Libro del Éxodo 22,20-26. Salmo
18(17),2-3a.3bc-4.47.51a-51b. Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses
1,5c-10.
Evangelio según San Mateo 22,34-40.
Homilía por Fray Emiliano Vanoli OP
Dios nos da más de lo que sabemos pedir
En el Evangelio de este domingo, los fariseos se reúnen
después de que Jesús ha dejado sin respuesta a los saduceos. Uno de ellos,
doctor de la Ley, le pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de
la Ley?». La pregunta podría parecer una búsqueda sincera, pero el evangelista
aclara que se la hacen para ponerlo a prueba. No se acercan a Jesús para
aprender, sino para examinarlo; no buscan la verdad, sino que pretenden
encontrar un motivo para cuestionarlo. También nosotros podemos acercarnos a Dios
con el corazón cerrado, buscando que confirme nuestras ideas en lugar de
dejarnos iluminar por su Palabra.
Sin embargo, Jesús no responde a la mala disposición de sus
interlocutores con desprecio ni con una discusión estéril. Les ofrece una
respuesta clara y profunda: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y
con toda la mente. Este es el mandamiento primero y principal. Pero Jesús no se
detiene ahí. Añade algo que no le habían preguntado: «El segundo es semejante a
este: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Su respuesta no solo resuelve la
cuestión planteada, sino que la lleva a su plenitud.
Aquí descubrimos algo hermoso de Jesús: cuando nos acercamos
a Él con una petición sincera, no solo nos da una respuesta, sino que puede
mostrarnos aquello que todavía no sabemos pedir. Nosotros vemos una parte; Él
ve el conjunto. Nosotros preguntamos por lo que consideramos importante; Él nos
conduce hacia lo que verdaderamente necesitamos. Los fariseos preguntan por el
mandamiento principal, pero Jesús les hace descubrir que el amor a Dios no
puede separarse del amor al prójimo. No basta con querer honrar a Dios: hay que
aprender a reconocerlo y servirlo también en los demás.
Quizás nosotros también necesitamos que Jesús complete
nuestras preguntas y ensanche nuestros horizontes. Le pedimos que nos ayude a
rezar, que fortalezca nuestra fe, que nos conceda paz o que nos acompañe en
nuestras dificultades. Y Él nos invita también a mirar a quien tenemos al lado:
a escuchar a quien necesita ser escuchado, a perdonar a quien nos ha herido, a
compartir con quien tiene menos, a acercarnos a quien preferiríamos evitar. No
porque nuestras necesidades no le importen, sino porque el amor de Dios quiere
transformar toda nuestra vida.
Pidámosle, entonces, que nos conceda un corazón dispuesto a
escuchar, no para poner a prueba su Palabra, sino para dejarnos transformar por
ella. Que no busquemos solamente las respuestas que nos tranquilizan, sino
también aquellas que nos convierten. Porque amar a Dios con todo el corazón
significa dejar que su amor llegue a todas las dimensiones de nuestra
existencia. Y ese amor se vuelve concreto cuando aprendemos a amar al prójimo.

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