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sábado, 28 de marzo de 2026

Domingo Ramos con Fray Emiliano Vanoli OP.


Lecturas del día Libro de Isaías 50,4-7. Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24. Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.

Evangelio según San Mateo 26,14-75.27,1-66.

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: "¿Cuánto me darán si se lo entrego?". Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: "¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?".
El respondió: "Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: 'El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'". Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce
y, mientras comían, Jesús les dijo: "Les aseguro que uno de ustedes me entregará". Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: "¿Seré yo, Señor?".
El respondió: "El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar.
El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!". Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: "¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Tomen y coman, esto es mi Cuerpo".
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: "Beban todos de ella,
porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Les aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el Reino de mi Padre". Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Entonces Jesús les dijo: "Esta misma noche, ustedes se van a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea". Pedro, tomando la palabra, le dijo: "Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás". Jesús le respondió: "Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces". Pedro le dijo: "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré". Y todos los discípulos dijeron lo mismo. Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: "Quédense aquí, mientras yo voy allí a orar". Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: "Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí, velando conmigo". Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: "¿Es posible que no hayan podido quedarse despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estén prevenidos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil". Se alejó por segunda vez y suplicó: "Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad". Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras. Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: "Ahora pueden dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar". Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: "Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo". Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: "Salud, Maestro", y lo besó. Jesús le dijo: "Amigo, ¡cumple tu cometido!". Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús le dijo: "Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?". Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: "¿Soy acaso un ladrón, para que salgan a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y ustedes no me detuvieron". Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: "Este hombre dijo: 'Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'". El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: "¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?". Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: "Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios". Jesús le respondió: "Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo". Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: "Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?". Ellos respondieron: "Merece la muerte". Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: "Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó". Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: "Tú también estabas con Jesús, el Galileo". Pero él lo negó delante de todos, diciendo: "No sé lo que quieres decir". Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: "Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno". Y nuevamente Pedro negó con juramento: "Yo no conozco a ese hombre". Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: "Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona". Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo, y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: "Antes que cante el gallo, me negarás tres veces". Y saliendo, lloró amargamente. Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron. Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: "He pecado, entregando sangre inocente". Ellos respondieron: "¿Qué nos importa? Es asunto tuyo". Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: "No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre". Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado "del alfarero", para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy "Campo de sangre". Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el "Campo del alfarero", como el Señor me lo había ordenado. Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: "¿Tú eres el rey de los judíos?". El respondió: "Tú lo dices". Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: "¿No oyes todo lo que declaran contra ti?". Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador. En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: "¿A quién quieren que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?". El sabía bien que lo habían entregado por envidia.

Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: "No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho".
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: "¿A cuál de los dos quieren que ponga en libertad?". Ellos respondieron: "A Barrabás". Pilato continuó: "¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?". Todos respondieron: "¡Que sea crucificado!". Él insistió: "¿Qué mal ha hecho?". Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: "¡Que sea crucificado!". Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: "Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto de ustedes". Y todo el pueblo respondió: "Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos". Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado. Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los judíos". Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa "lugar del Cráneo", le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo. Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo.
Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: "Este es Jesús, el rey de los judíos". Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza, decían: "Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!".
De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: "¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él.
Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: "Yo soy Hijo de Dios".
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.


Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.
Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: "Elí, Elí, lemá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: "Está llamando a Elías". En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber. Pero los otros le decían: "Espera, veamos si Elías viene a salvarlo".
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: "¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!". Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo. Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: "Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: 'A los tres días resucitaré'.
Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: '¡Ha resucitado!'. Este último engaño sería peor que el primero". Pilato les respondió: "Ahí tienen la guardia, vayan y aseguren la vigilancia como lo crean conveniente". Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.

Domingo de ramos: un Rey que desconcierta.

El domingo de Ramos abre la Semana Santa, en cuyo interior se encuentra el Triduo Pascual, el corazón del año cristiano. En estos días contemplamos los acontecimientos en los que se juega todo: la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que nos muestra el sentido de la vida, el misterio del dolor y la esperanza de la salvación. Dios responde así a los anhelos más profundos del ser humano —felicidad, plenitud, amor— pero lo hace de un modo inesperado, incluso desconcertante, que muchas veces no coincide con nuestras expectativas.

El Evangelio nos presenta a Jesús entrando en Jerusalén. Es un momento de alegría: el pueblo lo aclama, lo reconoce como el Mesías, extiende mantos y agita ramos a su paso. Sin embargo, hay un detalle que lo cambia todo: Jesús no entra como un rey poderoso (algo habitual en los reyes y conquistadores de antaño), sino montado en un asno. No hay ejército, no hay fuerza, no hay imposición. Su modo de presentarse revela qué tipo de Rey es: un Rey humilde, que viene a servir y no a dominar.

