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lunes, 24 de diciembre de 2018

"Te pido por..." - Monseñor Angelelli - Mensaje de Navidad 1971


Te pido por los que esta noche no tienen nada para armar una mesa ... Somos nosotros los culpables ... Tú nos diste lo suficiente para que alcance para todos .. Pero somos egoístas y duros para con nuestros hermanos. Te pido por lo que están solos; por lo que no tienen dinero para el pasaje y así poderse juntarse con familia. Te pido por los ancianos, por los enfermos, por los hermanos que están en la cárcel. Te pido por todos los Hogares de la Rioja ... Por los chicos y por la juventud. .Habría tantas cosas para pedirte! Tú sabes que es difícil concretar la: Salvación y la Liberación que trajiste en Tu Persona ... Algunos se molestan ... Es que Tu Buena Nueva no es tan fácil de vivirla ... Es que a veces el dinero ... el poder o un efímero status social nos hace perder el verdadero sentido de la vida y de las cosas ... Danos creatividad, coraje, constancia y valentía para que vayamos solucionando viviendas indignas, creando fuentes de trabajo; to-do el problema de la salud, de la educación, del descanso ... Danos esperanza y alegría para vivir... que no nos cansemos ... Tú nos iluminaste para que hiciéramos un Concilio en tu Iglesia .... para que nosotros los cristianos fuéramos los testigos de tu Evangelio ... pero ¿te das cuenta lo que cuesta llevarlo a la práctica? Te pido por los que nos conducen como pueblo organizados: ayúdalos a que compartan más con su pueblo ... que no los aten tantos intereses. Te pido por mi presbiterio, por mis hermanas religiosas y por los laicos ...que te seamos fieles en esta hora difícil. .. Que las "añadiduras" no nos hagan perder la dimensión de la misión comprometida que un día asumimos en tu nombre y con tu gracia. Te pido por mí. .. me conoces mejor que cual-quiera ... Sabes hasta donde doy y hasta donde no, que te sea fiel y sea un buen pastor de mi pueblo ... Que los ayude a que todos "pechemos juntos" 

(Monseñor Angelelli Fragmento del Mensaje de Navidad de 1971)




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domingo, 16 de diciembre de 2018

Tercer domingo de Adviento - Homilía de Monseñor Angelelli




Evangelio según San Lucas 3,10-18.

La gente le preguntaba: "¿Qué debemos hacer entonces?". El les respondía: "El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto". Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: "Maestro, ¿qué debemos hacer?". El les respondió: "No exijan más de lo estipulado". A su vez, unos soldados le preguntaron: "Y nosotros, ¿qué debemos hacer?". Juan les respondió: "No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo". Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: "Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible". Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.


Homilía de Mons. Enrique Angelelli.


