografiado por el Obispo Angelelli)


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viernes, 15 de junio de 2018

Homilia Dominical: "Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas." - P. J. Aldazábal


Evangelio según San Marcos 4,26-34. 



Y decía: "El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. 
La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha". También decía: "¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra". Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.


Todo se lo exponía con parábolas

Aunque el evangelista Marcos es más propenso a narrar los hechos de la vida de Cristo que sus discursos, también tiene algunos capítulos en que nos ofrece la enseñanza de Jesús: por ejemplo todo el capítulo 4°, en que condensa unas parábolas. Estas parábolas presentan una pedagogía admirable para que la gente entienda lo que es el Reino de Dios: "el Reino de Dios se parece a...".
En este capítulo, Marcos narra la parábola del sembrador y, más brevemente, la de la lámpara y la de la medida. Y termina diciendo: "con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender".

Son comparaciones tomadas de la vida del campo o de la sociedad de su tiempo. Ciertamente no nos cuesta mucho a nosotros aplicarlas a nuestra vida cristiana de ahora.

Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas.

De las cinco comparaciones o parábolas que Marcos reúne en este capítulo, leemos hoy sólo dos: la de la semilla que crece por sí sola y la de la semilla de mostaza, que es pequeña, pero se convierte en un arbusto considerable. En la primera -que, por cierto, es Marcos el único evangelista que nos la presenta-, lo que hace el agricultor es sembrar esa semilla, pero luego ella crece sola, por la fuerza intrínseca que Dios les ha dado tanto a la semilla como a la tierra en la que germinará: esa semilla "germina y va creciendo sin que él sepa cómo, hasta convertirse en una espiga que da grano".
En la segunda compara la pequeñez del grano de mostaza, que se ve que era proverbial entre los judíos, con el final del proceso de su crecimiento, un arbusto de tres o cuatro metros, en el que pueden venir a anidar los pájaros.


La semilla crece por sí sola

Jesús subraya la fuerza intrínseca que tiene la semilla, porque se la dado Dios, así como la fecundidad que tiene la tierra para que esa semilla realice bien su proceso de germinación y crecimiento. Subraya el protagonismo, no del agricultor, sino de la semilla y, en el fondo, de Dios.
Eso pasa en el campo, pero también en nuestra tarea eclesial. Cuando en la actividad humana hay una fuerza interior, como el amor, o la ilusión, o el interés, la eficacia de nuestro trabajo crece notablemente. Pero cuando esa fuerza interior es el amor que Dios nos tiene, o su Espíritu, o la gracia de Cristo Resucitado, entonces el Reino germina y crece poderosamente.
La parábola nos ayuda a entender cómo conduce Dios nuestra historia. Si olvidamos su protagonismo y la fuerza intrínseca que tienen su palabra, sus sacramentos y su gracia, nos pueden pasar dos cosas: si nos va todo bien, pensamos que es mérito nuestro, y si mal, nos hundimos.
Por una parte, no tendríamos que enorgullecemos nunca, como si el mundo se salvara por nuestras técnicas y esfuerzos. Es bueno recordar lo que dijo Pablo: "yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer" (l Co 3,6). La semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera espera a que los calendarios señalen su inicio. Así, la fuerza de la Palabra de Dios viene del mismo Dios, no de nuestra pedagogía, aunque esta tenga que cuidarse. El verdadero agricultor es Dios. Eso nos hace ser humildes, aunque sigamos trabajando con generosidad.
Por otra parte, tampoco tendríamos que desanimamos cuando no conseguimos a corto plazo los efectos que deseábamos. Tampoco al mismo Jesús le respondía la gente, ni siquiera sus apóstoles, con toda la claridad que él hubiera deseado. Tampoco Pablo y los demás misioneros de las primeras generaciones tuvieron muchos éxitos.
El protagonismo lo tiene Dios. Por malas que nos parezca la situación de la Iglesia o de la sociedad o de una comunidad concreta, la semilla se abrirá paso y producirá su fruto, aunque no sepamos ni cuándo ni cómo. La semilla tiene su ritmo. Hay que tener paciencia, como la tiene el labrador. Nosotros lo que tenemos que hacer es colaborar con nuestro esfuerzo, pero el Reino crece desde dentro, por la energía del Espíritu de Dios. "Sin mí no podéis hacer nada", nos dijo Jesús. Nuestro trabajo debe existir, pero no es lo principal.
El que anima un grupo de fe o dirige unos Ejercicios o predica cada domingo a la comunidad, no ha de pretender que se vean inmediatamente los frutos. Lo que sí ha de hacer es no estorbar al Espíritu de Dios, porque es él quien hará fructificar todos esos esfuerzos.

