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domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Pascua con Diac. Jose Torres, LC

Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43. Salmo 118(117),1-2.16ab-17.22-23.
Carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4.

Evangelio según San Juan 20,1-9.

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes.
Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo,
y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Homilía P. Diac. Jose Torres, LC

"Vio y creyó" — La fe que nace antes de entender

Quiero empezar con una escena que seguramente todos conocemos, no del evangelio, sino de la vida real.

Piensa en la última vez que recibiste una noticia que simplemente no podías procesar. Una noticia tan grande, tan inesperada, que tu cabeza decía "esto no puede ser verdad"... pero algo dentro de ti, algo más profundo que la razón, ya lo estaba aceptando. Ya lo estaba creyendo.

Ese instante extraño entre el asombro y la fe... eso es exactamente lo que Juan nos está describiendo hoy.

María llegó primero. Pero llegó llorando.

Aún estaba oscuro. No sólo afuera, en el cielo de Jerusalén de madrugada. También adentro, en el corazón de María Magdalena. Había visto morir a Jesús. Lo había visto bajar de la cruz. Lo había visto colocar en esa tumba fría. Para ella, todo había terminado.

Y cuando llega y encuentra la piedra quitada, su primera reacción no es alegría. Es pánico. "Se han llevado al Señor."

¿A cuántos de nosotros nos ha pasado algo parecido? No con una tumba vacía, claro, pero sí con esa sensación de que algo se rompió, de que lo que más amábamos desapareció, de que el capítulo que más queríamos ya no está. Y corremos. Corremos a contarle a alguien. A buscar una explicación. A encontrar al responsable.

María corrió a buscar a Pedro y a Juan.

Y entonces los dos salieron corriendo.

Y aquí el evangelio hace algo que me parece fascinante: se detiene a contarnos quién llegó primero.

Juan corrió más rápido. Era más joven, quizás. Llegó al sepulcro, se asomó, vio los lienzos. Pero no entró.

Pedro llegó después, con ese paso de hombre que ha vivido demasiado, que ha fallado demasiado —recordemos que hacía apenas tres días había negado a Jesús tres veces—. Y sin embargo, Pedro entró.

Hay algo muy humano en esto. Juan, el discípulo amado, el más cercano, el que estuvo al pie de la cruz... se detiene en la puerta. Como cuando uno tiene miedo de que la realidad confirme lo peor. Como cuando sabemos que si entramos, si miramos de frente, ya no podremos fingir que no pasó nada.

Pedro, en cambio, entró. No porque fuera más valiente. Quizás porque ya había tocado fondo esa semana y no tenía nada más que perder.

Lo que Pedro vio adentro no era un caos.

Y esto es clave. El evangelio es muy preciso: los lienzos estaban tendidos, y el sudario que cubría su cabeza estaba enrollado en un sitio aparte.

Nadie que roba un cuerpo se detiene a doblar la ropa.

Esa escena ordenada, tranquila, casi cotidiana en medio de lo sobrenatural, es el primer lenguaje con el que la Resurrección habla. No con truenos ni rayos. Con un sudario doblado.

Dios también nos habla así a nosotros, ¿sabes? No siempre con grandes señales. A veces con algo pequeño, con un detalle que no encaja, con una paz que no tiene explicación, con una puerta que se abre justo cuando creíamos que todo estaba cerrado.

Entonces entró Juan. Y vio. Y creyó.

Tres verbos. Tres pasos. Tres latidos.

Entró. Vio. Creyó.

Y aquí viene la frase que más me impacta de todo el evangelio de hoy. Después de decirnos que Juan creyó, el evangelista añade casi como un susurro:

"Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos."

Detente ahí un momento.

Juan creyó antes de entender.

No creyó porque de repente todo le cuadrara. No creyó porque alguien le explicó el versículo correcto del profeta Isaías. Creyó porque vio una tumba vacía, un sudario doblado, y algo en su interior —eso que Pablo llama en la segunda lectura "la vida escondida con Cristo en Dios"— se despertó.

La fe no espera a que todo tenga sentido.