            Nos estamos aproximando a celebrar la venida de Jesús al mundo: la Navidad.
Hoy comenzamos la tercera semana de adviento, de preparación para ese advenimiento: el Hijo de Dios se hace Hombre para que los hombres se hagan más hermanos, porque esa es la voluntad de Dios Padre. Nos preparamos para el gran advenimiento: “el Señor viene” y “está muy cerca”. Viene a reconciliarnos en el amor, porque El es amor.
            La Navidad es el paso de Dios. Dios pasa entre nosotros, dejándonos un mensaje que alegra nuestra vida, que da esperanza a nuestra marcha de peregrinos y que inspira confianza en medio de nuestra debilidad e impotencia.
         Por eso, el adviento es hacer realidad las palabras del profeta Isaías; “preparen los caminos del Señor”... porque el Señor Dios pasa y nos trae su mensaje. Por esto el Apóstol San Pablo nos insiste: “Alégrense en el Señor en todo tiempo. les repito: alégrense”... “Entonces la paz de Dios, que es mucho mayor de lo que se puede imaginar, les guardará su corazón y sus pensamientos en Cristo Jesús”...
            Prepararnos a recibir al Señor Dios que pasa y a escuchar su mensaje, implica y exige un cambio de vida. Es una ruptura con el hombre viejo, con el hombre que ha crecido deformado por el pecado, por el egoísmo que lo ha tornado indiferente ante sus hermanos, por la ambición de dinero y de poder que lo ha llevado a subestimar la persona de los otros hombres, el afán de tener más, a costa de cualquier precio, en lugar de ser más.
         El Adviento es clima propicio para hacer una revisión personal, pensando que Dios es testigo de nuestros pasos y actitudes, de nuestras palabras y pensamientos. No se trata de una justificación ante los hombres, a quienes podemos engañar fácilmente. El Adviento nos pide sincerarnos ante Dios, para que cambiemos el corazón de Piura en un corazón de carne.
            “Rellénense todas las quebradas, aplánense todos los cerros, los caminos con curvas serán enderezados. Y los ásperos suavizados”... grita el Profeta Isaías. Es una forma gráfica, pero terminante, que usa el profeta para explicar que la conversión o el cambio de vida tiene que llevarse a cabo sin pérdida de tiempo y sin retaceos ni mezquindades.
            Nosotros también podemos preguntar como lo hicieron quienes llegaban a Juan Bautista pidiendo el bautismo: “¿qué debemos hacer?...” Y el Precursor,Juan, les contestaba: “el que tenga dos vestidos, dé uno al que no tiene y quien tenga qué comer haga lo mismo”... “No cobren más de debido”... “No molesten a nadie, no hagan denuncias falsas y conténtense con lo que les pagan”...
         Sí, ¿qué debemos hacer para convertirnos, para cambiar de vida?... ¿Cómo disponernos a descubrir el paso del Señor Dios?... ¿Qué tenemos que hacer hoy y aquí, en nuestra Rioja? ... ¿Existen el respeto al otro y, como consecuencia, la armonía a nivel de familiar, de barrio, de pueblo, de provincia?... ¿Buscamos la verdad, como fruto del diálogo o más bien recurrimos a la mentira, a la calumnia, para encubrir la ambición de poder y de dinero. ... Si creemos estar en lo cierto, ¿tomamos una postura valiente conversando con quien o quienes juzgamos equivocados?... ¿O más bien nos escondemos en la cobardía, lanzando los dardos de la difamación, atacando impunemente el honor de las personas? ... ¿Queremos una sociedad más humana, más fraterna y más justa? ... O permitiremos que el egoísmo y el odio, la envidia y la murmuración se enquisten en nuestras familias, en nuestros barrios y pueblos, en nuestra provincia, para que “el hombre sea lobo del hombre?”... ¿Anhelamos la paz o la guerra?... ¿Deseamos vivir alegremente porque respondemos sirviendo al Cristo que está en cada hermano? ...¿o preferimos ser esclavos de las pasiones, abusando, extorsionando, delatando o denunciando falsamente, con el pretexto de una felicidad, que es aparente y que, luego, se transformará en tortura y en amargura?...
         El hombre y la mujer, el anciano, el joven y el niño, el funcionario y el empleado, el ilustrado y el que no lo es, el que vive holgadamente y el que sufre la estrechez económica... todos tenemos una misma raíz: somos hijos de Dios. Y todos caminamos hacia un mismo fin: dar cuentas a Dios de la propia vida. Entre el origen y el fin de nuestra existencia hay un camino, que no lo hacemos solos, hay una historia en la que no estamos abandonados; sino que Dios camina con nosotros y con nosotros hace la Historia. Y para que ese camino no sea tortuoso ni la historia esté protagonizada por el  pecado que destruye y divide, Dios deja oír su voz llamándonos a la conversión: “no te fijes en la paja que hay en el ojo de tu hermano, sino en la viga que hay en tu ojo”... “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos”... “muchos que ahora son los primeros, serán entonces los últimos, y muchos que ahora son últimos, serán los primeros”... “Guías ciegos: cuelan el mosquito, pero tragan el camello”...
         Dios deja oír su voz llamándonos al cambio de vida: que dejemos el odio, para vivir el amor; que practiquemos la justicia, contribuyendo a la realización personal de nuestros hermanos; que seamos los constructores de la paz desde una actitud servidora y desinteresada.
            El Señor Dios está cerca. Pronto será Navidad. Está muy próximo el Encuentro del Niño Alcalde y San Nicolás. Nos encontramos celebrando el Año Santo. No cerremos nuestros oídos al Dios que nos habla. La conversión es costosa, porque somos débiles y orgullosos, porque somos limitados y soberbios. Por eso nos aconseja el apóstol Pablo: “...recurran a la oración y a la súplica”... Está en juego nuestra liberación. Jesús vendrá por segunda vez. San Lucas nos escribe que Jesús tiene en sus manos “la zaranda para limpiar el trigo y recogerlo después en su granero; pero, la paja la quemará en el fuego que no se apaga”...
            La conversión provoca la verdadera alegría y nos introduce en lo que afirma San Pablo; “Y sea tal la perfección de su vida, que toda la gente lo pueda notar”.