Los árboles humildes se pueden hacer grandes

Hay una evidente desproporción entre la ramita de la que habla el profeta Ezequiel y el "cedro noble" en que se convierte, y entre el grano de mostaza del que habla Jesús y el arbusto capaz de admitir nidos de pájaros.
A Dios parece gustarle esta desproporción. A veces, como dice Ezequiel, "humilla los árboles altos y ensalza los humildes, seca los árboles lozanos y hace florecer los secos". A lo largo de la historia, Dios parece elegir a las personas que humanamente serían las menos indicadas para conseguir una meta, que, sin embargo, con la ayuda de Dios, consiguen. El árbol frondoso que parecía el antiguo Israel se secó, y Dios tuvo que empezar de nuevo con un rebrote del mismo.
Un grupo de humildes pescadores que siguen a un profeta joven, insignificante según las claves de este mundo, pero animado por el Espíritu de Dios, y en una provincia como la de Israel, perdida en medio del imperio romano, llenarán el mundo con la Buena Noticia de Jesús. El crecimiento y maduración de la comunidad eclesial durante dos mil años es obra de Dios, no mérito de sus virtudes o técnicas.

Esto nos llena a la vez de confianza y de humildad. El Vaticano 11 quiso que quedara bien clara esta lección de humildad: la Iglesia no debe apoyarse en su poder o en su sabiduría. Además de evangelizadora y maestra, debe saber escuchar y dialogar y aprender los valores que también fuera de ella ha sembrado Dios. El que ahora sean más de mil cien millones los católicos, y muchos más todavía si contamos los creyentes de otras confesiones que también creen en Cristo, no nos lleva al triunfalismo, sino a la confianza y al estímulo para seguir haciendo crecer ese árbol, que según los planes de Dios debe albergar los nidos de todos los pájaros que quieran. El Reino ya está en marcha, ya está "sucediendo". Es Dios quien lo hace germinar y madurar. Eso sí, con nuestro esfuerzo de sembradores y misioneros. No lograremos entender por qué a veces es fecundo nuestro apostolado y otras, no. Los métodos de Dios no caben en nuestros ordenadores.

Sin perder nunca el ánimo

Cuando Marcos escribió su evangelio, probablemente era consciente de que algunos cristianos estaban desanimados, ante los fracasos que cosechaban en diversas ciudades, o por las persecuciones que sufrían, que a veces terminaban en el martirio. Por eso reproduce estas parábolas para animarles en su empeño evangelizador y misionero, subrayando que en el fondo es obra de Dios. Son parábolas que también a nosotros, en el siglo XXI, nos pueden dar ánimos. En tiempos de Ezequiel parecía totalmente oscuro el horizonte y los judíos desterrados no veían futuro. Pero el profeta les dice de parte de Dios que sí hay futuro y que de una rama pequeña puede rebrotar un árbol tan hermoso como el anterior. ¿Quiénes somos nosotros para desconfiar del futuro, si depende más de Dios que de nosotros? Nuestra vida, como la de Pablo, se apoya en la fe que tenemos en Cristo y en la esperanza que él nos infunde. Como él, deberíamos trabajar sin desanimamos nunca, aunque a veces "caminamos sin verlo, guiados por la fe". No vemos al Señor, ni cosechamos frutos, pero sabemos que nuestra tarea es sembrar, evangelizar, aunque nos parezca que el mundo está distraído y no quiere recibir esa semilla. Pablo también sintió tentaciones de abandonarlo todo: aparece a veces cansado, ante el fracaso de sus trabajos. Pero triunfó siempre su obediencia a la misión encomendada y siguió sembrando en los ambientes más hostiles, convencido de que incluso las mismas tribulaciones y fracasos serían fecundos para bien de todos: "en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle".
No tenemos que perder los ánimos. La semilla a veces tarda en germinar: tiene su ritmo, y Dios le ha dado fuerza interior, que la hará brotar a su tiempo. No tienen que perder la esperanza unos padres que intentan inculcar en sus hijos los valores humanos y cristianos que ellos aprecian. Ni los maestros cristianos en su labor educativa. Ni los misioneros en su difícil campo. Ni los pastores de una parroquia en su multiforme trabajo de siembra.
La Palabra de Dios tiene siempre eficacia, de una manera u otra. Nos pasará lo que al agricultor: que la semilla "va creciendo sin que él sepa cómo". ¿Fueron conscientes Pedro y Pablo y los demás apóstoles de los frutos que iba a producir, a largo plazo, su testimonio en el mundo, hasta transformarlo en gran medida?
Ahora bien, confiar en Dios no significa no trabajar. El campesino ya sabe que, aunque la semilla tiene fuerza interior y la tierra es capaz de transmitirle su humedad y su vida, el proceso necesita también su intervención: además de elegir bien la semilla y sembrarla, tiene que cuidarla, regarla, limpiarla de malas hierbas. Pero tiene que agradecer sobre todo a Dios que ha pensado en esta admirable dinámica de la semilla que se convertirá en espiga.

