sábado, 25 de julio de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.



Lecturas del día: Primer Libro de los Reyes 3,5.7-12. Salmo 119(118),57.72.76-77.127-128.129-130. Carta de San Pablo a los Romanos 8,28-30.

Evangelio según San Mateo 13,44-52.

Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró."
El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces.
Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
¿Comprendieron todo esto?". "Sí", le respondieron.
Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Discernir el verdadero bien

Creemos, porque así nos lo revela la Palabra de Dios, que «todo contribuye al bien de los que aman a Dios» (Rom 8,28). Pero ¿cómo reconocer ese bien? ¿Cómo distinguir aquello que realmente conduce a la vida de lo que sólo promete felicidad de manera pasajera? Las lecturas de este domingo convergen en una misma enseñanza: si Dios dispone todas las cosas para nuestro bien, entonces la gracia que más necesitamos pedir es la prudencia para discernir su voluntad.

La primera lectura nos presenta a un joven Salomón al comienzo de su reinado. Dios le concede pedir lo que desee. ¿Qué habría pedido cualquiera de nosotros? ¿Más salud, más tiempo, más seguridad, más éxito? Salomón, en cambio, pide un corazón capaz de discernir entre el bien y el mal. No pide primero soluciones, sino sabiduría. Comprende que el mayor bien no consiste en obtener todo lo que deseamos, sino en aprender a querer aquello que Dios quiere. Por eso su oración agrada al Señor, porque quien conoce el verdadero bien ya ha encontrado el camino para alcanzar todos los demás.

El salmo prolonga esta enseñanza convirtiéndola en oración: «¡Cuánto amo tu ley, Señor!». El salmista ha descubierto que la voluntad de Dios no es un límite para la libertad, sino la luz que permite orientarla. La Palabra vale más que el oro y la plata porque nos enseña a juzgar la realidad con los ojos de Dios. ¿No es precisamente esta mirada la que tantas veces nos falta cuando debemos tomar decisiones importantes? Sin la luz de Dios fácilmente confundimos el bien con lo agradable, lo útil o lo inmediato.

San Pablo nos ofrece entonces el fundamento de toda esperanza: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman». El Apóstol no afirma que todo sea bueno ni que el sufrimiento deje de ser doloroso. Afirma algo mucho más profundo: que Dios gobierna la historia con una providencia capaz de conducir incluso aquello que hoy no comprendemos hacia nuestro bien definitivo. Pero precisamente porque creemos en esta providencia, no dejamos de discernir; al contrario, buscamos descubrir en cada circunstancia cuál es la voluntad de Dios, «lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (cf. Rom 12,2).

Finalmente, el Evangelio reúne tres parábolas que hablan del Reino de los cielos: el tesoro escondido, la perla de gran valor y la red echada al mar. En las dos primeras, todo depende de reconocer el verdadero valor de aquello que se ha encontrado. Sólo quien descubre el tesoro vende con alegría todo lo que posee. Sólo quien reconoce el valor de la perla renuncia a todo lo demás para adquirirla. El discernimiento cristiano consiste precisamente en esto: aprender a reconocer que el Reino de Dios es el bien supremo, el criterio que ordena todos los demás bienes de nuestra vida. Entonces también comprendemos la última parábola: al final será Dios quien manifieste plenamente el valor de cada elección y separe lo que permanece de lo que era sólo apariencia.

Pidamos hoy la gracia de un corazón prudente como el de Salomón. Si realmente creemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, entonces pidámosle también la luz para reconocer ese bien, la libertad para elegirlo y la fortaleza para permanecer en él, aun cuando el camino no coincida con nuestros propios cálculos. Sólo quien aprende a discernir según la sabiduría de Dios descubre, ya desde esta vida, el tesoro que nunca se pierde.


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