domingo, 30 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.



Lecturas del día: Libro de Jeremías 20,7-9. Salmo 63(62),2.3-4.5-6.8-9.  Carta de San Pablo a los Romanos 12,1-2.

Evangelio según San Mateo 16,21-27.

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".
Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Reconocer al Mesías y aceptar su camino

El domingo pasado escuchábamos cómo Pedro reconocía a Jesús como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Era una verdadera confesión de fe: Pedro había podido reconocer quién era Jesús. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos muestra que reconocer al Mesías no significa todavía comprender su camino. Inmediatamente después de aquella confesión, Jesús comienza a anunciar a sus discípulos que debe ir a Jerusalén, sufrir, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Y Pedro no puede aceptar este camino: «Dios no lo permita, Señor; eso no te sucederá». ¿Cómo puede ser que aquel que ha reconocido correctamente la identidad de Jesús no pueda reconocer el camino que Él debe recorrer? Pedro espera un Mesías victorioso, pero no comprende que la victoria de Cristo pasará por la entrega y la cruz. Por eso Jesús debe corregirlo con dureza: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!». Pedro ha reconocido quién es Jesús, pero todavía piensa «como los hombres» y no «como Dios».

Esto nos toca también a nosotros. Podemos confesar que Jesús es nuestro Señor, creer en Él y querer seguirlo, pero al mismo tiempo pretender que sea Él quien se adapte a nuestros propios criterios. San Pablo nos exhorta en la segunda lectura: «No se amolden a este mundo, sino transfórmense interiormente para poder discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Y justamente aquí aparece una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo: el mundo nos propone constantemente que nos elijamos a nosotros mismos. Se nos invita a poner por encima de todo nuestro bienestar, nuestra realización personal, nuestra comodidad, nuestra imagen, nuestros proyectos y nuestros deseos; a evitar todo aquello que implique sacrificio o renuncia. Pero Cristo ha elegido otro camino: no se eligió a sí mismo, sino que nos eligió a nosotros. Y nos amó hasta el extremo, incluso cuando ese amor lo condujo al sufrimiento y a la cruz.

Por eso Jesús añade: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». No se trata de buscar el sufrimiento por sí mismo, sino de aceptar que el amor verdadero siempre puede exigir entrega, renuncia y sacrificio. Pedro quería un Mesías según una sabiduría humana que no comprendía la lógica del amor que se entrega. También nosotros podemos caer en la tentación de construir un cristianismo a nuestra medida: reconocer a Jesús como Salvador, pero rechazar el camino por el que Él ha querido salvarnos. Sin embargo, seguir a Cristo significa no sólo reconocer quién es, sino aprender a caminar detrás de Él.

La segunda lectura nos ofrece precisamente el camino para hacerlo: no conformarnos con los criterios de este mundo, sino dejar que Dios transforme nuestra manera de pensar para poder discernir su voluntad. Porque la lógica de Cristo no es la de conservar la propia vida a cualquier precio, sino la de entregarla por amor. Y aunque hoy experimentemos cansancio, sufrimiento o tribulación, sabemos que no tienen la última palabra. El camino de la cruz conduce a la resurrección y Cristo vendrá en su gloria. 

Pidamos, entonces, la gracia no sólo de reconocer a Jesús como el Mesías, sino de reconocer también su camino; de no querer enseñarle a Dios cómo debe salvarnos, sino de aprender nosotros a seguirlo. Sólo así podremos descubrir que la vida entregada por amor no se pierde, sino que encuentra en Cristo su verdadera plenitud.


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