sábado, 27 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.



Lecturas del día: Segundo Libro de los Reyes 4,8-11.14-16a. Salmo 89(88),2-3.16-17.18-19. Carta de San Pablo a los Romanos 6,3-4.8-11.

Evangelio según San Mateo 10,37-42.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.

Seguir a Cristo y encontrar la vida.

Nuestra cultura suele presentar la vida presente como el bien supremo que debemos conservar a toda costa. La realización personal, la seguridad, el bienestar y el reconocimiento aparecen muchas veces como los criterios decisivos para orientar nuestras elecciones. En este contexto, las palabras de Jesús en el Evangelio de este domingo resultan algo desconcertantes: «El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará». ¿Qué significa esto? El Señor nos está invitando a descubrir que existe un bien más grande que la simple conservación de la propia vida: la comunión con Él, que es fuente de vida eterna.

El Evangelio forma parte del discurso misionero de Jesús. Después de haber llamado a los Doce y enviado a anunciar el Reino, el Señor les muestra que seguirlo implica una decisión que alcanza el centro mismo de la existencia. Por eso afirma: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». Estas palabras no expresan un desprecio por los vínculos familiares, sino que revelan que ninguna realidad creada puede ocupar el lugar que corresponde a Dios. Sólo cuando Cristo es amado por encima de todo, también los demás amores encuentran su verdadero orden y plenitud.

Esta enseñanza se comprende mejor a la luz de la segunda lectura. San Pablo recuerda a los cristianos de Roma que, por el bautismo, han sido incorporados a la muerte y resurrección de Cristo. No pertenecemos ya únicamente a nosotros mismos. Hemos muerto con Cristo para vivir una vida nueva en Él. Por eso el Evangelio no propone simplemente un esfuerzo moral más intenso, sino una existencia nueva que brota del don recibido en el bautismo. La renuncia cristiana no es una pérdida estéril, sino la consecuencia de haber encontrado un tesoro mayor.

La primera lectura nos ofrece una imagen concreta de esta verdad. La mujer de Sunám acoge al profeta Eliseo en su casa y le abre espacio en su vida. Su generosidad parece una pérdida: tiempo, recursos, preocupaciones. Sin embargo, precisamente a través de esa hospitalidad recibe un don inesperado de Dios. El Evangelio retoma esta misma lógica cuando afirma que quien recibe a un discípulo recibe al mismo Cristo. Allí donde el hombre se abre a Dios y a sus enviados, descubre que nunca queda empobrecido.

En el fondo, la cuestión que plantea este domingo es la misma de siempre: ¿qué significa salvar la propia vida? Espontáneamente pensamos que consiste en conservarla, protegerla y asegurarnos un lugar estable en el mundo. Pero Jesús enseña algo distinto. La vida se pierde cuando se encierra sobre sí misma; se encuentra cuando se entrega. El amor verdadero siempre comporta una cierta pérdida de sí, y precisamente por eso es fecundo. Lo vemos de manera perfecta en Cristo, que entregó su vida por nosotros y la recibió glorificada de manos del Padre.

Pidamos entonces la gracia de renovar la conciencia de nuestro bautismo y de poner a Cristo en el centro de nuestra existencia. Sólo quien está dispuesto a perder algo por Él descubre que, en realidad, no pierde nada. Porque fuera de Cristo todo termina antes o después; en cambio, quien entrega su vida al Señor encuentra la vida que no tiene fin.


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