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domingo, 22 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 37,12-14. Salmo 130(129),1-8 Carta de San Pablo a los Romanos 8,8-11.        

Evangelio según San Juan 11,1-45.

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta.
María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".
Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".
Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?".
Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él".
Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo".
Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará".
Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,
y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo".
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros.
Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.
Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".
Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".
Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".
Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?".
Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama".
Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro.
Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado,
preguntó: "¿Dónde lo pusieron?". Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!".
Pero algunos decían: "Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?".
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,
y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto".
Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?".
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!".
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Homilía por Pbro. Diego Olivera

En este quinto domingo de cuaresma se presenta como tema central la Resurrección, la vida nueva, en el Evangelio Jesús nos anticipa cual será el gran regalo de la Pascua.

A medida que nos acercamos a la Pascua, la Palabra de Dios nos pone frente a una realidad muy humana: la experiencia de la muerte, no solo la muerte física, sino también esas “muertes” que vivimos cada día; por ejemplo: el despertador suena bien temprano a la mañana y algunos pueden pensar: “qué lindo seria seguir durmiendo en este día nublado” pero renuncian a ese deseo de seguir durmiendo para levantarse y salir a trabajar para traer el pan a la mesa, o cuando se nos presentan dos cosas buenas y tenemos que elegir una, renunciamos y morimos a aquello que no elegimos

En la primera lectura nos encontramos con una fuerte profecía de Ezequiel: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos…” Es una imagen impactante porque el sepulcro representa lo que ya no tiene solución, la tumba nos dice ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, Dios dice: “Yo los haré salir de sus tumbas”. Esto significa que Dios no se resigna a vernos caídos. Él siempre quiere levantarnos, siempre cree que es posible volver a empezar. El Espíritu de Dios es un espíritu de vida que nos renueva, nos levanta de las caídas e ilumina nuestras oscuridades.

San Pablo en la carta a los Romanos, reafirma la idea de que si se puede volver a empezar renovados por el Espíritu de Dios: “Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes”.  

Jesús con su resurrección, que celebramos el domingo de Pascua, nos regala a todos la resurrección y la vida eterna pero nos pide que creamos, tenemos que tener fe en esta promesa. La Resurrección no es un slogan católico es una realidad concreta, la resurrección es real y es para todos. Tenemos que creer en esta verdad de fe.

Un dicho popular afirma: “Todo tiene solución en esta vida menos la muerte”, pero como cristianos no podemos afirmar esto porque Cristo nos regaló la solución, con su pasión, muerte y resurrección nos regaló la vida eterna para todos.

En la expresión de Marta se refleja la voz de todos nosotros con: “¡Si hubieras estado aquí!...”. Y la respuesta de Dios no es un discurso, no, la respuesta de Dios al problema de la muerte es Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida... ¡Tened fe! En medio del llanto seguid teniendo fe, aunque la muerte parezca haber vencido. ¡Quitad la piedra de vuestro corazón! Que la Palabra de Dios devuelva la vida allí donde hay muerte”.

Pero Jesús no solo nos regala la vida eterna para después de nuestra muerte terrenal, hoy quiere correr la piedra de nuestros sepulcros y sacarnos de toda situación de muerte. A cada uno de nosotros nos dice lo que le grito con voz potente a Lázaro: “Sal de allí”

Pidamos al Espíritu Santo ser liberados de toda situación de muerte para gozar plenamente la vida y vida en abundancia que brota de Dios.


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lunes, 9 de marzo de 2026

Reconciliarnos en Cuaresma


Como cada año, la cuaresma, nos recuerda la necesidad de la reconciliación con Dios, de la reconciliación con el prójimo y de la reconciliación con el propio corazón, en la propia realidad, en la propia vida. Normalmente nos referimos al sacramento de la Reconciliación, también conocido como Confesión. Pero, entonces ¿qué es “reconciliar”?

Asociamos la “reconciliación”, al encuentro con alguien después perdonarle una ofensa. Así: conciliar, que nos recuerda otras ideas como concilio, que es una reunión de un cuerpo colegiado; comunión, que es la capacidad de compartir la opinión o la mesa; asamblea, que es una reunión de iguales. Entonces, ¿conciliar es simplemente equiparar, o igualar, encontrarse? En contabilidad se dice esto de un balance… ¿La conciliación se reduce a unir lo separado, igualar lo diferente, compartir la opinión y la mesa?

El prefijo “re”, quiere decir, que antes hubo “comunión”. Efectivamente, después de haberse cortado el vínculo por una ofensa, de haber caído o muerto la relación… el vínculo, la comunión, se ha recuperado, el puente se ha vuelto a construir, el que había muerto, ¡lo encontramos resucitado!

