domingo, 21 de junio de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera

 


Lecturas del día: Libro de Jeremías 20,10-13. Salmo 69(68),8-10.14.17.33-35. Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-15.

Evangelio según San Mateo 10,26-33.

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.
Ustedes tienen contados todos sus cabellos.
No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.
Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres."

Homilía por el Pbro. Diego Olivera.

Las lecturas de este domingo nos presentan una realidad muy cercana a nuestra vida cotidiana con diversos matices: fragilidad, persecución y miedo ante la confianza en la gracia y fidelidad de Dios

La 1° Lectura forma parte de los textos conocidos como "confesiones de Jeremías"; textos de experiencia en los que se muestra la lucha interna del hombre de Dios, es decir, aquel que está seducido por Él y enviado a proclamar  lo que los demás  quizás no quieren oír, ni aceptar.

El profeta Jeremías abre su corazón sin filtros. No habla como un héroe invencible, sino como un hombre herido. Siente el peso del rechazo, de la soledad, del ser incomprendido. Y, sin embargo, en medio de esa oscuridad, brota una certeza: “El Señor está conmigo”  La confianza en Dios no elimina las dificultades, pero les quita la última palabra y nos ayuda a superar el miedo.

San Pablo, en la carta a los romanos, nos ayuda a entender el trasfondo más profundo: el mal existe, el pecado ha marcado la historia humana, pero la gracia es mucho más fuerte. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. En Jesucristo no solo se repara lo dañado: se abre una vida nueva, más grande, más plena.

Esto nos ayuda a mirar la realidad de una manera diferente. No podemos quedarnos encerrados en el pesimismo ni en el temor, sino que tenemos que dejarnos invadir por  la Esperanza que brota de Jesús resucitado. No porque todo sea fácil, sino porque sabemos que Dios ya ha actuado y sigue actuando.

El pasaje del Evangelio de hoy forma parte del discurso misionero con el que el Maestro prepara a los Apóstoles para la primera experiencia de proclamar el Reino de Dios. Jesús les exhorta con insistencia a “no tener miedo”.

Podríamos decir que Jesús retoma la  experiencia de Jeremías  y la lleva al corazón de la vida cristiana: “No tengan miedo”. Lo repite varias veces, como quien sabe que el miedo puede paralizarnos por dentro. Miedo a lo que dirán, miedo a perder, miedo a sufrir, miedo incluso a ser fieles.

Jesús no promete una vida sin conflictos. Al contrario, habla de persecuciones, de incomprensiones, de momentos donde dar testimonio tendrá un costo. Pero frente a eso, ofrece una mirada nueva: nada escapa a la mirada amorosa del Padre. “Hasta los cabellos de su cabeza están contados”. Es una imagen fuerte: Dios no es indiferente, no está lejos, no mira desde afuera. Conoce, cuida, acompaña.

El verdadero peligro no es el sufrimiento externo, sino perder la confianza, dejar que el miedo nos haga callar, ocultar lo que creemos, renunciar a vivir según el Evangelio. Por eso Jesús invita a hablar “a plena luz”, a no esconder la fe como algo vergonzoso o privado, sino a vivirla con sencillez y coherencia en lo cotidiano.

Hoy el Señor nos invita a dar un paso más: pasar del miedo a la confianza, del encierro al testimonio, de la inseguridad a la certeza de sabernos amados y nos envía a anunciar la Buena Nueva en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana animándonos a no bajar los brazos ante las dificultades con la confianza de que él nos acompaña siempre.

 

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