sábado, 28 de junio de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 12,1-11. Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7.8-9. Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 4,6-8.17-18.


Evangelio según San Mateo 16,13-19.


Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?".

Ellos le respondieron: "Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas".

"Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?".

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".

Y Jesús le dijo: "Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.

Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo".


Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP


La mediación humana: gracia y escándalo

¿Por qué confesar mis pecados a un hombre? ¿Por qué ir a misa si puedo entenderme directamente con Dios? ¿Por qué “creerle” a la Iglesia? En última instancia: ¿por qué Dios ha puesto mediaciones humanas, frágiles y que comenten errores, entre Él y nosotros? Y esto no sólo es así, sino que, para mayor escándalo o admiración, llegamos hasta celebrar las maravillas que Dios ha querido obrar a través de estos mediadores humanos.


Precisamente hoy celebramos la solemnidad de San Pedro y San Pablo apóstoles, y de ambos al mismo tiempo. Cada uno por su lado tiene su fiesta particular: de San Pedro celebramos en febrero su cátedra, es decir su autoridad en la Iglesia, y de San Pablo en enero recordamos su conversión, cuando pasó de ser perseguidor a perseguido a causa de Cristo. Entonces ¿qué celebramos hoy? Nada menos que el acto definitivo de entrega total por amor a Dios, el testimonio rubricado con su sangre de que Cristo es el Señor y ellos dignos instrumentos personales y dóciles en sus manos. Hoy celebramos el martirio de San Pedro y San Pablo en la ciudad de Roma; el primero crucificado boca abajo, el segundo decapitado por la espada.


Y la pregunta permanece: ¿por qué? ¿Por qué quiso nuestro Señor Jesucristo fundar la Iglesia sobre la confesión de fe de San Pedro? Así suena hoy la Palabra de Dios en el Evangelio: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". “…Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…” ¿Por qué el Señor quiso ejercer su mediación única entre Dios y los hombres valiéndose de otras mediaciones humanas?


San Pablo dice que el mensaje del Evangelio es necedad para la sabiduría humana, y que Dios ha querido usar esta necedad de la predicación para propagar la fe, para hacer crecer a la Iglesia. Yace aquí el misterio de la fuerza de Dios que anida en la debilidad humana. Esta es la manera en que Dios en su sabiduría eterna ha dispuesto salvar a los hombres. No con la elocuencia y la persuasión humana, no con un poder incontestable, sino a través de la libertad de seres humanos frágiles y débiles que se ponen en total disponibilidad para que la fuerza de Dios obre en ellos, incluso al punto de gloriarse en las propias debilidades.


¿Por qué las mediaciones? De alguna manera providencial la mediación de otra persona, para acceder a la Iglesia y a los sacramentos, actúa como un remedio, como una medida curativa contra nuestro orgullo. Nadie puede alcanzar la salvación por sí solo, la necesidad de recurrir a alguien más ataca de raíz esta fantasía de auto salvación. Todos necesitamos alguien que nos bautice, alguien que nos transmita la fe, que nos perdone los pecados y nos alimente con la Eucaristía, entre otras cosas. Y tal vez esta sea la forma más sabia para lograr abrir camino en nosotros a la gracia que Dios nos quiere dar. Pareciera que sólo nos allanamos profunda y realmente frente a Dios cuando aceptamos la dependencia en que vivimos respecto a los demás, no sólo en la vida cotidiana, sino también en nuestra vida espiritual y de relación con Dios. 


San Pablo y San Pedro son modelos de estos medios dispuestos por Dios para fundar y extender su Iglesia por todo el mundo. Ambos experimentaron su pobreza frente a Dios y comprendieron que no se trataba de lo que ellos podían hacer, sino de lo que Dios podía y quería obrar en ellos y a través de ellos, incluso con la gracia de dar testimonio de su fe a costa de la propia vida. Comprendieron claramente que su vida entera estaba dedicada al servicio de los demás en la transmisión de la fe. Pidamos al Señor en este día la gracia de imitar a estos modelos y pilares de la Iglesia.



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viernes, 13 de junio de 2025

Se abrió la causa de canonización de un joven argentino


El pasado 9 de junio, Mons. Marcelo (Maxi) Margni, Obispo de Avellaneda-Lanús anunció la apertura de la causa de beatificación y canonización de Jorge Cristian Perez, solicitando información relativa a su vida y testimonio cristiano.