Entonces, la reconciliación, como nombre del sacramento, refiere a revivir la gracia que ha muerto por la ofensa a Dios, al prójimo y a la propia dignidad. Esa ofensa se llama pecado. Y cuando se habla de pecado hay que ser claro en las condiciones para que sea tal: ser consciente del daño que se hace, hacerlo voluntariamente, conocer la materia grave del mandamiento contra el cual se obra, tener en cuenta la circunstancias que afectan a la responsabilidad y, la pena y culpa asociadas al pecado.

¿Cómo debemos acercarnos a la reconciliación? Es necesario haber examinado nuestra conciencia. No tanto para encontrar en la rendija más perdida el recuerdo del pecado más sucio y feo del año pasado, sino para presentarse humildemente ante el trono de la misericordia, con el corazón bien dispuesto.

Proponerse un sincero arrepentimiento por haber ofendido a Dios. Es decir, por considerar poca cosa su amistad, al punto de alejarme y avergonzarme de su amor; por haber destruido con el pecado, en aquel momento de debilidad, el puente de su gracia que me alcanza la salvación; por no haber seguido su llamado queriendo tapar con el dedo el sol de su gracia.

Lo siguiente puede ser lo más difícil. Reconocer los propios pecados delante del sacerdote, confiando en su ministerio de juez, de padre, de médico, en fin, de “alter Christus”. Lo mejor es pronunciarlos uno a uno, con claridad, detallando el mandamiento contra el que se ha pecado y el número de veces que se hizo, brindando algún detalle que sirva para comprender su magnitud, y no hacer explicaciones para justificar el comportamiento. A veces, el sacerdote hará una pregunta para aclarar y luego una breve reflexión para corregir.

Finalmente corresponde manifestar el arrepentimiento en la oración que llamamos “pésame”.  Esta oración recoge los elementos más importantes de la contrición como son haber ofendido a Dios, el propósito de no pecar más y de evitar las ocasiones próximas de pecado. No lo decimos en voz alta, pero se sobreentiende que hay también propósito de enmienda de la propia vida, corregir la conducta, y también el propósito de reparar el daño hecho al prójimo con nuestro pecado. El sacerdote impone una penitencia, que satisface, en alguna medida el pecado cometido, pero que Jesús ya lo cargó por nosotros en la Cruz, y luego pronuncia la absolución.

Entonces, salimos del confesionario reconciliados con Dios, en camino de reconciliarnos con el prójimo, y con el propósito de reconciliarnos con el propio corazón, en la propia realidad y en la propia vida. Somos nuevamente amigos de Dios, su gracia recorre nuestra alma, caminamos resucitados en una nueva oportunidad de vida.

Y vos, ¿Qué puente sentís que necesitas reconstruir hoy para volver a caminar resucitado?

Fray Ángel Benavides OP.


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domingo, 8 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro del Exodo 17,3-7. Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9. Carta de San Pablo a los Romanos 5,1-2.5-8.

Evangelio según San Juan 4,5-42.

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.
Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".
"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".
Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".
"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".
Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí".
La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido,
porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad".
La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar".
Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.
Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".
La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".
Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?".
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
"Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?".
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro".
Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen".
Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?".
Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.
Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.
Porque en esto se cumple el proverbio: 'Uno siembra y otro cosecha'
Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice".
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.
Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".

Homilía por Fray Josué González Rivera, OP

“El que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed”

¿Qué cosas buscamos para sentirnos bien y felices? Sin lugar a duda, todos tenemos deseos y anhelos: aprobación, éxito, entretenimiento, compañía. No son cosas malas en sí mismas; sin embargo, muchas veces no logran saciarnos. Después de alcanzarlas, aparecen nuevos deseos, nuevas búsquedas. El punto central de este domingo, que el evangelio resalta de forma importante, es que existe una sed humana que nada material puede llenar. Siempre queda una cierta sensación de insatisfacción, una sed que no se resuelve simplemente con cosas materiales o con logros externos.

Ya el pueblo de Dios en el desierto experimenta esta realidad. Allí la sed no es una metáfora, sino una amenaza real: no hay agua. Esa situación los lleva a preguntarse: “¿El Señor está realmente con nosotros?”. La sed revela la fragilidad humana. Cuando falta lo necesario, surge la desconfianza: el pueblo murmura, acusa y duda. El desierto muestra lo que hay en el corazón.

Siglos más tarde, en otra escena. Es Jesús quien tiene sed, pero también una mujer que, en su diálogo con Él, descubre que lo que sucede va más allá del agua del pozo. Su historia, con alegrías y tristezas, con anhelos y fracasos, revela también una sed más profunda. Así, el pozo y el desierto se convierten en símbolos: lugares donde el ser humano puede reconocer su propia necesidad, encontrarse con la verdad y abrirse a la conversión. El llamado, ante nuestra sed, es buscar el agua verdadera y no cerrar el corazón, no endurecerlo, que sería la respuesta equivocada.

