martes, 12 de marzo de 2019

42° Aniversario del martirio del Padre Rutilio Grande

Hoy, 12 de marzo se conmemora el 42 Aniversario del martirio del padre Rutilio Grande y sus compañeros mártires. Compartimos datos sobre la vida, obra y legado del "Padre Tilo". 





Venerable Siervo de Dios Padre Rutilio Grande S.J. (1977-2019)


Rutilio Grande García S.J., – el protomártir salvadoreño y precursor del profeta Mons. Romero – nació el 5 de julio de 1928, en una pequeña población de Aguilares, llamada El Paisnal. Fue su padre, el señor Salvador Grande y su madre, Cristina García. Tuvo tres hermanos: Luis, José, Mario; y una hermana: Cristina; entre los cuales, le correspondió ser el menor. Con apenas cuatro años, fallece su madre, quedando al cuidado principalmente de su abuela que no sólo se encargó de prodigarle los cuidados necesarios. Asentó, en palabras del Padre Rodolfo Cardenal S.J, – uno de sus máximos biógrafos – las bases de su espíritu piadoso y su vocación al sacerdocio.

VIDA

Su vida, en medio de las muchas dificultades e incomprensiones que enfrentó, fue un constante hacer la voluntad de Jesús y; por ende, del Padre. Hacer, que se traduce en frutos a través de los cuales, los conoceréis dijo Jesús (cfr. Mt 7, 16):

ATENDIÓ EL LLAMADO

Sintiendo la voz de Dios que un día escuchara Pedro y Andrés, en boca del Maestro, invitándoles a ir tras su seguimiento radical: Vengan conmigo y les haré llegar a ser pescadores de hombres (Mc 1, 17), el Padre Rutilio Grande S.J., ingresó al Seminario San José de la Montaña en 1941, con la ayuda de Dios y el apoyo de Mons. Luis Chávez y González, al que conoció a muy temprana edad; y por quien siempre sintió un gran aprecio. Cuatro años más tarde, descubrió su vocación jesuita e ingresó a la Compañía de Jesús; recibiendo su ordenación sacerdotal en Oña, España en 1959. A su regreso al país, colaboró hasta 1970, con el Seminario San José de la Montaña en la formación de los futuros sacerdotes que atenderían a la Grey salvadoreña. En 1972, fue nombrado párroco del Señor de las Misericordias en Aguilares. Pescador experimentado, pescó hombres para el sacerdocio; mientras permaneció en el Seminario. Tomada la posesión de su parroquia, pescó hombres y mujeres que se convertirían en sal y levadura del pueblo salvadoreño. ¡Pesca milagrosa – hermanas y hermanos míos– que le conduciría al martirio!

SE SABÍA ENVIADO

En ningún momento, el Padre Rutilio S.J., actuó a título personal. Al revisar los Principios que inspiraban al Equipo Misionero de Aguilares se comprende – queridas hermanas y hermanos– que este mártir se sabía enviado por Jesucristo Nuestro Señor: Somos misioneros para toda la comunidad; es decir enviados… según el mandato de Jesús a sus apóstoles: Vayan y anuncien el Evangelio a todas las gentes.

SEGUÍA LA ÚNICA IDEOLOGÍA DEL CRISTIANISMO: LA DEL REINO

Por aquellos días, acusaciones, imputaciones e inventivas contra el Padre Rutilio Grande S.J., sobraban. La intención era justificar su asesinato al que se trató de colorear con tintes de ideología. La queja del Padre Ignacio Ellacuría S.J., al respecto, resulta ahora muy clara: Ya se sabe el pretexto: son comunistas que están soliviantando al campesinado contra los terratenientes. Y no era así. Tal y como se explicita en un clásico documento: Los militares y la oligarquía enloquecieron… vieron un enemigo comunista hasta en sus alcobas y en casi cada ciudadano. ¡Ceguera que impidió ver a quienes teniendo ojos no supieron o no quisieron ver la verdad! El Padre Rutilio no apoyó jamás ideología alguna. Prueba de ello son los Principios ya citados: No tenemos nada que ver con agrupaciones políticas de ninguna clase o partido… nuestra única política es la de ser anunciadores fieles del Evangelio. Su meta como – él la llama – era realizar al lado de su rebaño: Una comunidad de hermanos, comprometidos a construir un mundo nuevo, sin opresores ni oprimidos, según el plan de Dios. No era ideología ni utopía del mundo. Era identificarse con la visión de Cristo sobre el Reino: Miren, el Reino de Dios está entre ustedes (Lc 17, 21). ¿Dónde estaban los vulgares partidarismos o las nocivas ideologizaciones del Padre Rutilio Grande S.J.? ¿No serían otras las verdaderas razones que provocaron el odio contra él?.




