miércoles, 19 de mayo de 2021

Boletín de San José N° 3 : "Modelo de los trabajadores, ruega por nosotros"


Recientemente hemos celebrado la fiesta de San José Obrero, patrono de los trabajadores. A raíz de esto, queremos centrarnos en el valor del trabajo. Poder preguntarnos ¿Cómo vivo mi trabajo? ¿Es para mí lugar de encuentro con Dios? ¿Sirvo por medio de él a los demás? Los invito a contemplar a José, que él nos enseñe a redescubrir y vivir la dimensión espiritual del trabajo.

Nos dice el Papa Francisco en el punto 6 de su carta Patris Corde: “San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. De él, Jesús aprendió el valor, la dignidad y la alegría de lo que significa comer el pan que es fruto del propio trabajo.”

San José se ganaba la vida con la habilidad de sus manos. Y seguramente su taller fue testigo de muchas horas de trabajo, de oración, de las conversaciones compartidas con Jesús y María, de las veces que recibía y escuchaba con mucha atención las dificultades o preocupaciones de algunos de sus clientes.

Me gusta imaginar el taller de San José como un lugar cálido y de acogida, en el que no sólo entra el que necesita algo material sino también el que busca consuelo, palabras de aliento, compartir sus alegrías, acercarse a Dios. Eso es lo que José brindaba en su taller, esto es lo que aún nos sigue brindando hoy. Y es lo que estamos llamados a descubrir y a vivir en cada uno de nuestros trabajos, en ese lugar en el que Dios nos ha puesto, con las personas con las que nos ha confiado. Especialmente en este tiempo donde pareciera que el trabajo es sólo sacrificio, que su finalidad es sólo material y que es incompatible con el disfrute, el gusto, el placer.


Estamos llamados a asumir el compromiso de que, mientras ganamos con el trabajo el sustento para cada día, debemos realizarlo de modo que resulte provechoso para la sociedad, que sirva al bien de nuestros hermanos y contribuya a que se cumplan los designios de Dios en la historia. 
De esta manera El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación, en oportunidad para acelerar el advenimiento del Reino, para desarrollar las propias potencialidades y cualidades, poniéndolas al servicio de la sociedad y de la comunión. El trabajo se convierte en ocasión de realización no sólo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia”.  (Patris Corde 6)

Le pidamos a nuestro querido san José, patrono de los trabajadores, que interceda por los que han perdido su fuente laboral y que nos ayude vivir el trabajo con vocación de servicio, como el escenario en el cual podemos santificarnos.

 

Hna. Mercedes Vega, op

Hermanas Dominicas de San José


Para terminar te invitamos a escuchar este himno a San José (recomendación de la Hna. Mercedes)







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lunes, 19 de abril de 2021

Boletín de San José N° 2 : "José supo guardar lo que se le había encomendado"



A lo largo de la historia hemos oído habla de San José siempre de la mano de Jesús y de María. La humidad que lo caracteriza es tan grande que ha brillado por esta virtud a pesar de haber pasado su vida en lo escondido, en segundo plano como nos dice el Papa Francisco, pues ni en las Sagradas Escrituras se lo escuchó pronunciar palabra alguna.

En este año tan particular, en el que celebramos los 150 años de su declaración como “Patrono de la Iglesia” por el Papa Pio IX, quiero mostrar una de las tantas imágenes y facetas con la que se conoce a San José, el padre de la Sagrada Familia. En esta oportunidad quiero presentar a San José, como Depósito.

Hacemos un paréntesis aquí para explicar este término, Depósito. Esta palabra comúnmente la utilizamos para hacer referencia a un lugar de nuestra casa o de algunas construcciones, a ese sitio donde guardamos lo que ya no se usa, lo que está roto, lo que tiene que ser reparado o algo que no cabe en el lugar donde vivimos y creemos que en algún momento puede llegar a tener utilidad. Pero veamos ahora el sentido bíblico que tiene esta palabra y porque decimos que San José fue el depósito de Jesús y de María.

Leemos en la Historia Sagrada que, el Augusto Templo de Jerusalén era el lugar del depósito de los judíos; lugar en el que depositaban sus tesoros confiándolos al cuidado sus sacerdotes. Esta referencia nos quiere enseñar el sentido religioso que tenía para ellos la acción de depositar en ese lugar lo valioso, sus tesoros no podían estar mejor colocados que en el lugar donde se honra a la Divinidad y en las manos de los consagrados por Dios.

Así, en su providencia infinita, Dios Padre confía en las manos de San José el depósito de María y Jesús, tal es este depósito que la casa de José se convierte en un templo, donde el mismo Dios se digna habitar. José debió ser consagrado para guardar ese Sagrado Tesoro. En efecto, él lo fue, en su cuerpo por la continencia y en su alma por medio de todos los dones de la gracia.