Y aquí te hablo a ti, que llevas semanas, meses, quizás años intentando entender por qué pasó lo que pasó. Por qué Dios permitió esa pérdida, esa enfermedad, ese fracaso. Por qué las cosas no salieron como debían.

Juan no entendía. Pedro tampoco. Ninguno de los dos ese domingo de madrugada tenía respuesta para todo. Pero Juan entró. Y vio. Y creyó.

La fe no es el premio que recibes después de resolver el rompecabezas. La fe es lo que te permite sentarte frente al rompecabezas sin necesitar que esté terminado para saber que tiene solución.

La esperanza: no es optimismo barato.

La primera lectura nos muestra a Pedro (sí, el mismo Pedro que no entendía, el mismo que negó, el mismo que llegó segundo) predicando con una convicción que mueve montañas: "Nosotros somos testigos. Hemos comido y bebido con él después de su resurrección."

Entre el Pedro que entró al sepulcro sin entender y el Pedro que predica en el libro de los Hechos hay un puente. Ese puente se llama esperanza vivida.

La esperanza no es decir "todo va a estar bien" cuando no sabes si va a estar bien. La esperanza es seguir caminando hacia el sepulcro, aunque no entiendas qué vas a encontrar. Es entrar, aunque tengas miedo. Es doblar la rodilla, aunque todavía tengas preguntas.

 ¿Y nosotros?

Nosotros no estuvimos esa mañana. No corrimos con Pedro y Juan. No vimos los lienzos ni el sudario doblado. Somos exactamente los que Jesús tenía en mente cuando le dijo a Tomás: "Dichosos los que no han visto y han creído."

Somos la generación de la fe sin testigos directos. Y eso no nos pone en desventaja. Nos pone en el centro de la promesa.

Porque Pablo nos dice hoy algo radical: "habéis resucitado con Cristo." Tiempo pasado. No "van a resucitar". Ya. Ahora. Tu vida ya está escondida en Dios. La Resurrección no es solo un evento del pasado ni una promesa del futuro lejano. Es tu realidad presente.

Para terminar, en este domingo, te propongo una sola cosa.

Entra al sepulcro.

Entra a eso que tienes pendiente con Dios. A esa herida que no has querido mirar. A esa pregunta que tienes miedo de hacerle porque no sabes si soportarías la respuesta. A esa fe que dejaste tirada en algún momento difícil y que todavía no has ido a recoger.

No tienes que entender todo antes de entrar. Juan no entendía. Pedro tampoco.

Sólo entra. Mira. Y deja que Él haga el resto.

Porque la tumba está vacía. Y el sudario está doblado. Y eso —aunque todavía no lo entiendas del todo— ya es motivo suficiente para creer.

 Feliz Domingo de Resurrección. Que este día sea nuestra alegría y nuestro gozo.

 

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sábado, 13 de abril de 2024

Meditamos el Evangelio del 3° Domingo de Pascua con Fray Josué González Rivera OP


Hechos de los Apóstoles 3,13-15.17-19. Salmo 4,2.4.7.9. Epístola I de San Juan 2,1-5a. 


Evangelio según San Lucas 24,35-48.


Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes".

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu,

pero Jesús les preguntó: "¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas?

Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo".

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies.

Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: "¿Tienen aquí algo para comer?".

Ellos le presentaron un trozo de pescado asado;

él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: "Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos".

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras,

y añadió: "Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día,

y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de todo esto."


Homilia por Fray Josué González Rivera OP


El Evangelio de la liturgia de este domingo nos relata la experiencia que los discípulos tuvieron con Jesucristo resucitado según san Lucas. En este tiempo de Pascua que, como esos seguidores de Jesús, también nosotros nos reunimos en el cenáculo como comunidad creyente y confiamos en que esa “paz” dada por el Señor también puede llegar a nuestras vidas, familias y comunidades. 


En esta reunión que nos presenta san Lucas podríamos notar elementos análogos a los que conservamos en nuestras liturgias actuales: hay una comida (aunque este momento solo se dice que Jesús comió) y hay una revisión de las Sagradas Escrituras, siendo similar a lo que vivieron esos dos discípulos en Emaús. 