+ P. José. Aldazábal SDB

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lunes, 11 de junio de 2018

Wenceslao Pedernera (Próximamente Beato) en la Acción Católica Argentina



Breve biografía

Nació el 28 de septiembre de 1936 en el distrito La Calera, Departamento Belgrano, Provincia de San Luis, Argentina. Hijo de Don Benjamín Pedernera y Doña Fernanda Mattus. Tenía tres hermanos Cecilia, Mariano Deseno y Antonio Deseno. Fue bautizado el día 24 de septiembre de 1938 en la Catedral de la Inmaculada Concepción de San Luis por el sacerdote Mamerto Cangeano. Estudio en su pueblo hasta 3º Grado. Luego empezó a trabajar en la cantera de cal llamada “El Gigante”, dejando su labor a los 16 años.

A los 18 años se va a cumplir con el Servicio Militar a Tupungato, Mendoza, volviendo luego a su provincia natal. Al tiempo decide volver a Mendoza, en donde conoce un hombre con quien comienza a trabajar en las viñas de la Bodega Gargantini.Es allí donde conoce a Martha Ramona Cornejo (Coca) proveniente de una familia muy humilde, siendo ella la mayor de 15 hermanos. Sus padres eran Emiliano Cornejo y María Mercedes Ortiz. Wenceslao comienza a frecuentar a Coca, hasta que un día decide pedir su mano a don Emiliano, quien acepta dándole plazo de tres meses para casarse. Como era una familia muy religiosa, Coca pide que se casen por iglesia y que compre un terreno para construir su casa, a lo que Wenceslao responde que no, ya que él no era hombre de iglesia y no creía en los curas. Coca decide que si no se casaban por la Iglesia ella no quería boda, entonces Wenceslao decide marcharse volviendo a los quince días arrepentido, dispuesto a casarse por civil y por la Iglesia. Es así que un 24 de marzo de 1962 se realiza la boda por civil y reciben el sacramento del matrimonio el día 26 de marzo en la Iglesia San Isidro Labrador, Departamento Rivadavia, Mendoza. Tuvieron tres hijas, María Rosa, Susana Beatriz y Estela Marta.



Wenceslao Pedernera en la Acción Católica Argentina

En 1968, Wenceslao Pedernera fue nombrado en la coordinación del Movimiento Rural de la Acción Católica Argentina para la Región Cuyo.                
En 1973, continuando con su trabajo en las viñas, conoce a Rafael Sifre y Carlos Di Marco. Ellos participaban de la Acción Católica a nivel nacional y son conocidos de Monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja.   
En 1974 la familia de Wenceslao se muda a un terreno, en cercanías de la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria de Sañogasta, donde era párroco el padre Andrés Seriec. Wenceslao continúa su trabajo con el Movimiento Rural de Acción Católica de la diócesis. Es allí donde comienza a recibir amenazas.

Fallecimiento

Una noche esperaban al padre Andrés a cenar, pero no llegó. Siendo la madrugada del 25 de Julio de 1976, a las 2.45 horas, golpearon la puerta de su casa. Asustada Coca le pide que no atienda, a los que Wenceslao responde que podría ser alguien que necesitara un favor. Abre la puerta y cuatro hombres encapuchados descargaron sus armas en él, frente a su esposa e hijas. 

Sabemos por testigos presenciales que entre sus últimas palabras dijo a sus hijas: “No odien.” 
El Fray Antonio Puigjane, le administró los últimos sacramentos y relató que Wenceslao solo tuvo palabras de perdón a sus atacantes invitando a su familia también a no tener rencor. 

