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lunes, 9 de marzo de 2026

Reconciliarnos en Cuaresma


Como cada año, la cuaresma, nos recuerda la necesidad de la reconciliación con Dios, de la reconciliación con el prójimo y de la reconciliación con el propio corazón, en la propia realidad, en la propia vida. Normalmente nos referimos al sacramento de la Reconciliación, también conocido como Confesión. Pero, entonces ¿qué es “reconciliar”?

Asociamos la “reconciliación”, al encuentro con alguien después perdonarle una ofensa. Así: conciliar, que nos recuerda otras ideas como concilio, que es una reunión de un cuerpo colegiado; comunión, que es la capacidad de compartir la opinión o la mesa; asamblea, que es una reunión de iguales. Entonces, ¿conciliar es simplemente equiparar, o igualar, encontrarse? En contabilidad se dice esto de un balance… ¿La conciliación se reduce a unir lo separado, igualar lo diferente, compartir la opinión y la mesa?

El prefijo “re”, quiere decir, que antes hubo “comunión”. Efectivamente, después de haberse cortado el vínculo por una ofensa, de haber caído o muerto la relación… el vínculo, la comunión, se ha recuperado, el puente se ha vuelto a construir, el que había muerto, ¡lo encontramos resucitado!

Entonces, la reconciliación, como nombre del sacramento, refiere a revivir la gracia que ha muerto por la ofensa a Dios, al prójimo y a la propia dignidad. Esa ofensa se llama pecado. Y cuando se habla de pecado hay que ser claro en las condiciones para que sea tal: ser consciente del daño que se hace, hacerlo voluntariamente, conocer la materia grave del mandamiento contra el cual se obra, tener en cuenta la circunstancias que afectan a la responsabilidad y, la pena y culpa asociadas al pecado.

¿Cómo debemos acercarnos a la reconciliación? Es necesario haber examinado nuestra conciencia. No tanto para encontrar en la rendija más perdida el recuerdo del pecado más sucio y feo del año pasado, sino para presentarse humildemente ante el trono de la misericordia, con el corazón bien dispuesto.

Proponerse un sincero arrepentimiento por haber ofendido a Dios. Es decir, por considerar poca cosa su amistad, al punto de alejarme y avergonzarme de su amor; por haber destruido con el pecado, en aquel momento de debilidad, el puente de su gracia que me alcanza la salvación; por no haber seguido su llamado queriendo tapar con el dedo el sol de su gracia.

Lo siguiente puede ser lo más difícil. Reconocer los propios pecados delante del sacerdote, confiando en su ministerio de juez, de padre, de médico, en fin, de “alter Christus”. Lo mejor es pronunciarlos uno a uno, con claridad, detallando el mandamiento contra el que se ha pecado y el número de veces que se hizo, brindando algún detalle que sirva para comprender su magnitud, y no hacer explicaciones para justificar el comportamiento. A veces, el sacerdote hará una pregunta para aclarar y luego una breve reflexión para corregir.

Finalmente corresponde manifestar el arrepentimiento en la oración que llamamos “pésame”.  Esta oración recoge los elementos más importantes de la contrición como son haber ofendido a Dios, el propósito de no pecar más y de evitar las ocasiones próximas de pecado. No lo decimos en voz alta, pero se sobreentiende que hay también propósito de enmienda de la propia vida, corregir la conducta, y también el propósito de reparar el daño hecho al prójimo con nuestro pecado. El sacerdote impone una penitencia, que satisface, en alguna medida el pecado cometido, pero que Jesús ya lo cargó por nosotros en la Cruz, y luego pronuncia la absolución.

Entonces, salimos del confesionario reconciliados con Dios, en camino de reconciliarnos con el prójimo, y con el propósito de reconciliarnos con el propio corazón, en la propia realidad y en la propia vida. Somos nuevamente amigos de Dios, su gracia recorre nuestra alma, caminamos resucitados en una nueva oportunidad de vida.

Y vos, ¿Qué puente sentís que necesitas reconstruir hoy para volver a caminar resucitado?

Fray Ángel Benavides OP.


