domingo, 4 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Libro de Isaías 5,1-7. Salmo 80(79),9.12.13-14.15-16.19-20. Carta de San Pablo a los Filipenses 4,6-9.

Evangelio según San Mateo 21,33-43.

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos.
Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon.
El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.
Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo".
Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia".
Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?».
Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.»
Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?
Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

Homilía por el Rev. P. Jose Torres, LC

 Dios no te pide lo que no te dio: te pide fruto

Imagina que cuidas algo con toda el alma: un proyecto, una amistad, a tus hijos, una planta que rescataste cuando ya parecía muerta. Le dedicas tiempo, dinero, desvelos. Llega el momento de ver resultados y lo que sale es amargo, duro, incomible. Uvas verdes, de esas que ni para vino sirven.

Eso es exactamente lo que escuchamos hoy. Isaías no empieza con un regaño, empieza con una canción: "Voy a cantar a mi amigo el canto de mi amado por su viña". Es la queja de un enamorado, y al final suelta una pregunta que parte el corazón: "¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no hubiera hecho?"

Quiero que te quedes con eso, porque muchos crecimos con otra idea de Dios: un auditor que llega con la libreta a ver cuánto rendimos. Pero fíjate en el orden… Primero Dios quita las piedras, planta las mejores cepas, construye la torre, cava el lagar. Primero da todo!!!. Después espera. Dios nunca te pide fruto sin antes haberte regalado todo lo necesario para darlo. No te está poniendo un examen sorpresa. Es la invitación de alguien que ya puso todo de su parte y que, increíblemente, sigue esperando algo de ti.

El problema no era la viña: eran los inquilinos

En el evangelio, Jesús cambia el ángulo. Ahora el problema son los labradores, que son arrendatarios, no dueños. Y su pecado no empieza cuando matan al hijo. Empieza mucho antes, cuando se les olvida que la viña no es suya.

Es lo más actual que tiene este evangelio. Vivimos como inquilinos que se sienten dueños: mi tiempo, mi cuerpo, mi carrera, mi familia, mi vida. Y todo lo tuyo es prestado. Hasta eso que te cuesta tanto y llamas "mi logro" tiene detrás a alguien que te enseñó, te abrió una puerta o creyó en ti antes de que tú lo hicieras. Nadie se hace solo, aunque el Instagram diga lo contrario… Mientras lo recuerdas, vives agradecido. Cuando lo olvidas, vives a la defensiva.

Fíjate en lo que pasa después. Llega el dueño a pedir cuentas y los labradores golpean a sus mensajeros. Cuando uno se cree dueño de todo, le estorba cualquier voz que le recuerde que hay Otro. Y esos mensajeros siguen llegando hoy: el amigo que te dice la verdad aunque duela, esa incomodidad interior que no te deja dormir tranquilo, el pobre que se cruza en tu camino, la persona que necesita que la perdones. Qué fácil es "apalearlos" sin tocarlos: con indiferencia, con un "no tengo tiempo", con dejarlos en visto.

Y luego viene lo más absurdo de la parábola. Ven al hijo y dicen: "Este es el heredero, matémoslo y nos quedamos con su herencia". Piénsalo: ellos eran trabajadores de la viña, y el hijo les estaba ofreciendo compartirla. Pero para ellos, lo que se recibe como regalo no cuenta; solo vale lo que se agarra con las manos. Esa es la raíz de todo pecado, y viene desde el principio, desde Adán y Eva estirando la mano hacia el fruto: querer tomar por la fuerza lo que Dios nos quiere dar gratis. Y lo triste es que ese camino nunca nos llena. Lo que se arrebata deja un hueco; lo que se recibe, aunque llegue con las manos vacías, se queda y nos llena.

El que lo entendió: Francisco

Hoy, 4 de octubre, la Iglesia recuerda a san Francisco de Asís, y creo que es justo el santo que entendió esta parábola.

Francisco era hijo de un comerciante rico, con la vida resuelta: ropa fina, fiestas, futuro asegurado. Y un día, frente a todo el pueblo de Asís, se quitó hasta la ropa y se la devolvió a su papá. Se quedó sin nada. No fue un berrinche ni una rebeldía, fue una declaración: lo que tenía lo había recibido, y quedarse con ello como si fuera suyo era justo lo que lo alejaba de Dios.

