Lecturas del día Libro del Éxodo 19,2-6. Salmo 100(99),2.3.5. Carta de San Pablo a los Romanos 5,6-11.
Evangelio según San Mateo 9,36-38.10,1-8.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y
abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los
trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los
espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre
Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano
Juan;
Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y
Tadeo;
Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: "No vayan
a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos.
"Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos,
expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también
gratuitamente."
Homilía
por Fray Josué Jordán González Rivera, OP
Rueguen
al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha
En el Tiempo Ordinario estamos
siguiendo la lectura del Evangelio de san Mateo, donde Jesús es presentado como
el nuevo Moisés. No obstante, está claro que Jesús va a ser más que un simple
profeta: es el Hijo de Dios mismo, como confesará aquel centurión romano al
final del Evangelio después de atravesar su costado.
Nos encontramos, igual que el domingo
anterior, en estos “evangelios del llamado y la misión”, donde Jesús va
configurando su grupo de doce elegidos, que son los nuevos patriarcas del nuevo
Israel, del nuevo Reinado de Dios. Hoy leemos una misión intermedia. Antes de
mandarlos a todo el mundo después de resucitar, Jesús los envía primero a su
país, dentro de las fronteras de Judea, para que quienes forman parte de la
alianza de Moisés sean los primeros en experimentar la salud que viene de Dios.
Así como Yahvé se compadeció de su pueblo sacándolo de Egipto, ahora Jesús se
compadece de su pueblo al verle como “ovejas sin pastor”. Él va a ser el nuevo
Pastor y, cuando ya no lo veamos físicamente, sus apóstoles ejercerán ese pastoreo,
no por sus propias fuerzas, sino por la fuerza que les viene de lo alto, por la
fuerza que brota de la nueva alianza realizada por Jesús, como nos lo recordaba
san Pablo.
Desde hace algún tiempo me hace ruido esta
frase “vocacional” que todos conocemos: “La mies es mucha y los trabajadores
pocos”, porque pienso que nadie puede desentenderse de ser trabajador para esta
cosecha. Todos los cristianos tienen que ser esos trabajadores. Como lo he
dicho en otros espacios, aunque este es un texto que relacionamos con las
vocaciones específicas al sacerdocio o a la vida consagrada, también es un
llamado a la vocación universal de todos los cristianos. Los padres y madres de
familia son los trabajadores que tienen la misión de cosechar frutos con sus
hijos y familiares. Aquellos solteros profesionistas tienen la misión de
ejercer su trabajo con honradez y esfuerzo. Niños, jóvenes, adultos y mayores:
todos los cristianos estamos llamados a ser esos trabajadores en medio de este
mundo, donde a veces nuestros prójimos también están como ovejas sin pastor.
Si nos sentimos parte del Reino de
Dios, también nosotros somos llamados a compartir la Buena Noticia con todas
las encomiendas que hemos leído en el Evangelio: expulsando males, curando
enfermedades y actuando por compasión. Después vienen las misiones específicas
de aquellos que se vuelven esposos, sacerdotes, consagrados o permanecen
solteros, pero hay una vocación fundamental tememos todos. Todos somos llamados
a servir y construir este Reino.
Este tema vocacional se conecta con el
Evangelio de la semana pasada, donde veíamos una vocación específica: la de
Mateo. Escribiendo en esta época del año y desde México, te comparto que la
semana pasada, en el catecismo de mi convento, tratando de explicar estos
evangelios a los niños, sentimos claramente en el ambiente una analogía que nos
ayudó mucho: la convocatoria de un equipo o de una selección. Dios nos convoca
y nos llama para ser parte de su equipo, para jugar de su lado. A diferencia de
los equipos del mundial, que llaman al más famoso, al más fuerte o al mejor
preparado, Dios te llama, así como estás. Ya te irá mejorando en el camino,
pero ahora te llama, así como estás. No necesariamente llama a los mejores,
pero sí a los que están dispuestos a escucharlo y a formar parte de su equipo.
El mundo de hoy hace oídos sordos y
aparta la mirada de aquello que le duele e incómoda, de aquello que no
necesariamente es bello o alegre. Se oculta lo débil y se ignora lo honesto. No
somos ingenuos. Junto a la fiesta y la alegría de un acontecimiento global,
también vemos los dolores y las angustias que provocan las distintas realidades
del mundo en cada uno de nuestros países.
Ante eso, Dios nos llama a dar gratis
lo que hemos recibido gratis: gratia gratis data. El nos lo da gratis
cuando nos acercamos al altar a escuchar su Palabra y comer su Cuerpo. Así, mis
espíritus inmundos son expulsados, mis impurezas y enfermedades van siendo
sanadas, mi vida es resucitada, y después soy enviado a dar a los demás aquello
que he recibido, les conduzco a que también vivan esto.
Pidámosle al Señor que nos haga
sentirnos parte de su equipo; que sintamos el llamado a estar en su pueblo y a
ser de su rebaño; y que podamos descubrir que Él es bueno, que su misericordia
permanece para siempre y que su fidelidad dura por todas las generaciones. Amén.
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