Lecturas
del día: Deuteronomio 8,2-3.14b-16a.
Salmo 147,12-13.14-15.19-20. Carta
I de San Pablo a los Corintios 10,16-17.
Evangelio según San Juan 6,51-58.
Jesús dijo a los judíos:
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá
eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".
Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a
comer su carne?".
Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del
hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en
el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el
Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron.
El que coma de este pan vivirá eternamente".
Homilía por el Rev. P. Jose Torres, LC
No vino a
darte algo. Vino a darse.
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Una pregunta que no esperabas
Hay una
frase que Jesús pronuncia en el Evangelio de hoy que, si la escuchamos de
verdad —no como un texto litúrgico que ya conocemos de memoria, sino como si la
oyéramos por primera vez—, debería dejarnos sin palabras. No por su belleza.
Por su audacia.
"Yo
soy el pan vivo que ha bajado del cielo."
No dice:
"yo tengo pan". No dice: "yo sé dónde encontrar pan". No
dice: "yo soy el camino que lleva al pan". Dice: yo soy el
pan. La fuente de sustento no es algo que Él da. Es Él mismo!!!. Y eso lo
cambia todo.
En toda la
historia de las religiones, los dioses dan cosas: victorias, cosechas, hijos,
prosperidad. El Dios de Israel va un paso más lejos: da maná en el desierto,
agua de la roca, un pueblo de esclavos convertido en nación libre. Pero en
Jesús algo da un salto sin precedentes. Ya no da cosas. Se da a sí mismo. Eso
es lo que celebramos hoy en la solemnidad del Corpus Christi: no un regalo,
sino una entrega total. No un gesto, sino una presencia que quiere ser
alimento.
"El
que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por
la vida del mundo."
Los judíos
que lo escucharon reaccionaron como cualquiera de nosotros reaccionaría si
alguien nos dijera algo así: con confusión, con disputa, con la pregunta que
brota inmediata del sentido común: "¿Cómo puede este darnos a
comer su carne?". Es una pregunta legítima. Es, en realidad, la
pregunta más importante que uno puede hacerse frente al Evangelio. Y Jesús no
la esquiva, no la suaviza, la confirma. Con mayor fuerza.
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El desierto que Dios eligió
Para entender lo que Jesús ofrece hoy, hay que pararse
un momento en la Primera Lectura. Moisés habla al pueblo y les pide que
recuerden el desierto. No como trauma. No como vergüenza. Como escuela.
"Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios,
te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para
probarte y conocer lo que hay en tu corazón."
Esto es desconcertante si lo leemos con honestidad.
Dios no llevó al pueblo al desierto a pesar de amarle. Lo llevó al
desierto porque lo amaba. La aflicción no es un fallo del
plan. ES EL PLAN. El desierto es el lugar donde se descubre lo que hay en el
corazón. Y lo que hay en el corazón, cuando se cae todo lo superfluo, es
siempre lo mismo: una necesidad radical de Dios que ninguna otra cosa puede
satisfacer.
La pedagogía divina es implacable y tierna al mismo
tiempo. Primero el hambre, luego el maná. Primero el límite, luego el don. No
al revés. Porque si el maná llega antes del hambre, uno puede atribuirlo a la
casualidad, a la suerte, al mérito propio. El hambre honesta prepara un corazón
que sabe recibir. Un corazón que reconoce que lo que viene es gracia, no
conquista y que no solo somos simples merecedores.
"No solo de pan vive el hombre, sino de todo
cuanto sale de la boca de Dios." Esto no es
un consejo dietético. Es el diagnóstico más preciso sobre la condición humana
que jamás se haya pronunciado.
Y nosotros, que vivimos en el siglo XXI con heladeras
llenas y pantallas encendidas las veinticuatro horas, también conocemos el
desierto. Solo que el nuestro no tiene arena. Tiene otro nombre. Se llama esa
sensación de que algo falta, aunque técnicamente tienes todo. Se llama la
soledad que no desaparece, aunque estés rodeado de gente. Se llama el
agotamiento de perseguir cosas que, cuando por fin llegan, no llenan lo que
prometían llenar.
El desierto moderno es silencioso y está lleno de
ruido al mismo tiempo. Es el scroll infinito buscando algo que no aparece. Es
el éxito profesional que deja un sabor extraño. Es la relación que funciona
pero que no basta. Dios no elimina ese desierto. Lo habita. Y en él, como hizo
con Israel, aparece con el maná en el momento exacto: cuando ya no puedes
fingir que te basta con lo que tienes.
