viernes, 10 de abril de 2020

"EL PADRE Y LA CRUZ" - P. Sergio Romera

"Un silencio que habla, una ausencia que abraza, un abandono que salva"
"La lagrima de Dios Padre en la pasión del Hijo"


Queridos amigos:

El viernes santo es el centro del Triduo Pascual, el día en que por escena tenemos el Gólgota, por escenografía la cruz y por protagonista de este irrepetible drama a Jesús, el “Rey de los judíos”. Es de los tres días la estampa más lúgubre, oscura y sombría, en la que el drama se tiñe de llantos, los gritos sacuden y aturden, la muerte invade amenazante. El viernes santo es la bisagra entre la amistad cálida y compartida de una “última cena” y la manifestación portentosa y poderosa de una piedra que deslizándose deja entrever, velada y misteriosa, la victoria de la cruz. Entre la amical cena del jueves que ya ha pasado y la admiración del domingo de Pascua que esperamos, hoy clavamos las raíces de nuestras rodillas en el madero del viernes santo de la cruz. Un día en que la tierra tiembla y el cielo se estremece, los altares están desnudos, los sagrarios vacíos, las imágenes tapadas, las luces apagadas, y particularmente en este tiempo de pandemia, los templos cerrados y despoblados. Es el único día del año en que el sacrificio eucarístico de la misa no se celebra en toda la faz de la tierra.

Contemplemos e imaginemos por un instante el proscenio de la cruz: Jesús clavado en los extremos de sus manos y sus pies; la sangre vertía torrencialmente desangrándose; su piel flagelada cubierta de llagas; tendones abiertos teñidos de polvo; su cabeza coronada de finas y puntiagudas perlas llamadas espinas; su cuerpo desnudo, vulnerado, expuesto a las miradas burlonas de algunos y a la vista de otros que con mediocre vergüenza lo miraban y que Él con amor los perdonaba. Su corazón roto, herido, traspasado. Esta es la historia de un drama que tiene por protagonista a un rey aparentemente destronado. Muerto en el más rotundo silencio desesperado; en el impotente abandono de los amigos; en el sádico silencio de su Padre.

Amigos si este es el proscenio, si así está escrito el drama, y el protagonista es la cruz de quien en silencio entrega su vida, sufriendo la traición y la ausencia de sus amigos y la entrega de su propio Padre ¿qué es lo que hoy celebramos? ¿Qué podemos celebrar con este panorama? ¿Hay algo para celebrar? Yo diría que sí, más aún, hoy es un día en el que no podemos los cristianos dejar de celebrar y agradecer. ¿Por qué? Porque hoy, misteriosa y paradójicamente celebramos, no solo el regalo de la salvación que Jesús nos entrega con su muerte. Hoy, viernes sombrío de la cruz, recibimos otro regalo. ¿Cuál? El regalo del Padre. ¡Así es amigos! Hoy con la muerte del Hijo recibimos un nuevo y definitivo Padre. Es que en este drama de la cruz hay dos protagonistas: Jesús, el Hijo que se entrega al Padre, y el Padre, que abandona y entrega a su Hijo. Por eso dice San Pablo: Dios no perdonó ni a su propio Hijo;antes bien, lo entregó por todos nosotros (Rm 8, 32).

Pero si esto es así, inevitablemente surge la pregunta ¿Qué tipo de Padre es Dios que no perdonó a su Hijo? ¿Qué tipo de Padre es Dios que fue capaz de entregar a su propio y único Hijo al horror de una muerte injusta, inicua e infame? ¿Quién es este Dios que ante el grito de Jesús en la cruz, prefirió el silencio; ante el sufrimiento de su Hijo, prefirió la ausencia; y ante el clamor de la entrega, prefirió abandonarlo? Amigos… ¿qué tipo de Padre podemos recibir hoy, si fue Él mismo quien lo entregó? Vistas así las cosas, más que un Padre, pareciera ser un monstruo desalmado, sanguinario y cruel malvado, un mísero castrador y castigador, que pareciera estar en el cielo, cómodo y solitario, contemplando el escenario de su Hijo desfigurado, como única paga de todos nuestros pecados. ¿Esto es así realmente? Rotundamente NO.

