miércoles, 21 de agosto de 2024

La vocación del catequista

Hola, soy Analia González y en este mes del Catequista  quiero hablarles sobre la Vocación de esta hermosa misión.



La vocación del catequista es un llamado divino a compartir la fe y guiar a otros en su camino espiritual. Un catequista es un discípulo misionero que acompaña a los demás en su encuentro con Cristo y su Iglesia.


Dicha vocación tiene  ciertas características a recordar:


1. Amor por la Palabra de Dios y el deseo de compartirlo con otros.

2. Pasión por la evangelización y la misión.

3. Capacidad para escuchar y acompañar a los demás en su camino espiritual.

4. Humildad y apertura al Espíritu Santo.

5. Conocimiento y comprensión de la fe católica.


Así como al iniciar este camino lo primero que nos mueve es nuestra VOCACIÓN por la Catequesis, el Catequista  debe estar en la búsqueda constante de su propia Espiritualidad. Te describo algunos aspectos: 


1. Oración constante y búsqueda de la unión con Dios.

2. Devoción a la Virgen María y los santos.

3. Participación activa en la vida sacramental de la Iglesia.

4. Lectura y reflexión de la Palabra de Dios.

5. Servicio a los demás y envío. 

6. Agradecimiento y alegría en la tarea de compartir la fe.

7. Confianza en la acción del Espíritu Santo.



El catequista es un instrumento de Dios para guiar a los demás en su camino de fe. Su espiritualidad se centra en la unión con Dios y la disponibilidad para servir a los demás, compartiendo la belleza y la verdad de la fe católica.


Siguiendo este camino en el que Dios nos llama primero, y por el cual nos comenzamos a formar para acompañar a otros; los encuentros de catequesis deberían tener las siguientes fortalezas:


1. Claridad y coherencia en la enseñanza de la doctrina católica.

2. Ambiente acogedor y de confianza para fomentar la participación.

3. Uso de métodos y recursos variados para adaptarse a diferentes estilos de aprendizaje.

4. Énfasis en la experiencia personal de fe y la conexión con la vida cotidiana.

5. Oportunidades para la oración y la reflexión personal.

6. Fomento de la comunidad y el sentido de pertenencia.

7. Análisis de la Palabra de Dios y su aplicación práctica.

8. Uso de testimonios y experiencias personales para ilustrar la fe.

9. Espacio para el diálogo y la pregunta.

10. Evaluación y seguimiento para asegurar el crecimiento en la fe.

11. Conexión con la liturgia y los sacramentos.

12. Uso de tecnología y recursos multimedia para enriquecer la catequesis.

13. Flexibilidad y adaptabilidad a las necesidades de los participantes.

14. Énfasis en la formación integral: intelectual, espiritual, moral y pastoral.

15. Evaluación y mejora continua de los encuentros de catequesis.


Estas fortalezas ayudarán a crear un ambiente de catequesis efectivo, donde los participantes puedan crecer en su fe y desarrollar una relación más profunda con Dios. Te dejo algunos tips para una catequesis renovada:


1. Conoce a tus participantes: Comprende sus necesidades, intereses y niveles de comprensión.

2. Establece objetivos claros: Define qué quieres lograr en la catequesis.

3. Elige métodos y recursos variados: Incorpora diferentes estilos de aprendizaje, como visual, auditivo y kinestésico.

4. Fomenta la participación activa: Incluye actividades que involucren a los participantes.

5. Conecta la fe con la vida: Ayuda a los participantes a ver la relevancia de la fe en su vida diaria.

6. Utiliza testimonios y experiencias personales: Comparte historias de fe para inspirar y motivar.

7. Incorpora la oración y la reflexión: Ofrece momentos para la oración y la reflexión personal.

8. Evalúa y ajusta: Monitorea el progreso y ajusta la catequesis según sea necesario.

9. Formación integral: Aborda la formación intelectual, espiritual, moral y pastoral.

10. Uso de tecnología y recursos multimedia: Enriquece la catequesis con recursos visuales e interactivos

11. Flexibilidad y adaptabilidad: Ajusta la catequesis a las necesidades de los participantes.

12. Evaluación y mejora continua: Busca retroalimentación y mejora constantemente la catequesis.


La "REVOLUCIÓN DE LA ALEGRÍA " nace del ENCUENTRO PERSONAL con Jesús  y que esa alegría nos impulse a VIVIR, es decir, a servir, compartir, transmitir, dialogar y hacer experiencia en comunidad,  para dar lugar a ese cambio en tu Catequesis.


