Lecturas del día: Segundo Libro de los
Reyes 4,8-11.14-16a. Salmo 89(88),2-3.16-17.18-19. Carta de San Pablo
a los Romanos 6,3-4.8-11.
Evangelio según San Mateo 10,37-42.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno
de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la
encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel
que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta;
y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua
fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin
recompensa".
Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.
Seguir a Cristo y encontrar la vida.
Nuestra cultura suele presentar la vida presente como el
bien supremo que debemos conservar a toda costa. La realización personal, la
seguridad, el bienestar y el reconocimiento aparecen muchas veces como los
criterios decisivos para orientar nuestras elecciones. En este contexto, las
palabras de Jesús en el Evangelio de este domingo resultan algo
desconcertantes: «El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida
por mí, la encontrará». ¿Qué significa esto? El Señor nos está invitando a
descubrir que existe un bien más grande que la simple conservación de la propia
vida: la comunión con Él, que es fuente de vida eterna.
El Evangelio forma parte del discurso misionero de Jesús.
Después de haber llamado a los Doce y enviado a anunciar el Reino, el Señor les
muestra que seguirlo implica una decisión que alcanza el centro mismo de la
existencia. Por eso afirma: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí,
no es digno de mí». Estas palabras no expresan un desprecio por los vínculos
familiares, sino que revelan que ninguna realidad creada puede ocupar el lugar
que corresponde a Dios. Sólo cuando Cristo es amado por encima de todo, también
los demás amores encuentran su verdadero orden y plenitud.
Esta enseñanza se comprende mejor a la luz de la segunda
lectura. San Pablo recuerda a los cristianos de Roma que, por el bautismo, han
sido incorporados a la muerte y resurrección de Cristo. No pertenecemos ya
únicamente a nosotros mismos. Hemos muerto con Cristo para vivir una vida nueva
en Él. Por eso el Evangelio no propone simplemente un esfuerzo moral más
intenso, sino una existencia nueva que brota del don recibido en el bautismo.
La renuncia cristiana no es una pérdida estéril, sino la consecuencia de haber
encontrado un tesoro mayor.
La primera lectura nos ofrece una imagen concreta de esta
verdad. La mujer de Sunám acoge al profeta Eliseo en su casa y le abre espacio
en su vida. Su generosidad parece una pérdida: tiempo, recursos,
preocupaciones. Sin embargo, precisamente a través de esa hospitalidad recibe
un don inesperado de Dios. El Evangelio retoma esta misma lógica cuando afirma
que quien recibe a un discípulo recibe al mismo Cristo. Allí donde el hombre se
abre a Dios y a sus enviados, descubre que nunca queda empobrecido.
En el fondo, la cuestión que plantea este domingo es la
misma de siempre: ¿qué significa salvar la propia vida? Espontáneamente
pensamos que consiste en conservarla, protegerla y asegurarnos un lugar estable
en el mundo. Pero Jesús enseña algo distinto. La vida se pierde cuando se
encierra sobre sí misma; se encuentra cuando se entrega. El amor verdadero
siempre comporta una cierta pérdida de sí, y precisamente por eso es fecundo.
Lo vemos de manera perfecta en Cristo, que entregó su vida por nosotros y la recibió
glorificada de manos del Padre.
Pidamos entonces la gracia de renovar la conciencia de
nuestro bautismo y de poner a Cristo en el centro de nuestra existencia. Sólo
quien está dispuesto a perder algo por Él descubre que, en realidad, no pierde
nada. Porque fuera de Cristo todo termina antes o después; en cambio, quien
entrega su vida al Señor encuentra la vida que no tiene fin.
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