domingo, 1 de noviembre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Rev. P. Jose Torres, LC


Lecturas del día: Apocalipsis 7,2-4.9-14. Salmo 24(23),1-2.3-4ab.5-6. Epístola I de San Juan 3,1-3.

Evangelio según San Mateo 5,1-12a.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
"Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron."

Homilía Rev. P. Jose Torres, LC

Homilia de la Solemnidad de Todos los Santos

Hay un lugar con tu nombre: la santidad es para ti

Santo sin filtros: Dios no te llama a ser perfecto, te llama a ser suyo

Te voy a decir algo que quizá no te han dicho con suficiente claridad: ¡¡¡tú estás llamado a ser santo!!! ¡¡¡Sí, tú!!! El que lee esto en el transporte, en su descanso del trabajo, en ratito libre o a escondidas en la oficina. El que tiene deudas, un pasado complicado, una agenda imposible y una oración que a veces se le queda en el “Señor, ayúdame” de camino al auto.

Hoy la Iglesia no celebra a unos cuantos superhéroes espirituales con aureola. Celebra una muchedumbre inmensa que nadie podría contar. Así lo ve Juan en el Apocalipsis, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas. No es un club selecto, es una multitud. Y lo más importante: ¡hay lugar para más!

·         Lo primero no es lo que haces, es lo que eres

San Juan, en la segunda lectura, nos suelta una frase que debería cambiarnos la semana: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!»

Fíjate en el orden… No dice “esfuérzate hasta que Dios te acepte”. Dice: ¡ya lo eres! La santidad no empieza como una meta que conquistas a base de rendimiento. Empieza como un regalo que recibes: eres amado, eres hijo, eres hija.

Vivimos en una cultura que nos pregunta todo el tiempo: ¿qué logras?, ¿cuánto produces?, ¿cuánto vales? Y uno acaba creyendo que también con Dios hay que “hacer currículum”. Pues no, Dios no te ama porque seas bueno, te pide que seas santo porque ya te ama. La santidad no es el precio para ser querido. Es la respuesta de quien se sabe querido.

Y mira lo que añade Juan: «aún no se ha manifestado lo que seremos». Todavía estás en proceso. Tu historia no está cerrada. Lo que ves hoy en el espejo, con tus fallos, tus cansancios y tus recaídas, no es la última palabra sobre ti. Dios no se rinde con su obra.

·         Los santos no son los que nunca cayeron

El anciano del Apocalipsis le pregunta a Juan: «Estos que están vestidos de blanco, ¿quiénes son y de dónde han venido?» Y la respuesta es de las que se quedan grabadas: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero».

Lee eso despacio. No dice “estos son los que nunca se mancharon”. Dice que lavaron sus vestiduras. Para lavar algo, primero tiene que estar sucio.

Los santos no son personas que pasaron por la vida sin ensuciarse. Son gente que vino de la tribulación: de la enfermedad, del duelo, del fracaso, de la traición, de la duda. Y que, en vez de quedarse tirada en el barro, se dejó lavar. Volvieron una y otra vez al Cordero. Esa es la diferencia: no la ausencia de caídas, sino no haberse quedado en el suelo.

Pedro negó a Cristo tres veces. Pablo persiguió cristianos. Agustín vivió años de desorden. María Magdalena cargaba una historia que muchos no le perdonaban. Y hoy están en esa multitud. Si ellos pudieron, no hay excusa que no se te caiga: ni “es que mi pasado”, ni “es que mi carácter”, ni “es que ya es tarde”.

·         Las 8 claves de una vida que sí vale la pena

En el evangelio, Jesús sube al monte, se sienta y enseña. Es como si dijera: “Siéntense, que les voy a explicar en qué consiste ser feliz de verdad”. Porque bienaventurado significa eso: feliz, dichoso, realizado. Las Bienaventuranzas no son un reglamento de tristeza. Son la receta de una vida plena, pero con una lógica que choca con la nuestra.

El mundo dice: dichoso el que tiene mucho, el que se impone, el que no se deja, el que se divierte sin límites, el que siempre gana.
Jesús dice: dichoso el pobre de espíritu, el manso, el que llora, el que tiene hambre de justicia, el misericordioso, el limpio de corazón, el que trabaja por la paz, el perseguido.