Los Saludo Fraternalmente

Profe Any (Analia González)

E-mail: catequesisprofeana@gmail.com


Te invitamos a participar del taller: "Ser catequista, un llamado a descubrir la vocación"


Más información aquí


Te regalamos una serie de publicaciones con el título: "Kerigma y Catequesis"


Te esperamos en este live para seguir
hablando de la catequesis

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sábado, 17 de agosto de 2024

Meditamos el Evangelio del Domingo con el Diácono Gastón Molina.





Lecturas del día: Libro de los Proverbios 9,1-6. Salmo 34(33),2-3.10-11.12-13.14-15. Carta de San Pablo a los Efesios 5,15-20.


Evangelio según San Juan 6,51-58.


Jesús dijo a los judíos:

"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo". Los judíos discutían entre sí, diciendo: "¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?". Jesús les respondió: "Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente".


Homilía por el Diácono Gastón Molina 


Seguimos meditando el extenso y provocador Discurso del Pan de Vida (Cap. 6). Sin dudas, una de las apuestas más fuertes que hace el evangelista Juan para mostrarnos quién es Jesús, de que se trata el Reino del Padre. 


Todo el capítulo, tiene de trasfondo la invitación al seguimiento, y para ello, Juan trata de explicar lo que se necesita en esta configuración con el Maestro, de qué nos tenemos que alimentar para seguirlo. Y de esta manera asimilarnos cada vez más con Él, es decir, somos de lo que nos alimentamos. Creemos con toda firmeza, que en nuestra vida cristiana, el Bautismo nos da la vida que el Padre comparte con el Hijo, y la Eucaristía es el alimento que nutre esa vida nueva.


Volviendo al texto de Juan, desde el versículo 25 el alimento es referenciado a la enseñanza de Jesús; ahora (a partir del versículo 51) el alimento es el pan celestial. Y todo esto porque, por el misterio de la Encarnación, la Palabra se ha hecho carne, y ahora se nos da como alimento para la vida eterna.  El mismo Dios comparte nuestra humanidad y nos redime en la carne y sangre de su Hijo. La expresión más grande de amor que la humanidad haya experimentado en su vínculo con la Divinidad. 


El domingo anterior (Jn. 6, 41-51), escuchábamos el pasaje dónde los judíos murmuraban entre ellos sobre las afirmaciones de Jesús sobre su origen.


Ellos desacreditaban sus dichos porque supuestamente conocían muy bien su familia terrena. Ellos lo conocían pero no lo reconocían. No habían hecho experiencia profunda de Dios, sino que seguían en lo superfluo, sin poder ver la obra de Dios en Jesús.


Ahora, dando un paso más en este misterio,  Jesús se presenta como el alimento de eternidad, y no solo eso, sino como el que da su carne y sangre para la vida del mundo. Expresión que vuelve a desorientar nuevamente a sus contemporáneos. ¿Cómo es posible que coman y beban de su cuerpo y sangre? Y como si esto fuera poco, luego nos habla de su permanencia: si nos alimentamos y bebemos de Él, nos asegura su presencia en nosotros y nos comparte la vida nueva con el Padre.  


Con todo lo anteriormente dicho, creo que Juan nos lleva con suma franqueza a preguntarnos: ¿de qué cosas tenemos hambre? ¿De qué cosas tenemos sed hoy? Y si lo sabemos  ¿con que las estamos saciando? En nuestras vidas, muchas veces y por mucho tiempo, nos alimentamos y nos saciamos, con cosas que están saturadas de egoísmos, prejuicios, ideas, etc.; que van encogiendo cada vez más el corazón y no nos permiten experimentar la presencia de Dios en nuestras vidas y menos en la de los demás, y sobre todo en las pruebas o dificultades que conlleva. Es un corazón estrecho que reconoce poco el amor desbordante de Dios. Y así, se nos dificulta cada vez más el seguimiento en Jesús.