Rescatamos de una Homilia de Jacobo Bossuet:

“El primero de todos los depósitos que ha sido confiado a su fe (entiendo el primero en el orden del tiempo) es la santa virginidad de María, que él debe conservar intacta bajo el velo sagrado de su matrimonio, y que él siempre cuidó santamente como un depósito sagrado que no le estaba permitido tocar. Éste es el primer depósito. El segundo es el más augusto, es la persona de Jesucristo, al cual el Padre celestial deja en sus manos, para que sirva de padre a este Santo Niño que no puede no tener uno en la tierra. Cristianos, ya veis dos grandes y dos ilustres depósitos confiados al cuidado de José. Pero yo señalo todavía un tercero, que encontraréis admirable, si puedo explicároslo claramente. Para entenderlo, es necesario señalar que el secreto es como un depósito. Traicionar el secreto de un amigo es violar la santidad del depósito; y las leyes nos enseñan, que si divulgáis el secreto del testamento que os confío, puedo luego obrar contra vosotros, como por haber faltado al depósito: Depositi actione tecum agí posse, como hablan los jurisconsultos. La razón es evidente, porque el secreto es como un depósito. Por donde podéis comprender fácilmente que José es depositario del Padre eterno, porque Él le ha dicho su secreto. ¿Qué secreto? El secreto admirable es la encarnación de su Hijo. Porque, fieles, no ignoráis, que ésa era la voluntad de Dios, no manifestar a Jesucristo al mundo antes de que llegase la hora; y San José fue escogido no solamente para conservarlo, sino también para ocultarlo.” (Jacobo Boeeut, Sermones sobre San José, 1657)

Reflexionando sobre esta imagen y admirable virtud de nuestro Patrono San José, animémonos a depositar en él todas nuestras alegrías y tristezas, nuestros deseos y anhelos más profundos, nuestros mayores tesoros, sabiendo que él los custodiará con gran amor y dedicación como lo hizo con María y Jesús.

Que San José, quien supo guardar lo que se le había confiado, guarde nuestras vidas y las preserve de todo mal, nos enseñe su modo delicado y silencioso de ser depósito de los tesoros que se nos confían: nuestras familias, amigos, compañeros, alumnos, pacientes, hermanos, pueblo fiel.

Que en este año, San José nos regale la gracia de caminar junto a su Hijo Jesús, que podamos experimentar también nosotros el ser depósito de ese gran tesoro y conservarlo en nuestro corazón.  


Hna. Gabriela V. García, op

Hnas. Dominicas de San José





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domingo, 11 de abril de 2021

Venerable Carla Ronci (1936 - 1970) - "Estoy feliz de estar en manos de Dios y de ser tan amada por él"

Venerable Carla Ronci, conocida como "la santa de la vespa"
-Un día como hoy, 11 de abril, del año 1936 nació Carla Ronci, joven fallecida con casi 34 años, quien fue reconocida como venerable el 7 de julio del año 1997 por el papa Juan Pablo II.-


Carla nació en Torre Pedrera, Italia. A los dos días de su nacimiento recibió el sacramento del bautismo. Cuando tenía seis años fue admitida a los sacramentos: hizo la primera confesión, recibió la Santa Eucaristía y la Confirmación. Carla fue una niña amable, le gustaba corretear con sus amigos por las calles de Torre Pedrera y a menudo iba a la playa. 


Una de sus maestra la recordó como una alumna modelo, amable, cariñosa, dócil, muy diligente, atenta y siempre lista a cumplir con sus deberes...  “Era muy buena para recitar poemas”. Le gustaba cantar, correr, bailar y disfrutaba mucho de ir al cine con sus amigas. Era una joven muy bella y su sonrisa llamaba la atención de muchos admiradores. Además de todos estos pasatiempos que realizaba en sus tiempos libres, ella trabajaba para ayudar a su familia, cuando terminó quinto grado su madre la envió a aprender el oficio de modista. También se dedicaba a cuidar una cabra que tenían en su familia y a vender frutas y hortalizas, durante el verano trabajaba como niñera.


Camino de Conversión

En el año 1950, cuando tenía 14 años, comienza el camino de conversión de la joven Carla, ella misma lo describió con estas palabras: "Era el año 1950: veía a las hermanas Ursulinas todas las mañanas ir a misa con mucho frío en invierno y, a veces, con mucha nieve. Muchas veces miraba el jardín de infantes e incluso allí las encontraba tan reunidas y piadosas". "Siempre serenas. Tan pobres. Empecé a reflexionar: ¿pero por qué hacen lo que hacen? ¿Y para quién, si los niños son de otros y les pagan tan poco? ¿Y por qué están tan felices y tan serenas en su pobreza y su privación?”. "Una noche, especialmente una noche concreta, apoyada contra una ventana... había mucho movimiento en el pueblo... en el brillo de mi imaginación, vi el contorno de una cara y la sonrisa de una mirada nunca antes vista. En el corazón sentí entonces una voz y una invitación: me horroricé de mi misma, volviéndome vi mis catorce años fuera de la alegría y mi futuro suspendido en el abismo. Dudé... me propuse... luego volví a dudar... cerré los ojos para ver mejor dentro de mí... volví a proponer, estableciendo límites al respecto. ¿Mañana? Sí, mañana. Mañana lo intentaré también. Llevaré algo a la iglesia para que Dios ya no me atormente con su voz: daré algo de mí para ver si es a partir de ahí que las hermanas tienen tanta alegría y tanta serenidad”. A la mañana siguiente, Carla fue a la iglesia, asistió a misa, se sentó al fondo de la iglesia, temerosa y asombrada de lo que estaba sucediendo en ella. Y luego escribió: "¡Qué impresión! Entendía y no entendía: el mundo se abrió ante mí en su realidad. No sé si recé. Pensé mucho y en mi mente vi esa cara de la noche anterior: ¡Jesús! Era la primera vez que lloraba sin saber por qué estaba llorando. Mi alma necesitaba algo más; tenía sed, sed del amor de Dios. Así que comencé a asistir a la iglesia y a los sacramentos con más frecuencia, encontrando en ellos tanta paz y tanta alegría”.


