Lecturas del día: Libro de Ezequiel 33,7-9. Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9.
Carta de San Pablo a los Romanos 13,8-10.
Evangelio según San Mateo 18,15-20.
Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a
tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida
por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar
a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el
cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir
algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio
Homilía por Rev. P. Jose Torres, LC
El que calla, también peca
Hay una frase que hemos convertido en virtud sin darnos cuenta: "yo
no me meto". La decimos con cierto orgullo, como si fuera prudencia,
como si fuera respeto. Cada quien con su vida. Yo no juzgo. Y
detrás de esa frase, que suena tan madura, tan "políticamente
correcta", muchas veces se esconde otra cosa: miedo. Miedo a incomodar.
Miedo a que dejen de querernos. Miedo, sobre todo, a que nos digan lo mismo a
nosotros.
Y justamente Dios, en la primera lectura no nos deja escondernos ahí.
Centinelas, no espectadores
A Ezequiel se le encarga una tarea que asusta: ser centinela. El centinela
no es el que opina desde la comodidad de su casa cuando ya pasó la tormenta. El
centinela es el que está despierto cuando todos duermen, el que ve venir el
peligro antes que nadie y tiene que decidir si grita o se calla. Y Dios es
durísimo con la segunda opción: si el centinela ve el peligro y no avisa, la
sangre de quien cae le será reclamada a él.
Esto no es solamente un texto para sacerdotes o para "los que tienen
autoridad". Es un texto para cualquiera que quiera al menos a una persona
en este mundo. Porque amar de verdad a alguien —no la versión decorativa del
amor, la de los buenos deseos y los corazones en redes sociales— sino amar de
verdad, incluye a veces la incomodidad de decir: "esto que estás
haciendo te está destruyendo".
Lo curioso es que hoy tenemos más facilidad que nunca para hablar de todo.
Opinamos de política, de fútbol, de la vida de un desconocido en redes, sin que
nadie nos lo pida. Pero cuando se trata de decirle a un amigo, a un hermano, a
nuestros papás, a nuestra pareja, algo que de verdad les importa a ellos y nos cuesta a nosotros... ahí, de repente, se nos acaba la valentía.
La cordada que no se suelta
Hay una imagen que me gusta para explicar esto:
la de dos personas que escalan atadas por la misma cuerda. En la montaña le
llaman "ir en cordada". Cuando uno resbala, el otro no puede
simplemente mirar. Está atado. Si el de abajo cae, el peso tira del de arriba y
ambos lo saben desde antes de empezar a subir. Por eso, cuando uno ve que el
otro está pisando mal, no espera a que caiga para reaccionar, sino que grita
antes. Le avisa, lo sostiene. Y eso no es entrometerse, es lo mínimo que
exige estar realmente atado a alguien.
Y algo así pienso que es la imagen del Evangelio de hoy. Jesús no nos manda
corregir al hermano como quien señala con el dedo desde la banca, sin
mancharse. Nos manda ir a solas primero, en lo íntimo, sin exponerlo, sin
humillarlo. Porque no se trata de tener razón. Se trata de no soltar la cuerda.
Fíjate en la delicadeza del método que propone Jesús: primero a solas,
después con uno o dos testigos y después con la comunidad. No hay linchamiento
público en el corazón de Cristo. Hay un proceso lento, paciente que busca una
sola cosa, y es recuperar al hermano, no vencerlo. "Si te hace caso, has
ganado a tu hermano", dice el texto. No dice "has ganado la
discusión". Dice que lo has ganado a él!!!.
Lo que en realidad nos falta no es honestidad, es amor
Y aquí es donde muchos se equivocan, y donde san Pablo nos corrige el
método en la segunda lectura. Porque hay gente que confunde
"corregir" con "descargar", con desahogarse, con tener
finalmente la excusa perfecta para decirle a alguien todo lo que pensamos de
él. Eso no es corrección fraterna. Eso es venganza con lenguaje espiritual.
Pablo es contundente: "no le debáis nada a nadie, más que el amor
mutuo". Toda la ley dice se resume ahí. No es que el amor sea una
parte de la ley junto a otras reglas. Es que el amor es la ley,
cumplida hasta el fondo. Por eso, la corrección que no nace del amor no cumple
ningún mandamiento, aunque tenga toda la razón del mundo. Se puede tener razón
y hacer daño. Se puede decir la verdad y destruir a alguien con ella. Lo que
hace que una corrección sea cristiana no es que sea verdadera —eso es apenas el
mínimo—, sino que nazca del mismo amor con que Dios nos corrige a nosotros: sin
humillar, sin cansarse, sin dar por perdido a nadie.
Y por otro lado, hay algo que se nos suele escapar del Evangelio de hoy. Jesús no termina hablando de la corrección. Termina hablando de la oración: "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos". ¿Por qué Mateo pone estas dos cosas juntas, la corrección fraterna y la oración comunitaria? Porque en el fondo son la misma cosa: no estamos solos en esto. Ni cuando fallamos, ni cuando tenemos que ayudar a otro a levantarse. La comunidad no es un grupo de personas que coinciden en el mismo horario de misa. Es gente atada por la misma cuerda, que reza junta precisamente porque sabe que sola no llega.
Para esta semana
El salmo de hoy repite una frase que parece hecha a la medida de estos días:
"ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón". Un
corazón endurecido no es necesariamente un corazón malo. A veces es simplemente
un corazón cansado de que le digan las cosas, o un corazón que dejó de decirlas
por miedo a incomodar. Los dos extremos rompen la cordada.
Esta semana, atrévete a dos cosas incómodas. Primero: si hay alguien a
quien amas de verdad y ves que se está haciendo daño, pídele a Dios el valor —y
sobre todo la delicadeza— para decírselo a solas, sin humillarlo, buscando
ganarlo y no vencerlo. Segundo, y esta es la que más nos cuesta: si alguien se
acerca a decirte algo que no quieres escuchar, antes de defenderte o
justificarte pregúntate si no será precisamente la voz de Dios que hoy te está
hablando a través de esa persona que tuvo el valor de no soltar la cuerda.
Porque al final, la santidad no consiste en no caer nunca. Consiste en
dejarse sostener, y en aprender a sostener.
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