Evangelio según San Mateo 15,21-28.
Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos". Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.
"Una
mujer de las periferias nos ayuda a fortalecer nuestra Fe" P. Diego Olivera
Las lecturas de este domingo nos presentan una pregunta muy concreta: ¿quiénes tienen lugar en el corazón de Dios?
El profeta Isaías nos brinda una respuesta: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Esta respuesta se presenta como contraposición a la mentalidad de muchos judíos de la época de Jesús, que esperaban al Mesías principalmente como aquel que restauraría a Israel, liberaría a su pueblo y cumpliría las promesas hechas a David. Pero Isaías plantea la misión universal de Jesús como el abrazo misericordioso de Dios para restaurar toda la humanidad, enviado no solamente para los que pertenecen al pueblo de Israel, no solamente para los que cumplen determinadas condiciones, sino para todos, todos, todos.
El
salmista invita a todos los pueblos a dar gracias al Señor por su gran
misericordia, en consonancia con las palabras de Isaías. ¡Que los pueblos te den gracias,
Señor,
que todos los pueblos te den gracias!
San
Pablo, en el capítulo 11 de la carta a los Romanos, siendo judío explica que la
misericordia se extiende también a los que estaban fuera del pueblo de Israel,
afirma que Dios ha abierto el camino de la Salvación para otros pueblos, la
misericordia de Dios es para todos, sin exclusión alguna, incluidos los pueblos
paganos o los gentiles a quienes algunos judíos llamaban “perros” como insulto
o desprecio ya que los perros eran considerados animales salvajes que merodeaban
por la basura, por lo tanto eran considerados impuros por no seguir la ley de Moisés
ni practicar la circuncisión. La misericordia de Dios supera leyes y fronteras
En
el Evangelio Jesús se encuentra con una mujer extranjera, no pertenece al
pueblo de Israel, sería una mujer de la periferia (como muchas veces escuchamos
en palabras del papa Francisco). Esta mujer supera las barreras sociales y
religiosas, no tiene miedo al prejuicio, se acerca a Jesús y le grita: "¡Señor,
Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un
demonio". En este grito la mujer reconoce a Jesús como el Mesías,
aquel viene a restaurar todo con su misericordia, suplica piedad por una
situación de dolor familiar. Jesús se queda en silencia, parece que no la
escucha. Cuantas personas hoy gritan desde sus dolores pero para muchos esos es
molesto, así lo experimentan los discípulos, ellos no están preocupados por la
aflicción de la mujer sino que les incomoda que una mujer extranjera, considerada
impura se acerque a ellos, quieren que Jesús la atienda para rápidamente sacársela
de encima, una historia que se sigue repitiendo en nuestra cultura que nos
propone el modelo de “sálvese quien pueda” cayendo en la indiferencia ante el
dolor de los demás, considerando molestos o locos a quienes gritan con dolor
por un pedido de justicia y paz.
Ante
el pedido de los discípulos, Jesús responde con los criterios judíos de esa
época, que consideraba al Mesías como enviado solo para el pueblo de Israel. La
mujer se postra ante Jesús, él le dirige la palabra y ella se convierte en la
protagonista de la escena, ahora es escuchada por todos la. Jesús frena y
dialoga con la mujer extranjera, aquella que esta fuera de las fronteras culturales
y religiosas del pueblo de Israel pero sin embargo él no la considera impura,
como los demás y le plantea una metáfora inspirada en la concepción judía sobre
la misión del Mesías: "No está bien tomar el pan de los
hijos, para tirárselo a los cachorros". “Los hijos”
representan al pueblo de Israel, quienes recibieron la ley dada por Dios, “el
pan” representa la ayuda divina y las bendiciones de Dios Padre por medio
de su Hijo Jesucristo y “los cachorros” representa a los gentiles o
extranjeros pero Jesús no usa la palabra “perros” sino que usa una palabra
representando la pequeñez y la cercanía de los animales domésticos, tomando
distancia de la concepción judía que considera perros callejeros o salvajes a
los extranjeros. Y la mujer no se siente ofendida, responde con humildad demostrando
su gran fe en el Mesías, ella no exige el primer lugar, sabiéndose fuera de la
ley judía, también se considera heredera de la misericordia de Dios.
Y
Jesús la pone en primer lugar al afirmar: "Mujer, ¡qué grande es tu fe!,
la exalta, la propone como modelo de fe para los demás, llega desde la
periferia pero ocupa un lugar central en el Evangelio y a la luz de este texto se nos recuerda la
misión de Jesús expresada por él mismo en el capítulo 4 del evangelio de Lucas,
tomando las palabras del capítulo 61 de Isaías: "El Espíritu del Señor está
sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena
Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los
ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del
Señor". A lo largo de toda su vida, Jesús vivió estas palabras.
Queridos hermanos, hoy necesitamos aprender de aquella mujer cananea: Aprender a no abandonar cuando Dios parece guardar silencio. Aprender a seguir rezando cuando todavía no vemos la respuesta. Pero también aprender algo más profundo: a mirar a las personas con los ojos de Jesús. Quizás alguien que nosotros consideramos “de afuera” tenga una fe que nosotros necesitamos renovar. Quizás aquel que llega por primera vez a nuestra comunidad tenga algo que enseñarnos. Quizás ese joven que está lejos de la Iglesia esté buscando a Dios con más sinceridad que quienes llevamos años dentro.
Que
nuestras comunidades puedan ser verdaderamente aquello que anuncia Isaías: una
casa de oración para todos los pueblos. Una Iglesia con las puertas
abiertas, una Iglesia que sale al encuentro, una Iglesia que no mira desde
arriba a las periferias, sino que camina hacia ellas. Porque la Iglesia no
existe para unos pocos. Existe para
anunciar la misericordia de Dios a todos. Muchas veces pensamos que
nosotros tenemos que llevar a Dios a las periferias. Y el Evangelio de hoy nos
recuerda algo todavía más profundo: Dios ya está allí. Y quizás tenemos
que dejarnos evangelizar por quienes encontramos en las periferias.
Por eso hoy podríamos pedirle al Señor tres cosas:
Señor, danos una fe como la de
aquella mujer.
Una fe que no se rinde.
Señor, danos un corazón como el
tuyo.
Un corazón que no levante fronteras.
Y Señor, enséñanos a salir hacia las
periferias.
Porque allí también estás vos.
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