 

Pidamos al Señor que renueve su llamado en nuestras vidas, para que volvamos al camino que nos conduce a Él, para que nos sigamos alimentando de su cuerpo y sangre, para que no nos cansemos en su seguimiento. Y así, fortalecidos en su presencia, tengamos un corazón cada vez más ancho que transforme la vida de los demás, en especial,  aquellos que han desfallecido en el camino de la vida y la fe, por distintas y difíciles situaciones. Que encuentren en nosotros signos de la resurrección de nuestro Señor. 


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viernes, 16 de agosto de 2024

Caminar con otros en la oración


Estamos transitando el año de la oración, y desde Vivamos Juntos la Fe queremos acompañarte a vivirlo plenamente. Nos gustaría saber, ¿Qué es lo que más te interesaría saber de la oración? ¡A través de nuestras redes sociales estaremos atentos a tus sugerencias!

Nuestra propuesta hoy es “caminar con otros en la oración”. Y buscando por ahí, googleando como se dice ahora, encontré aspectos muy interesantes. Algunos de ellos están relacionados con caminar alrededor del barrio mientras se reza por los vecinos y sus necesidades, para lo cual se puede usar el rosario u otras oraciones. Otro ejemplo es el que te presentamos en “El camino del Resucitado - Via Lucis” , sería el más adecuado para nuestro tiempo litúrgico, teniendo en cuenta que el Vía Crucis está más adaptado para el tiempo de cuaresma.



Cuando hablamos de los elementos necesarios para hacer de la oración una experiencia de encuentro (Silencio) decíamos que la oración “No es un encuentro conmigo mismo en mi soledad, todo lo contrario. Es un encuentro con la Palabra y la Iglesia misma.” Y como ejemplo de ello mencionamos los retiros espirituales, podemos agregar las novenas, las peregrinaciones y procesiones. Especialmente de estas últimas, quisiéramos saber ¿cuál es la procesión o peregrinación que tradicionalmente realizan en el lugar donde te encuentras?

Hay una fina y debatible diferencia entre procesión y peregrinación. Para simplificar, podemos afirmar que las procesiones tienen un sentido específicamente comunitario, público y religioso. En las peregrinaciones estas características no son tan claras. Lo importante en ellas es la intención de vivir el camino, ya sea con motivos de agradecimiento, súplica o penitencia. 

Caminar no solo es salir de nuestro lugar o espacio cotidiano, es salir de nuestra comodidad, también es salir en la búsqueda de algo, ya sea el bienestar físico o psíquico o simplemente para pasear y conocer un lugar. También puede ayudarnos a mantener nuestro bienestar espiritual. Todo va a depender de nuestra intención, para lo cual contamos con la disposición del Espíritu Santo.

Ya sea que se trate de peregrinaciones o procesiones, lo importante es tomar conciencia que no se trata de una carrera, que lo importante no es llegar primero, lo realmente importante es que no caminamos solos. Recorremos un camino en compañía de personas con más o menos necesidades, con más o menos entusiasmo de agradecer favores recibidos, pero todos caminamos juntos. Muchas de esas personas estarán a nuestro lado durante un tiempo o a lo largo de todo el camino. 

Junto a este camino, entre todos iremos padeciendo o disfrutando del clima, haciendo que la solidaridad se manifieste espontáneamente para que el tránsito sea lo más seguro y agradable posible. Sin proponernos compartimos el cansancio hasta la meta final. 

Caminar juntos en la oración, es la metáfora mas adecuada para referirnos a la vida y nuestra forma de vivirla. Caminamos hacia la esperanza, hacia un lugar de descanso y providencia. 

