domingo, 11 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera, OP



Lecturas del día: Libro de Isaías 25,6-10a. Salmo 23(22),1-3a.3b-4.5.6. Carta de San Pablo a los Filipenses 4,12-14.19-20.

Evangelio según San Mateo 22,1-14.

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: 'Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas'.
Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio;
y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Luego dijo a sus servidores: 'El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él.
Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren'.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
'Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?'. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: 'Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes'.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Homilía por Fr. Josué González Rivera, OP

Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren

¿Cómo te preparas para acudir a una invitación o un llamado? ¿Basta el simple hecho de estar presente físicamente o es necesario otro tipo de preparación o disposición material?

En el Evangelio de este día, Jesús acaba de entrar en Jerusalén y le ha presentado a los sumos sacerdotes y a los acianos estas imágenes sobre lo errado de su actitud; con la parábola de este domingo, termina una especie de trilogía que ha transcurrido desde la parábola de los dos hijos y la de los viñadores homicidas, presentando ahora la parábola del banquete de bodas. Ya no se trata solamente de la obediencia ni de la maldad de quienes son capaces de no escuchar y matar a su hijo. Para los Padres de la Iglesia, es decisivo que este rey, que invita al banquete y es ignorado, llegue incluso a destruir la ciudad, siendo esto un símbolo de la destrucción de Jerusalén, la ciudad de aquellos que no han querido escuchar a Dios.

En este domingo nos vemos interpelados nuevamente por la llamada de Dios, a la cual somos invitados, y podemos plantearnos otra vez esta pregunta: ¿le hacemos caso o lo ignoramos?

¿Por qué podríamos ignorarlo? Porque queremos seguir con nuestras vidas, porque queremos continuar con aquellas cosas cotidianas que nos ofrecen una falsa alegría o una alegría limitada. Quienes escuchan el llamado y responden serán capaces de entrar a ese banquete, una magnífica convivencia descrita por Isaías, donde se gozará de todo aquello que tanto anhelábamos. Es el Padre y el viñador de las semanas pasadas, el pastor que nos recuerda el salmo y el rey que, como dice el Evangelio, prepara ese banquete; pero, al ser rechazado por sus principales invitados, extiende la invitación a todos. Ya no hay límites: no importa la situación ni la condición, todos están llamados a formar parte de este banquete.

Si esa es la actitud de Dios, aquella queja que aún hoy se repite sigue siendo válida: si Dios está dispuesto a llamarlos a todos, ¿quiénes somos nosotros para limitar esa invitación o para condicionarla por nosotros mismos? La Iglesia es la comunidad de aquellos que van al banquete, donde varios tienen el papel de ser servidores. Su trabajo es invitar, llamar en nombre del rey para que, como decía en aquella frase célebre el papa Francisco, haya un lugar para “todos, todos, todos”.

La inclusión debería ser una realidad en la Iglesia, pero no en el sentido en que la ha entendido el mundo contemporáneo. Para no caer en ese relativismo moderno, es necesario comprender la segunda parte de esta misma parábola: Dios llama e invita a todos de forma incondicionada, pero no para que sigamos siendo los mismos, sino para revestirnos de un traje de gala, de otro modo de vida. Ese vestido nupcial, según san Agustín, es la caridad: el amor a Dios, que busca cumplir su voluntad, y el amor al prójimo. En Apocalipsis 19, 8 se hace referencia a la corte de los santos, cuyo vestido fino son las acciones justas.

El Reino de Dios es inclusivo en su llamado (llama a buenos y malos), pero implacable en su juicio, ya que requiere una conducta moral renovada para poder permanecer en él. El juicio a este hombre del final del Evangelio podría parecer injustificado: ¿cómo se le puede exigir un traje de gala si fue llamado de improviso en el camino? Sin embargo, los estudios sobre la cultura antigua nos arrojan una luz que también ilumina este aspecto, pues parece que los anfitriones solían proporcionar túnicas limpias y festivas a sus asistentes. Por lo tanto, el pecado de este hombre no es la pobreza de su traje, sino la arrogancia de rechazar aquella túnica que el rey le ofrecía, prefiriendo quedarse con su propia ropa, que no era digna.

Reconozcamos cómo Dios nos ofrece muchas veces su gracia. Participamos en la misa y en las devociones, pero limitamos la eficacia de todos estos medios de santificación, no porque Dios no sea efectivo, sino porque nosotros preferimos nuevamente nuestras propias obras y nos cerramos a recibir esa gracia por completo.

Ese es el compromiso de los discípulos misioneros que han escuchado el llamado del rey: quieren estar en el banquete, pero también se convierten en los servidores que invitan a otros a formar parte de este mismo banquete, he allí un aspecto de este Domingo Mundial de las Misiones. Es en esta doble lógica en la que podríamos entender también las palabras de san Pablo, quien pone en Cristo su riqueza y es capaz de dejar atrás todas sus ocupaciones en el mundo, sus campos o sus negocios, que no son cosas malas en sí mismas, pero que no se comparan con la inmensa dicha que supone formar parte del Reino de Dios. Nuestra oración especialmente por aquellos hombres y mujeres que, abandonando sus seguridades, inclusive su país, están dispuestos a ponerse en los caminos de otras partes del mundo para seguir anunciando la alegría del Evangelio e invitar a todos a este banquete.

Pidamos al Señor que nos conceda esa doble dicha: hacernos sus servidores y vestirnos con el traje de fiesta; que nos disponga a escuchar su llamado y a responderle allí donde nos necesite, y que también nos abramos a recibir por completo aquello que nos quiere ofrecer.

San Francisco Javier y Santa Teresita del Niño Jesús, patronos de las misiones de la Iglesia, rueguen por nosotros.

Bendiciones.

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