Libro
de Eclesiástico 27,30.28,1-7. Salmo 103(102),1-2.3-4.9-10.11-12. Carta
de San Pablo a los Romanos 14,7-9.
Evangelio según San Mateo 18,21-35.
Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que
perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta
veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las
cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus
hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te
pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien
denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me
debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la
deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que
debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron
a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la
deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagará todo
lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón
a sus hermanos".
Homilía por Fr.
Josué González Rivera, OP
¿No
debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?
En estos tiempos, cuando con
frecuencia se levanta la voz para exigir justicia frente a tantas realidades
que arrebatan la paz y amenazan la vida, una de las consignas que más me ha
llamado la atención en las protestas de distintos grupos sociales es aquella
que dice: “Ni perdón ni olvido”. En ella se expresa claramente el dolor
provocado por las vidas arrebatadas, las personas desaparecidas y las
injusticias padecidas. Sin embargo, esta consigna me ha llevado a preguntarme
en diversas ocasiones cómo debemos situarnos ante ella desde la fe cristiana.
Ciertamente, podemos solidarizarnos con muchas de estas luchas y reconocer la
legitimidad de sus exigencias; pero también estamos llamados a iluminar esa
expresión desde el Evangelio. Desde la perspectiva cristiana, la consigna
podría reformularse así: «Justicia y perdón». El perdón es una consecuencia de
nuestra vida de fe, pero no debe entenderse como algo contrario a la justicia.
El cristiano perdona porque, a su vez,
ha sido perdonado por Dios. El perdón no es solamente un sentimiento espontáneo
ni una recomendación para evitar conflictos; es la respuesta de quien ha
experimentado la misericordia divina. Precisamente por eso, las lecturas de
este domingo contienen también una seria advertencia para nosotros. Ya en el
Antiguo Testamento, dentro de la reflexión madura que encontramos en los libros
sapienciales, se nos advierte acerca de una profunda contradicción: ¿cómo
podemos pedir perdón a Dios mientras conservamos el rencor contra el prójimo?
El rencor puede surgir como una reacción natural. Aquello que nos hizo daño
suele quedar grabado con mayor fuerza en nuestra memoria debido a nuestro
instinto de supervivencia: nadie olvida que el fuego quema o que algún alimento
puede ser tóxico.
También en la vida social nos
relacionamos y, algunas veces, nos lastimamos. En esas circunstancias, el
rencor parece defendernos del daño sufrido, pero puede convertirse en una
trampa que termina atándonos a quien nos ofendió o a lo que nos sucedió. Por
eso, la Palabra de Dios nos invita a recordar nuestra propia fragilidad y
nuestra alianza con él. Quien reconoce su propia debilidad puede mirar de otra
manera la fragilidad de los demás.
Cuando Pedro parece mostrarse generoso
al proponer perdonar hasta siete veces, Jesús le responde con un número mucho
mayor. No lo hace para que nos fijemos en la cifra exacta; por el contrario,
busca eliminar toda contabilidad. El perdón cristiano no puede administrarse
como una cuenta o un libro en el que registramos cada falta hasta alcanzar un
límite.
La parábola explica la razón. El
servidor es perdonado de una deuda imposible de pagar; sin embargo, se niega a
perdonar al compañero que le debe una cantidad mucho menor. ¿Qué vemos aquí? El
servidor recibió el perdón, pero no permitió que la misericordia transformara
su corazón. El cristiano no debería pedir a Dios comprensión para sus propias
debilidades y, al mismo tiempo, exigir a los demás una perfección absoluta. Con
frecuencia pensamos: «Quiero misericordia para mí y justicia rigurosa para los
demás». La lógica que nos propone el Evangelio es completamente distinta.
Perdonar no es olvidar, justificar el
mal ni afirmar que nada sucedió. El perdón es una decisión y un proceso
interior mediante el cual la persona herida comienza a transformar sus
respuestas ante el hecho vivido y ante quien la ofendió. Podemos recordar
aquello que nos lastimó, pero hacerlo cada vez con menos resentimiento, odio y
deseo de venganza, pues estas reacciones pueden conducirnos a nuevas formas de
violencia y esclavitud. Cuando damos pasos hacia el perdón, recuperamos parte
de la libertad que habíamos perdido.
Jesús no ordena experimentar
inmediatamente sentimientos agradables hacia el agresor. Los sentimientos no
cambian por un mandato o decreto. Lo que nos propone es no permitir que el
dolor y el resentimiento se conviertan en realidades permanentes que gobiernen
nuestra vida. La decisión de perdonar también tiene que renovarse muchas veces.
En este sentido, perdonar «setenta veces siete» puede significar que, cada vez
que vuelva a dolernos un daño vivido en el pasado, pidamos a Dios que nos ayude
nuevamente a perdonar.
Perdonar tampoco significa retirar la
responsabilidad moral o legal. Se puede renunciar a la venganza y, al mismo
tiempo, exigir justicia, protección para las víctimas y reparación del daño.
Del mismo modo, debemos distinguir entre perdón y reconciliación. Como hemos
señalado, perdonar es, en primer lugar, un proceso interior y personal. La
reconciliación, en cambio, requiere la participación tanto del ofensor como del
ofendido en un proceso de reconocimiento del daño y reconstrucción de la
relación. Esta distinción resulta especialmente importante en las situaciones
de violencia o abuso. Puede y debe existir un proceso de perdón que ayude a
sanar la herida, pero esto no implica necesariamente restablecer la
convivencia, sobre todo cuando hacerlo podría exponer nuevamente a la víctima
al peligro. El perdón no exige negar la prudencia, la justicia ni la necesidad
de establecer límites.
Perdonar no cambia el pasado ni
elimina inmediatamente el dolor, pero impide que la injusticia sufrida
determine toda nuestra vida. Desde una perspectiva humana, el perdón ayuda a
que la ofensa deje de gobernar nuestros pensamientos, emociones y decisiones.
Sin embargo, el Evangelio va más allá del bienestar psicológico: el cristiano
no perdona solamente para sentirse mejor, sino porque se reconoce como un
pecador perdonado por Dios.
San Pablo nos ofrece la clave
definitiva: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí
mismo». Pertenecemos a Cristo. Solo Dios puede ser el juez absoluto; nosotros
no. Quien ha cometido una ofensa, por muy difícil que resulte comprenderlo
desde nuestra lógica humana, no queda reducido por completo a su peor acción.
Continúa siendo una persona necesitada de conversión y misericordia, como cada
uno de nosotros.
Finalmente, si queremos reflexionar
profundamente sobre este tema, pongámonos delante de Dios y preguntémonos: ¿a
quién debo perdonar? Quizá debamos perdonar a otra persona o incluso
perdonarnos a nosotros mismos. Pero no basta con preguntarnos: «¿Ya no siento
enojo?». Debemos avanzar hacia preguntas más profundas: ¿estoy dispuesto a
dejar de alimentar el odio?, ¿puedo entregar a Dios mi deseo de venganza para
que lo transforme?, ¿quiero comenzar un camino de sanación y libertad?
Perdonar no es siempre un momento
exacto y definitivo. Como muchas realidades importantes de la vida, es un
camino. Perdonar de corazón no significa necesariamente haber concluido ese
camino; muchas veces significa, sencillamente, haber decidido comenzarlo en
nuestras vidas y sociedades.
Bendiciones.
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