Misas Radiales. Editorial Tiempo Latinoamericano, Córdoba.  Tomo 3,214 s
La Rioja, 16 de diciembre de 1973
Tercer domingo de Adviento  C

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jueves, 13 de julio de 2017

PONCE DE LEÓN, OBISPO Y MÁRTIR (4° Parte) - P. QUIQUE BIANCHI



Odium fidei

El mártir siempre muere por odio a la fe (odium fidei). Es mártir quien, como Cristo, muere agredido por el odio que inspira el amor que encarna en su vida. Benedicto XVI explicaba en un discurso a la Congregación para la Causa de los Santos que “es necesario que aflore directa o indirectamente, aunque siempre de modo moralmente cierto, el odium fidei del perseguidor. Si falta este elemento... no existirá un verdadero martirio según la doctrina teológica y jurídica perenne de la Iglesia”.[1]
Al presentar la noción conciliar de martirio habíamos dicho que el acento está puesto en el amor del testigo, no tanto en su profesión de fe. Más aún, el planteo no apunta exclusivamente a los motivos del que mata sino a los motivos del que muere. Mira más a la víctima que al verdugo. Por eso, odium fidei no es sólo odio a la profesión de la fe, al hecho de ser cristiano (como era el caso de los primeros mártires del cristianismo u hoy frente a cierto fundamentalismo islámico). Es también odium fidei, el rechazo hacia conductas que son consecuencias de la fe. Esto ya podía encontrarse en la doctrina clásica cuando Santo Tomás se pregunta “si sólo la fe es causa del martirio” (ST II-II q124, a5). Allí explica que “a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe” (ibíd.). Ilustra la afirmación con el ejemplo a Juan el Bautista, quien es considerado mártir y no murió por defender la fe sino por reprender un adulterio (argumento similar al de Rahner respecto de María Goretti). A lo que agrega que la muerte por “cualquier bien humano puede ser causa de martirio en cuanto referido a Dios” y que “el bien de la república es el principal entre los bienes humanos” (ibíd.). Es claro que la justicia es un valor que contribuye al “bien de la república”. Más explícitamente lo señala en el comentario a la Carta a los Romanos (c.8, l.7) cuando afirma: “padece por Cristo no sólo el que padece por la fe de Cristo, sino por cualquier obra de justicia, por amor de Cristo”.
Mostraría una concepción demasiado intelectualista de la fe pensar que el odium fidei solo puede aplicarse cuando la agresión se produce explícitamente contra la doctrina cristiana. Además, como bien señala J. González Faus, llevaría a la paradoja de sostener que “sólo un no cristiano podría provocar mártires. Sólo un emperador Juliano, o un gobierno ateo. Un cristiano, por cruel que fuese, no podría provocarlos pues, si se confiesa cristiano, no odiará la fe”.[2] Por eso puede decirse que el odium fidei debe entenderse como un odium amoris. Esto es, una aversión criminal hacia las actitudes con las que el mártir testimonia su amor a Cristo.

El odium fidei de las dictaduras latinoamericanas 

Desde este marco teológico podemos afirmar claramente que quien sufre la muerte por oponerse desde sus convicciones cristianas a gobiernos terroristas puede identificarse como mártir. Aun sin olvidar que los verdugos -en el caso de Ponce de León, Angelelli, Romero, y tantos mártires latinoamericanos- fueron muchas veces militares católicos, que actuaban pretendidamente en defensa del cristianismo y con la anuencia de algunos sectores de la Iglesia. Lo que hay es odio a una de las consecuencias de la fe de estos testigos: la justicia. Un valor ineludible en la construcción de una paz verdadera.

