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sábado, 26 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 18,25-28. Salmo 25(24),4bc-5.6-7.8-9.  Carta de San Pablo a los Filipenses 2,1-11.Libro de Ezequiel 18,25-28.

 

Ustedes dirán: "El proceder del Señor no es correcto". Escucha, casa de Israel: ¿Acaso no es el proceder de ustedes, y no el mío, el que no es correcto?
Cuando el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, muere por el mal que ha cometido.
Y cuando el malvado se aparta del mal que ha cometido, para practicar el derecho y la justicia, él mismo preserva su vida.
El ha abierto los ojos y se ha convertido de todas las ofensas que había cometido: por eso, seguramente vivirá, y no morirá.

Salmo 25(24),4bc-5.6-7.8-9.

Acuérdate, Señor, de tu compasión.

Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador,

Yo espero en ti todo el día,
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor,
porque son eternos.
No recuerdes los pecados ni las rebeldías de mi juventud:

por tu bondad, Señor, acuérdate de mi según tu fidelidad.
El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente

y enseña su camino a los pobres.

Carta de San Pablo a los Filipenses 2,1-11.

Hermanos:
Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión,
les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento.
No hagan nada por espíritu de discordia o de vanidad, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos.
Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás.
Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
El, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
"Jesucristo es el Señor".

Evangelio según San Mateo 21,28-32.

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
"¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: 'Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña'.
El respondió: 'No quiero'. Pero después se arrepintió y fue.
Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: 'Voy, Señor', pero no fue.
¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?". "El primero", le respondieron. Jesús les dijo: "Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.
En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él".

Homilia por Fray Emiliano Vanoli OP

Decir sí a Dios con el corazón

El Evangelio de este domingo nos presenta una escena sencilla, pero profundamente reveladora. Jesús pregunta a sus interlocutores qué les parece la actitud de dos hijos a quienes su padre les pide que vayan a trabajar a la viña. Uno responde que no, pero después se arrepiente y va; el otro responde que sí, pero finalmente no va. Cuando Jesús les pregunta cuál de los dos hizo la voluntad del padre, ellos responden correctamente: el primero. Y aquí está lo más interesante del relato: los interlocutores de Jesús saben distinguir perfectamente entre lo que está bien y lo que está mal, pero esa claridad no los lleva a reconocer su propia situación. Comprenden la verdad, pero se resisten a dejarse transformar por ella.

El problema, entonces, no está en su inteligencia, sino en su corazón. Son capaces de emitir un juicio correcto sobre la conducta de los dos hijos, pero no son capaces de aplicar ese mismo criterio a su propia vida. Reconocen que lo importante no es decir que sí, sino hacer la voluntad del padre; sin embargo, cuando Dios los llama a la conversión, se cierran. Su religiosidad, el conocimiento de la Ley y la seguridad que tienen de sí mismos se convierten, paradójicamente, en un obstáculo para encontrarse con Dios. No les falta conocimiento de la verdad; les falta la humildad para reconocer que esa verdad también los juzga a ellos.

Por eso Jesús les habla de los publicanos y las prostitutas, personas que, a los ojos de aquellos hombres, estaban lejos de Dios. Sin embargo, al escuchar la predicación de Juan el Bautista, algunos de ellos creyeron y se convirtieron. Los que parecían estar más lejos fueron capaces de reconocer su necesidad de salvación; en cambio, quienes se consideraban cercanos a Dios no aceptaron la llamada a cambiar. Jesús no está diciendo que el pecado sea indiferente ni que todas las conductas sean iguales. Está mostrando que la posibilidad de entrar en el Reino no depende de la imagen religiosa que uno tenga de sí mismo, sino de la disposición real a convertirse y hacer la voluntad de Dios.

Y esto nos interpela profundamente en nuestra vida cotidiana. También nosotros podemos conocer el Evangelio, saber qué nos pide el Señor, distinguir con claridad lo que está bien y lo que está mal, e incluso aconsejar a los demás sobre cómo deberían vivir. Podemos escuchar una homilía y pensar inmediatamente en alguien que necesitaría escucharla; reconocer en una lectura un defecto de otra persona, una injusticia ajena o una actitud que nos molesta. Pero ¿somos capaces de dejar que esa misma Palabra ilumine nuestras propias actitudes? ¿Nos preguntamos qué nos está pidiendo Dios a nosotros, qué tenemos que cambiar, a quién debemos pedir perdón, qué deberíamos dejar de hacer?

Hay una forma muy sutil de resistirse a Dios: estar de acuerdo con Él en todo, siempre que no nos pida cambiar nada. Decir «sí, Señor» en la oración, pero continuar alimentando un resentimiento; reconocer la importancia de la caridad, pero tratar con dureza a quien vive con nosotros; defender la verdad, pero no estar dispuestos a reconocer nuestros propios errores; comprometernos con una tarea y después dejarla de lado cuando exige esfuerzo o renuncia. Así podemos terminar pareciéndonos al segundo hijo: nuestras palabras son correctas, nuestras intenciones parecen buenas, pero nuestra vida no llega a responder a la voluntad del Padre.