Wenceslao Pedernera falleció ese mismo día a las 12:20Hs pero a su esposa se lo informaron a las 15Hs.. 




Conocer más sobre la vida de Wenceslao Pedernera :

https://diocesisdelarioja.files.wordpress.com/2016/07/02-wenceslao-pedernera.pdf

https://drive.google.com/open?id=0B6PbPWNOahSzQUdWbEtzdXFKWjQ

Reconocimiento del martirio en odio de la Fe


El 8 de Junio del corriente año se publicó una circular, firmada por Monseñor Marcelo Colombo, donde comunica que el santo Padre Francisco ha autorizado la publicación del decreto que reconoce el martirio en odio de la fe, padecido por Mons. Enrique Angelelli, los padres Carlos Murias y Gabriel Longueville, y el laico Wenceslao Pedernera.



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viernes, 8 de junio de 2018

CAMINO A LA BEATIFICACIÓN DE MONSEÑOR ANGELELLI Y COMPAÑEROS MARTIRES (RECONOCIMIENTO DEL MARTIRIO)

               
                   


El Santo Padre Francisco ha autorizado la publicación del decreto que reconoce el martirio en odio de la fe, padecido por Mons. Enrique Angelelli, los padres Carlos Murias y Gabriel Longueville, y el laico Wenceslao Pedernera.

A continuación podras leer la circular publicada por Monseñor Marcelo Colombo


En estos modulos catequisticos podrás conocer la vida de estos 4 martires que muy pronto serán beatificados:














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sábado, 2 de junio de 2018

EL SACRAMENTO DE LO COTIDIANO - MONSEÑOR ANGELELLI



Evangelio según San Marcos 14,12-16.22-26. 

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?". El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: '¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?'. El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario". Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen, esto es mi Cuerpo". Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. 
Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios". Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. 


EL SACRAMENTO DE LO COTIDIANO

Toda celebración con la Eucaristía, toda comunidad que la celebra, lleva consigo sus circunstancias de vida cotidiana y los signos de los momentos históricos en que vive. Es decir, que no celebramos esta Eucaristía, desconectada de la vida que a diario vivimos en las múltiples preocupaciones de cada día, ni desconectada como expresión de unidad y caridad, que como comunidad o pueblo debemos dar en las circunstancias históricas en que nos toca vivir.

Profundicemos un poco nuestra meditación en este día de Corpus. La Eucaristía es el Sacramento de lo cotidiano. Lo primero que recogemos de nuestra experiencia es el PAN, lo cotidiano es el pan, lo decimos diariamente: "el pan nuestro de cada día..." El pan se ha constituido como símbolo del cuerpo, del cuerpo viviente; de la vida del hombre. El pan alimenta; da vida. Por contraposición a la vida está la muerte; no solamente porque hay pan que alimenta la vida manteniéndola en su propia debilidad, en su dimensión débil y mortal, sino porque no alimenta "para la vida eterna". El maná es un ejemplo de ello; es necesario un pan que pudiera convertirse, mientras vivimos aquí en la tierra, en el tiempo, de errante en peregrino; un pan "espiritual"; un pan que alimente para la vida definitiva; que lleve hasta el encuentro con el Padre de los cielos. La misma consideración podemos hacer con el vino; es símbolo de fortalecimiento, de alegría. Hay vino viejo y vino nuevo, vino adulterado y vino lleno de espíritu; también como en el pan, hace falta un vino que fortalezca para la vida eterna.
Pan y vino, son símbolos del cuerpo y de la sangre; unidos constituyen al hombre viviente. Pero pan y vino pueden estar separados, significa en este estado, la sangre derramada y separada del cuerpo; pan y vino separados, se constituyen como símbolo de la muerte. El pan y el vino expresan, pues que el vivir y el morir tienen carácter de lo cotidiano. LO COTIDIANO es el cruce de la vida y la muerte; en otras palabras, el PASO de la vida a la muerte, pero lo cotidiano puede significarnos el paso de lo muerte a la vida, la vida rescatada por la muerte y en la muerte.
Siguiendo con el símbolo del pan, en lo cotidiano nos puede faltar el pan; la existencia siente entonces que está expuesta y amenazada por el hambre, la enfermedad y la muerte: desfallece el hombre; usando una imagen bíblica: a la vida se la compara con un banquete, el hombre viviendo participa del festín de la vida, en lo cotidiano hay quienes no participan o participan poco; el banquete en la biblia, implica una participación plena de la existencia, que le da el pan necesario para no desfallecer y el pan que nos dá la plenitud de la vida en Dios.

