sábado, 20 de septiembre de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB



Lecturas del día:
Libro de Amós 8,4-7. Salmo 113(112),1-2.4-6.7-8. Primera Carta de San Pablo a Timoteo 2,1-8.

Evangelio según San Lucas 16,1-13.

Jesús decía a sus discípulos:
"Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes.
Lo llamó y le dijo: '¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto'.
El administrador pensó entonces: '¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza.
¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!'.
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: '¿Cuánto debes a mi señor?'.
'Veinte barriles de aceite', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez'.
Después preguntó a otro: 'Y tú, ¿cuánto debes?'. 'Cuatrocientos quintales de trigo', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo y anota trescientos'.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz."
Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho.
Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien?
Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero".

Homilía por el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB

Queridos amigos y amigas,

Jesús hoy nos pone frente a una elección clara: no se puede servir a dos señores. O servimos a Dios, o terminamos sirviendo al dinero. Y sabemos bien que el dinero es buen servidor, pero pésimo dueño.

La parábola de este domingo puede sonar rara. Un administrador al que descubren en falta, que no quiere trabajar la tierra ni pedir limosna… y que se las ingenia para ganarse amigos entre los deudores de su patrón. Y lo sorprendente es que el dueño lo felicita. No por lo deshonesto, sino por lo astuto. Porque supo reaccionar en un momento límite. La pregunta es: ¿qué nos quiere decir Jesús con esto?

Podemos subrayar tres cosas:

1. Los bienes son un medio, no un fin.

En tiempos de Jesús, esta parábola era una llamada a decidirse sin demora, porque el Reino de Dios estaba llegando. En la redacción de Lucas, se convierte en una exhortación/invitación para que seamos administradores prudentes de los bienes que recibimos. Compartir no es perder: es preparar un tesoro que nadie nos podrá quitar. Decidirnos aquí y ahora es una urgencia, porque el Reino y los pobres no pueden esperar.

2. Todo lo que tenemos es un don.

Nada es plenamente nuestro. La vida, los dones, las cosas materiales: todo es préstamo de Dios. El verdadero sentido de lo que poseemos está en compartirlo. Por eso Lucas insiste: los ricos buenos son aquellos que saben abrir la mano, como Zaqueo, que al encontrarse con Jesús decidió repartir sus bienes. Podemos recordarlo también en palabras de una canción de nuestro folclore: “La vida me han prestado y tengo que devolverla cuando el Creador me llame para la entrega”.

3. La decisión es personal y urgente.

El administrador se preguntaba: “¿Qué haré?”. Esa misma pregunta nos la dirige hoy el Evangelio: ¿qué hago yo con lo que tengo, con lo que soy, con mi tiempo, con mis dones? ¿Me encierro en el egoísmo, o los pongo al servicio de los demás? Son preguntas que este domingo pueden ayudarnos a repensar nuestro discipulado. Recordemos lo que Jesús nos dice en Mateo 25: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber…”. Ese será siempre el criterio de discernimiento.

Hermanos y hermanas, Jesús nos pide elegir: ¿a quién servimos? El dinero promete seguridad, pero esclaviza. Dios, en cambio, nos invita a una libertad que se expresa en el amor, en la solidaridad y en el servicio.

Francisco nos recuerda:

“El dinero sirve, pero el amor a él esclaviza. El dinero sirve para llevar adelante muchas cosas buenas, para sostener la familia, para sostener a los hijos, pero si tú amas al dinero, el dinero te destruye. El dinero sirve, y mucho, pero no se debe amar. Se debe amar a Dios. La codicia, sin embargo, corrompe” (Homilía en Santa Marta, 20 de septiembre de 2013).

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nos regale un corazón libre: libre de la codicia, libre de la esclavitud del dinero, y abierto al servicio generoso. Que nuestra vida sea administrada con esa astucia del Evangelio, pero puesta al servicio de la solidaridad, de la justicia y de la fraternidad.

Amén.


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domingo, 14 de septiembre de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro de los Números 21,4b-9. Salmo 78(77),1-2.34-35.36-37.38. Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.