Voto de Castidad

El 20 de octubre de 1956, con el permiso de su confesor, hizo voto de castidad. De esta consagración a Dios, su feminidad emerge transfigurada, una explosión gozosa de plenitud de vida. En su diario escribirá: "La feminidad es una propiedad que conquista y atrae; la feminidad del alma consagrada a Dios debe ser tan dulce y dulce que atraiga a todos hacia sí misma y luego conduzca al Señor... Estoy feliz de ser mujer, porque el Señor le dio a la mujer el don de la inteligencia intuitiva y es tan hermoso intuir las necesidades de los demás, ser una comprensión maternal... "La modelo es María santísima. "La feminidad debe ser como la de la Virgen: pura y casta".

Voto de Pobreza

El 19 de agosto de 1957, con el permiso del director espiritual, hizo voto privado de pobreza. Al separarse de todas las cosas materiales, se siente más libre para vivir en la voluntad de Dios. De ahora en adelante, todo lo que posee no es suyo, sino de los pobres; de todo ella es simplemente una administradora generosa. De hecho, Carla está convencida de que hacer un voto de pobreza sin amor y compartir con los pobres sería una complacencia inútil para uno mismo y una búsqueda estéril de la santidad. Por esto expresó un amor incondicional por todas las personas, en las cuales encontró el rostro de Cristo para amar y servir.

Discernimiento y vocación

El 3 de febrero de 1958 ingresó al noviciado de las hermanas ursulinas en Bergamo, Italia. Su padre la atormentaba con visitas y con cartas para que abandonará la vida religiosa, la Madre Superiora, al ver que la insistencia de su padre no cesaba, la llamó y le dijo: "Hija, este no parece ser su camino. Regrese a casa donde tantas almas te esperan. La santidad la podrás encontrar en el mundo”.  Al regresar a la casa, Carla reanudó su trabajo con valor en Acción Católica y en el apostolado en la parroquia y entre los pobres. Pero siempre vigilante y cuidadosa para entender la voluntad de Dios. "¿Qué está pasando en mí? ¿Por qué me siento tan extraña e insatisfecha con mi nueva vida? ¿Qué quieres de mí, Señor? ¿Cuándo sabré con seguridad dónde quieres que te sirva?".

En septiembre de 1960, conoció a Teresa Ravegnini y, a través de ella, al instituto secular "Ancelle Mater Misericordiae" de Macerata. Leyó el Estatuto detenidamente. Además de una propuesta radical de amor por el Señor, a través de los votos de pobreza, castidad, obediencia, Carla se sorprendió por el hecho de que se le pedía a la Sierva un apostolado de presencia y testimonio para ser una elevación de las realidades temporales, permaneciendo en el mundo. Carla entendió que este era su camino, que en ese estatuto toda su vida estaba contenida y todo lo que ella intuía laboriosamente. Inmediatamente participó en los ejercicios espirituales en la Casa Macerata y en 1961 solicitó ingresar al Instituto.
Carla comprendió que su convento será el pequeño mundo de Torre Pedrera, su pueblo natal, donde ella se convertirá en un gran testimonio del Evangelio, en su nueva condición de laica consagrada, como miembro del Instituto Secular Siervas Mater Misericordiae de Macerata.

En octubre de 1965, el párroco le sugirió que sea delegada del grupo de los benjamines de Acción Católica (aspirantes). Carla escribe en su diario: "Siento toda la responsabilidad que he asumido, aceptando. Si pienso en mi poca fuerza, me siento desanimada de inmediato. Pero después de todo, ¿qué hacer? ¿Necesitan ayuda las niñas y por qué negárselo?". La entrevista personal era solicitada espontáneamente por las niñas y Carla lo aceptaba porque sentía que la acción educativa no está completa a menos que se establezca una relación personal auténtica. Intentó comprender a cada niña, descubrir sus características, resolver sus problemas, hacer surgir sus potenciales, crear confianza en sí mismas y descubrir el significado de su vida. Carla escribió: "Jesús, te los confío a todos: los conoces uno por uno; conoces sus necesidades y puedes hacer mucho por ellos; todas nuestras niñas deben volverse buenas: deben convertirse en santas".



La Eucaristía 

La misa y la comunión diaria constituyeron el momento más importante de su día y siempre en primer lugar en los propósitos de sus programas de vida. La Eucaristía se convierte en la fuerza que sostiene su trabajo de apostolado, de redención, de testimonio. Carla entendió que la Eucaristía requiere un compromiso serio con la comunidad, porque es sobre todo comunión, y requiere un servicio radical y total a los hermanos hasta el don de la vida.

