lunes, 6 de octubre de 2025

Intención del Papa de octubre.


Querida comunidad, ¿Sabían que el santo padre León XIV encomienda una intención de oración por mes?

Estas intenciones son una convocatoria mundial a la acción y oración. El Papa las confía a su Red Mundial de Oración, que las difunde a través del “Video del Papa”. 

Hoy te invitamos a leer esta reflexión inspirada en el vídeo del mes de octubre

Por la colaboración entre las distintas tradiciones religiosas

Este mes de octubre, el Papa León XIV preocupado por la división en la que vive el mundo de hoy nos invita a seguir trabajando por la paz. Esta vez, remarcando la importancia de que nuestras creencias no sean en ningún ámbito motivo de discordia o enfrentamiento. “Que las religiones no sean usadas como arma o muralla sino como puente y profecía”.

Cada uno de nosotros está llamado a ser “instrumento de paz” como bien enseñaba San Francisco de Asís para que la belleza llegue a su plenitud. Esta misión nos requiere reconocernos como hermanos y hermanas llamados a vivir en un clima de fraternidad universal superando las diferencias y encontrando la riqueza en la diversidad.

Esta tarea no la podemos realizar solos, necesitamos el impulso del Espíritu Santo que nos hace capaces de ser Iglesia, de ser familia, de ser comunidad donde puedan surgir cada vez más ejemplos concretos de gestos y testimonios de justicia y fraternidad humana que nos interpelen a creer que transformar el mundo es un sueño posible si estamos juntos y caminamos en el mismo sentido.

“Tenemos que reaprender a escuchar y colaborar sin destruir” nos dice el Papa León XIV, y señala que para lograrlo tenemos que purificar nuestro corazón. Limpiar toda violencia, todo aquello que nos pueda llevar a ofender, herir, lastimar. Para hacer la paz tenemos que empezar por limar nuestras asperezas más profundas. ¡Qué desafío!

En una sociedad que tantas veces juzga sin piedad, y genera enfrentamientos innecesarios que tanto daño nos hacen pidamos a Jesús que nos enseñe su modo de ser humildes, mansos de corazón y abiertos a descubrir con mirada amorosa lo diferente. Que en la diversidad sepamos ver el rostro infinito de un Dios que sabe habitar en todos los corazones.

Que este mes podamos comprometer nuestra oración personal y comunitaria para “seguir haciendo creíble el sueño del bien común, acompañando la vida, sosteniendo la esperanza y siendo levadura para la unidad en un mundo fragmentado”, como nos invita el Papa.

Aprovechemos también esta ocasión para examinar si nuestras acciones aportan a la paz de cada día. Tengamos en cuenta que cada día es una oportunidad hermosa para ser mejores personas, que la esperanza nos motive a seguir caminando hacia una convivencia donde el diálogo, la escucha, la empatía y el respeto sean los cimientos de los vínculos que tenemos con los demás.

Amén

María Claudia Enríquez @clauchitaaaa






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sábado, 4 de octubre de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Diácono Jose Torres, LC




Lecturas del día: Libro de Habacuc 1,2-3.2,2-4. Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9. Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,6-8.13-14.

Evangelio según San Lucas 17,3b-10.

Por lo tanto, ¡tengan cuidado! Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo.
Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: Me arrepiento, perdónalo.
Los Apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe.
El respondió: Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: Arráncate de raíz y plántate en el mar, ella les obedecería.
Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: Ven pronto y siéntate a la mesa?
¿No le dirá más bien: ¿Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber.

Homilía Diácono José Torres, LC

El poder escondido de la Fe

¿Alguna vez has sentido que tus oraciones rebotan en el techo? Como si mandaras un mensaje de WhatsApp y ni siquiera te llegara el tilde de "entregado". Habacuc lo sentía así: "¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me oigas?" (Hab 1,2).

