sábado, 13 de abril de 2024

Meditamos el Evangelio del 3° Domingo de Pascua con Fray Josué González Rivera OP


Hechos de los Apóstoles 3,13-15.17-19. Salmo 4,2.4.7.9. Epístola I de San Juan 2,1-5a. 


Evangelio según San Lucas 24,35-48.


Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu,

pero Jesús les preguntó: "¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas?

Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo".

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.

Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: "¿Tienen aquí algo para comer?".

Ellos le presentaron un trozo de pescado asado;

él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: "Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos".

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras,

y añadió: "Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día,

y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de todo esto."


Homilia por Fray Josué González Rivera OP


El Evangelio de la liturgia de este domingo nos relata la experiencia que los discípulos tuvieron con Jesucristo resucitado según san Lucas. En este tiempo de Pascua que, como esos seguidores de Jesús, también nosotros nos reunimos en el cenáculo como comunidad creyente y confiamos en que esa “paz” dada por el Señor también puede llegar a nuestras vidas, familias y comunidades. 


En esta reunión que nos presenta san Lucas podríamos notar elementos análogos a los que conservamos en nuestras liturgias actuales: hay una comida (aunque este momento solo se dice que Jesús comió) y hay una revisión de las Sagradas Escrituras, siendo similar a lo que vivieron esos dos discípulos en Emaús. 


Teniendo esto en el horizonte, particularmente llama la atención que, incluso viendo y quizás tocando al resucitado, los discípulos aún no lograban superar el impacto de su presencia. La comida fue importante para demostrar la solidez de su cuerpo y para revivir la comunión compartida con el Señor, pero también fue necesario que comprendieran las Escrituras. 


Esto último puede confrontarnos nosotros hoy, haciendo que nos preguntemos: ¿qué lugar ocupa la Palabra de Dios en nuestra vida? ¿Podemos decir que entendemos las Sagradas Escrituras? ¿Acaso nuestras incredulidades y “dudas” también necesitan esa iluminación con la Palabra de Dios para poder comprender mejor, creer más firmemente y poder reconocer al resucitado?


En el Evangelio de este domingo es Jesús quien les explica las Escrituras, y nosotros contamos con esa misma presencia mediante su Espíritu, que es el mismísimo Espíritu Santo que habita personalmente en la comunidad de los bautizados. Como bien enseña el Concilio Vaticano II: “la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados” (Dei Verbum, 12). Así que, cada vez que leamos la Biblia de forma personal o de forma comunitaria, debemos de invocar al Espíritu Santo para que nos ilumine y ayude a comprender acertadamente su mensaje de salvación. 


La celebración litúrgica es el mejor contexto para la lectura de la Palabra de Dios. Aquellos que pueden hacerlo diariamente no deberían desaprovechar la oportunidad, y quienes no, deberían al menos escuchar la Palabra cada domingo. Además, es muy beneficioso que cada día leyéramos el evangelio o algún pasaje, de tal forma que siempre estemos en contacto con este mensaje que nos ofrece la Escritura. Pues, así como es importante el Pan Eucarístico, el Pan de la Palabra también es alimento que nos nutre, por ello “la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor” (Dei verbum, 21). 


Comprender el Antiguo Testamento a luz de la vida de Jesucristo es la clave, bajo la iluminación que les dio el Espíritu Santo, es parte del impulso que motivó a las primeras comunidades cristianas para salir del temor e ir al mundo a predicar que Dios cumple sus promesas, nos trae la vida plena y nos enseña un camino de salvación. Con ello termina el Evangelio de este domingo, si estamos dispuestos a tener este encuentro con el resucitado, nutriéndonos con su Palabra, como los primeros discípulos también nosotros nos convertiremos en testigos capaces de predicar con palabras y con obras. 


"Ustedes son testigos de todo esto", dice el Señor, los cuales deben predicar en su Nombre a todas las naciones la conversión. De esa forma, en la primera lectura, escuchamos una parte del kerigma que san Pedro predicó en Jerusalén, anunciando de forma explícita la Buena Nueva. Pero ese discurso testimonial que podemos hacer debe ir acompañado de las obras, como nos lo recuerda San Juan en la segunda lectura. Así, palabras y obras son parte de ese testimonio por el cual reconocemos que Jesucristo resucitado nos reconcilia con Dios y nos da vida plena. 