Enfermedad y fallecimiento

Los primeros síntomas de la enfermedad se manifestaron en agosto de 1969, con un fuerte cólico en el hígado. No se preocupó demasiado, pero con la aparición de dolor en el hombro, fiebre y tos persistente, tuvo que ir a otra visita al dispensario antituberculoso. El médico declaró claramente que se trataba de un cáncer de pulmón y recomendó la hospitalización en una clínica en Bolonia. ¿Cómo reaccionó Carla? "El buen Señor me está probando con una enfermedad que creo es decisiva para mi misión. Tengo mi crucifijo delante de mí y, mirándolo, todo se vuelve fácil. Estoy lista para cualquier disposición. Sé bien que el sufrimiento no viene de él, pero la alegría sí, y de esto tengo tanto, que el resto no cuenta ". "¿Ves? Tengo la sensación de que Jesús se está separando de la cruz para dejarme su lugar. Realmente creo que quiere que me crucifiquen, porque sabe que para mí sufrir con él es una alegría". A mediados de marzo de 1970, Carla empeoró dramáticamente. El cáncer de hígado ahora se había extendido a los pulmones. No quedaba nada por hacer. Los médicos aconsejaron que la llevaran a morir a su casa. 

El 2 de abril de 1970 se le administró el sacramento de la extremaunción, que recibió con gran devoción, siguiendo el ritual con una mente clara y respondiendo a las oraciones. Después de pocas palabras, intercambiadas con los allí presentes, sonrió y con un susurro dijo: "Aquí viene el esposo", y murió sin un lamento, inclinando la cabeza sobre las manos unidas en oración. El médico y la enfermera que la habían asistido, se echaron a llorar y dijeron: "Ha muerto una santa".

Carla esta enterrada en la parroquia de Torre Pedrera


Una vida entregada por los sacerdotes

Carla decidió ofrecerse como víctima de expiación y propiciación para la santificación de los sacerdotes. ¿Qué la llevó a esta donación? Carla había percibido la grandeza del ministerio sacerdotal y su importancia para la vida de la Iglesia. Escribirá en una carta de 1969 al Padre Marcelino Pasionista: "Es en Él donde encuentro la verdad; es en Él donde encuentro la fortaleza. En Él encuentro sobre todo a Jesús. ¿Y ofrecerse a Jesús le parece poco?". Y sigue en la misma carta: "... para mí, el sacerdote es un hombre sin corazón propio porque solo tiene los sufrimientos y la angustia de los hombres, sus hermanos, y en su corazón late el corazón de Cristo; un hombre sin intereses y perspectivas, porque las suyas son las de Jesús, sin inteligencia y sin una palabra suya porque todo lo que piensa o dice, todo en él trae de vuelta el pensamiento y la palabra de Jesús”. Desde el hospital de Bolonia, ahora socavada por el mal y plagada de sufrimientos atroces, todavía escribe: "Señor, solo tengo este corazón mío que está lleno de ti, que eres el infinito. Esto te lo ofrezco por tus sacerdotes. Aquí está toda mi vida. Si quieres una víctima de reparación por sus caídas, por sus infidelidades, por lo que no hacen y deberían hacer, por lo que hacen y no deberían hacer, Señor, por ellos me ofrezco víctima, dispuesta a hacer cualquier cosa, todo, pero no nos falten tus sacramentos, porque el sacerdote es un sacramento tuyo, Señor, que sea puro y honesto como tú lo quisiste."




-Carla es recordada como la santa de la vespa, por la moto que usaba para transportarse para ir a la parroquia y a visitar a los enfermos y a los pobres.-


Más información de la venerable Carla Ronci:








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sábado, 27 de marzo de 2021

Domingo de Ramos - Homilía del Cardenal Pironio





Lecturas del día: Is. 50,4-7 / Sal 21 / Flp 2,6-11 / Evangelio según San Marcos 14,1-72. 15,1-47.


Homilía del Cardenal Eduardo Pironio (26 de marzo de 1972)

Siempre la palabra del sacerdote para que sea válida y fecunda y dé vida, tiene que ser sencillamente la Palabra del Señor, pero de una manera muy particular en este día Domingo de las Palmas o de Pasión, o de los Ramos, en que entramos en el santuario de la Semana Santa, la mejor palabra es la Palabra del Señor. Hemos escuchado tres lecturas, las tres nos han pintado lo mismo: Jesús, el servidor del Padre que entrega su vida para salvar a los hombres; el misterio de la muerte, el misterio de la Resurrección de Jesús. Entramos ahora en esta celebración. Yo quisiera que sobre todo la lectura de la Pasión quedara resonando hoy y toda esta semana en nuestro interior, por eso no quisiera empañar en lo más mínimo la sencillez del relato evangélico, quisiera que el Espíritu Santo nomás nos hiciera gustar bien profundamente esto que acabamos de escuchar y que nos ha conmovido por dentro y sobre todo que nos ha comprometido.