El Padre no es un Dios que desde lejos y escondido, ajeno y lejano, miraba como pasivo espectador, el proscenio sangriento y desgarrado de su Hijo en el camino de la cruz. No. Padre e Hijo estaban unidos en la pasión. Juntos fueron a la cruz, juntos fueron escupidos, burlados, denigrados y azotados. Juntos, caminaron y cargaron el leño pesado del marrón amaderado de la cruz. Juntos sangraron gota tras gota hasta expirar el último suspiro y respiro de la muerte. Es aquí, en el instante decisivo de la cruz, donde la suprema trascendencia del Padre y la kénosis (anonadamiento) inmanente del Hijo se tocan, se rozan, se abrazan. 

Los brazos de la cruz fueron los brazos del Padre. Los extremos de la cruz fueron sus manos paternales. Más que a los brazos de la cruz, Jesús está firmemente clavado en el tierno y dilatado regazo del Padre. Y desde ese eterno e inefable abrazo entre la carne del Hijo y el madero del Padre, fluye y brota el más puro y poderoso amor capaz de sanar las heridas del Hijo y enjugar las lágrimas del Padre: el Espíritu Santo. En la cruz, el Hijo experimenta el mayor suplicio que es el abandono del Padre; pero a su vez, en el extremo de ese abandono, Padre e Hijo viven la mayor cercanía de la historia, el eterno instante en que Jesús cumple y entrega su misión al Padre. Así, hay agónica lejanía en la muerte y gozosa comunión en la misión. Es aquí, en la debilidad y sufrimiento de la cruz donde el Padre se revela como Soberano y en la aparente derrota de la muerte donde se revela como Todopoderoso. Por ello, el silencio del Padre nos habla, su ausencia hoy nos abraza, y su abandono nos salva.

Hoy viernes santo celebramos la pasión del Hijo y la pasión de un Impasible que es el Padre. Un Dios Todopoderoso capaz de sufrir, no por carencia de su ser sino por la abundancia de su Ser, que es el amor. Ésto es lo que significa que “Dios no perdonó ni a su propio Hijo”. Acaso ¿hay mayor amor que el de un padre por su hijo? ¿Hay mayor dolor que el de un Padre ver morir a su Hijo? Es esto lo que vivió, entregó y sufrió Dios con su Hijo y sigue sufriendo con nosotros sus hijos. Donde hay sufrimiento Dios nos acaricia, donde hay silencio Dios nos habla con ternura; donde hay soledad y ausencia Él nos acompaña, donde hay debilidad Él puede salvarnos; donde hay cruz y muerte Dios pone amor. Él es el Dios que sufre por amor en la cruz y que sufre con la cruz de cada hombre por amor.

Amigos, como dice el refrán: “amor con amor se paga”. Por ello, ante tanto amor en la cruz solo podemos responder con amor. Eso es lo que la liturgia nos propone mediante el gesto de la adoración de la cruz con un beso, y no hay pandemia ni aislamiento social que impida responder al Amor con un beso de amor. Por ello te propongo en este día lo siguiente: toma una cruz; mírala detenidamente y contempla al crucificado; intenta ver en el madero de la cruz los brazos amorosos del Padre que sostienen y acogen la entrega de su Hijo; contempla su amor y respóndele con un beso a la cruz.

Pero… ¡ojo! No te apresures ni lo hagas ligeramente. Recuerda que también con un beso Jesús fue traicionado. Te invito a que antes de besar la cruz te preguntes ¿cómo es mi beso a la cruz? ¿Cómo beso la cruz de cada día? ¿Será un beso amoroso, confiado y tierno de un hijo a su Padre, o el triste y trágico beso de un mísero traidor? ¿Será el verdadero beso de adoración o el beso del pecado que sigue martillando y matando al amor?

¿Cómo será tu beso?