Teniendo esto en el horizonte, particularmente llama la atención que, incluso viendo y quizás tocando al resucitado, los discípulos aún no lograban superar el impacto de su presencia. La comida fue importante para demostrar la solidez de su cuerpo y para revivir la comunión compartida con el Señor, pero también fue necesario que comprendieran las Escrituras. 


Esto último puede confrontarnos nosotros hoy, haciendo que nos preguntemos: ¿qué lugar ocupa la Palabra de Dios en nuestra vida? ¿Podemos decir que entendemos las Sagradas Escrituras? ¿Acaso nuestras incredulidades y “dudas” también necesitan esa iluminación con la Palabra de Dios para poder comprender mejor, creer más firmemente y poder reconocer al resucitado?


En el Evangelio de este domingo es Jesús quien les explica las Escrituras, y nosotros contamos con esa misma presencia mediante su Espíritu, que es el mismísimo Espíritu Santo que habita personalmente en la comunidad de los bautizados. Como bien enseña el Concilio Vaticano II: “la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados” (Dei Verbum, 12). Así que, cada vez que leamos la Biblia de forma personal o de forma comunitaria, debemos de invocar al Espíritu Santo para que nos ilumine y ayude a comprender acertadamente su mensaje de salvación. 


La celebración litúrgica es el mejor contexto para la lectura de la Palabra de Dios. Aquellos que pueden hacerlo diariamente no deberían desaprovechar la oportunidad, y quienes no, deberían al menos escuchar la Palabra cada domingo. Además, es muy beneficioso que cada día leyéramos el evangelio o algún pasaje, de tal forma que siempre estemos en contacto con este mensaje que nos ofrece la Escritura. Pues, así como es importante el Pan Eucarístico, el Pan de la Palabra también es alimento que nos nutre, por ello “la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor” (Dei verbum, 21). 


Comprender el Antiguo Testamento a luz de la vida de Jesucristo es la clave, bajo la iluminación que les dio el Espíritu Santo, es parte del impulso que motivó a las primeras comunidades cristianas para salir del temor e ir al mundo a predicar que Dios cumple sus promesas, nos trae la vida plena y nos enseña un camino de salvación. Con ello termina el Evangelio de este domingo, si estamos dispuestos a tener este encuentro con el resucitado, nutriéndonos con su Palabra, como los primeros discípulos también nosotros nos convertiremos en testigos capaces de predicar con palabras y con obras. 


"Ustedes son testigos de todo esto", dice el Señor, los cuales deben predicar en su Nombre a todas las naciones la conversión. De esa forma, en la primera lectura, escuchamos una parte del kerigma que san Pedro predicó en Jerusalén, anunciando de forma explícita la Buena Nueva. Pero ese discurso testimonial que podemos hacer debe ir acompañado de las obras, como nos lo recuerda San Juan en la segunda lectura. Así, palabras y obras son parte de ese testimonio por el cual reconocemos que Jesucristo resucitado nos reconcilia con Dios y nos da vida plena. 


Que podamos recibir su enseñanza con humildad y vivir según su ejemplo, compartiendo el amor y la paz que Él nos ofrece. Que nuestras palabras y acciones sean testimonio. Que, bajo la iluminación del Espíritu a nuestras inteligencias, busquemos en las Sagradas Escrituras la guía y el consuelo que necesitamos en nuestros días. Que extendamos la mano de reconciliación y amor a aquellos que nos rodean, siguiendo el modelo de nuestro Salvador. Que nos comprometamos a ser verdaderos discípulos de Jesús, llevando su luz a un mundo que tanto lo necesita.


¿Sabias que el papa Francisco nos invitó a vivir el año de la Oración? Más información aquí


Homilías de Pascua:




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sábado, 6 de abril de 2024

Meditamos el Evangelio del 2° Domingo de Pascua con Pbro. Renzo Gallo


Hechos de los Apóstoles 4,32-35. Salmo 118(117),2-4.16-18.22-24. Epístola I de San Juan 5,1-6.


Evangelio según San Juan 20,19-31.


Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo.

Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". Él les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". Tomas respondió: "¡Señor mío y Dios mío!". Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!". Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.


Homilía por el Pbro. Renzo Gallo. 