Y aquí no hay que hacerse el espiritual: a primera vista suena a locura. ¿Dichosos los que lloran? ¿Los mansos heredarán la tierra, cuando parece que la heredan los que más gritan? Pero llévalo a lo concreto, porque las Bienaventuranzas no se viven en una cueva, se viven en tu lunes:

-         Pobre de espíritu es el que no necesita aparentar. El que dice “no puedo solo” y deja entrar a Dios. Es el que se libera de la dictadura de la imagen perfecta.

-         Manso no es débil. Es el que tiene fuerza y la maneja. Es el que no contesta con veneno en el chat, en la reunión o en la mesa familiar, aunque podría.

-         Los que lloran son los que no anestesian el dolor con pantallas, trabajo o excesos, y dejan que Dios consuele ahí, justo en la herida.

-         Hambre y sed de justicia: no resignarse a que “así son las cosas”. Ser el que en la oficina no se calla ante la trampa, el que se mueve por el que no tiene voz.

-         Misericordiosos: los que saben perdonar, empezando por ese nombre que acabas de recordar y que preferirías no recordar.

-         Limpios de corazón: los que miran sin usar. Sin convertir a las personas en objetos, en pantallas o en medios para algo.

-         Los que trabajan por la paz: no los que “evitan el conflicto”, sino los que lo atraviesan para reconstruir. La paz no se encuentra, se fabrica.

-         Los perseguidos: no necesariamente con cárcel, pero sí los que pagan un precio por no vender la conciencia. A veces ese precio es perder un ascenso, un grupo de amigos o la aprobación de los demás.

Eso es la santidad: no hacer cosas raras, sino vivir las cosas normales con un corazón distinto y de cara Dios.

·         Tu rutina también puede ser camino al cielo

Quiero que te quedes con esto: la mayoría de los santos no salió en los libros ni fueron canonizados. Hay santos que no tienen estatua ni fiesta propia, y precisamente por eso hoy la Iglesia les dedica este día. Son la mamá que se levantó mil madrugadas. El papá que trabajó callado para que sus hijos estudiaran. La abuela que rezaba el rosario mientras el mundo se caía. El joven que dijo “no” cuando todos decían “sí”. El enfermo que ofreció su dolor sin quejarse. El que sirvió sin que nadie le diera las gracias.

El Concilio Vaticano II lo dijo sin rodeos: todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Todos. No solo los sacerdotes ni las monjas. El casado, la soltera, el estudiante, el empresario, el que limpia oficinas. Tu vocación y tu trabajo no son un obstáculo para la santidad. Son el camino.

Dios no te pide ser otra persona. Te pide ser tú mismo, pero entero, con Él.

·         Y ahora, ¿qué?

Hay una frase en la segunda lectura que casi pasa desapercibida: «Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica». La esperanza no es un sentimiento bonito; es una fuerza que te empuja a cambiar. Si de verdad crees que estás hecho para esa multitud vestida de blanco, ya no puedes seguir viviendo como si lo tuyo fuera sobrevivir.

Te propongo tres pasos muy concretos para esta semana:

  1. Escoge una bienaventuranza. Solo una. La que más te incomode o la que más necesites. Y pregúntate: ¿qué gesto concreto puedo hacer esta semana para vivirla? Uno solo. Pero hazlo.
  2. Haz las paces con tu historia. Hay algo que sigues cargando como “mancha”. Llévalo a confesión. Dios no te lo reprocha, te lo quiere lavar. Dile hoy: “Lávame”.
  3. Habla con un santo. Elige uno, el que sea, y pídele que te acompañe. Los santos no son posters: son hermanos mayores que ya llegaron y que quieren que llegues tú también.

Para terminar

Mañana, cuando recemos el Credo y digamos “creo en la comunión de los santos”, no estaremos recitando una fórmula. Estaremos diciendo que no caminas solo. Que hay una multitud que te mira desde la meta y te grita lo mismo que el salmo: «Este es el grupo que busca tu rostro, Señor».

Y ese grupo tiene un lugar vacío con tu nombre.

No lo desperdicies. No lo dejes para “cuando tenga tiempo”, para “cuando esté mejor”, para “cuando todo se calme”. La santidad no es un proyecto para cuando seas mayor ni un lujo para gente especial. Es la aventura más grande que existe, y empieza hoy, en tu trabajo, en tu casa, en tu cansancio.

Atrévete a ser santo. El mundo no necesita más gente perfecta. Necesita gente que se deje amar por Dios hasta el final.

¡Santos y santas de Dios, rueguen por nosotros!

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