Que podamos recibir su enseñanza con humildad y vivir según su ejemplo, compartiendo el amor y la paz que Él nos ofrece. Que nuestras palabras y acciones sean testimonio. Que, bajo la iluminación del Espíritu a nuestras inteligencias, busquemos en las Sagradas Escrituras la guía y el consuelo que necesitamos en nuestros días. Que extendamos la mano de reconciliación y amor a aquellos que nos rodean, siguiendo el modelo de nuestro Salvador. Que nos comprometamos a ser verdaderos discípulos de Jesús, llevando su luz a un mundo que tanto lo necesita.




Homilías de Pascua:




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viernes, 12 de abril de 2024

AÑO DE LA ORACIÓN - "SEÑOR ENSEÑANOS A ORAR"


El 21 de enero del año 2024, el Santo Padre Francisco ha inaugurado oficialmente el Año de la Oración, durante el Ángelus:

¡Queridos hermanos y hermanas!

“Los próximos meses nos conducirán a la apertura de la Puerta Santa, con la que comenzaremos el Jubileo. Les pido que intensifiquen la oración para prepararnos a vivir bien este acontecimiento de gracia y experimentar la fuerza de la esperanza de Dios. Por eso comenzamos hoy el Año de la oración, un año dedicado a redescubrir el gran valor y la absoluta necesidad de la oración en la vida personal, en la vida de la Iglesia y en el mundo”.

Ya en la Carta del 11 de febrero de 2022, dirigida al Pro-Prefecto, S.E. Mons. Rino Fisichella, para encargar al Dicasterio para la Evangelización del Jubileo, el Papa había escrito: «Me alegra pensar que el año 2024, que precede al acontecimiento del Jubileo, pueda dedicarse a una gran “sinfonía” de oración, ante todo, para recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo y adorarlo.

¿Qué es el Jubileo?

Jubileo es el nombre de un año particular.  Encontramos un dato en la Biblia (Levíticos 25,8119): Se convocaba cada 50 años, se proponía como la ocasión para restablecer la correcta relación con Dios, con las personas y con la creación, y conllevaba el perdón de las deudas, la restitución de terrenos enajenados y el descanso de la tierra.

El papa Bonifacio VIII, en 1300, convocó el primer Jubileo, llamado también “Año Santo”, porque es un tiempo en el que se experimenta que la santidad de Dios nos transforma. Con el tiempo, la frecuencia ha ido cambiando: al principio era cada 100 años; en 1343 se redujo a 50 años por Clemente VI y en 1470 a 25 años por Pablo II.

¿Cómo nos preparamos para el próximo Jubileo 2025?

Francisco nos invita a vivir la preparación para el próximo jubileo con una fuerte experiencia de oración personal y comunitaria.

"2024 será, por tanto, un Año de preparación al Jubileo que está a punto de comenzar y un Año durante el cual se perfilará el horizonte espiritual del acontecimiento jubilar que va mucho más allá de cualquier forma necesaria y urgente de organización estructural. El Año de la Oración se enmarca en este contexto para favorecer la relación con el Señor y ofrecer momentos de auténtico descanso espiritual. Un oasis para descansar del estrés cotidiano donde la oración se convierte en alimento para la vida cristiana de fe, esperanza y caridad”, afirmó Monseñor Rino Fisichella, Pro-Prefecto del Dicasterio para la Evangelización.

Este no es un Año con iniciativas particulares sino más bien un momento privilegiado para redescubrir el valor de la oración, la necesidad de la oración diaria en la vida cristiana; cómo orar, y sobre todo cómo educar a orar hoy, en la era de la cultura digital.

El Dicasterio para la Evangelización preparó un material (PDF) que se titula “Enséñanos a orar”, en el mismo encontrarán las enseñanzas del Papa Francisco sobre la oración, propuestas para: la oración en la comunidad parroquial, en la familia, la oración en los santuarios, la oración de los jóvenes y catequesis sobre la oración. Podes descargarlo aquí

 El Año de la Oración en Vivamos juntos la Fe

Desde Vivamos juntos la Fe también te invitamos a vivir el año de la oración. Todos los meses vamos a publicar contenido relacionado a la vida espiritual y la oración:

Abril: La Pascua y la Oración

Mayo: El Espíritu Santo y la Oración

Junio: El vínculo con Jesús en la oración

Julio: Caminar con otros en la vida espiritual

Agosto: La formación y la oración

Septiembre: La Biblia y la Oración

Octubre: La oración misionera

Noviembre: La oración y la Santidad

Diciembre: El Adviento y la Oración

 

Vivamos juntos el Año de la Oración


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sábado, 6 de abril de 2024

Meditamos el Evangelio del 2° Domingo de Pascua con Pbro. Renzo Gallo


Hechos de los Apóstoles 4,32-35. Salmo 118(117),2-4.16-18.22-24. Epístola I de San Juan 5,1-6.


