sábado, 4 de julio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC



Lecturas del día: Libro de Zacarías 9,9-10. Salmo 145(144),1-2.8-9.10-11.13cd-14. Carta de San Pablo a los Romanos 8,9.11-13.

Evangelio según San Mateo 11,25-30.

Jesús dijo:
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios ya los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, así porque lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
Porque mi yugo es suave y mi carga liviana."
 

Homilía por el Rev. P. José Torres, LC

El Rey que no grita y el Dios que no cansa 

Vivimos en la época del rendimiento.

Todo se mide por resultados: cuánto produce, cuánto avanza, cuánto demuestras. Incluso el descanso se ha convertido en una estrategia para poder volver a producir más. Y sin darnos cuenta, terminamos trasladando esa misma lógica a Dios. Pensamos que está contento con nosotros cuando hacemos mucho, cuando no fallamos, cuando todo sale bien. Y cuando nos equivocamos, sentimos que hemos bajado puestos en un ranking espiritual que nadie declaró oficial pero que todos parecemos seguir y el Evangelio de este domingo rompe ese esquema de raíz.

Un Rey que no necesita impresionar

La profecía de Zacarías es potente y si la lees despacio, casi desconcertante:

"Mira que viene tu rey… pobre y montado en un borrico."

Ahora bien, seamos honestos: eso no suena muy épico.

Si hoy una gran empresa presentara a su nuevo director ejecutivo, llegaría rodeado de cámaras, vehículos de lujo y un despliegue de marketing cuidadosamente diseñado. Pero el rey que anuncia Zacarías hace exactamente lo contrario. Llega sobre un animal prestado, sin espectáculo, sin necesidad de impresionar.

Porque el verdadero poder no necesita demostrar que es poderoso. Solo el que es inseguro necesita exhibirse constantemente.

Y Jesús entra humilde porque sabe perfectamente quién es, no necesita el aplauso para existir.

Entonces aparece una pregunta que incomoda un poco ¿cuántas veces vivimos nosotros intentando impresionar? Publicamos lo mejor de nuestra vida, escondemos nuestras fragilidades, buscamos reconocimiento, nos preocupamos demasiado la opinión de los demás. Terminamos agotados sosteniendo una versión de nosotros mismos que ni siquiera existe del todo.

Dios no ama al personaje que hemos construido para sobrevivir. Ama a la persona real. Incluso esa que nosotros mismos intentamos esconder.

Lo que el mundo necesita ver

El salmo nos recuerda algo que necesitamos escuchar en un mundo que cancela rápido y mide el valor por el rendimiento: "El Señor es lento a la cólera y rico en piedad. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan".

No estás solo intentando llegar a Él. Él ya viene hacia ti. Montado en lo sencillo, esperándote en lo cotidiano, sin forzar ninguna puerta.

Quizás el mundo necesita menos cristianos obsesionados por demostrar que pueden con todo, y más cristianos que, desde su propia fragilidad, den testimonio de que han encontrado en Jesús el lugar donde descansar. Porque el Reino de Dios no avanza gracias a los más fuertes. Avanza gracias a los que han descubierto que la verdadera fuerza consiste en dejarse sostener.

Y solo quien aprende a descansar en Cristo puede convertirse, después, en descanso para los demás.

Lo que los pequeños saben y los sabios no ven

Jesús comienza su oración con algo que parece provocador:

"Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños".

No está diciendo que la inteligencia sea un problema. Critica algo más sutil: la ilusión de que podemos controlar incluso el misterio de Dios. Hay personas que saben muchísimo sobre Dios. Y hay personas que conocen a Dios. Pero no siempre son las mismas.

La fe comienza cuando dejamos de intentar dominar el misterio y aceptamos que es el misterio el que nos abraza a nosotros. Los pequeños de los que habla Jesús no son los ignorantes. Son los que todavía conservan un corazón disponible para dejarse sorprender. Los que no llegan a Dios con todas las respuestas ya preparadas, sino con las manos abiertas.

El cambio más profundo de tu vida probablemente no va a empezar con un gran golpe de suerte ni con un reconocimiento público. Va a comenzar con algo que desde fuera parecerá insignificante: una decisión interior tomada en silencio, un gesto fiel que nadie vio, un volver a empezar sin fanfarria.