En el desierto, Dios hace brotar agua de la roca y así manifiesta su presencia. Algo semejante anuncia Pablo en la carta a los Romanos, cuando afirma que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo”. La respuesta a la sed humana no viene solamente del exterior; es también un don que transforma el interior. Dios no solo da agua: comunica su propio amor. Por eso, en el pozo de Samaría, Jesús no ofrece simplemente consuelo. Ofrece agua viva, el agua del Espíritu que brota desde dentro del corazón.

Jesús, además, rompe las barreras de su tiempo. Siendo judío, habla con una samaritana; siendo hombre, se acerca a una mujer; siendo maestro religioso, no teme dialogar con alguien que vive en una situación marginal. Jesús supera estas divisiones e inicia el diálogo. Conoce la historia personal de la mujer, pero no la humilla: la ilumina. La sed no se sacia ignorando la realidad, sino atravesándola con verdad. Muchas veces nuestra inquietud no proviene de la falta de cosas, sino de la ausencia de una relación viva con Dios. Cuando el corazón se abre, el amor de Dios, derramado por el Espíritu, se convierte en un manantial permanente.

 Al final del relato hay un detalle que ya los Padres de la Iglesia destacaban: la mujer deja su cántaro. No porque el agua material ya no sea necesaria, sino porque ha descubierto algo más decisivo. Su prioridad ha cambiado. En el desierto, los israelitas debían aprender a confiar. En el pozo de Samaría, la mujer aprende a creer. La respuesta adecuada no es la murmuración, sino el paso de la fe.

En nuestro camino de Cuaresma también estamos llamados a dar ese paso. No necesariamente mediante gestos espectaculares, sino mediante movimientos interiores concretos: reconocer con honestidad de qué tenemos sed, preguntarnos qué ha endurecido nuestro corazón, dejar que Cristo ilumine nuestra historia y permitir que el amor de Dios, derramado por el Espíritu, transforme nuestra vida.

La mujer, después de su encuentro con Jesús, da testimonio de lo que ha experimentado. La experiencia de la gracia no se encierra en uno mismo; nos envía a compartirla. Si miramos nuevamente todo el recorrido, vemos un camino claro: la sed revela nuestra fragilidad; Dios manifiesta su amor porque es fiel; el encuentro con Cristo transforma el corazón; y después de ese encuentro la vida se convierte en anuncio. Así, el evangelio responde a la pregunta del Éxodo: “¿El Señor está en medio de nosotros?”. Sí. Está allí, junto al pozo, esperando, dispuesto a ofrecer el agua viva.


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domingo, 1 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Diácono Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Génesis 12,1-4a. Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22. Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,8b-10.

Evangelio según San Mateo 17,1-9.

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

Homilía por Diac. Jose Torres, LC

"¡Qué bien se está aquí!"

¿Alguna vez has vivido un momento que quisieras congelar para siempre?

Esos momentos existen. Una tarde con alguien que quieres mucho. Una conversación que empieza tarde y termina con el sol saliendo. Un silencio que, por alguna razón, se siente lleno. Algo por dentro que dice: aquí. Aquí me quiero quedar.

Pedro vivió algo así en el monte Tabor. Pero multiplicado por mil.

Primero hay que subir

Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva aparte. A un monte alto, dice el evangelio. Solo eso ya dice algo importante: los momentos profundos con Dios no suelen llegar solos mientras uno mira el celular en el sofá. Requieren subir. Y subir cansa. Requieren decidir que hay algo que vale más que quedarse cómodo donde estás.

La Cuaresma es exactamente esa invitación: sube un momento. Apártate del ruido. Hay algo que quiero mostrarte.

Y entonces ocurre la Transfiguración.

El rostro de Jesús resplandece como el sol. Sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Aparecen Moisés y Elías. Una nube los envuelve. Y una voz, que viene de más adentro que cualquier sonido humano, dice:

"Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo."

Las palabras más honestas del evangelio

En ese momento, Pedro abre la boca y dice algo que nos puede parecer un poco fuera de lugar: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas..."

El propio evangelista nos aclara con cierta ternura que Pedro no sabía muy bien lo que decía.

Pero hay en esas palabras una verdad enorme, casi sin querer.

"¡Qué bien se está aquí!"

No es teología elaborada. No es un discurso preparado. Es el grito del corazón de alguien que acaba de tocar algo verdadero y no sabe cómo manejarlo. Es el lenguaje del alma cuando se queda sin palabras.

Y aquí está, creo yo, el corazón de este domingo: Dios no es solo el que nos pide cosas. Es el que nos deslumbra.