Para brindar información dirigirse al Obispado de Avellaneda-Lanús, calle Ameghino 907, Avellaneda (1870), Provincia de Buenos Aires o comunicarse: info@obispadoavelan.com /WhatsApp: (11) 2878 8412


Biografía de Jorge Cristian Pérez

Nació el 28 de septiembre de 1977 en Buenos Aires, Argentina. Recibió el sacramento del bautismo en la parroquia San José de Villa Domínico el 7 de enero del 1978.


Aproximadamente a los 16 años, se acercó a la parroquia Lujan de Sarandí, invitado por sus amigos y compañeros del colegio. En ese tiempo se fue integrando con los jóvenes de la Acción Católica. Pasó por los grupos de prejuveniles y juveniles. En ese mismo tiempo integró una banda de rock y blues en la que tocaba el bajo con algunos jóvenes de la parroquia.


En el año 1996, movido por una gran generosidad, se traslada a la Parroquia Santa Catalina de Dock Sud, para ayudar a conformar los nuevos grupos de Jóvenes de Acción Católica. Empieza un crecimiento interior muy notable. Descubre las riquezas del Acompañamiento Espiritual con un sacerdote y profundiza un camino de amistad con Jesús que le abre nuevos horizontes en la oración y el apostolado. Empieza a frecuentar el sacramento de la Reconciliación, recibió la primera comunión y el sacramento de la confirmación.  

Comienza a asomar en Jorge su capacidad de liderazgo. Con su animación y cuidado acompañaba a los jóvenes de su edad o más pequeños no solo desde el lugar de delegado sino desde una profunda amistad y hermandad para con ellos. Jorge para muchos era como un hermano mayor y aquel que les mostró el camino hacia Jesús. Tenía un modo apasionado de explicar las cosas que más le gustaban

Le gustaba jugar al futbol, tenis y andar en bicicleta. Le encantaba la música, especialmente el Rock. Era hincha del Club Atlético Independiente.

No esperaba que los jóvenes se acercaran a la parroquia. Los iba a buscar y usaba el fútbol como excusa para atraerlos. Participaba no sólo de la misa dominical, sino que cuando podía iba entre semana a escuchar la Palabra de Dios y recibir la Sagrada Comunión. Amaba rezar y cantar junto al Sagrario e invitaba a otros jóvenes para que lo acompañaran.

En el año 1997, participó de un retiro vocacional de tres días, en el seminario mayor de Villa Mercedes, provincia de Buenos Aires. Esa experiencia le ayudó a afirmar más su vocación como joven cristiano laico en la parroquia; con sus amigos, la familia y el estudio. Al terminar el secundario decidió estudiar el profesorado de geografía, en el Instituto Superior Dr. Joaquin V. Gonzalez.

En enero de 1998 fue parte del grupo misionero de la parroquia que en ese verano fueron al paraje Los Rosales, del departamento de Anta, provincia de Salta, dónde ayudó y se dejó ayudar por las buenas personas de ese lugar. En 1999 compartió con la comunidad de la parroquia Ntra. Sra. Del Rosario, en la localidad de 9 de Julio en la provincia de San Juan, una Semana Santa entera, ayudando al párroco de allí y compartiendo experiencias de vida con los jóvenes. Quedó tan vinculado, que meses después, volvió allí, adelantándose unos días a la Asamblea Federal de la Acción Católica Argentina, cuya sede iba a ser en la misma ciudad de San Juan. Se lo recuerda, entre otras cosas, como organizador de una noche heroica ante el Santísimo, con su guitarra, el canto y la oración. En esta provincia se lo recuerda muy bien hasta el día de hoy, particularmente en la localidad de 9 de Julio.

También se recuerda que ayudaba brindando apoyo escolar a aquellos muchachos que no llegaban muy bien con sus materias a fin de año. Y por el testimonio de algunos de ellos, los resultados eran bastante buenos. Tenía tiempo para todos. Para trabajar, estudiar, para su novia, para su familia, para la parroquia.

En el mes de agosto del año 2000 se realizaba la Jornada Mundial de la Juventud en Roma, un acontecimiento tan esperado por muchos y especialmente por Jorge, quien pudo inscribirse y pagar algunas cuotas para participar de la misma. El dinero lo obtenía como fruto de su esfuerzo y trabajo.