Evangelio según San Juan 3,13-17.

Jesús dijo a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Homilía por fray Josué González Rivera OP.

“Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia”

Queridos hermanos, en nuestra vida, marcada por decisiones grandes y pequeñas, solemos enfrentarnos a la fragilidad de nuestros propios límites. Cometemos errores, tropezamos, nos dejamos llevar por el egoísmo o el orgullo. Pero en medio de esa experiencia humana tan común, descubrimos también que la vida nos abre caminos: algunos buenos, otros menos buenos; a veces incluso dos opciones valiosas que nos generan incertidumbre. En esos momentos decisivos se forja nuestra identidad y se define lo que llegaremos a ser.

Y sin embargo, aun cuando hemos elegido mal, cuando reconocemos nuestras fallas o hemos caído en el pecado, Dios no nos deja abandonados. Él, con entrañas de misericordia, extiende siempre su mano para levantarnos. Nos ofrece la gracia de recomenzar, de iniciar un proceso de conversión que no es un simple cambio externo, sino una transformación interior que nos capacita para decidir con mayor libertad y según su voluntad.

Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre cómo el pueblo de Dios fue comprendiendo progresivamente quién es Él. En el Antiguo Testamento encontramos, a veces, un rostro de Dios que parece más cercano al juez severo, pronto a castigar y a imponer justicia. Pero, gracias a la revelación definitiva de Jesucristo, descubrimos que esa no es toda la verdad de Dios. No es que Él haya cambiado, sino que nuestra comprensión se ha purificado.

Dios ciertamente rechaza el mal, pero su justicia nunca se separa de la misericordia. Jesús nos lo revela con su vida: el Padre no se complace en condenar, sino en buscar al perdido, en sanar al herido, en reconciliar al pecador. Cuando nos alejamos de Él, no es que su castigo nos caiga encima arbitrariamente; más bien, es el dolor de nuestro propio rechazo al Bien supremo y a la Belleza absoluta lo que experimentamos como juicio.

San Pablo nos da testimonio personal de esta verdad. Él mismo, perseguidor de la Iglesia, experimentó el poder transformador del perdón. Descubrió que la gracia de Dios no solo perdona, sino que renueva y reorienta la vida hacia un horizonte distinto. En su experiencia vemos cómo Dios no se cansa de llamar, incluso cuando hemos cerrado los oídos a su voz.

Por eso, hermanos, estamos invitados a dejar atrás las imágenes falsas de Dios: aquellas que lo presentan como un juez implacable que solo busca castigar; aquellas que provocan división, que infunden miedo o desesperanza. El verdadero Dios es el que nos sale al encuentro en Cristo, el que se compadece de nuestra debilidad, el que nos abre siempre la posibilidad de reconciliación por iniciativa suya como el pastor, la mujer o el padre del Evangelio.

Si hemos recibido este amor, estamos llamados a ser sus testigos en el mundo. No basta con experimentar la misericordia de Dios; debemos encarnarla en nuestras relaciones cotidianas. Eso significa aprender a perdonar, a reconciliarnos, a tender puentes incluso con quienes nos han hecho daño. El cristiano que ha recibido misericordia está llamado a convertirse en un signo vivo de esa misma misericordia.

Pidamos, pues, al Señor, que nos conceda la gracia de vivir con un corazón abierto: que sepamos acoger su perdón, caminar en la justicia y avanzar en la conversión. Que Él nos fortalezca para ser instrumentos de unidad, de paz y de vida nueva, en medio de un mundo que tanto necesita reconciliación.


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domingo, 31 de agosto de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP


Lecturas del día: Libro de Eclesiástico 3,17-18.20.28-29. Salmo 68(67),4-5.6-7.10-11. Carta a los Hebreos 12,18-19.22-24.

Evangelio según San Lucas 14,1.7-14.

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente.
Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:
"Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: 'Déjale el sitio', y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.
Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: 'Amigo, acércate más', y así quedarás bien delante de todos los invitados.
Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado".
Después dijo al que lo había invitado: "Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.
¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.