Seguimos caminando este tiempo de Pascua, y los textos de este segundo Domingo nos invitan a seguir profundizando en el seguimiento de este Cristo que está vivo y nos invita a resucitar con Él.


En esta oportunidad los textos nos invitan a poner la mirada sobre nuestra fe. Sabemos que la fe es un don, es un regalo que nos viene de Dios, por lo que necesitamos pedir que se mantenga ardiendo en nuestro corazón y estar atentos para poder custodiarlo. 


Por un lado, los textos del libro de los Hechos como del cuarto Evangelio, nos sitúan en un contexto de persecución, donde los personajes experimentan el ser rechazados y amenazados. En el libro de Hechos, podemos verlo en los versículos anteriores (Hech. 4, 1-31), y en el caso del Evangelio de Juan lo encontramos en la expresión “…estando cerradas las puertas del lugar… por temor a los judíos…” (Jn. 20, 19). Sin embargo, estas situaciones que experimentan no es impedimento para que el encuentro con Jesús resucitado se dé, como así también se observan los frutos de ese encuentro. 


Nuestra fe está llamada a aferrarse y a crecer en contextos sociales, pero por sobre todo personales, en los que los problemas están presentes. No es extraño que Jesús, al presentarse a los discípulos, les regale su paz. El fruto de la paz que el Señor regala a aquellos que se dejan encontrar por Él, no es ausencia de dificultades, sino un regalo que posibilita hacer frente y encarar lo que se va suscitando en nuestras vidas y en nuestros entornos.


Debemos evitar la tentación de querer vivir nuestra fe como un modo de huir o de evitar hacer frente a las realidades que están presentes en nuestras vidas. Antes que eso, nuestro encuentro con el Señor nos puede ofrecer nuevos modos de encarar nuestra vida concreta.


Por otro lado, nos encontramos en el Evangelio de Juan a un discípulo que en la primera aparición no se encontraba en ese lugar: Tomás. Es este discípulo, quien nos deja otra enseñanza, la de querer que Dios obre como nosotros lo esperamos de Él. 


La fe de Tomás está en maduración, como la de cada uno de nosotros. Pero en nuestra experiencia de encuentro con el Señor, podemos caer en la dinámica de querer controlar a Dios o incluso de intentar manipularlo. Podemos poner ante Él nuestras expectativas y deseos personales, buscando que sea Él quien los cumpla. Otra tentación en nuestra vida de fe, puede ser la de intercambiar roles, donde es Dios quien ocupa el lugar de quien obedece o hace caso, y nosotros del que propone el camino. 


De cualquier modo, como se encuentre nuestro seguimiento del Señor, estamos llamados a no dejar que nuestra relación con Él decaiga, o se enfríe. Es Dios quien nos ha regalado su Espíritu Santo, y quien nos ha hecho sus templos, y miembros de su cuerpo por medio del Bautismo.


Que este tiempo de gracia, que es la Pascua, el Señor nos regale el seguir madurando y creciendo en nuestra fe, en el encuentro con Él. Ojalá podamos hacer nuestra, la expresión del salmista: “¡es eterno su amor!”. 


Nuestra experiencia del amor del Señor nos permitirá afrontar nuestra vida desde nuevos lugares, con una mirada renovada que solo Él nos puede regalar. Que este tiempo sea de paz y gozo en el Señor, y que en nuestras vidas podamos experimentar el gozo de anunciar al Señor, su resurrección y su amor por todos. 


Homilías de Pascua:


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sábado, 30 de marzo de 2024

Meditamos el Evangelio del Domingo de Pascua con el Diácono Juan Manuel Gómez.




Hechos 10, 34a. 37-43 Salmo 117, 1-2. 16-17. 22-23 Colosenses 3, 1-4 

Evangelio según san Juan 20, 1-9


El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.


Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.


En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.


Homilía del Diácono Juan Manuel Gómez.


Nos dice el Señor: "También ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar." (Jn. 16, 22)


Queridos hermanos realmente ¡Este es el día que hizo el Señor! Y Él nos regala la Alegría que solo brota del Amor de Dios derramado en nuestros corazones y que ha llegado bien hondo en la vida de cada uno de nosotros.