En su último fin de semana de vida, trabajó esa mañana del sábado en el colegio Santo Tomas; participó de las actividades parroquiales con los jóvenes como todos los sábados en Dock Sud; asistió de la misa de 19hs en la Iglesia Jubilar de Luján de Sarandí, que era una de las tres designadas para ganar indulgencias por el año jubilar. Indulgencia que evidente buscó alcanzar, como lo afirmó su director espiritual.

En la noche del domingo 5 de marzo llego a su casa y pudo encontrase con su mamá. Doña Mercedes, trabajaba toda la semana con cama adentro, cuyo horario comenzaba en la noche del domingo. La acompañó a la parada del colectivo para despedirse de ella y es allí, que recibió una bala en su cuerpo que lo hirió mortalmente. Fue una bala perdida que surgió de un hecho confuso a varios metros de allí. Falleció en el hospital de Wilde unas horas después. Cuando lo trasladaban al hospital un amigo de su hermano le prometió venganza para quienes lo habían lastimado. Jorge expresó “déjalos, yo ya los perdoné”. 

Sus restos mortales descansan en el cementerio de Avellaneda.






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domingo, 25 de mayo de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2.22-29. Salmo 67(66),2-3.5.6.8.Apocalipsis 21,10-14.22-23.


Evangelio según San Juan 14,23-29.:


Jesús le respondió: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.

El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.

Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes.

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»

Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman !

Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.


Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP 


Escuchar al Espíritu Santo

En la última Cena, Jesús promete a sus discípulos el envío del Espíritu Santo. Les asegura que este Espíritu no solo estará con ellos, sino que les enseñará todo y les recordará lo que Él les ha enseñado (cf. Jn 14,26). No los dejará huérfanos. Es el gran consuelo que deja a su Iglesia: una presencia viva, interior, que guiará sus pasos y le permitirá mantenerse fiel al Evangelio en medio de las dificultades y los cambios de la historia.


La primera lectura de este domingo (Hch 15,1-2.22-29) nos muestra cómo esa promesa comienza a cumplirse. La comunidad cristiana primitiva se enfrenta a un problema muy concreto: ¿deben los paganos convertirse al judaísmo y cumplir sus leyes para poder ser parte de la Iglesia? Es una cuestión delicada, que toca la identidad misma del pueblo de Dios. Para resolverlo, los apóstoles, junto con los presbíteros y toda la comunidad, se reúnen en Jerusalén: allí nace lo que después conoceremos como el primer Concilio de la Iglesia.


Pero lo más importante es que esa asamblea no fue un debate de ideas, ni una lucha de influencias, ni una mera votación para ver quién imponía su visión. Fue un verdadero ejercicio de escucha. Escucha de los testimonios, de la experiencia vivida por Pablo y Bernabé, y sobre todo, escucha del Espíritu Santo. Por eso la decisión tomada puede expresarse con estas palabras tan elocuentes: “El Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido...”. Esta frase encierra el misterio de una Iglesia que discierne, que no se mueve por estratagemas humanas, sino por docilidad al Espíritu.


Ese mismo Espíritu sigue hoy enseñando y recordando a la Iglesia las enseñanzas de Jesús. Pero para reconocer su voz, es necesario aprender a escucharlo. Esa escucha comienza en lo personal: en la oración de cada día, en el silencio interior, en la lectura de la Palabra. Solo quien cultiva esa intimidad con Dios puede luego ser instrumento de discernimiento en su familia, en la sociedad y en la misma Iglesia.


Cuando hoy hablamos de una Iglesia sinodal, nos referimos precisamente a esto: a una Iglesia que camina unida porque se detiene a escuchar, discier juntos los caminos, se deja guiar por el Espíritu Santo que le fue prometido, cada quien según su oficio y carisma. No es una estrategia humana, ni una moda pasajera, sino el estilo mismo que Jesús quiso para su comunidad.


Pidamos hoy a Dios este don: la capacidad de escuchar al Espíritu Santo en nuestra vida. Que no vivamos una fe superficial o ruidosa, sino una fe atenta, humilde y disponible a lo que Dios quiere mostrarnos. Que podamos decir, como los primeros cristianos: "el Espíritu Santo y nosotros mismos hemos decidido...", porque primero hemos sabido escuchar su voz.