PAN Y TRABAJO

PAN Y TRABAJO: Significa el pan el acto de comer cotidianamente, está en relación con la actividad mediante la cual se obtiene el pan: EL TRABAJO, la vida se da como búsqueda y lucha diaria por el pan; supone el esfuerzo humano. De este modo el trabajo es incorporado a la intención fundamental de la vida, la intención de mantenerse, conservarse y perpetuarse; así adquiere dentro de esta intención un sentido y un gozo la vida; manifiesta el aspecto penoso, por otra parte, el aspecto penoso del vivir; ésto requiere el esfuerzo del trabajo, el desgaste de la labor diaria. Carácter, aún más penoso, cuando al hombre le falta el trabajo. Cuando al hombre no le es permitido luchar por la vida. Aquí lo cotidiano, se convierte en ausencia de pan y aparece la perspectiva de la muerte a través de la "experiencia" de la desocupación, que va más allá de la simple experiencia de no comer; accede el desocupado al sentimiento de marginación (no participación en el banquete de la vida) la erradicación de no tener lugar en la existencia a la amarga sensación de un mundo y de una sociedad que parece persuadirlo de que él está de "sobra".
Lo cotidiano es también el disfrute del trabajo y de los frutos obtenidos, disfrute que se traduce en el salario obtenido, en el acto de reponerse comiendo pan, de saciarse y quedar satisfecho, cada noche trae consigo el descanso; cada día adquiere una anticipación del domingo; cada día se anticipa algo del domingo; pero el tiempo diario del reposo puede verse amenazado por formas de muerte; quien no trabaja; quien no tiene para comer; quien no tiene ocupación para interrumpir, descansando, es invadido por la pre-ocupación; en un ocio que consiste en impotencia, esterilidad; le anula el reposo interior.

"PAN DE LA PALABRA" y "PAN DE LA EUCARISTIA"

Pero el pan no es solamente material que alimenta el cuerpo. En el lenguaje cristiano se habla del "PAN DE LA PALABRA" y del "PAN DE LA EUCARISTIA". Ambos están en íntima relación. La palabra, que es la sabiduría, la Fe es comida, es alimento; debe ser asimilada por el hombre; este pan implica, como el otro una búsqueda, un esfuerzo, un trabajo; una preparación esforzada: el aprendizaje. Hay que ser iniciado en la sabiduría de Dios hay que ser evangelizado y catequizado por la palabra de Dios. Y tiene un reposo; el alimento de la Fe lleva a la contemplación gozosa, reposo espiritual, convierte a la vida del hombre en una celebración dominical, una celebración de la vida que no acaba, que se realiza plenamente porque estamos unidos a la misma Vida que es Cristo. Como en el pan material, la carencia del pan de la Fe, de la palabra puede convertir lo cotidiano en formas de muerte por el, no tener acceso al saber, no captar el sentido de las cosas y de la vida, por considerar la historia como un cuento y no saber leer interiormente lo que Dios va construyendo.
El hombre no se logra con ser hijo (procreado) sino que requiere también ser discípulo.
Lo cotidiano es pan, o sea, el vivir. Pero vivir es una forma de estar con el "otro", vivir es convivir, vivir es ser solidarios. Así como el pan se lo come con otro, se lo recibe de otro, se lo come conversando con otro. Comer el pan es un acto de participación en el otro.
El trabajo, cuyo fruto es el pan, es trabajo con otros; con otros que ayudan y son ayudados; el trabajo es camaradería; es esfuerzo común; en él se complementan las fuerzas y los esfuerzos; nuestra vida moderna nos habla de la interdependencia de los hombres en el trabajo. Se trabaja para otros; para la esposa; los hijos; la nación; para el pobre; el necesitado; se trabaja para dar ; para integrar los hombres a un grupo; para lograr la comunidad entre los hombres.
También el reposo que es exigencia del trabajo, asume formas sociales; comunitarias. El domingo se dá como fiesta, como tertulia; como encuentro. Si el pan es el "otro" cuando falta el pan material o el pan espiritual sentimos la ausencia del otro, la falta de amistad, las diversas formas de las indiferencias, el odio. Aquí lo cotidiano aparece como soledad y aislamiento, la muerte cobra la forma de ruptura, desencuentro, egoísmos.

