martes, 17 de julio de 2018

CELEBRACIÓN DE LOS MÁRTIRES: CARLOS Y GABRIEL (17 y 18 de Julio)


En estos días se llevara a cabo la celebración de los mártires Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville al cumplirse 42 años de su secuestro y asesinato. A continuación una breve reseña de sus vidas:

Fray carlos de Dios Murias (sacerdote profeso de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales)


Nació en Cordoba el 10 de octubre de 1945. Fue consagrado sacerdote en 1972 por Monseñor Enrique Angelelli. Junto al P. Gabriel Longueville realizó su tarea pastoral en la parroquia El Salvador del departamento de  Chamical. Ambos fueron secuestrados y asesinados en Bajo de Luca el 18 de Julio de 1976.

Padre Gabriel Joseph Roger Longueville (sacerdote diocesano)



Nació el 18 de marzo de 1931 en un pueblito rural de Francia, Etables, en la Diócesis de Viviers.  Fue ordenado sacerdote el 23 de julio de 1957.  Gabriel quería llevar el Evangelio de Jesús más allá de las fronteras de su Patria. Así, luego de prepararse en México, llega a Corrientes, Argentina en 1970. En marzo del año 1971 el Padre Gabriel se incorpora a la diócesis  de La Rioja, donde Mons. Angelelli lo destina a la Parroquia de Chamical.

Así lo recuerda la gente de esa comunidad. “Entre nosotros fue humilde servidor, muy sencillo, cercano a los pobres, hombre de profunda vida interior con un fino sentido del humor".

Estaba cenando con el P. Carlos y las religiosas de la parroquia cuando los captores vinieron a buscar al P. Carlos. Preguntaron sólo por él. Cuando éste los siguió, el P. Gabriel no quiso dejarlo ir solo. Le dijo “Voy con vos”.

Ambos fueron secuestrados y asesinados en Bajo de Luca el 18 de Julio de 1976.
Mons. Angelelli en la misa responsorial de Carlos y Gabriel


Este memorial se realizará en el departamento de Chamical, provincia de La Rioja los días 17 y 18 de Julio. A continuación el cronograma de actividades:




Cabe mencionar que el santo padre Francisco autorizó la promulgación del Decreto que reconoce el martirio de los Siervos de Dios Mons. Enrique Angelelli P. Gabriel, Fr. Carlos de Dios Murias y Wenceslao Pedernera, laico y  padre de familia, asesinados por  odio a la fe en la provincia de La Rioja, Argentina en 1976. (Leer información oficial del Vaticano) - (Leer la circular del obispo Marcelo Colombo)






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sábado, 14 de julio de 2018

Homilía Dominical: "De dos en dos y sólo con un bastón" - Diego Fares, SJ





Evangelio según San Marcos 6, 7-13. 

Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero;  que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: "Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos". Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo. 

"De dos en dos y sólo con un bastón"

La imagen de los apóstoles así enviados es una imagen llena de dinamismo evangélico: en el corazón el anuncio y la mirada puesta en el camino. 

¿Y en qué consiste la misión? Hay que leer bien y mirar la escena del envío una y otra vez, en cada evangelista, para darle al evangelio la oportunidad de sorprendernos, de ser “buena nueva”, hoy, para nosotros.

Lo primero que resalta en el pasaje, si uno quiere ver bien de qué se trata el envío es, por tratar de decirlo de alguna manera, un freno a toda interpretación funcionalista y un movimiento inverso que tiene una fuerza irresistible: el pasaje del envío en Marcos nos retrotrae a Jesús.

Si uno lee bien en Marcos, sorprende un poco que Jesús no les dice “a qué los envía”. Lo deducimos por los últimos versículos, en los que describe lo que dijeron  y lo que hicieron –exhortar a la conversión, expulsar demonios y ungir con óleo a los enfermos-. 

Cuando uno envía a un cadete sigue el movimiento del evangelio –lo llama, le dice: “Vení un momentito”, pero inmediatamente agrega: “llévame esto a tal parte y decile a fulano…”-. Uno lo acerca al otro pero para hacer hincapié en lo que tiene que hacer. Lo que le interesa es que el sobre o la plata llegue rápido al otro. 