Es el grito que mucho podemos llevar dentro cuando vemos las noticias, cuando un familiar está enfermo, cuando el trabajo no llega, cuando la relación se rompe. Rezamos, pedimos, suplicamos... y el silencio parece ser la única respuesta. Y entonces viene la tentación: "¿Para qué rezo si nada cambia?"

"Señor, súbeme el volumen a la fe"

Los apóstoles tampoco la tenían muy clara. Como leímos en el Evangelio de hoy le dicen a Jesús: "Auméntanos la fe" (Lc 17,5). Básicamente o en otras palabras: "Jesús, súbenos el nivel, porque con este tutorial básico no alcanza".

Y Jesús les responde con algo que parece sacado de un meme: "Con una fe del tamaño de una semilla de mostaza podrían decirle a ese árbol que se arranque y se plante en el mar".

Momento. ¿En serio? ¿Estamos hablando de la semilla más microscópica que existe en ese tiempo? Sí. Jesús no está pidiendo una fe tamaño catedral. Está diciendo: la fe no se mide en kilos, se mide en autenticidad.

No se trata de cuánta fe tienes, sino de qué tan real es. Como el wifi: no importa que tengas 5 rayas si la contraseña está mal. Una conexión débil pero real es mejor que una señal falsa de cinco barras.

La fe no es para hacerte famoso

Pero aquí viene el giro inesperado del Evangelio. Justo cuando los apóstoles están imaginándose, moviendo árboles con la mente tipo Jedi, Jesús les cuenta la parábola del siervo que trabaja todo el día y al regresar no espera aplausos, sino que sigue sirviendo.

"Hemos hecho lo que teníamos que hacer" (Lc 17,10). Auch. Bajón de expectativas.

Jesús nos está diciendo: la fe verdadera no es para el Instagram espiritual. No es para coleccionar likes divinos o para que todos te vean como "el súper creyente". La fe auténtica se vive en lo cotidiano, en lo que nadie ve:

  • Cuando perdonas aunque todavía duela
  • Cuando te levantas a trabajar aunque no tengas ganas
  • Cuando cuidas a tus padres mayores sin quejas
  • Cuando eres fiel en tu relación aunque nadie te esté vigilando
  • Cuando haces bien tu trabajo sin supervisión

Ahí, en esos momentos de servicio silencioso, la fe deja de ser teoría y se vuelve vida.

Por otro lado, vemos como San Pablo le escribe a Timoteo (2 Tim 1,6-8) y le dice algo clave: "Reaviva el fuego de la fe". Como cuando tu celular está en 2% y necesitas cargarlo urgente. La fe no es algo automático que se mantiene solo. Hay que cultivarla, alimentarla, cuidarla.

Y Pablo añade: esta fe no nos hace cobardes, sino que nos da amor, fortaleza y templanza. La fe verdadera no es un sedante que nos duerme ante las injusticias. Es una fuerza que nos capacita para amar cuando cuesta, para mantenernos firmes cuando todo tiembla, y para tener autocontrol cuando querríamos explotar.

Entonces, ¿qué hacemos con esto?

El Evangelio de hoy nos deja dos verdades que parecen contradictorias pero que en realidad se complementan perfectamente:

1. La fe es súper poderosa – Puede mover lo imposible, cambiar situaciones, abrir puertas cerradas.

2. La fe es súper humilde – Se vive en lo ordinario de nuestras vidas, cumpliendo promesas, siendo fiel en lo pequeño.

Es como tener un auto deportivo último modelo... y usarlo para llevar a tu abuela al mercado. El poder está ahí, pero se usa para servir.

El desafío para esta semana

Tal vez hoy no necesites pedirle a Dios más fe. Tal vez necesites preguntarte: ¿Estoy usando la fe que ya tengo?

  • ¿Estoy siendo fiel en lo ordinario?
  • ¿Confío en Dios incluso cuando no veo resultados inmediatos?
  • ¿Sirvo sin esperar reconocimiento?