Sin embargo, el Evangelio también nos ofrece una gran esperanza. El primer hijo comenzó diciendo que no, pero después se arrepintió y fue. No quedó prisionero de su primera respuesta. Su actitud cambió, y ese cambio se hizo concreto. Quizás también nosotros hemos dicho muchas veces que no a Dios, por egoísmo, por comodidad, por orgullo o por miedo. Pero el Señor no nos cierra la puerta. Siempre podemos volver a empezar. La conversión no consiste en aparentar que nunca nos hemos equivocado, sino en tener la humildad de reconocerlo y dar un paso nuevo.

Pidámosle hoy al Señor un corazón sincero, que no se conforme con saber lo que es bueno, sino que tenga la valentía de practicarlo; que no se limite a pronunciar palabras hermosas, sino que las traduzca en gestos concretos de amor, de justicia y de servicio. Porque, al final, lo que el Padre espera de nosotros no es una respuesta perfecta con los labios, sino una vida que, aun después de sus caídas, se levante y se ponga nuevamente en camino hacia su viña.


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domingo, 20 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo XXV con las palabras del papa León XIV



Lecturas del día: Isaías 55,6-9. Salmo 145(144),2-3.8-9.17-18. Filipenses 1,20c-24.27a

Evangelio según San Mateo San Mateo 20,1-16a.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo'. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo. Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: '¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?' Ellos le respondieron: 'Porque nadie nos ha contratado'. Él les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'. Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: 'Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros'. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno. Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: 'Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor'. Pero él respondió a uno de ellos: 'Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?' De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos''.

Comentario del Evangelio del Papa León XIV

Queridos hermanos y hermanas, deseo detenerme una vez más en una parábola de Jesús. También en este caso, se trata de un relato que alimenta nuestra esperanza. A veces, en efecto, tenemos la impresión de que no encontramos sentido a nuestra vida: nos sentimos inútiles, inadecuados, como los obreros que esperan en la plaza del mercado a que alguien los contrate para trabajar. Pero a veces el tiempo pasa, la vida transcurre y no nos sentimos reconocidos ni apreciados. Quizás no hemos llegado a tiempo, otros se han presentado antes que nosotros, o las preocupaciones nos han retenido en otro lugar.

La metáfora de la plaza del mercado es muy adecuada también para nuestros tiempos, porque el mercado es el lugar de los negocios, donde, lamentablemente, también se compran y se venden el afecto y la dignidad, tratando de ganar algo. Y cuando no nos sentimos apreciados, reconocidos, corremos el riesgo de vendernos al mejor postor. El Señor, en cambio, nos recuerda que nuestra vida vale, y su deseo es ayudarnos a descubrirlo.

En la parábola que comentamos hoy, unos jornaleros esperan a que alguien los contrate para ese día. Estamos en el capítulo 20 del Evangelio de Mateo, y también aquí encontramos un personaje que se comporta de manera insólita, que asombra e interpela. Es el dueño de una viña, que sale personalmente a buscar a sus obreros. Evidentemente quiere establecer con ellos una relación personal.

Como decía, se trata de una parábola que da esperanza, porque nos dice que este amo sale varias veces a buscar a quienes esperan dar sentido a sus vidas. El amo sale al amanecer, y, luego, cada tres horas, vuelve a buscar obreros para enviarlos a su viña. Siguiendo este ritmo, después de salir a las tres de la tarde, ya no habría razón para salir de nuevo, porque la jornada laboral terminaba a las seis.

Mas este amo incansable, que quiere a toda costa dar valor a la vida de cada uno de nosotros, sale también a las cinco. Los jornaleros que se habían quedado en la plaza del mercado probablemente habían perdido toda esperanza. Ese día había sido en vano. Pero alguien siguió creyendo en ellos. ¿Qué sentido tiene contratar trabajadores solo para la última hora de la jornada laboral? ¿Qué sentido tiene ir a trabajar solo por una hora? Sin embargo, incluso cuando nos parece que podemos hacer poco en la vida, siempre vale la pena. Siempre existe la posibilidad de encontrar un sentido, porque Dios ama nuestra vida.  

Y aquí es donde se ve la originalidad de este amo, al final del día, a la hora de pagar. Con los primeros trabajadores, los que van a la viña al amanecer, el amo había acordado una paga de un denario, que era el coste habitual de una jornada de trabajo. A los demás les dice que les dará lo que sea justo. Y aquí es donde la parábola vuelve a provocarnos: ¿qué es justo? Para el dueño de la viña, es decir, para Dios, es justo que cada uno tenga lo necesario para vivir. Él ha llamado personalmente a los trabajadores, conoce su dignidad y, en función de ella, quiere pagarles. Y da a todos un denario.

El relato dice que los trabajadores de la primera hora se sienten decepcionados: no logran ver la belleza del gesto del amo, que no ha sido injusto, sino simplemente generoso; que no ha mirado solo el mérito, sino también la necesidad. Dios quiere dar a todos su Reino, es decir, la vida plena, eterna y feliz. Y así hace Jesús con nosotros: no establece un ranking, sino se dona enteramente a quien le abre su corazón.

A la luz de esta parábola, el cristiano de hoy podría caer en la tentación de pensar: «¿Por qué empezar a trabajar enseguida? Si la remuneración es la misma, ¿por qué trabajar más?». A estas dudas san Agustín respondía así: «¿Por qué tardas en seguir a quien te llama, cuando estás seguro de la recompensa, pero incierto del día? Cuida de no privarte, por tu dilación, de lo que Él te dará según su promesa». [1]

Quisiera decir, especialmente a los jóvenes, que no esperen, sino que respondan con entusiasmo al Señor que nos llama a trabajar en su viña. ¡No lo pospongas, arremángate, porque el Señor es generoso y no te decepcionará! Trabajando en su viña, encontrarás una respuesta a esa pregunta profunda que llevas dentro: ¿qué sentido tiene mi vida?

Queridos hermanos y hermanas, ¡no nos desanimemos! Incluso en los momentos oscuros de la vida, cuando el tiempo pasa sin darnos las respuestas que buscamos, pidamos al Señor que salga de nuevo y nos alcance allí donde lo estamos esperando. ¡El Señor es generoso y vendrá pronto!

(León XIV - Ciclo de catequesis - Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza. II. La vida de Jesús. Las parábolas. "Los obreros en la viña", 4 de junio de 2025)

Oremos juntos por la visita del Papa León a nuestro país





Más información de la visita del Papa: aquí




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domingo, 13 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera, OP


Libro de Eclesiástico 27,30.28,1-7. Salmo 103(102),1-2.3-4.9-10.11-12. Carta de San Pablo a los Romanos 14,7-9.

Evangelio según San Mateo 18,21-35.

Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagará todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".

Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?

En estos tiempos, cuando con frecuencia se levanta la voz para exigir justicia frente a tantas realidades que arrebatan la paz y amenazan la vida, una de las consignas que más me ha llamado la atención en las protestas de distintos grupos sociales es aquella que dice: “Ni perdón ni olvido”. En ella se expresa claramente el dolor provocado por las vidas arrebatadas, las personas desaparecidas y las injusticias padecidas. Sin embargo, esta consigna me ha llevado a preguntarme en diversas ocasiones cómo debemos situarnos ante ella desde la fe cristiana. Ciertamente, podemos solidarizarnos con muchas de estas luchas y reconocer la legitimidad de sus exigencias; pero también estamos llamados a iluminar esa expresión desde el Evangelio. Desde la perspectiva cristiana, la consigna podría reformularse así: «Justicia y perdón». El perdón es una consecuencia de nuestra vida de fe, pero no debe entenderse como algo contrario a la justicia.

El cristiano perdona porque, a su vez, ha sido perdonado por Dios. El perdón no es solamente un sentimiento espontáneo ni una recomendación para evitar conflictos; es la respuesta de quien ha experimentado la misericordia divina. Precisamente por eso, las lecturas de este domingo contienen también una seria advertencia para nosotros. Ya en el Antiguo Testamento, dentro de la reflexión madura que encontramos en los libros sapienciales, se nos advierte acerca de una profunda contradicción: ¿cómo podemos pedir perdón a Dios mientras conservamos el rencor contra el prójimo? El rencor puede surgir como una reacción natural. Aquello que nos hizo daño suele quedar grabado con mayor fuerza en nuestra memoria debido a nuestro instinto de supervivencia: nadie olvida que el fuego quema o que algún alimento puede ser tóxico.

También en la vida social nos relacionamos y, algunas veces, nos lastimamos. En esas circunstancias, el rencor parece defendernos del daño sufrido, pero puede convertirse en una trampa que termina atándonos a quien nos ofendió o a lo que nos sucedió. Por eso, la Palabra de Dios nos invita a recordar nuestra propia fragilidad y nuestra alianza con él. Quien reconoce su propia debilidad puede mirar de otra manera la fragilidad de los demás.

Cuando Pedro parece mostrarse generoso al proponer perdonar hasta siete veces, Jesús le responde con un número mucho mayor. No lo hace para que nos fijemos en la cifra exacta; por el contrario, busca eliminar toda contabilidad. El perdón cristiano no puede administrarse como una cuenta o un libro en el que registramos cada falta hasta alcanzar un límite.

La parábola explica la razón. El servidor es perdonado de una deuda imposible de pagar; sin embargo, se niega a perdonar al compañero que le debe una cantidad mucho menor. ¿Qué vemos aquí? El servidor recibió el perdón, pero no permitió que la misericordia transformara su corazón. El cristiano no debería pedir a Dios comprensión para sus propias debilidades y, al mismo tiempo, exigir a los demás una perfección absoluta. Con frecuencia pensamos: «Quiero misericordia para mí y justicia rigurosa para los demás». La lógica que nos propone el Evangelio es completamente distinta.

Perdonar no es olvidar, justificar el mal ni afirmar que nada sucedió. El perdón es una decisión y un proceso interior mediante el cual la persona herida comienza a transformar sus respuestas ante el hecho vivido y ante quien la ofendió. Podemos recordar aquello que nos lastimó, pero hacerlo cada vez con menos resentimiento, odio y deseo de venganza, pues estas reacciones pueden conducirnos a nuevas formas de violencia y esclavitud. Cuando damos pasos hacia el perdón, recuperamos parte de la libertad que habíamos perdido.

Jesús no ordena experimentar inmediatamente sentimientos agradables hacia el agresor. Los sentimientos no cambian por un mandato o decreto. Lo que nos propone es no permitir que el dolor y el resentimiento se conviertan en realidades permanentes que gobiernen nuestra vida. La decisión de perdonar también tiene que renovarse muchas veces. En este sentido, perdonar «setenta veces siete» puede significar que, cada vez que vuelva a dolernos un daño vivido en el pasado, pidamos a Dios que nos ayude nuevamente a perdonar.

Perdonar tampoco significa retirar la responsabilidad moral o legal. Se puede renunciar a la venganza y, al mismo tiempo, exigir justicia, protección para las víctimas y reparación del daño. Del mismo modo, debemos distinguir entre perdón y reconciliación. Como hemos señalado, perdonar es, en primer lugar, un proceso interior y personal. La reconciliación, en cambio, requiere la participación tanto del ofensor como del ofendido en un proceso de reconocimiento del daño y reconstrucción de la relación. Esta distinción resulta especialmente importante en las situaciones de violencia o abuso. Puede y debe existir un proceso de perdón que ayude a sanar la herida, pero esto no implica necesariamente restablecer la convivencia, sobre todo cuando hacerlo podría exponer nuevamente a la víctima al peligro. El perdón no exige negar la prudencia, la justicia ni la necesidad de establecer límites.

Perdonar no cambia el pasado ni elimina inmediatamente el dolor, pero impide que la injusticia sufrida determine toda nuestra vida. Desde una perspectiva humana, el perdón ayuda a que la ofensa deje de gobernar nuestros pensamientos, emociones y decisiones. Sin embargo, el Evangelio va más allá del bienestar psicológico: el cristiano no perdona solamente para sentirse mejor, sino porque se reconoce como un pecador perdonado por Dios.

San Pablo nos ofrece la clave definitiva: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo». Pertenecemos a Cristo. Solo Dios puede ser el juez absoluto; nosotros no. Quien ha cometido una ofensa, por muy difícil que resulte comprenderlo desde nuestra lógica humana, no queda reducido por completo a su peor acción. Continúa siendo una persona necesitada de conversión y misericordia, como cada uno de nosotros.

Finalmente, si queremos reflexionar profundamente sobre este tema, pongámonos delante de Dios y preguntémonos: ¿a quién debo perdonar? Quizá debamos perdonar a otra persona o incluso perdonarnos a nosotros mismos. Pero no basta con preguntarnos: «¿Ya no siento enojo?». Debemos avanzar hacia preguntas más profundas: ¿estoy dispuesto a dejar de alimentar el odio?, ¿puedo entregar a Dios mi deseo de venganza para que lo transforme?, ¿quiero comenzar un camino de sanación y libertad?

Perdonar no es siempre un momento exacto y definitivo. Como muchas realidades importantes de la vida, es un camino. Perdonar de corazón no significa necesariamente haber concluido ese camino; muchas veces significa, sencillamente, haber decidido comenzarlo en nuestras vidas y sociedades.

Bendiciones.

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domingo, 6 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Ezequiel 33,7-9. Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9. Carta de San Pablo a los Romanos 13,8-10.

Evangelio según San Mateo 18,15-20.

Jesús dijo a sus discipulos:
Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.
Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.
Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio

Homilía por Rev. P. Jose Torres, LC

El que calla, también peca

Hay una frase que hemos convertido en virtud sin darnos cuenta: "yo no me meto". La decimos con cierto orgullo, como si fuera prudencia, como si fuera respeto. Cada quien con su vida. Yo no juzgo. Y detrás de esa frase, que suena tan madura, tan "políticamente correcta", muchas veces se esconde otra cosa: miedo. Miedo a incomodar. Miedo a que dejen de querernos. Miedo, sobre todo, a que nos digan lo mismo a nosotros.

Y justamente Dios, en la primera lectura no nos deja escondernos ahí.

Centinelas, no espectadores

A Ezequiel se le encarga una tarea que asusta: ser centinela. El centinela no es el que opina desde la comodidad de su casa cuando ya pasó la tormenta. El centinela es el que está despierto cuando todos duermen, el que ve venir el peligro antes que nadie y tiene que decidir si grita o se calla. Y Dios es durísimo con la segunda opción: si el centinela ve el peligro y no avisa, la sangre de quien cae le será reclamada a él.

Esto no es solamente un texto para sacerdotes o para "los que tienen autoridad". Es un texto para cualquiera que quiera al menos a una persona en este mundo. Porque amar de verdad a alguien —no la versión decorativa del amor, la de los buenos deseos y los corazones en redes sociales— sino amar de verdad, incluye a veces la incomodidad de decir: "esto que estás haciendo te está destruyendo".

Lo curioso es que hoy tenemos más facilidad que nunca para hablar de todo. Opinamos de política, de fútbol, de la vida de un desconocido en redes, sin que nadie nos lo pida. Pero cuando se trata de decirle a un amigo, a un hermano, a nuestros papás, a nuestra pareja, algo que de verdad les importa a ellos y nos cuesta a nosotros... ahí, de repente, se nos acaba la valentía.

La cordada que no se suelta

Hay una imagen que me gusta para explicar esto: la de dos personas que escalan atadas por la misma cuerda. En la montaña le llaman "ir en cordada". Cuando uno resbala, el otro no puede simplemente mirar. Está atado. Si el de abajo cae, el peso tira del de arriba y ambos lo saben desde antes de empezar a subir. Por eso, cuando uno ve que el otro está pisando mal, no espera a que caiga para reaccionar, sino que grita antes. Le avisa, lo sostiene. Y eso no es entrometerse, es lo mínimo que exige estar realmente atado a alguien.