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sábado, 10 de mayo de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro de los Hechos de los Apóstoles 13,14.43-52. Salmo 100(99),2.3.5. Apocalipsis 7,9.14b-17.


Evangelio según San Juan 10,27-30.


Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.

Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.

Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.

El Padre y yo somos una sola cosa".


Homilía por Fray Josué González Rivera OP 


Este domingo, llamado tradicionalmente Domingo del Buen Pastor, la liturgia nos invita a contemplar el misterio de Cristo que nos llama, nos conoce y nos conduce hacia la vida eterna. Las lecturas de hoy no solo nos ofrecen consuelo, sino también una fuerte llamada a la escucha, al discernimiento y al testimonio.


Jesús nos dice en el Evangelio de san Juan: “Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna”. Esta afirmación de Cristo es profundamente personal y a la vez universal. Nos sitúa ante una relación que no es simplemente religiosa o ritual, sino vital y existencial. Somos conocidos por el Buen Pastor, no de manera superficial, sino en lo profundo de nuestro ser. Él conoce nuestras luchas, nuestras heridas, nuestras búsquedas. Pero también espera de nosotros una respuesta: la escucha atenta de su voz.


Vivimos inmersos en un mundo saturado de voces, mensajes e imágenes que pugnan por captar nuestra atención. Voces que a menudo prometen felicidad, seguridad, reconocimiento... pero que, en realidad, nos desorientan y nos dispersan. Es por ello que urge afinar el oído del corazón para discernir la voz del único Pastor que no nos engaña: aquel que da la vida por sus ovejas. Su voz no grita, no impone, pero resuena con fuerza en la conciencia del que la acoge con fe. Escuchar su voz significa dejarse encontrar, dejarse conducir, y también dejarse transformar.


Jesús añade: “Yo les doy vida eterna”. No dice “les daré”, sino les doy. La vida eterna, entonces, no es simplemente un premio futuro para después de la muerte; es una realidad que comienza a anticiparse ya, aquí y ahora, en el corazón de los creyentes que viven unidos a Cristo. Desde el bautismo hemos sido sumergidos en su vida, y por tanto vivimos ya la vida divina, aunque todavía en camino, entre luces y sombras. La gran cuestión es si acogemos o no ese don, si vivimos como ovejas que escuchan y siguen, o si preferimos dispersarnos en nuestras propias sendas.


La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el coraje apostólico de Pablo y Bernabé, que no se dejan vencer por el rechazo ni por la persecución. En ellos actúa la fuerza de la Palabra de Dios, una Palabra viva, convocante, universal, gozosa y expansiva. Es notable cómo se repite en el texto la centralidad de la Palabra del Señor: es ella la protagonista verdadera de la misión eclesial. Ellos prestan su voz, pero es el Buen Pastor quien habla a través de sus enviados. Aquel pueblo que escuchó a Pablo y Bernabé tuvo la lucidez espiritual de reconocer la voz de Cristo en medio de ellos. Así también nosotros, hoy, debemos preguntarnos: ¿sabemos distinguir su voz entre tantas otras? ¿Nos tomamos el tiempo para silenciar el ruido exterior e interior y escuchar lo que Dios quiere decirnos en su Palabra?

La visión del Apocalipsis nos muestra el desenlace glorioso de esta historia de escucha y fidelidad: una multitud incontable, de toda lengua y nación, que ha lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Es una imagen de esperanza y de plenitud. Ellos ya no padecen ni hambre ni sed, ni llanto ni dolor, porque el Cordero-Pastor los ha conducido a las fuentes de agua viva. Esta visión no es evasiva; es el horizonte que da sentido a nuestro esfuerzo presente. Saber que estamos en manos del Resucitado, y que nadie puede arrebatarnos de allí, es una fuente inagotable de alegría.


Como la Iglesia primitiva, nosotros también estamos llamados a colaborar con Cristo en la extensión de su voz. Como aquellos primeros discípulos, no podemos guardar para nosotros el tesoro del Evangelio. La misión brota de la alegría de sabernos salvados. Ser cristiano no es simplemente un consuelo personal, sino una vocación a ser testigo, a que otros también escuchen y se dejen alcanzar por la voz del Pastor.