Mateo sigue esta lógica: dice que Jesús “llamó a los Doce y les dio autoridad sobre los espíritus impuros…” y señala inmediatamente el fin práctico “para expulsarlos y para curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 10, 1 ss.). Lo mismo hace con las instrucciones, además de dar las órdenes sobre lo que no hay que llevar, explicita el mensaje positivo: “proclamen que el reino de los cielos está cerca, curen enfermos, resuciten a los muertos…”. Lo mismo hace Lucas: “Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar (Lc 9 1 ss.).

Marcos en cambio no menciona el para qué y se detiene prolijamente en la descripción de lo que no tienen que llevar –ni pan, ni mochila, ni monedas en la faja… solo sandalias, no más de una túnica.- y en cómo tienen que actuar con los que los reciben y con los que los rechazan. Estos dos largos párrafos y la corta mención de lo que hicieron –exhortaron a la conversión, expulsaron demonios y sanaron enfermos- nos retrotrae (si uno quiere detenerse a contemplar qué es lo que Marcos considera esencial en la Misión) al primer párrafo. Y allí cobra fuerza lo personal: Jesús los llamó junto a sí y los envió de dos en dos dándoles autoridad. 

El que los llama junto a sí es un Jesús que ha salido a recorrer los poblados y pasa el día enseñando a la gente personalmente. Un buen día se para y en vez de salir Él los envía a ellos. En vez de andar ellos tras Él siguiéndolo y mirando cómo enseña, ahora Él se detiene, los envía y espera a que vuelvan “a contarle lo que han hecho” (Mc 6, 30). Esta dinámica se repite al final del evangelio de Marcos “que termina de manera inesperada” como dice el Libro del pueblo de Dios, “y por eso se le agregó una conclusión a manera de resumen”. Pero no es quizás tan inesperado el final si uno se fija en lo que resalta Marcos al dejar cosas sin explicitar. Así como los apóstoles “salieron” enviados por Jesús, así “salieron” las mujeres del sepulcro, enviadas por el ángel: “vayan a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo”. Este “lo verán como les dijo” no solo se refiere a una predicción puntual del Señor sino que puede indicar también un “modo de verlo y de contemplarlo resucitado en toda su vida”, cosa que se da a entender en esto de volver a Galilea, a los comienzos, a descubrir a Jesús resucitado releyendo todo el evangelio. 

La dinámica de Marcos es la de la misión: Jesús envía y por el camino se va explicitando a qué envía. Jesús envía y se adelanta a esperar. En el medio está la misión, pero a Marcos le importa menos explicitar lo que hay que hacer que centrarnos en este Jesús que nos llama junto a sí, nos envía y nos espera a que volvamos a El (vengan también ustedes a descansar un poco -Mc 6, 30).
Contemplado así, quizás no sea tan “inesperado” el final de Marcos. De hecho llevó a la comunidad a “completar lo que faltaba haciendo un resumen de todos los evangelios”. Vemos cómo intuitivamente el movimiento de la narración, terminada abruptamente, hace que uno se retrotraiga a lo anterior y se abra a otras narraciones. ¡Genialidades narrativas del evangelio! diría Borges. 

Cobra también importancia lo personal –el de dos en dos y lo de la autoridad- al no explicitar el mensaje y al insistir en lo que no hay que llevar. Jesús suma personas y resta cosas. Pensemos en todo lo que suscita este ir de a dos sin tecnología y sin mucho plan pastoral. Dos que caminan juntos, dos que se entienden, dos que concuerdan y actúan sin “dividirse el trabajo”. Hay todo un mensaje aquí contra la tentación del individualismo, del rodearnos de cosas y tareas que nos alejan del poder compartir el camino con otros por cuestiones de agenda. Apóstoles que somos como planetas que se tocan y salen disparados como bolas de billar, cada uno atraído por su órbita y sin poder entrar armónicamente en la del otro. Detrás y en el fondo de este “de dos en dos” está el “de a dos” de Jesús y el Padre: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20, 21). En un envío despojado de medios y de contenidos teóricos y de actividades para realizar, se destaca esto personal de a dos y en comunidad (los Doce) que es el corazón de la misión. El ir de a dos –dentro de una comunidad de Doce- necesariamente remite a Otro, que se da el lujo de no dividir a los pocos que tiene porque no quiere tanto que realicen un trabajo como que den testimonio de un Amor especial. Lo dice Juan en su carta: “nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9-14).

