sábado, 8 de marzo de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP



Lecturas del día Deuteronomio 26,4-10. Salmo 91(90),1-2.10-11.12-13.14-15.Carta de San Pablo a los Romanos 10,8-13. 


Evangelio según San Lucas 4,1-13.


Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto,

donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre.

El demonio le dijo entonces: "Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan".

Pero Jesús le respondió: "Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan".

Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra

y le dijo: "Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero.

Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá".

Pero Jesús le respondió: "Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".

Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo,

porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden.

Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra".

Pero Jesús le respondió: "Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios".

Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.


Homilía por Fray Josué González Rivera OP


Fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado


Queridos hermanos, nos encontramos ya en el tiempo de la Cuaresma, un periodo especial en el que la Iglesia nos invita, a través de la liturgia, a contemplar un camino de preparación que nos dirige hacia la Pascua. Este tiempo sagrado es una oportunidad para profundizar en nuestra propia conversión, apoyándonos en las prácticas que el Miércoles de Ceniza nos ha señalado: el ayuno, la oración y la limosna. Son estos algunos de los medios privilegiados para recorrer este camino espiritual.


Hoy, en este primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta la escena de Jesús en el desierto, donde es tentado por el demonio. Durante cuarenta días, Jesús se dedica a la preparación de lo que más adelante será su ministerio público. Sin lugar a duda, esto nos lleva a hacer una analogía con nuestros propios cuarenta días cuaresmales, en los que nos preparamos para celebrar la Pascua.


El desierto es un espacio con un profundo significado en la historia de la salvación. En el Antiguo Testamento, fue allí donde Moisés y el pueblo de Israel afianzaron su alianza con Dios, lo conocieron mejor y experimentaron su presencia de una manera especial. Sin embargo, el desierto es un lugar ambivalente: por un lado, representa la experiencia del encuentro con Dios, pero, por otro, es un espacio de prueba, exigencia e incluso tentación, donde las fuerzas del mal intentan apartarnos del camino del Señor.


Es importante notar que Jesús no llega al desierto por casualidad: el Espíritu Santo lo conduce allí. Dios está presente en ese lugar árido y desafiante. La tentación no sucede en un abandono absoluto, sino en la compañía del Espíritu. Del mismo modo, cuando nosotros atravesamos los desiertos de la vida, cuando enfrentamos dificultades y pruebas, no estamos solos, sino que contamos con la presencia del Espíritu de Dios.


El desierto es un espacio de vulnerabilidad, un lugar donde los recursos son escasos y donde se revelan nuestras fragilidades. Jesús, siendo verdadero Dios y verdadero hombre, experimenta esta vulnerabilidad, padeciendo el hambre, la sed y la tentación. Sin embargo, nos muestra que es posible atravesar el desierto y salir victorioso.


Las tentaciones que enfrenta Jesús tienen un significado profundo: Transformar una piedra en pan representa la búsqueda de la satisfacción personal, la tentación de reducir la vida a lo material. Inclinarse ante el maligno para obtener poder es la tentación de la corrupción, de buscar el dominio y el éxito sin importar los medios. Arrojarse desde el pináculo del templo para provocar un milagro es la tentación de manipular a Dios, de buscar la fe basada en lo espectacular y no en la confianza. Jesús rechaza estas falsas promesas porque tiene a Dios como su verdadera fuente de satisfacción, fuerza y misión. Su vida va más allá de lo material, se mantiene fiel al Reino de Dios y no busca que la fe dependa de espectáculos llamativos.


Jesús enfrenta la tentación respondiendo con la Palabra de Dios, citando en particular el Deuteronomio. Este libro no es solo un compendio de leyes, sino un testimonio del llamado a la fidelidad, a la confianza en Dios y a la conversión. En Él encontramos la enseñanza de que la fe no es una cuestión de comodidad o de privilegios, sino un camino de entrega y fidelidad. Al comenzar nuestro camino cuaresmal, pidamos al Señor que nos lleve al desierto, al lugar del encuentro con Él. Un encuentro que nos impulse a fortalecer nuestra vida espiritual, no solo con oraciones y sacrificios, sino también con una vida más generosa y comprometida.


A lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana, el desierto ha representado un espacio privilegiado de conversión. Es el lugar donde se hace una pausa en la cotidianidad para buscar a Dios con mayor intensidad. En esta Cuaresma, cada uno de nosotros está llamado a encontrar su propio desierto: un momento de silencio, de reflexión, de desapego de las distracciones que nos alejan del Señor. También podríamos sentir que hay situaciones de especial angustia y tristeza que son como desiertos donde somos llevados, sin ver una salida clara. Pero debemos recordar que el desierto no es nuestro destino final. El pueblo de Dios no se quedó en el desierto, sino que lo atravesó y salió fortalecido para entrar en la tierra prometida. Jesús no se quedó en el desierto, sino que, venciendo la tentación, salió para anunciar el Reino de Dios.