En la causa de beatificación de monseñor Romero, se optó por establecer este odium fidei indirecto. Para ello la Positio entabló tres puntualizaciones: 1) hubo persecución en El Salvador; 2) su violencia fue dirigida hacia miembros de la Iglesia; 3) la misma persecución agredió a monseñor Romero. Los postuladores de la causa de beatificación plantearon que el obispo mártir optó por ser fiel totalmente a lo que la Iglesia proclama en su magisterio, y esa fidelidad específicamente provocó a sus perseguidores a asesinarlo. Al hacerlo, dejaron entrever su odio a la fe cristiana.[3]

Estas aclaraciones son importantes porque la memoria de estos obispos está muchas veces envuelta por la bruma de sospecha de lo que podríamos llamar un prejuicio ideológico. Creer que su muerte tuvo que ver exclusivamente con la política, que pagaron el precio de ser agitadores políticos en tiempos difíciles. Lo decíamos al referir lo que cuenta Maccise sobre el cardenal romano que pensaba que Romero “se la había buscado”. Otro testimonio contundente sobre este prejuicio que flotaba sobre Romero lo da el Papa Francisco cuando explica que el obispo salvadoreño siguió siendo mártir después de morir: “El martirio de monseñor Romero no fue puntual en el momento de su muerte, fue un martirio-testimonio, sufrimiento anterior, persecución anterior, hasta su muerte. Pero también posterior, porque una vez muerto –yo era sacerdote joven y fui testigo de eso– fue difamado, calumniado, ensuciado, o sea que su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado. No hablo de oídas, he escuchado esas cosas”.[4]
Las actitudes de estos mártires, si bien podían ser políticas, en el fondo tenían motivos de fe. La historia los puso en la encrucijada de tener que decidir entre encarnar como obispos hasta el fondo lo que enseña la Iglesia o salvar sus vidas (“el que encuentre su vida la perderá…” Mt 10,39). Plena conciencia de esta dramática opción tenía Romero cuando en una carta dirigida a la Congregación para los obispos en 1978 escribía: “qué difícil es querer ser fiel totalmente a lo que la Iglesia proclama en su magisterio, y qué fácil, por el contrario, olvidar o dejar de lado ciertos aspectos. Lo primero conlleva muchos sufrimientos; lo segundo trae mucha seguridad, tranquilidad y la ausencia de problemas. Aquello suscita acusaciones y desprecios; esto último alabanzas y perspectivas humanas muy halagüeñas”.[5]