Evangelio según San Juan 20,19-31.


Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". Él les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!". Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!". Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.


Homilía por el Pbro. Renzo Gallo. 


Seguimos caminando este tiempo de Pascua, y los textos de este segundo Domingo nos invitan a seguir profundizando en el seguimiento de este Cristo que está vivo y nos invita a resucitar con Él.


En esta oportunidad los textos nos invitan a poner la mirada sobre nuestra fe. Sabemos que la fe es un don, es un regalo que nos viene de Dios, por lo que necesitamos pedir que se mantenga ardiendo en nuestro corazón y estar atentos para poder custodiarlo. 


Por un lado, los textos del libro de los Hechos como del cuarto Evangelio, nos sitúan en un contexto de persecución, donde los personajes experimentan el ser rechazados y amenazados. En el libro de Hechos, podemos verlo en los versículos anteriores (Hech. 4, 1-31), y en el caso del Evangelio de Juan lo encontramos en la expresión “…estando cerradas las puertas del lugar… por temor a los judíos…” (Jn. 20, 19). Sin embargo, estas situaciones que experimentan no es impedimento para que el encuentro con Jesús resucitado se dé, como así también se observan los frutos de ese encuentro. 


Nuestra fe está llamada a aferrarse y a crecer en contextos sociales, pero por sobre todo personales, en los que los problemas están presentes. No es extraño que Jesús, al presentarse a los discípulos, les regale su paz. El fruto de la paz que el Señor regala a aquellos que se dejan encontrar por Él, no es ausencia de dificultades, sino un regalo que posibilita hacer frente y encarar lo que se va suscitando en nuestras vidas y en nuestros entornos.


Debemos evitar la tentación de querer vivir nuestra fe como un modo de huir o de evitar hacer frente a las realidades que están presentes en nuestras vidas. Antes que eso, nuestro encuentro con el Señor nos puede ofrecer nuevos modos de encarar nuestra vida concreta.


Por otro lado, nos encontramos en el Evangelio de Juan a un discípulo que en la primera aparición no se encontraba en ese lugar: Tomás. Es este discípulo, quien nos deja otra enseñanza, la de querer que Dios obre como nosotros lo esperamos de Él. 


La fe de Tomás está en maduración, como la de cada uno de nosotros. Pero en nuestra experiencia de encuentro con el Señor, podemos caer en la dinámica de querer controlar a Dios o incluso de intentar manipularlo. Podemos poner ante Él nuestras expectativas y deseos personales, buscando que sea Él quien los cumpla. Otra tentación en nuestra vida de fe, puede ser la de intercambiar roles, donde es Dios quien ocupa el lugar de quien obedece o hace caso, y nosotros del que propone el camino. 


De cualquier modo, como se encuentre nuestro seguimiento del Señor, estamos llamados a no dejar que nuestra relación con Él decaiga, o se enfríe. Es Dios quien nos ha regalado su Espíritu Santo, y quien nos ha hecho sus templos, y miembros de su cuerpo por medio del Bautismo.


Que este tiempo de gracia, que es la Pascua, el Señor nos regale el seguir madurando y creciendo en nuestra fe, en el encuentro con Él. Ojalá podamos hacer nuestra, la expresión del salmista: “¡es eterno su amor!”. 


Nuestra experiencia del amor del Señor nos permitirá afrontar nuestra vida desde nuevos lugares, con una mirada renovada que solo Él nos puede regalar. Que este tiempo sea de paz y gozo en el Señor, y que en nuestras vidas podamos experimentar el gozo de anunciar al Señor, su resurrección y su amor por todos. 


Homilías de Pascua:


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sábado, 30 de marzo de 2024

Meditamos el Evangelio del Domingo de Pascua con el Diácono Juan Manuel Gómez.