Hermanos y amigos, los hombres necesitamos darle sentido a todo eso que lo decimos con el concepto de los COTIDIANO. Cristo es el que le dá sentido a los cotidiano, que convierte la vida en una celebración, que pone en las manos del hombre el pan material y el Pan espiritual, para que los hombre sepamos convertirlo en comunión entre nosotros. El es la Palabra, el Pan descendido.
Esta conversión de lo cotidiano en celebración es lo que debe ser realizado a través de la historia a medida que avanzan los días, es realizar en lo cotidiano la experiencia de una existencia vivida en la Fe, la Esperanza y la Caridad; a través de una expresión hecha comunidad eclesial, visible y testimonial.

LA EUCARISTIA RENUEVA LA VIDA DE UNA COMUNIDAD

Es realizar la gran novedad traída por la Pascua del Señor, en esta Iglesia Local Riojana, que se reúne en torno al Pan Eucarístico; eucaristía que alimenta y construye la Iglesia Local. Así la vida de cada día es asumida festivamente, a través de la vivencia de las virtudes teologales, la vida se deberá ir dando como renovación, así creeremos que la vida vence a la muerte, así nace la esperanza, ahora se puede amar, sabiendo que el amor es más fuerte que la muerte. La Eucaristía se dá como expresión de vida cotidiana, como exigencia y dinamismo que convierte y renueva la vida de una comunidad, la gracia eucarística se ordena a mantener viva la celebración cotidiana de la existencia convertida por el Bautismo, en criatura nueva.
   
La Eucaristía simboliza que Cristo ya ha venido y resucitado, pero que El debe aún retornar; signo de anticipación que celebra que por la pascua se ha introducido la vida nueva en la historia, como principio de transformación real del mundo; la existencia humana está aún bajo la ley de la imperfección, del límite y de la muerte; que Cristo se ha encarnado en lo cotidiano y que los cristianos debemos asumir las formas de la vida cotidiana; que está ordenada a mantener una vida pascual puesta en riesgo por la vida de todos los días; expuesta a recaer en lo viejo; a hacer retornar al hombre a su antigua condición; sacramento de una vida que ha de ser cotidianamente rescatada de las cosas de cada día.

La Eucaristía construye la comunidad eclesial; reune las conciencias; las intercomunica y mueve a salir al encuentro de nuevas conciencias a quienes se comunique la experiencia de la Buena Nueva. La experiencia de la Palabra, de la Sabiduría; engendradora de caridad; el sentido del servicio a los demás; es la que nos empuja a la entrega a los demás, hasta el martirio, la que pone la vocación y las exigencias de seguir construyendo el Cuerpo de Cristo.

Mis hermanos, este año como el año pasado, la fiesta del Corpus está rodeada de tensiones y de acontecimientos dolorosos ante los cuales no nos es lícito ignorarlos o permanecer indiferentes.
Es la comunidad de los argentinos la que resquebraja, la fuerza, el miedo, el choque de generaciones, hechos que no dicen con una sociedad que se dice civilizada, nos debe llevar a todos a hacer una seria y profunda reflexión para analizar las causas que llevan a este estado de cosas, no seamos superficiales en nuestros juicios y opiniones, no nos quedemos en el hecho o en la anécdota, así no construiremos una comunidad de hombres libres, unida en la caridad de Cristo y expresión para nosotros los cristianos, en esta Eucaristía que celebramos, mientras un mundo se construye marginado del Evangelio, o por lo menos de la Iglesia. Revisemos nuestras actitudes cristianas como adultos y como jóvenes, si construyen un pueblo unido que sepa dar razones a las generaciones venideras de sus acciones y de su existencia. Dios nos está reclamando algo por medio de la juventud: en la juventud encontramos valores y contra-valores, la impaciencia de los jóvenes ¿no estará despertando nuestra somnolencia? La protesta de los jóvenes ¿no estará sacudiendo nuestro excesivo estatismo, es decir, nuestra resistencia a los cambios auténticos y verdaderos que hoy impone la sociedad y la misma Iglesia? La agresividad de los jóvenes ¿no estará alertando nuestro conformismo y nuestro aburguesamiento en la vida? El excesivo idealismo de los jóvenes ¿no estará llamando a un mayor realismo y testimonio de vida evangélicos?

Homilía de Mons. Angelelli 28 de mayo de 1970   (Celebración de de Corpus Christi) 


Fuente: Liturgia y Espiritualidad Dominical

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