Lecturas
del día: Libro
de los Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43. Salmo 118(117),1-2.16ab-17.22-23.
Carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4.
Evangelio según San Juan 20,1-9.
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro,
María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y
les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han
puesto".
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro
y llegó antes.
Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las
vendas en el suelo,
y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las
vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también
vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de
entre los muertos.
Homilía P. Diac. Jose Torres, LC
"Vio y creyó" — La fe que nace antes de
entender
Quiero empezar con una escena que seguramente todos
conocemos, no del evangelio, sino de la vida real.
Piensa en la última vez que recibiste una noticia que
simplemente no podías procesar. Una noticia tan grande, tan inesperada, que tu
cabeza decía "esto no puede ser verdad"... pero algo dentro de
ti, algo más profundo que la razón, ya lo estaba aceptando. Ya lo estaba
creyendo.
Ese instante extraño entre el asombro y la fe... eso
es exactamente lo que Juan nos está describiendo hoy.
María llegó primero. Pero llegó llorando.
Aún estaba oscuro. No sólo afuera, en el cielo de
Jerusalén de madrugada. También adentro, en el corazón de María Magdalena.
Había visto morir a Jesús. Lo había visto bajar de la cruz. Lo había visto
colocar en esa tumba fría. Para ella, todo había terminado.
Y cuando llega y encuentra la piedra quitada, su
primera reacción no es alegría. Es pánico. "Se han llevado al
Señor."
¿A cuántos de nosotros nos ha pasado algo parecido? No
con una tumba vacía, claro, pero sí con esa sensación de que algo se rompió, de
que lo que más amábamos desapareció, de que el capítulo que más queríamos ya no
está. Y corremos. Corremos a contarle a alguien. A buscar una explicación. A
encontrar al responsable.
María corrió a buscar a Pedro y a Juan.
Y entonces los dos salieron corriendo.
Y aquí el evangelio hace algo que me parece
fascinante: se detiene a contarnos quién llegó primero.
Juan corrió más rápido. Era más joven, quizás. Llegó
al sepulcro, se asomó, vio los lienzos. Pero no entró.
Pedro llegó después, con ese paso de hombre que ha
vivido demasiado, que ha fallado demasiado —recordemos que hacía apenas tres
días había negado a Jesús tres veces—. Y sin embargo, Pedro entró.
Hay algo muy humano en esto. Juan, el discípulo amado,
el más cercano, el que estuvo al pie de la cruz... se detiene en la puerta.
Como cuando uno tiene miedo de que la realidad confirme lo peor. Como cuando
sabemos que si entramos, si miramos de frente, ya no podremos fingir que no
pasó nada.
Pedro, en cambio, entró. No porque fuera más valiente.
Quizás porque ya había tocado fondo esa semana y no tenía nada más que perder.
Lo que Pedro vio adentro no era un caos.
Y esto es clave. El evangelio es muy preciso: los
lienzos estaban tendidos, y el sudario que cubría su cabeza estaba enrollado
en un sitio aparte.
Nadie que roba un cuerpo se detiene a doblar la ropa.
Esa escena ordenada, tranquila, casi cotidiana en
medio de lo sobrenatural, es el primer lenguaje con el que la Resurrección
habla. No con truenos ni rayos. Con un sudario doblado.
Dios también nos habla así a nosotros, ¿sabes? No
siempre con grandes señales. A veces con algo pequeño, con un detalle que no
encaja, con una paz que no tiene explicación, con una puerta que se abre justo
cuando creíamos que todo estaba cerrado.
Entonces entró Juan. Y vio. Y creyó.
Tres verbos. Tres pasos. Tres latidos.
Entró. Vio. Creyó.
Y aquí viene la frase que más me impacta de todo el
evangelio de hoy. Después de decirnos que Juan creyó, el evangelista añade casi
como un susurro:
"Pues hasta entonces no habían entendido la
Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos."
Detente ahí un momento.
Juan creyó antes de entender.
No creyó porque de repente todo le cuadrara. No creyó
porque alguien le explicó el versículo correcto del profeta Isaías. Creyó
porque vio una tumba vacía, un sudario doblado, y algo en su interior —eso que
Pablo llama en la segunda lectura "la vida escondida con Cristo en
Dios"— se despertó.
La fe no espera a que todo tenga sentido.
Y aquí te hablo a ti, que llevas semanas, meses,
quizás años intentando entender por qué pasó lo que pasó. Por qué Dios permitió
esa pérdida, esa enfermedad, ese fracaso. Por qué las cosas no salieron como
debían.
Juan no entendía. Pedro tampoco. Ninguno de los dos
ese domingo de madrugada tenía respuesta para todo. Pero Juan entró. Y vio. Y
creyó.
La fe no es el premio que recibes después de resolver
el rompecabezas. La fe es lo que te permite sentarte frente al rompecabezas sin
necesitar que esté terminado para saber que tiene solución.
La esperanza: no es optimismo barato.
La primera lectura nos muestra a Pedro (sí, el mismo
Pedro que no entendía, el mismo que negó, el mismo que llegó segundo)
predicando con una convicción que mueve montañas: "Nosotros somos
testigos. Hemos comido y bebido con él después de su resurrección."
Entre el Pedro que entró al sepulcro sin entender y el
Pedro que predica en el libro de los Hechos hay un puente. Ese puente se llama
esperanza vivida.
La esperanza no es decir "todo va a estar
bien" cuando no sabes si va a estar bien. La esperanza es seguir caminando
hacia el sepulcro, aunque no entiendas qué vas a encontrar. Es entrar, aunque
tengas miedo. Es doblar la rodilla, aunque todavía tengas preguntas.
Nosotros no estuvimos esa mañana. No corrimos con
Pedro y Juan. No vimos los lienzos ni el sudario doblado. Somos exactamente los
que Jesús tenía en mente cuando le dijo a Tomás: "Dichosos los que no
han visto y han creído."
Somos la generación de la fe sin testigos directos. Y
eso no nos pone en desventaja. Nos pone en el centro de la promesa.
Porque Pablo nos dice hoy algo radical: "habéis
resucitado con Cristo." Tiempo pasado. No "van a resucitar".
Ya. Ahora. Tu vida ya está escondida en Dios. La Resurrección no es solo un
evento del pasado ni una promesa del futuro lejano. Es tu realidad presente.
Para terminar, en este domingo, te propongo una sola
cosa.
Entra al sepulcro.
Entra a eso que tienes pendiente con Dios. A esa
herida que no has querido mirar. A esa pregunta que tienes miedo de hacerle
porque no sabes si soportarías la respuesta. A esa fe que dejaste tirada en
algún momento difícil y que todavía no has ido a recoger.
No tienes que entender todo antes de entrar. Juan no
entendía. Pedro tampoco.
Sólo entra. Mira. Y deja que Él haga el resto.
Porque la tumba está vacía. Y el sudario está doblado.
Y eso —aunque todavía no lo entiendas del todo— ya es motivo suficiente para
creer.
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