Padre Sergio Romera, Arquidiocesis de San Juan de Cuyo


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¿POR QUÉ CREO EN DIOS? - P. Sergio Romera

¿En qué Dios yo creo? - P. Sergio Romera



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domingo, 5 de abril de 2020

"Los colores de Semana Santa" - P. Sergio Romera


Queridos amigos:
Hoy comenzamos a transitar el camino de Jesús, “La Semana” entre todas las semanas, la más augusta y fontal de nuestra fe. Semana Santa es un camino lleno de imágenes, rostros y estampas. Arranca con el rostro de un Jesús aclamado por la algarabía de una multitud que lo considera y declara como Rey, pasando por el rostro desfigurado y ensangrentado de quien clavado en la cruz grita de dolor mortal por el abandono de sus amigos y hasta de su mismo Padre. 
Pero a su vez, Semana Santa es un sendero colmado de diversos “colores” que nos hablan e interpelan en nuestro caminar. En esa variedad multiforme de colores hoy celebramos un color muy particular: el verde de los olivos que luego -en pocos días- se transformará en el marrón oscuro y rudo del madero. Colores que en sus voces  hicieron escuchar el verde de los ¡Hosanna al Hijo de David!, y que luego se convertirá en el marrón amaderado de gritos y de juicios que a voces se escuchaban en inicuos e  injustos ¡Crucifíquenlo! ¡Crucifíquenlo!
Pero en la paleta del camino de la pasión, estos colores se entremezclan y nos abre los ojos al espectáculo del misterio. Contemplaremos el brillo plateado de apenas treinta monedas de plata, precio tan bajo de una terrible entrega, traición y desgarro, que tuvo como desenlace la locura de Judas, traidor y traicionado, en un rostro pálido y derrotado.
Contemplaremos también el color blanco y cristalino de aquellas aguas frescas en las que Pilato entregó a la Verdad. Frescas aguas de un rostro temeroso de quien ante la duda tomó el camino más cobarde: lavarse las manos y entregar al aparente culpable.
En el camino nos toparemos con el violeta enfurecido de un Pedro empedernido que aunque negó tres veces al Maestro, con humildad y valentía, lloró al Maestro abandonado.
Cómo no evocar el variado colorido de grises y negros mezclados de aquellas tantas mujeres que con sus mantos ocultaron tremendo dolor despedazado al ver en carne propia quien les había tanto amado. El brillo de un gris lacerado y traspasado en los ojos de una Madre que sin entender, de pie, se deja clavar y traspasar con su Hijo crucificado.
El rojizo intenso y salpicado, no de pompa ni de púrpura, sino de la sangre derramada y la entrega desperdigada del aquel Rey cuya pompa y púrpura es su propia carne destrozada. El rojo empalecido de aquel tácito soldado que ante tal espectáculo, colmado de muerte y de fracaso, reconoció que en sus manos estaba el origen de lo creado, con aquellas simples y sentidas palabras que hacían en su alma una primera confesión de fe: ¡Verdaderamente éste, era el Hijo de Dios!
Finalmente, cómo no contemplar el desafiante negro de un inmenso cielo estremecido que junto al cosmos entero grita y muere desconsoladamente el abandono de Dios.
Que Semana santa sea Santa en la medida en que tú mismo la santifiques. En el pequeño templo de tu casa, en el altar de carne que es tu corazón, en el sencillo y noble rito de tu conversión. Solo así podremos contemplar aquel color que no conoce nombre ni paleta ni pincel. Aquel color usado únicamente por el “Artista” que pintó la más bella obra de todas las obras de la historia: la obra del Tabor sin fin, la obra de la vida sin horizonte ni ocaso, la obra del amor loco y apasionado... la obra de la Resurrección.
Amigo... ¿qué color o qué colores encuentras en la paleta de tu corazón? ¿Cuál es el color que el pincel de tu alma más está utilizando? ¿Quizá el plateado de la traición o el blanco cristalino de la indiferencia? Posiblemente encuentres el violeta intenso de la negación, o el rojo pálido de una fe desvanecida. ¿O será el negro de un cielo que gime dolor y tristeza en estos tiempos de pandemia? Amigo, sea cual sea el color de nuestra alma, durante esta Semana Santa busquemos en la paleta del genuino “Artista” el brillo de la luz, el esplendor del Tabor, la vida sin ocaso de nuestra propia resurrección.
Que esta Pascua nos devuelva la alegría del encuentro, la ternura del cruce de miradas, la caricia del beso reprimido y el desborde del abrazo inesperado. Que la Pascua de Jesús sea tu Pascua: el paso del verde de los olivos al marrón del madero, y del rojo ensangrentado de la cruz, al esplendor abrazador de la Pascua.
¡Santa semana Santa!