Porque al final, la fe no es un superpoder para impresionar a otros. Es un estilo de vida que nos transforma por dentro y transforma todo lo que tocamos. Es semilla pequeña, sí. Pero que da frutos enormes.

Como dice Habacuc: "el justo por su fe vivirá" (Hab 2,4). No dice "por sus milagros", ni "por sus logros espectaculares". Sino por su fe. Esa fe sencilla, diaria, humilde, que confía incluso en la oscuridad.

Esa fe que no siempre mueve montañas, pero que siempre, siempre, mueve corazones.

Terminemos este momento de reflexión con una oración que salga del corazón algo así como:

"Señor, ayúdanos a vivir con fe auténtica. No la fe que busca aplausos, sino la que se hace servicio. No la fe teórica, sino la fe que transforma nuestra vida ordinaria en algo extraordinario. Amén."


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sábado, 27 de septiembre de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP




Lecturas del día: Libro de Amós 6,1.4-7. Salmo 146(145),7-10. Primera Carta de San Pablo a Timoteo 6,11-16.

Evangelio según San Lucas 16,19-31.

Jesús dijo a los fariseos: "Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes.
A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro,
que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.
El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.
En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él.
Entonces exclamó: 'Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan'.
'Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento.
Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí'.
El rico contestó: 'Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre,
porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento'.
Abraham respondió: 'Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen'.
'No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán'.
Pero Abraham respondió: 'Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán'".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP.

La paradoja del don.

¿Tenemos derecho a disponer de nuestros bienes sin rendir cuentas? ¿Podemos pasar junto a un necesitado y consolarnos pensando que su situación es “culpa de la crisis” o de “un sistema injusto”? El Evangelio de este domingo nos invita a un “sí” más grande, porque en él se juega nuestro destino.

Si lo pensamos bien, ¿qué tenemos que no hayamos recibido antes? La vida misma es un don, y recibirla imprime a toda nuestra existencia una dinámica de gratuidad: hemos sido creados para donarnos, con lo que somos y lo que tenemos.

Las parábolas que nos propone la liturgia tanto el domingo pasado como el presente ayudan a comprenderlo. Primero, la del administrador infiel, que, aunque responsable de una mala gestión, es alabado por su capacidad de mirar más allá de lo inmediato y asegurar su futuro. Jesús nos enseña así que hay que renunciar a bienes pasajeros para apostar por lo que no pasa: Dios y la vida eterna. Este domingo, la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro nos enfrenta con crudeza a las consecuencias eternas de nuestras decisiones. La riqueza encerrada en sí misma nos aísla y nos condena; la "pobreza" compartida, en cambio, abre las puertas del Reino.

Aquí está la paradoja cristiana: solo dándonos nos realizamos. El mérito, el esfuerzo, el estudio y el trabajo son importantes, nos ayudan a procurar lo necesario para la vida, pero nada de eso borra el hecho de que en su raíz todo es don recibido. Y lo recibido, en clave evangélica, pide ser compartido. Rico, como Epulón y según el mundo, es quien acumula para sí; pero verdaderamente rico en el sentido evangélico, es quien, aunque tenga poco, lo abre generosamente a los demás. Nadie vive solo para sí, porque vivir es esencialmente entregarse; en cambio, guardarse para sí mismo es empezar a morir.

En definitiva, Jesús nos recuerda con estas parábolas que somos administradores, no dueños absolutos. Y lo que se pide a un administrador, como nos recuerda San Pablo en sus cartas, es fidelidad: ser fiel al corazón de Dios, el verdadero dueño, que da sus bienes para ser compartidos. La plenitud de la vida se encuentra en la lógica del don: la semilla que muere y da fruto, como Jesús en la Cruz. Esta es la verdad profunda de la existencia, en las propias palabras del Señor: “hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hch. 20,35).


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sábado, 20 de septiembre de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB



Lecturas del día:
Libro de Amós 8,4-7. Salmo 113(112),1-2.4-6.7-8. Primera Carta de San Pablo a Timoteo 2,1-8.