En el último encuentro de los Consejos Administrativos de Manos Abiertas en Alta Gracia, una experta en Movilización de Recursos nos hizo hacer nuevamente el ejercicio de “definir” Manos Abiertas  y hacía notar que nos resultaba difícil lograr una única definición concisa. El objetivo de los que tratan de obtener recursos es poder transmitir un mensaje claro y atrayente a otro en lo que dura un viaje en ascensor. La dificultad para definir bien el qué y el para qué y todas esas cuestiones de misión y visión, se daba, sin embargo en un contexto y con una intensidad especiales. El padre Fernando hizo notar la “pasión” con que tratábamos de definir y con que poníamos manos a la obra en Manos Abiertas. Yo le pregunté a la expositora si notaba alguna diferencia con las reuniones que hacía con empresarios y me dijo “Sí. Ustedes están aquí tres días porque quieren y eso se nota por la alegría”. 


La pasión por ir definiendo el mensaje y la tarea en el camino y la alegría de estar juntos hacen a la esencia de la Misión de Jesús. El “qué” lo van dando el Espíritu y la realidad.

Diego Fares, SJ

 Fuente: Liturgia y espiritual Dominical


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HOY CELEBRAMOS A SAN FRANCISCO SOLANO!!!


San Francisco Solano, Misionero, nació en 1549, en Montilla, Andalucía, España. Su padre era alcalde de la ciudad, y el jovencito desde muy pequeño se caracterizó por su habilidad en poner paz entre los que se peleaban.    Estudió con los Jesuitas, pero entró a la comunidad Franciscana porque le atraían mucho la pobreza y la vida tan sacrificada de los religiosos de San Francisco. Los primero años de sacerdocio los dedicó a predicar con gran provecho en el sur de España.. Es que rezaba mucho antes de cada predicación.    Primer contagio. Llegó a Andalucía la peste del tifo negro y Francisco y su compañero Fray Buenaventura se dedicaron a atender a los enfermos más abandonados.

Buenaventura se contagió y murió (y ahora es santo también) luego se contagió también Francisco y creyó que ya le había llegado la hora de partir para la eternidad, pero luego, de la manera más inesperada, quedó curado.    El rey Felipe II pidió a los franciscanos que enviaran misioneros a Sudamérica y entonces sí fue enviado Francisco a extender la religión por estas tierras. Fue una gran alegría para su corazón. Cuando los marineros se desesperaban lo único que podía calmarlos era la intervención del Padre Francisco.    Lograron que un barco los llevara a la ciudad de Lima. Fray Francisco Solano recorrió el continente americano durante 20 años predicando, especialmente a los indios.

Pero su viaje más largo fue el que tuvo que hacer a pie, con incontables peligros y sufrimientos, desde Lima hasta Tucumán (Argentina) y hasta las pampas y el Chaco Paraguayo.-    Más de 3,000 kilómetros y sin ninguna comodidad. Sólo confiando en Dios y movido por el deseo de salvar almas. Y le sucedió en aquel gran viaje misionero, que lograba aprender con extraordinaria facilidad los dialectos de aquellos indios a las dos semanas de estar con ellos. Y le entendían todos admirablemente sus sermones. Sus compañeros misioneros se admiraban grandemente de este prodigio y lo consideraban un verdadero milagro de Dios.



Pero lo más admirable es que las tribus de indios, aun las más belicosas, y opuestas a los blancos, recibían los sermones del santo con una docilidad y un provecho que parecían increíbles.   Un Jueves Santo estando el santo predicando en La Rioja (Argentina) llegó la voz de que se acercaban millares de indios salvajes a atacar la población. El peligro era sumamente grande, todos se dispusieron a la defensa, pero Fray Francisco salió con su crucifijo en la mano y se colocó frente a los guerreros atacantes y de tal manera les habló (logrando que lo entendieran muy bien en su propio idioma) que los aborígenes  desistieron del ataque y poco después aceptaron ser evangelizados y bautizados en la religión católica (Leer Tinkunaco). El Padre Solano tenía una hermosa voz y sabía tocar muy bien el violín y la guitarra. Y en los sitios que visitaba divertía muy alegremente a sus oyentes con sus alegres canciones.

