Lecturas
del día: Libro de Jeremías 20,10-13. Salmo 69(68),8-10.14.17.33-35.
Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-15.
Evangelio
según San Mateo 10,26-33.
No les teman. No hay nada
oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen
al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más
bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo
de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.
Ustedes tienen contados todos sus cabellos.
No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi
Padre que está en el cielo.
Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí
ante los hombres."
Homilía
por el Pbro. Diego Olivera.
Las lecturas de este
domingo nos presentan una realidad muy cercana a nuestra vida cotidiana con
diversos matices: fragilidad, persecución y miedo ante la confianza en la
gracia y fidelidad de Dios
La 1° Lectura forma parte
de los textos conocidos como "confesiones de Jeremías"; textos de
experiencia en los que se muestra la lucha interna del hombre de Dios, es
decir, aquel que está seducido por Él y enviado a proclamar lo que los demás quizás no quieren oír, ni aceptar.
El profeta Jeremías abre
su corazón sin filtros. No habla como un héroe invencible, sino como un hombre
herido. Siente el peso del rechazo, de la soledad, del ser incomprendido. Y,
sin embargo, en medio de esa oscuridad, brota una certeza: “El Señor está
conmigo” La confianza en Dios no
elimina las dificultades, pero les quita la última palabra y nos ayuda a
superar el miedo.
San Pablo, en la carta a
los romanos, nos ayuda a entender el trasfondo más profundo: el mal existe, el
pecado ha marcado la historia humana, pero la gracia es mucho más fuerte. Donde
abundó el pecado, sobreabundó la gracia. En Jesucristo no solo se repara lo
dañado: se abre una vida nueva, más grande, más plena.
Esto nos ayuda a mirar la
realidad de una manera diferente. No podemos quedarnos encerrados en el
pesimismo ni en el temor, sino que tenemos que dejarnos invadir por la Esperanza que brota de Jesús resucitado.
No porque todo sea fácil, sino porque sabemos que Dios ya ha actuado y sigue
actuando.
El pasaje del Evangelio
de hoy forma parte del discurso misionero con el que el Maestro prepara a los
Apóstoles para la primera experiencia de proclamar el Reino de Dios. Jesús les
exhorta con insistencia a “no tener miedo”.
Podríamos decir que Jesús
retoma la experiencia de Jeremías y la lleva al corazón de la vida cristiana: “No tengan miedo”. Lo repite varias
veces, como quien sabe que el miedo puede paralizarnos por dentro. Miedo a lo
que dirán, miedo a perder, miedo a sufrir, miedo incluso a ser fieles.
Jesús no promete una vida
sin conflictos. Al contrario, habla de persecuciones, de incomprensiones, de
momentos donde dar testimonio tendrá un costo. Pero frente a eso, ofrece una
mirada nueva: nada escapa a la mirada amorosa del Padre. “Hasta los cabellos de
su cabeza están contados”. Es una imagen fuerte: Dios no es indiferente, no
está lejos, no mira desde afuera. Conoce, cuida, acompaña.
El verdadero peligro no
es el sufrimiento externo, sino perder la confianza, dejar que el miedo nos
haga callar, ocultar lo que creemos, renunciar a vivir según el Evangelio. Por
eso Jesús invita a hablar “a plena luz”, a no esconder la fe como algo vergonzoso
o privado, sino a vivirla con sencillez y coherencia en lo cotidiano.
Hoy el Señor nos invita a
dar un paso más: pasar del miedo a la confianza, del encierro al testimonio, de
la inseguridad a la certeza de sabernos amados y nos envía a anunciar la Buena
Nueva en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana animándonos a no bajar los
brazos ante las dificultades con la confianza de que él nos acompaña siempre.
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