¿Quién de nosotros puede decir que no conoce la Alegría? Pero esta alegría nadie nos la puede quitar porque ¡Jesús ha resucitado!


El acontecimiento de la Pascua es el Misterio de nuestra fe. Muchas veces, quizás por rutinariedad de nuestra vida espiritual o religiosa, perdemos el entusiasmo de la novedad de la Buena Noticia, de la Alegría del Evangelio. Por eso la Iglesia, que es Madre y Maestra, nos actualiza en la memoria agradecida y nos invita cada año a hacer realidad este único misterio, no como un simple recuerdo o anécdota sino como auténtico Memorial. El Papa Francisco nos recuerda lo esencial de esta alegría para cada cristiano:


"La Alegría del Evangelio, la Buena Noticia que nos acompaña es que somos amados por Dios con ternura y Misericordia y estamos llamados a hacer resonar este anuncio gozoso en el mundo, testimoniándolo con nuestra vida, para que todos descubran la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado" (Papa Francisco cf. Evangelii Gaudium 36)


Durante la Semana Santa y quizás en más de una ocasión en nuestra vida diaria miramos a Jesús Crucificado. Mirar la Cruz de Jesús nos hace conscientes del Amor de Dios. Pero ese Amor se derrama en nuestro Corazón para que podamos AMAR como él nos amó. Hemos mirado al Crucificado. Miremos ahora al Resucitado, vivo y presente en cada uno de los hermanos. Descubrir en el rostro concreto del otro a Jesús es el desafío de nuestra fe, encontrarnos y compartir nuestro dolores y alegrías es vivir como Resucitados, y así cada uno de nosotros con nuestros gestos y palabras hacemos presente la Alegría de la Pascua, la Alegría del Evangelio, que se hace vida para todos los demás.


El Señor Resucitado nos mira a cada uno y cada una y nos dice:《He resucitado, y estoy de nuevo contigo, aleluya》 (Cf. Sal 138, 18.)


El Papa Francisco nos recuerda cuan importante y necesario es no olvidar esta certeza:

"¡Él vive! Hay que volver a recordarlo con frecuencia: CRISTO VIVE. Porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo solo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural, vestido de infinita luz" (Papa Francisco Christus Vivit, 124).


Tenemos que "pasar" (pesaj-pascua) en nuestra vida a vivir como salvados y compartir esta alegría que nadie nos puede quitar en lo cotidiano y con cuántos podamos.


El Himno de la Secuencia de Pascua canta esta frase: "La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable. ¡El Rey de la Vida estuvo muerto y ahora vive!" Esto nos expresa también que cada uno de nosotros por el amor de Jesús resucitado PASA de la "muerte" en la tristeza, en la desolación, en el odio o en la división, a la vida plena en la alegría, la esperanza, el perdón, la unidad y la ternura.


La palabra Pascua (pascae en latìn, pesaj en hebreo) significa PASO. En el caso de los judíos representa el cruce del Mar Rojo, es decir el PASO de la esclavitud hacia la libertad.


Para los católicos se conmemora la Resurrección de Cristo, es decir, el PASO de la muerte hacia la vida eterna.

Por eso en estas Pascuas deseo de todo corazón que nos animemos y demos ese PASO.

El que nos haga pasar:

De la Resignación a la Acción;

De la Indiferencia a la Solidaridad;

De la queja a la búsqueda de soluciones;

De la desconfianza al abrazo sincero;

Del miedo al coraje de volver a apostar todo por amor;

De recoger sin vergüenza los trozos de sueños rotos y volver a empezar;

De la autosuficiencia al compartir el fracaso y los éxitos

De hacer las paces con nuestro pasado para que no arruine nuestro presente, Y de saber que de nada sirve ser luz, si no podemos iluminar el camino de alguien.


Tenemos una Alegría que ciertamente nadie nos puede quitar: Hemos sido salvados, hemos muerto con Cristo y hemos resucitado con Él.

¡Vivamos como Resucitados en la Alegría de la Pascua! ¡Feliz Pascua para todos!


Homilías de Cuaresma:








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