Lecturas del día: Primer Libro de los Reyes 3,5.7-12. Salmo 119(118),57.72.76-77.127-128.129-130. Carta de San Pablo a los Romanos 8,28-30.
Evangelio según San Mateo 13,44-52.
Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los Cielos se
parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a
esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a
buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que
tenía y la compró."
El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge
toda clase de peces.
Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen
lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de
entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y
rechinar de dientes.
¿Comprendieron todo esto?". "Sí", le respondieron.
Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los
Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo
viejo".
Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP
Discernir el verdadero bien
Creemos, porque así nos lo revela la Palabra de Dios, que
«todo contribuye al bien de los que aman a Dios» (Rom 8,28). Pero ¿cómo
reconocer ese bien? ¿Cómo distinguir aquello que realmente conduce a la vida de
lo que sólo promete felicidad de manera pasajera? Las lecturas de este domingo
convergen en una misma enseñanza: si Dios dispone todas las cosas para nuestro
bien, entonces la gracia que más necesitamos pedir es la prudencia para
discernir su voluntad.
La primera lectura nos presenta a un joven Salomón al
comienzo de su reinado. Dios le concede pedir lo que desee. ¿Qué habría pedido
cualquiera de nosotros? ¿Más salud, más tiempo, más seguridad, más éxito?
Salomón, en cambio, pide un corazón capaz de discernir entre el bien y el mal.
No pide primero soluciones, sino sabiduría. Comprende que el mayor bien no
consiste en obtener todo lo que deseamos, sino en aprender a querer aquello que
Dios quiere. Por eso su oración agrada al Señor, porque quien conoce el
verdadero bien ya ha encontrado el camino para alcanzar todos los demás.
El salmo prolonga esta enseñanza convirtiéndola en oración:
«¡Cuánto amo tu ley, Señor!». El salmista ha descubierto que la voluntad de
Dios no es un límite para la libertad, sino la luz que permite orientarla. La
Palabra vale más que el oro y la plata porque nos enseña a juzgar la realidad
con los ojos de Dios. ¿No es precisamente esta mirada la que tantas veces nos
falta cuando debemos tomar decisiones importantes? Sin la luz de Dios
fácilmente confundimos el bien con lo agradable, lo útil o lo inmediato.
San Pablo nos ofrece entonces el fundamento de toda
esperanza: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo
aman». El Apóstol no afirma que todo sea bueno ni que el sufrimiento deje de
ser doloroso. Afirma algo mucho más profundo: que Dios gobierna la historia con
una providencia capaz de conducir incluso aquello que hoy no comprendemos hacia
nuestro bien definitivo. Pero precisamente porque creemos en esta providencia,
no dejamos de discernir; al contrario, buscamos descubrir en cada circunstancia
cuál es la voluntad de Dios, «lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto»
(cf. Rom 12,2).
Finalmente, el Evangelio reúne tres parábolas que hablan del
Reino de los cielos: el tesoro escondido, la perla de gran valor y la red
echada al mar. En las dos primeras, todo depende de reconocer el verdadero
valor de aquello que se ha encontrado. Sólo quien descubre el tesoro vende con
alegría todo lo que posee. Sólo quien reconoce el valor de la perla renuncia a
todo lo demás para adquirirla. El discernimiento cristiano consiste
precisamente en esto: aprender a reconocer que el Reino de Dios es el bien
supremo, el criterio que ordena todos los demás bienes de nuestra vida.
Entonces también comprendemos la última parábola: al final será Dios quien
manifieste plenamente el valor de cada elección y separe lo que permanece de lo
que era sólo apariencia.
Pidamos hoy la gracia de un corazón prudente como el de
Salomón. Si realmente creemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de
quienes lo aman, entonces pidámosle también la luz para reconocer ese bien, la
libertad para elegirlo y la fortaleza para permanecer en él, aun cuando el
camino no coincida con nuestros propios cálculos. Sólo quien aprende a
discernir según la sabiduría de Dios descubre, ya desde esta vida, el tesoro
que nunca se pierde.
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