La fe cristiana no es una lista de obligaciones ni un código de conducta con premio al final. Es, antes que nada, un encuentro. Con alguien tan bueno, tan bello, tan real, que cuando lo tocas de verdad, lo único que puedes hacer es lo que hizo Pedro: quedarte sin argumentos y decir, "Señor, qué bien se está aquí."

¿Tú lo has sentido alguna vez?

Quizás en una adoración eucarística que te dejó en silencio. En una misa que, sin saber por qué, te movió por dentro. En un momento de oración en el que algo se aclaró de golpe. En el servicio a alguien que sufre, cuando sentiste que estabas en el lugar exacto donde debías estar.

Esa sensación tiene nombre. Es la presencia del Señor. Y es el tesoro más grande que existe.

Pero no nos podemos quedar en el monte

Jesús no les deja quedarse. Les dice que bajen. Que todavía no es el momento de contarlo.

Porque la experiencia del Tabor no es el destino: es el combustible para el camino.

Y aquí llega la pregunta que más nos interpela hoy, a cada uno de nosotros.

¿Cómo vivimos entre semana lo que decimos creer los domingos?

Abrahán, en la primera lectura, recibe una llamada de Dios y hace algo que parece sencillo pero no lo es para nada: "Marchó, como le había dicho el Señor." Sin más. Sin negociaciones largas. Sin "voy a pensarlo". Escuchó y caminó. Su fe no quedó guardada en sus convicciones íntimas. Se encarnó en decisiones reales, en renuncias concretas, en movimiento.

Pablo le escribe a Timoteo y le dice algo que puede sonar duro, pero que es profundamente liberador: "Toma parte en los padecimientos por el Evangelio." No te conformes con una fe cómoda, que no te cuesta nada y, por lo tanto, no te transforma en nada.

Porque hay un riesgo real, y lo digo sin ánimo de juzgar a nadie, porque yo también lo siento: el de tener una fe de escaparate. Creer en Dios el domingo y vivir el resto de la semana con la misma lógica que cualquiera que no cree en nada. Pedir misericordia y no darla. Pedir perdón y no perdonar. Hablar de amor y tratar mal a los que tenemos cerca. Subir al monte… y bajar siendo exactamente los mismos de siempre.

La Transfiguración de Jesús es preciosa. Pero la gran pregunta que nos deja este evangelio es:

¿Y tú, te estás transfigurando?

No de golpe ni de forma dramática. Sino de a poco, en lo pequeño, con constancia: en la manera en que hablas de los demás, en cómo manejas tu tiempo y tu dinero, en si tu vida refleja lo que dices creer, en si el que te conoce de verdad puede ver en ti algo diferente, algo que apunta hacia arriba.

Para terminar

Esta Cuaresma es una oportunidad real. No para machacarnos con la culpa, sino para subir al monte. Para dejar que Jesús nos muestre quién es de verdad. Para volver a escuchar esa voz que dice: "Este es mi Hijo amado. Escuchadlo."

Y después de ese encuentro, bajar. Pero bajar distintos. Con la vida un poco más coherente. Con la capacidad de decir, en lo ordinario y en lo difícil, lo que Pedro dijo sin pensarlo:

"Señor, ¡qué bien se está aquí!"

No solo en el éxtasis del Tabor. Sino en el trabajo de cada día. En la familia. En el servicio. En la fidelidad silenciosa a lo que creemos.

Porque el Señor no nos llama a ser perfectos de una vez. Nos llama a caminar con Él. Y en ese camino prometió algo que Abrahán comprobó, que Pedro comprobó, y que tú y yo podemos comprobar también: que, en Él, la vida se llena de sentido, de belleza y de bien.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


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jueves, 26 de febrero de 2026

Vivir la Cuaresma


El tiempo de cuaresma llegó muy pronto este año. No tuvimos oportunidad de prepararnos con anticipación, o de recuperarnos del descanso de verano. El miércoles de ceniza cayó después del carnaval, como todos los años.

Sin embargo, puede parecernos que es lo mismo cada año. Y, de algún modo es lo mismo, pero yo no. Yo no debería ser el mismo del año pasado. Lo cierto es que la cuaresma es una oportunidad privilegiada para vivir la vida cristiana a plenitud. Se abre con la cruz de ceniza en la frente y termina con la cruz del Señor en el corazón.

¿En qué otro tiempo litúrgico nos proponemos seriamente, quizás ambiciosamente, pequeñas o grandes mortificaciones, una disciplina de oración y lectura, extendemos la mano hacia el hermano con diligencia, procuramos la confesión y la comunión con frecuencia?