Padre Sergio Romera, Arquidiocesis de San Juan de Cuyo 
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viernes, 3 de abril de 2020

"Esta Semana Santa celebremos juntos, cada uno en su casa" - P. Quique Bianchi



Estamos a pocos días de comenzar una Semana Santa que va a pasar a la historia como una de las más singulares de la historia moderna. Las celebraciones litúrgicas, siempre tan ricas y concurridas, tendrán que celebrarse a puertas cerradas y sin la presencia del pueblo. Esta extraña modalidad lleva implícita una pregunta pastoral: ¿cómo animar a los fieles para celebrar esta Semana Santa?

Visto desde la vida pastoral de las parroquias sabemos que las celebraciones del Domingo de Ramos y el Triduo Pascual son momentos fuertes. En Semana Santa la gente está con una tendencia interior a la contemplación del misterio pascual. Todas las celebraciones se viven de un modo muy especial. Esto tiene su raíz en el hecho de que el misterio pascual es el corazón de nuestra fe: en la muerte de Jesucristo en la cruz y en su resurrección se cifra el sentido último de nuestra vida.
En Semana Santa penetramos con nuestra vida en ese ámbito de misterio que brota de la entrega de Cristo por amor a nosotros. Es un tiempo para concentrar nuestra mirada en Jesús y su amor redentor. Las celebraciones son la ocasión para que contemplemos su Pasión, no como simples espectadores, sino como actores de ese drama. Son nuestros pecados los que carga camino al Calvario. La cruz que lleva con la infinita fuerza de su amor es también la nuestra. La mujer fuerte al pie de la cruz nos es dada ese día y para siempre como nuestra Madre y compañera. Y también, cuando al amanecer de Domingo de Pascua, la creación entera se estremece por la resurrección de Cristo, llega un eco a nuestro corazón que lo inunda de alegría. 

Lo vivido en esa semana nos ayudan a entrar en contemplación y participación del misterio pascual ¿Cómo hacerlo este año? ¿Qué podemos hacer para que esta Semana Santa no pase desapercibida? ¿Qué puede hacer un párroco -solo y encuarentenado en su parroquia- para ayudar a los fieles a configurar sus vidas con la Pasión salvadora de Jesucristo? Lo primero -en el caso de un sacerdote- es resistir a la tentación de desentenderse de la situación. La excusa está servida en bandeja: “no se puede hacer nada”. La caridad pastoral no puede conformarse con eso. En el fondo de un corazón de pastor siempre hay un llamado a buscar lo que Dios hace en su pueblo y colaborar con esa obra. El que ama siempre encuentra caminos.

Además, no podemos ser indiferentes a todas las zozobras que está pasando la gente en estos momentos. Los noticieros están llenos de muertos y peligros por el avance del virus. El aislamiento no es fácil para ninguna familia. Sobre todo para las que no tienen todo resuelto para quedarse en la casa y necesitan salir a ganarse el pan del día. Los cristianos llevamos en el ADN el reclamo de hacernos hermanos del que sufre. En ese sentido, esta situación abre un gran campo de trabajo pastoral en las parroquias ayudando a los que más necesitan. Pero en el fondo, lo que todos precisamos ante esta epidemia de miedo y soledad es un consuelo. Y nada más consolador que la certeza de la presencia amorosa de Dios en nuestras vidas. Eso necesita hoy nuestro pueblo y la Semana Santa nos ofrece una ocasión inmejorable de sembrarlo.

Una idea sencilla me resulta una brújula en estos momentos: “invitar a rezar juntos pero cada uno en su casa”. Buscar caminos para animar la oración de las familias en aislamiento en esta Semana Santa. Esto aprovechando los senderos de oración que recorre el pueblo fiel. Dios es quien está en búsqueda de su pueblo y suscita siempre formas de encuentro más allá de lo que proponemos los pastores. 

