domingo, 13 de septiembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera, OP


Libro de Eclesiástico 27,30.28,1-7. Salmo 103(102),1-2.3-4.9-10.11-12. Carta de San Pablo a los Romanos 14,7-9.

Evangelio según San Mateo 18,21-35.

Se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagará todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".

Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?

En estos tiempos, cuando con frecuencia se levanta la voz para exigir justicia frente a tantas realidades que arrebatan la paz y amenazan la vida, una de las consignas que más me ha llamado la atención en las protestas de distintos grupos sociales es aquella que dice: “Ni perdón ni olvido”. En ella se expresa claramente el dolor provocado por las vidas arrebatadas, las personas desaparecidas y las injusticias padecidas. Sin embargo, esta consigna me ha llevado a preguntarme en diversas ocasiones cómo debemos situarnos ante ella desde la fe cristiana. Ciertamente, podemos solidarizarnos con muchas de estas luchas y reconocer la legitimidad de sus exigencias; pero también estamos llamados a iluminar esa expresión desde el Evangelio. Desde la perspectiva cristiana, la consigna podría reformularse así: «Justicia y perdón». El perdón es una consecuencia de nuestra vida de fe, pero no debe entenderse como algo contrario a la justicia.

El cristiano perdona porque, a su vez, ha sido perdonado por Dios. El perdón no es solamente un sentimiento espontáneo ni una recomendación para evitar conflictos; es la respuesta de quien ha experimentado la misericordia divina. Precisamente por eso, las lecturas de este domingo contienen también una seria advertencia para nosotros. Ya en el Antiguo Testamento, dentro de la reflexión madura que encontramos en los libros sapienciales, se nos advierte acerca de una profunda contradicción: ¿cómo podemos pedir perdón a Dios mientras conservamos el rencor contra el prójimo? El rencor puede surgir como una reacción natural. Aquello que nos hizo daño suele quedar grabado con mayor fuerza en nuestra memoria debido a nuestro instinto de supervivencia: nadie olvida que el fuego quema o que algún alimento puede ser tóxico.

También en la vida social nos relacionamos y, algunas veces, nos lastimamos. En esas circunstancias, el rencor parece defendernos del daño sufrido, pero puede convertirse en una trampa que termina atándonos a quien nos ofendió o a lo que nos sucedió. Por eso, la Palabra de Dios nos invita a recordar nuestra propia fragilidad y nuestra alianza con él. Quien reconoce su propia debilidad puede mirar de otra manera la fragilidad de los demás.

Cuando Pedro parece mostrarse generoso al proponer perdonar hasta siete veces, Jesús le responde con un número mucho mayor. No lo hace para que nos fijemos en la cifra exacta; por el contrario, busca eliminar toda contabilidad. El perdón cristiano no puede administrarse como una cuenta o un libro en el que registramos cada falta hasta alcanzar un límite.

La parábola explica la razón. El servidor es perdonado de una deuda imposible de pagar; sin embargo, se niega a perdonar al compañero que le debe una cantidad mucho menor. ¿Qué vemos aquí? El servidor recibió el perdón, pero no permitió que la misericordia transformara su corazón. El cristiano no debería pedir a Dios comprensión para sus propias debilidades y, al mismo tiempo, exigir a los demás una perfección absoluta. Con frecuencia pensamos: «Quiero misericordia para mí y justicia rigurosa para los demás». La lógica que nos propone el Evangelio es completamente distinta.

Perdonar no es olvidar, justificar el mal ni afirmar que nada sucedió. El perdón es una decisión y un proceso interior mediante el cual la persona herida comienza a transformar sus respuestas ante el hecho vivido y ante quien la ofendió. Podemos recordar aquello que nos lastimó, pero hacerlo cada vez con menos resentimiento, odio y deseo de venganza, pues estas reacciones pueden conducirnos a nuevas formas de violencia y esclavitud. Cuando damos pasos hacia el perdón, recuperamos parte de la libertad que habíamos perdido.

Jesús no ordena experimentar inmediatamente sentimientos agradables hacia el agresor. Los sentimientos no cambian por un mandato o decreto. Lo que nos propone es no permitir que el dolor y el resentimiento se conviertan en realidades permanentes que gobiernen nuestra vida. La decisión de perdonar también tiene que renovarse muchas veces. En este sentido, perdonar «setenta veces siete» puede significar que, cada vez que vuelva a dolernos un daño vivido en el pasado, pidamos a Dios que nos ayude nuevamente a perdonar.

Perdonar tampoco significa retirar la responsabilidad moral o legal. Se puede renunciar a la venganza y, al mismo tiempo, exigir justicia, protección para las víctimas y reparación del daño. Del mismo modo, debemos distinguir entre perdón y reconciliación. Como hemos señalado, perdonar es, en primer lugar, un proceso interior y personal. La reconciliación, en cambio, requiere la participación tanto del ofensor como del ofendido en un proceso de reconocimiento del daño y reconstrucción de la relación. Esta distinción resulta especialmente importante en las situaciones de violencia o abuso. Puede y debe existir un proceso de perdón que ayude a sanar la herida, pero esto no implica necesariamente restablecer la convivencia, sobre todo cuando hacerlo podría exponer nuevamente a la víctima al peligro. El perdón no exige negar la prudencia, la justicia ni la necesidad de establecer límites.

Perdonar no cambia el pasado ni elimina inmediatamente el dolor, pero impide que la injusticia sufrida determine toda nuestra vida. Desde una perspectiva humana, el perdón ayuda a que la ofensa deje de gobernar nuestros pensamientos, emociones y decisiones. Sin embargo, el Evangelio va más allá del bienestar psicológico: el cristiano no perdona solamente para sentirse mejor, sino porque se reconoce como un pecador perdonado por Dios.

San Pablo nos ofrece la clave definitiva: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo». Pertenecemos a Cristo. Solo Dios puede ser el juez absoluto; nosotros no. Quien ha cometido una ofensa, por muy difícil que resulte comprenderlo desde nuestra lógica humana, no queda reducido por completo a su peor acción. Continúa siendo una persona necesitada de conversión y misericordia, como cada uno de nosotros.

Finalmente, si queremos reflexionar profundamente sobre este tema, pongámonos delante de Dios y preguntémonos: ¿a quién debo perdonar? Quizá debamos perdonar a otra persona o incluso perdonarnos a nosotros mismos. Pero no basta con preguntarnos: «¿Ya no siento enojo?». Debemos avanzar hacia preguntas más profundas: ¿estoy dispuesto a dejar de alimentar el odio?, ¿puedo entregar a Dios mi deseo de venganza para que lo transforme?, ¿quiero comenzar un camino de sanación y libertad?

Perdonar no es siempre un momento exacto y definitivo. Como muchas realidades importantes de la vida, es un camino. Perdonar de corazón no significa necesariamente haber concluido ese camino; muchas veces significa, sencillamente, haber decidido comenzarlo en nuestras vidas y sociedades.

Bendiciones.

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