La pascua es más luminosa y feliz, pero, a veces, bajamos la guardia porque no hay más mortificaciones y ayunos, y nos damos permisos que en cuaresma no estaban en el panorama, y terminamos haciendo del tiempo de gracia y resurrección, el menos fiel a nuestra fe. El adviento se nos hace pesado por el fin de año calendario y la navidad se esfuma junto con las vacaciones de verano. Pero la cuaresma, entre el Via crucis de los viernes, los rosarios y procesiones, ramos y visitas a las iglesias, es el tiempo litúrgico de mayor profundidad y serenidad, de mayor interés y expectación. Es una suerte de vida cristiana fiel, que dura cuarenta días y se repite cada año.

Y es por esto por lo que no debemos bajar la guardia. Proponernos prácticas devocionales posibles y moderadas. La ambición espiritual lleva primero al orgullo y luego a la decepción y el abandono. Por eso parece ser igual todos los años… y no obtenemos resultados diferentes si hacemos siempre lo mismo.

Es mejor rezar poco, pero con atención y regularmente, que lanzarse a maratones de plegarias, ocasionalmente, sin orden ni disciplina, llevados por la ilusión de la devoción emocional. Es más provechoso para la vida espiritual proponerse las obras de misericordia materiales y espirituales (vayan al catecismo…) realizables y moderadas, pero sinceras y regulares, que ir atolondradamente a Caritas parroquial, a entregar ropa vieja y/o tomarse la selfie para el Instagram…

No debemos olvidar buscar en un devocionario, o una página decente, un buen examen de conciencia (sea siguiendo los mandamientos del decálogo, o los pecados capitales, ¡o las mismas obras de misericordia!), y confesarse tan devotamente como sea posible.

La cuaresma no debe ser un tiempo fuerte, solo por cómo nos proponemos vivirla, sino porque cambia mi modo de vivir mi fe y me acerca cada vez más al ideal de cristiano. Cargar con mi cruz solo cuarenta días al año, no me hace mejor cristiano. Seguir cargándola con alegría y entereza, durante la pascua, y mirando hacia el adviento y la navidad, día a día, domingo a domingo, confesión a confesión, comunión a comunión, procesión a procesión, caridad a caridad, limosna a limosna, decepción a decepción, fidelidad a fidelidad.

Y entonces, no puedo comenzar la cuaresma, siendo el mismo del año pasado. Esta vez la cruz en la frente, me dice otra cosa. Me anima a más amor, más disciplina, más sinceridad, más profundidad, más caridad… para que sea un poco más cercano al crucificado, al que después de descender de la cruz y pasando por los brazos de María, y de allí al sepulcro, sube por el cirio pascual, en la noche santa y la ascensión, a la eternidad.


Fray Ángel Benavides OP.

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sábado, 21 de febrero de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.

Lecturas del día: Libro de Génesis 2,7-9.3,1-7. Salmo 51(50),3-4.5-6a.12-13.14.17. Carta de San Pablo a los Romanos 5,12-19.

Evangelio según San Mateo 4,1-11.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio.
Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.
Y el tentador, acercándose, le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes".
Jesús le respondió: "Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios".
Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo,
diciéndole: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Jesús le respondió: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor,
y le dijo: "Te daré todo esto, si te postras para adorarme".
Jesús le respondió: "Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

La fuerza humilde de Dios.

Estamos comenzando el tiempo santo de la Cuaresma. La Iglesia nos regala estos cuarenta días como un camino de conversión, de regreso al corazón de Dios. No es un tiempo triste, sino un tiempo serio y lleno de esperanza. Se nos proponen las obras propias de este tiempo: la oración más intensa, el ayuno que nos libera y la limosna que ensancha el corazón. Son medios concretos para ordenar nuestra vida, para volver a lo esencial, para dejar que Dios ocupe el centro y no nuestras preocupaciones, nuestros caprichos o nuestro orgullo.

En la segunda lectura, san Pablo nos presenta una comparación fuerte y luminosa: Cristo es el nuevo Adán. Por un solo hombre, el pecado entró en el mundo, y con el pecado la muerte; y así todos quedamos alcanzados por esa herida original. Hay una solidaridad en el mal: todos heredamos esa condición frágil y caída. Pero esa misma lógica de solidaridad, que parecía jugar en contra nuestra, ahora juega a nuestro favor. Si por la desobediencia de uno muchos fueron constituidos pecadores, por la obediencia de uno solo —Cristo— muchos serán constituidos justos.

Es impresionante pensar esto: así como sin haber hecho nada heredamos una naturaleza herida, también sin haberlo merecido recibimos la posibilidad de la vida eterna. Cristo, el nuevo Adán, asume nuestra condición y, desde dentro, la redime. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. La Cuaresma nos invita a tomar conciencia de esta verdad: no estamos condenados a repetir la historia del primer Adán; estamos llamados a dejarnos incorporar a la vida nueva del segundo Adán, a vivir según Cristo.