También nosotros, cuando realicemos nuestras prácticas cuaresmales, debemos recordar que la Cuaresma no es un fin en sí misma, sino una preparación para la Pascua. Nuestro objetivo no es solo renunciar a ciertos placeres o costumbres, sino convertirnos realmente al Evangelio y caminar hacia la vida nueva que Cristo nos ofrece. Que el Espíritu Santo nos conduzca en este camino, y que la Pascua nos espere al final de nuestro desierto.




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sábado, 1 de marzo de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Juan Manuel Gómez


Lectura del día: Libro de Eclesiástico 27,4-7. Salmo 92(91),2-3.13-14.15-16. Carta I de San Pablo a los Corintios 15,54-58.


Evangelio según San Lucas 6,39-45.


Jesús hizo a sus discípulos esta comparación: "¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo? El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro. ¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: 'Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo', tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano."

No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas. El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.


Homilía por Pbro. Juan Manuel Gómez


Estamos celebrando el 8° Domingo del Tiempo Ordinario, que se verá interrumpido este próximo Miércoles por el inicio del Tiempo de la Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza.


La Palabra de Dios de este domingo es para nosotros un anticipo de lo que el camino Cuaresmal quiere animar en nosotros. Ir a lo más profundo, al interior de nuestro corazón, buscar lo bueno que brota en él, fruto del Amor puro de Dios que nos ha hecho hijos suyos, y abandonar todo lo malo que nos aleja, nos lastima y no nos deja vivir “la valentía de la libertad de los hijos de Dios, para amar a todos sin excluir a nadie”, como reza nuestra oración por la patria.


El libro del Eclesiástico, en la primera lectura, nos muestra la sabiduría profunda de quien conoce su corazón y busca acercarlo al Señor. “El árbol bien cultivado se manifiesta en sus frutos” nos expresa el autor sagrado. Ciertamente la imagen de los frutos de un árbol nos resulta cercana. Cuando cosechamos aquellos frutos apetitosos, dulces, que son un deleite para el paladar, nos da gusto saborearlos, disfrutamos al comerlos y nos sacian de verdad. Y por ende cuando esos frutos están podridos, pasados, agrios, nos da asco y rechazo porque no podemos disfrutarlos y nos quitan el gusto.


En nuestra vida pasa lo mismo. ¡Qué gusto da cuando producimos frutos buenos!: palabras, obras, pensamientos, sentimientos buenos que brotan de un corazón firmemente plantado en el Señor, como reza el Salmo 91 que hemos proclamado. Somos capaces de hacer las cosas bien, de brindar lo mejor a los demás, de sostenernos mutuamente y acompañarnos en el dolor, de tender una mano al que está caído, de ayudar al que está desamparado, de consolar al que está triste, de amar al que está herido, de perdonar al que nos ofende.


Solo podemos dar frutos buenos dejando brotar en nuestra vida, con nuestras acciones y pronunciando con nuestra boca el Amor del Señor. Y acá deberíamos preguntarnos ¿Descubro que Dios me ama? ¿Busco estar con Él? ¿Hace cuánto que no me confieso y me reconcilio con el Señor para poder dejarme llenar el corazón de ese Amor puro que él tiene por mí? ¿Doy mi vida como un fruto bueno a los demás?


El fruto es puro don de sí mismo, el árbol no produce el fruto para sí mismo, es hacer extensiva su vida para que otro se sustente. Mis frutos son para los demás, y así también los frutos de los demás son para mí, el sustento que sostiene la vida en cada uno ¡Qué maravilloso es Dios! Nos hace hijos suyos y por eso todos somos hermanos, todos necesitamos del otro, todos somos para los otros. Todos, todos, todos, como nos dijo el Papa Francisco.

Es más que claro que si nosotros no cuidamos y buscamos este vínculo con él, todo en nuestra vida se vuelve amargo, agrio, vacío y sin sentido, estéril, incapaz de dar vida.

He aquí que se nos anuncia una Buena Noticia, San Pablo lo expresa en la Carta a los Corintios, de la segunda lectura, somos transformados por la victoria de Jesús sobre la muerte y el pecado. Cristo vence y nos reviste de su vida para que permaneciendo firmes y buscando obrar y vivir como Él nos pide, brote naturalmente por obra de su amor y de su gracia lo bueno que hay en nosotros, esforzándonos por permanecer en su amor y realicemos todo lo bueno que podemos dar.