Un día llegó a un convento donde los religiosos eran demasiado serios y recordando el espíritu de San Francisco de Asís que era vivir siempre interior y exteriormente alegres, se puso a cantarles y hasta a danzar tan jocosamente que aquellos frailes terminaron todos cantando, riendo y hasta bailando en honor del Señor Dios. San Francisco Solano misionó por más de 14 años por el Chaco Paraguayo, por Uruguay, el Río de la Plata, Santa Fe y Córdoba de Argentina, siempre a pie. Un día en el pueblo llamado San Miguel, estaban en un toreo, y el toro feroz se salió del corral y empezó a cornear sin compasión por las calles. Se le acercó a Fray Francisco y le lamía las manos y se dejaba llevar por él otra vez al corral.    Por orden de sus superiores, los últimos años los pasó Fray Francisco en la ciudad de Lima predicando y convirtiendo pecadores.

Entraba a las casas de juegos y hacía suspender aquellos vicios y llevaba a los jugadores a los templos. En los teatros, en plena función inmoral hacía suspender la representación y echaba un fogoso sermón desde el escenario, haciendo llorar y arrepentirse a muchos pecadores. En plena plaza predicaba al pueblo anunciando terribles castigos de Dios si seguían cometiendo tantos pecados y esto conseguía muchas conversiones.    En mayo de 1610 empezó a sentirse muy débil. Los médicos que lo atendían se admiraban de su paciencia y santidad. El 14 de julio, una bandada de pajaritos entró cantando a su habitación y el Padre Francisco exclamó: "Que Dios sea glorificado", y expiró.    Desde lejos las gentes vieron una rara iluminación en esa habitación durante toda la noche.

Fuente:Santoral de www.evangeliodeldia.org

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miércoles, 11 de julio de 2018

Angelelli: ¿qué significa martirio “en odio de la fe”?



Como un sol tibio en una mañana de invierno fue para muchos de nosotros la noticia de la próxima beatificación del obispo Enrique Angelelli y sus compañeros mártires. Las crónicas agregan que serán declarados mártires por haber sido asesinados “en odio de la fe” (odium fidei). Algunos pueden preguntarse qué significa realmente esta expresión ya que una lectura literal de lamisma puede llevar a confusión. Podría objetarse -por ejemplo- que quienes mataron a Angelelli no odiaban la fe cristiana, más bien al contrario, algunos de ellos eran fervientes católicos. De aquí podría llegarse a la apresurada conclusión de que sus muertes fueron por cuestiones políticas, no religiosas y que por tanto se estaría forzando la interpretación de la historia al declararlos mártires. Por eso creemos que merece ensayarse una somera explicación sobre qué significa el martirio in odium fidei.

¿Qué es el martirio?

La primera etapa que debemos recorrer en este camino es preguntarnos acerca del significado del martirio. El mártir por excelencia es Cristo. Él entrega voluntariamente su vida para dar testimonio del amor misericordioso del Padre. Muchos otros en la historia han dado su vida por Jesucristo o por encarnar sus enseñanzas. La Iglesia los considera mártires porque sus muertes están asociadas a la muerte de Cristo. Etimológicamente mártir significa testigo. Como Cristo, que es el “testigo fiel” (Apoc 1,5), digno de fe, que da fe del amor de Dios y este testimonio provoca en nosotros la fe.  Del mismo modo, la sangre de los mártires mezclada con la de Cristo suscita nuestra fe, hace creíble la Buena Noticia que trajo Jesús y que la Iglesia transmite. Bien lo entendía Tertuliano cuando plasmó la inspiradora sentencia: “sangre de mártires, semilla de cristianos”.

Desde los primeros mártires asesinados por el imperio romano hasta el presente, el concepto de martirio ha tenido distintas acentuaciones. No corresponde aquí ofrecer una panorámica. Pero sí notar que el Concilio Vaticano II aportó una visión propia del martirio donde lo normativo es el amor de Cristo. Por tanto, el acento no está tanto en la profesión de fe del mártir sino en el amor que está en la base del testimonio del santo. La noción preconciliar insistía en que la muerte debía ser instigada por un rechazo a la fe del mártir. En cambio, Lumen Gentium 42 al hablar de martirio no nombra la profesión de fe, aunque ciertamente la supone, sino que prefiere hablar de martirio como signo del amor que se abre hasta hacerse total donación de sí (cf. R. FISICHELLA, Voz: Martirio en Nuevo Diccionario de Teología Fundamental, Paulinas, 1992).