Pero ese entusiasmo inicial dura poco. La misma ciudad que lo recibe con alegría pronto lo rechazará. La ausencia de los poderosos en su entrada no era casual: anticipa el rechazo de quienes no aceptan un reino basado en la humildad y la misericordia. Así se cumple la figura del “varón de dolores” del profeta Isaías: un Mesías que no se impone, sino que es despreciado y entregado, que soporta y sobrelleva el rechazo por amor.

Aquí aparece el núcleo del misterio cristiano. Jesús no salva desde el poder, sino desde el amor llevado hasta el extremo. Se abaja, se hace uno de nosotros, y acepta incluso la muerte cruenta y deshonrosa de la cruz. No es derrota: es el camino elegido por Dios para alcanzarnos a todos. Porque al ponerse en el lugar del más débil, del que sufre, del que es rechazado, Jesús se vuelve cercano a cada persona. Nadie queda fuera de su amor.

Este modo de actuar de Dios pone en crisis nuestra manera de pensar. También nosotros podemos aplaudir a Jesús… pero rechazar su estilo de vida. Nos atrae un Dios fuerte, que resuelva rápido los problemas, pero nos cuesta aceptar un Dios humilde, que pide conversión del corazón, paciencia, entrega y misericordia.

Por eso la Semana Santa es una invitación concreta: revisar qué tipo de Rey queremos seguir. ¿El de nuestros esquemas, o el que se nos revela en el Evangelio? El camino de Cristo —el de la cruz— no es fácil, pero es el único que conduce a la vida verdadera.

Hoy se nos abre una oportunidad. Dios no deja de pasar por nuestra vida. Podemos quedarnos en un entusiasmo superficial, o podemos dar un paso más: dejarnos transformar por su modo de amar. Hoy es el día para hacer nuestra entrada junto al Señor en el camino de la vida plena.


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sábado, 12 de abril de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro de Isaías 50,4-7.Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24.Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.


Evangelio según San Lucas 22,14-71.23,1-56.


Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:

"He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión,

porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios".

Y tomando una copa, dio gracias y dijo: "Tomen y compártanla entre ustedes.

Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios".

Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía".

Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.

La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.

Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!".

Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.

Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.

Jesús les dijo: "Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores.

Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor.

Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.

Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.

Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.

Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo,

pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos".

"Señor, le dijo Pedro, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte".

Pero Jesús replicó: "Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces".

Después les dijo: "Cuando los envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿les faltó alguna cosa?".

"Nada", respondieron. El agregó: "Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.

Porque les aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí".

"Señor, le dijeron, aquí hay dos espadas". El les respondió: "Basta".

En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos.

Cuando llegaron, les dijo: "Oren, para no caer en la tentación".

Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:

"Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya".

Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.

En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.

Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.

Jesús les dijo: "¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación".

Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo.

Jesús le dijo: "Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?".

Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: "Señor, ¿usamos la espada?".

Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.

Pero Jesús dijo: "Dejen, ya está". Y tocándole la oreja, lo curó.

Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: "¿Soy acaso un ladrón para que vengan con espadas y palos?

Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas".

Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.

Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.

Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: "Este también estaba con él".

Pedro lo negó, diciendo: "Mujer, no lo conozco".

Poco después, otro lo vio y dijo: "Tú también eres uno de aquellos". Pero Pedro respondió: "No, hombre, no lo soy".

Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: "No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo".

"Hombre, dijo Pedro, no sé lo que dices". En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.

El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: "Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces".

Y saliendo afuera, lloró amargamente.

Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;

y tapándole el rostro, le decían: "Profetiza, ¿quién te golpeó?".

Y proferían contra él toda clase de insultos.

Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal

y le dijeron: "Dinos si eres el Mesías". El les dijo: "Si yo les respondo, ustedes no me creerán,

y si los interrogo, no me responderán.

Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso".

Todos preguntaron: "¿Entonces eres el Hijo de Dios?". Jesús respondió: "Tienen razón, yo lo soy".

Ellos dijeron: "¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca".

Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.

Y comenzaron a acusarlo, diciendo: "Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías".

Pilato lo interrogó, diciendo: "¿Eres tú el rey de los judíos?". "Tú lo dices", le respondió Jesús.

Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: "No encuentro en este hombre ningún motivo de condena".

Pero ellos insistían: "Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí".

Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo.

Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.

Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia.

Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.

Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.

Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato.

Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,

y les dijo: "Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;

ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte.

Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad".