Pero precisamente para eso, para que fraternalmente nos comprometamos a responder a esta palabra de Jesús, yo quisiera hacer estas tres preguntas:

1- ¿Qué significa este Domingo de Pasión, de Ramos, de Palmas, y cómo nos compromete?

2- ¿Cómo hemos de vivir esta semana verdaderamente santa y definitiva para nosotros y para la historia?

3- ¿Qué puede significar para mí la Pasión de Jesús en alguno de los personajes que aparecen en el relato de la Pasión?

En primer lugar, ¿qué significa para mí este Domingo de Ramos, de Palmas, de Pasión? Tenemos los ramos en las manos, los hemos bendecido y tienen una doble significación. Es la expresión de que Jesús es lo único que importa, que Jesús es el Señor, que Jesús es el Rey, es el dueño de mi corazón, de mi familia, de mi casa, de la historia, del mundo. Al entrar Cristo triunfalmente en Jerusalén, sabiendo sin embargo que este triunfo tiene que pasar necesariamente por la cruz, me enseña que Cristo es lo único que importa y que yo seré definitivamente feliz en mi vida si hago de Cristo la opción única. Sea obispo, sea religiosa, sea laico, donde quiera que esté, cualquiera sea mi camino, cualquiera sea la tarea concreta que tengo que desarrollar, lo único que importa en definitiva es Cristo.

En segundo lugar, el ramo, la palma, que yo llevo en la mano, lo llevaré después a casa, lo pondré en mi habitación, como un signo de la bendición y de la protección particular del Señor. Recordaré que Dios está allí, que Dios viene conmigo, viene a mi tarea cotidiana, viene a mi casa, viene a mi familia, viene a mi problema para iluminarlo, viene a mi cruz para serenarla, viene a mi alegría para equilibrarla, viene a mi vida para darle sentido. Es un signo de la protección del Señor. Un signo de que Dios está. Y que Dios no está como huésped ausente sino como Padre que interviene, guía, conduce. Es un signo de tranquilidad, de seguridad, no de pasividad como descargándole toda la cosa a Dios, pero sí como un signo de que Dios está.

Entonces, el ramo significa sencillamente eso: por un lado, que nosotros cantamos el triunfo de Cristo, lo acompañamos como Rey que es, pero al mismo tiempo decimos: Cristo es lo único que importa, y mi vida no tiene sentido donde quiera que esté si no es centrada en Cristo. Y en segundo lugar, lo llevo a mi habitación, o a mi casa, y este ramo me asegura una protección, una bendición muy especial de Dios Padre de Misericordia.

Eso celebramos hoy. Pero al mismo tiempo con este Domingo de Ramos entramos en la semana verdaderamente santa del año que culminará la gran noche de la Vigilia Pascual. Todo está encaminado a vivir el gozo profundo de la Vigilia Pascual. ¿Qué pasará en esa noche de la Vigilia Pascual? Una luz nueva, un agua nueva, un pan nuevo, el Cristo Resucitado, Hombre nuevo, pero sobre todo yo tendré que ser en Cristo Jesús nuevo. Yo tendré que nacer de nuevo, tendrá que nacer en mí una luz nueva, una luz de fe, una luz de esperanza, una luz de amor. Fe luminosa para descubrir a Cristo que sigue viviendo en la historia y en el rostro de mis hermanos. Esperanza firmísima para saber que Jesús está conmigo hasta el final, que no tengo que tener miedo y temblar y asustarme. Amor muy ardiente que me lleva a entregarme en una actitud muy sencilla de servicio alegre a mis hermanos. Seremos hombres nuevos si en nosotros la noche de la Vigilia Pascual habrá una fe más viva, una esperanza más sólida y un amor más alegre y generoso.

Pero entonces, ¿cómo tengo que vivir yo esta semana preparando la gran noche de la Vigilia Pascual? ¿Cómo tengo que hacer? Meterme bien adentro de Cristo que en la oración glorifica al Padre, de Cristo que en la cruz redime al mundo, de Cristo que da la vida por los demás. Es decir, una actitud de mucho silencio y oración, una actitud de mucha alegría en la cruz y una actitud de mucha generosidad en el amor, en la caridad.

Una actitud de mucho silencio en la oración. Hoy hemos recordado la oración de Cristo en el huerto. Cristo ora muy brevemente pero muy intensamente, con una conciencia muy filial: Padre, si es posible que pase esto, pero si no es posible, que se haga tu voluntad ante todo, que es lo único que importa. ¡Qué oración más linda, más breve, más intensa, más filial, más serenante! Padre, si es posible. Pero no se haga mi voluntad, no se haga mi voluntad. Entonces esta semana vivirla más en clima de silencio y oración. Por supuesto, seguirá la vida como siempre y habrá que ir al trabajo o habrá que estar en casa o habrá que conversar con los demás, pero adentro tiene que haber un silencio mucho más profundo para escuchar la palabra del Señor. Sobre todo, ¡qué lindo si todos los días leyéramos un trozo de la pasión de Jesús! Hoy la hemos leído toda. ¡Qué bueno ir después recogiendo un trocito cada día de esta Pasión de Jesús y meditarla y hacerla nuestra! Pero vivir en clima de oración.

Después meternos en la cruz y saborearla. ¡Qué bueno es saborear el cáliz del Señor! Cada uno de nosotros tiene ciertamente un sufrimiento, una cruz. Ciertamente. Si no nuestra vida sería demasiado vacía, el Padre no nos habría configurado muy fuertemente a Jesús. Cada uno tiene una cruz y esa cruz es muy fuerte aún cuando externamente para los que miran de afuera sea una cosa superficial y fácil, para el que la está viviendo es tremendamente aguda. Bueno, esta cruz mía es una partecita de la cruz verdadera de Jesús, porque Jesús prolonga su Pasión en la historia, prolonga en mi cruz, en el sufrimiento de mi hermano y en el dolor de la Iglesia: Cristo prolonga su pasión.

Saborear esta cruz pero con un sentido pascual. Que la cruz no me oprima, que no me aplaste, que no me destruya. Saber que solamente de la cruz brota la resurrección, la vida y la esperanza. Por consiguiente, meternos en la cruz del Señor y saborear en silencio esta semana el misterio de la muerte y de la cruz de Jesús, es vivir nuestra propia cruz con un sentido pascual, con un sentido de esperanza. Tiene que haber mucho recogimiento esta semana pero nada de tristeza porque la tristeza en definitiva no es cristiana. Puede haber un dolor muy hondo pero todo tiene que estar iluminado con la seguridad firmísima de la esperanza.

Y por último, otro sentimiento con que tiene que ser vivida esta semana es la entrega, o sea, Cristo se entrega. Hemos escuchado cómo Cristo toma el pan, toma el vino y lo entrega y dice: esto es mi Cuerpo que será entregado, esta es mi Sangre que será derramada. La Pasión de Jesús es una entrega. ¡Qué bueno es darnos, darnos! Un sentido de entrega total a Dios, nuestro Padre y a los hombres, nuestros hermanos. Es aquello de Jesús: no hay amor más grande que el de aquel que da la vida, que el de aquel que se entrega.

Entonces, si queremos vivir esta Semana Santa bien, en una actitud de entrega, de donación, de total muerte a nosotros mismos para dar la vida, estos tres sentimientos:

– silencio muy profundo de oración,

– saborear la cruz y

– entregarnos de veras.

La tercera pregunta muy sencilla era: ¿qué significa para mí la Pasión y cómo me puedo reconocer en alguno de los personajes? Estamos acostumbrados o a mirar la Pasión como algo demasiado lejano o como lago demasiado extraño que ocurrió… incluso cuando yo estaba leyendo recién la Pasión pensaba: y esto ¿no será una novela, no será un cuento? No. Esto es real. Todo esto pasó una vez hace dos mil años en tierras sencillas como las nuestras, en la pobreza de Judea, en Palestina, en la tierra que ahora es Tierra Santa porque la pisó Jesús. Allí vivió alguien que se llamó Jesús de Nazaret, a quien los hombres crucificaron y el Padre le devolvió la vida y lo hizo Señor para su gloria. Allí vivió también una sencilla mujer de pueblo, una mujer que iba todos los días a sacar agua de la fuente y se llamó María. Todo esto pasó. Y entonces yo me pregunto: esto pasó hace mucho, esto no es algo extraño, esto pasó. Pero al mismo tiempo vuelve a pasar, o sea, esta Pasión vuelve a prolongarse. Cristo sigue viviendo en la historia. Decía recién vive en mi dolor, vive en el dolor de la Iglesia, vive en el sufrimiento de la historia, en el sufrimiento de los hombres. ¿Qué significa para mí la Pasión? ¿Sencillamente ponerme a meditar y decir cómo padeció Jesús? ¿O descubrir a este Jesús que sigue sufriendo en mi hermano, en mi hermana, en la Iglesia, en los hombres, en mí? Y tengo que tener suficiente capacidad para descubrir a ese Señor que sufre y entregarme de veras.

Pero yo tengo que reconocerme después en alguno de los personajes de la Pasión. No sé si a todos se les habrá ocurrido como a mí muchas veces: ¿y qué tal si yo hubiese vivido en tiempos de Jesús? Porque pudo haber sido. ¿Qué tal si yo hubiese vivido en tiempos de Jesús? Y nos hubiese gustado vivir en tiempos del Señor. Yo diría, nosotros no hemos elegido vivir ahora o vivir entonces; eso fue designio de Dios. Pero lo que es certísimo es que si nosotros no hemos vivido con Él, Él vive con nosotros. Eso es certísimo. Él sigue viviendo con nosotros. Pero, ¿qué tal si nosotros lo hubiésemos visto con nuestros propios ojos de carne, hubiésemos conversado con Él, lo hubiésemos visitado, qué pasaría? ¿En cuál de los personajes nos ubicamos? ¿Seríamos igual que María Santísima, nos encarnaríamos en María Magdalena, en María la madre de Santiago y de Juan? ¿O nos encarnaríamos en la audacia de Pedro, aquel a quien le faltó pobreza y desafió demasiado y después probó sus propios límites y sus propias miserias? ¿Yo me reconocería -ciertamente que no- pero podría también reconocerme en la fragilidad de Pilatos o en el espíritu negativo de Judas? ¿En cuál de los personajes de la Pasión podría estar yo? ¿O estaría sencillamente en todos los discípulos que todos dijeron: aunque todos te dejen yo no -todos empezaron a decir- y todos cuando llegó el momento dispararon? ¿En cuál de los personajes?

¿O tal vez el Señor me daría a mí el privilegio de ser como Juan y el poder recostar mi cabeza en su costado?

No sé. Pero cada uno que tome la Pasión y que trate de descubrir su postura.

Pero nuestra postura tiene que ser, en definitiva, una sola. La postura de María. De María serena y fuerte al pie de la cruz, sin aplastarse. Bien cerca. De María, bien dolorida pero al mismo tiempo bien serena. Y de María que a cada rato le vuelve a decir al Padre que sí: por eso Jesús puede realizar el misterio de su muerte y de su resurrección.

Yo les deseo desde ya una Semana Santa muy fecunda, extraordinariamente fecunda para que tengan una feliz Pascua, para que la noche de la Sagrada Vigilia sea extraordinariamente luminosa para todos: para ustedes y para mí y para toda la Iglesia y para todo el mundo. Que así sea.


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domingo, 21 de marzo de 2021

5° Domingo de Cuaresma - Homilía del Cardenal Eduardo Pironio



Jer 31,31-34 / Sal 50 / Heb 5,-79 

Evangelio según San Juan 12,20-33

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. El les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada, ¿Y qué diré: 'Padre, líbrame de esta hora'? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar". La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel". Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir.

Homilía del Cardenal Pironio (24 de marzo de 1985)

Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. Estas palabras misteriosas que Jesús dice cuando Felipe y Andrés se acercan para decir que los gentiles lo quieren ver –queremos ver a Jesús-. Estas palabras misteriosas señalan que la pasión de Jesús –su muerte y su resurrección- están ya por cumplirse. También nosotros vamos llegando a la hora de Jesús. Estamos a una semana del comienzo de la semana mayor de la iglesia, la semana santa. Habrá que vivirla con una particular intensidad de amor.

En la oración le hemos pedido al Señor que nos ayude a fin de que podamos sentir, vivir, obrar con aquella caridad que movió, empujó al Hijo a dar la vida por nosotros. Es mucho lo que le pedimos. Tener la misma caridad que empujó al Hijo a dar la vida por nosotros, y a vivir y obrar así. A vivir, es decir, a sentirnos interiormente llenos de esta caridad. Por consiguiente con las mismas exigencias de oración, de servicio, de cruz. Y a dar la vida por los demás, por consiguiente, con una entera disponibilidad a morir en bien de nuestros hermanos para que en ellos nazca más profundamente el Señor.

El domingo pasado recordábamos que la pasión de Jesús no se explica sino desde el amor del Padre: tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo. Ahora comprendemos que la pasión de Jesús, el misterio pascual, no se explica sino desde el amor que Jesús nos tiene. Le pedimos participar en este amor que lo empuja a dar la vida por nosotros.

Este amor se manifiesta en forma de alianza. La primera lectura nos habla de la alianza. Llegarán días en los cuales yo haré una alianza nueva con la casa de Israel, con la casa de Judá. La alianza. ¿En qué consiste esta alianza? Es una unidad irrompible entre Dios y su pueblo de tal manera que en adelante Dios será su Dios y el pueblo será su pueblo. Es una alianza que exige fidelidad por ambas partes. Una alianza que lleva a un conocimiento mucho más hondo de Dios. No será necesario -dice- que nadie les enseñe, reconoceréis al Señor, todos los conocerán desde el más chico al más grande.

Esa alianza se realiza de una manera particular con la sangre de Jesús. Esta es la sangre de la nueva alianza. El misterio pascual de Jesús que celebramos hoy, que celebraremos de un modo solemne en la semana santa, en el día de Pascua. El misterio pascual de Jesús es una alianza. En esa alianza hemos entrado a vivir con el Bautismo. El Bautismo que es nuestra primera alianza. Dios empezó a ser nuestro Dios y nosotros empezamos a ser su pueblo. Dios empezó a ser nuestro Padre y nosotros empezamos a ser sus hijos. Después llegó un momento en que esta alianza, por bondad misericordiosa, tiernísima del Señor, esta alianza se hizo más profunda. Se llevó a plenitud la consagración bautismal. Fue la alianza de los votos, de la profesión perpetua.

Ustedes van a renovar mañana en la fiesta de nuestra señora del sí, los votos, van a renovar la alianza. Sentirán mucho más profundamente -como lo siento yo en mi vida sacerdotal- que Dios es nuestro Dios y que nosotros somos su propiedad, que somos sus hijos, que son sus esposas. Dios es el Dios de la alianza.

Meteré la ley en sus corazones. ¿Qué significa esto? Meteré, escribiré adentro la ley; no en tablas de piedra que se puede romper, sino adentro. Cambiaré el corazón de piedra en un corazón de carne, infundiré mi espíritu para que puedan amar bien. La ley en definitiva es eso: amarás al señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo. La meteré adentro para que no se rompa. Y meteré al Espíritu Santo para que Él ame dentro de vosotros.

La segunda lectura ya nos presenta a Cristo siervo que ora en Getsemaní. Es de la Carta a los Hebreos, la carta por antonomasia del sumo sacerdote. Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento. ¡Qué hermosa es esta frase! Siendo Hijo de Dios aprendió -por las cosas que padeció- a sufrir. Aprendió la obediencia en la escuela del sufrimiento. ¡Que lección para nosotros! Pero este sufrimiento íntimamente sacerdotal que nos da la vida porque dice llegó a la perfección.

¿Cuándo ha llegado a la perfección? Cuando pasó por la gloria de la cruz. Cristo llega a la perfección a través de la muerte, la resurrección, la ascensión al cielo, el envío del Espíritu Santo. Todo eso es la perfección, la plenitud del misterio pascual. Entonces ha llegado a la perfección, se hace para nosotros causa de salvación eterna. Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento. Y antes la Carta los Hebreos nos muestra al siervo sufriente orando con gritos y lágrimas. Es la oración de Getsemaní. Ofreció plegarias y súplicas con fuertes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo.

La vida de una sierva que ha entrado en la alianza por su consagración tiene que ser necesariamente una vida de oración intensa, una vida de serena cruz. Aprendió a obedecer en la escuela del sufrimiento.

Luego el evangelio. Si alguno quiere servirme que me siga y donde yo estoy estará también mi siervo, mi servidor. Ustedes se llaman particularmente siervas, tienen que vivir el misterio de su nombre. Siervas como María, es decir, disponibles. Siervas, como María, es decir, acogiendo constantemente la palabra y engendrándola en la Iglesia. Siervas como María, serenas y fuertes al pie de la cruz. Por eso el Evangelio es todo sobre la cruz. La glorificación por la cruz. Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere queda solo pero si muere entonces es cuando produce fruto. No tengan miedo a la cruz, no la pidan, pero cuando el Señor adorablemente la pone en la vida -y la tiene que poner porque sino nuestra vida no sería de configuración plena con el Cristo pascual, no seria fecunda-, cuando el Señor la ponga no tengan miedo porque es el momento de la gloria. Sentirán una gran serenidad, una gran fuerza. Sobre todo experimentarán la alegría de la fecundidad. La fecundidad maternal como en el sacerdote es la fecundidad paternal de su consagración. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda solo pero si muere da mucho fruto.

Si alguno quiere ser mi siervo que me siga y donde estoy yo este también mi siervo. ¿Dónde está el siervo que es Jesús? ¿Dónde está? Está en el seno del Padre por la interioridad y la unidad de la oración. Está en el seno de María cuando se hace carne y se anonada por nosotros. Está en el seno de la cruz cuando nos reconcilia para siempre con el Padre. Si queremos de veras ser siervos con Jesús, como María, vivamos allí donde vivió Jesús, donde vivió María: en el seno del Padre por la oración, en el seno de María por el anonadamiento y la disponibilidad total, en el seno de la cruz por nuestra entrega fiel, gozosa, serena a una cruz que nos hace grandes y fecundos en la iglesia. Que así sea.

Palabras después de la bendición final.

Les hablaba de intensidad, que nos prepare para la celebración del misterio pascual. Ha llegado la hora, dice Jesús. Y para esta hora nos hizo el Padre. Y qué vamos a pedir: Padre, líbranos de esta hora. Si para esta hora el Padre nos hizo venir al mundo, vivir hondamente el misterio pascual de Jesús. Y -en Él- nuestra propia Pascua hecha de cruz y de esperanza, de muerte y resurrección. Particularmente ustedes van a hacer este día de oración preparándose a la gran fiesta de nuestra señora del sí –mañana- y renovar sus votos. Yo les aconsejo simplemente que vuelvan a repasar los hermosísimos textos de la liturgia del hoy. El Señor ha hecho una alianza especial con ustedes en el día de la profesión. Esa alianza supone fidelidad pero seguridad ante todo en la fidelidad de Dios. Yo meteré mi ley en su corazón. Esa ley es el don del Espíritu con el cual ustedes cumplirán con fidelidad las exigencias de sus constituciones y -más abajo, más hondamente todavía- el llamado particular del Señor a la santidad. Yo seré su Dios, ellas serán mi pueblo; Yo seré su Esposo, ellas serán mis esposas, dice Cristo. Y luego esa asimilación profunda con el Cristo anonadado; el Cristo que ora en el huerto con lágrimas y clamores, con gritos; el Cristo que en los sufrimientos aprende lo que es obedecer. Y se hace así -siendo perfecto- causa de salvación para los demás. Sentir la maravillosa vocación de servidoras: junto con el sacerdote ser causa de salvación en Cristo y por Cristo sacerdote para todos los demás. Y luego el Evangelio tan hermoso del grano de trigo que muere para poder dar su fruto. Las palabras tan hermosas de Jesús: el que quiera ser mi servidor que me siga y donde yo estoy que esté también él. Para aprender cómo tiene que ser una sierva que mire. ¿Dónde está el Señor? El Señor está en el desierto orando, está entre la muchedumbre curando y está en la cruz ofreciéndose. Que María les prepare y nos prepare a todos para la gran fiesta de mañana.


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