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sábado, 25 de abril de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,14.36-41. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6.  Epístola I de San Pedro 2,20-25.

Evangelio según San Juan 10,1-10.

Jesús dijo a los fariseos: "Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante.
El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir.
Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz.
Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz".
Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.
Entonces Jesús prosiguió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas.
Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento.
El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia."

Homilía por Fray Emiliano Vanoli, OP

“Escuchar la voz del Buen Pastor en medio del ruido del mundo”

El Evangelio de este domingo, en la Jornada del Buen Pastor (Jn 10,1-10), nos presenta una imagen sencilla, cercana a la experiencia de sus oyentes, pero muy profunda. Jesús habla del pastor que entra por la puerta y es reconocido por sus ovejas, porque ellas conocen su voz. No es un extraño, ni un ladrón que salta por otro lado para aprovecharse del rebaño. El pastor verdadero llama a cada oveja por su nombre, las conduce y camina delante de ellas. Y en medio de esta enseñanza, Jesús da un paso decisivo: no solo dice que es el pastor, sino también que es la puerta. Es decir, Él mismo es el acceso a la vida, el lugar seguro por donde entrar y salir, donde encontrar alimento y libertad.

Esto ¿qué significa?, cuando decimos que Jesús es el Buen Pastor —y, como nos recuerda la segunda lectura, el guardián de nuestras vidas— afirmamos algo muy concreto: nuestra vida no está librada al azar. No estamos solos frente a las dificultades ni abandonados en medio de un mundo incierto. Jesús nos conoce personalmente, sabe quiénes somos, cuáles son nuestras heridas, nuestras búsquedas y nuestras caídas. Y no solo nos conoce: nos cuida. No lo hace desde la distancia, sino desde una cercanía que llega hasta dar la vida por nosotros. Ser “guardados” por Él no significa perder libertad, sino encontrar una guía verdadera. No es un control que oprime, sino una presencia que orienta protege y hace crecer. Él no nos quita nada esencial; al contrario, nos conduce hacia una vida más plena.

¿Cómo lo aplicamos?, ahora bien, ¿dónde escuchamos hoy la voz de este Pastor? La escuchamos, ante todo, en la Sagrada Escritura, donde su Palabra sigue viva y eficaz. Pero también la escuchamos en la enseñanza de los pastores que Él mismo ha querido para su Iglesia, llamados a guiar y cuidar al pueblo de Dios en su nombre. Por eso es tan importante cultivar un corazón dócil, capaz de escuchar, de dejarse orientar, de no cerrarse en la propia opinión o en las propias seguridades. Reconocer la voz del Pastor implica también aprender a confiar en los caminos concretos por los que Él nos habla hoy.

Hoy, para nosotros. Esta palabra se vuelve especialmente significativa en el contexto que vivimos. Un mundo marcado por guerras, conflictos, violencia cotidiana, tensiones sociales y dificultades económicas genera incertidumbre y, muchas veces, miedo. En medio de tantas voces —opiniones, ideologías, promesas de soluciones rápidas— no siempre es fácil discernir a quién seguir. Por eso, reconocer a Jesús como puerta y guardián de la propia vida es una decisión fundamental. Significa elegir conscientemente que sea su voz la que oriente nuestros pasos. Significa no dejar que el miedo, la angustia o la desesperanza ocupen el centro de nuestro corazón.

Aceptar a Jesús como Pastor no elimina las dificultades, pero cambia profundamente la manera de vivirlas. Nos permite atravesar los problemas sin perder el rumbo, sin caer en el aislamiento o la dureza del corazón. Nos invita a confiar, incluso cuando no entendemos todo, sabiendo que Él va delante y abre caminos. También nos compromete: escuchar su voz implica aprender a vivir como Él, cuidando a los demás, siendo instrumentos de paz en medio de la violencia, de solidaridad en medio de la necesidad, de esperanza en medio de la incertidumbre.

En definitiva, la invitación de este domingo es clara: volver a centrar la vida en Cristo. Escuchar su voz, entrar por Él, dejarnos guiar. Porque solo en Él encontramos una vida que no se agota, una seguridad que no depende de las circunstancias, y una esperanza que permanece incluso en medio de las pruebas.


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sábado, 10 de mayo de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 13,14.43-52. Salmo 100(99),2.3.5. Apocalipsis 7,9.14b-17.


Evangelio según San Juan 10,27-30.


Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos una sola cosa".


Homilía por Fray Josué González Rivera OP 


Este domingo, llamado tradicionalmente Domingo del Buen Pastor, la liturgia nos invita a contemplar el misterio de Cristo que nos llama, nos conoce y nos conduce hacia la vida eterna. Las lecturas de hoy no solo nos ofrecen consuelo, sino también una fuerte llamada a la escucha, al discernimiento y al testimonio.