ANUNCIÓ LA BUENA NUEVA


El Padre Rutilio Grande S.J., estableció junto a su equipo misionero, como meta Pastoral, la Evangelización al estilo jesuánico de los Santos Evangelios: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19). Evangelización, queridos hermanos y hermanas, que tan pronto encendió en la sinagoga de Nazaret, encontró rechazo: Al oírlo, todos en la sinagoga se indignaron. Levantándose, lo sacaron fuera de la ciudad y lo llevaron a un barranco del monte… con intención de despeñarlo (Lc 4, 28-30). La reacción es comprensible. La Buena Nueva es buena para unos; pero nociva para otros: Por un lado, promete una mejora de vida para pobres y sufrientes, y por otro, amenaza la situación de privilegio de los satisfechos.


El Padre Rutilio y su equipo de misión se propusieron: Crear una Iglesia de comunidades vivas de hombres nuevos, agentes de pastoral y conscientes de su vocación humana que se conviertan en gestores de su propio destino que los lleve al cambio de su realidad, según los lineamientos del Vaticano II y de Medellín… animarles a ser co-creadores de una comunidad dinámica, profética y descentralizada, para que lleguen a una promoción que vaya detectando agentes de cambio, hombres y mujeres claves, agentes multiplicadores de pastoral. En otras palabras, iban a hacer que los ciegos y las ciegas vieran su realidad personal; y, social empecatada, injusta y opresiva; iban a dar libertad a los oprimidos por medio de la denuncia del pecado opresor; iban a liberar a los oprimidos devolviéndoles su dignidad humana y con ella, les animarían a ser actores-constructores de su historia y no meros agentes pasivos. Les convertirían en sal y fermento de la sociedad.


Les enseñó entre otras cosas: A Jesús de Nazaret: Muchos prefieren un Cristo mudo y sin boca para pasearlo en andas por la calle. Un Cristo con bozal, fabricado a nuestro antojo y según nuestros mezquinos intereses ¡Ese no es el Cristo del Evangelio, el Jesús joven de 33 años! El que se jugó la vida y murió por la causa más noble de la humanidad. Al Dios de Jesús: Unos se santiguan: ¡En el nombre del padre- el pisto, y del hijo -el café-, y del espíritu -mejor que sea de caña! Ese no es el Dios – Padre de nuestro hermano y Señor Jesús que nos da su Buen Espíritu para que seamos hermanos por igual, y para que, como seguidores cabales de Jesús, trabajemos por hacer presente aquí y ahora su Reino. La fraternidad de hijos e hijas de Dios: Todos somos hermanos. Los Caínes también son nuestros hermanos, aunque sean un aborto en el plan de Dios. El cristiano no tiene enemigos, sino hermanos, y por más que sean hermanos Caínes o Judas que venden a Cristo, no los odiamos. La coherencia entre fe y vida: Jesús como las páginas que lo anuncian, deben de estar bien enraizadas en la vida, no en un libro que se queda trepado por las nubes… muchos se apuntan a un evangelio que deje las cosas como están, por muy mal que estén, y que no traiga problemas. Una fe encarnada en la historia humana y no evasiva: No sean cohetones: tronazón y humo allá arriba, allá arriba. ¡Aquí abajo, aquí abajo hay que hacer reventar el Evangelio! Una cultura de solidaridad, incluso, en la salvación: ¡Nos tenemos que salvar en racimo, en mazorca, en matata, o sea en comunidad! Una Iglesia al servicio de la vida: La Iglesia no es museo de tradiciones muertas, de enterradores que sólo se preocupan de cargar la urna el Viernes Santo para enterrar a Jesús. Debe ser un puño de comunidades vivas, portadoras de vida y esperanza para nuestra gente más humilde. Podrían seguir mencionándose más enseñanzas suyas en una interminable lista. Lo importante a considerar es que, con el anuncio de la Buena Nueva, liberó a quienes estaban oprimidos ya fuere por el pecado personal; o bien, por las cadenas de la injusticia. Sin aplicar ideología alguna, les enseñó que, la convivencia fraterna y la solidaridad pueden hacer presente el Reino en este mundo. En este intento, como humanidad nueva y redimida les animó a tomar la historia en sus manos para transformarla, humanizarla y; por supuesto, cristianizarla.