Y, añadiendo algo sobre la elección del nuevo Papa, León XIV, este hecho que ha generado esperanza y expectación en tantos fieles, también debe entenderse desde esta perspectiva: el sucesor de Pedro no es un mero administrador o figura pública, sino ante todo un pastor según el corazón de Cristo. Como tal, su primera tarea es escuchar la voz del Buen Pastor para luego transmitirla con autenticidad al Pueblo de Dios, buscando ser el también un “buen pastor” a imagen de “El Buen Pastor”. Que su inicio de pontificado coincida con esta conmemoración es providencial y va más allá de cualquier coincidencia. El Papa es, por vocación, un garante de la unidad, un testigo de la Palabra y un servidor de la comunión universal.


Que este domingo nos renueve en la certeza de que pertenecemos a Cristo, escuchando su voy y descubriendo que hemos sido conocidos por Él, invitados a participar de su vida eterna. Que podamos también ser instrumentos de su voz, cada uno en su vocación especial, para que todos escuchen, todos crean, y nadie se quede fuera del banquete del Reino.



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viernes, 9 de mayo de 2025

Homilía del papa León XIV en la santa misa con los cardenales




A las 11.00 de esta mañana (hora de Roma), en la Capilla Sixtina, el Santo Padre León XIV presidió como Sumo Pontífice, su primera celebración Eucarística con los Cardenales electores. 

A continuación compartimos la homilía del Papa:

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Con estas palabras Pedro, interrogado por el Maestro junto con los otros discípulos sobre su fe en Él, expresa en síntesis el patrimonio que desde hace dos mil años la Iglesia, a través de la sucesión apostólica, custodia, profundiza y trasmite.  Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador y el que nos revela el rostro del Padre. 

En Él Dios, para hacerse cercano a los hombres, se ha revelado a nosotros en los ojos confiados de un niño, en la mente inquieta de un joven, en los rasgos maduros de un hombre (cf. CONCILIO 
VATICANO II, Const. pastoral Gaudium et spes, 22), hasta aparecerse a los suyos, después de la resurrección, con su cuerpo glorioso. Nos ha mostrado así un modelo de humanidad santa que todos  podemos imitar, junto con la promesa de un destino eterno que, sin embargo, supera todos nuestros límites y capacidades. 

Pedro, en su respuesta, asume ambas cosas: el don de Dios y el camino que se debe recorrer para dejarse transformar, dimensiones inseparables de la salvación, confiadas a la Iglesia para que las anuncie por el bien de la humanidad. Nos las confía a nosotros, elegidos por Él antes de que nos formásemos en el vientre materno (cf. Jr 1,5), regenerados en el agua del Bautismo y, más allá de nuestros límites y sin ningún mérito propio, conducidos aquí y desde aquí enviados, para que el Evangelio se anuncie a todas las criaturas (cf. Mc 16,15). Dios, de forma particular, al llamarme a través del voto de ustedes a suceder al primero de los Apóstoles, me confía este tesoro a mí, para que, con su ayuda, sea su fiel administrador (cf. 1 Co 4,2) en favor de todo el Cuerpo místico de la Iglesia; de modo que esta sea cada vez más la ciudad puesta 
sobre el monte (cf. Ap 21,10), arca de salvación que navega a través de las mareas de la historia, faro 
que ilumina las noches del mundo. Y esto no tanto gracias a la magnificencia de sus estructuras y a 
la grandiosidad de sus construcciones —como los monumentos en los que nos encontramos—, sino por la santidad de sus miembros, de ese «pueblo adquirido para anunciar las maravillas de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz» (1 P 2,9).

Con todo, por encima de la conversación en la que Pedro hace su profesión de fe, hay otra pregunta: «¿Qué dice la gente —pregunta Jesús—sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»  (Mt 16,13). No es una cuestión banal, al contrario, concierne a un aspecto importante de nuestro ministerio: la realidad en la que vivimos, con sus límites y sus potencialidades, sus cuestionamientos y sus convicciones. 

«¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?» (Mt 16,13). Pensando en la escena sobre la que estamos reflexionando, podremos encontrar dos posibles respuestas a esta 
pregunta, que delinean otras tantas actitudes. 