Desde esta perspectiva Karl Rahner, movilizado por el asesinato de Romero en El Salvador escribió sobre la necesidad de ampliar el concepto tradicional de martirio de modo que incluya a quienes mueren luchando por un valor cristiano como la justicia (K. RAHNER, Dimensiones del martirio, Concilium 183 (1983)). Allí explica que cuando decimos que el mártir muere por la fe, el término fe incluye la moral cristiana. Pone como ejemplo a Santa María Goretti, que es considerada mártir y sin embargo no murió por profesar su fe sino por defender un valor cristiano como la virginidad.

El caso de Maximiliano Kolbe es un buen ejemplo de esta ampliación del concepto de martirio que se da después del Concilio. Este sacerdote franciscano polaco murió en Auschwitz después de haberse ofrecido espontáneamente a reemplazar a uno de los prisioneros elegidos para morir de hambre. 
En 1971 es beatificado por Pablo VI no como mártir sino bajo el título de “confesor” ya que, si bien su muerte fue un acto de caridad sublime al morir por otro, no fue interrogado directamente sobre su fe. Pero en 1982 Juan Pablo II, en contra del juicio de algunos miembros de la curia romana, decide canonizarlo como mártir. De este modo, Kolbe se constituyó en el primer santo que cambió de categoría entre las dos etapas de la misma canonización (Cf. A. FROSSARD, No olvidéis el amor: La pasión de Maximiliano Kolbe, Ed. Palabra, 20055 ) Odium fidei El mártir siempre muere por odium fidei. A la luz de lo que dijimos sobre la noción posconciliar de martirio puede entenderse que es también odium fidei, el rechazo hacia conductas que son consecuencias de la fe. 
Esto ya podía encontrarse en la doctrina clásica cuando Santo Tomás se pregunta “si sólo la fe es causa del martirio” (ST II-II q124, a5). Allí explica que “a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras por las que se confiesa la fe, sino también con obras por las que se demuestra la posesión de esa fe” (ibíd.). Ilustra la afirmación con el ejemplo a Juan el Bautista, quien es considerado mártir y no murió por defender la fe sino por reprender un adulterio. Mostraría una concepción demasiado intelectualista de la fe pensar que el odium fidei solo puede aplicarse cuando la agresión se produce explícitamente contra la doctrina cristiana. Además, como bien señala J. González Faus, llevaría a la paradoja de sostener que “sólo un no cristiano podría provocar mártires. Sólo un emperador Juliano, o un gobierno ateo. Un cristiano, por cruel que fuese, no podría provocarlos pues, si se confiesa cristiano, no odiará la fe” (J.I. GONZÁLEZ FAUS, “El mártir testigo del amor”, Revista Latinoamericana de Teología 55 (2002). Desde este marco teológico podemos afirmar claramente que quienes sufren la muerte por oponerse desde sus convicciones cristianas a gobiernos que ejercieron el terrorismo de estado pueden identificarse como mártires. Aun sin olvidar que -en el caso de Angelelli y Romero, al que podría agregarse el obispo Ponce de León y tantos mártires latinoamericanos- los verdugos fueron muchas veces militares católicos, que actuaban pretendidamente en defensa del cristianismo y con la anuencia de algunos sectores de la Iglesia. Lo que hay, es odio a una de las consecuencias de la fe de estos testigos: la justicia. Un valor que ellos estimaron más que a sus vidas. Monseñor Angelelli y sus compañeros no sólo enseñaban el credo, sino todo lo que éste encierra. Especialmente, que todos somos iguales en dignidad y que luchar contra la injusticia es amar a Dios y al prójimo. En sus casos, el odium fidei tomó la forma de un odium amoris. Ese mismo amor que los llevó a la muerte y que hoy es fuente de gracia e inspiración para quienes los veneramos como mártires. 

P. Quique Bianchi, sacerdote en San Nicolás de los arroyos - Buenos Aires 

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sábado, 7 de julio de 2018

"EL PROFETA, PRESENCIA DE DIOS EN LA SOCIEDAD" - MONSEÑOR ROMERO



DÉCIMO CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ezequiel 2, 2-5

2° Corintios 12, 7-10

Evangelio según San Marcos 6,1-6. 