DENUNCIÓ EL PECADO


La alegría inundaba el corazón del Padre Rutilio S.J., al ver los frutos del anuncio; sin escapar a sus sagaces ojos de buen pastor, el dolor que provocaba el anuncio, en las heridas de las ovejas descarriadas al tratar de curarlas con el ungüento de la Palabra: Para unos será Buena Nueva; para otros, puño de sal que arde en gangrena abierta, pero que les puede sanar. El buen médico sana aplicando medicinas y tratamientos muchas veces dolorosos. Igual toca al Pastor: Sale a buscar a la oveja descarriada, la cura, la carga sobre sus hombros y la reintegra al redil. Tal vez, la oveja bale de dolor al ser curada y se resista, hasta que, restablecida salte de gozo. La motivación del Padre Rutilio S.J., era encontrar y sanar a esas ovejas. La denuncia del pecado era la forma de llamarles a la conversión; era su forma de botarles las escamas de los ojos para que vieran con los ojos de Cristo.


Con tan sano objetivo denunció: El anti reino: ¡Los campesinos no tienen tierra, ni pisto, ni derecho a organizarse, a que se oiga su voz y defender sus derechos y privilegios y dignidad de hijos de Dios y de esta Patria…! ¡Esto no es el Reino de Dios, sino el reino de la maldad, de la mentira y del diablo! La incoherencia entre fe y vida: ¡Ay de ustedes que se dicen católicos del diente al labio, por dentro son inmundicia de maldad! El desinterés por Cristo al mostrar desinterés por el hermano y la hermana: Son Caínes que crucifican al Señor cuando camina con el nombre de Toño, de Licha o del humilde trabajador del campo. El individualismo: No vale decir ¡Sálvese quien pueda con tal de que a mí me vaya bien! La avaricia: Al pobre campesino no le dejan ni un conacaste, ni un puño de tierra para vivir o para que le entierren. La idolatría del poder y del dinero: ¡En el nombre del café, en el nombre del café y en el nombre del café…! ¡En el nombre de la caña, en el nombre de la caña y en el nombre de la caña! Lo he dicho otras veces, pero hay que repetirlo hasta la saciedad. A los poderosos los hizo destrepar de sus puestos; a los autosuficientes, ¡porque tienen dioses aquí! La lista podría seguirse ampliando porque fue extensa. Denunció porque era un buen pastor en búsqueda de la salvación de pobres y ricos, sin excepción. Los poderosos no comprendieron que la Palabra quema porque es fuego que acrisola. ¡Lástima hermanas y hermanos que algunos, perdieron lo sumo por lo menos, al desoír la voz del protomártir Rutilio en cuyos labios resonaba la voz de Jesús!.


ENCARNADO EN LA REALIDAD


Ni su anuncio ni su denuncia hubiera tenido tanto efecto si el Padre Rutilio Grande S.J., no se hubiera encarnado en la realidad de su Parroquia y de su país. Era una de sus aspiraciones: Partir de la realidad para concientizarnos primero nosotros, por una sensibilización y toma de conciencia de su mundo que nos llevará a encararnos y a identificarnos con sus problemas. No instrumentalizar su religiosidad. Reconocía las duras condiciones de vida de sus ovejas matizadas con la vida apoltronada de las ovejas más gordas del rebaño: Los que tienen voz, pisto y poder se organizan y disponen de todos los medios a su alcance. Vivir con los pobres le llevó a comprender esa realidad de dolor. No elogió ni sublimó esa miseria indigna de todo ser humano. Luchó por cambiarla animando a sus ovejas a tomar las riendas de su vida porque esa pobreza no es querida por Dios. La pobreza en esos términos roba la dignidad de los hijos e hijas de Dios.