Jesús nos dice en el Evangelio de san Juan: “Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna”. Esta afirmación de Cristo es profundamente personal y a la vez universal. Nos sitúa ante una relación que no es simplemente religiosa o ritual, sino vital y existencial. Somos conocidos por el Buen Pastor, no de manera superficial, sino en lo profundo de nuestro ser. Él conoce nuestras luchas, nuestras heridas, nuestras búsquedas. Pero también espera de nosotros una respuesta: la escucha atenta de su voz.


Vivimos inmersos en un mundo saturado de voces, mensajes e imágenes que pugnan por captar nuestra atención. Voces que a menudo prometen felicidad, seguridad, reconocimiento... pero que, en realidad, nos desorientan y nos dispersan. Es por ello que urge afinar el oído del corazón para discernir la voz del único Pastor que no nos engaña: aquel que da la vida por sus ovejas. Su voz no grita, no impone, pero resuena con fuerza en la conciencia del que la acoge con fe. Escuchar su voz significa dejarse encontrar, dejarse conducir, y también dejarse transformar.


Jesús añade: “Yo les doy vida eterna”. No dice “les daré”, sino les doy. La vida eterna, entonces, no es simplemente un premio futuro para después de la muerte; es una realidad que comienza a anticiparse ya, aquí y ahora, en el corazón de los creyentes que viven unidos a Cristo. Desde el bautismo hemos sido sumergidos en su vida, y por tanto vivimos ya la vida divina, aunque todavía en camino, entre luces y sombras. La gran cuestión es si acogemos o no ese don, si vivimos como ovejas que escuchan y siguen, o si preferimos dispersarnos en nuestras propias sendas.


La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el coraje apostólico de Pablo y Bernabé, que no se dejan vencer por el rechazo ni por la persecución. En ellos actúa la fuerza de la Palabra de Dios, una Palabra viva, convocante, universal, gozosa y expansiva. Es notable cómo se repite en el texto la centralidad de la Palabra del Señor: es ella la protagonista verdadera de la misión eclesial. Ellos prestan su voz, pero es el Buen Pastor quien habla a través de sus enviados. Aquel pueblo que escuchó a Pablo y Bernabé tuvo la lucidez espiritual de reconocer la voz de Cristo en medio de ellos. Así también nosotros, hoy, debemos preguntarnos: ¿sabemos distinguir su voz entre tantas otras? ¿Nos tomamos el tiempo para silenciar el ruido exterior e interior y escuchar lo que Dios quiere decirnos en su Palabra?

La visión del Apocalipsis nos muestra el desenlace glorioso de esta historia de escucha y fidelidad: una multitud incontable, de toda lengua y nación, que ha lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Es una imagen de esperanza y de plenitud. Ellos ya no padecen ni hambre ni sed, ni llanto ni dolor, porque el Cordero-Pastor los ha conducido a las fuentes de agua viva. Esta visión no es evasiva; es el horizonte que da sentido a nuestro esfuerzo presente. Saber que estamos en manos del Resucitado, y que nadie puede arrebatarnos de allí, es una fuente inagotable de alegría.


Como la Iglesia primitiva, nosotros también estamos llamados a colaborar con Cristo en la extensión de su voz. Como aquellos primeros discípulos, no podemos guardar para nosotros el tesoro del Evangelio. La misión brota de la alegría de sabernos salvados. Ser cristiano no es simplemente un consuelo personal, sino una vocación a ser testigo, a que otros también escuchen y se dejen alcanzar por la voz del Pastor.


Y, añadiendo algo sobre la elección del nuevo Papa, León XIV, este hecho que ha generado esperanza y expectación en tantos fieles, también debe entenderse desde esta perspectiva: el sucesor de Pedro no es un mero administrador o figura pública, sino ante todo un pastor según el corazón de Cristo. Como tal, su primera tarea es escuchar la voz del Buen Pastor para luego transmitirla con autenticidad al Pueblo de Dios, buscando ser el también un “buen pastor” a imagen de “El Buen Pastor”. Que su inicio de pontificado coincida con esta conmemoración es providencial y va más allá de cualquier coincidencia. El Papa es, por vocación, un garante de la unidad, un testigo de la Palabra y un servidor de la comunión universal.


Que este domingo nos renueve en la certeza de que pertenecemos a Cristo, escuchando su voy y descubriendo que hemos sido conocidos por Él, invitados a participar de su vida eterna. Que podamos también ser instrumentos de su voz, cada uno en su vocación especial, para que todos escuchen, todos crean, y nadie se quede fuera del banquete del Reino.



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