En esta ocasión, una línea de acción puede ser animar la oración del pueblo de Dios ayudando a que se sientan parte de un cuerpo en oración. Por ejemplo, desde las parroquias se podría buscar que cada familia en sus casas sientan que verdaderamente están participando de las celebraciones que se hagan en las parroquias. El decreto de la Santa Sede del 25 de marzo recomienda avisar los horarios de las celebraciones y -en lo posible- transmitirlas en directo. En esta situación el uso de las redes sociales puede ser un camino providencial. Personalmente, hasta antes de este aislamiento, tenía mis reparos con estas redes y el modo en que frecuentemente se usan. Sin negar sus innumerables posibilidades de ponernos en contacto con los demás, siempre me pareció que su ritmo interno tiende a establecer una relacionalidad más superficial que vital. Un ámbito más propio para vivir una lógica de consumo que una relación verdaderamente humana. Cualquiera sabe que no es lo mismo un “amigo” de las redes que un amigo en la vida. Sin embargo, creo que esta pandemia nos está mostrando a todos que las redes pueden también generar un vínculo profundamente humano. Ante la imposibilidad de la presencia física de nuestros seres queridos hemos aprendido a percibir en nuestro espíritu un nuevo modo de presencia, mediada por una pantalla. Esa densidad humana que puede llegar a tomar una presencia virtual es lo que tenemos que aprovechar en la evangelización, especialmente en esta Semana Santa. (Estos modos de presencia es algo que la teología tendría que ayudarnos a pensar). Desde ahí podríamos pensar las celebraciones en la parroquia. No se trata sólo de “transmitir la misa por internet”. No podemos hacer de la misa un “contenido viralizable” para el entretenimiento de los ocasionales espectadores (en este sentido parece ir la indicación del decreto de la Santa Sede cuando habla de transmisión en directo, no grabada).

Lo que hay que buscar es fomentar en la gente una verdadera participación desde sus hogares. Rezar juntos, cada uno en su casa. La asamblea convocada en torno al altar es signo de la comunión de los santos. Esta vez es imposible la reunión física. Apenas se puede intentar una especie de reunión mediatizada por las pantallas. Aun así, nada impide que esa asamblea dispersa físicamente -pero unida en un mismo espíritu- también pueda significar, de un modo análogo, la comunión de los santos.

En el terreno práctico, si la transmisión se hace por Youtube (cosa muy sencilla y económica), esta plataforma ofrece la posibilidad de ver la celebración en el televisor. Se puede invitar a la familia a que disponga el hogar para la celebración armando un altar debajo del televisor, con las imágenes religiosas de la casa, con una vela encendida. Preparando el ambiente para asistir a la misa del modo más parecido posible a la presencia en el templo. Después de todo, las primeras celebraciones cristianas eran en las casas.

También, la imposibilidad de la comunión sacramental puede dejarnos una enseñanza. Entrar en verdadera comunión con Cristo es mucho más que comer el pan sacramentado. Comulgar con Cristo es formar en Él un cuerpo de hermanos. La Eucaristía, fuente de la vida cristiana, es una gracia que nos transforma configurándonos a una existencia fraterna, como la de Jesús. Nos lleva a sentirnos hermanos de cada uno, especialmente de los débiles y sufrientes. La misa es un envío (missio) a construir la hermandad de la familia humana. Algunas piedades eucarísticas nos hacen correr el riesgo de reducir la comunión frecuente a un bien de consumo religioso para la santificación individual. Esta pandemia, además de imponernos un “ayuno eucarístico”, acerca a la comodidad de nuestro sofá el rostro de tantos que sufren enfermedades, miedos, soledades.  Un genuino fervor eucarístico nos llevaría más a tenderle nuestra mano a esos hermanos que a extrañar el pan y el vino consagrados. 

