Como cada año, la cuaresma, nos recuerda la necesidad de la reconciliación con Dios, de la reconciliación con el prójimo y de la reconciliación con el propio corazón, en la propia realidad, en la propia vida. Normalmente nos referimos al sacramento de la Reconciliación, también conocido como Confesión. Pero, entonces ¿qué es “reconciliar”?
Asociamos la “reconciliación”, al
encuentro con alguien después perdonarle una ofensa. Así: conciliar, que nos
recuerda otras ideas como concilio, que es una reunión de un cuerpo colegiado;
comunión, que es la capacidad de compartir la opinión o la mesa; asamblea, que
es una reunión de iguales. Entonces, ¿conciliar es simplemente equiparar, o
igualar, encontrarse? En contabilidad se dice esto de un balance… ¿La
conciliación se reduce a unir lo separado, igualar lo diferente, compartir la
opinión y la mesa?
El prefijo “re”, quiere decir,
que antes hubo “comunión”. Efectivamente, después de haberse cortado el vínculo
por una ofensa, de haber caído o muerto la relación… el vínculo, la comunión,
se ha recuperado, el puente se ha vuelto a construir, el que había muerto, ¡lo
encontramos resucitado!
Entonces, la reconciliación, como
nombre del sacramento, refiere a revivir la gracia que ha muerto por la ofensa
a Dios, al prójimo y a la propia dignidad. Esa ofensa se llama pecado. Y cuando
se habla de pecado hay que ser claro en las condiciones para que sea tal: ser
consciente del daño que se hace, hacerlo voluntariamente, conocer la materia
grave del mandamiento contra el cual se obra, tener en cuenta la circunstancias
que afectan a la responsabilidad y, la pena y culpa asociadas al pecado.
¿Cómo debemos acercarnos a la
reconciliación? Es necesario haber examinado nuestra conciencia. No tanto para
encontrar en la rendija más perdida el recuerdo del pecado más sucio y feo del
año pasado, sino para presentarse humildemente ante el trono de la
misericordia, con el corazón bien dispuesto.
Proponerse un sincero
arrepentimiento por haber ofendido a Dios. Es decir, por considerar poca cosa
su amistad, al punto de alejarme y avergonzarme de su amor; por haber destruido
con el pecado, en aquel momento de debilidad, el puente de su gracia que me
alcanza la salvación; por no haber seguido su llamado queriendo tapar con el
dedo el sol de su gracia.
Lo siguiente puede ser lo más
difícil. Reconocer los propios pecados delante del sacerdote, confiando en su
ministerio de juez, de padre, de médico, en fin, de “alter Christus”. Lo mejor
es pronunciarlos uno a uno, con claridad, detallando el mandamiento contra el
que se ha pecado y el número de veces que se hizo, brindando algún detalle que
sirva para comprender su magnitud, y no hacer explicaciones para justificar el
comportamiento. A veces, el sacerdote hará una pregunta para aclarar y luego
una breve reflexión para corregir.
Finalmente corresponde manifestar
el arrepentimiento en la oración que llamamos “pésame”. Esta oración recoge los elementos más
importantes de la contrición como son haber ofendido a Dios, el propósito de no
pecar más y de evitar las ocasiones próximas de pecado. No lo decimos en voz
alta, pero se sobreentiende que hay también propósito de enmienda de la propia
vida, corregir la conducta, y también el propósito de reparar el daño hecho al
prójimo con nuestro pecado. El sacerdote impone una penitencia, que satisface,
en alguna medida el pecado cometido, pero que Jesús ya lo cargó por nosotros en
la Cruz, y luego pronuncia la absolución.
Entonces, salimos del
confesionario reconciliados con Dios, en camino de reconciliarnos con el
prójimo, y con el propósito de reconciliarnos con el propio corazón, en la
propia realidad y en la propia vida. Somos nuevamente amigos de Dios, su gracia
recorre nuestra alma, caminamos resucitados en una nueva oportunidad de vida.
Y vos, ¿Qué puente sentís que
necesitas reconstruir hoy para volver a caminar resucitado?
Fray Ángel Benavides OP.
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