Dice Jesús en el Evangelio: “El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene su corazón”. Cada uno de nosotros hermanos tiene un tesoro de bondad. Somos hijas e hijos de Dios. A través de cada uno el Amor del Señor se manifiesta ¡No te creas ese mensaje de desaliento y desánimo de que no hay nada bueno en vos!


¡Tampoco creas que en tus hermanas y hermanos no hay nada bueno! ¡Anímate a mirar más hondo el corazón de tu hermano! Por eso el Señor nos exhorta cuando dice “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?” Señor enséñanos a mirar a nuestros hermanos como Vos nos mirás y desde Vos, contemplar la vida en lo más hondo de su corazón para ser alentadores de la esperanza en ellos.


Aunque a veces damos frutos amargos y agrios: palabras hirientes y lastimosas, desprecios e indiferencias, odios y resentimientos, agresiones y ofensas, mentiras y falsedades, infidelidades e impurezas, nuestra raíz más profunda es lo bueno que Dios ha puesto en nosotros de su Amor. Y sólo podemos vencer y sacar de nuestros corazones todo lo malo que nos daña dejándonos atravesar el corazón por el Señor y sumergirnos en su Misericordia que nos sana, nos levanta y no purifica.


Como comunidad tenemos que luchar juntos, caminar al lado, como peregrinos, como hermanos ¡Qué lindo es reconocerle al otro lo bueno que hay en él y animarlo a seguir y dar vida! Cuando nos sostenemos y apoyamos en el hermano buscando lo bueno en nosotros el Espíritu Santo nos impulsa con fuerza para luchar.

¡Pienso en este momento en nombres y rostros concretos de hermanos que me sostienen y acompañan ayudándome a dar lo mejor de mí! Esos hermanos que con sus palabras, sus gestos de amor y cariño, su silencio presente y de escucha atenta, sus abrazos y amor sincero y puro impulsan mi corazón a la abundancia del Amor, a no caer, a no dejar de luchar y a dar mi vida.

¡Vos también los tenés! Dale gracias al Señor por ellos, dale las gracias a cada uno por estar a tu lado y anímense mutuamente a seguir adelante juntos.


El Señor sondea y conoce nuestros corazones, Él nos creó. Como dicen las madres y los padres a sus hijos: “yo te tuve en brazos, te di de comer en la boca, te cambiaba los pañales ¿cómo no te voy a conocer?”. Bueno así también el Señor nos conoce y nos ama como somos. Y Él tiene esperanza en cada uno de nosotros. Es la esperanza que no defrauda. Si nos hacemos más conscientes de esta realidad vamos a luchar por dar frutos buenos. Vamos a poder proclamar ¡Qué bueno es el Señor! y también alentarnos mutuamente como verdaderos hermanos ¡Qué bueno que sos! Porque de la abundancia del corazón habla la boca. 

Animémonos como “Peregrinos de la esperanza”, lema de este año jubilar.


Pongamos palabras a lo que hay en nuestros corazones, reconozcamos nuestros frutos malos y renovemos la gracia del amor y el perdón en el Sacramento de la Reconciliación, nutramos nuestro interior del Amor de los amores en la Eucaristía, empapemos nuestros oídos y bocas de la palabra del Señor, pidamos la gracia en la oración de ver y mirar la bondad de Dios en nuestros hermanos y en nosotros mismos.


Así  hermanos y hermanas nos disponemos a iniciar nuestro próximo camino Cuaresmal y podremos celebrar juntos la gran alegría de la Pascua. María, nuestra Madre camine con nosotros y nos sostenga en sus brazos tiernos de mamá en la búsqueda del Amor de Dios en nosotros.





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viernes, 28 de febrero de 2025

CURSO DE HISTORIA DEL ARTE SACRO



La Pastoral Artística y el Instituto de Teología y Catequesis San Juan Bautista de la Arquidiócesis de San Juan de Cuyo informan que se encuentran abiertas las inscripciones para el curso de “Historia del Arte Sacro”, que dará inicio el próximo 8 de marzo. Los interesados en inscribirse deben completar el siguiente formulario: Quiero inscribirme

Esta propuesta educativa, con resolución ministerial (Disposición Nº 216-DEP-2024), se llevará a cabo por segundo año consecutivo. En la primera edición, el curso se dictó de forma presencial en la provincia de San Juan, y ahora, debido a la demanda, se ofrecerá de forma virtual, permitiendo a los participantes realizarlo también de manera asincrónica si no pueden conectarse en el horario establecido. Las clases se desarrollarán los sábados de 8:30 a 12:00 hs.