Pero la multitud comenzó a gritar: "¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!".

A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.

Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús.

Pero ellos seguían gritando: "¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!".

Por tercera vez les dijo: "¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad".

Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.

Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.

Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.

Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.

Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: "¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos.

Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!

Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos!

Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?".

Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.

Cuando llegaron al lugar llamado "del Cráneo", lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.

El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: "Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!".

También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre,

le decían: "Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!".

Sobre su cabeza había una inscripción: "Este es el rey de los judíos".

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros".

Pero el otro lo increpaba, diciéndole: "¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él?

Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo".

Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino".

El le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso".

Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde.

El velo del Templo se rasgó por el medio.

Jesús, con un grito, exclamó: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Y diciendo esto, expiró.

Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: "Realmente este hombre era un justo".

Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.

Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo,

que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.

Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.

Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.

Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.

Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.

Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.


Homilía por Fray Josué González Rivera OP


“…YO ESTOY ENTRE USTEDES COMO EL QUE SIRVE” (Lc 22,27)


En medio de la emoción de los discípulos, Jesús entra a la ciudad de Jerusalén montado en un asno (Lc 19,33-36). Él no tomó la vía del mesías guerrero que llegaría con un ejército, con caballos y armas. Este rey no viene a conquistar Jerusalén, sino a servirla hasta el extremo con su amor, cuyo trono será la cruz, abrazando el sufrimiento con fidelidad y confianza (Is 50,6-7). El todopoderoso se despoja de su poder, se limita a sí mismo y se entrega por amor, para volverse pan y vino repartidos, entregado en cuerpo y alma. Jesús se presenta como Rey y Señor, por supuesto, pero no como los poderosos de este mundo. 


Este domingo escuchamos el evangelio de la entrada a Jerusalén y de la Pasión según san Lucas, que tiene un carácter especial al presentar a Jesús como un Mesías pacífico, compasivo y profético. En medio de sus padecimientos, más que la angustia se resalta la fidelidad de Jesús; Él se compadece y solidariza con los otros aun en esa situación, pues consuela a las mujeres de Jerusalén (Lc 23,28), perdona a sus verdugos (Lc 23,34), acoge al ladrón crucificado junto a él (Lc 23,43), y finalmente, entrega su espíritu al Padre en un acto de confianza y paz (Lc 23,46). Ningún rastro de odio, ningún deseo de venganza. Solo misericordia, solo ternura.


La Semana Santa es, entonces, una celebración del poder que se anonada, de la autoridad que no domina, sino que se pone al servicio (Flp 2,7-8). Y este es el escándalo del Evangelio: Dios se revela desde la autoridad del amor que se dona hasta el extremo. Los contemporáneos de Jesús no lo comprendieron. 


A Jesús no lo condenan por predicar una religión privada e individual, sino que le consideran peligroso y blasfemo por convivir con los despreciados, tocar a los intocables y perdonar a los pecadores, todo esto en nombre de Dios. Su predicación no fue un mensaje abstracto, sino una expresión de la misma compasión profética que cuestionó la lógica del poder y del mérito, los legalismos y nacionalismos religiosos excluyentes. Denunció la hipocresía de los líderes religiosos, desenmascaró la explotación de los pobres en nombre del culto, y sacudió el corazón endurecido de su pueblo llamando a la conversión.


Su proyecto no fue político en el sentido estrecho, pero sí fue profundamente transformador. Jesús no propuso un simple cambio de sistema; propuso un nuevo mundo, un Reino distinto, basado en el perdón, la justicia, la misericordia y el amor. Por eso, cuando se le quiso hacer rey, huyó; cuando sus discípulos soñaron con los primeros lugares, les dijo: “El que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor.” (Lc 22,26).

Su muerte no es una derrota, sino una proclamación: servicio tiene más poder que la violencia, el amor es más fuerza que la muerte. Según san Lucas, Jesús vive la pasión de forma serena y compasiva, este relato no exagera los elementos dramáticos. Porque la cruz no es símbolo de derrota, sino que es la piedra angular de una nueva humanidad en la lógica de la gracia, donde los últimos son los primeros y los perdidos son encontrados. Así, todos somos invitados a formar parte del Reinado de Dios, adhiriéndonos a este Mesías compasivo y servidor. 


Este modo de actuar de Jesús no es solo una descripción de su persona, sino un modelo de vida para quienes queremos ser sus discípulos. La Iglesia en su conjunto, y cada comunidad en particular, está llamada a aprender de esta autoridad que se manifiesta en el amor y el servicio como don gratuito para mejorar nuestras relaciones con la naturaleza, con nuestros prójimos e, inclusive, con nosotros mismos. Cada gesto de Jesús nos revela una forma de ejercer liderazgo desde la humildad, donde la autoridad no se impone, sino que se abaja para levantar a los demás. La comunidad cristiana no se edifica sobre privilegios, sino sobre la fidelidad al camino de Jesús: un camino que pasa por la cruz, por la renuncia al dominio violento y por la confianza plena en Dios.


Frente a una cultura que sobrevalora el rendimiento, la visibilidad y el éxito inmediato, la figura de Jesús despojado y crucificado nos revela el valor de una vida que se entrega no por lo que obtiene, sino por amor. En esta lógica, estamos llamados también a reconocer y valorar el sacrificio silencioso de tantas personas anónimas que sirven con generosidad: madres, cuidadores, voluntarios, misioneros, obreros, educadores, etc. Del mismo modo, ante la indiferencia y la dureza del mundo, somos llamados a la compasión activa, a ser signos del amor que sirve, acompaña y consuela. En las situaciones límite (la soledad, la enfermedad, el fracaso, la muerte), no huyamos del sufrimiento, sino descubramos en él un sentido profundo: el de una entrega que puede transformarse en comunión y esperanza, fecunda en su aparente debilidad.


Al comenzar esta Semana Santa, contemplemos estos misterios. Pidamos al Señor la gracia de vivir estos días con hondura, y que el próximo domingo podamos celebrar la Pascua con una fe renovada.

Jesús sigue entrando en nuestras Jerusalén, que son hoy nuestras ciudades, nuestras comunidades y nuestros corazones, con el rostro sereno de quien ama sin condiciones. Nos invita a transformar nuestras vidas desde ese amor que sufre con los que sufren y entrega su vida por todos estando como los que sirven.

¿Lo dejaremos entrar en la Jerusalén de nuestra vida para aprender a servir como Él?

¿Estamos dispuestos a seguirlo hasta la cruz… y más allá?



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sábado, 23 de marzo de 2024

Meditamos el Evangelio del Domingo de Ramos, con Fray Josué González Rivera, OP



Isaías 50, 4-7 Sal. 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 Filipenses 2, 6-11


Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos (15, 1-39)


C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:

S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»

C. Él respondió:

+ «Tú lo dices.»

C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:

S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»

C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:

S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»

C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»

C. Ellos gritaron de nuevo:

S. «¡Crucifícalo!»

C. Pilato les dijo:

S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»

C. Ellos gritaron más fuerte:

S. «¡Crucifícalo!»

C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:

S. «¡Salve, rey de los judíos!»

C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:

S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»

C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:

S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»

C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:

+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»

C. Que significa:

+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

S. «Mira, está llamando a Elías.»

C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»

C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»


Homilía por Fray Josué González Rivera, OP


EL PODER DE DIOS EN UN MESÍAS CRUCIFICADO

Iniciamos la Semana Santa, una conmemoración de los eventos vividos por Jesús en Jerusalén según los tres primeros evangelios. En esta semana, la Iglesia nos insta a revitalizar nuestra fe y a sumergirnos de manera especial en el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. 


Este año, tanto la lectura de la bendición de los ramos como la narración de la pasión son tomados de San Marcos, el Evangelio más antiguo según los especialistas, escrito alrededor del año 70 d.C. Esto es relevante porque el texto sagrado presenta a un Mesías que cumple el plan de Dios para otorgarnos la salvación de una manera completamente inesperada.


En el siglo I, los judíos esperaban un Mesías que fuera rey, profeta y sacerdote, que los liberara de la opresión del Imperio y purificara a todo el pueblo, estableciendo así el reino definitivo de Dios. Por lo tanto, el Mesías debía ser poderoso y fuerte, capaz de superar a cualquiera de los enemigos del Pueblo de Dios. Jesús comenzó a cumplir estas expectativas con sus palabras y acciones, brindando esperanza a sus compatriotas de que el reinado de Dios estaba a punto de comenzar entre ellos.


El ministerio público de Jesús se desarrolló en Galilea y atrajo a personas de todas partes. Al tercer año de su vida pública, emprendió un viaje hacia Jerusalén, lo que entusiasmó a los judíos, ya que vislumbraron el momento en que finalmente se materializaría la utopía que tanto anhelaban, coincidiendo con la celebración anual de la Pascua judía, la festividad de la liberación de Egipto.