Evangelio según San Lucas 16,1-13.

Jesús decía a sus discípulos:
"Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes.
Lo llamó y le dijo: '¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto'.
El administrador pensó entonces: '¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza.
¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!'.
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: '¿Cuánto debes a mi señor?'.
'Veinte barriles de aceite', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez'.
Después preguntó a otro: 'Y tú, ¿cuánto debes?'. 'Cuatrocientos quintales de trigo', le respondió. El administrador le dijo: 'Toma tu recibo y anota trescientos'.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz."
Pero yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.
El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho.
Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien?
Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero".

Homilía por el Pbro. Mauricio Calgaro. SDB

Queridos amigos y amigas,

Jesús hoy nos pone frente a una elección clara: no se puede servir a dos señores. O servimos a Dios, o terminamos sirviendo al dinero. Y sabemos bien que el dinero es buen servidor, pero pésimo dueño.

La parábola de este domingo puede sonar rara. Un administrador al que descubren en falta, que no quiere trabajar la tierra ni pedir limosna… y que se las ingenia para ganarse amigos entre los deudores de su patrón. Y lo sorprendente es que el dueño lo felicita. No por lo deshonesto, sino por lo astuto. Porque supo reaccionar en un momento límite. La pregunta es: ¿qué nos quiere decir Jesús con esto?

Podemos subrayar tres cosas:

1. Los bienes son un medio, no un fin.

En tiempos de Jesús, esta parábola era una llamada a decidirse sin demora, porque el Reino de Dios estaba llegando. En la redacción de Lucas, se convierte en una exhortación/invitación para que seamos administradores prudentes de los bienes que recibimos. Compartir no es perder: es preparar un tesoro que nadie nos podrá quitar. Decidirnos aquí y ahora es una urgencia, porque el Reino y los pobres no pueden esperar.

2. Todo lo que tenemos es un don.

Nada es plenamente nuestro. La vida, los dones, las cosas materiales: todo es préstamo de Dios. El verdadero sentido de lo que poseemos está en compartirlo. Por eso Lucas insiste: los ricos buenos son aquellos que saben abrir la mano, como Zaqueo, que al encontrarse con Jesús decidió repartir sus bienes. Podemos recordarlo también en palabras de una canción de nuestro folclore: “La vida me han prestado y tengo que devolverla cuando el Creador me llame para la entrega”.

3. La decisión es personal y urgente.

El administrador se preguntaba: “¿Qué haré?”. Esa misma pregunta nos la dirige hoy el Evangelio: ¿qué hago yo con lo que tengo, con lo que soy, con mi tiempo, con mis dones? ¿Me encierro en el egoísmo, o los pongo al servicio de los demás? Son preguntas que este domingo pueden ayudarnos a repensar nuestro discipulado. Recordemos lo que Jesús nos dice en Mateo 25: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber…”. Ese será siempre el criterio de discernimiento.

Hermanos y hermanas, Jesús nos pide elegir: ¿a quién servimos? El dinero promete seguridad, pero esclaviza. Dios, en cambio, nos invita a una libertad que se expresa en el amor, en la solidaridad y en el servicio.

Francisco nos recuerda:

“El dinero sirve, pero el amor a él esclaviza. El dinero sirve para llevar adelante muchas cosas buenas, para sostener la familia, para sostener a los hijos, pero si tú amas al dinero, el dinero te destruye. El dinero sirve, y mucho, pero no se debe amar. Se debe amar a Dios. La codicia, sin embargo, corrompe” (Homilía en Santa Marta, 20 de septiembre de 2013).

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nos regale un corazón libre: libre de la codicia, libre de la esclavitud del dinero, y abierto al servicio generoso. Que nuestra vida sea administrada con esa astucia del Evangelio, pero puesta al servicio de la solidaridad, de la justicia y de la fraternidad.

Amén.