El libro del Eclesiástico nos exhorta hoy a vivir con modestia y humildad. Nos recuerda que cuanto más grandes seamos, con más sencillez debemos obrar, porque es en los corazones humildes donde Dios se complace en habitar. El orgullo y la soberbia, en cambio, nos ciegan, nos aíslan de los demás y nos apartan del Señor. Por eso la Palabra de Dios nos advierte que la verdadera grandeza se encuentra en reconocer nuestra pequeñez y en confiar en Él.

En el Evangelio, Jesús nos ofrece una enseñanza muy concreta: no busquen los primeros lugares. El que se exalta será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Con estas palabras, el Señor nos muestra que la vida cristiana no se mide por los honores, el prestigio o las apariencias, sino por la capacidad de ponernos en el último lugar, al servicio de los demás, reconociendo que todo lo que somos y tenemos es un don de Dios. La humildad abre el corazón para acoger su gracia y nos libera de la vanidad que tantas veces nos esclaviza.

En nuestra vida cotidiana esto significa aprender a servir sin esperar reconocimientos, a callar cuando otros buscan imponer su voz, a alegrarnos con los logros ajenos, y a ocupar los últimos lugares con serenidad. La humildad no nos empequeñece, al contrario, nos hace grandes a los ojos de Dios, porque nos asemeja a Cristo, que vino a servir y no a ser servido. Una comunidad cristiana crece en santidad cuando cada uno busca ser el último, y deja que sea Dios quien le dé su verdadero valor.

El fundamento de esta enseñanza está en Dios mismo: Él es humilde. No nos salvó con despliegue de poder o manifestaciones fantásticas, sino abajándose, haciéndose uno de nosotros, y muriendo en la cruz. Allí comprendemos que la humildad no es debilidad, sino la fuerza del amor verdadero. Por eso, pidamos este domingo la gracia de ser humildes como Jesús, de renunciar al orgullo y a la búsqueda de los primeros lugares, y de abrazar con alegría el camino de la cruz, sabiendo que quien se abaja con Él, será exaltado con Él.


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domingo, 10 de agosto de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro de la Sabiduría 18,6-9. Salmo 33(32),1.12.18-19.20-22. Carta a los Hebreos 11,1-2.8-19.

Evangelio según San Lucas 12,32-48.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino. Vendan sus bienes y den limosnas. Consíganse unas bolsas que no se destruyan y acumulen en el cielo un tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Porque donde está su tesoro, ahí estará su corazón.

Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos.

Fíjense en esto: Si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre”.

Entonces Pedro le preguntó a Jesús: “¿Dices esta parábola sólo por nosotros o por todos?”. El Señor le respondió: “Supongan que un administrador, puesto por su amo al frente de la servidumbre, con el encargo de repartirles a su tiempo los alimentos, se porta con fidelidad y prudencia. Dichoso este siervo, si el amo, a su llegada, lo encuentra cumpliendo con su deber. Yo les aseguro que lo pondrá al frente de todo lo que tiene. Pero si este siervo piensa: ‘Mi amo tardará en llegar’ y empieza a maltratar a los criados y a las criadas, a comer, a beber y a embriagarse, el día menos pensado y a la hora más inesperada, llegará su amo y lo castigará severamente y le hará correr la misma suerte que a los hombres desleales.

El siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”.

Homilía por Josué González Rivera OP

“No temas, pequeño Rebaño”

El libro de la Sabiduría recuerda la noche del éxodo como un momento en que Dios fue fiel a sus elegidos. No fue un capricho ni una reacción impulsiva: era el cumplimiento de una promesa hecha a sus padres. Ellos no veían aún la tierra prometida, pero sí sabían algo: su Dios no les fallaría. Por eso, aun con miedo, podían confiar.

Muchos siglos después, otro grupo de creyentes enfrentaba también incertidumbres. La carta a los Hebreos les recordaba el ejemplo de Abraham y Sara. Ellos no conocían los detalles de su camino, pero sí la voz que los llamaba. Abraham dejó su tierra sin saber a dónde iba. Sara confió en que Dios cumpliría su palabra, aunque la lógica humana dijera lo contrario. Murieron sin ver la plenitud de las promesas, pero saludándolas desde lejos, como quien sabe que su verdadero hogar está más allá.