Y algo así pienso que es la imagen del Evangelio de hoy. Jesús no nos manda corregir al hermano como quien señala con el dedo desde la banca, sin mancharse. Nos manda ir a solas primero, en lo íntimo, sin exponerlo, sin humillarlo. Porque no se trata de tener razón. Se trata de no soltar la cuerda.

Fíjate en la delicadeza del método que propone Jesús: primero a solas, después con uno o dos testigos y después con la comunidad. No hay linchamiento público en el corazón de Cristo. Hay un proceso lento, paciente que busca una sola cosa, y es recuperar al hermano, no vencerlo. "Si te hace caso, has ganado a tu hermano", dice el texto. No dice "has ganado la discusión". Dice que lo has ganado a él!!!.

Lo que en realidad nos falta no es honestidad, es amor

Y aquí es donde muchos se equivocan, y donde san Pablo nos corrige el método en la segunda lectura. Porque hay gente que confunde "corregir" con "descargar", con desahogarse, con tener finalmente la excusa perfecta para decirle a alguien todo lo que pensamos de él. Eso no es corrección fraterna. Eso es venganza con lenguaje espiritual.

Pablo es contundente: "no le debáis nada a nadie, más que el amor mutuo". Toda la ley dice se resume ahí. No es que el amor sea una parte de la ley junto a otras reglas. Es que el amor es la ley, cumplida hasta el fondo. Por eso, la corrección que no nace del amor no cumple ningún mandamiento, aunque tenga toda la razón del mundo. Se puede tener razón y hacer daño. Se puede decir la verdad y destruir a alguien con ella. Lo que hace que una corrección sea cristiana no es que sea verdadera —eso es apenas el mínimo—, sino que nazca del mismo amor con que Dios nos corrige a nosotros: sin humillar, sin cansarse, sin dar por perdido a nadie.

Y por otro lado, hay algo que se nos suele escapar del Evangelio de hoy. Jesús no termina hablando de la corrección. Termina hablando de la oración: "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos". ¿Por qué Mateo pone estas dos cosas juntas, la corrección fraterna y la oración comunitaria? Porque en el fondo son la misma cosa: no estamos solos en esto. Ni cuando fallamos, ni cuando tenemos que ayudar a otro a levantarse. La comunidad no es un grupo de personas que coinciden en el mismo horario de misa. Es gente atada por la misma cuerda, que reza junta precisamente porque sabe que sola no llega.

Para esta semana

El salmo de hoy repite una frase que parece hecha a la medida de estos días: "ojalá escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón". Un corazón endurecido no es necesariamente un corazón malo. A veces es simplemente un corazón cansado de que le digan las cosas, o un corazón que dejó de decirlas por miedo a incomodar. Los dos extremos rompen la cordada.

Esta semana, atrévete a dos cosas incómodas. Primero: si hay alguien a quien amas de verdad y ves que se está haciendo daño, pídele a Dios el valor —y sobre todo la delicadeza— para decírselo a solas, sin humillarlo, buscando ganarlo y no vencerlo. Segundo, y esta es la que más nos cuesta: si alguien se acerca a decirte algo que no quieres escuchar, antes de defenderte o justificarte pregúntate si no será precisamente la voz de Dios que hoy te está hablando a través de esa persona que tuvo el valor de no soltar la cuerda.

Porque al final, la santidad no consiste en no caer nunca. Consiste en dejarse sostener, y en aprender a sostener.

 

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domingo, 30 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP.



Lecturas del día: Libro de Jeremías 20,7-9. Salmo 63(62),2.3-4.5-6.8-9.  Carta de San Pablo a los Romanos 12,1-2.

Evangelio según San Mateo 16,21-27.

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: "Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá".
Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres".
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Reconocer al Mesías y aceptar su camino

El domingo pasado escuchábamos cómo Pedro reconocía a Jesús como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Era una verdadera confesión de fe: Pedro había podido reconocer quién era Jesús. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos muestra que reconocer al Mesías no significa todavía comprender su camino. Inmediatamente después de aquella confesión, Jesús comienza a anunciar a sus discípulos que debe ir a Jerusalén, sufrir, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Y Pedro no puede aceptar este camino: «Dios no lo permita, Señor; eso no te sucederá». ¿Cómo puede ser que aquel que ha reconocido correctamente la identidad de Jesús no pueda reconocer el camino que Él debe recorrer? Pedro espera un Mesías victorioso, pero no comprende que la victoria de Cristo pasará por la entrega y la cruz. Por eso Jesús debe corregirlo con dureza: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás!». Pedro ha reconocido quién es Jesús, pero todavía piensa «como los hombres» y no «como Dios».

Esto nos toca también a nosotros. Podemos confesar que Jesús es nuestro Señor, creer en Él y querer seguirlo, pero al mismo tiempo pretender que sea Él quien se adapte a nuestros propios criterios. San Pablo nos exhorta en la segunda lectura: «No se amolden a este mundo, sino transfórmense interiormente para poder discernir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Y justamente aquí aparece una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo: el mundo nos propone constantemente que nos elijamos a nosotros mismos. Se nos invita a poner por encima de todo nuestro bienestar, nuestra realización personal, nuestra comodidad, nuestra imagen, nuestros proyectos y nuestros deseos; a evitar todo aquello que implique sacrificio o renuncia. Pero Cristo ha elegido otro camino: no se eligió a sí mismo, sino que nos eligió a nosotros. Y nos amó hasta el extremo, incluso cuando ese amor lo condujo al sufrimiento y a la cruz.