Hay un contraste en el Evangelio que merece toda
nuestra atención. Jesús lo dice con una claridad casi brutal: "Vuestros
padres comieron el maná en el desierto y murieron." No es un juicio. Es
una constatación. El maná era real. Era un milagro. Era el sustento de un
pueblo entero durante cuarenta años. Pero tenía una limitación: no era para
siempre. Alimentaba el cuerpo. No podía hacer nada con la muerte.
Y luego Jesús dice: "este es el pan que ha bajado
del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que
come este pan vivirá para siempre." La diferencia no es de calidad, como
si el pan de Jesús fuera simplemente un maná mejorado. La diferencia es de
naturaleza. El maná del desierto alimenta para seguir viviendo la misma vida.
El pan que Jesús ofrece transforma la vida misma. Introduce en ella una
dimensión que no tiene fecha de caducidad: la eternidad.
Esto plantea una pregunta que vale la pena hacerse en
serio: ¿de qué estamos viviendo? No en sentido material. En sentido
existencial. ¿De qué nos estamos alimentando para enfrentar la vida, para amar,
para sostener el sufrimiento, para seguir adelante cuando todo se complica? Si
la respuesta es solo maná —solo los recursos que el mundo ofrece, por buenos
que sean— entonces algo esencial sigue faltando. Y en algún momento esa falta
se hace sentir.
"Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida."
Jesús usa el adjetivo "verdadera" —alethes
en griego— con mucho cuidado. No dice "comida especial" ni
"comida sagrada". Dice verdadera. Como si todo lo demás fuera, en
cierto modo, una aproximación. Un “algo parecido”, una comida que alimenta pero
que no toca el fondo, no sacia. La Eucaristía es comida verdadera porque llega
donde ningún otro alimento puede llegar: al núcleo de la persona, al lugar
donde se decide si uno vive o muere de verdad.
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El escándalo de la cercanía
Existe en la historia de la espiritualidad cristiana
una tentación recurrente: espiritualizar tanto la fe que Dios quede a una
distancia segura. Un Dios grande, trascendente, luminoso, que inspira y
consuela desde las alturas pero que no se mete demasiado en el barro de lo
cotidiano. Es una tentación comprensible. Un Dios demasiado cercano es un Dios
que incomoda. Un Dios que habita donde yo habito me obliga a preguntarme cómo
vivo.
El Corpus Christi destruye esa tentación de raíz.
Porque lo que Jesús propone en el Evangelio de hoy no es una presencia suave y
difusa, una especie de aura espiritual que flota a tu alrededor. Lo que propone
es algo escandalosamente concreto: "el que come mi carne y bebe mi
sangre habita en mí y yo en él."
Habitar. La palabra griega es menein, que Juan
usa en todo su Evangelio para describir la relación más íntima posible:
permanecer, quedarse, hacer morada. No una visita de cortesía. No un contacto
ocasional. Una presencia que se instala. Que conoce los rincones. Que está
cuando la casa está desordenada y cuando estás en tu peor versión y cuando no
tienes palabras para orar y cuando el cansancio es más grande que la devoción.
Jesús no dice: "el que me come me tendrá
cerca". Dice: "habitará en mí y yo en él." Es recíproco. Es una
comunión de vida. No una transacción religiosa.
Esta es la lógica trinitaria que el propio Jesús
señala al final del texto: "Como el Padre que vive me ha enviado, y yo
vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí." La
comunión eucarística no es un gesto piadoso añadido a la vida cristiana. Es la
participación en la misma dinámica de amor que existe en el seno de la
Trinidad. Cuando comulgas, eres introducido —inmerecidamente, gratuitamente, de
manera real— en esa circulación de vida que es la vida de Dios.
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Un solo cuerpo: lo que Pablo se atreve a decir
La Segunda Lectura es brevísima. Dos versículos. Pero
Pablo concentra en ellos una teología que podría ocupar volúmenes enteros.
"El pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues
todos comemos del mismo pan."
La Eucaristía no es solo un acto de unión personal
entre mi alma y Jesús. Es el acto constitutivo de la Iglesia. Cada vez que la
comunidad se reúne alrededor del altar y come del mismo pan, se está diciendo
algo sobre su identidad: somos un solo cuerpo. No una asociación de personas
que comparten ideas. No un club espiritual de afinidades. Un cuerpo. Con la
misma vida circulando por todos.