La fe, nos dice Hebreos, es “la garantía de lo que se espera y la certeza de lo que no se ve”. No es un sentimiento pasajero ni un optimismo ingenuo. Es una certeza profunda que se apoya no en lo que podemos controlar, sino en la fidelidad de Dios.

Y en medio de esta historia de fe, llegamos al Evangelio de este domingo. Jesús, mirando a sus discípulos —un grupo pequeño, frágil, con dudas y miedos— les dice: “No temas, pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”. Es una frase que suena como un abrazo. No los llama “guerreros” ni “sabios”, sino “rebañito”: un grupo vulnerable, que necesita cuidado y guía. Y, sin embargo, ese rebaño recibe un regalo inmenso: el Reino de Dios.

Es aquí donde el mensaje se vuelve muy personal. Porque todos nosotros tenemos miedos. Algunos son necesarios: el miedo a lo que puede hacernos daño, el que nos mantiene prudentes. Pero otros nos paralizan: el miedo a perder, a fracasar, a ser rechazados, a no tener suficiente. Esos miedos pueden robarnos la paz y hacernos olvidar que nuestra vida está en manos de un Padre que nos ama. Jesús no niega que haya peligros, pero nos da la clave para vencerlos: saber dónde está nuestro tesoro. “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”. El problema no es que busquemos un tesoro; el corazón humano fue hecho para buscarlo. El problema es confundir el tesoro verdadero con lo que solo es brillo pasajero, como lo recordamos el domingo pasado.

Vivimos en un mundo que nos ofrece infinitos “tesoros” de consumo, que seducen y prometen felicidad instantánea: cosas, logros, estatus, placeres. Pero la mayoría son frágiles. Un día se pierden, se rompen, se agotan… y el corazón queda vacío. Jesús nos invita a buscar un tesoro que no se desgasta: el amor de Dios, su Reino, las obras de bien que nadie puede robarnos.

Y aquí aparece otra imagen del Evangelio: la vigilancia. Jesús habla de servidores que esperan a su señor con las lámparas encendidas. No saben cuándo llegará, pero lo esperan listos. Ser vigilante no significa vivir ansioso, sino estar siempre orientado hacia lo que importa, administrando bien lo que Dios nos ha confiado: la vida, la fe, los talentos, las personas que nos rodean.

El mensaje es exigente: “Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho”. No se trata de miedo al castigo, sino de responsabilidad por el don recibido. Si el Padre nos ha dado el Reino, entonces nuestra vida debe reflejarlo. Cuando entendemos esto, cambia nuestra forma de enfrentar las dificultades. Las pérdidas, los problemas o las pruebas dejan de ser el centro. Sí, nos duelen, pero no nos destruyen. Porque nuestro tesoro no está en lo que se puede perder, sino en lo que permanece.

Por eso, hoy la Palabra nos invita a tres actitudes concretas:

  1. Recordar la fidelidad de Dios en nuestra historia: como Israel en Egipto, hacer memoria de las veces que Él nos ha sostenido.
  2. Vivir con fe activa: como Abraham y Sara, caminar confiando en su promesa, aunque no veamos el final.
  3. Vigilar el corazón: discernir dónde ponemos nuestro tesoro y elegir lo que no pasa.

Quizá tú también te sientes parte de ese “pequeño rebaño”: frágil, a veces confundido, con miedos que no siempre sabes manejar. Jesús lo sabe. Y por eso te repite hoy, como hace dos mil años: “No temas, rebañito mío, porque el Padre ha querido darles el Reino”. Esa es nuestra identidad más profunda: somos hijos de Dios, amados, herederos de su vida eterna. Vivamos, entonces, como quienes ya poseen el tesoro que buscan. Con la lámpara encendida, con el corazón vigilante, con la fe que sostiene y la esperanza que no se apaga. Y que esta frase nos acompañe durante la semana como oración y compromiso: Mantente firme en la fe; mantente atento en la esperanza; mantente eficaz en el amor. Amén.