Por eso Jesús añade: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». No se trata de buscar el sufrimiento por sí mismo, sino de aceptar que el amor verdadero siempre puede exigir entrega, renuncia y sacrificio. Pedro quería un Mesías según una sabiduría humana que no comprendía la lógica del amor que se entrega. También nosotros podemos caer en la tentación de construir un cristianismo a nuestra medida: reconocer a Jesús como Salvador, pero rechazar el camino por el que Él ha querido salvarnos. Sin embargo, seguir a Cristo significa no sólo reconocer quién es, sino aprender a caminar detrás de Él.

La segunda lectura nos ofrece precisamente el camino para hacerlo: no conformarnos con los criterios de este mundo, sino dejar que Dios transforme nuestra manera de pensar para poder discernir su voluntad. Porque la lógica de Cristo no es la de conservar la propia vida a cualquier precio, sino la de entregarla por amor. Y aunque hoy experimentemos cansancio, sufrimiento o tribulación, sabemos que no tienen la última palabra. El camino de la cruz conduce a la resurrección y Cristo vendrá en su gloria. 

Pidamos, entonces, la gracia no sólo de reconocer a Jesús como el Mesías, sino de reconocer también su camino; de no querer enseñarle a Dios cómo debe salvarnos, sino de aprender nosotros a seguirlo. Sólo así podremos descubrir que la vida entregada por amor no se pierde, sino que encuentra en Cristo su verdadera plenitud.


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domingo, 23 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Pbro. Alexis Rosales


Lecturas del día: Libro de Isaías 22,19-23. Salmo 138(137),1-2a.2bc-3.6.8bc. Carta de San Pablo a los Romanos 11,33-36

Evangelio según San Mateo 16,13-20.

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?".
Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas".
"Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.
Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.
Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".
Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Homilía por el Pbro. Alexis Rosales

Queridos amigos:

En el evangelio de este domingo, Jesús hace dos preguntas a sus discípulos, primero una pregunta general, ¿Quién dice la gente que soy? Y aquí recibe diversas respuestas.

Luego la pregunta se dirige a los discípulos, Y ustedes ¿quién dicen que soy?

Las palabras de Jesús no son cosa del pasado, es por eso que la pregunta realizada a los suyos resuena hoy para nosotros que somos sus discípulos y misioneros del 2026.

¿Quién es Jesús para mí?  La respuesta que da Pedro la tenemos bien clara, pero es la respuesta de Pedro, no podemos vivir copiando las respuestas de otro, nuestra respuesta tendrá que ser lo más original y sencilla. Nuestra respuesta nace del encuentro con Jesús, sin ese profundo tinkunaco con Jesús, es imposible balbucear una respuesta. Pedro es capaz de dar una respuesta, que fue madurando en el corazón en base a su propia experiencia “Tu eres el mesías, el hijo de Dios vivo"

¿Dónde podemos tener una experiencia fuerte de encuentro con Jesús? Los lugares son muy diversos, la eucaristía, la reconciliación, una misión, un retiro espiritual, otro hermano que nos habló de Jesús, un enfermo que visitamos, un niño que nos regaló una sonrisa, en estos lugares Jesús está vivo y actuante, tenemos que afinar el oído y el corazón para escucharlo.

Cuando tengo un encuentro con Jesús en la Eucaristía, hecho pan, adquiero la experiencia de Jesús que se queda para alimentar al cansado, cuando me encuentro con Jesús en la reconciliación, tengo la experiencia del abrazo misericordioso del padre, me encuentro con la dulzura del perdón,  cuando me encuentro con Jesús en un retiro, tengo la experiencia de estar con Jesús a solas, en el silencio, estando con quién verdaderamente nos ama, cuando me encuentro con Jesús en el hermano, tengo la experiencia de un Jesús que elige el corazón del hombre para poner allí su carpa, un Dios que quiere habitar en el alma, cuando me encuentro con Jesús en un enfermo, hago experiencia del Jesús que sufre, Jesús acompaña el dolor y lo redime, cuando me encuentro con Jesús en un niño, experimento el Dios que se hace pequeño, pobre y necesitado, un Dios que elige como lenguaje la ternura, la bondad y la paz, un Dios que prefiere la humildad y la fragilidad, hasta aquí algunas de las experiencias, ustedes cómo lectores pondrán las suyas y descubrirán quién es Jesús para ustedes.

Deseo de corazón que este gran tinkunaco se dé en lo profundo del alma  de cada hombre, y que después de vivir intensamente este domingo, podamos dar una respuesta a Jesús.

Que tengas una excelente jornada.

Tinkunaco: palabra que proviene de quechua, que significa encuentro.


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domingo, 16 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo XX con P. Diego Olivera



Lecturas del día: Isaías 56,1.6-7 / Salmo 67(66),2-3.5.6.8. / Romanos 11,13-15.29-32.

Evangelio según San Mateo 15,21-28.

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". Pero él no le respondió nada. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: "Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos". Jesús respondió: "Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!". Jesús le dijo: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". Ella respondió: "¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!". Entonces Jesús le dijo: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!". Y en ese momento su hija quedó curada.


