Evangelio según San
Mateo 5,13-16.
Jesús dijo a sus
discípulos:
Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la
volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los
hombres.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima
de una montaña.
Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la
pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin
de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.
Homilía por Fray Josué González Rivera,
OP
“Que su luz brille ante los demás”
Queridos
hermanos:
En nuestro mundo
nos encontramos con situaciones de tinieblas, con circunstancias en las que
parece apagarse la vida, donde no vemos con claridad qué decisión tomar, qué
camino o qué rumbo seguir, ya sea en el ámbito personal, familiar o social.
Nuestro mundo se vuelve complejo. Al mismo tiempo, aquello que antes brindaba
seguridad y confianza muchas veces se ve deformado o, dicho en otras palabras,
pierde su sentido; aquello que le daba sabor se desvanece.
Mientras pensaba
en esta reflexión, quería enumerar muchas de estas situaciones; sin embargo, me
di cuenta de que la lista sería interminable, porque son innumerables las
realidades que hoy nos preocupan, nos alteran, nos entristecen y nos
atemorizan.
Con las lecturas
de hoy damos continuidad al discurso de Jesús en la montaña. Después de las
bienaventuranzas, Jesús sigue instruyendo a los discípulos, aquellos que ya lo
han seguido, y les ofrece dos imágenes para que descubran cuál debe ser su
actitud frente al mundo. Esos discípulos que lo escucharon en su tiempo, los
que lo han escuchado a lo largo de la historia, y nosotros, que lo escuchamos
hoy, somos también discípulos-misioneros que nos ponemos a los pies del Maestro
y salimos al mundo no para luchar con una fuerza semejante a la de Dios, porque
no existe un dios de las tinieblas ni un dios de la oscuridad, sino para
enfrentar la violencia, maldad, corrupción e inseguridad. Dios es la fuente de luz
que, desde el origen de la creación puso orden al caos. Si somos capaces de ser
canales y conductores de la gracia de Dios en medio de este mundo, contribuimos
a que brille esa luz en la vida, a que el orden, la paz, la justicia y el amor
tengan un lugar en nuestra realidad.
El profeta
Isaías nos recuerda que la luz en la vida de los creyentes, antes que los
discursos abstractos y las prácticas religiosas ostentosas, surge de la
justicia concreta: compartir el pan con el hambriento, acoger al pobre, vestir
al desnudo y atender a los hermanos. La claridad nace de la caridad efectiva;
la fe se vuelve luminosa y adquiere sabor cuando se conjuga con obras
concretas.
Como la luz,
iluminamos las tinieblas; como la sal, damos sabor y sazón a las situaciones de
la vida para que no queden insípidas. Para nosotros, discípulos-misioneros, no
es indiferente creer o no creer en Dios. Si creemos, sabemos que la vida
adquiere otro sabor y otra iluminación si estamos con Dios, y aprendemos a
descubrir cómo nos acompaña la Gracia y bendición que nos concede en nuestras
vidas.
La sal y la luz
nunca son protagonistas. Se nota su ausencia cuando faltan, pero resultan muy
llamativas y distractoras cuando se exceden; si están en una justa medida, casi
no se perciben, pero son importantes. De igual modo, estamos llamados a dar
sabor e iluminar, no para ser protagonistas, sino porque deben resplandecer el
amor, la compasión y la misericordia de Dios en las distintas situaciones de la
vida.
En nuestro mundo
faltan estos elementos, y se nota. También existen quienes se creen más de lo
que son y buscan protagonismo, ocultando el verdadero sabor o cegándonos ante
la realidad.
El anuncio
cristiano no depende del protagonismo personal ni de estrategias sofisticadas;
se funda, ante todo, en el poder del Espíritu. El discípulo-misionero no busca
lucirse, sino transparentar a Cristo. Como dice san Pablo en la segunda lectura
del día: no es la fuerza humana la que sostiene la misión, sino la fuerza de
Dios, que se manifiesta por su gracia, gracia que recibimos y compartimos. No
por privilegios individuales, sino como fruto de una vida recta, misericordiosa
y confiada en Dios, somos luz y sal: no por fuerza propia, sino como reflejo de
Él.
Entonces, como afirma el salmo, brillaremos en las tinieblas, podremos ofrecer una luz que aclare los caminos y daremos un sabor que nos permita gustar y disfrutar la vida. Pidamos al Señor que nos conceda los dones que necesitamos en nuestra vida y que nos ayude, pues, a compartirlos con nuestros prójimos en el mundo de hoy.
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