En aquellas procesiones o peregrinaciones que llevan varios días, como las de Lujan en Buenos Aires, la virgen del valle en Catamarca o la del señor y señora del milagro en salta, se puede vivir la virtud de la solidaridad y la empatía en cada posta, donde muchos peregrinos reciben alimentos, agua e incluso atención médica.

Queremos invitarte a hacer de tu vida una verdadera peregrinación de fe. Que cada paso que des, ya sea en una procesión o en tu rutina diaria, esté guiado por la intención de buscar a Dios y servir a los demás. Con cada oración compartida y cada paso dado siendo acompañado o acompañando a otros, estamos construyendo una comunidad de fe más fuerte y solidaria. Por eso te animamos a participar en las actividades de la vida de tu comunidad. Recuerda que al caminar juntos, no solo buscamos la cercanía con Dios, sino también el fortalecimiento de los lazos con nuestros hermanos. 

Compartí tus experiencias y vivencias en nuestras redes sociales y juntos formemos una comunidad unida en la oración y el apoyo mutuo. ¿Cómo vives tú tu camino de oración? ¡Queremos escucharte!


Autor: Víctor Ramirez.


Fuentes: 

https://www.mercaba.org/LITURGIA/NDL/P/procesion.htm

https://es.catholic.net/op/articulos/1680/cat/92/historia-de-las-peregrinaciones.html#modal

https://www.mercaba.org/Rialp/P/procesiones.htm

https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/7818407.pdf



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sábado, 10 de agosto de 2024

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fr. Josué González Rivera OP


Primer Libro de los Reyes 19,1-8. Salmo 34(33),2-3.4-5.6-7.8-9. Carta de San Pablo a los Efesios 4,30-32.5,1-2.

Evangelio según San Juan 6,41-51.

Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del cielo". Y decían: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: 'Yo he bajado del cielo'?" Jesús tomó la palabra y les dijo: "No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día.E stá escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".

Homilía de Fr. Josué González Rivera OP.

Este año me he encontrado con dos titulares que decían: “Comulgar no es un derecho”. En primer lugar, un obispo en Estados Unidos, y luego una joven española, utilizaron estas palabras para defender la dignidad del “Pan de Vida” que nos reunimos a recibir cada domingo (o diario) al escuchar la Palabra de Dios y comulgar en el sacramento de la Eucaristía. 

Estos titulares destacan que “comulgar no es un derecho” porque algunas personas han sido exhortadas a abstenerse de comulgar debido a que sus estilos de vida no están en consonancia con los valores y virtudes que se desprenden del Evangelio y del seguimiento de Jesús. Algunos entonces reclaman una discriminación por parte de la Iglesia. 

A nivel personal, estoy convencido de que Dios está dispuesto a dar sus dones a todas y a todos quienes estén dispuestos a aceptar el ofrecimiento de su Gracia, de su presencia misma. Dios no discrimina; es un Padre, un Hermano y un Amigo que nos ama profundamente. Él siempre está dándose, ofreciéndose y queriendo regalarnos la Vida plena, la vida auténtica. Sin embargo, muchas veces somos nosotros los que desconfiamos, nos desviamos y cerramos ese canal de vida y amor con nuestras malas acciones. Somos nosotros quienes murmuramos contra Él y huimos de su presencia. Deseamos una vida placentera donde las cosas sucedan de inmediato.

En esta relación, la Iglesia es Madre y Maestra, sacramento de mediación, administradora y dispensadora de aquellos misterios de salvación que Dios nos ofrece. Considero que la Iglesia, hoy en día, sigue siendo católica, es decir universal, y no está completamente cerrada, dando lugar a cada realidad, aunque exista un seguimiento más personal y adecuado. Pero, en líneas generales, al recordarnos que “comulgar no es un derecho”, esto nos debería enseñarnos que “comulgar es una gracia, un regalo, un don”, siempre inmerecido y desbordante. Nadie lo merece y todos lo necesitamos. En su maternidad y maestría, la Iglesia desea que recibamos este regalo de la mejor manera posible, disponiendo nuestras vidas para la recepción de este misterio tan grande. ¿Y qué mejor manera de recibirlo que orientar nuestras vidas con los valores y virtudes que se desprenden del Evangelio? A quienes se les pide abstenerse de la comunión no se les excomulga, sino que se les pide una coherencia de vida y un acercamiento a los pastores para el acompañamiento cercano.

