sábado, 12 de abril de 2025

Intención del Papa de Abril

Queridos lectores, ¿Sabían que el santo padre Francisco encomienda una intención de oración por mes?

Estas intenciones son una convocatoria mundial a la acción y oración. El Papa las confía a su Red Mundial de Oración, que las difunde a través del “Video del Papa”. 

Hoy te invitamos a leer esta reflexión inspirada en el vídeo del mes de Abril: 

Por el uso de las nuevas tecnologías

En este mes de abril el Papa Francisco pone en oración “el uso de las nuevas tecnologías” manifestando la necesidad de que ellas estén al servicio de la humanidad y del cuidado de nuestra casa común. Si bien, el Papa destaca que el avance tecnológico es fruto de la inteligencia que Dios nos da también nos llama la atención sobre el uso que le damos a la tecnología. En este sentido nos podríamos preguntar: ¿pasamos más tiempo con el móvil que con la gente?


Creo que, a todos, por el tiempo en el que estamos viviendo, esta pregunta nos interpela en lo más profundo para revisar nuestros vínculos y el tiempo de calidad que le dedicamos. La presencia es amor. Estar, mirarnos a la cara, percibirnos desde lo que sentimos son acciones que debieran formar parte importante de nuestro día a día. El Papa nos dice ¡cuánto me gustaría que miremos menos las pantallas y nos miremos más a los ojos! Pensemos si capaz, algún amigo, un hermano, mamá, papá o abuela, o capaz una compañera o compañero de trabajo no estará necesitado de tu mirada, de tu atención amorosa...


Si no miramos, no sabremos identificar quien nos necesita.

Hoy más que nunca tenemos que cuidar nuestro entorno, estar vigilantes para que el uso de las nuevas tecnologías no remplace las relaciones humanas. Solo mirándonos los unos a los otros nos podemos reconocer hermanos y hermanas, hijos de un mismo Padre. La misión está en ir descubriendo de qué maneras creativas podemos, a través del uso de las tecnologías a ser una mejor humanidad, que se ocupe de los más vulnerables para poder cuidarlos y acompañarlos. 


Sin dudas, el desarrollo tecnológico nos permite tener herramientas muy valiosas entre nosotros. Sin embargo, si estas herramientas no respetan la dignidad de las personas y no nos ayudan a resolver los problemas de nuestro tiempo algo no está funcionando. Para que realmente el progreso tecnológico constituya un don para la humanidad tiene que estar orientado al bien. En este camino, cada uno de nosotros tiene una parte importante de responsabilidad en discernir sobre su uso y aplicaciones en las diferentes esferas de la vida.


Pidamos a María, que nos enseñe a ser puentes de gracia en los lugares donde estamos, a dar testimonio de un Dios que es presencia viva, amoroso y misericordioso.

Amén

María Claudia Enríquez

@clauchitaaaa







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sábado, 5 de abril de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Juan Manuel Gómez


Lecturas del día: Libro de Isaías 43,16-21.Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6.Salmo 126(125),1-2ab.2cd-3.4-5.6.


Evangelio según San Juan 8,1-11.


Jesús fue al monte de los Olivos.

Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.

Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.

Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?".

Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.

Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra".

E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.

Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?".

Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante".

Homilía por el Pbro. Juan Manuel Gómez. 

¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

Queridos hermanos iniciamos la última semana de este tiempo de Cuaresma que nos invita a abrir de par en par nuestros corazones.

Cuando iniciábamos la Cuaresma descubríamos que el Señor nos llamaba a ir a lo más profundo, al interior de nuestro corazón, buscar lo bueno que brota en él, fruto del Amor puro de Dios que nos ha hecho hijos suyos, y así alcanzar la conversión, abandonar todo lo malo que nos aleja, nos lastima y no nos deja vivir “la valentía de la libertad de los hijos de Dios para amar verdaderamente al Señor y a los hermanos como Él nos ama a nosotros.

Durante este camino cuaresmal el Señor nos ha ido llevando a sumergirnos en lo más hondo de su Misericordia, para que podamos conocerla, vivirla y dejarnos llenar el corazón, pero también para que podamos compartirla, anunciarla y vivirla con los demás.

