domingo, 3 de mayo de 2026

Medatamos el evangelio del Domingo con Pbro. Jose Torres LC.


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7. Salmo 33(32),1-2.4-5.18-19. Epístola I de San Pedro 2,4-9.

Evangelio según San Juan 14,1-12.

Jesús dijo a sus discípulos:
"No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.
En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar.
Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.
Ya conocen el camino del lugar adonde voy".
Tomás le dijo: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?".
Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí."
Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".
Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta".
Jesús le respondió: "Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Como dices: 'Muéstranos al Padre'?
¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre."

Homilía por Pbro. José Torres LC

Hay una diferencia que a veces no sabemos nombrar, pero que se siente. Es la diferencia entre alguien que espera algo que no sabe si llegará, y alguien que ya ha recibido una noticia que lo ha cambiado todo, y ahora vive distinto, aunque el mundo a su alrededor siga igual.

La Pascua es exactamente eso: una noticia que lo cambia todo desde adentro.

No es una fecha del calendario que recordamos con devoción. No es una historia bonita que nos hace sentir bien en primavera. Es el acontecimiento más disruptivo de la historia humana: la muerte fue atravesada desde dentro, y ya no tiene la última palabra. Y eso —si lo dejamos entrar de verdad— no puede dejarnos iguales.

Estos domingos de Pascua la Iglesia no nos invita a seguir celebrando como quien alarga una fiesta por inercia. Nos invita a algo más exigente y más hermoso: a aprender a vivir como resucitados. A descubrir qué significa existir cuando ya sabes que el amor ganó.

Hoy, en este Quinto Domingo, las lecturas nos llevan al corazón mismo de esa pregunta.

Tomás, Felipe, y todos nosotros…

El Evangelio nos sitúa en el Cenáculo, en esa conversación larga y densa que Jesús tiene con los suyos antes de su pasión. Pero nosotros la escuchamos desde el otro lado de la Resurrección. La escuchamos sabiendo lo que los discípulos aún no sabían esa noche.

Y eso la vuelve completamente diferente.

Tomás dice: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?"

Tomás no está siendo rebelde. Está siendo honesto. Y la honestidad, incluso cuando es incómoda, siempre es el primer gesto de una fe real. No la fe que asiente para quedar bien, sino la fe que se atreve a preguntar porque en el fondo quiere creer de verdad.

Felipe, en cambio, tiene un deseo que suena razonable pero que esconde algo más profundo: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta." Felipe quiere una prueba definitiva. Algo desde afuera que resuelva la duda de una vez. Y la respuesta de Jesús no es un reproche, sino algo que golpea mucho más hondo: "¿Hace tanto tiempo que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?"

Detente aquí un segundo.

Jesús no le dice: "Te falta esfuerzo", ni "necesitas estudiar más teología". Le dice: "Llevas todo este tiempo conmigo y no has terminado de verme." El problema de Felipe no era que le faltara el Padre. Era que no sabía mirar lo que ya tenía frente a los ojos.

¿Cuántas veces somos Felipe? ¿Cuántas veces pedimos una señal, una certeza, una respuesta venida del cielo, sin darnos cuenta de que Alguien lleva años caminando a nuestro lado, esperando que lo miremos?

La Pascua no es la promesa de que Dios aparecerá algún día. Es el anuncio de que ya está. Ya vino. Ya se quedó.

"Yo soy el Camino": la respuesta que nadie esperaba

Cuando Jesús responde a Tomás, hace algo que ningún maestro de sabiduría habría hecho. No le da una enseñanza. No le traza una ruta. Le señala su propio pecho y dice: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida."

Es una de las frases más densas de todo el Evangelio. Y vale la pena no pasarla de largo.

El Camino no es una dirección. Es una persona. En la tradición del pueblo de Israel, el camino era el modo de vivir, la manera de moverse por la vida con Dios. Jesús no dice que te indicará cómo hacerlo. Dice que Él mismo es ese modo de existir. Lo que significa que seguirle no es ejecutar un protocolo, no es cumplir una lista de requisitos. Es entrar en una relación. Es dejarse llevar por Alguien que conoce el terreno porque lo ha recorrido entero, incluida la oscuridad más oscura.

La Verdad no es un sistema de ideas correctas. Es una persona que no te engaña, que no te vende lo que no puede darte, que te mira como eres y no se va. En un mundo donde las mentiras más dañinas son las que nos decimos a nosotros mismos sobre nuestra propia valía, tener a Alguien que es la Verdad en persona no es un lujo espiritual. Es una necesidad de supervivencia.

La Vida no es simplemente existencia biológica. Es plenitud. Es ese estado en que uno siente que vale la pena estar vivo, que lo que hace tiene peso, que el amor que da no se pierde en el vacío. Y Jesús, que atravesó la muerte y salió al otro lado, dice que Él es eso. Que en Él la vida no se agota, no se gasta, no se pudre.

La Pascua es la demostración de que esta afirmación no es poesía. Es historia.

Una pregunta para llevar esta semana

Al salir de aquí hoy, te propongo que te quedes con una sola pregunta. No es para responder en cinco minutos. Es para dejarla trabajar a fuego lento durante la semana:

¿Estoy viviendo como alguien que sabe que la Pascua es real, o sigo viviendo como si el sepulcro siguiera cerrado?

Porque hay una forma de ser cristiano que es básicamente defensiva: no hacer demasiadas cosas malas, cumplir los mínimos, esperar que todo pase sin demasiado daño. Esa no es la vida de un resucitado. Esa es la vida de alguien que todavía no ha abierto la carta que llegó el Domingo de Resurrección.

Pero hay otra forma. La de quien sabe que el Camino tiene nombre, que la Verdad tiene rostro, que la Vida ya no tiene contrario definitivo. La de quien se pone al servicio no porque tenga que ganarse algo, sino porque ya lo recibió todo. La de quien ama con las manos abiertas, porque sus manos no necesitan aferrarse a nada para sobrevivir.

Eso es lo que los apóstoles descubrieron. Eso es lo que Pedro proclama. Eso es lo que la Iglesia primitiva vivió tan radicalmente que hasta las viudas olvidadas encontraron su lugar.

Eso es la Pascua. Y es para hoy.


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