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domingo, 14 de septiembre de 2025

Meditamos el Evangelio de este Domingo con Fray Josué González Rivera OP


Lecturas del día: Libro de los Números 21,4b-9. Salmo 78(77),1-2.34-35.36-37.38. Carta de San Pablo a los Filipenses 2,6-11.

Evangelio según San Juan 3,13-17.

Jesús dijo a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Homilía por fray Josué González Rivera OP.

“Si encontré misericordia, fue para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia”

Queridos hermanos, en nuestra vida, marcada por decisiones grandes y pequeñas, solemos enfrentarnos a la fragilidad de nuestros propios límites. Cometemos errores, tropezamos, nos dejamos llevar por el egoísmo o el orgullo. Pero en medio de esa experiencia humana tan común, descubrimos también que la vida nos abre caminos: algunos buenos, otros menos buenos; a veces incluso dos opciones valiosas que nos generan incertidumbre. En esos momentos decisivos se forja nuestra identidad y se define lo que llegaremos a ser.

Y sin embargo, aun cuando hemos elegido mal, cuando reconocemos nuestras fallas o hemos caído en el pecado, Dios no nos deja abandonados. Él, con entrañas de misericordia, extiende siempre su mano para levantarnos. Nos ofrece la gracia de recomenzar, de iniciar un proceso de conversión que no es un simple cambio externo, sino una transformación interior que nos capacita para decidir con mayor libertad y según su voluntad.

Las lecturas de este domingo nos invitan a reflexionar sobre cómo el pueblo de Dios fue comprendiendo progresivamente quién es Él. En el Antiguo Testamento encontramos, a veces, un rostro de Dios que parece más cercano al juez severo, pronto a castigar y a imponer justicia. Pero, gracias a la revelación definitiva de Jesucristo, descubrimos que esa no es toda la verdad de Dios. No es que Él haya cambiado, sino que nuestra comprensión se ha purificado.

Dios ciertamente rechaza el mal, pero su justicia nunca se separa de la misericordia. Jesús nos lo revela con su vida: el Padre no se complace en condenar, sino en buscar al perdido, en sanar al herido, en reconciliar al pecador. Cuando nos alejamos de Él, no es que su castigo nos caiga encima arbitrariamente; más bien, es el dolor de nuestro propio rechazo al Bien supremo y a la Belleza absoluta lo que experimentamos como juicio.

San Pablo nos da testimonio personal de esta verdad. Él mismo, perseguidor de la Iglesia, experimentó el poder transformador del perdón. Descubrió que la gracia de Dios no solo perdona, sino que renueva y reorienta la vida hacia un horizonte distinto. En su experiencia vemos cómo Dios no se cansa de llamar, incluso cuando hemos cerrado los oídos a su voz.

Por eso, hermanos, estamos invitados a dejar atrás las imágenes falsas de Dios: aquellas que lo presentan como un juez implacable que solo busca castigar; aquellas que provocan división, que infunden miedo o desesperanza. El verdadero Dios es el que nos sale al encuentro en Cristo, el que se compadece de nuestra debilidad, el que nos abre siempre la posibilidad de reconciliación por iniciativa suya como el pastor, la mujer o el padre del Evangelio.

Si hemos recibido este amor, estamos llamados a ser sus testigos en el mundo. No basta con experimentar la misericordia de Dios; debemos encarnarla en nuestras relaciones cotidianas. Eso significa aprender a perdonar, a reconciliarnos, a tender puentes incluso con quienes nos han hecho daño. El cristiano que ha recibido misericordia está llamado a convertirse en un signo vivo de esa misma misericordia.

Pidamos, pues, al Señor, que nos conceda la gracia de vivir con un corazón abierto: que sepamos acoger su perdón, caminar en la justicia y avanzar en la conversión. Que Él nos fortalezca para ser instrumentos de unidad, de paz y de vida nueva, en medio de un mundo que tanto necesita reconciliación.


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