En la primera lectura de este Domingo el profeta Isaías nos hace reflexionar sobre las maravillas que hizo y hace Dios en nuestras vidas, pero también a mirar lo que Dios quiere seguir obrando, lo que Dios ha sembrado y quiere que germine y va a seguir  haciendo germinar en cada uno de nosotros.

Por eso el Salmo nos hace aclamar desde lo profundo del corazón: ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros! Porque “el agradecimiento es la memoria del corazón”, porque somos amados profundamente y su Amor nos ha cambiado la vida y nos ha salvado y sostenido siempre, así caminando juntos como hermanos nos sostenemos unos a otros . Si dejamos que el Señor cambie nuestra suerte, transforme nuestra vida, sane nuestras heridas, brota de nuestros labios un canto de alabanza y agradecimiento. Y aunque a veces nos toque sembrar entre lágrimas, Dios hace germinar en nosotros todo lo bueno para que cantemos con Él, como dice el Salmo: “Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones”.

La Cuaresma no es solo un tiempo cronológico donde hacemos cosas buenas para cumplir con Dios, es una invitación a una vida distinta, es tomar la decisión de seguir a Jesús todos los días. Él nos invita a descubrir que si nosotros queremos podemos vivir siempre el camino que nos lleva a la vida. Que unidos a Él nuestra vida puede ser distinta, más plena, más libre, vida eterna.

Por eso San Pablo en su Carta a los Filipenses nos da el testimonio de su vida: él lo dejó todo por Cristo y no se arrepiente, porque para él, es lo único que vale la pena. Si vos te unís a Jesús, si le entregás todo, no perdés, sino que ganás, como lo dice el mismo Jesús: “El que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la ganará”. Ciertamente que no es fácil pero es una carrera que quien está dispuesto a hacerla transforma todo en su vida. Quizás hemos descubierto en esta Cuaresma que deseamos vivir la vida que el Señor nos propone y abandonar todo aquello que nos aleja de este camino. Digamos entonces junto con San Pablo: “Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo.”

Aquí no puedo dejar de compartir que estas palabras han sido un impulso fuerte en mi vocación sacerdotal y mi deseo de seguir a Jesús dándolo todo por Él, por su Iglesia y por todos. Cada uno de nosotros tiene que escuchar la voz de Jesús que nos llama a una vocación. Nos llama a todos a vivir la Santidad: “Sean santos como Dios es santo”, pero también nos llama de un modo específico a donde podremos vivir plenamente nuestra vida y esto es un don. Cada persona que escucha su llamado y responde al mismo con todo su corazón es plenamente feliz en su estado de vida si vive unido a Cristo y entrega su vida. Podemos responderle en la vocación laical como esposo y esposa, como papá y mamá de familia como discípulos misioneros de Jesús en el mundo, en la vocación a la vida consagrada como religioso o religiosa, o en la vocación sacerdotal como sacerdote de Jesucristo. Todos podemos vivir según el modo de Jesús donde él nos llame y ser felices en ese camino. ¿A qué siento que Dios me llama? ¿Cómo vivo mi vocación? Animémonos unos a otros hermanos y busquemos vivir nuestra vida en el seguimiento de Jesús porque Dios nos quiere plenamente felices.

Y la Palabra de Jesús en este Domingo nos interpela directamente al corazón, a la experiencia real de nuestro pecado y de la Misericordia que él quiere que nos inunde el alma.

Vemos a Jesús inclinarse ante esta pobre mujer. Es la revelación y manifestación de Dios que se abaja para mirar, para levantarnos del polvo, como nos dice el Salmo 113: “Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura (de su miseria) al pobre”. Es la Pascua expresada en Amor puro. Jesús viene, se anonada, baja, para dar su vida en rescate por todos nosotros para salvarnos del pecado y de la muerte, que son nuestras miserias.

¡Qué hermoso escuchar estas palabras de la boca de Jesús! “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?... Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante.”