Hechos 10, 34a. 37-43 Salmo 117, 1-2. 16-17. 22-23 Colosenses 3, 1-4 

Evangelio según san Juan 20, 1-9


El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.


Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.


En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.


Homilía del Diácono Juan Manuel Gómez.


Nos dice el Señor: "También ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar." (Jn. 16, 22)


Queridos hermanos realmente ¡Este es el día que hizo el Señor! Y Él nos regala la Alegría que solo brota del Amor de Dios derramado en nuestros corazones y que ha llegado bien hondo en la vida de cada uno de nosotros.

¿Quién de nosotros puede decir que no conoce la Alegría? Pero esta alegría nadie nos la puede quitar porque ¡Jesús ha resucitado!


El acontecimiento de la Pascua es el Misterio de nuestra fe. Muchas veces, quizás por rutinariedad de nuestra vida espiritual o religiosa, perdemos el entusiasmo de la novedad de la Buena Noticia, de la Alegría del Evangelio. Por eso la Iglesia, que es Madre y Maestra, nos actualiza en la memoria agradecida y nos invita cada año a hacer realidad este único misterio, no como un simple recuerdo o anécdota sino como auténtico Memorial. El Papa Francisco nos recuerda lo esencial de esta alegría para cada cristiano:


"La Alegría del Evangelio, la Buena Noticia que nos acompaña es que somos amados por Dios con ternura y Misericordia y estamos llamados a hacer resonar este anuncio gozoso en el mundo, testimoniándolo con nuestra vida, para que todos descubran la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado" (Papa Francisco cf. Evangelii Gaudium 36)


Durante la Semana Santa y quizás en más de una ocasión en nuestra vida diaria miramos a Jesús Crucificado. Mirar la Cruz de Jesús nos hace conscientes del Amor de Dios. Pero ese Amor se derrama en nuestro Corazón para que podamos AMAR como él nos amó. Hemos mirado al Crucificado. Miremos ahora al Resucitado, vivo y presente en cada uno de los hermanos. Descubrir en el rostro concreto del otro a Jesús es el desafío de nuestra fe, encontrarnos y compartir nuestro dolores y alegrías es vivir como Resucitados, y así cada uno de nosotros con nuestros gestos y palabras hacemos presente la Alegría de la Pascua, la Alegría del Evangelio, que se hace vida para todos los demás.


El Señor Resucitado nos mira a cada uno y cada una y nos dice:《He resucitado, y estoy de nuevo contigo, aleluya》 (Cf. Sal 138, 18.)


El Papa Francisco nos recuerda cuan importante y necesario es no olvidar esta certeza:

"¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia: CRISTO VIVE. Porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo solo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz" (Papa Francisco Christus Vivit, 124).


Tenemos que "pasar" (pesaj-pascua) en nuestra vida a vivir como salvados y compartir esta alegría que nadie nos puede quitar en lo cotidiano y con cuántos podamos.


El Himno de la Secuencia de Pascua canta esta frase: "La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable. ¡El Rey de la Vida estuvo muerto y ahora vive!" Esto nos expresa también que cada uno de nosotros por el amor de Jesús resucitado PASA de la "muerte" en la tristeza, en la desolación, en el odio o en la división, a la vida plena en la alegría, la esperanza, el perdón, la unidad y la ternura.


La palabra Pascua (pascae en latìn, pesaj en hebreo) significa PASO. En el caso de los judíos representa el cruce del Mar Rojo, es decir el PASO de la esclavitud hacia la libertad.


Para los católicos se conmemora la Resurrección de Cristo, es decir, el PASO de la muerte hacia la vida eterna.

Por eso en estas Pascuas deseo de todo corazón que nos animemos y demos ese PASO.

El que nos haga pasar:

De la Resignación a la Acción;

De la Indiferencia a la Solidaridad;

De la queja a la búsqueda de soluciones;

De la desconfianza al abrazo sincero;

Del miedo al coraje de volver a apostar todo por amor;

De recoger sin vergüenza los trozos de sueños rotos y volver a empezar;

De la autosuficiencia al compartir el fracaso y los éxitos

De hacer las paces con nuestro pasado para que no arruine nuestro presente, Y de saber que de nada sirve ser luz, si no podemos iluminar el camino de alguien.


Tenemos una Alegría que ciertamente nadie nos puede quitar: Hemos sido salvados, hemos muerto con Cristo y hemos resucitado con Él.