MUERTE MARTIRIAL

La pasión del Padre Rutilio comenzó años antes de su martirio; e incluso, antes de su llegada al Paisnal. Intentando hacer la voluntad de Dios, encontraba a su paso incomprensión y rechazo. Sus homilías eran consideradas de alta peligrosidad. Subvertían, en opinión de sus asesinos, el orden; o sea, el orden social, político y económico que habían construido a su alrededor para defender sus intereses de clase. La verdad es que tenían oídos; pero, no oían; y ojos; pero, no veían. No entendieron que su malestar era provocado por la divina Palabra que el Padre Rutilio S.J., predicaba. Palabra que les cuestionaba su comportamiento injusto, egoísta y violento para con los más pobres de este país; cuestionaba su falta de coherencia entre fe y vida; cuestionaba su actitud de encubrir la verdad con la mentira y la impunidad; cuestionaba su afanoso trabajo en pro del lucro personal olvidando el bien común de la nación; cuestionaba su fin último ante Dios. Se sentían amenazados por las palabras del Evangelio. El protomártir acabó siendo acusado como Jesús ante Pilato: Solivianta al pueblo con sus enseñanzas por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó hasta aquí (Lc 23, 5). Sus asesinos, posiblemente, habrán dicho frente al Pilato salvadoreño: El Padre Rutilio S.J., solivianta al pueblo con sus homilías por todo el Paisnal, desde San Salvador, donde comenzó hasta en Apopa.
En San Salvador, donde todo comenzó, pronunció la primera de esas homilías que originarían su pasión. El 6 de agosto de 1970, en ocasión de la solemnidad de la Transfiguración del Señor en catedral y en un contexto de reforma agraria vacilante, el Padre Rutilio S.J., después de presentar a Jesucristo como mediador ante Dios; palabra de Dios hecha carne; y nuestro libertador, concluyó animando a los obispos y gobernantes de la nación a “ver con los ojos de Cristo”. Realidad que podía ser transformada con firme voluntad política; y por supuesto, con la guía de la Iglesia: La Iglesia dentro de su esfera y el Gobierno en la suya propia, con el mutuo respeto dentro de sus ámbitos legítimos, han de colaborar eficazmente, audazmente y urgentemente a fin de propiciar “leyes justas, honestas y convenientes, según lo exige la soberanía del pueblo en el artículo 1 de nuestra constitución ¿Cuál es ese pueblo soberano? ¿La gran mayoría o la pequeña minoría? ¿Cuál de los dos es el realmente alienado en esta nación? La Iglesia y el gobierno han de colaborar eficazmente, audazmente y urgentemente para transfigurar al pueblo salvadoreño que vive en los valles, junto a los hermosos lagos, junto al río Lempa, a la orilla de los cafetales y cañales en flor, en las faldas de nuestros montes y volcanes, en los pueblitos y caseríos y en las grandes y explosivas concentraciones urbanas y junto a los grandes latifundios… y solamente entonces, Cristo Salvador Transfigurado, será realmente nuestro Patrono, al estar transfigurados todos nosotros, los bautizados en su nombre, por haber sido fieles al mandato del Padre, según lo hemos escuchado en el Evangelio de este día: Este es mi Hijo muy amado, escuchad y poned por obra su mensaje.

Su homilía no agradó a los Caínes. Sólo consiguió levantar sospechas y resquemores. Cuánto habrá sufrido, hermanas y hermanos míos, al ver que su mensaje había sido mal comprendido. Un mensaje preparado en aras de mejorar las condiciones de vida de un pueblo que, se debatía entre la miseria y la falta de libertad, era usado en su contra sin percatarse de su alto sentido evangélico. No importaba que lo explicara de variadas formas. Siempre eran tergiversadas. Un claro ejemplo de esto es su homilía del domingo 16 de septiembre de 1973, pronunciada en Aguilares en ocasión de la Independencia, sobre el buen samaritano. En la interpretación del pasaje lucano, similar a Jesús, utilizó una figura “marginada, despreciable” desde la óptica civil-política; y contraria a Dios, desde la óptica religiosa: Un hombre a quien llamaban “comunista” en la región acertó a pasar por aquel sitio de la Troncal y al verlo sintió compasión. Entonces se acercó al hombre, le curó las heridas lo mejor que pudo y le puso vendas. Luego lo subió en su propio carro, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó ahí. Al día siguiente, cuando el hombre a quien llamaban “comunista” se iba, sacó algunos dineros y los dio al dueño del alojamiento y le dijo: “Cuida a este hombre, y si gastas algo más, te lo pagaré cuando yo vuelva”. Pues bien ¿Cuál de estos personajes te parece que fue el prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones? El católico salvadoreño dijo: el que tuvo compasión de él. Entonces, Jesús le dijo: Anda y haz tú lo mismo.

