Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7. Salmo 33(32),1-2.4-5.18-19. Epístola I de San Pedro 2,4-9.
Evangelio según San
Juan 14,1-12.
Jesús dijo a sus
discípulos:
"No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.
En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría
dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar.
Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para
llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.
Ya conocen el camino del lugar adonde voy".
Tomás le dijo: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el
camino?".
Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al
Padre, sino por mí."
Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen
y lo han visto".
Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta".
Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y
todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices:
'Muéstranos al Padre'?
¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que
digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las
obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún
mayores, porque yo me voy al Padre."
Homilía por Pbro. José Torres LC
Hay una diferencia que a veces no sabemos nombrar,
pero que se siente. Es la diferencia entre alguien que espera algo que no sabe
si llegará, y alguien que ya ha recibido una noticia que lo ha cambiado todo, y
ahora vive distinto, aunque el mundo a su alrededor siga igual.
La Pascua es exactamente eso: una noticia que lo
cambia todo desde adentro.
No es una fecha del calendario que recordamos con
devoción. No es una historia bonita que nos hace sentir bien en primavera. Es
el acontecimiento más disruptivo de la historia humana: la muerte fue
atravesada desde dentro, y ya no tiene la última palabra. Y eso —si lo dejamos
entrar de verdad— no puede dejarnos iguales.
Estos domingos de Pascua la Iglesia no nos invita a
seguir celebrando como quien alarga una fiesta por inercia. Nos invita a algo
más exigente y más hermoso: a aprender a vivir como resucitados. A
descubrir qué significa existir cuando ya sabes que el amor ganó.
Hoy, en este Quinto Domingo, las lecturas nos llevan
al corazón mismo de esa pregunta.
Tomás, Felipe, y todos nosotros…
El Evangelio nos sitúa en el Cenáculo, en esa
conversación larga y densa que Jesús tiene con los suyos antes de su pasión.
Pero nosotros la escuchamos desde el otro lado de la Resurrección. La
escuchamos sabiendo lo que los discípulos aún no sabían esa noche.
Y eso la vuelve completamente diferente.
Tomás dice: "Señor, no sabemos adónde vas.
¿Cómo podemos saber el camino?"
Tomás no está siendo rebelde. Está siendo honesto. Y
la honestidad, incluso cuando es incómoda, siempre es el primer gesto de una fe
real. No la fe que asiente para quedar bien, sino la fe que se atreve a
preguntar porque en el fondo quiere creer de verdad.
Felipe, en cambio, tiene un deseo que suena razonable
pero que esconde algo más profundo: "Señor, muéstranos al Padre y nos
basta." Felipe quiere una prueba definitiva. Algo desde afuera que
resuelva la duda de una vez. Y la respuesta de Jesús no es un reproche, sino
algo que golpea mucho más hondo: "¿Hace tanto tiempo que estoy con
vosotros y no me conoces, Felipe?"
Detente aquí un segundo.
Jesús no le dice: "Te falta esfuerzo",
ni "necesitas estudiar más teología". Le dice: "Llevas
todo este tiempo conmigo y no has terminado de verme." El problema de
Felipe no era que le faltara el Padre. Era que no sabía mirar lo que ya tenía
frente a los ojos.
¿Cuántas veces somos Felipe? ¿Cuántas veces pedimos
una señal, una certeza, una respuesta venida del cielo, sin darnos cuenta de
que Alguien lleva años caminando a nuestro lado, esperando que lo miremos?
La Pascua no es la promesa de que Dios aparecerá algún
día. Es el anuncio de que ya está. Ya vino. Ya se quedó.
"Yo soy el Camino": la respuesta que nadie esperaba
Cuando Jesús responde a Tomás, hace algo que ningún
maestro de sabiduría habría hecho. No le da una enseñanza. No le traza una
ruta. Le señala su propio pecho y dice: "Yo soy el Camino, la Verdad y
la Vida."
Es una de las frases más densas de todo el Evangelio.
Y vale la pena no pasarla de largo.
El Camino no es una dirección. Es una persona. En la tradición del pueblo de
Israel, el camino era el modo de vivir, la manera de moverse por la vida con
Dios. Jesús no dice que te indicará cómo hacerlo. Dice que Él mismo es
ese modo de existir. Lo que significa que seguirle no es ejecutar un protocolo,
no es cumplir una lista de requisitos. Es entrar en una relación. Es dejarse
llevar por Alguien que conoce el terreno porque lo ha recorrido entero,
incluida la oscuridad más oscura.
La Verdad no es un sistema de ideas correctas. Es una persona que no te engaña,
que no te vende lo que no puede darte, que te mira como eres y no se va. En un
mundo donde las mentiras más dañinas son las que nos decimos a nosotros mismos
sobre nuestra propia valía, tener a Alguien que es la Verdad en persona no es
un lujo espiritual. Es una necesidad de supervivencia.
La Vida no es simplemente existencia biológica. Es plenitud. Es ese estado en
que uno siente que vale la pena estar vivo, que lo que hace tiene peso, que el
amor que da no se pierde en el vacío. Y Jesús, que atravesó la muerte y salió
al otro lado, dice que Él es eso. Que en Él la vida no se agota, no se
gasta, no se pudre.
La Pascua es la demostración de que esta afirmación no
es poesía. Es historia.
Una pregunta para llevar esta semana
Al salir de aquí hoy, te propongo que te quedes con
una sola pregunta. No es para responder en cinco minutos. Es para dejarla
trabajar a fuego lento durante la semana:
¿Estoy viviendo como alguien que sabe que la Pascua es
real, o sigo viviendo como si el sepulcro siguiera cerrado?
Porque hay una forma de ser cristiano que es
básicamente defensiva: no hacer demasiadas cosas malas, cumplir los mínimos,
esperar que todo pase sin demasiado daño. Esa no es la vida de un resucitado.
Esa es la vida de alguien que todavía no ha abierto la carta que llegó el
Domingo de Resurrección.
Pero hay otra forma. La de quien sabe que el Camino
tiene nombre, que la Verdad tiene rostro, que la Vida ya no tiene contrario
definitivo. La de quien se pone al servicio no porque tenga que ganarse algo,
sino porque ya lo recibió todo. La de quien ama con las manos abiertas, porque
sus manos no necesitan aferrarse a nada para sobrevivir.
Eso es lo que los apóstoles descubrieron. Eso es lo
que Pedro proclama. Eso es lo que la Iglesia primitiva vivió tan radicalmente
que hasta las viudas olvidadas encontraron su lugar.
Eso es la Pascua. Y es para hoy.
Podes seguir este blog a través de facebook: AÑO DE LA FE. (Grupo) Vivamos juntos la Fe (FanPage), Instagram en X: @VivamoslaFe y en nuestro canal de Telegram
.png)