En un tiempo como el nuestro, marcado por el
individualismo más radical —donde incluso la espiritualidad se vive
frecuentemente como experiencia privada, a la carta, sin pertenencia ni
compromiso— esta afirmación de Pablo es subversiva. Dice: no puedes comulgar y
quedarte solo. No puedes recibir el Cuerpo de Cristo y vivir como si los demás
no existieran. El pan que te une a Jesús te une, en el mismo gesto, a todos los
que comen de ese mismo pan.
Eso tiene consecuencias muy concretas. Significa que
la forma en que tratas a tu hermano, a tu vecino, al que está al margen, al que
sufre, es parte de tu relación eucarística con Jesús. No puedes separar
"comulgar bien" de "vivir bien". No en el sentido moralista
del término, sino en el sentido más profundo: si el mismo cuerpo de Cristo te
habita y habita al otro, hacerle daño al otro es, de alguna manera, hacerle
daño a Él.
Hay algo
que es necesario nombrar con honestidad, especialmente para quienes llevamos
tiempo en la fe. El mayor peligro no es la incredulidad. Es la familiaridad que
adormece.
Comulgar en
automático. Llegar al altar como quien cumple un trámite conocido. Recibir el
Cuerpo de Cristo con el corazón pensando en lo que sigue, en el tráfico, en los
planes del domingo. Estar físicamente presente en la misa y mentalmente ausente
del Misterio que se celebra. Eso no es hipocresía. Es algo más insidioso: es el
desgaste que produce la repetición sin presencia.
El desierto
que Dios usó con Israel tenía una función: interrumpir la rutina de la
esclavitud para que el pueblo pudiera encontrarse con algo que no conocía. A
veces necesitamos que algo nos interrumpa también a nosotros. No necesariamente
una crisis. Puede ser una homilía. Puede ser un momento de silencio real. Puede
ser la pregunta que nos hacemos de camino al altar: ¿qué estoy haciendo
aquí, en realidad?
La
Eucaristía no funciona de manera automática como un mecanismo. Es un encuentro.
Y los encuentros requieren presencia, no solo presencia física sino la del
corazón.
·
El don que viene antes del mérito
Uno de los
malentendidos más frecuentes sobre la vida espiritual es pensar que hay que
estar en un cierto estado interior para recibir a Jesús en la comunión. No de
pecado grave, claro —eso es doctrina—, pero más allá de eso, a veces nos
autoexcluimos interiormente porque sentimos que no estamos lo suficientemente
preparados, lo suficientemente fervorosos, lo suficientemente limpios.
El
Evangelio de hoy no habla de méritos. Habla de hambre. "Si no coméis la
carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros." La condición no es la perfección. Es el hambre reconocida. Es
la necesidad admitida. El maná del desierto no cayó sobre los israelitas que
mejor se habían comportado esa semana. Cayó sobre un pueblo errante,
quejumbroso, con la fe a trompicones, que sin embargo estaba ahí, en el
desierto, con el hambre de quien no tiene otra salida.
Eso somos
nosotros la mayoría de los domingos: personas con la fe a trompicones, con el
corazón dividido, con más preguntas que certezas. Y aun así —o precisamente por
eso— somos el destinatario perfecto de este pan. Porque el Eucaristía no es el
premio de los que llegaron. Es el alimento de los que todavía están en camino.
·
Para terminar: una sola cosa
El Corpus
Christi no es simplemente una fecha en el calendario litúrgico. No es la fiesta
de un dogma abstracto. Es la celebración de que Dios eligió no quedarse a
distancia. De que el Verbo que se hizo carne en Belén sigue haciéndose carne
hoy, aquí, en cada misa, en cada comunión, en cada momento en que alguien se
acerca al altar con hambre verdadera.
Es la
afirmación más radical que existe sobre la dignidad del ser humano: que Dios
quiere habitarte. No dirigirte desde fuera. No vigilarte desde lejos. Habitarte!!!.
Hacer de tu vida su morada. Eso exige, por nuestra parte, una sola cosa: la
disposición de abrir la puerta.
Hoy, en
esta solemnidad, la Iglesia entera se pone en pie para decir que ese pan no es
símbolo. Que esa presencia es real. Que la Eucaristía no es el recuerdo de algo
que pasó hace dos mil años, sino el mismo acontecimiento haciéndose presente
ahora. Y que en ese hacerse presente está la única respuesta que no defrauda al
hambre más profunda del corazón humano.
Eso o es la
locura más grande de la historia. O es la verdad más importante de tu vida.
No hay término medio.

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