La interpretación es creativa y encarnada en la situación convulsa del país por aquellos años. Sin embargo, es muy probable que no todos la aprobaran. Sobre todo, aquellas y aquellos ideologizados que solían idolatrar su organización o partido político. La lección que el Padre Rutilio S.J., les dio fue clara: La política no es para beneficio personal. Es para propiciar el bien común del pueblo salvadoreño sumido en miseria, injusticia, persecución e ignorancia. El Padre Rutilio, al aplicar la parábola a la realidad salvadoreña, no veía a un solo hombre herido. El herido era el pueblo completo: Al pueblo lo dejaron todos atrás, tendido en el camino, moribundo y sin voz. Dejemos de hablar tanto del pueblo y demostremos realmente con hechos que tenemos amor a Dios y al pueblo, ya que eso es tener fe en Dios y en su imagen, el hombre. Amaba al pueblo, deseaba lo mejor. Había entendido que misericordia es como nos explica San Gregorio de Niza una pena o dolor voluntario que nace de los males ajenos. No para condolernos junto a ellos o aplicar un poco de asistencialismo que calme nuestra conciencia. La misericordia es acción transformadora; lo contrario es inacción, mutismo y; quizá, conformismo que lacera la dignidad humana impidiéndole su desarrollo: Si la compasión no ablanda el alma para que socorra a su prójimo, no hay manera de que nadie dé un paso para aliviar la desgracia ajena. Quiso, el Padre Rutilio demostrar que el buen samaritano no se conformó con acercarse al herido. Lo recogió, lo cargó, lo llevó a lugar seguro devolviéndole la posibilidad de recuperar su salud, y con ello, la vida.

Su compasión no se detenía ante nada. En Apopa, el 13 de febrero de 1977, pronunció una homilía en solidaridad con el Padre Bernal que acababa de ser expulsado del país aclarando que, no se trataba de un mitin ni mucho menos de una marcha violenta. Era una manifestación de fe en la que clarividentemente habló del sello martirial de la Iglesia salvadoreña en agiornamento y del amor que le caracterizaba: El símbolo de una mesa compartida, con el taburete para cada uno y con manteles largos para todos. El símbolo de la Creación, y para eso hace falta la redención. ¡Ya está sellándose con el martirio!… No veníamos aquí con machetes. No es esta nuestra violencia. La violencia está en la Palabra de Dios, que nos violenta a nosotros y que violenta a la sociedad y que nos une y nos congrega, aunque nos apaleen. Por lo tanto, el código se resume, en una palabra: Amor: contra el anti amor, contra el pecado, contra la injusticia, contra la dominación de los hombres, contra la destrucción de la fraternidad.

Mis hermanas y hermanos, en estas homilías se descubre a un Rutilio plenamente identificado con Jesús: Veía con los ojos de Cristo; juzgaba la realidad a la luz de la Palabra, Tradición y Magisterio; y, actuaba como Cristo lo hubiera hecho; es decir, con misericordia, anunciando la Buena Nueva y denunciando el pecado. Un ver, juzgar y actuar que le llevó a padecer incomprensiones, intolerancias, acusaciones, burlas, persecución de espías, entre otras más. Sufrimientos de los cuales siempre estuvo consciente: Es peligroso ser cristiano en nuestro país ¡Prácticamente es ilegal ser cristiano cabal en nuestro medio! ¿por qué? Porque estamos basados en un orden establecido ante el cual la mera proclamación del Evangelio resulta subversiva ¿Cómo no va arder que les descubran la maldad?. Sabía que su pasión en los Olivos tenía un final: El asesinato, que nosotros agradecidos por su testimonio llamamos hoy: Muerte martirial.

Aproximadamente a las cinco de la tarde del 12 de marzo de 1977, ocurrió su muerte en cruz. No estaba sólo. Junto a él murieron dos mártires más: Don Manuel Solórzano, de setenta y dos años; y Nelson Rutilio Lemus, de quince. El Padre Rutilio Grande S.J., se dirigía a celebrar la eucaristía y a continuar la novena a San José, en el Paisnal. Nunca llegó. En el camino fueron emboscados y su carro ametrallado brutalmente como si se tratara de un malhechor. El Padre Rodolfo Cardenal S.J., relata en la biografía del Padre Rutilio que poco antes de morir, éste dijo en voz baja: Debemos hacer lo que Dios quiere. Si hermanas y hermanos míos, como Jesús en el huerto de los Olivos, cuando obediente hasta la muerte exclamó: No se haga mi voluntad sino la tuya (Lc 22, 42). No es que la voluntad de Dios fuera ver morir al Padre Rutilio de forma macabra ni mucho menos a su Hijo. Hacer su voluntad implica en este caso ser fieles a la misión encomendada aun cuando esto conlleve la posibilidad de morir en su cumplimiento. Es el pecado que mata, el que dio muerte a este santo sacerdote, nuestro amadísimo protomártir; y fue el pecado, el que mató a Jesús en la cruz. El perdón a sus asesinos lo había dado tiempo antes de morir: El odio no cabe en un cristiano. Aunque nos apaleen y nos quiten la vida tenemos que seguir amando y perdonando. Así nos enseñó Jesús ¿verdad? ¡Padre, perdónales, sepan o no sepan lo que hacen!.

En la noche, su cuerpo fue lavado y vestido junto al de sus hermanos de martirio. Mons. Romero pidió que los tres fueran trasladados a Catedral Metropolitana donde se celebraría una misa de cuerpo presente. Presidió la misa Mons. Luis Chávez y González; y junto a él Mons. Romero – nuestro querido Beato y profeta – y, Mons. Rivera y Damas, acompañados de muchos sacerdotes. Posteriormente sus cuerpos fueron colocados al interior del templo del Paisnal. Murieron víctimas del pecado de idolatría al poder, a la riqueza y la autocomplacencia practicada por un reducido grupo de la élite política y empresarial del país, que no resistió oír el anuncio de la Buena Nueva que auguraba la llegada del Reino, desde el ya; y la destrucción del anti reino lleno de injusticia, mentira y odio. Sus muertes no fueron en vano. Hoy a cuarenta años de su martirio debemos acercarnos a la figura del Padre Rutilio, a sus escritos para conocerle y motivarnos a seguir a Cristo en la forma comprometida que él lo hizo. Hagamos nuestra, amadísimas hermanas y hermanos míos, la invitación del Venerable Siervo de Dios Padre Rutilio Grande García S.J.: Debemos hacer lo que Dios quiere.

Tomado de la II carta pastoral de Monseñor José Luis Escobar Alas: “Ustedes también darán testimonio, porque han estado conmigo desde el principio (Jn 15, 27).




MISA DE EXEQUIAS 



El 14 de Marzo de 1977 se celebró la misa de exequias del Padre Rutilio Grande y sus dos compañeros mártires en la catedral de San Salvador, esta celebración fue presidida por Monseñor Romero (canonizado el 14 de Octubre de 2018 por el papa Francisco), también estuvieron presentes 150 sacerdotes y más de 100.000 fieles. Palabras de Monseñor Romero: 

"El amor verdadero es el que trae a Rutilio Grande en su muerte, con dos campesinos de la mano. Así ama la Iglesia; muere con ellos y con ellos se presenta a la trascendencia del cielo. Los ama, y es significativo que mientras el Padre Grande caminaba para su pueblo, a llevar el mensaje de la Misa y de la salvación, allí fue donde cayó acribillado. Un sacerdote con sus campesinos, camino a su pueblo para identificarse con ellos, para vivir con ellos" (Monseñor Romero, misa de exequias, 14 de Marzo, 1977)




Fuente: Facebook Arzobispado de San Salvador

Más información en facebook: Padre Rutilio Grande, S.J

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