Y precisamente el Evangelio de este domingo nos muestra el comienzo concreto de esa obra de salvación. Jesús va al desierto y allí es tentado por el demonio. Se le propone un mesianismo espectacular: convertir piedras en pan para imponerse por lo extraordinario, arrojarse desde el templo para deslumbrar, recibir poder y gloria a cambio de una adoración falsa. En el fondo, se le ofrece ser un Mesías a la medida de las expectativas humanas: éxito, poder, dominio. Pero Jesús rechaza ese camino. No viene a salvarnos con un despliegue de fuerza, sino con la obediencia humilde al plan del Padre.

También nosotros somos tentados a buscar soluciones fáciles, caminos rápidos, reconocimientos inmediatos. Podemos llegar a querer un cristianismo sin cruz, una fe sin combate, una salvación sin conversión. La Cuaresma nos devuelve al desierto, al lugar de la verdad. Allí se decide quién es nuestro Dios y qué lugar ocupa en nuestra vida. Si permanecemos unidos a Cristo, el nuevo Adán, podremos vencer las tentaciones cotidianas —pequeñas o grandes— no con nuestras solas fuerzas, sino con la gracia que Él nos ha ganado.

Pidámosle al Señor, en este comienzo de la Cuaresma, que nos conceda la humildad de reconocer nuestra fragilidad, y la confianza de apoyarnos en su victoria. Que la oración, el ayuno y la caridad nos unan más a Cristo, para que en Él pasemos del desierto a la vida nueva que no tiene fin.


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martes, 17 de febrero de 2026

Escuchar y ayunar: una Cuaresma para volver a lo esencial

Comenzamos este tiempo con un signo sencillo y fuerte a la vez: la ceniza en la frente. Un gesto que nos sacude y nos recuerda algo fundamental que muchas veces olvidamos en medio del ritmo diario: no somos eternos, no lo controlamos todo y necesitamos volver a Dios. No para huir del mundo, sino para habitarlo mejor.

La Cuaresma es un tiempo de 40 días de camino hacia la Pascua, inspirado en los 40 días que Jesús pasó en el desierto. No es un paréntesis triste ni una pausa incómoda en el año. Es una invitación clara y actual: frenar un poco, ordenar la vida y volver a lo esencial.

La Iglesia nos propone para este camino tres pilares que siguen siendo actuales y necesarios:

  • Oración, para profundizar nuestra relación con Dios y darle espacio real en la vida.
  • Ayuno, para aprender a desprendernos, ordenar deseos y ser más libres.
  • Caridad, para amar de manera concreta, saliendo de nosotros mismos.

No se trata solo de “dejar cosas”, sino de dejar espacio. Espacio para Dios, para los demás y para lo que realmente importa.

En este contexto, el Papa León XIV nos invita a vivir la Cuaresma desde dos actitudes clave: escuchar y ayunar.

Primero, escuchar. En un mundo lleno de notificaciones, audios, reels, mensajes y opiniones cruzadas, escuchar de verdad se volvió casi revolucionario. Escuchar a Dios en su Palabra, darle tiempo, dejar que nos hable sin apurarlo. Pero también escuchar la realidad: el dolor que nos rodea, las injusticias que muchas veces naturalizamos, las personas que sufren cerca nuestro.
La fe no se vive con auriculares puestos ignorando el mundo, sino con el corazón abierto.

Escuchar es el primer paso para cambiar. Porque cuando escuchamos de verdad, algo se acomoda por dentro y empezamos a mirar la vida con otros ojos.

Después, ayunar. Y no solo de comida. El ayuno nos ayuda a descubrir de qué tenemos hambre de verdad: hambre de sentido, de vínculos sanos, de justicia, de paz. Por eso el Papa nos propone un ayuno muy concreto y necesario hoy: ayunar de palabras que lastiman.
Menos juicio rápido.
Menos hablar mal del otro.
Menos violencia y agresión en redes.

Y más palabras que construyan, acompañen y den esperanza. Porque nuestras palabras también pueden sanar o herir, acercar o alejar, levantar o destruir.

La Cuaresma tampoco es un camino solitario. Se vive en comunidad. En la familia, con amigos, en la parroquia, en los grupos. Escuchar juntos, ayunar juntos y ayudarnos a volver a lo esencial. Porque cuando caminamos acompañados, la conversión se vuelve más real, más concreta y más posible.

Este tiempo de Cuaresma no es solo “empezar de nuevo”. Es una invitación concreta y actual: bajar un cambio, escuchar más, hablar mejor y vivir con más verdad, caminando con esperanza hacia la Pascua.

Con Cariño Maru.