No se trata de una mera burocracia institucional; debemos superar esa visión tan formalista: “pase a la ventanilla 1 para confesarse y luego a la ventanilla 2 para comulgar”. Tanto la Reconciliación como la Eucaristía son sacramentos que nos ofrecen Gracia, nos vivifican y nos fortalecen en la fe, la esperanza y el amor. También debemos reconocer que la misma Iglesia ha contribuido a esta visión reductiva. Sin embargo, es esencial recordar que estos sacramentos son mucho más que rituales y fórmulas repetitivas impersonales y sin sentido, sino que son rituales y fórmulas para el encuentro personal con Dios, donde se nos invita a renovar nuestra relación con Él y a abrirnos a la acción transformadora de su gracia. Al alejarnos de una visión meramente procedimental, podemos redescubrir la profundidad y el valor de estos dones sagrados, permitiéndonos vivir nuestra fe de manera más auténtica y comprometida con el seguimiento del Señor, según los valores y las virtudes que se nos ofrecen en el Evangelio.

Este domingo seguimos con la lectura del capítulo 6 del evangelio según San Juan, el discurso del Pan de Vida. La sección que se lee en este día comienza con una crítica de quienes escuchan a Jesús. Los murmullos de los judíos aparecen por primera vez en el relato que hemos venido escuchando. ¿Serán los mismos que le querían hacer rey?, ¿o serán los que le seguían y, después del milagro de los panes, piden otro signo para creer? Ahora los judíos murmuran contra Jesús, pues se preguntan quién es este hombre para decir que Él puede dar vida. Si, además, lo conocen a él, conocen a su padre y a su madre, cómo dice ahora que ha bajado del cielo. El origen humano de Jesús les es muy conocido y no pueden ver su lado “divino” al hablar como enviado del Padre. 

Para los judíos que creían en la resurrección, los fariseos principalmente, la resurrección era un reconocimiento a la fidelidad de la Ley, pero Jesús menciona que la resurrección no es una retribución o un pago, sino un regalo dado a quienes se adhieren a Él. De la misma manera, la Eucaristía no es un derecho que podamos exigir, sino un don inmerecido que se nos ofrece con abundancia. Es un recordatorio de que la vida eterna y la unión con Dios son regalos que se reciben con humildad y gratitud, no por nuestros méritos, sino por la inmensa misericordia de Dios. Al entender y aceptar esto, somos invitados a vivir una vida que refleje esa gracia, orientada por los valores del Evangelio y en comunión con la Iglesia que nos guía en este camino hacia la plenitud de la vida en Cristo. Así, cada vez que nos acercamos a comulgar, debemos hacerlo con un corazón dispuesto, reconociendo que lo que recibimos no es solo un pedazo de pan en una reunión social, sino la Vida misma ofrecida para nuestra salvación en medio de la comunidad de hermanos.

Si queremos ese Pan que nos sacia profundamente, con el cual no tendremos más hambre, tenemos que creer en Él, que es el enviado de Dios Padre. Creer en Jesús es adherirse a Él; es tratar de imitar a Dios como sus hijos muy queridos, tal como dice San Pablo en la segunda lectura. Dejando que Él nos dé vida para que luego nosotros también nos hagamos pan y nos repartamos para dar vida en medio del mundo. Y aunque nos parezca que algunos de los que nos rodean no tienen “el derecho” de recibir algún bien, debemos ofrecer nuestros dones y oraciones para la vida como un don generoso, así como Dios se nos ofrece a nosotros. Al entender y vivir esta verdad, reconocemos que la Eucaristía no es un derecho, sino un don inmerecido que se nos otorga para transformar nuestra vida y la de quienes nos rodean. Así, al acercarnos a comulgar, lo hacemos con la conciencia de que participamos en el misterio de la vida divina, llamados a ser reflejo de ese amor generoso y abundante en el mundo, ordenando y orientando la vida hacia ese fin.