Por último, sabemos que muchos mantienen la saludable costumbre de confesarse en Semana Santa. En esta oportunidad el sacramento de la reconciliación va a resulta inaccesible. Pero en la doctrina de la Iglesia existe la posibilidad de un -si se me permite la expresión- “perdón sin sacerdote”. Es algo de lo que poco hablamos en la Iglesia y que se lo conoce como “contrición perfecta” (Catecismo 1451-1452). En este punto el papa Francisco -verdadero párroco del mundo- nos dio una lección de cómo explicarlo su misa en Santa Marta del 20 de marzo: “Es muy claro: si no encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, que es tu Padre, y dile la verdad: 'Señor, he hecho esto, esto, esto... Perdóname', y pídele perdón con todo mi corazón, con el Acto de Dolor, y prométele: 'Me confesaré más tarde, pero perdóname ahora'. Y de inmediato, volverás a la gracia de Dios. Tú mismo puedes acercarte, como nos enseña el Catecismo, al perdón de Dios sin tener un sacerdote a mano. Piensa en ello: ¡es la hora! Y este es el momento adecuado, el momento oportuno. Un acto de dolor bien hecho, y así nuestra alma se volverá blanca como la nieve”. En definitiva, más allá de los miedos, más allá del dolor y de la muerte que parecen campearse triunfantes estos días, tenemos una certeza que estamos llamados a contemplar y compartir en esta Semana Santa más que nunca: el amor de Cristo -entregado en la cruz- es más fuerte que todos los males y nos sostiene cada día. ¡No dejemos que un virus nos robe la Semana Santa! 

Quique Bianchi Viernes de Pasión 2020 

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domingo, 29 de marzo de 2020

5° Domingo de Cuaresma - “CREO EN JESUCRISTO, CREO EN LA VIDA”- MONSEÑOR ANGELELLI



Queridos amigos en este quinto domingo de Cuaresma, queremos compartir con todos ustedes una propuesta para vivir un momento de oración en casa (Descargar aquí).  (Material elaborado por la editorial "Alégrense" el grupo "Encontrarnos")

También te compartimos el Evangelio del día y una homilía de Monseñor Enrique Angelelli, obispo y mártir.

Al final esta publicación encontraras  una canción "Lázaro de Betana" del P. Eduardo Meana.

Feliz y bendecido domingo para todos!!!


Lecturas del día:

Ezequiel 37,12-14. / Salmo 130(129),1-2.3-4ab.4c-6.7-8. / Romanos 8,8-11.

Evangelio según San Juan 11,1-45.

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo". Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella". Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea". Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?". Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él". Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo". Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará".
Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo". Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él". Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas". Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día". Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?". Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo". Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama". Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto". Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: "¿Dónde lo pusieron?". Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás". Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!". Pero algunos decían: "Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?". Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto". Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?". Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado". Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!". El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar". Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él.

Homilía de Monseñor Enrique Angelelli (16 de marzo de 1975):

Estamos en el quinto domingo de cuaresma. Los textos de hoy son: Ezequiel (37, 12-14). Carta a los Romanos (8, 8-11). Evangelio de Juan (11, 1- 45). El recorrido austero y penitente de la Cuaresma llega a su término. Estamos en vísperas de la Semana Santa. Nuevamente el misterio central del cristiano: la Muerte y la Resurrección de Cristo. La Semana Santa nos vuelve a hacer como un desafío al recordarnos la PASIÓN – MUERTE - RESURRECCIÓN de Cristo en su genuino valor. No recordamos solamente, sino que lo debemos vivir, actualizado, hoy, en nosotros y para nosotros. Así lo vivirán en cada comunidad parroquial y en ese el encuentro cristiano que se hace cada año en el “Señor de la Peña”.

Hoy, seguimos repitiendo de diversas maneras, la pregunta angustiada de Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto...”. Jesús, también a nosotros, nos sigue diciendo: “YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA”, quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá... el que está vivo y cree en Mí, no morirá para siempre... ¿CREES ESTO? nos pregunta Jesús. Nosotros, con Marta y María lo queremos decir: “creemos, Señor, que eres la resurrección y la vida”. Y Jesús nos continúa diciendo: “Yo soy el Pan de la Vida” ( Jn. 6,35). “Yo soy la Luz del Mundo” ( Jn. 8,12); “Yo soy la puerta para las ovejas” ( Jn. 10,7). “Yo soy el Buen Pastor” ( Jn. 10). “Yo soy la verdadera vid” ( Jn. 15); “El que es de Dios, escucha la Palabra de Dios: si ustedes no la escuchan, es porque no son de Dios” ( Jn. 8,47); “El que es fiel a mi palabra, no morirá jamás” ( Jn. 8,52). Y con el ciego de nacimiento le decimos: “Creo Señor...” ( Jn. 9,35-38).