Cada vez que nos acercamos al Sacramento de la Reconciliación, cuando nos confesamos de corazón a corazón, experimentamos esta misma acción sanadora y liberadora del Amor Misericordioso. Dios nos perdona siempre. Nunca nos condena y nos llama a vivir una Vida Nueva. A morir al Pecado para resucitar a la Vida. Nos envía a vivir así la Misericordia con los demás. Todos somos pecadores y necesitamos del Amor para sanar y vencer. Ojalá que los demás encuentren en nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, y no las condenas que buscan lapidar y hundir en el suelo a los otros.

Porque ¡Grandes cosas hizo el Señor con nosotros! que podamos celebrar la Pascua, la Resurrección de Jesús, resucitando con él a la vida de los hijos de Dios para amar verdaderamente al Señor y a los hermanos como Él nos ama a nosotros.



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sábado, 29 de marzo de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP



Lecturas del día: Libro de Josué 5,9a.10-12. Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7. Carta II de San Pablo a los Corintios 5,17-21.


Evangelio según San Lucas 15,1-3.11-32.


Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.

Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos".

Jesús les dijo entonces esta parábola:

Jesús dijo también: "Un hombre tenía dos hijos.

El menor de ellos dijo a su padre: 'Padre, dame la parte de herencia que me corresponde'. Y el padre les repartió sus bienes.

Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.

Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.

Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos.

El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

Entonces recapacitó y dijo: '¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!

Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros'.

Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.

El joven le dijo: 'Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo'.

Pero el padre dijo a sus servidores: 'Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies.

Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado'. Y comenzó la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza.

Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.

El le respondió: 'Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo'.

El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: 'Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.

¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!'.

Pero el padre le dijo: 'Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.

Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado'".


Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.


El peligro de un corazón endurecido. Parábola del “hijo mayor”.


Estamos viviendo el tiempo de Cuaresma, un tiempo de gracia y conversión. La Iglesia nos invita a detenernos, a mirar nuestro corazón y preguntarnos: ¿Hacia dónde estoy caminando? La conversión no es solo para los grandes pecadores, sino para cada uno de nosotros. Es la oportunidad de volver a Dios con un corazón sincero y renovado.


En el Evangelio de hoy, Jesús nos presenta la parábola del "Padre misericordioso", más conocida como la del "Hijo Pródigo". Nos resulta fácil identificarnos con el hijo menor, que despilfarra su herencia y vuelve arrepentido. Pero hoy quiero invitarte a ponerte en los zapatos del hijo mayor.


Este hijo nunca se fue de casa. Siempre estuvo allí, cumpliendo con su deber, trabajando junto a su padre. Pero cuando su hermano regresa y el padre lo recibe con alegría, su corazón se endurece. Se resiste a la misericordia, se siente injustamente tratado, incapaz de alegrarse con el regreso del hermano. Su problema no era la desobediencia, sino un corazón frío, que nunca se entregó realmente al amor del Padre.


¡Cuántas veces nos parecemos a él! Cumplimos con nuestras obligaciones, vamos a misa, rezamos, pero sin una entrega real. Nos creemos buenos simplemente porque no nos hemos alejado, pero en el fondo no vivimos la alegría de ser hijos de Dios. Nos cuesta aceptar la misericordia para otros porque, en el fondo, no nos sentimos amados gratuitamente por el Padre.


Este tiempo de Cuaresma nos invita a revisar nuestro corazón. ¿Soy como el hijo mayor? ¿Me falta amor, alegría, misericordia? No basta con "estar" en la Iglesia, es necesario convertirnos de verdad, dejar de vivir la fe por costumbre y volver a experimentar el gozo de sabernos amados por Dios.


Todavía estamos a tiempo. Aprovechemos estos días que quedan de Cuaresma para pedirle al Señor un corazón nuevo, humilde y capaz de amar como Él nos ama. Dejemos de lado la tibieza y volvamos al Padre con confianza. Él nos espera con los brazos abiertos.



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jueves, 27 de marzo de 2025

Reconciliación


Caminamos ya en la tercera semana de la Cuaresma…

Este tiempo es de conversión y preparación espiritual para vivir plenamente la Semana Santa. Es un periodo de cuarenta días en el que la Iglesia nos invita a la oración, el ayuno y la limosna, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien pasó cuarenta días en el desierto en preparación para su misión. La Cuaresma es el tiempo para profundizar en la oración, el estudio y la predicación, pilares fundamentales de la vida dominica. Santo Domingo de Guzmán, comprendía la importancia de la oración como encuentro con la Verdad, con Cristo mismo para profundizar el camino hacia la conversión y como parte fundamental para nutrir la predicación.