Esa idea lo acompañó toda la vida. En sus escritos insiste en que el pecado empieza cuando uno se "apropia" de lo que es de Dios, sea el talento, el éxito o el bien que hace, y que lo sano es devolvérselo a Él. Y lo curioso es lo que pasó después: el que se quedó sin nada empezó a llamar hermanos al sol, a la luna, al fuego y hasta a la muerte. Cuando uno suelta la viña, descubre que el mundo entero es regalo. Em cambio los labradores del evangelio agarraron todo y se quedaron solos; Francisco soltó todo y se llenó de hermanos.

La piedra que dejaste en visto

Jesús termina con una imagen: "La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular".

Todos tenemos una piedra desechada. Algo que sacamos de la construcción de nuestra vida porque "no encaja", "no tengo tiempo", "no es productivo": el silencio, la oración, la confesión que llevas años posponiendo, esa persona con la que no te hablas, el que sufre y nos incomoda. Y resulta que esa piedra, la que descartamos, es justo la que sostiene todo lo demás.

Jesús mismo es esa piedra. Dios nos mandó el mensaje más importante de la historia, enviado en persona, y lo hemos dejado en visto más veces de las que quisiéramos admitir. Sin embargo, no se cansa de escribir. Eso es lo que hace tan escandaloso el Evangelio: lo que nosotros rechazamos, Dios lo convierte en fundamento. Incluso nuestro rechazo, cuando se lo entregamos, puede volverse cimiento.

Fruto no es lo mismo que rendimiento

Aquí entra san Pablo, con una frase que parece escrita para nuestra generación ansiosa: "Nada os preocupe". Ojo: no dice que no haya problemas, dice que no nos consuman. Porque cuando oímos "dar fruto", nuestro cerebro de la era del rendimiento lo traduce en más metas, más cosas por tachar, más cansancio con cara de piedad.

Pero una vid no hace esfuerzos heroicos para producir uvas. Permanece, recibe, y el fruto llega. El fruto que Dios espera es lo que Pablo enumera: lo verdadero, lo justo, lo puro, lo amable. Es una vida que huele bien, que deja a los demás un poco mejor de como los encontró. Un fruto que nace de la paz, no de la angustia.

Y el fruto se da en lo ordinario

Estamos en Tiempo Ordinario, ese tiempo sin grandes fiestas ni grandes ayunos, donde el calendario litúrgico se pinta de verde. Y no es casualidad que el verde sea el color de lo que crece. Muchos pensamos que Dios nos espera en los momentos extraordinarios: un retiro, una crisis, una conversión de película. Pero la viña no madura en un día especial. Madura en lunes de oficina, en las clases de la universidad, en el tráfico, en la cena con la familia, en la conversación que no tenías ganas de tener. Tu santidad se está cocinando en lo ordinario, y es ahí donde Dios viene a buscar fruto.

Para esta semana

Te dejo tres preguntas, no para sentirte culpable sino para dejar que Dios te hable:

  1. ¿Dónde me he portado como dueño y no como inquilino agradecido? Escoge una cosa (tu tiempo, tu dinero, tu agenda) y ofrécesela de nuevo a Dios.
  2. ¿Cuál es la piedra que he desechado? Una oración, una conversación, un perdón. Recógela esta semana.
  3. ¿Qué fruto concreto puedo dar hoy? Uno solo, pequeño y real: un mensaje, una visita, una deuda de cariño saldada.

Dios no se cansa de cuidar la viña. Sigue podando, sigue esperando, sigue enviando. Y todavía hay tiempo de la cosecha.

Que esta semana, en medio de lo ordinario de tu vida, Dios encuentre en ti uvas dulces, de esas que dan ganas de compartir.

Amén

Podes seguir este blog a través de facebook:   AÑO DE LA FE.   (Grupo)   Vivamos juntos la Fe   (FanPage),   Instagram   en X:   @VivamoslaFe y en nuestro canal de   Telegram  

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario