sábado, 9 de marzo de 2019

1° Domingo de Cuaresma - Homilía de Monseñor Angelelli





Deuteronomio 26, 4-10 / Salmo 91(90),1-2.10-11.12-13.14-15. /  Romanos 10, 8-13  


 Evangelio de San Lucas 4, 1-13


Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: "Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan". Pero Jesús le respondió: "Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan". Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: "Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá". Pero Jesús le respondió: "Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto". Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: "Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Pero Jesús le respondió: "Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios". Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.


Homilía de Monseñor Angelelli, 1° Domingo de Cuaresma, 1971

El miércoles pasado, en todas las comunidades cristianas de la Iglesia Universal, se realizaba este sencillo y significativo gesto litúrgico: sobre la frente de cada cristiano caía un poco de ceniza con esta sentencia bíblica: "Acuérdate hombre que eres tierra y en tierra te has de convertir".

Comenzaba el tiempo de Cuaresma con una sentencia bíblica que pareciera llena de pesimismo y desaliento para el hombre de hoy. Sin embargo es el comienzo de la verdadera sabiduría para la vida. CUARESMA, que no significa algo pasado de moda y superado por esta sociedad de consumo que despersonaliza, masifica, que hace perder el sentido de la vida y la dimensión de la creación. Tiempo para rectificar y cambiar rumbos en nuestra propia vida, en nuestra manera de pensar y juzgar las cosas y los acontecimientos que cada día nos condicionan; tiempo para revisar nuestras actitudes interiores y nuestra manera de obrar diaria; tiempo de dejarnos guiar por la voz de Dios que grita en lo más profundo del corazón de cada hombre convocándonos nuevamente a que celebremos la VIDA que nos es dada por Jesucristo; tiempo de penitencia no para hacer del dolor y el sufrimiento un fin sino para aprovecharlo en todo lo que tiene de fecundo para romper el egoísmo y el pecado y todas las consecuencias que traen aparejados en nosotros y en la comunidad; porque el pecado es la suprema pobreza del hombre, le deja solo, consigo mismo y con su raquítico bagaje de satisfacciones; tiempo para revisar nuestra condición de cristianos y las exigencias de la Fe que recibimos en el bautismo cuando la Iglesia, que es madre nos acogió como hijos y fuimos constituidos miembros del cuerpo de Cristo. Porque, amigos, este tiempo cuaresmal es para reiniciar, si está rota la comunión con nuestro padre que es Dios y con nuestros hermanos con quienes formamos el cuerpo de Cristo y su pueblo escogido que es la Iglesia; tiempo para sincerarnos con nosotros mismos, ante Dios y ante nuestros hermanos.

Es bueno en este tiempo releer el libro del Éxodo, la salida del pueblo de Egipto hacia la Tierra Prometida; meditar el sentido que tiene en nuestra vida la travesía del desierto en largas jornadas hacia la tierra prometida; las exigencias que impone toda marcha por el desierto, que es signo de toda vida peregrina; el sentido que no somos un pueblo establecido sino en continua esperanza o esfuerzo para llegar a la tierra donde mana leche y miel. Es decir, no construiremos nada nuevo si no somos HOMBRES NUEVOS; esto es bueno recalcarlo hasta el cansancio. Cuánto puede ayudar en asumir en serio el sentido profundo de esta cuaresma para construir una sociedad nueva a la que aspiramos todos. Aquí esta la misión de la Iglesia; comprometernos con los hombres tal cual son y partiendo desde ellos y con ellos, ayudarles a que sean hombres nuevos, hombres liberados de todas las expresiones de muerte y esclavitudes para que sean verdaderamente libres y con los otros construyan la felicidad de todos. Cuando renazca con todo su vigor la vida y la fuerza de Dios sellada por el Bautismo entonces seremos capaces de cambiar en profundidad la sociedad en que vivimos. Recordemos una vez más lo que el Papa Juan XXIII dijo al convocar el Concilio Vaticano II: que en los cristianos resplandezca, con la santidad de la vida, la fuerza del Evangelio en el mundo de hoy.

Haciendo una reflexión acerca de los acontecimientos que a diario se vienen sucediendo en nuestra patria, no podemos menos que decir: mientras seamos hombres interiormente viejos, es decir, hombres no convertidos de verdad, no se construirá nada nuevo que pueda dar y brindar felicidad a nuestro pueblo. Mientras no quitemos como método y como sistema, el uso fácil de la mentira y de la calumnia, no construiremos nada estable y firme. Mientras no quitemos el odio, el resentimiento, la soberbia, las causas que originan injusticias, dolor, desequilibrios irritantes y la vida fácil en nuestras relaciones humanas, no construiremos una sociedad nueva. Mientras no descubramos que cuanto más pobre de corazón es el hombre, tanto más encuentra su plenitud y su riqueza de hijo de Dios, cuanto más rico de sí mismo y lleno de satisfacciones egoístas tanto más empobrece. Mientras no descubramos y nos comprometamos a trabajar denodadamente para limpiar el rostro de tantos hermanos nuestros surcados por el dolor, las lágrimas, las angustias, las inseguridades, el miedo y todo tipo de marginaciones, ocasionadas por nuestro egoísmo y nuestra falta de profunda conversión, seguiremos siendo infieles a nuestra responsabilidad de hombres y de cristianos, ante Dios nuestro Padre y ante nuestros hermanos necesitados de sus otros hermanos.

Para nuestra comunidad riojana, debe hacerse cada vez más realidad: TODO HOMBRE QUE COMPARTA LA VIDA EN NUESTRO SUELO, ES MI HERMANO. No tendrán sentido nuestros ayunos y abstinencias si no son expresiones y no están acompañados de un corazón humano y cristiano que busca ansiosamente con los otros la propia conversión y el dejarse tomar definitivamente por Dios.

Este es el llamado que fraternalmente les hago, como obispo, a toda Comunidad Diocesana: a ustedes, hermanos en sacerdocio de Jesucristo y que nos configura un sacramento; a ustedes religiosas, que deben ser signo en la Diócesis de lo que es permanente; a ustedes fieles cristianos, consagrados por el bautismo y enviados a testimoniar y anunciar la buena noticia por la confirmación: revisemos nuestras propias vidas, con la gracia del Señor, en este tiempo de Cuaresma, para cambiar nuestra manera de pensar, de ver y de obrar todo aquello que no responda a nuestra condición de cristiano; y, si somos consagrados en el sacerdocio o en la vida religiosa, revisar todo aquello que no responda a nuestra responsabilidad testimonial y de verdaderos servidores y guías de nuestras comunidades. Soy el primero quien debe pedirle al Señor la luz necesaria y la gracia para ser fiel a la misión que el Espíritu Santo me ha confiado en este pueblo, ante cualquier viento que sacuda las pasiones de los hombres.

Esta cuaresma nos convoca a todos, a gobernantes y gobernados, a cristianos y no cristianos, a todo hombre de corazón recto que se sienta movido para hacer algo por su hermano: "MIENTRAS TENGAMOS TIEMPO, OBREMOS EL BIEN", es decir, mientras seamos responsables de este tiempo y de los dones que Dios nos ha dado, esforcémonos todos juntos para construir un poco más de verdadera y auténtica alegría y felicidad en nuestro pueblo riojano, en todos los aspectos de la vida.

Cuando decimos que es necesario que la Pascua del Señor debe irse realizando en cada hombre riojano, y, que para lograr esto son necesarias arduas jornadas de trabajo esforzado para ir concretando metas, no lo afirmamos como una frase más o menos interesante o soñando en utopías, sino que lo afirmamos convencidos y apoyados en la fuerza de Aquél que le da el verdadero y profundo sentido a la vida, JESUCRISTO. Lo importante es seguir pidiéndole al Señor que no nos cansemos. Si en este caminar fatigoso hubiese hermanos ya cansados, abatidos o desorientados por el miedo y otros intereses, debemos ayudarles a que continúen en la marcha, si en ello existe un corazón dispuesto para seguir construyendo juntos. Lo que no debemos renunciar nunca es el tener misericordia y comprensión para con aquellos que ya no se sienten con fuerzas o actitudes en la construcción de una sociedad nueva en la justicia, en la verdad y en la fraternidad de todos los hombres. No perdamos nunca de vista que se hace duro y difícil en la vida no ver el sentido de la marcha de todo un pueblo y el camino por el cual debemos seguir peregrinando.

Y ahora les dejo algunas indicaciones que les pueden servir para vivir mejor esta Cuaresma y prepararse para una verdadera Pascua riojana:

1.- Traten de meditar en familia o en pequeños grupos la lectura de la Biblia.
2.- Ofrezcan al Señor como oración y como súplica el sufrimiento que diariamente nos trae esta vida presente convirtiéndolo en medio fecundo para salir de tantas situaciones que son indignas de hijos de Dios.
3.-A ustedes enfermos; a ustedes chicos, a ustedes abuelas, a quienes esta sociedad en la que vivimos los considera improductivos, sepan que son privilegiados para el Señor; pídanle al Señor que todo el pueblo riojano sea fiel al designio amoroso que tiene trazado sobre nosotros.
4.- Una manera de vivir esta cuaresma como lo quiere la Iglesia es esforzarnos por tener actitudes interiores y disponibilidad para que el Concilio Vaticano II siga concretándose cada vez más en nuestra Diócesis.
5.- El sacerdote para un pueblo debe ser considerado como un don del Señor; La Rioja no tiene, hoy, los sacerdotes suficientes que la comunidad necesita para ir creciendo en la Fe. A este don hay que suplicárselo al Señor, para que los sacerdotes en La Rioja seamos fieles a lo que la Iglesia y el mundo hoy necesitan.


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