Como parte de este camino, la confesión es un medio que nos ayuda y nos lleva a la conversión interior. El sacramento de la Reconciliación juega un papel fundamental, permitiéndonos reconciliarnos con Dios. Sin olvidar, que es un signo de esperanza, ya que nos recuerda que el amor y la misericordia de Dios son infinitos. Durante la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una profunda conversión del corazón, y la confesión es el medio que Dios nos ofrece para lograrlo.

A través de este sacramento, reconocemos nuestros pecados y pedimos perdón, asumiendo con humildad nuestras faltas; recibimos la gracia de Dios, que nos ayuda a mejorar espiritualmente y fortalecer nuestra relación con Él, sanamos el alma y nos liberamos de cargas espirituales, experimentando la paz y el amor misericordioso de Dios; también renovamos la esperanza, pues el perdón de Dios nos reconforta y nos llena de alegría para seguir adelante en nuestro camino de fe.

Algo muy importante, Jesús instituyó el sacramento de la Reconciliación cuando, después de su Resurrección, se apareció a sus discípulos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos" (Juan 20, 22-23). Con estas palabras, Cristo otorgó a los apóstoles, y a través de ellos a los sacerdotes, el poder de perdonar los pecados en su nombre. Este pasaje nos recuerda que Dios nunca nos abandona y siempre nos ofrece una nueva oportunidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que "los que se acercan al sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron con su pecado" (CIC 1422), y que "el sacramento de la Penitencia es necesario para la salvación de aquellos que han caído después del Bautismo" (CIC 980). La confesión es un regalo de Dios, un momento de gracia, restauración espiritual y esperanza.

Desde la tradición dominica, la confesión se vincula con la búsqueda de la verdad y la misericordia de Dios. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandes teólogos de la Orden, enseñaba que la confesión es un acto de justicia y amor: justicia porque reconocemos nuestras faltas y nos disponemos a repararlas, y amor porque nos acercamos confiados al Padre que nos acoge con misericordia. Así, la confesión no sólo restaura nuestra relación con Dios, sino que nos ayuda a ser mejores predicadores de su amor, viviendo con autenticidad nuestra fe.

En este tiempo somos invitados especialmente a acercarnos a este sacramento, ya que ayuda a prepararse espiritualmente para vivir la Pascua con un corazón limpio y en gracia de Dios. Muchas parroquias, capillas, conventos y monasterios ofrecen jornadas especiales de confesión antes de la Semana Santa, facilitando que los fieles puedan recibir este sacramento con mayor disposición. 

La Cuaresma es un camino de conversión, y la confesión es una puerta a la misericordia y la esperanza de Dios. "Arrepiéntanse y crean en el Evangelio" (Marcos 1, 15). No hay pecado tan grande que Dios no pueda perdonar si hay un corazón arrepentido. Su misericordia es infinita. La confesión nos devuelve la paz y nos llena de esperanza en el amor de Dios. En este tiempo de reflexión y conversión, la confesión nos permite reencontrarnos con Dios y renovar nuestra vida espiritual. Es una invitación a experimentar su amor, su misericordia y su gracia sanadora, preparándonos para celebrar con gozo la Resurrección de Cristo en la Pascua. Además, nos llena de esperanza, recordándonos que siempre podemos empezar de nuevo y que el amor de Dios es más grande que cualquier error.

Para ayudarnos a este proceso te compartimos algo que puede ayudarte

Salmo 50 para mejorar nuestras confesión

La Cuaresma es un tiempo de gracia, un llamado a la conversión, un camino que nos conduce a la luz de la Resurrección. Dios nos espera siempre con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarnos y a darnos una nueva oportunidad para vivir en su amor. Recuerda que podemos hacer de la confesión un verdadero encuentro con la Verdad, que nos impulse a vivir en comunión con Dios y a ser predicadores fieles de su amor y misericordia.