"Una mujer de las periferias nos ayuda a fortalecer nuestra Fe" P. Diego Olivera

Las lecturas de este domingo nos presentan una pregunta muy concreta: ¿quiénes tienen lugar en el corazón de Dios? 

El profeta Isaías nos brinda una respuesta: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Esta respuesta se presenta como contraposición a la mentalidad de muchos judíos de la época de Jesús, que esperaban al Mesías principalmente como aquel que restauraría a Israel, liberaría a su pueblo y cumpliría las promesas hechas a David. Pero Isaías plantea la misión universal de Jesús como el abrazo misericordioso de Dios para restaurar toda la humanidad, enviado no solamente para los que pertenecen al pueblo de Israel, no solamente para los que cumplen determinadas condiciones, sino para todos, todos, todos.

El salmista invita a todos los pueblos a dar gracias al Señor por su gran misericordia, en consonancia con las palabras de Isaías. ¡Que los pueblos te den gracias, Señor,
que todos los pueblos te den gracias!

San Pablo, en el capítulo 11 de la carta a los Romanos, siendo judío explica que la misericordia se extiende también a los que estaban fuera del pueblo de Israel, afirma que Dios ha abierto el camino de la Salvación para otros pueblos, la misericordia de Dios es para todos, sin exclusión alguna, incluidos los pueblos paganos o los gentiles a quienes algunos judíos llamaban “perros” como insulto o desprecio ya que los perros eran considerados animales salvajes que merodeaban por la basura, por lo tanto eran considerados impuros por no seguir la ley de Moisés ni practicar la circuncisión. La misericordia de Dios supera leyes y fronteras

En el Evangelio Jesús se encuentra con una mujer extranjera, no pertenece al pueblo de Israel, sería una mujer de la periferia (como muchas veces escuchamos en palabras del papa Francisco). Esta mujer supera las barreras sociales y religiosas, no tiene miedo al prejuicio, se acerca a Jesús y le grita: "¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio". En este grito la mujer reconoce a Jesús como el Mesías, aquel viene a restaurar todo con su misericordia, suplica piedad por una situación de dolor familiar. Jesús se queda en silencia, parece que no la escucha. Cuantas personas hoy gritan desde sus dolores pero para muchos esos es molesto, así lo experimentan los discípulos, ellos no están preocupados por la aflicción de la mujer sino que les incomoda que una mujer extranjera, considerada impura se acerque a ellos, quieren que Jesús la atienda para rápidamente sacársela de encima, una historia que se sigue repitiendo en nuestra cultura que nos propone el modelo de “sálvese quien pueda” cayendo en la indiferencia ante el dolor de los demás, considerando molestos o locos a quienes gritan con dolor por un pedido de justicia y paz.

Ante el pedido de los discípulos, Jesús responde con los criterios judíos de esa época, que consideraba al Mesías como enviado solo para el pueblo de Israel. La mujer se postra ante Jesús, él le dirige la palabra y ella se convierte en la protagonista de la escena, ahora es escuchada por todos la. Jesús frena y dialoga con la mujer extranjera, aquella que esta fuera de las fronteras culturales y religiosas del pueblo de Israel pero sin embargo él no la considera impura, como los demás y le plantea una metáfora inspirada en la concepción judía sobre la misión del Mesías: "No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros". “Los hijos” representan al pueblo de Israel, quienes recibieron la ley dada por Dios, “el pan” representa la ayuda divina y las bendiciones de Dios Padre por medio de su Hijo Jesucristo y “los cachorros” representa a los gentiles o extranjeros pero Jesús no usa la palabra “perros” sino que usa una palabra representando la pequeñez y la cercanía de los animales domésticos, tomando distancia de la concepción judía que considera perros callejeros o salvajes a los extranjeros. Y la mujer no se siente ofendida, responde con humildad demostrando su gran fe en el Mesías, ella no exige el primer lugar, sabiéndose fuera de la ley judía, también se considera heredera de la misericordia de Dios.

Y Jesús la pone en primer lugar al afirmar: "Mujer, ¡qué grande es tu fe!, la exalta, la propone como modelo de fe para los demás, llega desde la periferia pero ocupa un lugar central en el Evangelio y  a la luz de este texto se nos recuerda la misión de Jesús expresada por él mismo en el capítulo 4 del evangelio de Lucas, tomando las palabras del capítulo 61 de Isaías:  "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor". A lo largo de toda su vida, Jesús vivió estas palabras.

Queridos hermanos, hoy necesitamos aprender de aquella mujer cananea: Aprender a no abandonar cuando Dios parece guardar silencio. Aprender a seguir rezando cuando todavía no vemos la respuesta. Pero también aprender algo más profundo: a mirar a las personas con los ojos de Jesús. Quizás alguien que nosotros consideramos “de afuera” tenga una fe que nosotros necesitamos renovar. Quizás aquel que llega por primera vez a nuestra comunidad tenga algo que enseñarnos. Quizás ese joven que está lejos de la Iglesia esté buscando a Dios con más sinceridad que quienes llevamos años dentro.

Que nuestras comunidades puedan ser verdaderamente aquello que anuncia Isaías: una casa de oración para todos los pueblos. Una Iglesia con las puertas abiertas, una Iglesia que sale al encuentro, una Iglesia que no mira desde arriba a las periferias, sino que camina hacia ellas. Porque la Iglesia no existe para unos pocos. Existe para anunciar la misericordia de Dios a todos. Muchas veces pensamos que nosotros tenemos que llevar a Dios a las periferias. Y el Evangelio de hoy nos recuerda algo todavía más profundo: Dios ya está allí. Y quizás tenemos que dejarnos evangelizar por quienes encontramos en las periferias.