4. El Getsemaní de Ponce

Si volvemos al caso de Ponce de León vemos que él también vivió esa encrucijada decisiva en los últimos meses de su vida. Era consciente de que el cerco se cerraba. Desde el golpe del 24 de marzo de 1976 la relación con Saint Amant era cada vez más espesa. A la semana se produce la detención de tres sacerdotes y las tensas negociaciones por sus libertades. El 2 de julio de ese mismo año, un grupo armado con ropas de civiles que dicen ser de la policía irrumpe y registra toda la casa donde Ponce tenía viviendo a sus seminaristas en la ciudad de Buenos Aires. Sólo dos días después se produce la masacre de la comunidad de palotinos en el barrio de Belgrano. Los cuerpos de los tres sacerdotes y los dos seminaristas acribillados en San Patricio, fueron un golpe duro y revelador para él. Uno de los asesinados, Alfredo Kelly, había estado varios años en la diócesis y era su amigo y confesor. Un mes después, el 4 de agosto, con la muerte de Angelelli, entendió que una mitra y un anillo episcopal no eran obstáculo para la enajenación de estos generales. Las amenazas eran cada vez más creíbles y el espiral de muerte se iba estrechando sobre él. A pesar de esto, Ponce no cejaba en sus gestiones por quienes el gobierno consideraba enemigos. Incluso llevando adelante reclamos personalmente ante los más altos mandos militares como en el caso del sacerdote López Molina.
Seguramente vivió su propio Getsemaní: la serena certeza de que su actitud lo llevaba a la muerte pero que no podía cambiar su conducta sin sentir en lo más profundo que traicionaba a Cristo y se traicionaba a sí mismo si se tapaba los oídos frente al dolor de los familiares de desaparecidos que golpeaban su puerta. Sudó sangre en soledad, preparándose para el calvario, mientras escribía en su testamento “no tener enemigos, no guardar rencor ni odio a persona alguna; si ofendí a alguien pido perdón y si alguien se considerase deudor, queda perdonado” y pedía unas exequias sencillas, sin flores y que “la limosna se destine para los pobres, mis amigos e intercesores”. El Sanedrín inflamaba cartas de odio mientras él pedía que el Señor lo reciba “como a hijo pródigo, ya que no supe aprovechar estando siempre en la casa del Padre” y se confiaba al “glorioso patriarca San José, a quien encomiendo mi última hora”.[6]
 No sabemos lo que pasó en el instante decisivo. Sí sabemos que le estaban apuntando. Y que un dedo asesino tensaba el gatillo. La persecución que sufría era real y feroz, con un impresionante poder de fuego que incluso ya había matado a un obispo pocos meses antes. Pero no queremos ahora mirar ese momento desde el lado del verdugo. Confiamos en que la justicia algún día arroje luz sobre ese aspecto. Lo que queremos ahora es recibir el testimonio del corazón de Ponce, identificado con el Buen Pastor en su ministerio episcopal, ahora convertido en el Crucificado. Estaba dispuesto. La humillación, el terror, la angustia, la desesperanza, cada dolor que le trajeron lo fue cargando y se le fue hilvanando como una cruz en su cuero para preparar este encuentro. Desde el cielo, San José y sus amigos los pobres le alcanzaban la corona.
Su testimonio, al igual que el de tantos otros, tiene mucho para decirnos. El mártir es sangre que habla. Y habla de Dios en una historia concreta. Entre mártires y confesores la Iglesia argentina contó con una verdadera nube de testigos del Reino en esos años de dolor. Se trata de un grupo importante, aunque difícil de cuantificar. Ya en 1986, el libro de E. Mignone Iglesia y dictadura: el papel de la Iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen militar, presentaba como víctimas de la representación estatal a sesenta y dos sacerdotes, once seminaristas, cuatro religiosos y religiosas y dos obispos. Dando un total de setenta y nueve víctimas en el período 1974-1983. Estudios actuales dan cifras superiores.[7] Esto sin contar la gran cantidad de laicos que sufrieron represión por acercarse a los pobres desde instituciones eclesiales.
Es cierto que los mártires son un regalo de Dios para sus pueblos. Pero un regalo conflictivo, una bandera discutida que se levanta para exhibir un amor insoportable en un mundo que sigue estructurado sobre la injusticia. Taparse los oídos frente al grito de esa sangre derramada, no escuchar el clamor de las multitudes que sufren, es cerrarle el corazón a Dios. Poco antes de su muerte, Romero gritaba proféticamente: “sería triste que en una Patria donde se esté asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo”.[8] Su sangre esparcida sobre el altar rubricó que la Iglesia salvadoreña no sufrió esa tristeza. Tampoco nuestra Iglesia vivió esta aflicción, que en tiempos del horror y marcada con el estigma de la traición de algunos, conoció también la gloria de los testimonios de Angelelli, Ponce de León, y tantos otros. Pero hay otra tristeza, patrimonio de estos tiempos, la de ver que la Iglesia se niega a aceptar el raudal de gracia que Dios nos ofrece en esos martirios…




                                                                                                               P. Quique Bianchi

Leer: PONCE DE LEÓN, OBISPO Y MÁRTIR (1° Parte)
Leer: PONCE DE LEÓN, OBISPO Y MÁRTIR (2° Parte)
Leer: PONCE DE LEÓN, OBISPO Y MÁRTIR (3° Parte)


MUCHAS GRACIAS P. QUIQUE BIANCHI!!!



[1] Benedicto XVI, Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la sesión plenaria de la Congregación para las causas de los santos, 24/4/2006, www.vatican.va.
[2] J.I. González Faus, “El mártir testigo del amor”, Revista Latinoamericana de Teología 55 (2002), 33-46, p.41.
[3] Cf. Blog Super Martyrio, “Cómo comprobaron el martirio Romero”, polycarpi.blogspot.com.ar/2015/02/como-comprobaron-el-martirio-romero.html.
[4] Francisco, Discurso a una peregrinación de El Salvador, 30/10/2015, www.vatican.va.
[5] Blog Super Martyrio, “Cómo comprobaron el martirio Romero”.
[6] Comisión…, Monseñor Ponce, p.43.
[7] Cf. M.S. Catoggio, Los desaparecidos de la Iglesia, Ed. Siglo XXI, 2016, p.150.
[8] J. Sobrino, Monseñor Oscar Romero: un obispo con su pueblo, Sal Terrae, 19902, p.58.

                           

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