¡Vivamos como Resucitados en la Alegría de la Pascua! ¡Feliz Pascua para todos!


Homilías de Cuaresma:








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lunes, 25 de marzo de 2024

Semana Santa: Amor y Servicio




Comenzamos a vivir la semana más importante, la Semana Santa, conocida antiguamente como la Semana Mayor.

Tradicionalmente se resalta el sacrificio de Cristo. La gran mayoría de las personas, tanto creyentes como no, tiene noción del sufrimiento y la agonía que fue para Jesús la muerte en la cruz. Además, películas como La Pasión lograron que ese suceso sea conmovedor para todo el mundo.

Muchos creen que es la parte más importante de las celebraciones católicas, a tal punto que ya sabemos o al menos creemos saber todo lo que va a suceder. Nuestra tendencia a precipitarnos sobre el relato nos hace asumir que aquel sacrificio cruel fue solo los que nos salvó pero tenemos que tener en cuenta que la historia no termina allí.

Les propongo intentar descubrir el motivo de aquel evento y encontrar algunas pistas para vivir esta semana tan interesante y tan intensa.

Una de las pistas está en el relato de Jesús Buen Pastor en el evangelio de San Juan (Jn 10, 11 - 15). Podemos encontrar muchísimas imágenes o interpretaciones que evocan elocuentemente esta parábola, por ejemplo: Jesús cargando una oveja sobre sus hombros o cuidándolas de posibles peligros, solo por nombrar algunas. Pero no vamos a quedarnos con la tierna imagen de sabernos ovejas en brazos de Jesús.


Vamos a centrarnos en la comparación que hace Jesús entre el asalariado y el buen pastor. Para ello te animo a meterte en la escena, en la piel del personaje, vamos a vestirnos de asalariados por un momento. Y aquí no vamos a sacar conclusiones buenas o malas ni mucho menos señalar que está bien ni que está mal. Vamos a dejar que la Palabra del Señor nos interpele. Un asalariado, en esta parábola, no solo se refiere la persona que presta un servicio voluntario a cambio de una retribución. Apunta más bien a una relación contractual. Nos imaginemos que nos vinculamos con Dios de manera similar a la pactada con un jefe, con un superior, con la persona que nos ofrece un trabajo. En el fondo este tipo de vínculo responde a una antigua imagen de Dios-amo, que sin darnos cuenta puede estar vigente en el fondo de nuestra fe. Es decir, yo establezco un contrato, podemos decir un acuerdo con Dios. Donde Dios me dice que debo hacer, cual es la tarea que debo realizar, yo la llevo a cabo, cumplo con ese pedido, y Dios me premia, ósea me da algo a cambio. La verdadera moraleja de esta parábola es que, como el asalariado, no estemos tomando en serio a las criaturas de Dios puesto que nuestro verdadero interés está en lo que vamos a recibir a cambio, luego de cumplir con la tarea encomendada.

¿Cómo podemos reconocernos asalariados y evitar una relación contractual con Dios? ¿Cómo puede madurar mi relación con Dios para no buscar algo a cambio mientras cuido sus ovejas? Pues mirando hacia la adversidad. Jesús contrapone aquí la actitud del buen pastor con la del asalariado. El asalariado huye, escapa, abandona. ¡y eso tiene sentido, pues lo que le interesa es el pago que debe recibir por su trabajo! no le importan las ovejas.

Por ejemplo, cuando afirmo: “Por Dios cuido enfermos, o ayudo a la gente que vive en la calle”. Podríamos preguntarnos: ¿En el fondo lo que estoy buscando es obtener el favor de Dios a través de ofrecer ese cuidado o en este servicio me encuentro con Dios y con el prójimo?  ¿Tenemos consciencia que las ovejas son las criaturas de Dios, y no de cualquier Dios?. Son criaturas de Dios-Padrenuestro. Esas ovejas son mis hermanos y hermanas. Jesús no es el buen pastor porque cuida a sus ovejas ¡Es el buen pastor porque no las abandona ante la adversidad! ¡las ama en la adversidad! El verdadero motivo de mi servicio tiene que estar movido por amor al prójimo, en solidaridad con él. Es fundamental entender esta disposición de amor, especialmente ahora que empezamos a vivir la Semana Santa.