Por eso hoy podríamos pedirle al Señor tres cosas:

Señor, danos una fe como la de aquella mujer.

Una fe que no se rinde.

Señor, danos un corazón como el tuyo.

Un corazón que no levante fronteras.

Y Señor, enséñanos a salir hacia las periferias.

Porque allí también estás vos.



Feliz y bendecido domingo para todos

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domingo, 9 de agosto de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera, OP


Lecturas del día:
Primer Libro de los Reyes 19,9a.11-13a. Salmo 85(84),9ab-10.11-12.13-14. Carta de San Pablo a los Romanos 9,1-5.

Evangelio según San Mateo 14,22-33.

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud.
Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra.
A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar.
Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. "Es un fantasma", dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman".
Entonces Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua".
"Ven", le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él.
Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: "Señor, sálvame".
En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?".
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.
Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios".

Homilía por Fray Josué González Rivera, OP

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó.

Hermanas y hermanos:

¿Cuáles son los miedos y las preocupaciones que nos hacen sentir como ahogados? A veces decimos que hay cosas o situaciones en las que “sentimos el agua hasta el cuello”. Sin duda alguna, esta experiencia cotidiana puede asemejarse a la del ahogo, entendiéndolo como una amenaza a nuestra propia vida, como aquellas situaciones límite que nos ponen a prueba y nos hacen querer salir a la superficie para tomar aire. En nuestra vida personal, profesional y, por qué no, también religiosa, podemos experimentar ese “ahogo”. Sin embargo, el Evangelio de este domingo nos muestra cómo enfrentar y vivir esas situaciones de manera creyente, sabiendo que Jesús está allí: Él es quien nos tiende la mano para salir a flote, para ponernos en una situación de seguridad y para calmar las tormentas que también pueden sacudir y amenazar la barca en la que nos encontramos.

En este domingo vemos a un Dios que se manifiesta en la naturaleza. El profeta descubre a Dios en ella, pero, aún más, no en su fuerza violenta, sino en aquella brisa que nos envuelve. Sabemos que Dios utiliza la naturaleza para comunicarse con nosotros, pero Él no es la naturaleza misma, sino algo distinto de ella: algo más grande, que la sostiene. En Jesús queda claro que Dios es el Señor de la naturaleza. Con su presencia controla los elementos y puede caminar sobre las aguas. Una de las interpretaciones que he escuchado sobre este texto va precisamente en este sentido: Pedro también quiere, desde su condición humana, caminar sobre el agua, ser señor de la naturaleza; pero se hunde.

Hay momentos en los que la realidad se nos impone. El ser humano, con sus tecnologías, su ciencia y sus propias ideas, a veces quiere caminar sobre la naturaleza, dominarla; pero la realidad se impone: la realidad natural, con su fuerza, su violencia y su poder. Sin embargo, cuando entramos en la presencia de Jesús, podemos enfrentarnos a todas esas adversidades. Inclusive podríamos pensar aquí en la dimensión ecológica tan actual. No para convertirnos en señores y amos de la naturaleza, sino para ser sus guardianes, sabiendo que el verdadero Señor de la naturaleza es Él.

Y es Pedro quien descubre dónde está la seguridad. No está de más recordar que aquella barca en la que sube Jesús, en la que también está Pedro y en la que finalmente se calman los vientos, ha sido entendida desde antiguo por los Padres de la Iglesia como símbolo de la propia Iglesia. Ella navega por esas aguas con la confianza de haber reconocido que Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios. Hoy en día, esa barca se sigue viendo amenazada por vientos y tempestades. Pero la confianza en saber que Jesús cuida de ella debe animarnos a seguir navegando, a mantener el rumbo, con la certeza de que Él nos dará esa paz y esa tranquilidad.

 

A lo largo de nuestra propia vida podemos acudir al Señor y descubrir cómo aparece su mano, ofreciéndonos una salida para no ahogarnos. Esa mano de Dios puede hacerse visible en sus sacramentos, en su Palabra y cuando oramos con Él; pero también puede hacerse presente en la comunidad, en las hermanas y los hermanos que nos tienden la mano para ayudarnos a seguir adelante y a subir nuevamente a la barca. Claro está que, nosotros también, en nombre de aquel que es el Señor de la naturaleza, estamos llamados a tender nuestras manos para ayudar a los demás, para que no se dejen ahogar.

Que podamos reconocer en nuestras vidas aquellas manos del Señor que se nos tienden y que seamos también instrumentos mediante los cuales Él tienda su mano a los demás: para ayudarlos a salir adelante, para ofrecerles apoyo y para hacer posible esa experiencia comunitaria. San Pablo incluso estuvo dispuesto a estar separado de su pueblo y de su gente, de los judíos, para convertirse en predicador de los gentiles, porque también ellos necesitaban esa mano misericordiosa que los sacara de la condición de pecado y de ignorancia en la que se encontraban, para descubrir la riqueza del Evangelio de Jesucristo.

Que podamos subir a la barca, ayudados por el Señor, y que podamos también tender manos misericordiosas a los demás.

Bendiciones.


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