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo. Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa". Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

EL PROFETA ES INSTRUMENTO DE DIOS

Yo creo que aquí es donde se explayan más las divinas Escrituras que se han leído hoy.

a) Breve explicación del "profetismo": anuncia el pensamiento de otro

Siempre existió el profetismo, era una necesidad de toda religión sentir hombres intérpretes de la voluntad de sus dioses aunque fueran falsas religiones. Hubo también profetas -falsos, tal vez- aunque muchas veces -ya lo hemos repetido aquí- la salvación no es exclusiva de la Biblia ni de la Iglesia. Dios tiene mil caminos más, aún valiéndose de las religiones naturales, para llevar, por medio de los hombres inspirados, el mensaje que fue salvación para muchos que no fueron bautizados y que sin duda disfrutarán el cielo, tal vez, hasta más alto que muchos bautizados, porque fueron fieles a escuchar lo que la voz del Espíritu hablaba por medio de esos hombres. Pero aquí nos referimos de manera especial a los profetas clásicos, a los que Dios llamó y nos consta en la Sagrada Biblia: el instrumento de Dios.

b) Dios sigue siendo el principal

Efectos del Espíritu

- Pone en pie al Hijo de Hombre

Miremos como se presenta Ezequiel hoy: "El Espíritu entró en mí y me puso en pie". Este es el primer efecto. El hombre no es más que hijo de Adán, barro, criatura, mezclado con las mentiras de l atierra. Si Dios llama a un hijo de la tierra para que abra su capacidad de recibir el Espíritu de Dios, lo primero que este barro siente es que se pone en pie, que se eleva, que hay una dimensión vertical que lo une con un Dios en nombre del cual tiene que hablar.

- Otro efecto: puede decir: "Esto dice el Señor". Presencia de Dios.

El profeta, lleno de Espíritu de Dios, va al mundo y realiza lo que hemos dicho como tema de esta homilía: la presencia de Dios en la sociedad, en la historia, en el mundo. Ya no podrán decir que Dios no les ha hablado: "Esto dice el Señor". Te atiendan o no te atiendan, tú eres presencia del Dios en medio de la sociedad -Dios muchas veces estorba-. No tengas miedo. Pero el pueblo dirá: "Hubo un profeta que nos anunció la presencia de Dios".

- Capacitado para la misión.

El profeta, barro de la tierra que mira la misión que Dios le manda, por ejemplo, cuando Dios le dice a Moisés: "Vete al Faraón, que deje salir a mi pueblo de Egipto". ¡Qué pequeño se sintió Moisés: "Señor, pero ¿quién soy yo para presentarme al gobernante y sacar a mi pueblo?". son misiones imposibles, son misiones que exceden exageradamente, infinitamente, algo que sólo Dios puede hacer. Cuando Dios le dice a Jonás: "Vete a predicar a Nínive", el profeta prefiere huirse. Es tan grande la misión. Y Dios lo lleva a la fuerza para cumplir la misión de predicar a Nínive. La primera impresión que el profeta siente es su pequeñez, su pequeñez ante la grandeza de la misión. Sin embargo, Dios le dice: "No digas que no puedes. Yo iré contigo". Nadie se podrá oponer a esta presencia que va con el profeta.

- Eso, naturalmente, trae un peligro de vanidad, y aquí la segunda lectura nos habla cómo el profeta conjura el peligro de la vanidad. Es tan idéntica su misión con el mensaje de Dios que muchas veces, como a Juan Bautista, creen que él es el Redentor. A Pablo lo querían adorar, a Pedro le querían ofrecer víctimas, y ellos tenían que decir: "No, cuidado, somos hombres simplemente. Adoren a Dios, obedezcan a Dios, que es el que por medio de nosotros, sus instrumentos inadecuados, es el que habla. No termine en nosotros, persona humana, el homenaje, el respeto, la obediencia; diríjanselo a Dios".