Jesús asume el camino doloroso por amor a nosotros. Se interesa por nosotros, sus ovejas, nos ama profundamente. Ante la adversidad, Jesús nos ama y acompaña. Esto es impresionante, porque podremos entender que Jesús no es una especie de kamikaze que busca su muerte, ni tampoco es que se ofrezca como víctima expiatoria ante un dios cruel que necesita de sacrificios para poder perdonar. Por lo tanto, al afirmar que Jesús es el buen pastor que no huye ante la adversidad, que no nos abandona cuando las cosas se ponen feas, aquí encontramos la disposición necesaria para vivir intensamente esta semana: el agradecimiento sincero, vivir la gratuidad de su amor. Agradecer cotidianamente que nos ama hasta el extremo.

Este ejercicio de ponernos dentro de la escena, asumiendo los sentires y pensares de los personajes son una ayuda muy eficaz para descubrir la voluntad de Dios para mi vida. Son muy utilizados en los Ejercicios de San Ignacio. Lo vamos a usar una vez más: Esta vez con otro hecho conmovedor, otro gesto impactante de Jesús: el lavatorio de los pies (Jn 13, 4 - 15).


Como vimos anteriormente, siempre corremos el riesgo de quedarnos con lo que otros nos cuentan o interpretan de este relato. Por ejemplo, algunas cosas que solemos repetir porque escuchamos que otros lo dicen: cuán grande es la humildad de Jesús, se abajó a lavar los pies de sus discípulos, una tarea exclusiva de los esclavos, la clase baja y excluida de su tiempo.

Como lo hicimos al buscar la disposición anterior, aquí no vamos a corregir ni juzgar nada por correcto o no. Recordamos que buscamos la mejor manera de vivir los próximos días de semana santa.

En el relato del lavatorio de los pies nos encontramos con varios símbolos que nos pueden ayudar a encontrar una pista para vivir plenamente la semana Santa. Cuando Jesús se levanta para lavar los pies, se sacó el manto, cuyo significado se refiere al poder, a la realeza. Como dirá San Pablo en una de sus cartas, siendo de naturaleza divina abandona su divinidad para hacerse hombre. Es decir, se pone al lado nuestro. Cerquita nuestro. Toma el papel de servidor y con una toalla en la cintura se pone a los pies de sus discípulos.

A pesar que Jesús lo hizo durante toda su vida, ¡nos sigue resultando insólito! Aunque ahí entendemos mejor la reacción de Pedro, que en un primer momento responde “¡tu jamás me lavaras los pies a mí!”, como diciendo: no voy a permitir que el rey de reyes se convierta en mi esclavo,no voy a permitir que el Señor de cielo y tierra se humille. Jesús le responde algo así como: “si no lo hago, tu no podrás compartir mi suerte”. Y aquí hay otra pista. ¿Cuál es esa suerte que Pedro no podrá compartir con Jesús? Se refiere al vínculo que Jesús tiene con el Padre. En otras palabras, lo que nos está diciendo Jesús es: ¡tienes que dejarte amar por Dios! En palabras del Papa Francisco: tienes que dejarte misericordiar por Dios. Si no nos dejamos misericordiar o amar por Él, posiblemente caeremos en las imágenes de dios dictador, un dios ofendido y hambriento de sacrificios cruentos, donde se proyectarán nuestras imágenes distorsionadas de un dios que nos pide cualquier cosa menos nuestra felicidad.

Pedro, como en otras ocasiones, no sólo nos representa por ese sentimiento de reconocerse indigno de ser servido por Dios. También asume nuestra dificultad de dejarse ayudar. Aquí es donde nos interpela verdaderamente este relato.Nos cuesta reconocernos vulnerables, frágiles y necesitados de la ayuda del otro. Justamente, para dejarse ayudar, hace falta mucha humildad. Cuando ayudamos a otros nos sentimos útiles, activos, algunos dicen “ayudando me ayudo”, y esta bueno. Insisto que no juzgamos nada por bueno o malo. Pero debemos tener cuidado de no disfrazar el deseo de poder, o empoderamiento, con un gesto de ayuda o solidaridad. La moraleja de este relato nos lleva a reubicarnos ante el servicio a la comunidad de tal modo que no caigamos en trampas de jerarquías asfixiantes, o en un activismo o voluntarismo pero sin una mirada de servicio. No confundamos el servicio con utilitarismo, el servicio es una disposición del corazón. El servidor es aquella persona que no se convierte en el centro, que se preocupa por el otro, y cuando se ocupa del otro lo hace desde un corazón que ama y es sensible a las necesidades propias y ajenas.