Sin embargo, el mesianismo de Jesús no cumplió las expectativas más revolucionarias del pueblo. ¿Qué tipo de poder ejerce Jesús con su mesianismo? En lugar de adoptar los símbolos del poder que dominan y conquistan, Jesús eligió los símbolos de un poder humilde y servicial. Este enfoque fue anunciado por los profetas, como Zacarías, quien predijo que el rey entraría montado en un asno (Zacarías 9:9), o como Isaías, quien describió al Siervo de Yahvé como un siervo sufriente (Isaías 42:1-4; 50:4-9). Al hacer una referencia implícita a estos relatos del Antiguo Testamento, San Marcos da sentido a la pasión de Jesús y la conecta con su forma de ejercer el mesianismo, el cual no buscaba venganza contra los enemigos de Dios y del pueblo, sino conversión y apertura hacia aquellos considerados impuros o pecadores, invitándolos a formar parte de la intimidad con su Padre Dios.


Jesús ejerció su poder a través del amor servicial y gratuito, no solo en su pasión y muerte, sino durante toda su vida; desde el momento en que se encarnó y habitó en este mundo, ese poder del amor para la salvación ya estaba en acción. Esto forma parte de la humillación y el abajamiento que San Pablo nos dice que Jesús experimentó para ser semejante y servir a toda persona humana. Además, aunque Jesús pudo ser consciente de la tensión que generaba con las autoridades políticas y religiosas al criticar un estilo de vida que marginaba a muchos, es posible que previniera el suplicio de la muerte que todo profeta enfrentaba en Jerusalén. Al darse ese dramático final en su vida, Jesús murió de manera fiel y coherente con su mensaje, con ese poder de entrega y servicio que predicó hasta el extremo.


El Mesías, el enviado de Dios, su Hijo, no es un ser poderoso que domina y se venga de sus enemigos. En Jesús vemos a un Dios que se hace humano, que se entrega y sirve gratuitamente a los suyos. Aunque esto pueda parecer un fracaso aparente, ya que el asesinato de Jesús parecía ser el fin de todo este proyecto, sabemos que este evento no marca el final de la historia. Dios no permanecerá en silencio resignado, sino que vendrá la resurrección, la exaltación de Jesús, que es la forma en que Dios reconoce la verdad y el propósito de este plan de salvación. Así, Dios mismo pronuncia su última palabra, una palabra de victoria y vida.


En tiempos de San Marcos, comenzaba la persecución, los apóstoles eran martirizados y las diferencias entre judíos y gentiles que se convertían al cristianismo eran problemáticas. Por lo tanto, el Evangelio busca señalar que Dios ha pronunciado su última palabra en Jesús, que podrá parecer locura y escándalo, pero detrás de ello está la vida terrenal y la vida resucitada de un hombre que confiaba en su Padre del cielo y de un Dios compasivo con todos nosotros.


Solo aquellos que también son capaces de vivir con esa confianza y compasión pueden comprender este mesianismo y su forma de poder reconocida por Dios. Por lo tanto, a pesar de las dificultades que puede presentar la vida y de las incomprensiones que puede padecer un cristiano, vale la pena seguir el camino trazado por este Mesías crucificado.


Hoy, también podemos esperar y creer en poderosos mesías políticos, religiosos o culturales que hagan realidad las utopías que parecen tener más sentido. Incluso podemos esperar que Dios mismo actúe con poder e irrumpa con su mano poderosa en nuestra historia, compartida o personal, que puede parecer llena de pura violencia y maldad. Sin embargo, Dios ya ha trazado el camino hacia la liberación y la felicidad plenas; el reino de Dios ya está entre nosotros. Parece que Dios elige la humildad y la entrega sencilla, pidiéndonos que estemos atentos a sus signos en medio de nosotros. Como discípulos y misioneros que seguimos a Jesús, estamos llamados a vivir e imitar esta forma de poder en el amor, el servicio y la humildad en medio de este mundo, revitalizando nuestra relación con este Mesías crucificado y dando testimonio de él, incluso si eso implica compartir la cruz de nuestro Señor.


La cruz no es un signo insuficiente, sino que se torna en victoria de Dios. Pidamos la gracia de volver a mirar a nuestro mesías crucificado y que podamos aprender a amar como él, dejando toda vanidad que quiere dominar y someter. Que podamos servir y entregarnos como nuestro Señor, descubriendo el sentido de la Cruz como medio para aquella vida plena que Dios nos promete. Que descubramos cómo comunicar esa vida en medio de este mundo que tanto necesita un sentido de vida y de esperanza, haciendo, como Jesús, la voluntad del Padre en nuestras vidas.