Así es como Dios trabaja. En lo pequeño. En lo sencillo. En lo que el mundo descartaría en dos segundos.

El cansancio que todos conocemos

Y entonces llega la frase que parece escrita para esta generación:

"Venid a mí todos los que estánis cansados ​​y agobiados, y yo os aliviaré."

¿Quién no se siente así hoy?

Es un cansancio más profundo que el físico. Es el cansancio de tener que demostrar constantemente que vales. El agobio de sostener expectativas que nunca terminan, propias y ajenas. El peso de vivir acelerado, pero sin dirección clara. El desgaste de cargar historias que no terminan de sanar. La fatiga de un corazón que sigue, sigue y sigue, pero ya no sabe muy bien hacia dónde.

Lo impresionante es lo que Jesús no dice.

No dice: esfuércense más. No dice: organícense mejor. No dices: haz un curso de productividad espiritual. No dice: vengan cuando hayan solucionado su vida.

Dice: venid a mí.

No es un método. Es una relación. No empieza con tu esfuerzo por alcanzar a Dios. Empieza con Dios saliendo a tu encuentro.

Y Jesús no convoca a los perfectos, convoca a los cansados. Porque el cansancio muchas veces es el lugar donde finalmente dejamos de fingir. Donde la máscara se cae no porque queramos, sino porque ya no tenemos energía para sostenerla. Y justo ahí, en ese momento de vulnerabilidad sin decorar, es donde Dios puede entrar de verdad.

Pero en esta misma invitación hay una paradoja que Jesús no esconde:

"Tomad mi yugo sobre vosotros... y encontraréis descanso."

Un momento… ¿Yugo? ¿El alivio viene con yugo?

Hay yugos que esclavizan: la exigencia de ser perfecto, la necesidad de controlarlo todo, el miedo permanente a no ser suficiente, el vivir pendiente de la mirada de los demás. Esos yugos los conocemos bien. Los cargamos solos y nos van doblando por dentro.

El yugo de Cristo es distinto. En la tradición agraria de la época, el yugo doble unía a dos animales para que tiraran juntos. Jesús no te ofrece una vida sin carga. Te ofrece cargar con Él al lado.

No siempre elimina la cruz. Se pone debajo de ella contigo.

Y entonces la paz no consiste en una vida sin problemas. La paz consiste en saber que nunca caminas solo. Hay mochilas que pesan veinte kilos. Pero cuando alguien las toma contigo entre dos, el peso sigue siendo el mismo y, sin embargo, la experiencia cambia completamente.

Eso hace Cristo.

Y añade algo que lo dice todo sobre su carácter: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón". No es debilidad disfrazada de virtud. Es la forma más radical de fortaleza: la que no necesita aplastar a nadie para afirmarse.

El Espíritu que ya habita en ti

San Pablo aporta la clave más profunda de todo esto:

"El Espíritu de Dios habita en vosotros".

No es solo que Dios te ayuda desde fuera cuando se lo pides. Es que Dios vive en ti. Eso significa que no estás condenado a repetir siempre los mismos patrones, no estás obligado a vivir a merced de tus impulsos, no estás definido por tu cansancio ni por tus caídas.

Pero hay que elegir desde dónde vivir. La carne, en el lenguaje de Pablo, no es el cuerpo: es esa manera de vivir encerrado en el propio ego, creyendo que todo depende exclusivamente de ti. Y qué pesada resulta esa vida. Es como intentar remar un barco durante horas creyendo que todo depende de la fuerza de tus brazos, sin desplegar jamás la vela.

El Espíritu Santo es esa vela. No eliminas tu esfuerzo. Pero permite que el viento de Dios haga posible lo que tus fuerzas solas nunca alcanzarían.

Muchos cristianos viven agotados porque intentan llevar solos una vida que solo puede vivirse con el Espíritu. Rezan poco, confiando poco, descansan poco. Y cargan mucho.

Hoy Jesús sigue pasando sin hacer ruido, sin imponerse, sin espectáculo. Sigue prefiriendo conquistar corazones antes que territorios. Y sigue pronunciando la misma invitación, tan sencilla como revolucionaria:

"Ven a mí."  No cuando estés bien. No cuando lo tengas resuelto. No cuando merezcas más. Ahora, como estás.

 

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