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jueves, 8 de agosto de 2024

¿Qué significa ser Laico Dominico?


En un día tan especial, el día de Santo Domingo de Guzmán, me gustaría responder a una pregunta que me hacen con frecuencia: ¿Qué es ser Laico Dominico?

Dice la Regla de las Fraternidades Laicales de Santo Domingo:

Entre los discípulos de Cristo, hay hombres y mujeres que viven en el mundo, participando, por el bautismo y la Confirmación, activamente en la misión Real, Sacerdotal y Profética de N.S. Jesucristo, y tienen como vocación hacer brillar la presencia de Cristo en el corazón de la humanidad de forma que, a través de ellos el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres. 

Algunos de entre ellos, movidos por el Espíritu Santo a vivir según el espíritu y el carisma de Santo Domingo, se incorporan a la Orden dominicana mediante un compromiso especial conforme a los estatutos que les son propios.

Se caracterizan por una espiritualidad peculiar y por la dedicación al servicio de Dios y del prójimo en la Iglesia y, en cuanto miembros de la Orden, participan en su misión apostólica mediante la oración, el estudio y la predicación, según su condición de seglares. (cf. Regla, I).



Y esto qué significa… 

Como laicos dominicos, vivimos nuestra vocación en el mundo, integrando nuestra vida de fe con las responsabilidades cotidianas en el trabajo, la universidad, en casa con la familia. Nuestro cariño por Santo Domingo, la vida de contemplación y oración forman parte de la identidad dominica, son la base de nuestro camino espiritual y de nuestro compromiso con la misión de la Orden.

Santo Domingo, con su pasión por la verdad y su dedicación a la predicación, nos inspira profundamente. Su vida nos muestra cómo vivir una fe activa y comprometida, llevando el Evangelio a todos los rincones. Su entrega y su amor por la verdad son un faro que guía nuestra misión como laicos dominicos. A través de su ejemplo, aprendemos la importancia de la predicación y la necesidad de ser testigos de la fe en todos los ámbitos de nuestra vida.

La contemplación, aunque a menudo asociada con la vida monástica, tiene un lugar vital en la vida del laico dominico porque nos ofrece una fuente constante de renovación espiritual, fortaleciendo nuestra fe y dándonos la claridad y la fortaleza necesarias para enfrentar los desafíos del mundo. En medio de nuestras actividades diarias, encontrar momentos de silencio y oración para conectar con Dios nos permite verlo en lo ordinario, encontrar Su presencia en nuestras familias, amigos, trabajos y comunidades. 

En nuestra vida laica, ser dominico significa vivir con una intención consciente de ser luz y sal en el mundo. Nos comprometemos a ser agentes de paz, justicia y compasión en nuestras comunidades. Esto implica un compromiso activo con los valores del Evangelio, trabajando por la justicia social, defendiendo la dignidad humana y mostrando compasión hacia los más vulnerables. Nuestra vida está marcada por un profundo sentido de responsabilidad hacia los demás y un deseo ferviente de hacer presente el amor de Cristo en todas nuestras acciones.

La comunidad es un regalo invaluable y un don en nuestro camino, ofreciéndonos un espacio para crecer espiritualmente y fortalecer el sentido de nuestra misión. La comunidad nos permite compartir la alegría de vivir nuestra vocación, y también es ayuda y contención en los momentos de dudas y tristeza, para ser fieles a nuestro llamado. Nuestro cariño por Santo Domingo, alimentado por la contemplación, el estudio y la vida en comunidad, nos impulsa a ser discípulos comprometidos y fervientes. 

En resumen, ser laico dominico es un compromiso profundo y significativo con la fe y la misión de la Orden. Es una vida de oración, contemplación, y acción, guiada por el ejemplo de Santo Domingo y animada por el deseo de llevar el amor de Cristo al mundo. En este día especial, renovamos nuestro compromiso de ser auténticos testigos del Evangelio, siguiendo el camino que Santo Domingo nos ha trazado.

Feliz Fiesta de Santo Domingo.

Con cariño Maru. 

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