domingo, 1 de marzo de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Diácono Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Génesis 12,1-4a. Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22. Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,8b-10.

Evangelio según San Mateo 17,1-9.

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo".
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo".
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".

Homilía por Diac. Jose Torres, LC

"¡Qué bien se está aquí!"

¿Alguna vez has vivido un momento que quisieras congelar para siempre?

Esos momentos existen. Una tarde con alguien que quieres mucho. Una conversación que empieza tarde y termina con el sol saliendo. Un silencio que, por alguna razón, se siente lleno. Algo por dentro que dice: aquí. Aquí me quiero quedar.

Pedro vivió algo así en el monte Tabor. Pero multiplicado por mil.

Primero hay que subir

Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva aparte. A un monte alto, dice el evangelio. Solo eso ya dice algo importante: los momentos profundos con Dios no suelen llegar solos mientras uno mira el celular en el sofá. Requieren subir. Y subir cansa. Requieren decidir que hay algo que vale más que quedarse cómodo donde estás.

La Cuaresma es exactamente esa invitación: sube un momento. Apártate del ruido. Hay algo que quiero mostrarte.

Y entonces ocurre la Transfiguración.

El rostro de Jesús resplandece como el sol. Sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Aparecen Moisés y Elías. Una nube los envuelve. Y una voz, que viene de más adentro que cualquier sonido humano, dice:

"Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo."

Las palabras más honestas del evangelio

En ese momento, Pedro abre la boca y dice algo que nos puede parecer un poco fuera de lugar: "Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas..."

El propio evangelista nos aclara con cierta ternura que Pedro no sabía muy bien lo que decía.

Pero hay en esas palabras una verdad enorme, casi sin querer.

"¡Qué bien se está aquí!"

No es teología elaborada. No es un discurso preparado. Es el grito del corazón de alguien que acaba de tocar algo verdadero y no sabe cómo manejarlo. Es el lenguaje del alma cuando se queda sin palabras.

Y aquí está, creo yo, el corazón de este domingo: Dios no es solo el que nos pide cosas. Es el que nos deslumbra.

La fe cristiana no es una lista de obligaciones ni un código de conducta con premio al final. Es, antes que nada, un encuentro. Con alguien tan bueno, tan bello, tan real, que cuando lo tocas de verdad, lo único que puedes hacer es lo que hizo Pedro: quedarte sin argumentos y decir, "Señor, qué bien se está aquí."

¿Tú lo has sentido alguna vez?

Quizás en una adoración eucarística que te dejó en silencio. En una misa que, sin saber por qué, te movió por dentro. En un momento de oración en el que algo se aclaró de golpe. En el servicio a alguien que sufre, cuando sentiste que estabas en el lugar exacto donde debías estar.

Esa sensación tiene nombre. Es la presencia del Señor. Y es el tesoro más grande que existe.

Pero no nos podemos quedar en el monte

Jesús no les deja quedarse. Les dice que bajen. Que todavía no es el momento de contarlo.

Porque la experiencia del Tabor no es el destino: es el combustible para el camino.

Y aquí llega la pregunta que más nos interpela hoy, a cada uno de nosotros.

¿Cómo vivimos entre semana lo que decimos creer los domingos?

Abrahán, en la primera lectura, recibe una llamada de Dios y hace algo que parece sencillo pero no lo es para nada: "Marchó, como le había dicho el Señor." Sin más. Sin negociaciones largas. Sin "voy a pensarlo". Escuchó y caminó. Su fe no quedó guardada en sus convicciones íntimas. Se encarnó en decisiones reales, en renuncias concretas, en movimiento.

Pablo le escribe a Timoteo y le dice algo que puede sonar duro, pero que es profundamente liberador: "Toma parte en los padecimientos por el Evangelio." No te conformes con una fe cómoda, que no te cuesta nada y, por lo tanto, no te transforma en nada.

Porque hay un riesgo real, y lo digo sin ánimo de juzgar a nadie, porque yo también lo siento: el de tener una fe de escaparate. Creer en Dios el domingo y vivir el resto de la semana con la misma lógica que cualquiera que no cree en nada. Pedir misericordia y no darla. Pedir perdón y no perdonar. Hablar de amor y tratar mal a los que tenemos cerca. Subir al monte… y bajar siendo exactamente los mismos de siempre.

La Transfiguración de Jesús es preciosa. Pero la gran pregunta que nos deja este evangelio es:

¿Y tú, te estás transfigurando?

No de golpe ni de forma dramática. Sino de a poco, en lo pequeño, con constancia: en la manera en que hablas de los demás, en cómo manejas tu tiempo y tu dinero, en si tu vida refleja lo que dices creer, en si el que te conoce de verdad puede ver en ti algo diferente, algo que apunta hacia arriba.

Para terminar

Esta Cuaresma es una oportunidad real. No para machacarnos con la culpa, sino para subir al monte. Para dejar que Jesús nos muestre quién es de verdad. Para volver a escuchar esa voz que dice: "Este es mi Hijo amado. Escuchadlo."

Y después de ese encuentro, bajar. Pero bajar distintos. Con la vida un poco más coherente. Con la capacidad de decir, en lo ordinario y en lo difícil, lo que Pedro dijo sin pensarlo:

"Señor, ¡qué bien se está aquí!"

No solo en el éxtasis del Tabor. Sino en el trabajo de cada día. En la familia. En el servicio. En la fidelidad silenciosa a lo que creemos.

Porque el Señor no nos llama a ser perfectos de una vez. Nos llama a caminar con Él. Y en ese camino prometió algo que Abrahán comprobó, que Pedro comprobó, y que tú y yo podemos comprobar también: que, en Él, la vida se llena de sentido, de belleza y de bien.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.


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