En primer lugar, está la respuesta del mundo. Mateo señala que la conversación entre Jesús y los suyos acerca de su identidad sucede en la hermosa ciudad de Cesarea de Filipo, rica de palacios lujosos, engarzada en un paraje natural encantador, a las faldas del Hermón, pero también sede de círculos crueles de poder y teatro de traiciones y de infidelidades. Esta imagen nos habla de un mundo que considera a Jesús una persona que carece totalmente de importancia, al máximo un personaje curioso, que puede suscitar asombro con su modo insólito de hablar y de actuar. Y así, cuando su presencia se vuelva molesta por las instancias de honestidad y las exigencias morales que solicita,  este mundo no dudará en rechazarlo y eliminarlo. 

Hay también otra posible respuesta a la pregunta de Jesús, la de la gente común. Para ellos el Nazareno no es un charlatán, es un hombre recto, un hombre valiente, que habla bien y que dice cosas  justas, como otros grandes profetas de la historia de Israel. Por eso lo siguen, al menos hasta donde pueden hacerlo sin demasiados riesgos e inconvenientes. Pero lo consideran sólo un hombre y, por eso, en el momento del peligro, durante la Pasión, también ellos lo abandonan y se van, desilusionados. 

Llama la atención la actualidad de estas dos actitudes. Ambas encarnan ideas que podemos 
encontrar fácilmente —tal vez expresadas con un lenguaje distinto, pero idénticas en la sustancia—
en la boca de muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Hoy también son muchos los contextos en los que la fe cristiana se retiene un absurdo, algo para personas débiles y poco inteligentes, contextos en los que se prefieren otras seguridades distintas a la que ella propone, como la tecnología, el dinero, el éxito, el poder o el placer.
 
Hablamos de ambientes en los que no es fácil testimoniar y anunciar el Evangelio y donde se ridiculiza a quien cree, se le obstaculiza y desprecia, o, a lo sumo, se le soporta y compadece. Y, sin embargo, precisamente por esto, son lugares en los que la misión es más urgente, porque la falta de  fe lleva a menudo consigo dramas como la pérdida del sentido de la vida, el olvido de la misericordia,  la violación de la dignidad de la persona en sus formas más dramáticas, la crisis de la familia y tantas  heridas más que acarrean no poco sufrimiento a nuestra sociedad. 

No faltan tampoco los contextos en los que Jesús, aunque apreciado como hombre, es reducido  solamente a una especie de líder carismático o a un superhombre, y esto no sólo entre los no creyentes, 
sino incluso entre muchos bautizados, que de ese modo terminan viviendo, en este ámbito, un ateísmo de hecho.  Este es el mundo que nos ha sido confiado, y en el que, como enseñó muchas veces el Papa Francisco, estamos llamados a dar testimonio de la fe gozosa en Jesús Salvador. Por esto, también para nosotros, es esencial repetir: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).
Es fundamental hacerlo antes de nada en nuestra relación personal con Él, en el compromiso con un camino de conversión cotidiano. Pero también, como Iglesia, viviendo juntos nuestra pertenencia al Señor y llevando a todos la Buena Noticia (cf. CONCILIO VATICANO II, Const. dogmática, Lumen gentium, 1).

Lo digo ante todo por mí, como Sucesor de Pedro, mientras inicio mi misión de Obispo de la Iglesia que está en Roma, llamada a presidir en la caridad la Iglesia universal, según la célebre expresión de S. Ignacio de Antioquía (cf. Carta a los Romanos, Proemio). Él, conducido en cadenas a esta ciudad, lugar de su inminente sacrificio, escribía a los cristianos que allí se encontraban: «en ese momento seré verdaderamente discípulo de Cristo, cuando el mundo ya no verá más mi cuerpo» (Carta a los Romanos, IV, 1). Hacía referencia a ser devorado por las fieras del circo —y así ocurrió—, pero sus palabras evocan en un sentido más general un compromiso irrenunciable para cualquiera que en la Iglesia ejercite un ministerio de autoridad, desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado (cf. Jn 3,30), gastándose hasta el final para que a nadie falte la oportunidad de conocerlo y amarlo. 

Que Dios me conceda esta gracia, hoy y siempre, con la ayuda de la tierna intercesión de 
María, Madre de la Iglesia. 

BOLLETTINO N. 0300 - 09.05.2025 - Oficina de prensa de la Santa Sede
Derecho de autor: Vatican Media 



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