Evangelio según Mateo 22,15-21.
Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?". Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".
Homilía del P. Diego Olivera – “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”
En la primera lectura
podemos descubrir que Dios no se desentiende de su pueblo, a través de Ciro, un
rey persa, el pueblo de Israel que estaba cautivo puede retornar a su tierra.
El profeta Isaías reconoce en este hombre un enviado de Dios. Esto nos
sorprende, llama la atención, Dios se sirve de alguien que no pertenece al
pueblo de Israel para llevar adelante su plan de salvación. Se nos presenta un
mensaje muy claro: Dios actúa de maneras
que nosotros no esperamos y a través de personas que no imaginamos. Por lo
tanto, no tenemos que encerrar a Dios en nuestros esquemas y tampoco buscar
seguridades en el poder, en el dinero o en ciertas estructuras, estamos
invitados a dejarnos sorprender por Dios confiando en que él nos liberara de
nuestras opresiones y nosotros también podemos ser instrumentos de liberación para
los demás poniendo en juego los dones recibidos de Dios para ser constructores
de paz, justicia y libertad.
San Pablo en la segunda
lectura destaca que los tesalonicenses se mantuvieron firmes en la Esperanza
antes las persecuciones que sufrieron, ellos hicieron una elección definitiva,
inigualable por el evangelio que Pablo les predicó y que les trajo la fuerza
del Espíritu. Es una elección por la salvación que se les anunció, una
salvación que no se puede tocar ni percibir por los sentidos sino una Esperanza
infundida por Dios en el corazón de todos los hombres.
El evangelio de Mateo,
hoy, nos sitúa en el corazón de las polémicas que Jesús mantiene con los
dirigentes en Jerusalén y que los evangelistas sitúan al final de su vida,
precediendo a la pasión (cf. Mc 12,13-17; Lc 20,20-26). Esta vez querían
comprometerlo a fondo con las autoridades romanas, que vigilaban ferozmente
cualquier movimiento social o político para castigar cualquier rebeldía.
Oponerse al César, incluso en nombre de Dios, era ir contra la «pax romana»,
uno de los mitos de la época. Los “espías” comienzan halagándolo a Jesús (Mateo
sigue a Marcos y nos habla de los fariseos y los herodianos; Lucas, más
coherente, nos habla de espías para entregarlo al gobernador) hasta tenderle la
trampa con la pregunta: ¿Está permitido
pagar el impuesto al César?
Si responde que está de
acuerdo, los fariseos dirán que está a favor de Roma y en contra del pueblo y,
si responde que está en contra, los herodianos contarán a Roma que él se está
revelando contra el Imperio.
Buscan deshacerse de
este profeta galileo que anuncia el Reino de Dios, pero que no coincide con el
reino de Roma, ni con el concepto que tienen del mismo algunos partidarios de
la revolución contra Roma, ni específicamente con el reino que ellos quieren
manipular en nombre de Dios.
Parece que Jesús se encuentra en un callejón sin
salida: frente a Poncio Pilato, frente a las autoridades, frente a los
revolucionarios nacionalistas, frente a todos. No obstante, él la encontró; la
encontró recurriendo a la dignidad humana que Dios ha puesto en el corazón de
toda persona como imagen suya. Los espías, con su trampa, van a caer en su propia
ignominia, porque llevan en sus manos el “denario” con la figura del César pero
Jesús no lleva nada, no está atado a nada. Solamente tiene su palabra y la
fuerza de la sabiduría del reinado de Dios.
Llegamos al corazón del
Evangelio. Jesús pide una moneda y pregunta: «¿De quién es esta imagen y esta
inscripción?». Le responden: «Del César». Entonces dice: «Den al César lo que
es del César, y a Dios lo que es de Dios». Los que acuñan moneda tienen poder y
por el dinero dominan a los hombres.
Nosotros fuimos creados
a imagen y semejanza de Dios, nuestro corazón lleva la imagen de Dios. El
tributo de hacienda es socialmente necesario; el corazón, no obstante, lleva la
imagen de Dios donde el hombre recobra toda su dignidad y es liberado de toda
opresión
Darle al César lo que
es del César significa cumplir nuestras responsabilidades como ciudadanos:
respetar las leyes justas, trabajar honestamente, cuidar el bien común,
participar responsablemente en la sociedad y exigir que quienes gobiernan lo
hagan con justicia y honestidad. Pero darle a Dios lo que es de Dios significa
entregarle nuestra vida, nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestros
proyectos.
Podemos usar los bienes
de este mundo con eficacia, pero lo que no podemos hacer es vender nuestra vida
al mejor postor. Al "césar" de turno podemos darle el dinero, o los
impuestos, pero nuestra libertad nadie nos la podrá arrebatar.
Queridos hermanos, los
invito a reflexionar la siguiente pregunta durante toda la semana: si nuestra
vida lleva la imagen de Dios, ¿se nota esa imagen en nuestra manera de vivir? No
basta con llevar una cruz al cuello si no estamos dispuestos a cargar con las cruces
de nuestros hermanos. No basta con pronunciar el nombre de Dios si después
vivimos como si Él no tuviera nada que ver con nuestras decisiones y acciones.
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