- "Una espina en mi carne"

San Pablo, defendiendo su causa profética, en la segunda carta a los Corintios, hoy, dice que tuvo visiones maravillosas que lo hacen sentirse muy superior a todos los hombres.
Ha visto tan cerca la majestad de Dios, el desenlace de la historia, el fin terrible de los malos y desenlace de los buenos. Él conoce mejor que nadie esto y se puede sentir casi un Dios; y, sin embargo, dice: "Para que no me engría, para que no me envanezca, para que no me crea más de lo que soy, barro de la tierra, entonces el Señor puso en mi carne, ha metido en mi carne, una espina, un emisario de Satanás que me apalea para que no sea soberbio". Es una de las frases más difíciles de la Biblia. ¿Qué era esta espina de la carne?. Según los comentaristas más modernos se trata de alguna enfermedad, una enfermedad crónica. Quién sabe si un dolor de vista, ataques que le daban, algún mal de estómago, algo que lo hacía sentirse tan inútil para poder decir: "Lo que se está haciendo no es obra mía, es de Dios; y para que no sea tan soberbio me ha puesto esa espina". Miren cómo se ve la enfermedad, el dolor, la humillación cuando se tiene fe: espina de Satanás, porque es el único que puede poner obstáculos al reino de Dios.

- La fuerza de la debilidad: "Te basta mi gracia"

Entonces Pablo cuenta, en el pasaje de hoy, que en vista de esta debilidad y de este estorbo, tres veces le dijo al Señor que le retirara ese estímulo de Satanás y el señor no se lo quitó, sino que le dijo: "Te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad".
¡Qué revelación más bella para un profeta!. No es necesaria la salud. Así, todo achacoso, eres el instrumento que yo quiero, porque cuanto más débil e inútil parezcas, más lucirá la majestad y la potencia del Señor.

- Alegría de sufrir por Cristo

"Por eso -concluye San Pablo humildemente- muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo". Hermanos, ¡qué hermosa experiencia es tratar de seguir un poquito a Cristo y a cambio de eso, recibir en el mundo la andanada de insultos, de desconfianzas, de calumnias: las pérdidas de amistades, el tenerlo uno por sospechoso!. Todo eso está  profetizado y Pablo gozaba como se goza todo aquel que goza de su debilidad. Cuanto más inútil aparezca para los hombres, cuanto más despreciable me haga la persecución, cuánto más inútil sea para aquellos que tal vez me creyeron grande y ahora me creen juguete, basura, hoy me lleno de alegría -dice Pablo- porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. ¡Qué paradojas las del profeta!. ¡Cuando soy débil, entonces soy fuerte!.

La Iglesia, una misión profética

Es obra de Dios, y por eso no tenemos miedo a la misión profética que el Señor nos ha encomendado. Ya me imagino que alguno dice: "¡Ah, se está creyendo profeta!". No es que me crea profeta, es que ustedes y yo somos un pueblo profético, es que todo bautizado ha recibido participación en la misión profética de Cristo.

- Cristo lo entrega a los apóstoles y estos a sus sucesores

Cristo, el gran profeta que vino a traer la consumación de la misión profética, se constituye en el mensajero, en el que envía a los mensajeros, a los apóstoles y, estos, a sus sucesores, para que el encargo de Cristo llegue hasta el último confín del mundo. Pero no sólo es la jerarquía, sino que también el Concilio Vaticano II, y quiero que reflexionen, queridos hermanos, esta palabra tan hermosa para ustedes: "...El Pueblo Santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo, sobre todo con la vida de fe y caridad, y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza que es fruto de los labios que confiesan su nombre. La totalidad de los fieles que tienen la unción del Santo no pueden equivocarse cuando creen, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde el obispo hasta el último laico, presta su consentimiento universal a las cosas de fe y costumbre". Quiere decir que en ustedes, pueblo de Dios, todo eso que es: obispos, sacerdotes, religiosas, instituciones católicas, fieles, familias cristianas, formamos el pueblo de Dios y Cristo, profeta, nos ha hecho participantes de su misión profética. El Espíritu de Cristo nos ha ungido desde el día de nuestro bautismo y formamos entonces un pueblo que no se puede equivocar en creer. ¡Qué consuelo me da esto, hermanos!. Ustedes no se equivocan cuando escuchan a un obispo y cuando acuden -con una constancia que a mí me emociona- a la Catedral, a escuchar mi pobre palabra; y no hay un rechazo, sino al contrario, siento que se acrecienta más en el corazón del pueblo la credibilidad a la palabra de su obispo. Siento que el pueblo es mi profeta, a mí me está enseñando con la unción que el espíritu ha hecho en su bautismo y que los hace incapaces de aceptar una doctrina equivocada o errónea; ustedes como pueblo la rechazarían, como rechaza el organismo esos cuerpos extraños que se le meten a veces.

Fragmento de la homilía de Monseñor Romero del día 8 de Julio de 1979

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