Así como en el relato del Buen Pastor el protagonista fue el amor del buen pastor hacia sus ovejas ante la adversidad, el protagonista en esta ocasión es la experiencia de servicio vivida en comunidad donde la virtud no sólo está en ayudar sino en dejarse ayudar.

Estos dos relatos nos llevan a una última consideración. Jesús nos ama hasta el extremo, con un amor que se transforma en servicio. Ofreció su vida, como servicio, hasta el extremo y hasta el final. Solo nos falta confiar, en otras palabras, tener fe. Y aquello resulta una gracia que nos entrega Dios. Pero si la otorgase sin tener en cuenta nuestra voluntad de querer recibirla o no, sería una imposición. Por lo tanto, tenemos que desearlo, pedirle confiar en su consuelo y compañía ante la adversidad como así también en el servicio. Confiar y tener fe en su amor y misericordia.

Por ese motivo vamos a acercarnos a la palabra del Señor con serenidad y el deseo de que su palabra nos sorprenda. Quisiera que vivamos esta semana tan cargada de sentimientos y emociones desde el amor, la misericordia de Dios y la profunda novedad de su palabra.

En sintesís, la Semana Santa nos invita a reflexionar sobre el amor, el servicio y la confianza en Dios. Al hacerlo, podemos encontrar una nueva profundidad en nuestra fe y un renovado compromiso con el servicio desinteresado hacia nuestros hermanos.

Autor: Víctor Ramírez


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sábado, 23 de marzo de 2024

Meditamos el Evangelio del Domingo de Ramos, con Fray Josué González Rivera, OP



Isaías 50, 4-7 Sal. 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 Filipenses 2, 6-11


Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos (15, 1-39)


C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»

C. Él respondió:

+ «Tú lo dices.»

C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:

S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»

C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:

S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»

C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»

C. Ellos gritaron de nuevo:

S. «¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»

C. Ellos gritaron más fuerte:

S. «¡Crucifícalo!»

C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

S. «¡Salve, rey de los judíos!»

C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»

C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:

S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»

C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:

+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»

C. Que significa:

+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

S. «Mira, está llamando a Elías.»

C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»

C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»


Homilía por Fray Josué González Rivera, OP


EL PODER DE DIOS EN UN MESÍAS CRUCIFICADO

Iniciamos la Semana Santa, una conmemoración de los eventos vividos por Jesús en Jerusalén según los tres primeros evangelios. En esta semana, la Iglesia nos insta a revitalizar nuestra fe y a sumergirnos de manera especial en el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. 


Este año, tanto la lectura de la bendición de los ramos como la narración de la pasión son tomados de San Marcos, el Evangelio más antiguo según los especialistas, escrito alrededor del año 70 d.C. Esto es relevante porque el texto sagrado presenta a un Mesías que cumple el plan de Dios para otorgarnos la salvación de una manera completamente inesperada.


En el siglo I, los judíos esperaban un Mesías que fuera rey, profeta y sacerdote, que los liberara de la opresión del Imperio y purificara a todo el pueblo, estableciendo así el reino definitivo de Dios. Por lo tanto, el Mesías debía ser poderoso y fuerte, capaz de superar a cualquiera de los enemigos del Pueblo de Dios. Jesús comenzó a cumplir estas expectativas con sus palabras y acciones, brindando esperanza a sus compatriotas de que el reinado de Dios estaba a punto de comenzar entre ellos.


El ministerio público de Jesús se desarrolló en Galilea y atrajo a personas de todas partes. Al tercer año de su vida pública, emprendió un viaje hacia Jerusalén, lo que entusiasmó a los judíos, ya que vislumbraron el momento en que finalmente se materializaría la utopía que tanto anhelaban, coincidiendo con la celebración anual de la Pascua judía, la festividad de la liberación de Egipto.