El curso tiene como objetivo promover la valoración y el cuidado del patrimonio artístico y cultural de la Iglesia, así como la evangelización a través del arte. Durante las clases, los participantes profundizarán en la relación entre la fe y el arte sacro, abarcando su evolución histórica desde sus orígenes hasta la actualidad.

Está destinado a artistas, catequistas, sacristanes, sacerdotes, religiosos/as, miembros de grupos o movimientos pastorales, jóvenes y cualquier persona interesada en general. También es una propuesta abierta a quienes, con o sin conocimientos previos, deseen conocer más sobre el tema. El curso es adecuado tanto para quienes ya se desempeñan en áreas pastorales como para quienes desean iniciarse en el estudio del arte sacro.

Cabe destacar que el plan de estudio del curso propone diversas materias que abarcan las distintas expresiones artísticas y que están a cargo de profesionales, sacerdotes y artistas de diferentes provincias. Entre las asignaturas se encuentran: Teología y Arte dictada por el presbítero Miguel Tejada y la lic. Laura Alaniz (San Juan); Arte, Liturgia y Espiritualidad, a cargo del presbítero Ángel Hernández (San Juan); Historia del Arte Sacro, dictada por Juan Pablo Lovisolo (Mendoza); Iniciación a la Teología Oriental Cristiana, dictada por Miriam Bellver (San Juan); Arte y Nueva Evangelización a cargo de Pablo Grando (Mendoza); Conservación y restauración a cargo de Julio Incardona (Córdoba); Iconografía Bizantina a cargo de Fernando Loré (San Juan); Arte Textil Sacro, a cargo de la lic. Stella Velardez (San Juan); Arte Sacro Literario, a cargo de la prof. Liliana Scalia (San Juan); Evangelización Digital a cargo del presbítero Diego Olivera (La Rioja); Música Sacra dictada por el presbítero Esteban Sacchi (Buenos Aires); Arquitectura Sagrada Moderna y Contemporánea, a cargo de Santiago De Paolis (San Juan); Bienes Culturales, Turismo y Patrimonio de la Iglesia, dictada por Javier Luna (Córdoba); y por último, el Taller de Producción a cargo de Jorge García (San Juan) y Miriam Bellver. 

DETALLES DEL CURSO

Inicio: 8 de marzo de 2025
Duración: De marzo a noviembre de 2025
Modalidad: Virtual, asincrónica
Días y horarios: sábados de 8:30 a 12:00 hs

Destinatarios: Abierto a artistas, catequistas, sacerdotes, religiosos/as, miembros de grupos pastorales, y cualquier persona interesada. No se requieren conocimientos previos.

Disposición Ministerial: Nº 216-DEP-2024


Consultas: 2645304291- 2645257357






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miércoles, 26 de febrero de 2025

Intención del Papa de Febrero.




Queridos lectores, ¿Sabían que el santo padre Francisco encomienda una intención de oración por mes?

Estas intenciones son una convocatoria mundial a la acción y oración. El Papa las confía a su Red Mundial de Oración, que las difunde a través del “Video del Papa”. 

Hoy te invitamos a leer esta reflexión inspirada en el vídeo del mes de febrero. 


Orar por las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa

Este tiempo en el que el Papa Francisco nos invita a rezar por las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, puede convertirse en un tiempo propicio para discernir y descubrir aquello que Dios soñó para cada uno de nosotros

¿Has sentido alguna vez que Dios te llama a seguirlo de esta manera?  
Capaz sí, quizás nunca hiciste el suficiente silencio en tu corazón para dar lugar a este llamado. ¿Y si éste es el momento de hacerlo? ...
Como bien sabemos, cada vocación conlleva el compromiso con una misión y quienes son llamados a experimentar la cercanía y el amor de Dios a través de la vida sacerdotal y religiosa son verdaderos dones para la salvación del mundo.

Sin embargo, todo compromiso, requiere en primera instancia de la valentía de un “sí”. De un corazón de puertas abiertas, capaz de dar la vida por amor como lo hizo el mismo Jesús. Es por ello que a la vocación -como aquello que le da un sentido y una dirección a la vida- no la descubrimos por nuestra propia voluntad sino tomados de la mano de Dios en la oración.
A parte de la oración personal, también podés buscar acompañamiento y consejo en quienes ya hayan transitado este camino, un sacerdote o una religiosa de tu comunidad, parroquia o algún catequista que pueda ponerte en contacto con alguno de ellos para que puedas charlar, sacarte las dudas y por qué no iniciar un camino de discernimiento. 
¡Animáte!