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jueves, 27 de marzo de 2025

Reconciliación


Caminamos ya en la tercera semana de la Cuaresma…

Este tiempo es de conversión y preparación espiritual para vivir plenamente la Semana Santa. Es un periodo de cuarenta días en el que la Iglesia nos invita a la oración, el ayuno y la limosna, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien pasó cuarenta días en el desierto en preparación para su misión. La Cuaresma es el tiempo para profundizar en la oración, el estudio y la predicación, pilares fundamentales de la vida dominica. Santo Domingo de Guzmán, comprendía la importancia de la oración como encuentro con la Verdad, con Cristo mismo para profundizar el camino hacia la conversión y como parte fundamental para nutrir la predicación.

Como parte de este camino, la confesión es un medio que nos ayuda y nos lleva a la conversión interior. El sacramento de la Reconciliación juega un papel fundamental, permitiéndonos reconciliarnos con Dios. Sin olvidar, que es un signo de esperanza, ya que nos recuerda que el amor y la misericordia de Dios son infinitos. Durante la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una profunda conversión del corazón, y la confesión es el medio que Dios nos ofrece para lograrlo.

A través de este sacramento, reconocemos nuestros pecados y pedimos perdón, asumiendo con humildad nuestras faltas; recibimos la gracia de Dios, que nos ayuda a mejorar espiritualmente y fortalecer nuestra relación con Él, sanamos el alma y nos liberamos de cargas espirituales, experimentando la paz y el amor misericordioso de Dios; también renovamos la esperanza, pues el perdón de Dios nos reconforta y nos llena de alegría para seguir adelante en nuestro camino de fe.

Algo muy importante, Jesús instituyó el sacramento de la Reconciliación cuando, después de su Resurrección, se apareció a sus discípulos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos" (Juan 20, 22-23). Con estas palabras, Cristo otorgó a los apóstoles, y a través de ellos a los sacerdotes, el poder de perdonar los pecados en su nombre. Este pasaje nos recuerda que Dios nunca nos abandona y siempre nos ofrece una nueva oportunidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que "los que se acercan al sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron con su pecado" (CIC 1422), y que "el sacramento de la Penitencia es necesario para la salvación de aquellos que han caído después del Bautismo" (CIC 980). La confesión es un regalo de Dios, un momento de gracia, restauración espiritual y esperanza.

Desde la tradición dominica, la confesión se vincula con la búsqueda de la verdad y la misericordia de Dios. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes teólogos de la Orden, enseñaba que la confesión es un acto de justicia y amor: justicia porque reconocemos nuestras faltas y nos disponemos a repararlas, y amor porque nos acercamos confiados al Padre que nos acoge con misericordia. Así, la confesión no sólo restaura nuestra relación con Dios, sino que nos ayuda a ser mejores predicadores de su amor, viviendo con autenticidad nuestra fe.

En este tiempo somos invitados especialmente a acercarnos a este sacramento, ya que ayuda a prepararse espiritualmente para vivir la Pascua con un corazón limpio y en gracia de Dios. Muchas parroquias, capillas, conventos y monasterios ofrecen jornadas especiales de confesión antes de la Semana Santa, facilitando que los fieles puedan recibir este sacramento con mayor disposición. 

La Cuaresma es un camino de conversión, y la confesión es una puerta a la misericordia y la esperanza de Dios. "Arrepiéntanse y crean en el Evangelio" (Marcos 1, 15). No hay pecado tan grande que Dios no pueda perdonar si hay un corazón arrepentido. Su misericordia es infinita. La confesión nos devuelve la paz y nos llena de esperanza en el amor de Dios. En este tiempo de reflexión y conversión, la confesión nos permite reencontrarnos con Dios y renovar nuestra vida espiritual. Es una invitación a experimentar su amor, su misericordia y su gracia sanadora, preparándonos para celebrar con gozo la Resurrección de Cristo en la Pascua. Además, nos llena de esperanza, recordándonos que siempre podemos empezar de nuevo y que el amor de Dios es más grande que cualquier error.

Para ayudarnos a este proceso te compartimos algo que puede ayudarte

Salmo 50 para mejorar nuestras confesión

La Cuaresma es un tiempo de gracia, un llamado a la conversión, un camino que nos conduce a la luz de la Resurrección. Dios nos espera siempre con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarnos y a darnos una nueva oportunidad para vivir en su amor. Recuerda que podemos hacer de la confesión un verdadero encuentro con la Verdad, que nos impulse a vivir en comunión con Dios y a ser predicadores fieles de su amor y misericordia.

Con Cariño Maru Rodriguez


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