Sin embargo, el mesianismo de Jesús no cumplió las expectativas más revolucionarias del pueblo. ¿Qué tipo de poder ejerce Jesús con su mesianismo? En lugar de adoptar los símbolos del poder que dominan y conquistan, Jesús eligió los símbolos de un poder humilde y servicial. Este enfoque fue anunciado por los profetas, como Zacarías, quien predijo que el rey entraría montado en un asno (Zacarías 9:9), o como Isaías, quien describió al Siervo de Yahvé como un siervo sufriente (Isaías 42:1-4; 50:4-9). Al hacer una referencia implícita a estos relatos del Antiguo Testamento, San Marcos da sentido a la pasión de Jesús y la conecta con su forma de ejercer el mesianismo, el cual no buscaba venganza contra los enemigos de Dios y del pueblo, sino conversión y apertura hacia aquellos considerados impuros o pecadores, invitándolos a formar parte de la intimidad con su Padre Dios.


Jesús ejerció su poder a través del amor servicial y gratuito, no solo en su pasión y muerte, sino durante toda su vida; desde el momento en que se encarnó y habitó en este mundo, ese poder del amor para la salvación ya estaba en acción. Esto forma parte de la humillación y el abajamiento que San Pablo nos dice que Jesús experimentó para ser semejante y servir a toda persona humana. Además, aunque Jesús pudo ser consciente de la tensión que generaba con las autoridades políticas y religiosas al criticar un estilo de vida que marginaba a muchos, es posible que previniera el suplicio de la muerte que todo profeta enfrentaba en Jerusalén. Al darse ese dramático final en su vida, Jesús murió de manera fiel y coherente con su mensaje, con ese poder de entrega y servicio que predicó hasta el extremo.


El Mesías, el enviado de Dios, su Hijo, no es un ser poderoso que domina y se venga de sus enemigos. En Jesús vemos a un Dios que se hace humano, que se entrega y sirve gratuitamente a los suyos. Aunque esto pueda parecer un fracaso aparente, ya que el asesinato de Jesús parecía ser el fin de todo este proyecto, sabemos que este evento no marca el final de la historia. Dios no permanecerá en silencio resignado, sino que vendrá la resurrección, la exaltación de Jesús, que es la forma en que Dios reconoce la verdad y el propósito de este plan de salvación. Así, Dios mismo pronuncia su última palabra, una palabra de victoria y vida.


En tiempos de San Marcos, comenzaba la persecución, los apóstoles eran martirizados y las diferencias entre judíos y gentiles que se convertían al cristianismo eran problemáticas. Por lo tanto, el Evangelio busca señalar que Dios ha pronunciado su última palabra en Jesús, que podrá parecer locura y escándalo, pero detrás de ello está la vida terrenal y la vida resucitada de un hombre que confiaba en su Padre del cielo y de un Dios compasivo con todos nosotros.


Solo aquellos que también son capaces de vivir con esa confianza y compasión pueden comprender este mesianismo y su forma de poder reconocida por Dios. Por lo tanto, a pesar de las dificultades que puede presentar la vida y de las incomprensiones que puede padecer un cristiano, vale la pena seguir el camino trazado por este Mesías crucificado.


Hoy, también podemos esperar y creer en poderosos mesías políticos, religiosos o culturales que hagan realidad las utopías que parecen tener más sentido. Incluso podemos esperar que Dios mismo actúe con poder e irrumpa con su mano poderosa en nuestra historia, compartida o personal, que puede parecer llena de pura violencia y maldad. Sin embargo, Dios ya ha trazado el camino hacia la liberación y la felicidad plenas; el reino de Dios ya está entre nosotros. Parece que Dios elige la humildad y la entrega sencilla, pidiéndonos que estemos atentos a sus signos en medio de nosotros. Como discípulos y misioneros que seguimos a Jesús, estamos llamados a vivir e imitar esta forma de poder en el amor, el servicio y la humildad en medio de este mundo, revitalizando nuestra relación con este Mesías crucificado y dando testimonio de él, incluso si eso implica compartir la cruz de nuestro Señor.


La cruz no es un signo insuficiente, sino que se torna en victoria de Dios. Pidamos la gracia de volver a mirar a nuestro mesías crucificado y que podamos aprender a amar como él, dejando toda vanidad que quiere dominar y someter. Que podamos servir y entregarnos como nuestro Señor, descubriendo el sentido de la Cruz como medio para aquella vida plena que Dios nos promete. Que descubramos cómo comunicar esa vida en medio de este mundo que tanto necesita un sentido de vida y de esperanza, haciendo, como Jesús, la voluntad del Padre en nuestras vidas.