jueves, 26 de febrero de 2026

Vivir la Cuaresma


El tiempo de cuaresma llegó muy pronto este año. No tuvimos oportunidad de prepararnos con anticipación, o de recuperarnos del descanso de verano. El miércoles de ceniza cayó después del carnaval, como todos los años.

Sin embargo, puede parecernos que es lo mismo cada año. Y, de algún modo es lo mismo, pero yo no. Yo no debería ser el mismo del año pasado. Lo cierto es que la cuaresma es una oportunidad privilegiada para vivir la vida cristiana a plenitud. Se abre con la cruz de ceniza en la frente y termina con la cruz del Señor en el corazón.

¿En qué otro tiempo litúrgico nos proponemos seriamente, quizás ambiciosamente, pequeñas o grandes mortificaciones, una disciplina de oración y lectura, extendemos la mano hacia el hermano con diligencia, procuramos la confesión y la comunión con frecuencia?

La pascua es más luminosa y feliz, pero, a veces, bajamos la guardia porque no hay más mortificaciones y ayunos, y nos damos permisos que en cuaresma no estaban en el panorama, y terminamos haciendo del tiempo de gracia y resurrección, el menos fiel a nuestra fe. El adviento se nos hace pesado por el fin de año calendario y la navidad se esfuma junto con las vacaciones de verano. Pero la cuaresma, entre el Via crucis de los viernes, los rosarios y procesiones, ramos y visitas a las iglesias, es el tiempo litúrgico de mayor profundidad y serenidad, de mayor interés y expectación. Es una suerte de vida cristiana fiel, que dura cuarenta días y se repite cada año.

Y es por esto por lo que no debemos bajar la guardia. Proponernos prácticas devocionales posibles y moderadas. La ambición espiritual lleva primero al orgullo y luego a la decepción y el abandono. Por eso parece ser igual todos los años… y no obtenemos resultados diferentes si hacemos siempre lo mismo.

Es mejor rezar poco, pero con atención y regularmente, que lanzarse a maratones de plegarias, ocasionalmente, sin orden ni disciplina, llevados por la ilusión de la devoción emocional. Es más provechoso para la vida espiritual proponerse las obras de misericordia materiales y espirituales (vayan al catecismo…) realizables y moderadas, pero sinceras y regulares, que ir atolondradamente a Caritas parroquial, a entregar ropa vieja y/o tomarse la selfie para el Instagram…

No debemos olvidar buscar en un devocionario, o una página decente, un buen examen de conciencia (sea siguiendo los mandamientos del decálogo, o los pecados capitales, ¡o las mismas obras de misericordia!), y confesarse tan devotamente como sea posible.

La cuaresma no debe ser un tiempo fuerte, solo por cómo nos proponemos vivirla, sino porque cambia mi modo de vivir mi fe y me acerca cada vez más al ideal de cristiano. Cargar con mi cruz solo cuarenta días al año, no me hace mejor cristiano. Seguir cargándola con alegría y entereza, durante la pascua, y mirando hacia el adviento y la navidad, día a día, domingo a domingo, confesión a confesión, comunión a comunión, procesión a procesión, caridad a caridad, limosna a limosna, decepción a decepción, fidelidad a fidelidad.

Y entonces, no puedo comenzar la cuaresma, siendo el mismo del año pasado. Esta vez la cruz en la frente, me dice otra cosa. Me anima a más amor, más disciplina, más sinceridad, más profundidad, más caridad… para que sea un poco más cercano al crucificado, al que después de descender de la cruz y pasando por los brazos de María, y de allí al sepulcro, sube por el cirio pascual, en la noche santa y la ascensión, a la eternidad.


Fray Ángel Benavides OP.

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