sábado, 24 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo con Fray Emiliano Vanoli OP


Libro del Éxodo 22,20-26. Salmo 18(17),2-3a.3bc-4.47.51a-51b. Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,5c-10.

Evangelio según San Mateo 22,34-40.

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él,
y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
"Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?".
Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu.
Este es el más grande y el primer mandamiento.
El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas".

Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP

Dios nos da más de lo que sabemos pedir

En el Evangelio de este domingo, los fariseos se reúnen después de que Jesús ha dejado sin respuesta a los saduceos. Uno de ellos, doctor de la Ley, le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». La pregunta podría parecer una búsqueda sincera, pero el evangelista aclara que se la hacen para ponerlo a prueba. No se acercan a Jesús para aprender, sino para examinarlo; no buscan la verdad, sino que pretenden encontrar un motivo para cuestionarlo. También nosotros podemos acercarnos a Dios con el corazón cerrado, buscando que confirme nuestras ideas en lugar de dejarnos iluminar por su Palabra.

Sin embargo, Jesús no responde a la mala disposición de sus interlocutores con desprecio ni con una discusión estéril. Les ofrece una respuesta clara y profunda: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Este es el mandamiento primero y principal. Pero Jesús no se detiene ahí. Añade algo que no le habían preguntado: «El segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Su respuesta no solo resuelve la cuestión planteada, sino que la lleva a su plenitud.

Aquí descubrimos algo hermoso de Jesús: cuando nos acercamos a Él con una petición sincera, no solo nos da una respuesta, sino que puede mostrarnos aquello que todavía no sabemos pedir. Nosotros vemos una parte; Él ve el conjunto. Nosotros preguntamos por lo que consideramos importante; Él nos conduce hacia lo que verdaderamente necesitamos. Los fariseos preguntan por el mandamiento principal, pero Jesús les hace descubrir que el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo. No basta con querer honrar a Dios: hay que aprender a reconocerlo y servirlo también en los demás.

Quizás nosotros también necesitamos que Jesús complete nuestras preguntas y ensanche nuestros horizontes. Le pedimos que nos ayude a rezar, que fortalezca nuestra fe, que nos conceda paz o que nos acompañe en nuestras dificultades. Y Él nos invita también a mirar a quien tenemos al lado: a escuchar a quien necesita ser escuchado, a perdonar a quien nos ha herido, a compartir con quien tiene menos, a acercarnos a quien preferiríamos evitar. No porque nuestras necesidades no le importen, sino porque el amor de Dios quiere transformar toda nuestra vida.

Pidámosle, entonces, que nos conceda un corazón dispuesto a escuchar, no para poner a prueba su Palabra, sino para dejarnos transformar por ella. Que no busquemos solamente las respuestas que nos tranquilizan, sino también aquellas que nos convierten. Porque amar a Dios con todo el corazón significa dejar que su amor llegue a todas las dimensiones de nuestra existencia. Y ese amor se vuelve concreto cuando aprendemos a amar al prójimo.


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