domingo, 15 de febrero de 2026

Meditamos el Evangelio de este Domingo con el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB



Lecturas del día: Libro de Eclesiástico 15,15-20. Salmo 119(118),1-2.4-5.17-18.33-34. Carta I de San Pablo a los Corintios 2,6-10.

Evangelio según San Mateo 5,17-37.

Jesús dijo a sus discípulos: «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.
El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»
Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal.
Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio.
Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio.
Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.
Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor.
Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios,
ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey.
No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos.
Cuando ustedes digan 'sí', que sea sí, y cuando digan 'no', que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

 Homilía por el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB 

Querida familia, estamos a las puertas de la Cuaresma, ese tiempo de desierto donde las máscaras se caen y nos quedamos a solas con la verdad que habita en nuestro corazón. Cuaresma es una oportunidad para volver con el corazón en la mano y presentarnos ante Dios que es puro amor.

Hoy, la Palabra de Jesús nos sale al encuentro con una frase que, si la escuchamos bien, debería darnos escalofríos: “Si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”.

En nuestra Argentina de hoy, donde el miedo y el dolor a veces nos nublan la vista, estamos discutiendo leyes, números y rejas. Discutimos la baja de la edad de punibilidad. Pero Jesús hoy no nos habla de códigos penales; nos habla de una justicia que va más allá.

Jesús, nuestro maestro, que hunde sus enseñanzas en la tradición. Él nos dice: "Ustedes oyeron que se dijo: “No matarás”. Es fácil estar de acuerdo con eso, ¿verdad? Pero Él da un paso más y nos toca la llaga: “Pero yo les digo: el que se irrita contra su hermano...”.

Jesús corre el foco del hecho externo al corazón herido. Nos está diciendo que antes de que aparezca un cuchillo en una esquina de nuestros barrios, hubo una palabra que humilló. Antes de que corra sangre, hubo desprecio. Antes de que alguien mate, alguien fue descartado. Antes de un “drogadicto”, hubo alguien que lo fabricó y vendió.

Cuando discutimos qué hacer con el delito de un adolescente, la pregunta evangélica no es solo qué castigo le toca. La pregunta que nos tiene que quemar es: ¿Qué hicimos antes con ese chico? ¿Quién lo abrazó cuando el frío de la soledad era más fuerte que el de la calle? ¿Quién lo escuchó cuando la droga empezó a rondarle como un lobo? Una justicia que solo llega para poner esposas es una justicia que llegó tarde. La justicia del Reino, la justicia “superior”, es la que previene, la que acompaña y la que rescata antes del abismo.

A veces confundimos firmeza con dureza. Los fariseos eran expertos en la norma, eran prolijos y correctos. Pero Jesús nos pide algo superior. Y en el Evangelio, lo superior no es lo más rígido: es lo más humano.

En nuestra patria herida, a veces creemos que la seguridad se construye endureciendo el papel de las leyes. Y ojo, no negamos la libertad personal porque el mal existe y duele. Pero el Evangelio nos lanza una pregunta incómoda: ¿Queremos una sociedad más segura o una sociedad más fraterna? Porque sin fraternidad, la seguridad es un espejismo que terminamos pagando con más miedo y más rejas.

La justicia de Jesús es la que mira al joven y no lo reduce a su error. Es la que no le quita la etiqueta de “hijo de Dios” ni siquiera cuando se equivoca. Si empezamos a decir que nuestros “changos” son irrecuperables, estamos sembrando la misma violencia que decimos querer combatir. Jesús no viene a borrar los tribunales, pero nos recuerda que el Reino empieza mucho antes del juicio. Empieza cuando decidimos no descartar al otro.

Bajar una edad puede sonar a solución rápida, a alivio instantáneo para nuestro enojo. Pero el Evangelio nos pide profundidad. Nos pide mirar la desigualdad que empuja a tantos chicos a la periferia. La Iglesia no es ingenua; sabemos que el delito desgarra familias y que las víctimas merecen justicia. Pero la justicia de Dios nunca se confunde con la venganza. La justicia de Dios es siempre un camino de restauración para todo, todas, todxs.

Hermanos, al final del día, la pregunta no es qué edad vamos a poner en una ley escrita en un papel. La pregunta es: ¿Qué edad tiene nuestro corazón? Si nuestro corazón ha envejecido en el resentimiento y el "ojo por ojo", solo buscaremos castigo. Pero si nuestro corazón se deja renovar por el Espíritu, buscaremos caminos de inclusión y de esperanza.

Pidamos hoy al Señor esa justicia “superior”. La que nace de la misericordia, la que no mata con palabras y la que es capaz de dejar la ofrenda para ir a buscar al hermano que se perdió. Amén.


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