Pidamos juntos al Espíritu Santo por quienes están sintiendo un llamado en su corazón para que no tengan miedo de dar testimonio con alegría de la vida en abundancia que están siendo invitados a compartir. 

María Claudia Enríquez


Y NO NOS OLIVEMOS DE REZAR POR LA SALUD DEL PAPA FRANCISCO 🙏🏻🙏🏻🙏🏻



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sábado, 22 de febrero de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP




Lecturas del día: Primer Libro de Samuel 26,2.7-9.12-13.22-23. Salmo 103(102),1-2.3-4.8.10.12-13. Carta I de San Pablo a los Corintios 15,45-49.


Evangelio según San Lucas 6,27-38.


Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian.

Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica.

Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.

Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes.

Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman.

Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores.

Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes».

Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.


Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP 


La regla de oro


Todos, en algún momento de la vida, debemos plantearnos cómo obrar. No se trata simplemente de resolver alguna cuestión particular o problema, sino de encontrar un criterio general, una norma de vida. Así estaremos definiendo una regla de conducta que nos guiará, y dará sentido y coherencia a todos nuestros actos; y, en última instancia, irá definiendo quiénes somos. 


Para ello el Evangelio de este domingo nos confronta con la regla de vida que el Señor Jesús nos propone, y bajo la cual él vivió, enseñó, murió y resucitó.  Ya era conocida en el Antiguo Testamento como la regla de oro, pero en un formato negativo (no hagas a los demás…). Aquí se nos presenta con un giro positivo, más práctico y adecuado a la revelación que nos brinda el Señor sobre la misma intimidad de Dios, que es el amor: “hagan a los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes”. Todas las demás acciones que propone el Señor en este pasaje del Evangelio son consecuencia de ese amor que debemos imitar de él y de esta regla de oro: hacer el bien, bendecir, rogar, dar y prestar.


Pero a diferencia del Antiguo Testamento la exigencia es infinitamente mayor. No se trata de hacer estas cosas solo por aquellos a quienes amamos o nos hacen el bien, sino precisamente todo lo contrario. Se nos pide amar a nuestros enemigos, a los que nos maldicen y a los que nos difaman. ¿Cómo podría ser esto humanamente posible?


Pues bien, la diferencia del Señor Jesús con respecto a cualquier otro maestro humano que haya existido, es que él no solo enseña, sino que también otorga la luz y la fuerza necesarias para poder obrar eso mismo. Allí donde el alejamiento de Dios produce una “sabiduría” que consiste en pensar primero en uno mismo, el Señor nos da ejemplo entregando su vida por amor a nosotros, y nos ofrece capacitarnos para poder vivir de la misma manera. Esa es la gracia que recibimos de él por el Espíritu Santo: un principio de vida nueva para no conformarnos con los criterios de este mundo sino con su enseñanza.


Ahora bien, para poner en práctica la medida propuesta por el Señor para nuestros actos, también debemos cooperar con nuestras propias luces y fuerzas. Para ello, debemos reconocer que algunos aspectos que la cultura actual nos inculca van en contra de esta regla de oro: la imposición del más fuerte, la búsqueda del bienestar material como bien supremo, la promoción de la competitividad como forma principal de relación con los demás, la instrumentalización de las personas como medios para algún fin, etc. 


La medida de vida que nos propone el Señor, el amor que se traduce en hacer el bien a los demás, implica una espiritualidad lúcida, que, por un lado, pueda reconocer las dificultades e incluso el carácter contracultural de esta propuesta, pero, por otro, se apoye en la certeza que el Señor está presente junto a nosotros y lo hace posible. 


Más que un ideal de vida que alcanzar, el Señor Jesús nos presenta el amor y el bien como un camino que recorrer, paso a paso, día a día, junto a él. Por ello, debemos evitar caer en la tentación de las «sabidurías mundanas» que proponen el pesimismo o el mal menor como forma de obrar. La posibilidad de superar el mal a fuerza de bien es una tarea y un don que recibimos cada día de su parte y que nos compromete a “micro gestionar” el bien para ir transformando, más o menos perceptiblemente, la realidad que nos toca vivir en el Reino de Dios que el Señor sigue instaurando con su presencia silenciosamente, pero de manera eficaz. ¡Esta es nuestra esperanza y regla de vida!



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