Hoy, todos nos deberíamos hacer estas preguntas:

¿Qué es creer? ¿Qué es tener la fe cristiana?
¿Qué es creer en Jesucristo Muerto y Resucitado por nosotros los hombres?
¿Qué es ser hijo de la Iglesia de Jesucristo?
¿Creemos que Jesucristo es la Resurrección y la Vida?
¿Qué significa hoy para nosotros, el bautismo, la confirmación, la comunión, la confesión de nuestros pecados, el matrimonio sacramental, el sacerdocio, la unción de los enfermos?
¿Qué sentido tiene para nosotros la vida y la muerte? ¿No nos preocupa?
¿Somos indiferentes? ¿Tenemos temor de afrontar estas preguntas?
¿Creemos que son inventos de los curas?, ¿Entretenimientos piadosos de nuestras madres y abuelas? ¿Nos sentimos hombres creyentes u hombres incrédulos?
¿Qué tiene que ver la fe cristiana con la vida de todos los días?
¿Es un asunto solamente para las fiestas patronales y las fiestas de San Nicolás?

La incredulidad no se manifiesta solamente por la simple indiferencia. La incredulidad manifestada en los fariseos del evangelio, quiere la muerte de aquel que proclama la verdad. La oposición a la verdad no pertenece sólo al plano teórico, sino que es activa y pretende eliminar la luz. Las tinieblas luchan contra la luz. Dice Jesús: “en esto consiste el juicio; la luz vino al mundo y los hombres no la recibieron, prefirieron las tinieblas, porque sus obras eran malas. Todo el que obra el mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz y de ese modo manifiesta que sus obras han sido hechas en Dios” ( Jn. 3, 19-21). Todo lo que venimos diciendo nos ayuda mejor a comprender lo que se nos dijo el Miércoles de Ceniza: “CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO”. Creer en el Evangelio es creer que JESÚS ES LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA, que nos hace testigos de la resurrección y de la vida a nosotros cuando nos hizo cristianos por el bautismo. Cuando bautizamos un niño, hacemos un testigo de la resurrección y de la vida, como Jesús. Lo importante es examinarnos si lo somos en nuestra conducta diaria, ahora que somos grandes. No sólo cuando vamos a las novenas y a las fiestas patronales, sino en el hogar, en el trabajo, en las relaciones entre nosotros.

En este pasaje del Evangelio, en el cual Jesús llama a su amigo Lázaro de la muerte a la vida, debemos acrecentar el deseo ardiente de que somos llamados para construir la vida; que la construimos con la esperanza de cada día; con la fuerza del caminar juntos; buscando juntos las razones porque vivimos, creemos y esperamos. Lo importante es reflexionar si pretendemos construir la vida con una escala de valores, que lejos de construirla, la destruye.

¿Cuáles son nuestros criterios para vivir? ¿Aprovecharnos de los demás o ser serviciales, amigos, hermanos, generosos, solidarios los unos de los otros? ¿Ayudamos a los que más necesitan o nos aprovechamos de ellos porque son débiles, sin voz y sin fuerza? ¿Esto es lo que quiere Cristo al habernos llamado a ser cristianos? Esta es la voluntad de nuestro Padre Dios: “que todos los hombres tengan vida y la tengan en abundancia”. Esta VIDA nos viene por Jesucristo. Decir creo en Jesucristo es decir: CREO EN LA VIDA. La esperanza en la vida es seguridad, confianza, ánimo, coraje, optimismo. Esta esperanza cristiana exige la cruz. Nace cuando humanamente todo se quiebra y oscurece, como en la Pasión y Muerte de Jesús. Por eso no es nada cómoda ni fácil. Supone “constancia”, “virilidad”, “perseverancia”. El Espíritu Santo la afirma en nosotros como virtud activa y creadora. Una Iglesia que grita la esperanza y la vida es una Iglesia que anuncia lo definitivamente “nuevo”. Por lo mismo, lo definitivamente “justo”. Una Iglesia que anuncia y grita la esperanza es una Iglesia que sigue creyendo en la fuerza transformadora del Evangelio. Es una Iglesia comprometida en el servicio integral de su pueblo. Hoy, cuando analizamos nuestra realidad concreta de todos los días, se hace más urgente levantar la voz de la esperanza y seguir anunciando que lo definitivamente valedero es construir la vida. Vivir en la esperanza es creer fuertemente en el Señor, en su presencia y acción, y luchar evangélicamente por cambiar algo todos los días.