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sábado, 2 de agosto de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Pbro. Diego Olivera


Lecturas del día: Eclesiastés 1,2.2,21-23, Salmo 90(89), Colosenses 3,1-5.9-11.

Evangelio según San Lucas 12,13-21.

Uno de la multitud dijo al Señor: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?” Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”. Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”. Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida”. Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?” Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

Homilía por Pbro. Diego Olivera.

Hermanos y hermanas, las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre lo efímero de la vida terrenal y la búsqueda de la verdadera felicidad: la vida eterna junto a Dios. Los invito a pensar estas relaciones contradictorias o excluyentes: finito – infinito, efímero – duradero, pasajero – perdurable. En síntesis lo que caduca y lo que persiste en el tiempo.

El versículo 2, del primer capítulo del Eclesiastés nos recuerda que "todo es vanidad", y que los esfuerzos por acumular riquezas y placeres terrenales son como querer atrapar el viento, mientras que en el pasaje de Eclesiastés 2:21-23 se describe que todos nuestros esfuerzos y labores son una vana ilusión. ¿Acaso no hemos sentido, en algún momento, que a pesar de nuestros logros y posesiones, algo nos falta? Esa sensación de vacío, de búsqueda constante, es la que nos quiere mostrar el Eclesiastés. 

Tenemos que encomendar nuestros esfuerzos en las manos Dios, como lo expresa el salmista, para que él los haga fructificar: “Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos”. Y así nuestro vacio se verá lleno de la gracia de Dios y dejaremos de ser errantes buscadores.

Pero no basta con encomendarnos a la providencia divina, también se debe producir un cambio radical desde nuestro interior. Como lo afirma San Pablo en esta carta a los Colosenses, debemos dar muerte a todo lo malo que hay en nosotros, despojarnos del viejo yo para dar lugar a un nuevo yo, poniendo todo el corazón en los bienes del Cielo y no en los de la tierra, que son bienes pasajeros, con fecha de vencimiento.

Pensemos en la siguiente imagen: Un gran jardín, con flores hermosas y frutos maduros, que un día inevitablemente se marchitarán y caerán. Esta imagen representa la belleza y la alegría efímeras de la vida. De aquí tiene que brotar un sentimiento de humildad que nos ayude a reconocer nuestra propia pequeñez, evitando toda vanidad ante la grandeza de Dios. Este sentimiento nos tiene que llevar a una búsqueda profunda de lo trascendente.

En el Evangelio de Lucas leemos la parábola del rico insensato o necio. El hombre, lleno de orgullo por sus cosechas, decide construir graneros más grandes para almacenar sus riquezas. Sin embargo, Dios le advierte que su vida terrenal se terminará esa misma noche. Por lo tanto esta parábola nos enseña que la acumulación de bienes materiales no garantiza la vida eterna ni la felicidad duradera. 

Benedicto XVI afirmó: “El hombre necio, en la Biblia, es aquel que no quiere darse cuenta, desde la experiencia de las cosas visibles, de que nada dura para siempre, sino que todo pasa: la juventud y la fuerza física, las comodidades y los cargos de poder. Hacer que la propia vida dependa de realidades tan pasajeras es, por lo tanto, necedad. El hombre que confía en el Señor, en cambio, no teme las adversidades de la vida, ni siquiera la realidad ineludible de la muerte: es el hombre que ha adquirido «un corazón sabio», como los santos”. (Ángelus del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, 1° de agosto de 2010)

Por lo tanto queridos hermanos, los invito a que hoy, en este mismo instante, tomemos la decisión de jugarnos la vida por buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia, todas las demás cosas nos serán dadas por añadidura (Mateo 6, 33). No permitamos que la codicia y la preocupación por las cosas materiales invadan nuestro corazón alejándonos de la verdadera felicidad. Busquemos a Dios en la intimidad de la oración profunda, en la lectura de su Palabra, en la comunión con nuestros hermanos y en el servicio a los demás. Solo así encontraremos el sentido de la vida y la felicidad duradera que tanto deseamos. 

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