domingo, 18 de octubre de 2026

Meditamos el Evangelio del Domingo XXIX con P. Diego Olivera




Lecturas del día:
Isaías 45,1.4-6..
Salmo 96(95),1.3.4-5.7-8.9-10a.10c. Tesalonicenses 1,1-5b.

Evangelio según Mateo 22,15-21.

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?". Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".

Homilía del P. Diego Olivera – “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”

En la primera lectura podemos descubrir que Dios no se desentiende de su pueblo, a través de Ciro, un rey persa, el pueblo de Israel que estaba cautivo puede retornar a su tierra. El profeta Isaías reconoce en este hombre un enviado de Dios. Esto nos sorprende, llama la atención, Dios se sirve de alguien que no pertenece al pueblo de Israel para llevar adelante su plan de salvación. Se nos presenta un mensaje muy claro: Dios actúa de maneras que nosotros no esperamos y a través de personas que no imaginamos. Por lo tanto, no tenemos que encerrar a Dios en nuestros esquemas y tampoco buscar seguridades en el poder, en el dinero o en ciertas estructuras, estamos invitados a dejarnos sorprender por Dios confiando en que él nos liberara de nuestras opresiones y nosotros también podemos ser instrumentos de liberación para los demás poniendo en juego los dones recibidos de Dios para ser constructores de paz, justicia y libertad.

San Pablo en la segunda lectura destaca que los tesalonicenses se mantuvieron firmes en la Esperanza antes las persecuciones que sufrieron, ellos hicieron una elección definitiva, inigualable por el evangelio que Pablo les predicó y que les trajo la fuerza del Espíritu. Es una elección por la salvación que se les anunció, una salvación que no se puede tocar ni percibir por los sentidos sino una Esperanza infundida por Dios en el corazón de todos los hombres.

El evangelio de Mateo, hoy, nos sitúa en el corazón de las polémicas que Jesús mantiene con los dirigentes en Jerusalén y que los evangelistas sitúan al final de su vida, precediendo a la pasión (cf. Mc 12,13-17; Lc 20,20-26). Esta vez querían comprometerlo a fondo con las autoridades romanas, que vigilaban ferozmente cualquier movimiento social o político para castigar cualquier rebeldía. Oponerse al César, incluso en nombre de Dios, era ir contra la «pax romana», uno de los mitos de la época. Los “espías” comienzan halagándolo a Jesús (Mateo sigue a Marcos y nos habla de los fariseos y los herodianos; Lucas, más coherente, nos habla de espías para entregarlo al gobernador) hasta tenderle la trampa con la pregunta: ¿Está permitido pagar el impuesto al César?

Si responde que está de acuerdo, los fariseos dirán que está a favor de Roma y en contra del pueblo y, si responde que está en contra, los herodianos contarán a Roma que él se está revelando contra el Imperio.

Buscan deshacerse de este profeta galileo que anuncia el Reino de Dios, pero que no coincide con el reino de Roma, ni con el concepto que tienen del mismo algunos partidarios de la revolución contra Roma, ni específicamente con el reino que ellos quieren manipular en nombre de Dios.

Parece  que Jesús se encuentra en un callejón sin salida: frente a Poncio Pilato, frente a las autoridades, frente a los revolucionarios nacionalistas, frente a todos. No obstante, él la encontró; la encontró recurriendo a la dignidad humana que Dios ha puesto en el corazón de toda persona como imagen suya. Los espías, con su trampa, van a caer en su propia ignominia, porque llevan en sus manos el “denario” con la figura del César pero Jesús no lleva nada, no está atado a nada. Solamente tiene su palabra y la fuerza de la sabiduría del reinado de Dios.

Llegamos al corazón del Evangelio. Jesús pide una moneda y pregunta: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le responden: «Del César». Entonces dice: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios». Los que acuñan moneda tienen poder y por el dinero dominan a los hombres.

Nosotros fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, nuestro corazón lleva la imagen de Dios. El tributo de hacienda es socialmente necesario; el corazón, no obstante, lleva la imagen de Dios donde el hombre recobra toda su dignidad y es liberado de toda opresión

Darle al César lo que es del César significa cumplir nuestras responsabilidades como ciudadanos: respetar las leyes justas, trabajar honestamente, cuidar el bien común, participar responsablemente en la sociedad y exigir que quienes gobiernan lo hagan con justicia y honestidad. Pero darle a Dios lo que es de Dios significa entregarle nuestra vida, nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestros proyectos.

Podemos usar los bienes de este mundo con eficacia, pero lo que no podemos hacer es vender nuestra vida al mejor postor. Al "césar" de turno podemos darle el dinero, o los impuestos, pero nuestra libertad nadie nos la podrá arrebatar.

Queridos hermanos, los invito a reflexionar la siguiente pregunta durante toda la semana: si nuestra vida lleva la imagen de Dios, ¿se nota esa imagen en nuestra manera de vivir? No basta con llevar una cruz al cuello si no estamos dispuestos a cargar con las cruces de nuestros hermanos. No basta con pronunciar el nombre de Dios si después vivimos como si Él no tuviera nada que ver con nuestras decisiones y acciones.



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