No construimos la vida, cuando:
- impedimos que los hombres sean hermanos,
- nos constituimos en mensajeros de la calumnia, la mentira, la injuria,
- marginamos a nuestros hermanos en provecho propio,
- no asumimos las responsabilidades del hogar como esposos, padres e hijos,
- impedimos que nuestros hermanos más pobres y necesitados económicamente tengan acceso a la educación, a la salud, a una vida digna, a un conocimiento verdadero de la Fe Cristiana,
-  usufructuamos de las responsabilidades que se nos han confiado para provecho de nuestros intereses, especialmente económicos,
-  impedimos la verdadera liberación, según Dios, de un pueblo,
- somos sembradores de desconfianza, de intrigas, de resentimientos, etcétera.
-  quitamos la vida de nuestros hermanos más indefensos, porque aún están en el seno materno, por medio del “aborto”,
- utilizamos todo tipo de violencias, físicas y morales.


Amigos: El texto evangélico de la resurrección de Lázaro, nos debe hacer pensar a todos. ¿Ayudamos a que nazca y crezca la vida o la impedimos y la hacemos morir? Hablamos no sólo de la vida biológica y material, sino de todo tipo de manifestación de vida. Alguien ha escrito: “Existen en el corazón de muchos hombres tesoros prodigiosos de amor. Hay que descubrirlos. Seguiré creyendo que la vida del hombre, la sonrisa de un hombre es más importante y vale mucho más que todas las conquistas del espacio. Seguiré creyendo en el hombre y en el amor que lo hará libre. Continuaré en la lucha todos los días, con todas las fuerzas, con todo el corazón, para que haya en este mundo menos injusticias sociales, menos dolor y menos infelicidad”. (R.F. “La dignidad del hombre”). Decía un médico español de 49 años, casado con cuatro hijos: a la pregunta de si se consideraba feliz, respondía: “me considero feliz. Feliz porque no estoy contento conmigo mismo. Feliz porque quiero hacer algo para que el mundo sea mejor. Feliz porque creo que mis hijos serán mejores que yo. Feliz porque sé que existe un Salvador, Cristo. Feliz porque creo, porque espero, porque sufro, porque amo o intento amar por lo menos.” Que estas reflexiones nos guíen nuestra semana en la reflexión.






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sábado, 21 de marzo de 2020

4° Domingo de Cuaresma - CELEBRACIÓN Y HOMILÍAS


Queridos amigos debido a la propagación del Coronavirus, en muchos países se suspendieron las misas, dispensando el precepto dominical de la misa presencial y recomendando la participación en la misa a través de distintos medios de comunicación. Aquí te proponemos las lecturas del día, una celebración familiar (elaborada por la Conferencia Episcopal Argentina) y algunas homilías para reflexionar y rezar en este cuarto domingo de Cuaresma

Lecturas del día: Samuel 16,1b.6-7.10-13a. / Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6. / Efesios 5,8-14.


Evangelio según San Juan 9,1-41.


Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?". "Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo". Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?". Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". El decía: "Soy realmente yo". Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?". El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi". Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé". El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo". Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos.
Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta". Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?". Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta". Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él". Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador". "Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo". Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?". El les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?". Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este". El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada". Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron. Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?". El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?". Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando". Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él. Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven". Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?". Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece".

Descargar Celebración Familiar IV Domingo de Cuaresma


Homilías:


"Yo soy la Luz del mundo" - Cardenal Eduardo Pironio, Siervo de Dios



"La perspectiva sigue siendo la Pascua" - José Aldazabal,  SDB   


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