Mensaje del Papa León XIV para la Cuaresma


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jueves, 27 de marzo de 2025

Reconciliación


Caminamos ya en la tercera semana de la Cuaresma…

Este tiempo es de conversión y preparación espiritual para vivir plenamente la Semana Santa. Es un periodo de cuarenta días en el que la Iglesia nos invita a la oración, el ayuno y la limosna, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien pasó cuarenta días en el desierto en preparación para su misión. La Cuaresma es el tiempo para profundizar en la oración, el estudio y la predicación, pilares fundamentales de la vida dominica. Santo Domingo de Guzmán, comprendía la importancia de la oración como encuentro con la Verdad, con Cristo mismo para profundizar el camino hacia la conversión y como parte fundamental para nutrir la predicación.

Como parte de este camino, la confesión es un medio que nos ayuda y nos lleva a la conversión interior. El sacramento de la Reconciliación juega un papel fundamental, permitiéndonos reconciliarnos con Dios. Sin olvidar, que es un signo de esperanza, ya que nos recuerda que el amor y la misericordia de Dios son infinitos. Durante la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una profunda conversión del corazón, y la confesión es el medio que Dios nos ofrece para lograrlo.

A través de este sacramento, reconocemos nuestros pecados y pedimos perdón, asumiendo con humildad nuestras faltas; recibimos la gracia de Dios, que nos ayuda a mejorar espiritualmente y fortalecer nuestra relación con Él, sanamos el alma y nos liberamos de cargas espirituales, experimentando la paz y el amor misericordioso de Dios; también renovamos la esperanza, pues el perdón de Dios nos reconforta y nos llena de alegría para seguir adelante en nuestro camino de fe.

Algo muy importante, Jesús instituyó el sacramento de la Reconciliación cuando, después de su Resurrección, se apareció a sus discípulos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos" (Juan 20, 22-23). Con estas palabras, Cristo otorgó a los apóstoles, y a través de ellos a los sacerdotes, el poder de perdonar los pecados en su nombre. Este pasaje nos recuerda que Dios nunca nos abandona y siempre nos ofrece una nueva oportunidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que "los que se acercan al sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron con su pecado" (CIC 1422), y que "el sacramento de la Penitencia es necesario para la salvación de aquellos que han caído después del Bautismo" (CIC 980). La confesión es un regalo de Dios, un momento de gracia, restauración espiritual y esperanza.

Desde la tradición dominica, la confesión se vincula con la búsqueda de la verdad y la misericordia de Dios. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes teólogos de la Orden, enseñaba que la confesión es un acto de justicia y amor: justicia porque reconocemos nuestras faltas y nos disponemos a repararlas, y amor porque nos acercamos confiados al Padre que nos acoge con misericordia. Así, la confesión no sólo restaura nuestra relación con Dios, sino que nos ayuda a ser mejores predicadores de su amor, viviendo con autenticidad nuestra fe.

En este tiempo somos invitados especialmente a acercarnos a este sacramento, ya que ayuda a prepararse espiritualmente para vivir la Pascua con un corazón limpio y en gracia de Dios. Muchas parroquias, capillas, conventos y monasterios ofrecen jornadas especiales de confesión antes de la Semana Santa, facilitando que los fieles puedan recibir este sacramento con mayor disposición. 

La Cuaresma es un camino de conversión, y la confesión es una puerta a la misericordia y la esperanza de Dios. "Arrepiéntanse y crean en el Evangelio" (Marcos 1, 15). No hay pecado tan grande que Dios no pueda perdonar si hay un corazón arrepentido. Su misericordia es infinita. La confesión nos devuelve la paz y nos llena de esperanza en el amor de Dios. En este tiempo de reflexión y conversión, la confesión nos permite reencontrarnos con Dios y renovar nuestra vida espiritual. Es una invitación a experimentar su amor, su misericordia y su gracia sanadora, preparándonos para celebrar con gozo la Resurrección de Cristo en la Pascua. Además, nos llena de esperanza, recordándonos que siempre podemos empezar de nuevo y que el amor de Dios es más grande que cualquier error.

Para ayudarnos a este proceso te compartimos algo que puede ayudarte

Salmo 50 para mejorar nuestras confesión

La Cuaresma es un tiempo de gracia, un llamado a la conversión, un camino que nos conduce a la luz de la Resurrección. Dios nos espera siempre con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarnos y a darnos una nueva oportunidad para vivir en su amor. Recuerda que podemos hacer de la confesión un verdadero encuentro con la Verdad, que nos impulse a vivir en comunión con Dios y a ser predicadores fieles de su amor y misericordia.

Con Cariño Maru Rodriguez


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sábado, 16 de marzo de 2024

Meditamos el Evangelio del 5° Domingo de Cuaresma con Fray Carlos Nieto Moreira, OdeM.


Jeremías 31, 31-34 Salmo 50, 3-4. 12-13. 14-15 Hebreos 5, 7-9

Evangelio según San Juan (12, 20-33)


Entre los que habían llegado a Jerusalén para adorar a Dios en la fiesta de Pascua, había algunos griegos, los cuales se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le pidieron: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”.