Con Cariño Maru Rodriguez


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domingo, 23 de marzo de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera



Lecturas del día:
Libro del Éxodo 3,1-8a.13-15. Salmo 103(102),1-2.3-4.6-7.8.11.Carta I de San Pablo a los Corintios 10,1-6.10-12.


Evangelio según San Lucas 13,1-9.


En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato se mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.

Él les respondió: "¿Creen ustedes que galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás?

Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.

¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?

Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera".

Les dijo también esta parábola: "Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró.

Dijo entonces al viñador: 'Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?'.

Pero él respondió: 'Señor, déjala todavía este año; Yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré.

Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'".


Homilía por el Pbro. Diego Olivera

Queridos hermanos llegamos al 3° domingo de la cuaresma, un tiempo propicio para la conversión como lo expresan las lecturas del día de hoy.

En la lectura del éxodo, Dios se dirige a Moisés diciendo: "Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios ya hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil…”.

Por lo tanto vemos que Dios no está lejos de su pueblo sufriente, él quiere acompañarlos y liberarlos, hoy somos nosotros ese pueblo elegido, quiere acompañarnos en nuestros momentos de dolor y quiere liberarnos porque la opresión y los sufrimientos, nos convierten en infértiles, vamos perdiendo el sabor por la vida cuando el dolor ocupa más y más lugar en nuestros corazones. A veces nuestro propio pecado nos lleva al sufrimiento y a la infertilidad, por eso tenemos que reconocer nuestra fragilidad y decidirnos por la conversión de corazón y no solo de palabra, confiando como dice el salmista: “El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia”. Si nos acercamos a Dios con un corazón arrepentido vamos a experimentar esa bondad y compasión que brotan de su gran amor por toda la humanidad.

San Pablo en la segunda lectura nos brinda dos advertencias, en primer lugar nos dice: “No nos rebelemos contra Dios” , es decir, nos invita a alejarnos de todo pecado porque si pecamos ya nos estamos rebelando contra la voluntad de Dios que quiere que vivamos un camino de gracia y santidad. En segundo lugar afirma: “Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!”.   Este consejo es para todos aquellos que dicen: “Yo no tengo pecados, yo estoy libre de toda culpa, mi conciencia no me reclama nada”, cuidado, no tenemos que creérnosla, es ahí donde aparece el enemigo, nos pegaba tal sacudón y nos hace caer en el pecado. Nunca confiemos únicamente en nuestras propias fuerzas porque vamos a perder, siempre con Cristo que es nuestra fortaleza.

Y la vida del buen cristiano no se trata solo de no hacer el mal sino también de hacer el bien, por eso en el Evangelio, Jesús nos propone esta parábola de la higuera estéril: Dios Padre es el dueño de la higuera, aquel que pide los frutos, Jesús el viñador que intercede pidiendo una prórroga por la higuera y nosotros somos esa higuera.

El tiempo concedido a la higuera es para un hoy y un ahora de gracia y salvación, ese tiempo es para vos y es para mí, este es el tiempo para todos nosotros para convertirnos de corazón y dar muchos frutos.

El Papa Francisco en un comentario de este evangelio, afirmó: "Dios tiene paciencia y nos ofrece la posibilidad de cambiar y avanzar por el camino del bien. Pero la prórroga implorada y concedida mientras se espera que el árbol finalmente fructifique, también indica la urgencia de la conversión. El viñador le dice al dueño: «Déjala por este año todavía» (v. 8). La posibilidad de conversión no es ilimitada; por eso hay que tomarla de inmediato. De lo contrario se perdería para siempre".  (Francisco, Ángelus, 24 de marzo de 2019)

Llegando a la mitad de la Cuaresma podríamos preguntarnos: ¿Estamos viviendo aquella frase que escuchamos el miércoles de cenizas? “Conviértete y cree en el Evangelio” ¿Está presente en mi vida el deseo de conversión para vivir según las enseñanzas de Jesús? ¿Tengo conciencia clara y plena de mis pecados y deseo confesarlos? ¿Qué debo hacer para acercarme al Señor, para convertirme y para cortar las cosas que no van bien?  

Pidamos al Espíritu Santo que renueve en nosotros el deseo de una conversión sincera para prepararnos de corazón para celebrar la Pascua, la Resurrección en nuestra propia vida.


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