Felipe fue a decírselo a Andrés; Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús y él les respondió: “Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Yo les aseguro que si el grano de trigo, sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.


El que quiera servirme, que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre.


Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre:‘Padre, líbrame de esta hora’? No, pues precisamente para esta hora he venido. Padre, dale gloria a tu nombre”. Se oyó entonces una voz que decía: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.


De entre los que estaban ahí presentes y oyeron aquella voz, unos decían que había sido un trueno; otros, que le había hablado un ángel. Pero Jesús les dijo: “Esa voz no ha venido por mí, sino por ustedes. Está llegando el juicio de este mundo; ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo. Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Dijo esto, indicando de qué manera habría de morir.


Homilía de Fray Carlos Nieto Moreira, OdeM. 


Queremos verte y probarte Jesús


Un grupo de peregrinos expresa su profundo deseo de conocer a Jesús. Lo dicen sin vueltas: ¡Queremos ver a Jesús! Hay quienes dicen que comenzamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús y que entendemos algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vivir y morir? ¿Qué tendrá Él que nos atrae? Orando una primera respuesta, podemos decir que nos atrae porque nos ama, nos sana y porque nos ilumina: 


Te adoro (José María Rodríguez Olaizola SJ)


“Porque nos amas, tú el pobre.

Porque nos sanas, tú herido de amor.

Porque nos iluminas, aun oculto,

cuando la misericordia enciende el mundo.

Porque nos guías, siempre delante,

siempre esperando,

te adoro.


Porque nos miras desde la congoja

y nos sonríes desde la inocencia.

Porque nos ruegas desde la angustia

de tus hijos golpeados,

nos abrazas en el abrazo que damos

y en la vida que compartimos

te adoro.


Porque me perdonas más que yo mismo,

porque me llamas, con grito y susurro

y me envías, nunca solo.

Porque confías en mí,

tú que conoces mi debilidad

te adoro.


Porque me colmas

y me inquietas.

Porque me abres los ojos

y en mi horizonte pones tu evangelio.

Porque cuando entras en ella, mi vida

es plena

te adoro”.


Estemos siempre atentos en nuestra vida cotidiana para reconocer a los peregrinos que movilizan nuestra curiosidad para conocer cada vez más a Jesús. ¿Alguna vez te sucedió? Confíale tu gratuidad al Señor. 

También tengamos presente que, al centrar nuestra mirada interior o contemplación plena en Jesús, nos dejamos conmover por su vida entregada por un mundo más humano para todos. Jesús es un apasionado por el Reino de Dios.  Con la misma pasión nos llama, invita e interpela para servir, es decir, para colaborar y ser protagonista en su tarea. Una vez más, ser cristiano es estar donde estaba Jesús y ocuparse de las cosas que Él se ocupaba. En cada uno de nosotros, el Padre ve reflejado el rostro de su Hijo, así pues, también nosotros deberíamos ver a Cristo en cada uno de los demás. 

La idea de Jesús es clara: con la vida sucede lo mismo que con el grano de trigo que tiene que morir para producir fruto. Es lo que realmente dará fecundidad a la vida de todos. No se puede engendrar vida sin ofrecer la propia. Cuando uno ama y vive intensamente la vida, no puede vivir indiferente al sufrimiento grande o pequeño de las personas. Es esta solidaridad que nos cuesta mucha vida está presente la salvación y liberación. Salva quien comparte el dolor y se solidariza con el que sufre. ¡Esto no es de un día para otro! Para lograrlo hay que mirar a Jesús, hay que probarlo y, sobre todo hay que abandonarnos y confiar en Él. En la fecundidad de su Palabra como semilla verdadera. 


De casi a puro rezo (Hno. Fermín Gaínza)


Señor, cuando nos mandas a sembrar,

rebosan nuestras manos de riqueza: 

tu Palabra nos llena de alegría

cuando la echamos en la tierra abierta. 


Señor cuando nos mandas a sembrar, 

sentimos en el alma la pobreza:

lanzamos la semilla que nos diste

y esperamos inciertos la cosecha. 


Y nos parece que es perder el tiempo 

este sembrar en insegura espera. 

Y nos parece que es muy poco el grano

para la inmensidad de nuestras tierras. 


Y nos aplasta la desproporción

de tu mandato frente a nuestras fuerzas. 

Pero la fe nos hace comprender 

que estás a nuestro lado en la tarea. 


Y avanzamos sembrando por la noche

y por la niebla matinal. Profetas

pobres, pero confiados en que Tú

nos usas como humildes herramientas. 


Gloria a Tí, Padre bueno, que nos diste 

a tu Verbo, semilla verdadera, 

y por la Gracia de tu Santo Espíritu

la siembras con nosotros en la Iglesia. 

Amén.



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